domingo, noviembre 30, 2008

Cita interior

Me sucede a menudo que después de estar leyendo algún buen libro necesito ponerme a escribir. El placer se transmite por contagio. Y esto mismo que ahora apunto nace tras leer unos versos de Caballero Bonald. Dice en su Diario de Argónida que “la literatura se parece a una carta que el escritor se manda sin cesar a si mismo”. Por mi parte, las cartas que me envío a menudo las quisiera escritas por otra mano y con mejor pulso.

domingo, noviembre 23, 2008

Expurgo

El domingo por la tarde me dediqué a la limpieza de papeles. Expurgo de suplementos culturales. Me encontré muchos subrayados. Releí pues. Por ejemplo esta cita de Muñoz Molina: “En una autobiografía un escritor cuenta sus pecados veniales. Para contar los mortales inventa una ficción”. Reflexión que llevada al atrincheramiento poético tan propio de nuestras letras podía darnos por analogía que las cosas menores las cuentan sin recato los poetas de la experiencia; las mayores, sin que nos enteremos, los poetas del silencio; y las manifiestamente canallas, con escabroso lujo de detalles y orgullo torero, algunos beatniks de nuevo cuño.

viernes, noviembre 21, 2008

Narrativa agnóstica

Para narrar una invención conociendo de antemano su desenlace se precisa de una fe casi religiosa en la propia palabra, en el propio proceso creativo. Se necesita dar por cierto que después de ese final ya sabido habrá siempre una suerte de cielo, una recompensa. Uno, desde la inseguridad de su agnosticismo, prefiere que las palabras, a medida que se engarzan, le vayan revelando la verdadera finalidad de su propósito. El fugaz paraíso de los instantes.

lunes, noviembre 17, 2008

Azogue

Siempre tuve la absurda sensación de que aquellas gafas negras no eran en realidad sino espejos vueltos. El azogue hacia fuera y los ojos reflejados en la intimidad de una montura angosta. Si estuviera en lo cierto, me decía la razón, no podría él dar dos pasos sin tropezar. Sería como un ciego. Quizás. Y sin embargo, cuando lo seguí hasta su cuarto y escondido aguardé a que posara sus oscuras lentes sobre la mesita de noche, hube de reconocer que estaba equivocado. El reflejo de los espejos no era la mirada perdida de un hombre sin visión, sino el reverso brillante de dos monedas de plata. Las que le habían sellado los párpados al morir.

martes, noviembre 11, 2008

Que no te coman la moral

En ocasiones, leyendo algunos catálogos de pintura o algunas críticas de poesía uno no debiera olvidarse de que completó con buena nota el bachiller superior y hasta, si así fue el caso, incluso una carrera media o superior. Debe reforzarse, en fin, la autoestima con esta memoria sobre la aptitud para no hundirse en las dudas sobre la propia capacidad intelectual a la vista de lo que con tan retorcida sintaxis, tan profusa adjetivación, tan alambicadas referencias y tan inextricable prosa, se escribe por quien, con la aparente intención de explicarnos cuadros o poesía, sólo trata, me temo, de justificarse por haber incurrido en la debilidad de una interpretación obvia que ofende el alto concepto que de si mismo alberga o, sencillamente, por no haber comprendido absolutamente nada de lo que ha visto o leído.

* * *

De bichos

Algunos bichos crujen. Tienen la consistencia frágil de un cristal casi de papel. Aplastarlos con los dedos pulgar e índice produce una íntima y culpable satisfacción. Deja un rastro de desastre, una mancha viscosa, un pegamento de vísceras. Pero apenas si queda rastro en el aire, olor alguno. Vista, oído y tacto. Es una crueldad de tan sólo tres sentidos. Una costumbre que se hizo secreta desde la infancia. Mi padre me sorprendió de niño en el jardín con los dedos sucios, intentando dibujar sobre la cal de la casa con las entrañas de un grillo. Supe entonces que no hacía bien y me pareció todo mucho más placentero. La caza, mi fuerza, la presión y el ruido casi seco, el calor mínimo y fugaz en las yemas de los dedos. La muerte como la breve combustión de un fósforo oscuro.

lunes, noviembre 10, 2008

Un tácito encargo por cumplir

Que se muriera tan de repente, con sus papeles desordenados sobre el escritorio, sin tiempo para recomponer malentendidos, sin tan siquiera haber vuelto a Florencia como quería desde hacía tiempo ni haber llegado tampoco a esos años en que hablar del propio final ya no es un asunto de mal agüero sino sólo una mera cuestión de intendencia, que se muriera, digo, así, de esa forma breve y sorpresiva con que a veces el corazón se rasga, me dejó, entre otros trabajos pendientes, el de su epitafio. Sabía que quería ser enterrado, que le gustaban los cementerios y coleccionaba fotos y recortes de las tumbas de muchos escritores. La de Machado y su ligero equipaje; la de Neruda, tan próxima a la mar; la de Kafka, compartida con la sombra terrible de su padre; la de Cortázar, sobre la que siempre abundan exvotos que bien pudieran pasar en otro lugar por meros objetos olvidados. Es verdad que él nunca fue un autor de culto. Apenas un escritor de provincias al que la insistencia y una dedicación artesanal le procuraron una docena de premios literarios de cierto prestigio. Pero yo sabía bien cuánto le hubiera gustado una lápida elegante en la que se leyera algo breve y bien traído. Se había ido dejándome, paradójicamente, ese tácito encargo a mí, que era partidaria de la incineración, del viento y del olvido.

Lo dejé apoyado sobre su mesa. Entre los borradores en los que andaba en sus últimos días. Cada vez que entraba en la biblioteca, un olor punzante me recordaba que tenía algo pendiente. Postergaba lo que me había llevado a aquel rincón de la casa y me aplicaba entonces entre los libros de versos a la búsqueda de un par de renglones apropiados. Pero él no ayudaba mucho. Cada vez era más difícil concentrarse en la proximidad de tan descompuesta presencia de ánimo.

martes, noviembre 04, 2008

Samuel Stauwton

"Escribir es hacerse pasar por otro, inventar
otras vidas que bien podrían ser la nuestra."

Enrique Vila-Matas
Hace un par de semanas, se presentó en el Centro Municipal de La Arena el poemario Transgresión del edén. Este libro constituye la tercera de las entregas que sobre la obra de Samuel Stauwton se han editado en nuestro país, todas ellas introducidas, recopiladas y traducidas por Emilio Amor. Sobre Stauwton se conocen algunos datos ciertos. Nació en Londres. Su padre fue Sir Alexander Stauwton, par del reino y gobernador durante dos años de una provincia de la India. Su madre era la bella Patricia Eddington, descendiente directa de Lady Caroline Lamb, amante de Byron. Se cuenta que Samuel Stawton, a la temprana edad de diez años, dominaba el francés y hablaba con soltura el alemán y el italiano. En 1923, terminó sus estudios de Derecho en Cambridge, trasladándose a París, donde conoció, entre otros, a Paul Valery, Cocteau, Proust y Gómez de la Serna. En 1925 retornó a Londres al morir su padre, haciéndose cargo del patrimonio familiar y casándose con Catherine Hamilton, de la que se separó no mucho tiempo después para iniciar una serie de viajes que lo llevaron desde Egipto hasta el Lejano Oriente. En 1930, se trasladó a Nueva York. Allí queda deslumbrado por el jazz y el cine. En compañía de la cantante Sarah Murray visitó los estados del oeste, luego el Caribe y, finalmente, Sudamérica. Tras la Segunda Guerra Mundial se mudó definitivamente a Europa. Vendió las propiedades y negocios familiares y, a causa de una grave dolencia pulmonar, se internó en una clínica de Trieste. En 1948 comenzó a dar muestras de una irrefrenable decadencia, fruto de su adicción a la morfina y al alcohol. En 1958, arruinado y abandonado por los pocos amigos que aún le quedaban, se vió obligado a aceptar un modesto empleo como corrector de pruebas. Era por entonces un noble arruinado y decadente, pero conservaba un irresistible encanto canalla. En 1964 se casó con la Vizcondesa de Neully, junto a la que malvivió durante meses en un hotelucho de Cannes, donde según se informó por entonces ambos fueron hallados muertos. Investigaciones posteriores han revelado, no obstante, que el cadáver encontrado entonces no era el del poeta, sino el de un amante de la Vizcondesa, hombre de parecido asombroso con Stauwton. Según parece el escritor, aprovechando el equívoco, huyó a Irlanda. Allí buscó refugio para sus últimos años.
Hasta aquí lo que de Samuel Stauwton nos cuentan los libros. Pero hay otros datos, eso sí, no suficientemente contrastados, que alimentan su leyenda. En los años setenta, Sothebys subastó un collar de esmeraldas que fue finalmente adjudicado a un empresario japonés por una asquerosamente elevada cantidad de libras. Aquella joya procedía de una casa de empeños en Dublín que actuó como testaferro de su anónimo dueño, un escritor refugiado cerca del mar en las afueras de Scholl. Las esmeraldas, pesadas como guijarros sangrientos, habían pertenecido a la Vizcondesa de Neully. Su venta pagó las reformas y a la servidumbre de The Hill of the Crow, la vieja posesión donde todo parece indicar se escondió del mundo, dedicado a la cartografía y la colombofilia, el viejo Samuel Stauwton. Hay también quien afirma que si bien fingió su muerte en Niza, alguien fingió años después su vida en Irlanda. Que no sería, pues, real su supuesta longevidad y que los poemas publicados en Canciones de Amor en los Campos de Marte, aunque escritos según el inconfundible estilo Stauwton, no son más que un brillante ejercicio literario del joven ucraniano, Cecil Sevchenko, con quien convivió el escritor durante sus últimos años, un aventurero que llegó al puerto de Cork después de que encallara el decrépito carguero en el que viajaba formando parte de la tripulación. Quienes conocen a este marino lo describen alto y robusto como la chimenea de un vapor, con cabellos rubios y una estridente risa tabernaria que encantaba por igual a las mujeres fuertes y a los hombres sensibles. Un aventurero que se declaraba enamorado de Marsella, el lugar desde donde Rimbaud se despidió de la civilización. Un extranjero cuya niñez había transcurrido en el estuario del Dnieper, cerca de la Odessa aún soviética. Un musculoso lobo de mar al que le apasionaba la poesía y que se presentaba a si mismo como "un piloto de barco al que el azar y la mar convirtió en amanuense de versos gloriosos".
De la obra de Stauwton se publicaron en la primera mitad del siglo Les fauves (París, 1923) y Cuaderno de bitácora (Londres, 1930). Posteriormente, aparecieron las Crónicas de Samuel Stauwton (Gijón, 1999), una traducción del original que editó Gallimard en París con el título de Chroniques y bajo el seudónimo de Cecil Bishop, que se completaba con textos autógrafos y con colaboraciones cedidas por Lettres Françaises y Les Cahiers de la Pléiade. Más recientemente aún se han editado las Canciones de amor en los Campos de Marte (Gijón, 2002), que, independientemente de quien sea su autor, Sevchenko o el propio Stauwton, conforman un cautivador poemario amoroso entreverado por una tupida red de caminos que comunican los lugares predilectos del autor: Turquía, el Nilo, los Sargazos, China, La Habana, Acapulco, Pompeya o el Báltico. Un libro al que se convocan las voces de aquellos autores que alientan muchos de sus versos: Baudelaire, Rimbaud, Mallarmé, Nerval o Vallejo. Una obra, en fin, misteriosa, pero tan limpiamente escrita como un cuento para niños.
Ahora aparece Transgresión del Edén (Gijón, 2008) y de nuevo surgen enigmas de difícil resolución sobre el origen y autoría de estos versos. En la introducción se reproduce una noticia de la Agencia Efe difundida en prensa allá por octubre de 2001. Se daba cuenta en ella del hallazgo en unas excavaciones en Dublín de una cápsula del tiempo. Una especie de de caja de piedra con dos esferas de metal en el interior que guardaban una diadema de rubíes perteneciente a la colección de la Vizcondesa de Neully, la que fuera esposa de Stauwton, y un manuscrito firmado por Cecil Bishop, el heterónimo que el viejo poeta utilizara en sus primeros tres libros. El Museo Nacional de Dublín buscó entonces ayuda entre los expertos en la obra de Stauwton. Fue así que Emilio Amor tuvo acceso a estos poemas. Suya es la magnífica traducción que ahora se publica de los mismos.
Llegados a este punto, y aun resultando seductoramente inverosímil toda esta sucesión de descubrimientos en torno a la vida y la obra de un autor misterioso y maldito, y apareciendo los sucesivos poemas de Stauwton curiosamente siempre de la mano del traductor Emilio Amor -cuya descripción física, por cierto, tanto lo asemeja al marinero ucraniano Cecil Sevchenko-, lo único realmente incuestionable es que a los stauwtonianos del mundo nos importa relativamente poco qué fue lo que en verdad le sucedió al poeta; lo único que deseamos realmente es leer todos sus poemas, los que haya o le hayan escrito, los que escriba o le escriban en el futuro.

CANCIÓN DE AMOR EN LOS TIEMPOS DE GUERRA

Es eterna la noche y el amor y el cuidado
Con que me despiertas, con que me respondes,
Son parte de un instante que se diría único.

Con el viento del norte estrellado en el rostro
Avanzo por la dársena y pienso en tus dulces labios.

Es obscena la guerra, los niños mutilados,
La mentira en la boca de los próceres.
Y yo pienso en tu piel, los sueños encontrados.

Permanecer así en silencio: al fin y al cabo
Hemos hecho realidad algunos sueños.
Sólo falta recoger los frutos que nos quedan
Al amparo de la boca de los lobos.

¿Qué pasa con el hacha del sicario que corta las cabezas?
¿Vamos a permanecer así, con las manos atadas,
Sin estremecernos de dolor hasta la médula?
¿Qué dirán nuestros hijos, sangre de nuestra carne?
¿Qué les espera?

Es eterna la noche,
La luz no nos aguarda al final del camino.
Son tiempos de locura,
Son tiempos de desmán.
¿Qué les espera?