martes, mayo 05, 2020

Invadamos Venezuela


Las autoridades han empezado a relajar el confinamiento. Se puede salir, por turnos, a la calle, que ya es hora de pasearnos a cuerpo y mostrar que, pues vivimos, anunciamos…, me temo que lo de siempre: irresponsabilidad social. El sábado, primer día de esta nueva fase (serán varias, escalonadas y liberando, poco a poco, las ataduras impuestas por el covid), nos acercamos a la playa temprano. Abarrote como en día de semana grande. Pocos viandantes con mascarilla, apenas se procuraba la llamada distancia social, los corredores pasaban al trote sudando, jaleándoe y jadeándose mutuamente. Se formaban hasta grupos de paseantes con ganas de cháchara o de atletas con necesidad de liebre. Salimos de allí pitando. Dado el ambiente de despreocupación absoluta en la población aparentemente sana, no sería descartable un rebrote en los próximos días. Un rebrote que, además, pillará antes a los de siempre: débiles del mundo, uníos.

Ayer, a última hora de la tarde, cuando volvíamos de pasear un rato en las horas autorizadas, nos sorprendió una cacerolada a la altura de la Plaza Europa. Al menos el sonido llegaba hasta allí, aunque luego descubrimos que el foco irradiaba desde la Plaza Piñole. Echamos una ojeada. Eran media docena de cacerolistas furibundos. Le daban a las potas, bandera encresponada mediante, como si tuviesen entre las manos la cabeza de Sánchez o Fernando Simón. El país va a salir de esto con una inquietante fractura política, con una polarización de posturas en la sociedad que será imposible resolver si no se trabaja el sosiego durante mucho, mucho tiempo. Pero, ¿quién va a dedicarse a pacificar el ambiente? Si al menos en los medios de comunicación la tendencia más generalizada fuese el juicio moderado y el acercamiento de posturas, pero resulta que es precisamente desde radios y periódicos, sobre todo, desde donde más leña se echa al fuego. En estos tiempos en los que se pide a los lectores que colaboren con la supervivencia de los diarios suscribiéndose a ellos, lo que parece que se está solicitando en realidad es una afiliación con derecho a recibir contenidos multimedia de un aparato ideológico de prensa. Ayer escribía Rafael Quirós, con humor casi negro, que cuando se escuchaba, por ejemplo, media hora de informativos en la COPE, entraban ganas de invadir Venezuela (remedando a aquello que dijera Woody Allen sobre escuchar a Wagner e invadir Polonia). Pues eso. 

sábado, mayo 02, 2020

Sorpresa agradable

El infinito en un junto, de Irene Vallejo, me acompañó en los primeros días de confinamiento. La historia del libro, de la cultura que nos ha forjado. Contada con apabullante conocimiento y el pulso sostenido de una narración cautivante. Y de pronto, encontrarse con esta generosa reseña de su autora, a la que tanto admiro, en twitter.

Gracias, Irene.

Aquella casa

Estaba seguro de haber escrito un poema sobre esa casa. La que nunca se tuvo y se fue idealizando desde el empeño abortado, año tras año, por eso que llaman circunstancias. Lo encontré. Se titulaba Las formas simples. Quizás no merezca reproducirse entero, pero sí acaso extractarse de él algo: «En todo corazón habita/ un lugar añorado/ del que tan sólo se conoce/ la cartografía de su deseo./ Sobre un pliegue soleado de ese mapa/ se levanta un pequeño mundo/ de formas simples  y silencio;/ una reducida tabla periódica/ que urde lo poco imprescindible/ que merece llamarse vida».
Analizada ahora, con la distancia del tiempo, esa sublimación del lugar que no llegó a habitarse, uno le encuentra dos propósitos: huida y reparación. Ambos a través de aquello que Fray Antonio de Guevara llamó menosprecio de corte, que quizás en lo que me atañe lo fuera más de rutina, y alabanza de aldea, a la que no sólo se quería ir por sosiego, sino quizás también por raíces, las que alguien nacido en una ciudad de aluvión nunca llega a echar en el asfalto —o eso cree—. Se huía de lo que se despreciaba, porque nos suponíamos «muriendo de costumbre», que decía César Vallejo, y ansiábamos el reparo a una vida que no era como la habíamos imaginado (¿lo es alguna vez cualquiera de las vidas?), pero a la que, poniéndole la distancia precisa, podrían enderezársele los renglones torcidos con que Dios se empeñaba en escribirla.
Y de repente
«la ciudad entera se sentía atenazada por el invisible fantasma de la gripe. Se dictaron una serie de medidas preventivas: se cerraron las escuelas y los teatros; se suprimieron los paseos dominicales; las empresas funerarias montaron un servicio nocturno permanente para atender el exceso de enterramientos; a los niños nuevos se les imponía el nombre de “Roque” para preservarles de la peste; las fondas y hospedajes cerraban por falta de clientes; los alumnos de la Facultad de Medicina recibieron una autorización especial para tratar casos de urgencia…» (Miguel DelibesMi idolatrado hijo Sisí).
Cuanto todo esto ocurrió, volvió a echarse de nuevo en falta aquella casa donde se daba por seguro que no llegaría nunca el cólera, donde cualquier reclusión hubiese sido imposible. Qué dúctiles y acogedores pueden llegar a ser los espejismos.
Se inició entonces un tiempo que empezó a ser como la vida, no se sabía hasta dónde llegaba. Esa incertidumbre ayudó a volver la mirada hacia dentro, a ralentizarla, a fijar casi en la intimidad su alcance. Afuera quedaba lo inaprensible, el mundo fijado al recuerdo con la fragmentación de los viajes que se reconstruyen sobre un puzle de imágenes sin movimiento. Mantenerse adentro obligaba, en cambio, a la exploración insólita, como cuando en las noches sin sueño cesa el ruido, se apagan las luces y la vigilia adquiere una densidad casi abrumadora que se atraviesa, como los fondos de armario en las películas fantásticas, hasta llegar a lo desconocido.
Habitábamos la única casa posible. Se había hecho el silencio a su alrededor. Una amenaza impalpable flotaba en el aire que corría al otro lado de las ventanas. Y llegaba puntual, diariamente, un espantoso repique a difuntos, una contabilidad resonante de muertos que obligaba a poner en sordina la voluntad del conmovido.
Fuimos reconociendo en los espacios habituales dimensiones distintas. Ya no había prisa y era posible descubrir en la luz que filtran las cortinas los pliegues caprichosos del confinamiento. Sobre las sábanas de la mañana, la cartografía inconstante de los sueños. Posada en los alambres del tendal, la confianza desconocida de mirlos y gorriones. Empezamos a vivir sin reloj en la muñeca, orientados, en los mejores días, por el sol que iba alumbrando, primero y muy temprano, los cuadros colgados sobre el sofá del salón (refulgía entonces el casco del viejo mercante rojo pintado al óleo); luego, el ventanal entero que abríamos de par en par cauterizando con calor los átomos infectos; y después del mediodía, los tragaluces, por los que se vertía oblicua la luz como a través de las vidrieras en los templos, convirtiendo la lectura casi en oración y ese momento en la buhardilla, en lo más parecido a estar a salvo y muy lejos. Nunca antes habíamos orbitado sol desde un planeta tan minúsculo.
A aquella casa que no fue se la hubiera deseado visitada a menudo por el hijo, frecuentada por amigos, bendecida por la memoria de los nuestros. A esta casa que está siendo, llega por teléfono la voz firme de un hombre que vive a orillas de un puerto mediterráneo, pero que aquí mantiene todavía, suya siempre, una habitación, algunos libros, no pocos discos, sus guitarras, los dibujos que pintó siendo un niño —ayer casi—, una presencia constante que nos sigue sonriendo muy de cerca, desde las muchas fotos que son el resumen de una vida que le dimos hace poco más de veinte años. Hablar con él todos los días, saberlo sano y en dicha, es tenerlo aquí igual que lo hubiéramos tenido en la casa nunca levantada. Como tenemos, a ratos, la voz de esos amigos que nos detallan en qué ocupan las horas canónicas de su retiro: argumentos, historias o canciones —siempre por medio la palabra—, así intentan entender, entenderse y entendernos. Amigos transparentes en los trances, a los que, como en una radiografía del alma, les hallamos, tristemente de pronto a algunos, una metástasis de odio corroyéndoles el juicio; mientras que, por el contrario, en otros, los más y mejor queridos, reconocemos un pálpito familiar de desconcierto e incertidumbre que les otorga, a nuestros ojos, la humildad de los irremplazables.
«Sólo otros nos salvan,/ aunque la soledad sepa a/ opio», escribió alguna vez Zagajewski. Si nos faltaran ellos… O, aún peor, Si ella me faltara, cantaba Pablo Milanés. Las casas, aquélla y ésta, se han conjugado siempre, como la propia existencia, en un plural muy reducido para los días diarios de puchero; y en un plural de afecto desdoblado cuando se comparte el pan y la risa sobre el mantel festivo de la amistad o la familia.
Ahora, que empezamos a ver la luz al otro lado del túnel, tal vez pueda llegar a antojársenos finalmente hasta escasa esta asepsia de distancia, de perspectiva. Y quizás, en el futuro, repitamos voluntariamente, como con los ayunos ocasionales, el beneficio de su depuración, el expurgo practicado en estos días: de armarios, de alacenas, de libros, de prisa, de papeles, de aborrecidos compromisos; pero ya sin abonar a cambio, así sea, un precio de muerte y miedo colectivo.
Esta es la casa, recuérdalo desde ahora, en la que vivías sin la gratitud debida, donde, en la cautividad impuesta, has ido desempañando el reflejo de lo que ya dabas por espejismo. Y ésta es también la vida, tampoco lo olvides, que siempre puedes transitar con la dignidad que un día le exigiste a la utopía.
José Carlos Díaz

jueves, abril 09, 2020

Apuntes en tiempos de pandemia


Leo a primera hora, aún en la cama, unas cuantas entradas de algunos de los diarios digitales escritos desde el confinamiento. Hay, al menos en lo que veo, y como quizás no pueda ser de otra manera, una mezcla en esas páginas de mundo interior y nostalgia de todo lo que se está yendo, sin poder aprehenderlo, al otro lado de la ventana. Nada nuevo, por tanto, en la tarea de quien escribe: ojear lo de dentro por entenderse y hacerlo en el contexto de cuanto cultural y experiencialmente nos ha hecho, y añorar mundos, pasados, futuros y hasta presentes, todos esos mundos alternativos a la vida que llevamos. La intensidad ahora se pone en esa circunstancia nueva que es confinamiento impuesto, y ello provoca que atendamos sobre todo a lo que iluminamos con nuestras luces cortas.

Pedaleo casi una hora en la bicicleta estática a la vez que sigo leyendo noticias y mirando apuntes en redes. Selecciono un par de memes y los comparto por whatsapp. Uno dice: “Si tuvieras que sacrificar a un político para salvarnos del Covid-19, ¿quién sería y por qué Abascal?”. El otro es una captura de un twit donde aparece Rosa Díez confinada y dirigiéndose a través de la cámara de un dispositivo electrónico a una audiencia virtual. Al fondo, una habitación de aspecto claustrofóbico, pintada en rojo lupanar. El comentario que suscita en quien retwitea la imagen reza: “No me queda claro si Rosa Diez vive en la trastienda de una santería, en un puticlub o en un capítulo de Twin Peaks”. Claramente, sobre todo en este último caso, humor de brocha gorda. Así que una vez enviadas ambas chanzas, tengo un ataque de mala conciencia (y me conforta tenerlo, recuerdo aquel breve y contundente poema de Wislawa Szymborska que se titulaba Elogio de la mala conciencia). Me disculpo pensando que trato así de vengar, por ejemplo, tantas y tantas burlas miserables vertidas en todo tipo de formatos sobre Fernando Simón. Alguien que desde el presgitio curricular ha ocupado una responsabilidad ingrata en los días más aciagos del cólera. Mientras que el blanco de las invectivas de los memes que compartí han sido, en esas mismas fechas y para la convivencia de este país, como dos castores en la Tierra del Fuego. No obstante, sentirme así, en la trinchera, me sabe mal y me remuerde la conciencia.

En las ruedas de prensa que cada mañana ofrece el Comité de Gestión Técnica del Coronavirus, el Ministerio de Sanidad, antes a través Fernando Simón, y ahora, en su ausencia, de la doctora María José Sanz, nos traslada la diaria realidad de la pandemia, sus trágicos datos, analizados con cierta frialdad estadística. Suele además intervenir en estas comparecencias una responsable del Ministerio de Transporte, que habla de lo que corresponde a su sector, y un miembro del estamento militar y dos de las fuerzas públicas. Las informaciones que estos uniformados ofrecen a diario son, generalmente, irrelevantes en comparación con la información aportada por los especialistas sanitarios sobre el comportamiento y efectos del virus; la forma, además, en que se expresan guardia civil, policía nacional y militar de turno es manifiestamente pedestre, descendiendo en ocasiones a detalles grotescos de las operaciones policiales. Me pregunto entonces si estas intervenciones tienen cabida sensata en una rueda de prensa diaria sobre la pandemia, y más después de anunciarse someramente la cifra de muertos diarios (centenares).

sábado, abril 04, 2020

Slowly

Sólo quiero ser agradecido. Cuando a estas horas eso que llaman redes se llenan de pena por la muerte de Aute, uno sólo quiere, como cualquiera que esté hoy triste por su marcha, y son tantos, tener un gesto mínimo, insignificante, pero necesario para la salud del alma. El duelo, todo los duelos, deben transitarse sin atajos, con la lentitud de la memoria y el agradecimiento que nos honra. Porque en esta hora, sé bien que de ninguna manera podré olvidarte, por mucho que quiera no es fácil, me faltan las fuerzas, me faltan las ganas. Recuerdo que yo también estaba en el cine a las cuatro y diez, y que los labios de ella eran igualmente de papel (siempre es frágil lo reciente), que los inspectores vestían de gris y en el instituto estudiábamos francés. Que aún miles de buitres callados extendían sus alas sobre el país y eran a veces un mal trago las albas. Y que la libertad era un deseo imposible de rosas en el mar. A día de hoy podríamos decir, que la sombra que arrastramos se nos escapa, que perdimos los tesoros de los mapas, que la nada fue muchas veces el fin de cada etapa, pero que, entretanto, reivindicamos el espejismo de encontrar en las miradas, la belleza, la belleza. Esa que tantas veces nos pusiste entre las manos, enemigo de la guerra y su reverso, la medalla, cuerpo a tierra bajo el peso de la historia. Así que hoy, querido Luis Eduardo, no se nos ocurre otra manera de seguir en la trinchera que oyéndote de nuevo, una vez más, con tus versos por fusil. Con los mismos que pedimos que se arriasen los vestidos, las flores y las trampas. Porque acaso el Universo no fue nunca un disparo en expansión sino el soplo de la vida en una canción de amor y anarquía, una canción que nos brindaba solamente dos o tres segundos de ternura. Hemos tenido la gran suerte, cantautor de las narices, de que pasases por aquí, cerca de nuestras vidas, ningún teléfono cerca, y pasabas por aquí. Y al igual que tú te acordaste de Jacques, aquel quijote belga que se escapó a Tahití, nosotros hoy nos acordamos de este quijote nuestro del barrio de la Fuente del Berro, al que también le rogamos un ne me quittes pas irredento a las puertas del Amsterdam, o en las terrazas del Hafa Café, bajo ese cielo protector donde te deseo, mi amigo, mi música de tanta vida, que te bañe slowly un diluvio de estrellas.

lunes, marzo 30, 2020

Lección de vida


   

"Cuando la filosofía se configura como pregunta escuchada, pero nunca plenamente respondida, como búsqueda, dificultad, encuesta, el pensamiento se dinamiza, y gana así continuidad, y, en consecuencia, futuro", Emilio Lledó.

domingo, marzo 29, 2020

Gilipollas, una teoría, de Luis Algorri

Artículo de Luis Algorri en Vozpópuli
Gilipollas: una teoría


Mario Garcés Sanagustín, sólido jurista y una de las cabezas más claras del Partido Popular (es miembro del Comité Ejecutivo Nacional del PP y diputado por Huesca), es, yo creo que sobre todo, un excelente escritor que ha publicado libros memorables. Buen amigo mío, tuve el honor de presentar uno de ellos, Episodios extraordinarios de la Historia de España (Ediciones B), hace ya algunos años. En 2017 publicó una obra maestra, El Antipríncipe (Ed. Reino de Cordelia), una ácida y lúcida revisión de Maquiavelo. El su capítulo 31 dice lo siguiente, y pido perdón por lo largo de la cita pero merece la pena:


Constituye un vicio consustancial a los pueblos actuales que todos los súbditos tengan formado un análisis o valoración sobre cualquier tema, profanando (…) el propio sentido común, porque hay que ser muy atrevido para reflexionar si se carece de fundamento y razón para hacerlo. Pues no hay materia que se resista a este ataque a la inteligencia humana (…) Los más complejos conceptos y las más intrincadas nociones son deglutidas por tan parcas mentes, y en toda plaza pública o mercado se oyen conversaciones imposibles. Estas depravadas y pírricas inteligencias se forman opinión a una velocidad sideral, no sea que haya otro súbdito que se anticipe en el comentario, pero tardan años, si no siglos, en desterrar esos prejuicios de sus cerebros. Y véase cómo defienden sus principios como si la vida les fuera en ello, siendo cierto en cambio que un día antes ningún conocimiento del asunto tenían”.


Aaron James, profesor de Filosofía en la universidad de California, publicó en 2012 un espléndido ensayo: Assholes: A theory (ed. Doubleday) que ha servido al cineasta James Walker para rodar un documental que lleva el mismo título y que ha emitido en España el canal Odisea con el título de Gilipollas: una teoría. El término “gilipollas” es de origen madrileño, como demuestra Antonio Gómez Rufo en su novela Madrid (Ed. B, 2016), y es de difícil traducción a otros idiomas; incluso se usa poco en regiones del castellano diferentes de la española, como México (allí se dice pendejo) o Argentina (boludo). En francés, la equivalencia más aproximada sería connard; en italiano podría ser coglione o testa di cazzo, aunque el significado que atribuye el profesor James al término asshole lo acerca más a la voz stronzo.


¿Y cuál es ese significado? Bien, ahí está la madre del cordero. Vaya por delante que Aaron James no usa el adjetivo “gilipollas” como un insulto. Tampoco yo pretendo hacerlo aquí. Él busca una definición, digamos, académica; intenta la definición de un tipo humano de mente bastante simple, pero de características muy complejas. El gilipollas (resumo) es un personaje que se cree superior a los demás y que actúa como si de verdad lo fuese; es arrogante, prepotente, despectivo con todos; jamás escucha ni tiene en consideración lo que piensan los demás, porque su opinión es la única que cuenta; es agresivo, bravucón y matasiete.


Como vemos, Aaron James y James Walker van un paso más allá que Mario Garcés. El escritor aragonés se refiere al fatuo o petulante que habla de cualquier cosa de la que no tiene ni la menor idea; los dos norteamericanos añaden a eso la agresividad, la chulería, la absoluta falta de empatía, la virulencia verbal, el insulto. En el documental (que les recomiendo vivamente: lo estrenó Odisea el miércoles 25) queda claro que, en el mundo de las redes sociales, el máximo exponente del gilipollas es el hater o troll, un mal bicho que hace del odio, de la amenaza y del insulto una forma de vivir.

El coronavirus, que ha cambiado de manera traumática y rapidísima las costumbres de gran parte de la humanidad, está extremando los caracteres de las personas. Está sacando lo mejor de muchísima gente que ya era buena, pero también lo peor de otros que llevan años levantándose de la cama con aliento a vinagre. Estamos viendo por todas partes ejemplos de heroísmo, de disciplina social, de empatía y de respeto mutuo que conmueven al más impávido, pero también estamos viendo todo lo contrario. Sobre todo en las redes sociales, que se han convertido para muchos de nosotros casi en el único medio de relación con el exterior de que disponemos en este trance. Como dice el documental, no es que ahora mismo haya muchos más gilipollas que antes: lo que sucede es que se les nota muchísimo más. Cuando Fernando Simón, el director (desde hace ocho años) del Centro de Coordinación de Alertas y Emergencias Sanitarias, sale en televisión y dice que no se explica cómo en Alemania, con tantos infectados por coronavirus, hay tan pocos muertos, está verbalizando un enigma que seguramente no comprenden ni los propios alemanes. Aún no sabemos por qué pasa eso. Nada más. Ya llegará la explicación. Pero de repente aparece en Facebook un peatón que dice: “¿Que no entiendes lo de Alemania, Fernando Simón? Pues yo te lo voy a explicar, machote”. Y a continuación suelta una sarta de barbaridades que pueden resumirse en que la causa de que en Alemania muera menos gente la tiene Pedro Sánchez. Eso es lo que se entiende por un gilipollas. Llena por completo la definición del filósofo californiano.


La desquiciada, de nombre Pilar B., que cuelga en YouTube un vídeo en el que asegura que el virus es creación de los masones, a los que llama asesinos y genocidas (ya está en el Juzgado la cosa), porque en el mundo hay 33.000 infectados (falso), que el médico chino que lo descubrió tenía 33 años (falso) y que el primer muerto también tenía 33 años (falso, pero a ella qué más le da). Los que no dejan de llamar incompetentes y hasta criminales a los gobernantes de la nación, porque todo esto “se sabía” (lo sabían ellos, ¡cómo no!) y “no hicieron nada”; cualquier niño de seis años se da cuenta de que esto deja prácticamente a la misma altura a los gobiernos de la gran mayoría de los países del mundo, desde Italia a Estados Unidos, pero eso da igual. El hijo de su madre de Joan Coma, concejal de la CUP en el Ayuntamiento de Vic, que tuitea (luego lo retiró) que hay que abrazar y toser en la cara a los militares de la UME que van a ayudarlos, para que se vayan y “no vuelvan más”.


¿Estamos rodeados de gilipollas? Yo creo que no. Su proporción respecto de la población total es, con toda probabilidad, la misma de siempre; pero su actitud, en un momento de gran tensión emocional como el que atravesamos, es extraordinariamente llamativa. Como el propio virus, la gilipollez no distingue entre colores políticos ni clases sociales: los hay en todas partes. Y hacen daño a mucha gente porque, por definición (vuelvo a Aaron James), la acción del gilipollas, y sobre todo la del hater, es eminentemente provocativa y destructiva: lo que pretenden es encabronar a quienes los leen o escuchan. Ese es su triste papel en la vida. Ellos son los más listos. Ellos siempre saben más. Y lo gritan. Lo que pensemos los demás carece de importancia. Una respuesta eficaz suele ser el humor. Mi querida Ana Serrano Velasco, pintora, escritora y músico, publicaba el otro día en redes sociales un post prodigioso: “¿El fallo del gobierno? Asesorarse por los mejores epidemiólogos y sanitarios, habiendo gente mucho mejor preparada en Facebook”.


En momentos como este, cuando es importantísimo mantener la serenidad, es una necesidad casi vital huir, ignorar, no hacer caso de los gilipollas.


sábado, marzo 28, 2020

El decibelio en los tiempos del cólera


El decibelio es esa unidad acústica en que se mide la contaminación del ruido. El ruido que, por ejemplo, tan a menudo padecemos en las ciudades a la hora del reparto matinal al por mayor de los supermercados (cuando los transportistas nos recuerdan cuánto madrugan y, al tiempo, cuánto les jode que haya quien siga durmiendo a esas horas); el ruido que durante el resto día emiten obras públicas y tráfico privado; el ruido de bares y cafeterías, donde hablamos al de al lado como si fuera extranjero, ejerciendo esa certidumbre tan nuestra de  que el español se comprende mucho mejor cuanto más se berrea; el ruido que se sufre a la noche debido a la incontinencia verbal que facilita el consumo etílico y la prohibición de fumar en los interiores, haciendo posible la jovial e instructiva tertulia, a voces por supuesto, en terrazas y puertas de sidrerías, bares y restaurantes. A través del decibelio afirmamos nuestras existencias, decimos que estamos aquí, que somos y por tanto, hacemos ruido.  Supongo que tiene que ver con una sociedad que mide mérito por apariencia. Incapaz de asumir que la discreción bien entendida (no esa suficiencia soberbia de intelectuales baratos) permite una distancia saludable, un enriquecimiento íntimo, un ámbito favorable a la reflexión o la lectura, a la conversación provechosa. A medida que los reconfortantes aplausos de las ocho se atenúan, muchos balcones inician la dispensación voluntaria de una metadona musical que, los primeros días, intentaba paliar el silencio en soledad del confinamiento, pero que, a medida que pasa el tiempo y se sofistica la desenvoltura de los extrovertidos —láseres y regetón mediante—, se está volviendo sustitutivo del peor ruido. Nos asomamos a la ventana dando la espalda al televisor cuando arrecia la información última, el parte de guerra que contabiliza las bajas justo a la hora en que el sol cede y es más difícil aún convivir en la trinchera. Al miedo, sí, hay que combatirlo con música, con humor, con poesía, con imaginación…  Pero la desinhibición del ruido grueso genera, como toda desmesura, como las antiguas danzas macabras, una melancolía de derrota (la de no haber estado a la altura de las circunstancias).

miércoles, marzo 25, 2020

Contra la seductora lógica del totalitarismo, de Marta Peirano

Recuerdo a unos cuantos prochinos entre mis compañeros bachilleres. La única disculpa que uno podía aceptarles ya por entonces era que los hubiera cautivado la belleza de Pina López Gay, diosa roja, con sangre azul, de nuestra transición. Los derroteros del maoísmo con acné fueron diversos. Algunos de aquellos militantes partidarios de la revolución cultural a hoces llegaron al infinito y más allá, como Buzz Lightyear, militando en UPyD, Ciudadanos o en el Partido Popular, y hasta alentando el nacimiento de Vox. Me pregunto de qué serán partidarios en estas crudas fechas en que extiende el cólera: ¿de la nostalgia y el método Xi Jinping (control big brother de la población) o del resentimiento made in Ortega Smith contra el bicho chino? Me temo que, en todo caso, elegirán cualquier vía menos la media tinta, esa que tanto sarpulle siempre la piel del converso.



Interior refuerza vigilancia de comercio "online" y alerta de bulos en redes
EFE
Con todos los respetos: ya está bien de decir que el modelo chino de supervigilancia es lo más eficiente para parar el COVID-19. Para empezar, el régimen que multa por beber entre semana o cruzar fuera del paso de cebra y te encarcela por leer el Corán se olvidó de prohibir los mercados de animales salvajes, a pesar de su penosa experiencia con la gripe A en 1957 y el SARS en 2002. La eficiencia totalitaria, si es que existe, nunca tiene como objetivo la protección de los ciudadanos sino la supervivencia del régimen. 

Dicho esto, es justo admitir que la misma pandemia podía haber nacido en África, donde millones de personas cazan animales salvajes para comer y vender. En Ghana se estima que se consumen al año más 128.000 murciélagos frugívoros, presuntamente portadores del ébola. En la cuenca del Congo se cazan seis millones de toneladas de animales salvajes, incluyendo la clase de monos y chimpancés que nos transmitieron el VIH. Los suyos son pecados de hambre y de ignorancia, a diferencia de los nuestros. Cuando hayamos esquivado el zarpazo del COVID-19 nos atropellará el tren de las superbacterias que hacen ahora la mili en las granjas de producción intensiva de todo el planeta, incluyendo España.


Hace años que la resistencia a los antibióticos comparte el medallero de las mayores amenazas existenciales para la raza humana con la crisis climática y la guerra nuclear. Por poner un ejemplo, un tercio de las bacterias que causan gonorrea ya son resistentes contra todos los antibióticos disponibles. Según los conservadores cálculos de la OMS, en 2050 las superbacterias serán la principal causa de muerte en el mundo. "Esta ganadería intensiva junto con el aumento de la población humana viviendo juntos en el mismo planeta es realmente el caldo de cultivo donde los brotes pueden ocurrir y van a ocurrir", decía recientemente David L. Heymann, el epidemiólogo que lideró la respuesta global al brote de SARS en 2003.

Somos tan obtusos con nuestras hamburguesas y nuestros pollos asados como los chinos con su sopa de murciélago. Igual de analfabetos que el más terco devorador de murciélagos del mercado de Wuhan. Pero nuestros gobernantes han sido más irresponsables que el régimen chino porque la democracia sí tiene como objetivo la supervivencia de los ciudadanos, y no la de las industrias que producen enfermedad.

Segundo, valoremos las cifras que nos llegan de China con higiénico escepticismo. El Partido Comunista chino es uno de los mayores productores mundiales de desinformación. No sabemos si sus victoriosas cifras oficiales son ciertas porque no han sido contrastadas, ni por la prensa libre, ni por organismos de transparencia porque allí están prohibidos. Lo que sí sabemos es que los primeros avisos de la existencia del coronavirus fueron silenciados por los funcionarios del régimen, gracias al eficiente sistema de vigilancia ciudadana que ahora consideramos una opción.

El primer caso confirmado de coronavirus fue un hombre de 55 años, el 17 de noviembre de 2019. Diez días más tarde, la jefa del departamento de cuidados respiratorios del hospital de Hubei, Jixian Zhang, advirtió de la existencia de un nuevo SARS y aisló a siete pacientes para tratamiento. El 30 de diciembre, un oftalmólogo del mismo hospital llamado Li Wenliang mandó a su grupo privado de WeChat un mensaje titulado "Siete casos de síndrome agudo respiratorio severo (SARS) del mercado de mariscos de Huanan" que fue rápidamente compartido con otros grupos. Dos días después, la policía local los había amenazado a ambos, junto con otros seis médicos, por distribuir rumores infundados acerca de una enfermedad pulmonar.

El gobierno chino comunicó a la OMS la existencia del virus el 31 de diciembre de 2019 diciendo que se trataba de "una enfermedad prevenible y controlable". Según el South China Morning Post (periódico que se publica en inglés y tiene su sede en Hong Kong), el 1 de enero las autoridades chinas habían registrado al menos 381 casos, pero la cifra oficial de mediados de enero fue de 41. En esas tres semanas, siete millones de personas salieron de Wuhan para celebrar con sus familias el año nuevo lunar y el tráfico internacional continuó con su ritmo navideño habitual.

El peor de los males

Tercero y quizá más importante, recordemos que hay cosas peores que el coronavirus. Por ejemplo, la enfermedad que ataca a muchos más grupos de riesgo: activistas, periodistas, disidentes, abogados, médicos, defensores de los derechos humanos, estudiantes que se manifiestan por la democracia, granjeros que se manifiestan contra el robo de sus tierras, mujeres que se manifiestan para poder denunciar a su violador. Personas de otras etnias u orientación política, religiosa o sexual. Sus familiares, sus amigos, sus vecinos. Los diez mil manifestantes pacíficos que fueron masacrados en la plaza Tiananmen. 

Hoy muchos europeos razonables abrazan el autoritarismo con la esperanza de habitar un orden moral predecible, un mundo de valores comprensibles y vintage. En tiempos de incertidumbre buscamos refugio en la certeza, aunque sea una certeza brutal. A menudo me pregunto si no hay cierta compulsión de repetición, donde las sociedades que han crecido en dictadura buscan nuevos maltratadores, igual que los niños maltratados se emparejan con réplicas de su primer agresor. Despreciar esa nostalgia como estúpida o criminal demuestra un profundo déficit de empatía, porque esa ansia por la certeza está en todos, aunque se manifieste de manera desigual. 

"El bacilo de la peste nunca muere o desaparece completamente- escribía Camus en el libro estrella de esta cuarentena, donde la enfermedad bacteriana era alegoría de la otra enfermedad peor - puede permanecer inactivo durante docenas de años en muebles o ropa, espera pacientemente en dormitorios, sótanos, troncos, pañuelos y papeles viejos, y quizás llegará el día que, por instrucción o desgracia de humanidad, la peste despertará sus ratas y les enviará a morir en alguna ciudad bien contenta”. Como todos los bacilos, la enfermedad que nos acecha tiene más éxito cuando el sistema inmunológico del anfitrión se encuentra abatido por otras causas, como la angustia de no saber cómo pagaremos el alquiler del piso, la siguiente factura eléctrica o la cena del día después. 

El autoritarismo es una enfermedad crónica cuyos síntomas se manifiestan no solo en las marchas, las banderas, los mítines de Vox y las peleas en Twitter. También en el regocijo bipartisano de ver cómo se humillan los políticos en el Congreso, cómo se ningunean los periodistas en la tele y cómo se regocijan y aplauden los vecinos cuando la policía esposa a otro vecino por huir de la cuarentena oficial. Jamás pensé que vería a la generación del 15M aplaudir a la Policía por derribar a un ciudadano desobediente. El déficit de empatía nos deja muy expuestos a este virus. La historia nos dice que, una vez contraído, el ciclo de infección es largo y las consecuencias muy graves. Que la recuperación es lenta e imperfecta. Como dice Camus, el bacilo se instala en nuestros músculos, esperando una nueva oportunidad.  

Menos vigilancia y más pruebas

Hay otros espejos en los que mirarnos, como Corea o Alemania, en los que hay tres claves perfectamente democráticas que acompañan la gestión de la pandemia: mascarillas para todos, información contrastada y tests, muchos tests. Las tecnologías de vigilancia masiva no pueden ser el atajo que sustituya las responsabilidades de un gobierno democrático, que es cuidar a sus ciudadanos antes de castigarlos. No dejemos que esta crisis se convierta en la versión médica del Huracán Katrina, como ha sugerido el sociólogo Mike Davis. No dejemos que la vigilancia masiva se instale en la administración. No seamos víctimas del Capitalismo Desastre que tan oportunamente describe Naomi Klein en Capitalismo Desastre y La Doctrina del Shock. Incluso si las cifras de China son ciertas y su sistema de control ciudadano funciona, una vez se haya instalado en nuestras vidas como herramienta de gobierno, no tenemos anticuerpos para repeler sus efectos secundarios.

Aprovechemos el encierro para hablar con los vecinos por el patio y asegurarnos de que no pierden la cabeza. De que los mayores están atendidos, que los pequeños pueden jugar. Seamos más comprensivos que nunca, más humanos que nunca. Rechacemos la vigilancia y el castigo en favor de la empatía, el diálogo y la solidaridad.

domingo, marzo 15, 2020

Poesía en tiempos del cólera

UNA CERTEZA

La certeza,
             de pronto,
de que todo lo que eres
puede quebrarse
en ese mismo instante.

Y respirar,
             por eso mismo,
la alegría tangible que esta hora te entrega,
cuando tus labios tiemblan todavía
y dan las gracias,
             lúcidos o humildes,
al azar y sus dioses.

José Luis Argüelles

viernes, febrero 28, 2020

Las libélulas sueñan con los ojos abiertos, de Emilio Amor

Las libélulas sueñan con los ojos abiertos,
de Emilio Amor

(reseña publicada en El Cuaderno)

Hay hombres que nacen antes de tiempo y tratan, como pueden, de aproximarse al futuro que les estaba señalado (cuánto escritor imaginó en sus libros una edad aún por venir que de verdad pensaba era la que le pertenecía). Hay otros, en cambio, que llegan a la vida mucho después de lo que hubiesen deseado. Estos últimos regresan a menudo sobre un rastro imaginario al mundo que perdieron, pero al que no renuncian. Emilio Amor hubiese pactado con el mismo diablo a cambio de conducir el descapotable en que un echarpe traicionero estranguló a Isadora Duncan apenas un instante después, por cierto, de que la diva gritara «Adieu, mes amis. Je vais à la gloire».  Era en Niza, en 1927. Y no lejos de allí, en Cannes, pero ya en 1965 los periódicos de la época daban la noticia de la muerte de Samuel Stauwton, fallecido en compañía de la Vizcondesa de Neully después de una viajera y azarosa vida. Stauwton había nacido en Londres en 1898. Estudió en Cambridge. Se trasladó a  París donde conoció a Paul Valéry, Cocteau, Proust y Gómez de la Serna. Tras morir su padre y heredar una considerable fortuna, viajó desde Egipto al Lejano Oriente. Se trasladó después a Nueva York, donde quedó deslumbrado por el jazz y por el cine. Visitó el Oeste americano, el Caribe y Sudamérica. Al finalizar la segunda guerra mundial, vendió su mansión y el negocio de té familiar, recluyéndose en Trieste para recuperarse de una dolencia de pulmón. Comenzó por entonces una irrefrenable decadencia que lo llevó a la ruina desde los casinos y las tabernas. En 1964 se casó con la vizcondesa de Neuilly. Un año más tarde, Stauwton y su esposa fueron encontrados muertos, abrazados y desnudos.

Gracias a las Crónicas de Samuel Stawton conocí a Emilio Amor. Aquel libro, apócrifo o robado, le valió el Premio Cálamo y se publicó en una edición hermosamente ilustrada por Miguel Ángel Bonhome. Sus siguientes publicaciones, Canciones de Amor en los Campos de Marte y Transgresión del Edén, siguieron la estela heterónima de Stawton.

Esa fijación por un personaje mundano, culto, amante canalla y poeta maldito, es la que siempre me ha llevado a creer que Emilio Amor hubiera deseado encarnar a un hombre así, en una época como aquella. Como no fue el caso, se aplicó en la heteronimia como sustitutivo. Dado, por tanto, que Emilio Amor no tuvo la fortuna deseada con su fecha de nacimiento, les aproximaré en un esbozo su verdad biográfica: Emilio Amor, pintor, escultor y poeta, nació en Gijón en 1955. En los años setenta actuó en las compañías de teatro La Máscara, La Caterva y Margen. Cofunda en 1981 el Gruva, grupo de arte vanguardista, con el que colaboró en Una cantata celeste. En 1999 gana el premio Cálamo de poesía con el libro Crónicas de Samuel Stauwton. Poco después creó la sección Ágora Libertina en la revista Ágora, dedicándoles espacio y culto en ella a Apollinaire, a Lautréamont, a Alfred Jarry, a Cocteau, a Anaïs Nin, a Georges Bataille, a Rimbaud, a Germain Nouveau, a Baudelaire, a Max Jacob, a René Char, al Divino Marqués, a Cravan, a Shelley, a Dylan Thomas o a Artaud. Toda una nómina de románticos, libertinos y vanguardistas. Todo un ejército de buscadores de belleza. Además, en 2013 Emilio Amor impulsó la creación del Colectivo de Artistas Extremófilos, que a lo largo de estos últimos años ha mostrado colectivamente su obra plástica en una veintena de exposiciones temáticas.

Decía Unamuno que el hombre es ante todo un animal de sentimientos. Uno de los más relevantes es el sentimiento estético, que tiene relación con el placer que produce la contemplación de objetos que consideramos bellos. Objetos, imágenes, palabras… que, siguiendo a los sofistas, no tendrían por qué ser útiles para transmitir belleza. Y que serán bellos cuando el canon personal aquilatado en la experiencia acumulada así lo decrete a nuestros ojos.

El canon estético de Emilio Amor rehuye cualquier compromiso que no sea el del placer sensorial. Por eso su poesía resulta impetuosa. Como de aluvión. Da siempre idea de estar escrita en días inspirados. Por eso sus versos producen cierta hipnosis en el lector. Son poemas levantados sobre imágenes apabullantes, propias de quien lleva en la memoria geografías emblemáticas, escritores fetiche y pintores que se relacionan con ese mundo creativo que le resulta tan querido al autor: un universo tributario del romanticismo y forjado en las vanguardias de principios del siglo XX.

Lo decía bien Emilio Amor en un poema suyo de hace tiempo:

Nunca se sabe qué nos deparará un nuevo poema.
Se parte del hallazgo y la sorpresa:
los primeros versos son los únicos
dictados por los dioses.
Y luego,
a través de los caminos cruzados de los sueños,
siempre se llega a un puerto desconocido.
Hay poemas redondos y asimétricos, nunca espirales,
pueden ser un aullido de dolor o un canto a la alegría,
el himno de una hazaña o una alucinación;
pero, desde luego, todo poema lleva inscritos
los miedos y las inquietudes del poeta.


Pero incluso en los poetas más libres, en los más dispuestos a jugárselo todo a la carta de una  belleza que persiguen en un mundo paralelo, de hombres arrojados, mujeres deseables, viajes sin retorno, mares confidentes, pájaros orientales y circos de serrín y trapecistas bohemios, incluso en ellos, los asuntos de sus creaciones siempre terminan recurriendo a los asuntos universales del arte: amor, tiempo y muerte.

La propia vida se cuela, se quiera o no, en todo lo que nos proponemos, para favorecerlo o para torcer sus renglones. Emilio Amor siguió, sigue, siendo fiel a su estilo. Pero hubo un momento en que su obra literaria no pudo sino traslucir la fragilidad de la existencia, el menoscabo repentino de la salud. Vinieron entonces Territorio perdido, El tránsito y la herida y Manual de pájaros extintos. Las referencias seguían siendo las de antaño, pero en los tres libros se empezó a intuir lo alegórico, e incluso en ocasiones, las menos, eso sí, se cedía hasta lo confesional:

Existir es claudicar cien veces:
los amores perdidos una tarde,
los trabajos forzados por necesidad,
los hijos que se alejan en aviones vibrantes
hacia un destino incierto y sin fronteras
y la salud mellada de los años.

Llegados a este punto, nos encontramos con una nueva entrega poética de Emilio Amor: Las libélulas sueñan con los ojos abiertos, editado por Bajamar, que supone, a mi juicio, un remanso en su poética. Las composiciones se aligeran. Se arroja por la borda el lastre más oscuro de las obras anteriores. Gana el blanco en los lienzos. El minimalismo en la pincelada. Y se pretende, aunque sin caer en la ingenuidad, un aire celebrativo. Venimos del miedo, aprendimos de él la vulnerabilidad propia y en un acto de gratitud por librarnos esta vez de un final anticipado, se canta la vida.

En Las libélulas sueñan con los ojos abiertos no hay libélulas. Sí jilgueros, buitres, vencejos, caballos, cetáceos, ruiseñores, jaguares, luciérnagas, gaviotas, lobos, mariposas, estorninos, lagartos, abejas, cuervos, palomas torcaces, camaleones… Pero no libélulas. Y sin embargo el título se justifica a si mismo: es una más, y una de las más bellas, entre las numerosas figuras literarias, en este caso una sutil personificación, que se encadenan en el poemario. Una concatenación de imágenes que, con ayuda de metáforas, alusiones o comparaciones, activan la imaginación del lector, que se dispone a recrear  mentalmente lo que lee construyendo una realidad paralela y profundamente sensorial, alzada sobre las evocaciones que la palabra, por sí misma, es capaz de provocar.

Un mundo que en este libro, además, está perfilado a través de pequeños trazos, de un modo mucho más liviano y elemental que en trabajos anteriores. Como si esa imperiosa necesidad de vivir el presente a que alude en el prólogo el propio autor, y que se simboliza en la corta vida de las libélulas, se reflejase también en el pulso de la escritura, intenso y mantenido a fogonazos de necesidad creativa.

De aquella inolvidable trilogía inicial de poemarios, a la que aludimos al comienzo, en que Emilio se embarcó a finales de los noventa de la mano del heterónimo Samuel Stawton, de aquellos primeros libros en los que el cosmopolitismo era santo y seña que daba paso a una expresión torrencial de referencias culturales y a una poesía que tenía, sobre cualquier otra propósito, la intención del deslumbramiento, llegamos después, como quedó expuesto, a una fase creativa (Territorio perdido, Manual de pájaros extintos y El tránsito y la herida) donde los reveses vitales se abrieron paso en los versos, que, sin renunciar  a su vehemencia habitual, a sus referencias constantes (las propias de quien se ha formado tanto en la lectura literaria, principalmente simbolista y surrealista, como en la contemplación de un riquísimo y variado universo pictórico, como artista plástico que es), traslucían  una fragilidad íntima muy conmovedora, que sigue inspirando Las libélulas sueñan con los ojos abiertos, donde, por ejemplo, leemos: «Vivimos casi siempre de prestado/ y hay glaciares inmensos/ donde perder la vida», «Aquí reinan la herrumbre y la fugacidad» o «Soy todo desolación y todo tránsito». Se mantiene, por tanto, esa consciencia de lo inevitable, de la derrota a que tarde o temprano estamos abocados, pero se alienta, al tiempo, más que un resquicio de esperanza, una voluntad de exprimir el instante: «El diablo me susurró al oído:/ Hoy la puesta de sol es como un magnicidio./ Debes amar sin límite esos cuerpos mojados./ Apenas queda tiempo/ para morir de éxito./ Es un gran día para volar». Esa es la aspiración, volar durante la escasa vida de una libélula, durante el aleteo de un pájaro que vence la gravedad que nos ata a la finitud que somos y para la que no tenemos respuesta: «No encuentro las respuestas en los astros,/ sino en la levedad de un aleteo».

Leer a Emilio ha sido siempre una fiesta, un exceso en la dieta, un capricho en la escasez, una visita a la casa del que tiene en sus paredes y sobre los muebles todo un muestrario de objetos bellos y apetecibles, de quien se acompaña de incensarios en ascuas, de quien cuenta viajes y oye música medio velado por el humo del tabaco. Así era cuando fue Stawton y así lo es en el trance, a veces hasta casi íntimo, de esta poesía última más personal, más concentrada, pero que ni aun en esta nueva apariencia se permite apenas el desliz de la austeridad: a Emilio le gana siempre el imperativo pirotécnico de la belleza alumbrada en las imágenes.

José Carlos Díaz

miércoles, febrero 12, 2020

Incursión y muerte del demonio Meridiano, de Paco Velasco

Incursión y muerte del demonio Meridiano

(reseña publicada en El Cuaderno)


Suelen apuntarse en las reseñas de libros algunos datos biográficos sobre su autor. Lo que pudiera ser considerado como un trámite de costumbre y casi de cortesía debida hacia el lector, es casi en Incursión y muerte del demonio Meridiano (Eolas Ediciones) una contextualización obligada, al tener estos datos de vida, de infancia sobre todo, mucho que ver con lo narrado en la obra. Paco Velasco nació en 1940 en Cimanes del Tejar, a las orillas del Órbigo (convertido aquí en Oribe). Fue escolar en ese pequeño pueblo hasta los once años, edad a la que se trasladó a Miranda de Ebro a cursar el bachiller gracias a un fraile que le reconoció aptitudes que animaban a confiar en su progreso académico. Paco ha contado en alguna ocasión que esa niñez en el pueblo donde vio la luz transcurrió en "una casa sin libros, como la escuela a la que acudí, en la que apenas los había tampoco. Mis primeras lecturas literarias fueron los cuentos de Calleja que me regalaba mi madrina". Por no haber, no había en Cimanes del Tejar ni tan siquiera radio en aquellos años de posguerra, pero, y recurrimos de nuevo a los recuerdos de Paco, "existían las veladas, en largas noches de invierno, a las que acudía alguien que tocaba la pandereta o recitaba un romance. Mi madre, Consuelo, sabía muchos romances, y allí le cogí el gusto al ritmo de la poesía […] Y recuerdo también a mi padre cruzando con zancos el Órbigo, o en su taller de carpintero manejando la garlopa o segando los panes de centeno; mi madre amasando el pan y «arrojando» el horno familiar con un feje de urces, la abuela llamando a las gallinas al atardecer…; el maestro combatiendo los fríos invernales con un brasero a sus pies; las largas y entrañables veladas o filandones donde me llegó por vez primera la poesía a través de los romances que allí se recitaban; junto a otros niños, la espera del rebaño comunal; compartir el calor de la hoguera en la «cocina vieja», donde se curaba la matanza…"

El maestro del pueblo era un viejo republicano que ahogaba en silencio sus convicciones políticas, don Evelio. En Memoria de la sombra (poemario de 2010) se evocaba así aquella escuela: «La cartilla de rayas/ esperándote está sobre la mesa/ y la hogaza reciente/ y el cazuelo de leche/ que se enfría.// En la escuela relumbran los cristales/ y el maestro ya avienta su brasero…». Incursión y muerte del demonio Meridiano rescata esa memoria en una novela coral desarrollada a lo largo de dieciséis relatos que conjugan lo vivido y lo imaginado, y en la que toma vida un elenco de personajes muchas veces reales, otras casi reales, que vivieron en el paisaje de esa infancia del autor. Una infancia que transcurre en la posguerra y cuyos recuerdos, por tanto, están veteados por las secuelas de un conflicto cainita que proyectó sobre el país una larga sombra de crueldad que se cebó con inocentes como Tirso Riosa, un modesto funcionario del ayuntamiento de León paseado a las pocas semanas de estallar la rebelión y del que a su viuda, Saturna, le entregaron a su muerte sólo unos zapatos que el cura don Olimpo hisopeó con disimulo en día de difuntos. Así se relata en Los zapatos de Tirso Rosa, hermosa y triste narración que hace la quinta de las del libro.

Una infancia, además, golpeada directamente por esa guerra en las carnes del padre del propio autor, republicano derrotado que penó prisión en San Marcos cuando cayó el frente norte tras la toma de Gijón por las tropas franquistas, y que antes de ser detenido anduvo fugado como el Buchaca, personaje de otros de los cuentos, el titulado La pega republicana.

Después de estudiar en Miranda de Ebro, Paco cursó el Preuniversitario en León, donde compartió amistad con los poetas y escritores del grupo Claraboya: Agustín Delgado o Luis Mateo Díez, quien escribe, por cierto, una precisa introducción al libro. Después cursa Filosofía y Letras en Madrid, donde compagina trabajo y estudios. Milita en el PCE y aparece en su vida Carmen Martino. Paco, en aquellos años, se ganó el sustento con ocupaciones varias: corrector de pruebas, vendedor de enciclopedias o traductor de El capital, de Marx y de La comedia humana, de Balzac. Por entonces, también empieza a leer a Machado, Lorca, Miguel Hernández, Blas de Otero y, sobre todo, César Vallejo, que le van alentando la vocación literaria. La obra de esos autores, junto a la de Fray Luis de León, Juan Ramón Jiménez o los simbolistas franceses, fue su lectura predilecta, la que, quizás, cimentó su poesía. Ahora que Paco nos desvela también una dimensión narrativa hasta ahora no conocida, conviene referir que, como lector, siempre se ha confesado, además, tributario de Cervantes y de Juan Rulfo. En 1978, Carmen y Paco aprueban las oposiciones que les traen a Gijón, al Instituto Jovellanos, en el que compartieron claustro, por ejemplo, con María Elvira Muñiz y Sara Suárez Solís. Aquí se afincaron felizmente para la ciudad.

Su primer libro, Tiempo de maldición, se publica en Madrid en 1979, en la colección Taranto, de Félix Grande. Posteriormente, y al entrar ya en contacto con el mundo cultural gijonés, surgen sus aportaciones (en colaboración con otros poetas y pintores) en volúmenes como Libro del bosque (1984) o TetrAgonía (1986). En solitario publica luego, en 1988, y en edición del Ateneo Obrero, El viejísimo jugo de la tierra. Su producción literaria, fundamentalmente poética, se ha venido sucediendo, desde entonces, espaciada y adecuadamente decantada: La hiedra del silencio en 1993, Noche en 2005, editada por Hiperión y que obtuvo el Premio Antonio Machado en Baeza. Las aguas silenciosas (2007), La luna tiene una liebre (2009), Memoria de la sombra (2010), El libro de las vocales (2013), Gregor Samsa frente a la ventana y Y, de pronto, un pájaro (2018).

A esa trayectoria, del que hoy es un profesor jubilado que "volvería a ser profesor" —Paco Velasco dixit—, comprometido políticamente aunque ya hace años que liberado del yugo de la militancia, abuelazo cuando lo han dejado y hortelano ocasional en su retiro de Piloña, que ha envejecido como pedía Brines, "con algo de memoria y alguna claridad", se suma ahora esta nueva publicación. Una novela de relatos, la primera que da a imprenta después de un dilatadísimo trayecto creativo, en el que, haciendo suyas, respectivamente, las pretensiones de Juan Gelman y de Antonio Machado, ha intentado entenderse a sí mismo con la escritura, a la vez que a través de ella cantaba, o lloraba, lo perdido. De tal modo que sabiéndose conmovido con según qué nostalgias, ha podido reconocer tanto al hombre que lo habita como a las razones de las que nace su poesía y su manera, involucrada en lo colectivo y en lo cultural, de estar en la vida. En esas añoranzas indagadas tiene mucho que ver un mundo esencial, honesto y en comunión con la tierra, que fue el de su niñez y el de su gente. "Hoy remonto en mi sangre/ hasta la servidumbre lejana de mi abuelo/ y le ayudo en las piedras que tuvo que mover/ y le aparto del palo y luego le enderezo la espalda/ hasta mi tiempo./ Y me pongo con él a caminar hacia otros días" (De El viejísimo jugo de la tierra, Gijón, Deva, 1988).

Incursión y muerte del demonio Meridiano evoca un tiempo, un lugar y unos personajes que el lector, y ese es uno de los mayores méritos del libro, termina dando casi por suyos una vez que se familiariza con las gentes que lo pueblan, con la naturaleza que lo enmarca, con su río y con sus fuentes (Rabosa, de la Seda, de las Guindalicas, Miruete, Vieja), con el tañido de las campanas, la sombra de los árboles (el Negrillón más que ninguno, pero también muchos otros a los que el autor siempre identifica con rigor) y la compañía, nunca vana, de los animales (cabras, mastines, urracas, ovejas, vacas, pegas). Porque estamos ante un autor que, como decía José Luis Argüelles en una magnífica semblanza que hizo de Paco hace un par de años en La Nueva España, "sabe llamar a las herramientas por su nombre, nombrar al pájaro que canta en el heptasílabo y si son ramas de álamo o de encina las que el viento mueve en las estrofas. Es una precisión que le viene de la vida; de la memoria de su vida y de una infancia campesina en la larga posguerra española, la del hijo de un republicano derrotado que dio con sus huesos en las prisiones de San Marcos". La naturaleza siempre ha sido asunto literario para Paco Velasco. La hiedra, el bosque, la misma tierra o las aguas formaron parte esencial en el título de sus poemarios, en los que, por otra parte, constantemente late la conciencia de que el tiempo se nos escurre inexorable, en los que se afianza el poder del amor contra la muerte, orientados hacia el mundo significativo de lo natural y que, sobre todo, son memoria de la infancia.

El título, Incursión y muerte del demonio Meridiano, lo es del libro y también del cuarto capítulo, donde el diablo toma forma de culebra. Se echa mano también del Diablo meridiano para el encabezamiento del cuento octavo: Tano, los lobos y el demonio meridiano, donde el protagonista alardea de haberlo matado con su cayada. Y en el tercero, Los amores de Auristela y el errático Capistrano, donde ese satanás aparece tentando a Anicetón, que cegado por el calor de la sangre fuerza a la pastora Auristela. En el quinto, Los zapatos de Tirso Riosa, se malician sus malignas dentelladas en el cuello y ubre de la vaca muerta de Saturna. Y en último relato, El nublo, se refiere al recordar el sermón que un día diera don Laureano, el cura loco, contra los demonios súcubos meridianos. Cabe por tanto preguntarse quién es ese personaje satánico que titula y salpica el relato. Pues bien, debe aquí recordarse que los siete pecados capitales respondían a una clasificación de vicios en las primeras enseñanzas del cristianismo, cuando se trataba de educar a los fieles en la nueva moral. Eran lujuria, ira, soberbia, envidia, avaricia, pereza y gula. A esos vicios unieron el de acedía algunos Padres de la Iglesia, archipecado definido por Santo Tomás de Aquino como «tristeza del bien espiritual», ya que por su causa se «abandonaba toda actividad de la vida espiritual». Hubo entonces quien puso la acedía en relación con ciertas horas del día teniendo en cuenta los efectos físicos de los ayunos monacales y del clima, con el consiguiente debilitamiento físico. Afectaba a los anacoretas y a los monjes que vagaban por el desierto, siendo el mediodía el momento más propicio para este octavo pecado capital. El demonio del mediodía representa, por tanto, la flojedad del cristiano cabal, no siendo sólo los monjes o clausurados quienes lo sufren, sino que también puede afectar la vida de todos los religiosos y demás creyentes. Es, pues, la artimaña demoníaca que ocurre cuando el sol está en lo más alto del horizonte. Ha escrito el propio Paco Velasco en uno de sus poemas: «Contra el demonio/ del meridiano,/ disciplina, cilicio y un rosario».

«Si nadie recuerda su nombre, los pueblos que murieron para siempre son polvo, sombra, nada», se dice al comienzo del libro y también a su cierre. Ese es el propósito, que no es distinto, intuyo, al que alientan también muchos de los versos que han jalonado el quehacer poético de Paco, rescatar la memoria de aquel lugar que ahora toma un nombre ficticio, Guadromal, pero que fue, como ya se ha dicho, el de la infancia del creador. Tiempos difíciles en un lugar, pese a todo, donde a poco que la curiosidad se despertarse y un maestro sabio le diese satisfacción, un muchacho podía descubrir la naturaleza fértil y casi mágica que todo lo rodeaba. En Las andanzas de niñez y mocedad de Maurilio se habla, entre otras cosas, de ese aprendizaje, con un tono que bien podría describirse como de ruralismo mágico, según la denominación que el propio Paco Velasco ha querido otorgarle a su manera de relatar. En primera persona, un rapaz de la edad que entonces tenía Paco, y que era la de la confirmación, aprende de don Hermes, cura paje del obispo, nombres, costumbres y secretos de las plantas, qué disposición de alma precisa la rabdomancia, en qué lugares ejercerla o qué tiempo es el más preciso para el éxito de un zahorí, si en pleatierras o bajatierras. Bien es cierto que a menudo ese conocimiento no daba para salir de pobre, y a Maurilio, aun siendo despierto y dispuesto, no le valieron aquellas lecciones de juventud para evitar la emigración a La Habana, a buscare la vida, como tantos otros. Esa voz, la del muchacho Maurilio se convierte en voz narradora en tres de los cuentos, el aludido Andanzas de niñez y mocedad, La cuelga de don Gerónides Epulio y Aquel sabor tan triste. Es una primera persona que tiene, a buen seguro, mucho que ver con el propio autor, aquel crío a quien en las vísperas de su santo le ponían al cuello una cuelga de pobres; «higos pasos, dos reales, cuatro lápices de colores, una goma milán y algunas galletas», el joven que hubo de labrase el porvenir lejos de su pueblo y que con el tiempo ejerció de zahorí de la memoria, rescatando con voz omnisciente las más de las veces, otras con una primera persona del plural que lo hermana con sus gentes, o narrando, según se ha apuntado, con voz propia, las historias de su infancia que cimentaron buena parte de lo que finalmente fue, de lo que finalmente constituyó su manera de sentir y estar en el mundo.

«La poesía es memoria de la sombra de la memoria», decía Gelman abriendo el poemario de Paco Velasco Noche, que era, en su conjunto, voz elegíaca de lo que la vida ha sido. Incursión y muerte del demonio Meridiano sigue siendo elegía, pero el tono adquiere una precisión que la poesía rehúsa. Se cartografía un ámbito, se moldean unos personajes que adquieren no sólo rasgos sino incluso voz y palabras olvidadas, se repuebla una tierra con los árboles crecidos en los que cantan pájaros confiados, se deja fluir el agua por cauces y manantiales, vuelven a tañer las campanas, a esconderse los maquis en el bosque, a mandar los que siempre mandaron desde del púlpito o los palacios, y a estar en el mundo con inocencia los niños y con generosidad infinita la Plexiglasa (¡qué enorme hallazgo esta mujer que como una máter lujuriosa, o una patria sin fronteras, abría su casa y su cama a los forasteros!).

El libro lo cierra El nublo, un relato y una condena, pues esa densidad repentina y oscura de nubes, amenazando tormenta, fue finalmente, y como se vio en la desnudez repentina de negrillos, chopos, álamos o fresnos, en el sobresalto de jilgueros, equinos, cuervos, cigüeñas o animales de la vecera, en el espanto de las madres, en el miedo de los vecinos, en los rezos del cura, no otra cosa que el fin de los tiempos, según predijo Bautista Nubarrones y la Sierva de la Virgen Tuerta; fue el apocalipsis que representado por sus cuatro caballos galopó en el sermón final de El Cura Loco, aquel que mandó a la mierda tanto a Guadromal como a sus gentes, animales y plantas antes de expirar, mientras clamaba contra los demonios meridianos y súcubos, que quién sabe si no son los que amenazan con el olvido a estos lugares que de no tener quien los recuerde serán pasto de ese nublo devastador que es la desmemoria. «La memoria de un solo minuto feliz puede alimentar la nostalgia de todo lo que te resta de vida» (sentenció con sabiduría Paco Velasco en su anterior libro, Y, de pronto, un pájaro).

José Carlos Díaz