lunes, junio 24, 2019

Los jardines en ruinas, de Juan Ignacio González

Los jardines en ruinas,de Juan Ignacio González
Bajamar, 2019

La calidad literaria de una obra no se mide, es sabido, por la calidad humana de su autor. Hay canallas que escriben como ángeles y ángeles, en cambio, que le guardan vasallaje a los renglones más torcidos de Dios. Así  que no siempre nos encontramos con un libro como Los jardines en ruinas, escrito por un tipo ejemplar en lo civil y admirable en lo creativo.
Juan Ignacio González se ha ido granjeando como profesor de la Escuela de Trabajo Social el afecto sucesivo de unas cuantas promociones de alumnos. Antes, ejerciendo de educador durante varios años en pisos de acogida, ofreció a muchos chavales sin suerte en su niñez algo más que un resquicio de esperanza (y sé bien que es esa una de las tareas que le han reportado más satisfacciones a Nacho). También fue cofundador del Grupo Cálamo en los años ochenta y del premio de poesía que lleva ese mismo nombre. Como editor, dio a luz las colecciones Cuadernos del Bandolero y Heracles y nosotros. En la política, ejerce como militante veterano y con galones de la izquierda ecologista. A su vez, desde la Sociedad Gesto, ha impulsado innumerables eventos culturales en la ciudad de Gijón. Y como poeta, que eso se trata de reseñar aquí, ha ido forjando una obra que no sólo empieza a ser extensa, sino que además cuenta con la fidelidad de muchos lectores.
La poesía, y conviene recordarlo en este tiempo de marwanes, no es ocurrencia ni lírica verborrea bienintencionada: es lectura atenta del canon afianzado, conocimiento de las pautas para respetarlas o para transgedirlas, pero, en uno u otro caso, siempre conscientemente, y es escribir y borrar lo escrito tantas veces como nos lo aconseje la distancia con que ha de verse toda creación artística que no aspire sólo a ser ensimismamiento complaciente, y que pretenda llegar al otro, conmoverlo, comprenderlo, hacerlo mejor o simplemente abrirle la posibilidad de mundos distintos.
Juan Ignacio González tiene el crédito acumulado de años en esa dedicación. Y en la hoja de servicios, además de su desprendida labor editorial, la publicación de unos cuantos poemarios que lo convierten en una de las voces señeras de la poesía asturiana: Otros labios acaso (1985), Velar la arena —colectivo— (1987), Arte adivinatorio (1995), Contra la oscuridad —con José Carlos Díaz— (2003), La vieja música  —con Javier García Cellino— (2004), El cuaderno de la ceniza (2013), Cuando enero fue pasto de las llamas (2015) y El cuaderno de la guerra (y algunas notas sobre la paz) en 2018.
Nos llega ahora una nueva entrega, de la mano de la editorial Bajamar e ilustrada por Leticia González Díaz: Los jardines en ruinas, título tomado de un verso de Kostas Sterýopulos, en un préstamo que aúna dos, al menos, de las características del libro: la influencia de lo griego (a la que debe añadirse también el tributo rendido en las composiciones de la segunda parte a la poesía arábigo-andalusí) y el propósito que, intuyo, alienta esta recopilación de poemas escritos desde 1987 y casi hasta ahora: ser eslabón que enlace épocas separadas entre sí, al modo en que lo hacen las propias ruinas a las que alude el título. No en vano, esa apelación a los vestigios se ha mantenido a lo largo de la literatura. Cada época, de acuerdo con su tendencia ideológica, le añade, eso sí, una óptica particular a ese simbolismo. En el Renacimiento, las ruinas indicaron esplendor de glorias pasadas. En el Barroco fueron lección de ascetismo y desengaño. En el Romanticismo, como bien dice Rafael Argullol, emanó de ellas un doble sentimiento: la fascinación nostálgica por las construcciones debidas al genio de los hombres y la lúcida certeza sobre la potencialidad destructora de la Naturaleza y del Tiempo. Y ya en la poesía del siglo XX y comienzos del XXI, el motivo de las ruinas se abordó como resto de un esplendor que sugiere reflexión sobre el destino humano o sobre el yo más íntimo (J. GuillénV. Aleixandre o nuestro V. Botas, entre otros muchos). En resumen, las ruinas son, siguen siendo según vemos, ese vínculo que pone en contacto mundos aislados en el tiempo pero unidos en su condición fugaz y en su ansia de perduración. «Esto es el hombre», decía Cernuda frente a las ruinas, recordando que estamos hechos de «materia fragmentaria/ con que se nutre el tiempo».
Juan Ignacio González transparenta ese propósito en las diversas poéticas que incluye en libro. En el poema «Ella, maldita sea», por ejemplo, propone «besar los sepulcros de los antepasados/ que nos dieron el arma:/ la palabra». Incidiendo así en que la tradición clásica en literatura no es sino el hallazgo de una expresión que nos sigue representando independientemente de cuándo se haya alumbrado; una expresión, por tanto, que se sobrepone a la muerte de sus creadores, a los que no conocimos, que son ya ruina y que, sin embargo, perviven.
Hay por tanto, en esta visión de poesía, una voluntad de que emerja trascendiéndonos al modo en como lo hacen las propias ruinas, renaciendo lo que un día fue para que la curiosidad de los que nos sucedan recupere una memoria que, en su trama sentimental, probablemente se les antoje muy parecida a la suya.
Los jardines en ruinas se publican después de un libro como El cuaderno de la guerra (y algunas notas sobre la paz) en el que el autor alcanzó, creo, su voz más personal, al urdir con acierto la urgencia del compromiso y la exigencia estética del oficio. Aquel libro golpeaba conciencias y este nuevo poemario apela a los sentidos, honrando, como dicen los versos de Homero en Ios: «las más hermosas costumbres de los griegos,/ que son, como tú sabes,/ la música y los cuerpos». Esa música viene acompañándonos a lo largo de toda la obra poética de Nacho, que tiene para el ritmo poético una facilidad adiestrada en la lectura de muchos de los autores citados en estos jardines. Un ritmo que endurece casi hasta la épica en sus composiciones más sociales, que dulcifica en las más líricas y que prosifica en las estrictamente narrativas.
Entre estas últimas se halla la aludida Homero en Ios, monólogo dramático en la línea de aquellos que comenzaron a aparecer recurrentemente en la poesía española a partir de la segunda mitad del siglo XX. Una técnica (heredada del posromanticismo inglés y que aquí cultivaron Cernuda, Valente, Biedma o los Novísimos) y que elige un personaje, tomado de la cultura o de la historia, para que asuma y transmita en primera persona las emociones que el escritor desea expresar. Este monólogo dramático le viene como anillo al dedo a los propósitos de estos Jardines en ruinas, donde su autor, aun hablando de sus sentimientos, se distancia a la vez de ellos, del yo romántico, al trasladar las emociones a una voz vicaria. Este ejercicio de otredad se mantiene a lo largo de la lectura de todo el poemario, por lo que uno tiene la sensación de que participa de una prolongada confidencia que nos es susurrada al oído por los labios de un sinfín de personajes suplantados prodigiosamente por quien toma de cada uno aquello que mejor sirve a su causa: conmover, denunciar, seducir, consolar o consolarse. Asistimos, pues, a un extenso monólogo dramático protagonizado por un elenco interminable de personajes históricos, literarios, anónimos, que como en el caso del argonauta nos hablan de los viajes; que como en el del escriba, de la indignidad de ciertas ocupaciones serviles; que como en el de Penélope, de la esforzada condición de las mujeres; que como en el de Adriano, del amor hospitalario; que como en el de los desconocidos protagonistas de los poemas Muerto de la Iliada o Los juegos del hambre dan voz a los peones sacrificados por la historia.
Hay que poseer un acendrado espíritu empático para encarnar tantas y tan variadas sensibilidades. Hay que haberse empapado durante años de lecturas para transitar con tanta seguridad los escenarios literarios e históricos evocados en el libro. Hay que haber amado como propio lo que se conoció a través de voces venidas de lugares y épocas tan distantes y acertar entonces a comprender que todo vestigio que sobrevive y nos conmociona, puede experimentar aquello que describe Nacho cuando habla de La vieja música que es la poesía: «Y cuando cae la lluvia sobre la tierra seca,/ de nuevo en ella brotas como la nueva vida». Esta poesía practicada sin desmayo a lo largo de muchos años, tributaria de las más hermosas ruinas, devuelve a la vida, la vida de los que aun sin pisar tierra firma desde hace muchos siglos siguen habitándonos en la emoción compartida.

jueves, mayo 23, 2019

La vida menguante, de Pedro Luis Menéndez


La vida menguante
Pedro Luis Menéndez
Trea, 2019


Cuando la poesía, o la pintura, no se mueve estrictamente en el terreno figurativo, las interpretaciones de lo que se lee, de lo que se observa si estamos ante un cuadro, precisan de un esfuerzo añadido de reflexión y sensorialidad que puede ser muy gratificante si logramos entablar un diálogo fructífero con la obra a la que nos enfrentamos. Viene a ser, a pequeña escala, como familiarizarse con un idioma distinto y empezar a conversar en esa lengua recién adquirida con quien la tiene por propia.

La vida menguante mantiene el acento grave de los dialectos litúrgicos. No hay en sus versos resquicio alguno para la ligereza o la ironía. Así que una vez que estos versos llegan a nuestras manos, a nuestros ojos, conviene saber que nos adentrarán en un ámbito de penumbra, de declamación laica, sostenida por un discurso que no narra los hechos de la experiencia, sino las sensaciones que como un limo, sucio pero nutriente, nos deja en lo íntimo el curso de la existencia.

Pedro Luis Menéndez lo advierte: “No quiero hablar más claro”. Su expresión, queda apuntado, no es transparente, pero aporta suficientes referencias como para que el lector cómplice, quien desde el mismo título del libro entienda que está compartiendo con el autor el desasosiego por el paso del tiempo y las incertidumbres que esa mengua acarrea, pueda deambular por el poemario alcanzando en todo instante el sentido último que lo alienta: “Cada quien en su cárcel entiende lo que digo.”

El libro se divide en tres capítulos: El camino, Ariadna y Al otro lado de la desolación. Y aun manteniéndose en los tres una voz parecida, nunca condescendiente, siempre grave, puede advertirse en la división una sucesión hegeliana que avanza desde el irreversible desenlace del camino (en el que andamos y del que somos más conscientes a medida que se consume), pasando por el consuelo del amor y alcanzando, por síntesis devastadora, el final, al tiempo, del afecto y de la vida.

El camino se repasa en la noche, con frío, sufriendo duermevelas que nos hacen temblar, en un inventario insomne: "Mi historia son recuerdos de noches sin sosiego", en expresión que viene a ser el envés de aquel mil veces recitado verso de  Antonio Machado que hablaba con nostalgia del patio sevillano de la infancia. Nuestro autor, por contra, no incurre en añoranza sentimental alguna, y cuando alude a la niñez toma ésta la forma desoladora de un parque vacío: “El tambor de la muerte / retumba como un bosque de lápices gastados. / Una vez algún niño habitó mis rincones. / El parque está vacío.”.

La noche, esa que “impide que concilies / el sueño que te salva”, y a la que se nombra en treinta ocasiones a lo largo de La vida menguante, asume un papel acorde al enfoque distinto otorgado a cada una de las tres partes del libro: es fatiga desvelada en El Camino, lugar propicio para el encuentro amoroso, o para el sueño custodiado de quien se quiere, en Ariadna y, finalmente, “noche maldita” en Al otro lado de la desolación, porque para entonces “El corazón se oculta / en rincones sin sueño, galopa en el vacío, / palpita en los despojos de una vejez que llega / sin que nadie la llame. / No puedo con la noche que me aplasta sin tregua, / tan segundo a segundo, tan ausencia y silencio. / Y ya no estás. Esa ausencia última recrudece, hasta la desolación, el insomnio.

La noche se convierte en el ámbito temporal (casi espacial) desde el que afluye la reflexión y el sentimiento, que se urden en lo creado por un hombre que no sólo sabe que envejece, sino que además lo hace sin encontrar sentido a ese final inexorable para el que tampoco tiene un dios en el que ampararse. Dice Pedro Luis Menéndez en dos poemas diferentes, pero sucesivos y que nos sirven por ello para encabalgar sus versos: “La soledad se paga a un dios que no responde. / Esta tarde la muerte ha cruzado mi casa / como una pesadilla sin sentido.”

No es casual la cita que abre el libro. La de un Jean Giono que nos habla desde la vida definitivamente menguada. Su epitafio fue este: “Donde voy, nadie va, nadie ha ido nunca, nadie irá. Voy solo, el país es virgen y se borra tras mis pasos.” Es la advertencia de que existe un destino único para todos, porque nadie lo afronta igual a pesar de ser siempre el mismo. Un destino al que nos encaminamos sin que nuestras huellas duren más que un suspiro en el tránsito. Pero a pesar de esa fugacidad, el repaso al viaje deja, para Pedro Luis Menéndez, algunas certezas: “Lo más difícil, pueden creerme / que no hablo de oídas, / es permanecer / en la misma línea, no moverse un milímetro, / no dejarse seducir por ningún bando, / ser uno mismo.” Ahí, entiendo, se encuentra la manera distinta, única si se desea, de asumir ese paso por el mundo del que habla Giono, el componente ético de nuestra existencia.

La vida menguante no es un libro esperanzado, pero tampoco es un alegato nihilista. Al compromiso con la integridad a la que se apelaba en los últimos versos extractados, ha de añadirse, como razón de vida, el amor. Y de ello habla el capítulo Ariadna. En este laberinto en el que todos vivimos y cuyo final es más que previsible, podemos aferramos al hilo del afecto, carnal o tierno. El primero espera por la amada y convierte en dulces ciertos días “cuando tienen tu rostro, / tus ojos encendidos en el límite exacto del amor”. Entonces “la vida sí importa”. El segundo, cuando nos acercamos al sueño de una niña, quizás de la hija, y descubrimos en él un asidero impagable: “¡Qué refugio son siempre los sueños de los otros!”. Y entonces, nuevamente, nos congraciamos con la vida: “Los herejes sabemos que alguna vez la vida / va y merece la pena. / Aunque dure un instante la eternidad es cierta.”

La amada se retrata deseada desde la distancia en estos poemas centrales del libro. Por eso se ansían y se cantan los encuentros. Por eso y porque se sabe una pasión de madurez amenazada también, como la propia vida, por el avance del tiempo: “Constato que, pasada con mucho la mitad / de mi vida, puedo darte de todo / menos tiempo.” Y quizás contraviniendo en parte el decir comedido de todas las composiciones del poemario, su austeridad en referencias y su ausencia de narraciones puntuales y acotadas en circunstancias, encontramos cerrando casi este capítulo segundo un poema largo, de veinticinco medidos alejandrinos, rematados por una cita bien traída y mejor encastrada de Pedro Salinas, que relata cómo eran los viajes, reales, a través de Cembranos, Benavente, Rueda…, que llevaban al autor a encontrarse periódicamente con su esa mujer que ama y anhela, y donde se da noticia incluso hasta de la dedicación del autor, un profesor cansado, dice, de exámenes y clases. “(… ) El río / que hacia ti me transporta por esta carretera / con carteles difusos: Cembranos, Benavente, / Rueda al fin, Guadarrama. En Arapiles borro / el rastro de mi estela, me detengo, contemplo / tu sonrisa brillante, tus manos siempre frías, / tu corazón abierto que acoge mi cansancio / después de otra semana de exámenes y clases, / reuniones, visitas, canciones que no siento, / palabras que pronuncio con el alma en la mano, / disección de poemas, exposición absurda / si no fuera algún verso que se cuela de pronto / más allá de su oído y sientes que su fuerza / les llena la mirada, mientras yo te recuerdo / desde el norte y la lluvia, y te evoco en silencio / y las aulas son solo la pausa necesaria / para volver a ti…

Pero el final del libro tiene, como ya antes se apuntó, un desenlace en el que no sólo se recupera el inicial trance amargo de la noche sin sueño, sino que a él se añade la derrota del amor, que vuelve “las noches malditas”. Estamos al otro lado de la desolación, donde “ya no hay más viaje que el retorno al vacío

A los buenos poetas debería costarles leer en público sus versos. Afloran a la superficie demasiada verdad cuando están tan bien escritos que son la exacta cartografía del alma, esa nube interior que ya sé que no existe, pero que también sé que, aun no existiendo, duele.

Para Pedro Luis Menéndez no ha de ser fácil en las presentaciones transparentarse en la lectura de lo que ha escrito con tanta sinceridad después de treinta años sin publicar poesía. Quizás por ello ha tardado tanto en dar a imprenta este libro. Tampoco es fácil para el lector que se sienta concernido, por edad y/o sensibilidad, con lo que La vida menguante cuenta, verse reflejado sin sobrecogimiento en estas páginas que describen tan bien y tan crudamente el preludio de lo incierto.


viernes, abril 26, 2019

BOAL


Publicado en El Cuaderno.
BOAL

AS ANDOLÍAS

Barbuxándome al ouguido / cuntóume que fóra / taba empezando a orbayar / qu’al principio era miudín / peró qu’as torbuadas avisan cedo. / Díxome, tamén, mollemente, / que marchase, qu’os outros xa lo fían, / qu’as andolías nun esperan al inverno / pr’aveirarse y nun esfrecer… peró, eu penso / que nunca chegaron a sentir el frío.

Miguel Rodríguez Monteavaro

Hay lugares que se eligen. Vivimos voluntariamente en ellos o los alcanzamos a través del deseo que es el viaje proyectado. Otros, sencillamente se imponen. Contra nuestra voluntad o sin que nuestra voluntad pueda o quiera oponerse. Ningún remedio, por ejemplo, obra efecto contra la señardá cuando le impone al alma sus propios lugares.

Que el ánimo extrañe territorios con tristeza sólo puede deberse a alguna suerte de pérdida. Irse obligado del terruño amado, perder su suelo y su paisaje, tizna de pena el corazón del que se va, pero amputa también muchas veces la identidad de su descendencia. De esa geografía del alejamiento nace mi propia señardá, la que albergo, como una sensibilidad congénita, hacia la pequeña patria de mis padres, de la que fueron expulsados por la miseria de la posguerra.

A vista de dron, en un día soleado, todo en ella tendría una apariencia arcádica. A los prados de verde desigual, a las casas de muros blancos, al argenta pulido por la luz en las pizarras, a ese conjunto de tierras fértiles salpicado de casas, bosque y unas pocas cabezas de ganado, extendido entre Penouta y Penácaros, una voz en off le añadiría quizás la antigua descripción que de todo ello hiciera Bernardo Acevedo y Huelves allá por 1898, en Boal y su concejo:

"Al abrigo de la sierra de Penouta y al comenzar la cañada del Navia, siéntase la villa de Boal, dividida en dos grupos de población: Boal de arriba y Boal de abajo. Arriba están las casas antiguas, los callejones angostos, las población labradora y pastoril; abajo la villa nueva, con plazas espaciosas, iglesia, consistoriales, con el edificio moderno, y el comercio y la industria. […] Ambos núcleos están rodados de caseríos y aldeítas, a modo de marcos que los abrazasen, y casi dentro del poblado hay sotos frondosísimos de abedules, robles y castaños que, en verano, son paseos excelentes."
Ese librillo, reeditado en 1984 en facsímil por Mases, es de la poca bibliografía que puede encontrarse sobre la historia, costumbres y geografía del concejo.

El narrador de ese ficticio documental aéreo quizás le añadiese entonces, a modo de guinda, unos versos en la fala de la tierra: «Vista más guapa nun hay/ desde Coruña hasta Oviedo:/ solo San Pedro las ten/ desde a súa porta nel cielo». El autor, Benjamín López, que fue talabartero y poeta, murió joven, en 1964, a los cuarenta y seis años, dejando una obra costumbrista recopilada póstumamente en un libro titulado Montañas verdes, en el que no pocos versos expresan una señardá agridulce hacia el tiempo de la infancia.

Esa manera casi paradójica de enfrentarse a la señardá, ese visión a la vez grata y doliente, tiene su correlato en dos novelas ambientadas en ese territorio, La memoria de los árboles, de Conchi Sanfiz, y Aunque Blanche no me acompañe, de quien esto escribe. Boal se vuelve Olba en la primera y Brocal en la segunda, conscientes los autores de que el escenario es evocación y de que toda evocación recrea más que retrata.

Concepción Sanfiz, la autora lucense de La memoria de los árboles, vivió con plenitud el ejercicio de su profesión de maestra en ese destino que llamó Olba. Su novela agradece lo que Olba le dio durante aquel tiempo: «En teoría iba a Olba para enseñar Literatura Española. En la práctica, eso procuré hacer lo más dignamente que supe, pero para mí fue más importante lo que aprendí que lo que enseñé». Olba se convierte, pues, en un relato urdido de historia recuperada, friso de sugestivos paisajes cambiantes al ritmo asumido de las estaciones, compromiso con el lugar y estrecha comunión con los olbenses. Una narración escrita ya desde la distancia espacial y temporal, con señardá agradecida, en evocación, por tanto grata, hacia un pueblo, Olba, fijado para siempre en un momento en el que todavía cabe la esperanza de que no lo alcance nunca del todo el despoblamiento y su ruina, amenaza que sí se cierne, desdichadamente, sobre el envés de su anagrama, Boal.

"Ante el más leve indicio de primavera, muchas de estas casas vuelven a convertirse en hogares. Algunas lo son de verdad durante los períodos vacacionales y eso confiere a su aspecto un tinte de expectación permanente, como si fueran enfermos de pronóstico incierto que confiaran en una pronta recuperación. También su recuperación es un espejismo: sus propietarios las habitan unas semanas al año; en el mejor de los casos, realizan en ellas unas mínimas tareas de mantenimiento y luego las condenan de nuevo al abandono hasta su regreso. Y sin embargo, en esos contados días en que el clima se vuelve benigno y casi nos convencemos de que existió la Arcadia, alguna vecina, encargada de cuidar de esas viviendas huérfanas, se apresura a ventilar sus dependencias, y se ve a las casas tan alegres de barruntar una próxima llegada de sus dueños, que da aún más pena contemplarlas de nuevo herméticamente encerradas en sí mismas, aparentando tan sólo una enternecedora dignidad tras la que se esconde el dolor de su vacío, la nostalgia irreprimible del tiempo en que fueron hogares."

Aunque Blanche no me acompañe habla de una señardá distinta: la de un hombre que viaja, cada semana y casi por inercia, desde la ciudad hasta el pueblo de sus padres, buscando una identidad perdida en un ámbito, que aun admitiéndolo agónico, sabe que le es indefectiblemente propio.

"En contra de lo que suele ser más habitual, avivar la marcha ante la proximidad del destino al que nos dirigimos, en esos veintiocho kilómetros últimos suelo conducir despacio. Si ralentizo mi recorrido es porque sabiendo que ese trayecto me transforma, me recreo en las sensaciones de la metamorfosis: un ligero desasosiego, una tristeza placentera, una identificación detallada y casi lujuriosa con los olores, con los sonidos y con el paisaje. Los topónimos del espacio geográfico al que tan ligado me siento, cuando más que pronunciados se recitan como versos bien medidos, son mi propio mantra de inmersión en el lugar. Mientras conducía, pensaba esa mañana en estos viajes como indagaciones meticulosas del interior de una matrioska. Yendo de la gran muñeca inicial que contiene la ciudad a la última y minúscula figura en la que sólo cabe la casa familiar; yendo del universo que es capaz de albergar una serie menguante de mundos, al reducto irrespirable que no sólo no puede abrirse sino al que en su pequeñez ni tan siquiera se le puede dar casi forma y rasgos precisos: muñequita sin cintura, hueso amargo. Todo el aire liberado del resto de las matrioskas gira por eso como polvo estelar en torno a la pieza indivisible, todo el contenido extraído a los cuerpos demediados flota sobre el vasto espacio que me acerca a Brocal. Cuántas veces nos han subyugado esos encuadres fotográficos, fílmicos o pictóricos, esas visiones de las que inesperada y ocasionalmente somos testigos, en que, por ejemplo, una hipnótica vela hinchada por el viento surca en la lejanía el inabarcable horizonte marino, o un hombre pesca en la más absoluta soledad de un acantilado al atardecer, o un correo del zar galopa en la vastedad de la tundra llevando en las alforjas un diálogo de grafías entre mundos distantes. Los territorios nos susurran a veces cosas sobre nosotros mismos de las que casi nada sabíamos, pero tras las que andábamos por una intuición que es tan redentora como autodestructiva. Así me siento yo. En eso me convierto en los regresos. Mancha en la nada, candil en la oscuridad, nave en el océano, última de las matrioskas, muñeca cerrada sobre el átomo que la constituye, expuesta a la naturaleza y, a la vez, al poso mismo en el que el alma decanta lo que poseemos, el bien y el mal que nos habita."

Esa señardá, mi señardá, se parece, por tanto a algunos cuadros de Galano. La pizarra negra rematando los muros blancos o de piedra vista. Las casas aisladas en medio de una vegetación más que cómplice, acechante. La lluvia y la niebla oscureciendo ese encuadre como un paspartú de tristeza propia. Se trata, me temo, de una hipérbole distópica que asume como inevitable la asolación que anuncia tanto abandono acumulado: casas, enseres, tierras, molinos, capillas, huertos, sendas, costumbres.

Pero para que se extrañe un espacio o duela su pérdida, por saberlo lejano o particularmente frágil a la erosión de los tiempos, esa ubicación, en los ojos indulgentes de la infancia o en los de quien idealiza el pueblo de sus ancestros, hubo de tener antes las proporciones ideales de la dicha.
Y Boal las tuvo en los veranos de cuando era niño, poblados de gente que ya no está, alrededor de la vieja casa de la abuela ahora en ruinas, en las eras donde ya no se planta, en los establos despojados para siempre del aliento cálido de los animales, en los lavaderos en que nadaban los renacuajos como una simiente de vida telúrica, en la noche donde los ruidos de la naturaleza eran un universo inquietante para un oído, como era el mío, acostumbrado a la sonoridad opaca de la ciudad.

Toca a menudo volver por allí cuando entierran a alguno de los nuestros. Boal no tiene tanatorio y a sus muertos se les vela en Jarrio. Luego vuelven camino del pueblo por la carretera que orilla el Navia. Los sigue lentamente un cortejo de vecinos que procesiona en sus coches durante casi treinta kilómetros. Da tiempo entonces a irse fijando en el paisaje, en el río encajonado. Incluso desde algún recodo se llega a ver el mar que dejamos a las espaldas; casi siempre brillante, casi siempre impetuoso. El cauce que fluye por debajo de la carretera es, por el contrario, plácido y oscuro. Hay tiempo en esos cortejos luctuosos para recordar, para observar. El bosque se ha repoblado desde hace años. Ahoga los caseríos. Trae el jabalí hasta las puertas. Pero me acuerdo de ver arder mucho tiempo atrás esta foresta a veces. Se quemaba abandonada al final previsible de toneladas de leña barata para la papelera que se levanta en el tramo final del río. Una industria que exhala día tras día un humo agrio con olor a repollo cocido. Por entonces, en el tiempo remoto de aquel fuego, conducía todavía mi padre cuando íbamos de visita al pueblo. Siempre llevaba el coche algo más rápido de lo prudente. Conduzco yo ahora y no queda otra que seguir esta lenta velocidad de entierro que al menos me permite volver a silabear, al paso, los nombres más hermosos que nadie le haya puesto jamás a unos lugares: Porto, Villacondide, Serandinas, Miñagón, Las Viñas, Los Mazos, Armal, Torrente. Todo ellos son la cartografía fonética de mi infancia. El muerto mientras, como los salmones, sigue ascendiendo cauce arriba hasta el pozo en el que se desovará la memoria troceada de su vida en el recuerdo de quienes lo acompañan. El cortejo reduce la velocidad a la altura de la casa que lo vio nacer. La puerta está cerrada a cal y canto. Se ve ya muy cerca el caserío entero de un pueblo que hace años que no crece. La plaza abierta entre la iglesia y el ayuntamiento. Aguarda la gente en los alrededores del templo. Dejan paso al ataúd. El cura carraspea de puro viejo. Lo llamaban don Vicente. También trataban de don al que mucho antes fue don Eusebio. Formalidad servil de los fieles y de los que no siéndolo reconocen que las campanas del templo marcan las horas de todos los vecinos. Cantan las viejas. «Hoy, Señor me has mirado a los ojos, sonriendo has dicho mi nombre. En la orilla he dejado mi barca, junto a ti buscaré otro mar». Cuánto anciano llena los bancos de la iglesia. Me dan la paz, la doy. Saco unas monedas cuando pasan la cesta. El sacerdote recuerda a qué hora será la misa sabatina. Los funerales de la semana. Los oficios preceptivos. A la salida, se forman corrillos. No hay mejor momento para recobrar la pista de amistades antiguas que un funeral. Reconociéndose entre las desfiguraciones del tiempo. Compadeciéndose de su paso en los achaques comunes, en las pérdidas compartidas.

En estos regresos, cuando vivimos tiempos de patrias arrojadizas, desafiantes y excluyentes, uno contrae aquí por un momento la suya en la intimidad de unas fronteras trazadas por el caño de una fuente, la fábrica sólida de unas escuelas graduadas, el tapiz de unos pétalos de camelia o la cancilla de un lavadero en desuso. Una patria imprecisa perimetrada en olores: el que impregna eléctricamente el aire después de la tormenta; el del jabón sobre la llousa de pizarra en que se restregaba la colada; el sólido aroma del café cargado y recién hecho; el tibio olor a bosta saliendo de los establos o esparcido como un rastro de abundancia por los caminos; el del ballico recién segado confortándonos el ánimo sin que nos expliquemos muy bien el porqué; o el de la leña que ardía en las cocinas al atardecer y dibujaba una constelación de refugios seguros. Pero sobre todo, una patria fundada en el afecto hacia las raíces hurtadas que por instinto añora la savia de nuestras venas.

No hace mucho se ha abierto en San Luis, una aldea a escasos dos kilómetros de la capital del concejo, concretamente en sus antiguas aulas escolares, un centro de interpretación de la emigración boalesa. Pequeño y coqueto. Bien explicado por quien lo atiende. Se custodian en su archivo documentos de lo que fue una próspera y benefactora sociedad de naturales del concejo, con sede en La Habana y que en los años veinte y treinta del pasado siglo financió un puñado de escuelas y lavaderos en estas aldeas. Aquella sociedad aún hoy pervive. La paradoja del tiempo ha hecho que los hijos de aquellos que contribuyeron con parte de su fortuna americana a la prosperidad de la tierra que los vio nacer, reciban ahora la ayuda que se les envía ocasionalmente desde aquí para mitigar sus apreturas. Me gustaría encontrar entre los legajos de este centro la historia de mi abuelo Marcelino, que vino sin un chavo con doce años de la Cuba donde nació y a la que habían emigrado sus padres, que fue minero, que se casó en Armal y tuvo seis hijos, y que murió, en el año 40, a la temprana edad de treinta y ocho años, frente a un pelotón de fusilamiento. Veo con emoción esas fotos antiguas de las escuelas graduadas de Boal. A esos pequeños asustados que retrata la máquina del fotógrafo y entre los que estuvieron, por tiempo demasiado escaso, mi madre y mi padre. A él le pusieron un nombre francés, René. Nunca supo la razón y nunca me habría entendido si en broma le hubiese llamado mon père. Llevaba, además, por segundo apellido el mismo que el de un célebre escritor nacido también allí, en su pueblo. Eran casi de la edad, pero nunca tuvieron trato. No todos los emigrantes volvían con una palmera debajo del brazo. Aquel escritor vivió su infancia en uno de los chalés indianos; mi padre, en una casa de piedra oscura y tejado de pizarra a cuyas habitaciones llegaba en el invierno como único calor el vaho del aliento y el estiércol que fermentaba abajo, en la cuadra en que siempre anidaron as andolías. Era, y aun lo son las ruinas de todo aquello, junto a las que reposan las cenizas de mi padre, una de esas casas que Galano pinta a menudo diluidas en la niebla. MI señardá.

José Carlos Díaz

jueves, marzo 21, 2019

Postales de New York, de Isabel Parreño


Postales de NewYork, Isabel Parreño 
(Ediciones del Viento)

Hay libros de los que salimos más ligeros. No porque no dejen en nosotros  poso, sino porque el que dejan tiene, como algunos bálsamos, una capacidad depurativa. La Nueva York que describe Isabel Parreño y pinta Eduardo Baamonde, con delicioso trazo de urban sketcher, es una ciudad de línea clara: delimita rincones, ilumina personajes, contagia entusiasmo y deja, al final de cada uno de los nueve capítulos, una sensación de puerto alcanzado en bonanza. Quizás por esa transparencia que desprende del libro, en su prosa, sus ilustraciones y en el cuidado con que se ha editado, al lector le quede al final de la lectura tan buen cuerpo.

Es y no es un libro de viajes. Isabel Parreño no habla tanto como una viajera en tránsito como una residente temporal de una ciudad en la que con tiempo y dedicación suficiente va reconociendo, por sí misma, los lugares que marcaron la existencia de algunos creadores que no sólo forman parte de su educación sentimental —que diría Flaubert—, sino también de la de los muchos lectores que a buen seguro acompañarán a la autora en su periplo neoyorkino.

Con Dorothy Parker entramos en el Hotel Algonquin. Siguiendo los pasos de E. E. Cummings y  Edna Saint Vicent nos paseamos por el Greenwich Village. En el Bronx, visitamos  esa casita conocida como el Cottage de Poe, donde el autor de The Raven acompañó los últimos días de Virginia, y donde él mismo vivió sus últimos y trágicos años. Con cierta prevención —una meca tan trágica impone restricciones—, escrutamos el Chelsea Hotel, en el que murió Dylan Thomas y en el que tantos otros alojaron sus excesos. En el Queens Louis Armstrong pone por banda sonora su What a wonderful world. Nuestra fidelidad a Woody Allen nos brinda un itinerario casi interminable, el puente de Queensboro que lleva a Mahattan, el atardecer desde Brooklyn, la serenidad del Upper East desde Queens, Central Park, el Carnegie Deli de Broadway Danny Rose, las playas de Rockaway en Días de radio o las calles del Soho en Hannah y sus hermanas, el P. G. Clarke´s, donde sigue la mesa en la que se sentaron Alvy y Annie cuando se volvieron a encontrar después de mucho tiempo y desde donde se ve la esquina de Columbus Circle donde se despidieron por última vez. En un viejo apartamento de Harlem, un tórrido domingo de agosto, asistimos a esos milagrosos conciertos casi íntimos con que Marjorie Elliot, la anciana pianista de jazz, señala el camino a los que se han ido para que sepan volver. Rastreamos Columbia University en busca de una bola de pórfido donde una vez se sentó Federico García Lorca. Un rayo la destrozó con la misma saña fatalista con la que la guerra se llevó la propia vida del poeta, que fue en Nueva York un escritor subyugado por el vértigo de una ciudad poseída por la crisis del 29. Por último, y en los salones decimonónicos de la Hispanic Society, uno de esos milagros provocados por el amor hacia el genio creativo español que ha llevado a tantos hispanistas y mecenas foráneos a cuidar mejor de lo nuestro que nosotros mismos, descubrimos un retrato de  Emilia Pardo Bazán pintado por Sorolla. Este capítulo quizás es el guiño más personal de Isabel Parreño hacia una querencia, la de la vida y obra de la autora coruñesa, sobre la que ya publicó, junto a Juanma Hernández, un libro imprescindible para conocer la relación entre Pérez Galdós y la Pardo Bazán, Miquiño mío (Turner, 2013). Curiosamente, o no tanto, ambos escritores permanecen juntos en las paredes de la Hispanic Society.

Son, por tanto, estas Postales de New York un sereno y, a la vez, emocionado recorrido por algunos de los emplazamientos donde evocar a quienes, con muchos otros, contribuyeron a moldear una manera de estar y ver el mundo, de apreciarlo con más intensidad y matices. Sin ellos, en los viajes sería difícil vivir esa sensación de la que habla en las primeras páginas se su libro Isabel Parreño: la nostalgia que a veces nos invade en los lugares antes incluso de abandonarlos.

José Carlos Díaz

lunes, enero 07, 2019

La edad de las piedras, de Luis T. Bonmati

A próposito del último libro de Luis T. Bonmatí, La edad de las piedras (Huerga y Fierro Editores, 2018), escribo una reseña del poemario y una semblanza del autor en El Cuaderno (se puede leer pulsando sobre la portada del libro).




viernes, noviembre 02, 2018

Azabache en El Cuaderno



Hoy se publica en El Cuaderno un cuento que escribí hace unos años.
Una humorada negra a la que puse por título Azabache.
Puede leerse en el siguiente enlace:

domingo, octubre 28, 2018

Pájaros de alambre


El viernes tuvimos el placer de presentar en la Biblioteca Pública Jovellanos, y con ocasión de los encuentros poéticos que anualmente organiza la Sociedad Cultural GESTO, el libro Pájaros de alambre (Cuadernos Cálamo/Gesto, Gijón, 2018), de Diana Aradas, coruñesa, profesora de literatura que antes de alzarse con el trigésimo segundo Premio Cálamo había dado a imprenta sólo otro libro, Silencio invernal (Torremozas, 2017).
Diana Aradas ha definido en su bitácora digital (http://dianaaradas.blogspot.com) cuál es su concepción de la poesía: “una hendidura en la solidez de la rutina, una fisura que deja paso a la claridad. Sólo ella (la poesía) rasga nuestra mirada, tan acostumbrada a la tiniebla del mundo”.
Se aviene bien esa definición con lo que en el poema titulado Felicidad (pág. 14 de Pájaros de alambre), se escribe:
LA FELICIDAD
Un jilguero que canta
sobre un alambre roto.
Esa línea quebrada del alambre no es otra que la fisura a la que alude Diana, la grieta en la gris cotidianidad a través de la que se abren paso los versos, la dicha sostenida por el canto del jilguero, la propia poesía al modo delicado en que la entiende Diana Aradas. Delicado y, podría añadirse, casi aforístico, puesto que no pocos poemas se resuelven asertiva y concisamente como podemos apreciar en los siguientes ejemplos:
          “El cielo no puede escapar del pájaro.”
“Somos las ramas en las que trina la vida apenas un instante.”
“El pájaro es al árbol lo que el instante a la felicidad.”
“La brisa es un mayoral que conduce hacia el invierno.”
“El espantapájaros aleja lo que quiere porque presiente la pérdida.”
“Son ruidosos los pájaros para que exista el silencio.”
“La muerte baja del cielo y hace una parada en el cuerpo del gorrión.”
“Estéril venda es el vivir.”
Esa concisión casi oriental caracteriza la expresión de Pájaros de alambre, que se constituye así como un poemario de composiciones breves y esenciales. Que no recurre a la anécdota para el arranque de los versos, sino a las iluminaciones suscitadas por los pájaros como símbolo, creando una alegoría sostenida en el vuelo de las aves, en su fragilidad, en su relación con las estaciones, en las sugerencias de su plumaje, un ámbito cerrado y cohesionado, una atmósfera sutil y subyugante.
Hay poemarios que se articulan engarzando lo que podrían considerarse materiales de  aluvión (se va escribiendo de temas diversos, incluso con ánimo y formas diferentes hasta cerrar un libro), y hay otros poemarios, sin embargo, que responden a una intención inicial sobre la que se va construyendo un conjunto homogéneo, planeado. Pájaros de alambre pertenece a este segundo tipo de libros, concebidos con voluntad de unidad, en torno a una idea, imagen u obsesión sobre la que gira todo el conjunto.

Estamos, pues, ante una manera de decir extremadamente depurada, sin más adjetivación que la precisa, alérgica a toda impostura y concentrada en el hilo simbólico con el que se urde en una voluntad de obra cerrada sobre sí misma. Esta austeridad de estilo queda advertida en su poética inicial:
El pájaro no exhibe el buche,
únicamente le sirve
para comer.
La belleza
reside en sus colores, ocultos
bajo el pico,
igual que un poema,
no siempre muestra lo bello
que contiene (…)

Ese es el estilo con el que se aplica Diana Aradas, pero la intención, el porqué de estas páginas, la razón última de la poesía también tiene su reflexión en el libro (en la composición A la poesía):

Dónde los pájaros
mientras cae la lluvia.
Cuál es su refugio,
de qué se alimentan si la nieve,
cuándo encuentran su lugar,
si no es el cielo,
cómo sobreviven
sin canciones.

La necesidad de esa luz o canto para la vida, la necesidad de ese consuelo, es el regalo que nos otorga la poesía, parece querer decirnos la autora.

Apuntadas, pues, las pautas sobre las que trabaja Diana Aradas, la forma y el sentido de su tarea, resta adentrarse en el muestrario tan diverso y sorprendente, tan admirable en hallazgos, que nos ofrecen sus Pájaros en el alambre. En ese recorrido, el paso del tiempo y la manera en cómo transcurre o debe transcurrir nuestra vida mientras tanto (con el aprovechamiento del instante, como los pájaros, es el asunto literario intemporal que se atisba como una marca de agua a lo largo del libro y que tiene un tratamiento, de algún modo paradigmático, en el poema que da título al conjunto:

PÁJAROS DE ALAMBRE
(para Julia Cavero, por su amistad)

A medio camino
entre la tierra y las alas,
como esos pájaros que se posan
en los cables de la luz,
y se hacen compañía
mientras esperan
para alzar el vuelo,
así nos queremos los humanos,
mientras tanto.

Somos, como acierta a decir Diana en otra estrofa: “(…) las ramas / en las que trina la vida, / apenas un instante”. Una vida, por otra parte, que resulta demasiado a menudo perpleja, acuciada de incertidumbres:

CONOCIMIENTO

Los pájaros
sobre los conductos
de la luz
no saben más que nosotros
del mundo que pisamos

Una vida acordonada de fronteras (y el término “fronteras”, deletreado en el poema El alambre de los pájaros tiene, como no podía ser de otro modo, una significación despreciativa):
En los alambres de Auswitchz,
en los alambres de Siria,
en los alambres del hambre,
en los alambres del mundo.

El mundo es un alambre
que nos degüella
mientras sostiene sus pájaros
Esas recurrencias constantes a pájaros y alambres tienen la virtud poética, como creo que se intuye fácilmente, de la connotación. Poseen la cualidad de transformarse y adoptar significaciones complementarias, otorgándole, paradójicamente, una riqueza espléndida a un libro tan desnudo, tan falto de fanfarria épica o  adjetival, como es éste. Ese alambre, por ejemplo, que nos degollaba, se transforma en otros versos en el rodrigón o guía que sostiene el talle de una rosa doblada por el viento; o es cable, en otra interpretación, que columpia la idéntica vida delgada de dos pájaros que comparten amor sobre ese frágil espacio.
A su vez, ese pájaro gorrión que es capaz de asomarse cada tarde en el poema La jarra de Leteo a una nueva vida como Dante —Vita Nuova— cuando bebe en los charcos de Leteo, tiene quizás por ave antagónica en el poema Pájaro en mano a todas aquellas criaturas que “cubrimos con pañuelos / para que sepan que llegó / la hora de dormir” y que no son sino “los pájaros del miedo, / encerrados siempre en las jaulas / de la indeterminación y la duda”.

Podría ahondarse más y seguramente mejor en un libro que, a pesar de su brevedad, de su concisión, es una fuente inagotable de sugerencias. El papel del lector, del lector de poesía en particular, es crucial a la hora de cerrar el círculo del proceso creador: enriquece con sentidos únicos, individualizados, el mensaje abierto a interpretaciones que es siempre, en mayor o menor grado, la poesía.

Permítaseme, por tanto, que arrogándome esa libertad interpretativa a la que acabo de aludir haga una referencia última a dos breves poemas del libro que llevan un mismo título sólo diferenciado por las interrogantes añadidas en el segundo de ellos: Y si, y ¿Y si? (págs. 48 y 58). Dos poemitas que uno ha leído añadiéndoles, mentalmente, un acento gallego a la declamación, porque tienen que ver con la sabiduría de la duda. Un ejercicio muy gallego, no al modo a veces desdeñoso con que se ironiza sobre tal manera de proceder, sino al bien argumentado por Cunqueiro, que creía que en el alma gallega pervive una suerte de defensa hacia el exterior propia de un pueblo que era el fin de la tierra, expuesto a los excesos del mar y del clima, invadido desde la costa y por los caminos interiores. Un pueblo por tanto receloso de las certezas absolutas (imposibles frente a la naturaleza, peligrosas ante el invasor) que ha adoptado como identidad la eventualidad del parecer, su condicionalidad. Esos títulos de los dos poemas de Diana aludidos, quizás tengan que ver con ello. Y con esa relación estrecha con la naturaleza, tiene que ver todo el libro, en el que pájaros y estaciones son metáforas extraídas de ese ámbito natural que sirven para hablar de la vida, su transcurso y circunstancias.

En  fin, y por darle conclusión a una lectura que pide volver una y otra vez sobre sus pasos, sobre la sombra de esos vuelos rasantes de pájaros ligeros y hermosos o sombríos y premonitorios, bajo el cobijo de esas ramas o alambres en que se posan, tan quebradizos como nuestra propia existencia, sólo queda desearle a este precioso libro, que despliegue unas alas vigorosas y por largo tiempo extendidas. Querrá ello decir que son muchos sus lectores.