lunes, abril 24, 2017

De Madrid el cielo (y también los suelos)

Un hombre nos persigue con una mirada oculta. Viste con orden. Se peina con aceite. Se sienta sin cruzar las piernas. A través de sus globos oculares se convierte en sombra toda la luz de las ventanas. Mucho más abajo, en el patio, el recreo carcelario expone al sol ciertas afinidades.  Intercambio de cromos: tiempo por pereza, la que precisa una observación lenta de todo cuanto se ha ido imprimiendo sobre los muros interiores de este viejo recinto enrejado. Desde sus vanos, a la altura de las palomas, las antenas son lanzas rendidas. Lavapiés, como Breda, recoge las llaves de su libertad. Pero ilusamente la fía entera a los sueños seriados. A las imágenes de un mundo  que nunca oreará ropas menesterosas en los tendales de un barrio. Tan cerca y tan lejos del corazón del poder, de los caudales subterráneos, del  lujo indecente. A esa babilonia secreta, donde la demografía es un privilegio protegido por guardias privados, sólo las azoteas se sobreponen a la hora exacta en que se se extingue el día. Memento mori. Al amanecer, si hay suerte, bendecirá el sol los jardines y los músicos cantarán poemas al borde de los estanques y en las plazas grafiteadas. Por un salario de calderilla. Por el gusto de oírse en medio de una ciudad atareada y ajena. Bajo ese palio de notas, entre un gentío anónimo y ensimismado, las mujeres bellas convierten a su paso, por un instante de luz, las calles en altares.

 





domingo, abril 23, 2017

Calle Ventura de la Vega

En esta calla arranca el breve mundo contenido en una narración. Vísperas de nada. Allí volví hace unos días. Miré hacia el piso donde vivieron Alina y Héctor. Permanecía cerrado. El restaurante indio ya no estaba. El calor era agradable. Un sol primaveral que serpenteaba parsimonioso entre las sombras. Hubiese sido inútil preguntar por ellos. En las grandes ciudades todo transcurre, hasta la misma gente, con una caducidad cruel y sin memoria. Un artista. Una modelo. Un verano infernal. La ociosa curiosidad de un viajero que fuma en la ventana de un hotel céntrico. Que luego apunta en un cuaderno, a lápiz, con letra difícil, las impresiones de un día agotador, el argumento de una historia amor y dignidad. Antes de seguir mi paseo por el barrio de las Letras, en la esquina con la calle Prado vuelvo la vista hacia la casa del pintor. Se abre milagrosamente la ventana. Se acoda sobre la forja del balconcillo una mujer todavía joven. Cruzamos la mirada. Me sonríe. Siento apuro. Sigo mi camino hacia la plaza de Santa Ana.
"El verano había resultado muy largo. Un bochorno interminable, espeso y sin escapatoria, ante el que nada podían los balcones abiertos de par en par a la escasa brisa que aleteaba torpemente por las sombras como un pájaro herido. El sol lució tan alto en esas fechas estivales que se colaba incluso hasta las aceras de la angosta Ventura de la Vega. Héctor y Alina vivían en una vieja casa de alquiler de esa calle. Sobre el bullicio de la terraza de un restaurante indio. Por las ventanas les entraba siempre un aroma intenso de especias y un rumor de conversaciones que se animaban con el paso de las horas. Cuando más insoportable se hacía el calor, él se encerraba en su estudio. Ella, en cambio, se iba a leer a las sombras del Retiro o a sentarse en la plaza de Santa Ana, donde solía tomar una cerveza al final de la tarde con Eusebio, buen amigo de ambos. En todos lados se hacía agobiante el calor. Aquella temperatura insana bien podía convertirse en el caldo de cultivo de cualquier ira aletargada. La ciudad tenía a algunas horas un aspecto fantasmal, como si una amenaza incierta mantuviera refugiados a todos sus habitantes. En la reclusión de la sombra, el roce involuntario de las pieles generaba descargas eléctricas."
                                                                                         Vísperas de nada

martes, abril 18, 2017

Cabiria en Chamartín

Cuando uno viaja en tren desde Asturias a la meseta atraviesa tantos túneles, transita por tanta oquedad ciega, que podría salir al otro lado del Pajares con el rostro tiznado de carbón como un minero al alcanzar la superficie después de una jornada de trabajo.
El sol comienza a entrar franco a través de las cristaleras de los vagones. Los pasajeros salen de su sopor. Después del puerto, recuperada la cobertura, los móviles, como pájaros domésticos, trinan reclamando de sus amos una atención que consiguen pronto.
A mis espaldas, un hombre al que no logro ver bien ni siquiera recurriendo a su reflejo en la ventanilla, mantiene una conversación telefónica con una mujer. Su tono es empalagosamente alegre. Su voz parece la de alguien a medio camino entre la juventud y la madurez. Su volumen no es el de quien pretendiera que el resto del vagón se mantenga al corriente de cuanto dice, pero tampoco el de la elemental discreción que uno piensa necesitaría lo que le oye. Algo así como que ella ya se ha duchado y lo recibirá en la estación, y que puesto que irá maquillada y sus labios lucirán un carmín fresco, él le pide que no se olvide de llevar toallitas húmedas para que, tras su encuentro en los andenes, puedan borrarse los trazos gruesos del cariño. Y hasta que llegue ese momento, le sugiere ir mensajeándose cosas calentitas por el teléfono. Ha colgado. A cada rato se oye cómo le entran recados (¿calientes?) en su móvil a este pasajero al que aún no le he podido ver el rostro y que viaja justo detrás de mí.
            Finalmente lo he visto. Se levantó hace un momento para ir al baño. Cómo me engañó su voz. Tiene bastante más edad de la que uno le imaginaba. No es demasiado alto. Luce una buena mata de pelo blanco, muy liso y cuidado. Gafas metálicas ligeras. Tez suave. Viste informalmente. Se mueve con parsimonia. En conjunto, a uno se le antoja que el tipo tiene aire de cura secularizado.
            Vuelve a llamarla. Le cuenta que el tren acaba de parar en Valladolid; y, bajando mucho el tono de voz, pero no lo suficiente, que se le ha sentado al lado una pasajera joven y gordita. No tiene incluso reparos en describirla como “un buen colchón”. Ruego al cielo que esa mujer que se ha subido al vagón hace sólo unos minutos lleve puestos auriculares. La conversación sigue luego por derroteros más lúbricos, pues le oigo preguntar a su interlocutora si ha recibido un gif que le ha mandado un momento antes. Le aclara que la cosa va de un negro. Y que a él, como al negro del gif, se le está poniendo dura pensando en verla ya enseguida en Chamartín. Y uno vuelve a desear que la muchacha que acaba de sentarse al lado de ese hombre lleve, por Dios, auriculares, y, a poder ser, a un volumen suficiente como para que la aíslen de ese ruido sin filtro que tiene tan cerca.
            Al llegar a Madrid lo veo avanzar entre los pasajeros que arrastran sus maletas desde el andén a la escalera mecánica. Giro la cabeza y va tan sólo un par de metros por detrás. En la estación procuro no perderle la pista. Me intriga saber cómo será ella. Al fin se encuentran. Y es menuda. Con cierto parecido a Giulietta Masina. Una Cabiria envejecida y demasiado maquillada. 

martes, abril 11, 2017

El Rastro

Tenía ganas de Rastro. Tantas veces acompañando a Trapiello en sus diarios por las cuestas de este mercadillo. Tantos tira y aflojas con traperos y gitanos, con libreros de viejo, con competidores en pecios. Iba cámara en ristre pendiente de todo, como un perdiguero. El día era espléndido. La gente desfilaba plaza de Cascorro abajo como en una manifestación sin prisa. Pero lo mejor se lo encontró uno a los lados y en paralelo a la Ribera de Curtidores: en Arniches, en Mellizo, en Río Baja… Las imágenes religiosas barnizadas, las muñecas con ojos de porcelana, la ropa militar vencida, las vajillas melladas, las cristalerías sucias, los libros de saldo, las enciclopias arrumbadas por el tiempo y las revoluciones, las fotografías de difuntos, los vinilos rayados y las postales rancias de La Cibeles y Neptuno.

Me pregunto cuánto tiempo se precisará para empadronar el alma en este zoco inmenso, para volver familiares los rincones que empezaríamos a dar por nuestros si, domingo tras domingo, hallásemos en ellos un motivo irrenunciable para volver sobre los pasos dados una semana antes; cuánto para trabar afecto mutuo con quien vende y no sólo ofrece género valioso, sino también palabra de ley. No llegaré a saberlo. Sólo soy un tipo de provincias de paso por Madrid. Sólo tengo unas horas para tomar el pulso a la circulación de estas arterías que en algunos tramos son más de trueque que de compra y venta, y es allí justo donde el celo por lo que el tiempo se empeña en proscribir tiene la recompensa de una querencia irrenunciable, la de quien en la placenta del pasado encuentra el calor de un sueño: la  modesta inmortalidad que quisiéramos también para todo lo que amamos.

"Hay rastros en París, en Lisboa, en Londres, en Roma. No hay ciudad desarrollada donde no haya un lugar que dé salida a esa clase de mercancías descabaladas, descatalogadas, difíciles de apreciar y a las que, por ello, es difícil poner un precio. De ahí que, en el Rastro, el regateo no sea algo caprichoso o accidental para pagar menos; el regateo es como una mayéutica, el modo de llegar a conocer la verdad, a saber, el verdadero valor de eso que en principio tenía un valor dudoso. En el Rastro lo importante no es el precio, sino el valor, y no confundir valor y precio.

Lo valioso... ¿qué entendemos por valioso? La mayor parte de las cosas que podamos encontrar en el Rastro no son en absoluto valiosas para la inmensa mayoría. La inmensa mayoría no querría tener en su casa algo que de una u otra manera se ha escapado a la muerte, que viene de un muerto, que vaya usted a saber de dónde viene. Lo valioso en el Rastro es a menudo algo a lo que le damos valor nosotros, que revalorizamos.

El Rastro está lleno de lugares comunes. El primero de ellos es creer que la mayor parte de lo que allí aparece es cochambre. El segundo, suponer que la gente que se dedica a vender son gitanos astutos, dispuestos a engañarte, pícaros, ladrones de guante sucio... Los dos son falsos, a mi modo de ver. Lo importante en el Rastro no es lo que compras (y a veces, en efecto, se encuentran cosas en verdad interesantes: yo, por ejemplo, no habría podido escribir Las armas y las letras, de no haber encontrado durante 20 años cientos de libros raros, inencontrables, ajenos al mundo universitario), sino lo que no se vende: las historias y cosas que oyes a unos y otros (las mejores frases del Rastro son tan buenas como las mejores del mejor moralista), y las cosas insólitas que ves. Y desde luego la gente, los que venden y los que compran. Entre los primeros hay personas tan serias, que algunos banqueros y políticos españoles harían bien dándose una vuelta por allí de vez en cuando para saber qué es eso de mantener la palabra que has dado.
El Rastro cambia, como cambiamos nosotros. El Rastro de hace 40 años no era el mismo de hoy, ni nosotros tampoco. Pero el impulso que lo lleva a uno domingo tras domingo al Rastro sigue siendo el mismo. En mi caso yo no voy a comprar, sino a encontrar una respuesta, que no he encontrado aún. Y desde luego yo no voy sólo a pasar el rato. Al Rastro no se va a pasar el rato, se va a salvar el mundo, incluso aquellos que no saben que lo están salvando. Todos los que van al Rastro participan de esa salvación. Y entiéndase: se trata de un mundo al que casi nadie da ningún valor, excepto los poetas y los traperos, que eran para Baudelaire, como sabe, la misma cosa. Cuando alguien por motejarme le ha llamado a uno alguna vez Andrés Trapero, no sabía que estaba diciéndome el mayor elogio.


Andrés Trapiello (entrevista concedida a El Mundo, 10/12/2015)

sábado, marzo 11, 2017

Agradecimiento

Remitir una carta. Enviar un correo electrónico. Llamar por teléfono. Transmitir un whatsapp. Dirigirse a alguien. Son todas formas de comunicación emprendidas por un emisor que, para completarse, precisan de respuesta. Sólo después de producirse ésta, quien ha gestado el mensaje inicial puede dar por satisfecha su intención: llegar a otro a través de una comunicación. La literatura es una más de esas formas de expresión. Tiene por destinataria una colectividad: los lectores, de los que el escritor ansía una señal que de noticia de recepción, de interpretación y/o de juicio. Si ante el intento de comunicarnos a través de cualquiera de los canales referidos al principio nos sentimos profundamente decepcionados cuando no se recaba ninguna contestación, cómo no ha de ser colosal la frustración de quien cimienta durante muchas jornadas de trabajo una creación literaria que no obtiene respuesta alguna. Es por eso que se agradece tanto que quien lee los libros de uno tenga el gesto de darnos noticia de su lectura.

He ido dosificando la distribución no venal de mis Vísperas de nada. Amigos, allegados, algún crítico regional, media docena de escritores… Con ese mismo goteo que emprendieron los ejemplares de la novela su viaje hacia el lector, se ha ido recibiendo, intermitentemente, la confirmación de su lectura. Ante todos los correos, mensajes y reseñas, y no es, créanme, falsa cortesía, ante todos sin excepción me he sentido profundamente agradecido. Mucho más cuando las reacciones a la historia contada y al tono en cómo se ha contado, han sido todas muy generosas. Algunas además, y debo referirme singularmente a las de María Victoria Carpena, Mar Braña y Francisco García Pérez, se han manifestado a través de trabajados y sustanciosos comentarios críticos que han enriquecido la novela con sus interpretaciones. Se ha dejado aquí enlace de esas reseñas, y se añade ahora una más, la de Anabella Rodríguez, quien desde presupuestos psicoanalíticos, los de su profesión, ha elaborado un extenso y enjundioso comentario de mi pequeña novela. Dejo a continuación el vínculo desde el que se puede acceder a él. 

VÍSPERAS DE NADA, de José Carlos Díaz, una gran nouvelle, por Anabella Rodríguez



viernes, marzo 03, 2017

Ágeles Santos Torroella

Hace unos días vimos en La 2 uno de esos documentales que llaman “Imprescindibles”. Y aunque casi nada es imprescindible, a qué engañarnos, no es menos cierto que al calificativo se le perdonaba en este caso la hipérbole, porque resultó un documental bien hermoso el que le dedicaban a la vida y obra de la pintora Ángeles Santos Torroella (se puede ver pulsando sobre el enlace incorporado a su nombre). Uno supo de ella no hace mucho, con motivo de un viaje que nos llevó a Valladolid, y en el que, a propósito del descubrimiento de sus lienzos, se dejó este apunte:

(…) Como había tiempo hasta la hora de tomar el tren y quedaba todavía mucho por ver, nos acercarnos hasta el Museo de Arte Contemporáneo, que llaman del Patio Herreriano. Nos acompañó en la visita guiada una jovencita con conocimiento de causa, agradable y entusiasta de mucho de lo expuesto allí. Las obras proceden de colecciones privadas, pertenecientes a varias empresas y se han agavillado bajo el nombre de Colección de Arte Contemporáneo. Gracias a ese fondo artístico, de origen privado, y al apoyo del Ayuntamiento de Valladolid, se inauguró el museo en 2002. La ubicación es hermosa, en torno a dos de los claustros del antiguo Monasterio de San Benito el Real. El mayor se le conoce como Patio Herreriano y se debe al arquitecto Juan de Ribero Rada, de finales del siglo XVI siguiendo los modelos herrerianos que se habían plasmado ya en la catedral de la ciudad. La restauración de este espacio, así como la conservación como sala de exposiciones de la Capilla de los Condes de Fuensaldaña, es todo un acierto. Amplitud, funcionalidad y luz. El itinerario por todo el conjunto hubimos de hacerlo un poco a la carrera, que el tiempo de nuestra estancia en la ciudad iba agotándose, pero lo que pudimos ver nos pareció, en líneas generales, interesante. Y, de entre todo, uno destacaría un cuadro hermosísimo e inquietante de Ángeles Santos Torroella (Portbou, 1911), pintora de la que, confieso, no recordaba haber oído hablar y sobre la que después de conocer su `Anita con delantal de cuadros azules´, he buscado información.


Josep Casamartina i Parassols contaba de esta artista hace unos años en El Cultural que  fue durante un tiempo, en su más tierna y atormentada juventud, la Angelita a la que cariñosamente llamaban así Ramón Gómez de la Serna —quien parece llegó a pretenderla, pese a la diferencia de edad que existía entre ambos—, Juan Ramón Jiménez, Federico García Lorca y Jorge Guillén. Dos de sus cuadros de entonces, `Un Mundo´ y `Tertulia´, presiden la sala del Museo Reina Sofía dedicada a los realismos de los años veinte y treinta. A los 17 años se consagró como pintora precoz en un Valladolid donde vivía entonces con su familia. La ciudad estaba imbuida de Generación del 27, con Jorge Guillén, los hermanos Cossío o un joven Francisco Pino, que se enamoró de ella; todo parecía serle favorable. Al cabo de poco, Angelita Santos triunfó en el Madrid del Café de Pombo, la Residencia de Estudiantes y el Lyceum Club. Pero su afán por pintar y sus ansias de libertad se truncaron de golpe y su rebeldía tenaz le pasó factura en un entorno poco preparado para tales pretensiones en una mujer tan joven. Fue recluida en un sanatorio madrileño y apartada de su mundo pictórico y del contacto con los intelectuales que la alentaban. Ángeles Santos, en pleno éxito y auge creativo, dejó entonces de pintar y no volvería a hacerlo hasta años después. Fue cuando conoció, en Barcelona, a un joven artista, culto y apuesto, amigo como ella de García Lorca, llamado Emili Grau Sala. Él pintaba la luz, el bienestar burgués y la vida placentera; ella había pintado la oscuridad onírica. Pero se enamoraron. 

Y Angelita volvió a pintar, esta vez mirando más al mundo pictórico que inspiraba a su prometido. La boda se celebró en 1936, pero la Guerra Civil rompió cualquier esperanza de futuro. Grau Sala, republicano, se exilió en París, donde se granjeó fama como ilustrador, y Ángeles se quedó junto a sus padres, dando a luz a su único hijo sin la compañía de su marido. Al que no volvió a unirse hasta entrados los años sesenta, en el momento en que ella volvía a renacer como una artista conectada al surrealismo y la vanguardia a partir de su obra primeriza. Y convivieron dos Ángeles Santos, la de los paisajes risueños modernos con la de las almas atormentadas del pasado. Justo gracias a esas obras de antaño conquistó el mundo contemporáneo; entró por la puerta grande en el Reina Sofía; el Museo Patio Herreriano le dedicó una retrospectiva en Valladolid; se le otorgó la Medalla Nacional de Bellas Artes y obtuvo la Creu de Sant Jordi en 2005. Siempre necesitó ser redescubierta porque a menudo era olvidada. En 2013, muere en Madrid, en casa de su hijo, el también pintor Julián Grau Santos, a la edad de 101 años. 

Ángeles Santos en el jardín de la casa de su hijo

lunes, febrero 27, 2017

Sólo hechos, de Andrés Trapiello

Sólo hechos. Andrés Trapiello. Pre-Textos, 2016.


Se cierra el libro tras apurar sus últimas páginas y queda uno triste, y así debe decirse. Que no haya trama, y no se resuelva un crimen (o varios), como en esas lecturas que llevan, como los explosivos de las viejas películas del Super Agente 86, una autodestrucción retardada, hace del recorrido de Sólo hechos y de su estación final una suerte de viaje largo y disfrutado que se completa paladeando ya su nostalgia. Nada nuevo, por otra parte. Después de muchos tomos de estos diarios, el regusto agridulce de ese final en Las Viñas ya lo ha incorporado uno a la tabla periódica de sus imprescindibles afectos literarios. En algunas fotografías, ciertas músicas y no pocos poemas acertados, se saborea ese mismo trago: el puntual ensayo de la gran despedida final con que algunas conclusiones temporales entonan su memento mori. En ese viaje al que uno, en metáfora usada pero eficaz, ha aludido, la distancia recorrida, las evocaciones del paisaje avistado, la compañía en la que se transita y los encuentros que la fortuna o la adversidad ponen en el camino, dan para apuntes de todo tipo, pues la forma en que quedan fijados, como bien escribió Martín López-Vega a propósito de los diarios, tiene una ventaja sobre cualquier otro formato que podamos elegir para la escritura, y es la de que en ella caben todos los demás. Aquí, por enumerar algunos, el apunte costumbrista, la poesía, el aforismo, el retrato, la caricatura (que como en Galdós busca la fidelidad del apunte a través del acento en el detalle y no la máscara quevedesca), la elegía, el epigrama, el entremés incluso (y La Impertinente Santanderina bien pudiera pasar por interludio teatral entre plato y plato de banquete), la nouvelle (tal vez casi lo sea la trágica historia familiar de Javier Muguerza que tan bien se relata —y que fue germen de la novela Ayer no más—) o la acuarela (qué otra cosa son muchas veces esos esbozos, ligeros como aguadas, que una manera a lo Gaya de pintar el mundo íntimo). Ese acopio de formas necesita para una buena armonización, como el autor apunta en algún momento, de un ejercicio alquímico (eso es la literatura, precisar cuánto de cada se pone en la agregación) y ello no es fácil cuando el tono cambia tan radicalmente y se pasa, a veces, de lo poético a lo sarcástico. Hay quien verá en esto último, esa befa algo resentida con que Trapiello se venga de agravios o fustiga necedades, una pincelada demasiado gruesa entre los trazos de un estilo que es esmeradamente refinado, como son las ediciones en que se imprime, sus tipografías y sus portadas. Quien, como uno, sigue estas casi puntuales entregas con el arrobo nada reprobador de las adicciones, opone a ese juicio la alerta que sobre sus páginas, siguiendo a Juan Ramón, expresa el autor: no están escritas por hacer frases, sino por copiarse el alma. Y debe añadirse en este punto que en la de todos hay pliegues donde fermentan los humores, pero si esa fermentación, como la alcohólica, puede, y es el caso, apurarse con alegría, miel sobre hojuelas (la nota a Jorge Herralde, por ejemplo, es un merecido y divertido destilado de mala uva —por seguir con el símil—). Con todo, se prefieren más las glosas amables, como alguna de las que se le dedican a Carlos Pujol, que hoy ya se leen, desgraciadamente, como elegías. O las recreaciones de esa intrahistoria que a veces, gracias a confidencias muy de farándula literaria, puede desvelarse como apostilla de la historia oficial (véase de qué modo el Opus fue venda curativa y cegadora en la vida de Juan Cueto, o cómo se operó en El Pardo a un dictador agonizante mientras un militar obediente y leal marcaba de viva voz el pulso del enfermo con la misma firmeza que un metrónomo). Durante la lectura, ha de confesarse, no obstante, que sí le pudo a uno la perplejidad durante unas páginas, las que se dedican a los Pretextos, editores que no poca culpa tienen en que se haya levantado la descomunal tarea de este Salón de pasos perdidos, y a los que, sin embargo, se alude, en su retiro almeriense, con cierta imprudencia y no poca ironía. La que tampoco se ahorra con el hermano exorcista, que, en ese delicado juego de medidas al que antes se hizo referencia, equilibra el fiel de la balanza que las menciones al hermano enfermo habían inclinado del lado de la piedad literaria. En lo personal, uno sigue estas entregas también con el interés propio de quien siendo unos diez años más joven que el autor, y leyendo lo que el autor publica de diez años antes, se va encontrando con circunstancias vitales paralelas. Son R. y G. por ello, y de alguna manera, casi trasuntos de mi propio hijo, por lo que no poco es el cariño que se la ido teniendo a estos mozalbetes de los que, ahora, hombres ya, se sabe, pueden sentirse satisfechos sus padres (como uno quisiera estarlo de su propio retoño). Queda calibrar qué ha tenido que ver en ello ese aire benéfico de Las Viñas, donde todo acaba y comienza cada año. Capicúa literario que en la portada de Sólo hechos tiene por reflejo otro capicúa, este de coleccionista, el de unos billetes tranviarios que todos juntos quizás acumulen tantas historias como las que se han ido urdiendo desde hace veinte años en esta novela inventario.

Fotohaiku

¿Vuelven al tallo
las flores desprendidas?
¡Son mariposas!

Moritake Arakida





jueves, febrero 23, 2017

Ecos de sociedad

Hoy, en La Nueva España, por Francisco García Pérez.

Le escribía hace un par de días a Hilario Barrero que publicar se parece a conjugar el subjuntivo: proyectar una probabilidad sujeta a subordinantes (los lectores, la crítica...). Son pocos días los que tiene de andar rodando esta novelita —pocos y por pocas manos, que su distribución es casi como la del Mundo Obrero en la clandestinidad—, pero en esos pocos días, quienes han leído mis Vísperas de nada se han molestado en palmearme afectuosamente la espalda con sus palabras. Y bien que se lo agradezco. La reseña de don Francisco es hoy otro motivo de alegría y la confirmación de que la probabilidad subjuntiva tiene visos de aserción indicativa.
El estilo potente
Víspera de nada y el saber narrativo del asturiano José Carlos Díaz para exprimir un argumento mínimo 

Francisco García Pérez
No sé cuánto me arriesgo si digo que hay otra manera de contar historias entre los autores asturianos de ahora que va más allá de desarrollar una trama compleja o copiosa y que, por el contrario, se demora en una argumento mínimo al que no se deja escapar sin haberlo exprimido al máximo, mediante el párrafo largo (como este que estoy usando), los adjetivos en su sitio y una escritura que es fruto de la observación tan detenida como exhaustiva, consciente de que en ese poco está un mucho. Y pienso acaso en Moisés Mori Chus Fernández y en tantos más. Y en José Carlos Díaz (1962), quien prosigue su carrera literaria con la misma medida constancia pero firmeza que usa en sus narraciones o poemas. Nada me alegra más que convivan estas dos tendencias y alguna intermedia en nuestra literatura, pues ambas me hacen disfrutar como lector. Última precisión: el número de páginas no certifica la cortedad o largura de una novela; hay novelas larguísimas de muy pocas páginas, como la que hoy me ocupa; hay novelas que se leen en un pispás por su inanidad aunque mucho tocho parezcan.

Invoca Vísperas de nada a Coetzee en la cita inicial y no en vano: si le leyera más (como demuestras JCD haberlo hecho), mucho se elevaría el nivel. Y la portada es el espléndido (y desacompasado) retrato de Tränkler, pintado por Henrich. Buen nivel de comienzo. Luego, claro que nos interesa la historia del pintor Héctor, artista de éxito pronto y caída imparable, a quien su galerista Eusebio propone que se imite a sí mismo, que pinte como pintaba para retrasar la ruina económica, mientras en vano se aferra a su amor por la joven Alina, en competencia con el expeditivo Conrado. "Una novela de arte y decadencia", podría titular la solapa para ganar lectores acaso. Pero tengo para mí que el interés lector está en otra parte. Hay un narrador tan consciente de cómo narra que hasta asoma a las claras: "No es ajeno el narrador al riesgo de ciertas hipérboles: muchos asertos se columpian entre lo noble y lo grotesco" (página 44). Y el interés está, por ejemplo, en el modo en que cuenta esta reflexión de Alina ante Héctor: "Estos sedimentos se le habían convertido en una turbia mezcla de afectos menguados y de memoria melancólica. Era de las vísperas de la nada, de la conmiseración hacia lo que se supo esplendor y amenazaba ruina de donde arrancaba las briznas de un deseo triste con el que besar alguna noche los labios de su marido, con el que dejarse tomar por sus músculos desfallecidos, por el aliento ácido de las muchas copas y el resignado abandono", estupendo y medido remate de la página 23. O, casi al final, ese "mantenía esa porfía curiosamente en aquella senda por donde los vecinos del lugar vieron durante años caminar a Sara Meyer, quien creyó allí en la resurrección de la vida después del holocausto mientras miraba hacia el mar en los atardeceres cárdenos con ojos húmedos de alegría y de rabia, pues se sabía envejeciendo en el paraíso sin que el paso del tiempo la hubiera librado de la oscura memoria". Es decir: engarzar la historia, por muy breve que sea o gracias a que sea breve, con un mimo exquisito. Estupendo.

martes, febrero 21, 2017

Manual de pájaros extintos, de Emilio Amor

Para uno, que viene de la poesía povera, tejida en y de cotidianidad, asomarse a un libro de Emilio Amor le parece como celebrar un festivo en medio de la semana laboral o darse un capricho olvidando la austeridad o la dieta. A uno, que viene de la poesía inteligible (connotativa, claro, pero no desbocada), asomarse a un libro de Emilio Amor le exige renunciar al protocolo racionalista y apoyar los pies sobre la mesa por el tiempo exacto de su lectura (y relectura). Uno, en fin, que pretende la precisión en lo que escribe, no puede, después de lo apuntado, sino intentar argumentar por qué habla, a propósito de la poesía de Emilio Amor, de fiesta inesperada o insubordinación contra las formas. Y es que hay, grosso modo, dos maneras de prologar, de reseñar o de presentar un libro de poesía. Una, recreándolo a través de una glosa bienintencionada, poética incluso, en la que se presume de la amistad con el autor, se apela a la sentimentalidad y se termina componiendo, con mucha floritura y poca enjundia, una alabanza alambicada de lo que se ha entendido poco o nada (por lo que más que explicar, se parafrasea). Otra, centrando el foco sobre el texto (sin descuidar, no obstante, el contexto) y tratando con humildad de ofrecer las claves necesarias para una mejor comprensión del mismo. Ese es el reto.

La crítica literaria viene aceptando que desde mediados de los setenta del siglo pasado, la poesía española, una vez superados los condicionantes de la guerra civil y de la posguerra, se bifurcó en dos grandes líneas creativas, una vinculada a la vanguardia y otra a la tradición, o lo que es lo mismo, una al neosurrealismo y las experiencias del lenguaje, y otra a la experiencia de la realidad, siempre más intimista. Como todos los encasillamientos, este no deja de ser también un mero intento de desbrozar lo tupido, cortando a veces por donde no se debería y dejando a uno de los lados lo que, por estar lindando, sería más justo que tuviese un pie en cada uno.

En todo caso, y por ir ubicando lo que Emilio Amor escribe, está meridianamente claro que la inspiración de sus versos viene de una querencia indisimulada por lo que fue aquella vanguardia de principios del XX que puso en cuestión los límites del racionalismo y el sentido de su progreso (cuyos avances científicos y tecnológicos acarrearon el envés de una guerra mundial). En ese contexto de decepción aparecen múltiples movimientos o "ismos", que aun de corta duración, estaban movidos por un objetivo común: la ruptura con la formas expresivas imperantes hasta entonces: sentimentalismos vacíos, sensualidades ornamentales modernistas o hueras sonoridades métricas. La poesía buscaba una nueva dignidad.

Manual de pájaros extintos bebe sobre todo de esas fuentes. Hay poso de aquel imaginismo que confiaba en la imagen como medio de una expresión poética liberada de ataduras formales. Y  evidencias de un notable apadrinamiento surrealista en el flujo brillante de palabras y escenarios que tienen quizás un impulso consciente, pero cuya ligazón final la auspicia un inconsciente poético que revela asentadas capas de lecturas e imágenes pictóricas. En esa veta se nutre la creación de Emilio Amor.

Como queda apuntado, la poesía que se está reseñando no admite interpretaciones restringidas (más que un proceso comunicativo, pretende una comunión sensorial: transportar al lector a un mundo literario, sonoro y visual en el que se le alienta a una percepción más que del significado, de la belleza a que aspira la obra). No obstante, en lo posible, sí quizás sea conveniente acotar las motivaciones sobre las que se cimienta este mundo de sensaciones, ilustrado, someramente, por algunos trabajos pictóricos del propio Emilio Amor.

El tono general del poemario es elegiaco. No es sino un canto de pérdida que lamenta el ocaso de una vida anterior. Esa extinción titula el propio libro: Manual de pájaros extintos, y se remarca todavía más con la cita que lo preside: “Todo lo que perdí, volverá con las aves”, de Jorge Guillén.

El libro está dividido en cuatro partes, tituladas como se detalla y encabezadas, cada una, por las citas que se trascriben:

Manual de pájaros extintos  (“En realidad hoy nadie sabe lo que es la noche”, de Antonio Colinas).
Imán de soledades (“Sabedlo al menos por mí, todo hombre tiene la estatura del desastre”, de Leopoldo María Panero).
La dulce llaga (“Y atravesando dulcemente llagas”, de Antonio Gamoneda).
Petite morte (“Mala puta la muerte y su caballo galopante”, de José Manuel Caballero Bonald).

El campo semántico al que aludimos como eje argumental del libro de Emilio Amor, la pérdida, sigue manifestándose en el título de esos capítulos: “extintos”, “soledad”, “llaga” y “morte” (en los dos últimos términos como pérdida de salud y vida); y en los versos de los autores citados: “noche” (pérdida de luz), “desastre” (pérdida por desolación), “llagas” y “muerte”.

Sobre esta modulación melancólica se alza el contraste expresivo de la escritura, cosmopolita (que no culturalista), colorida, brillante en alusiones e imágenes. Como dicen los propios versos (pág. 28), “Sobrevive el vértigo. (…) Este es el precio de la tristeza, la persistencia de la lucidez”. La extinción misma alumbra el acto creativo. “Hay que avanzar aunque el cansancio acose / y acuse a los corceles de la vida” (pág. 29). Ese esplendor mantiene encendida cuanto puede la llama de la esperanza, pero no es menos cierto que a veces es incapaz de sobreponerse al declive de la vida, a esos versos que olvidan, por un momento, la figuración y se vuelven crudamente aseverativos, doloroso y sinceros: “Existir es claudicar cien veces: / los amores perdidos una tarde, / los trabajos forzados por necesidad, / los hijos que se alejan en aviones vibrantes / hacia un destino incierto y sin fronteras, / y la salud mellada por los años” (pág. 71). Ahí está la extinción, la soledad, la llaga y una considerable dosis de muerte, la que nos va inyectando en vena cada uno de nuestros días.

Las aves de este catálogo volaron un día, fueron libres, desplegaron en el cielo sus alas y son sobre la taxidermia de este poemario la alegoría de un mundo que se alzó por encima de las ataduras a que nos somete el tiempo. Palomas, vencejos, búhos, abejarucos, ícaros, cisnes, golondrinas, águilas, halcones, pavos reales, pegasos, torcaces, lechuzas y, sobre todo, gaviotas. Esos son los pájaros del aire. Pero hay otros, indomables animales libres, que siguen volando en la memoria del autor y constituyen, dentro de la elegía global, dos elegías particulares hermosísimas: la que le dedica a su bisabuela, Josefa Ibars Mendoza (pág. 22): “Era funambulista / y en su pelo de nieve anidaban vencejos. (…) Tras refugiarse en Francia, con mi madre muy niña / y sin muñeca de trapo, / se enroló en el circo de los titiriteros. / Josefa Ibars Mendoza tenía un arca azul / y de noche cantaba sobre un barreño de latón”; y la segunda, y para uno la más sobrecogedora (sobre todo después de ver cómo el autor la recita con el corazón en los labios), el ragtime dedicado a nuestro añoradísimo Juan Garay: “Llevas en la mochila la mitad de mis sueños, / la belleza en el rostro de la madre que llora. / Llevas un detector de claridades, / la inteligencia de la ausencia. / Y mi canto se vuelve un llanto contenido, / un grito atragantado y sin cordura, / la incertidumbre atroz de la partida. / Ya no quiero esperar, nadie me aguarda” (pág. 57).

Son muchas las intuiciones que la lectura de este Manual de pájaros extintos pueden despertar en el lector que en él recale, las relaciones que pueden adivinarse con los libros anteriores de Emilio Amor (sobre todo en la manera de decir, más que en lo que se dice), los versos casi aforísticos que asoman aquí y allá en estas páginas (“A mis antepasados les bañó el mismo mar” —pág. 23—;  “la nada es el refugio de los dioses” —pág. 33—; “El laberinto es / la única forma de conservar la nada” —pág. 42—; “Así pasa la vida, inútilmente, / como el lince que acecha en el cercado” —pág. 69—), las evocaciones espaciales a que nos convoca… Todo ello es posible cuando la poesía tiene una vocación tan libérrima de significaciones. Con ese espíritu debe ser leído y, quizás, si en estas líneas se ha acertado, con la interpretación global para el conjunto que, en clave de elegía, se le ha adivinado desde esta reseña. Uno sólo espera que para “reinar sobre esos ojos tristes” de la vida, Emilio Amor siga escribiendo por mucho tiempo “deprisa y sin aliento” (pág. 78), como tantas veces vivió.

jueves, febrero 16, 2017

Una lectura de Vísperas de nada, por Mar Braña

Sobre Vísperas de nada, José Carlos Díaz
XXIII Premio certamen novela corta “J.L. Castillo-Puche” 
por MAR BRAÑA

Albert Henrich

Retrato del pintor A. M. Tränkler
Existe un gran número de escritores dispuestos a desentrañar los misterios de un cuadro. Tres premios Nobel como son José Saramago, Mario Vargas Llosa y Orhan Pamuk se vieron en su día atrapados por el entramado pictórico con sus tres respectivas obras Manual de pintura y caligrafía, El Paraíso en la otra esquina, y Me llamo Rojo. Otras tres novelas muy breves han abordado la mirada del pintor y de sus cuadros: El túnel, de Ernesto Sabato, Maestros antiguos,  de Thomas Bernhard y Arte, de Yasmina Reza. Tenemos también en este “subgénero  literario” Worpswede, el magnífico ensayo que Rilke dedicó a la colonia de pintores del mismo nombre; Los reconocimientos, de William Gaddis; La montaña blanca, de Jorge Semprún; Dejemos hablar al viento, de Juan Carlos Onetti, y la prosa inimitable e infecciosa de Pierre Michon,  que encripta el haz y el envés del ensueño pictórico en dos obras: Señores y sirvientes y Los Once. Podríamos ampliar la lista. Aún nos quedan unos cuantos títulos de más vendidos como La tabla de Flandes, de Arturo Pérez-Reverte, La cena secreta de Javier Sierra,  La joven de la perla de Tracy Chevalier o Riña de gatos, de Eduardo Mendoza. Aún citaré tres más: El palacio de la Luna, de Paul Auster,  sobre la desdichada vida de Ralph Albert Blakelock y de cómo la luna se convirtió en uno de los elementos obsesivos de sus pinturas, La pintura del monstruo, de  José Emilio Iniesta González,  protagonizada por un profesor de Historia del Arte apasionado por la pintura tenebrista de Caravaggio y, por último, El jilguero.
Mar Braña Gancedo

Me centraré  en esta novela  en la que Donna Tartt  utiliza el cuadro del pintor holandés Carel Fabritius para  la portada, el título y el símbolo de su narración. Casi sucede lo mismo con A.M. Tränkler, si bien en el caso de Vísperas de nada es un proverbial refrán el que propone el título a esta novela breve. Otro paralelismo es que Theo Decker, al igual que hace Héctor Bueres,  permanece encerrado durante días entre cuatro paredes, fumando sin parar, bebiendo vodka y masticando miedo. Una semejanza más es que los dos tienen una historia larga y ninguno sabe cómo ha llegado hasta el punto descentrado en un mundo con el eje torcido en que hallan como dos líneas paralelas, aquejados ambos por un realismo brutal y sobrevenido. Sin embargo, la gran diferencia entre ambos protagonistas es lo mucho vivido por uno y lo que le queda por vivir al otro. En Vísperas de nada, Héctor Bueres se queda mirando el cuadro de Albert Henrich, el Retrato de Tränkler, en El jilguero, es la madre de Theo la que contempla incansable el cuadro, símbolo de la fragilidad, el vuelo y el canto. Hemos añadido, pues un nuevo título, y un gran autor, José Carlos Díaz, a una literatura que nos viene que ni pintada.
Algo que me llama la atención sobre la trama escogida en esta ocasión por José Carlos, es la huella que las relaciones personales dejan en los escritores. A Galdós le atraían los artistas y solía colocarlos cuidadosamente entre los personajes de sus obras. Son conocidas las relaciones entre Galdós y algunos pintores de su tiempo  lo mismo que  la sólida relación que José Carlos mantiene con algunos miembros del grupo de artistas Extremófilos.
Asoma casi de puntillas, El retrato de Dorian Gray, pero en Vísperas de nada, en vez de ser el cuadro el que absorbe toda la podredumbre moral del protagonista, parece ser el protagonista el que busca la complicidad tenebrista de su alma gemela en el cuadro de Tränkler, igual que en la novela ya citada de Auster, es la luna la que parece dominar a Blakelock.
El preludio de las Vísperas es una cita de La edad de hierro de Coetze. Tampoco es ninguna casualidad,  existe una relación muy especial entre la dama protagonista y el vagabundo, basada en la desesperanza y el sufrimiento. Y existe también en esa narración, un texto dentro de otro texto, la carta que escribe la señora Curren a su hija que no puedo dejar de asociar con la carta que escribe Alina a Héctor explicando cuál es la situación a la que no cabe sino enfrentarse.
Como la protagonista de Vértigo ante el cuadro de Carlota Valdez, Héctor permanece mirando el que habrá de ser su retrato. Busca quizá las diferencias, las semejanzas, el fracaso invisible que los une. El lienzo engulle al espectador del mismo modo que toda composición de Edward Hopper integra al observador, pues pinta para quien se complace en mirar temiendo (o deseando, que a veces es lo mismo) la mirada del otro. Hay una estrecha relación entre imagen y observador. Los cuatro personajes principales se observan, unos posando, mostrándose desnudos a merced de cualquier deseo que rompa la inercia de su vida en permanente estado de reposo, de letargo sombrío. Alina busca esa fuerza capaz de modificar su hibernación de sofocante calor y la encuentra en Conrado, en sus cuadros llenos de luz y la temperatura clemente de su casa. Eusebio, el fiel amigo, no pierde detalle de la situación por la que atraviesa la pareja y pinta la ocasión de salir del patatal en que se entierra con una grúa improvisada de buenas intenciones que será el germen de la tragedia. Héctor, cada vez más oscuro y prisionero de su propia incertidumbre, ignora todavía si lucha por entrar dentro del marco con la mirada esquiva o es Tränkler quien mira hacia el suelo con el fin de saltar para poseerlo. “Días de mucho, vísperas de nada”, dice el sabio refrán, frase lapidaria donde las haya. La abundancia puede tornarse necesidad por el menor quiebro de la rutina. Los contrarios deben permanecer  siempre en equilibrio. Es tarea humana controlar el contrapeso. Héctor y Alina lo intentan, cada uno con su propia clandestinidad.
Destacan las descripciones psicológicas de los personajes, su estado de ánimo, como el balance negativo de una empresa con demasiadas pérdidas y la impecable factura de los párrafos, casi pinceladas en las hojas, uno las va pasando como los días, de una en una esperando el desenlace. Y destaca también la presencia de un narrador que no es ajeno al riesgo de ciertas hipérboles: “muchos asertos se columpian entre lo noble y lo grotesco”, leemos  en el capítulo XIV.
Me emociona especialmente el capítulo X de los XXI, el nudo que atenaza la trama,  y ese duelo constante entre las sombras y la luz. Héctor es la sombra, el peso implacable del calor perfeccionista hasta la asfixia, pero la sombra sólo existe si hay luz. Alina deviene la luz de las tinieblas de Héctor, el foco que va perdiendo intensidad, apagándose por las deudas, que, inexorables, van pasando factura mes a mes. Cuando Eusebio propone una pequeña trampa para volver a tener algo de claridad, se pierde por completo el equilibrio. La noche se hace perenne en la vida de pareja y la integridad moral del protagonista está cortada sin que pueda afrontar el cargo de un nuevo enganche. Conrado es, a su vez,  la luz al final del túnel que atraviesa Alina, debatiéndose en un continuo claroscuro introspectivo. Un objeto ardiente enciende todo lo que toca, pero un objeto tibio pierde su calor si se le acerca otro objeto frío, de ahí que la tibieza de Alina se decante por conservar su propia temperatura al lado de Sómbix.

Quién es quién. Al final no se sabe si sale Tränkler del cuadro o es Bueres quien entra. Ambos están jodidos, solos y bien jodidos. Después de todo, poco importa, Héctor había aceptado fingir seguir siendo quien ya no era, he ahí el germen de su pérdida de identidad moral. Si ya no puede seguir siendo él, buscará a aquel que más se le asemeja. El afamado pintor deja paso a la firma de Alina, ajena, casi como si esa alienación saliera de su propio nombre,  sentenciando su último cuadro. Ningún nombre de los personajes es casual. Conrado arrastra la honradez de trampantojo antepuesta  a su apellido con sonoridad de zombi; Eusebio, cuya traducción del griego sería piadoso, es quien ha dado origen a la vida artística del pintor y será el encargado de recoger su cuerpo sin vida, igual que la Virgen recoge el de Jesús en la obra de Miguel Ángel. Eusebio está situado justamente entre el éxito o el empeño, éste último en su acepción más piadosa de escalada. Queda, sustituyendo a la pluma del cuadro original,  el talón, el punto débil que hace vulnerable al héroe, Héctor, el antagonista de Aquiles. 

miércoles, febrero 08, 2017

Vísperas de nada, por María Victoria Carpena

Extracto en lo que sigue gran parte de la presentación que hizo de mi novela María Victoria Carpena, pintora y profesora de dibujo (hija del gran pintor yeclano Fernando Carpena), el jueves 26 de enero en el salón de actos del Instituto Castillo Puche de Yecla (gracias a ella por sus palabras y gracias a todos los que nos acompañaron allí ese día):

Quizás se sientan sorprendidos viéndome aquí para presentar este libro. Yo también lo estoy. No soy escritora ni filóloga. Trabajo desde hace años como profesora de dibujo, pero también soy pintora y pertenezco a una familia de artistas que inició mi padre, Fernando Carpena. Ha sido mi relación con el mundo del arte la que me ha traído a esta novela. Vísperas de nada nos narra una historia protagonizada por personajes que se mueven en el ámbito artístico.
Pero antes de entrar de lleno en el libro, me gustaría hablar de mi relación con el Premio Castillo Puche. Conocí a José Luis Castillo Puche de pequeña, cuando en alguno de sus viajes a Yecla venía a casa con mi padre. Subían a su estudio y le mostraba sus últimos trabajos, los innumerables dibujos preparatorios, los bocetos para la realización de nuevos cuadros. Tenían más o menos la misma edad, eran de la misma generación. José Luis vivía en Madrid y mi padre había pasado allí su juventud, en plena posguerra y antes de volver a Yecla, donde pasó el resto de su vida. No sé de qué hablaban pero tenían en común ser yeclanos y artistas. Al fin y al cabo mi padre pintaba la Yecla fría y dura de posguerra, la misma que José Luís Castillo Puche nos dejó plasmada en una parte importante de su obra. Desde aquí mi recuerdo y homenaje a ambos.  Mi relación con este premio de novela corta empezó cuando Martín Martí, que ha sido durante muchos años el coordinador de este certamen, me pidió que colaborase con la edición de las novelas realizando el diseño de la colección y de algunas portadas, como la otra novela relacionada con el mundo de la pintura, La piel que te hice en el aire, de Rafael Marín. Ahora me toca ir un paso más allá y presentar esta novela.
Vísperas de nada, que,  como ya hemos dicho, tiene como protagonista al mundo de la pintura. La novela comienza con el pintor Héctor Bueres, personaje principal de esta novela, en el museo Thyssen de Madrid,  mirando un cuadro, el mismo cuadro que ilustra la portada de este libro: Retrato del pintor A. M. Tränckler. Este retrato es un elemento clave en la historia, aparece en momentos cruciales de la trama y se convertirá casi en un personaje más de la narración. El retrato de A. M. Tränckle fue pintado por Albert Henrich en 1926. Ambos pintores se movieron en el ambiente artístico expresionista que apareció en la Alemania de entreguerras. Como su nombre indica, en el arte expresionista prima la expresión de los sentimientos frente a la fría descripción de la realidad. Qué sentimos, quiénes somos por dentro frente al relato de lo superficial. Albert Henrich formó parte de la corriente artística alemana denominada Nueva objetividad, pero a pesar de su intento de ser objetivo en la descripción física del modelo, acaba mostrándonos la tristeza del pintor retratado, A. M. Tränckler: “un tipo digno en un mal trance”. Esta frase que aparece en la primera página de la novela puede servirnos como resumen de la historia protagonizada por el pintor Héctor Bueres, quien también es un “tipo digno en un mal trance”. Pintor reconocido por el favor de la crítica y de los coleccionistas en sus primeras exposiciones, asiste a su derrumbe personal y profesional intentando no perder la dignidad. La evolución de su pintura  le ha llevado por caminos figurativos frente a una primera etapa abstracta. Este cambio no será bien aceptado por un mundo artístico que en el libro aparece definido como:  “…frívolo universo pictórico, que acoge igual a genios y a farsantes, a mercaderes sin escrúpulos y a críticos resentidos, a galeristas petimetres y a coleccionistas maleables”. A partir de ese momento su vida se encuentra abocada a una serie de pérdidas que, poco a poco, irán minando su ánimo: la falta de reconocimiento y de ingresos, la llegada inexorable de la vejez y la pérdida del cariño de su mujer, Alina. En estas circunstancias, solo el alcohol le ayuda a recuperar la confianza en sí mismo. Tanto Alina como los otros personajes que aparecen en la novela, pertenecen al mundo del arte. A su mujer la conocerá posando para él, como modelo. Su galerista, Eusebio,  y  un profesor de Bellas Artes, que también es pintor, completan el conjunto de personajes alrededor de los cuales gira la historia. El amor, el arte y la traición son los temas fundamentales de la obra. La traición del pintor a su estilo, se mueve en paralelo con la traición amorosa y ambas dejan una huella irreparable en sus protagonistas. 
María Victoria Carpena
José Carlos Díaz organiza su novela en capítulos cortos, utilizando una narrativa ágil y a la vez llena de poesía, que analiza en profundidad los sentimientos de los personajes. Nada sobra y nada falta en esta obra perfectamente estructurada.  Al final volveremos sobre el cuadro con el que comenzó la obra, cuando la identificación obsesiva de nuestro protagonista Héctor Bueres con el pintor A. M. Tránckler termine cerrando el círculo de esta emotiva novela. Tras la lectura del libro, nos quedan abiertos temas de reflexión muy interesantes. Personalmente destacaría el problema del estilo. El artista necesita libertad para realizar su obra  y así poder evolucionar a nivel creativo. Si le negamos su capacidad de cambiar,  acabará convirtiéndose en un artesano, que repite su obra una y otra vez.
Por último, destacaremos el dilema en el que se encuentra nuestro protagonista, y que todos vivimos alguna vez en nuestra vida: ¿Qué somos capaces de hacer por amor? ¿Hasta qué punto podemos llegar a traicionar nuestros ideales, de vendernos por un plato de cariño? En una primera lectura el libro me emocionó, pero en las lecturas siguientes realizadas desde un punto de vista más analítico, no dejó de emocionarme. Escrita en tercera persona, la voz del narrador se hace presente en algunos momentos de la obra, realizando profundas y acertadas reflexiones sobre el ser humano. José Carlos Díaz, en su condición de poeta, utiliza un lenguaje que aporta una gran riqueza de matices a la evolución íntima de sus personajes, enredados en una trama perfectamente construida. Por su gran calidad literaria y su preciso análisis del alma humana, les invito a que lean y disfruten esta magnífica novela.
María Victoria Carpena



Uno, por su parte, si se viera en el brete de resumir lo que la novela cuenta o pretende, creo que recurriría a unos versos de José Luis Argüelles, quien en un poema titulado Una lectura de Goehte escribía: ¿Cómo soportar la vejez / sin un poco de amor / o algo de gloria?