lunes, febrero 27, 2017

Sólo hechos, de Andrés Trapiello

Sólo hechos. Andrés Trapiello. Pre-Textos, 2016.


Se cierra el libro tras apurar sus últimas páginas y queda uno triste, y así debe decirse. Que no haya trama, y no se resuelva un crimen (o varios), como en esas lecturas que llevan, como los explosivos de las viejas películas del Super Agente 86, una autodestrucción retardada, hace del recorrido de Sólo hechos y de su estación final una suerte de viaje largo y disfrutado que se completa paladeando ya su nostalgia. Nada nuevo, por otra parte. Después de muchos tomos de estos diarios, el regusto agridulce de ese final en Las Viñas ya lo ha incorporado uno a la tabla periódica de sus imprescindibles afectos literarios. En algunas fotografías, ciertas músicas y no pocos poemas acertados, se saborea ese mismo trago: el puntual ensayo de la gran despedida final con que algunas conclusiones temporales entonan su memento mori. En ese viaje al que uno, en metáfora usada pero eficaz, ha aludido, la distancia recorrida, las evocaciones del paisaje avistado, la compañía en la que se transita y los encuentros que la fortuna o la adversidad ponen en el camino, dan para apuntes de todo tipo, pues la forma en que quedan fijados, como bien escribió Martín López-Vega a propósito de los diarios, tiene una ventaja sobre cualquier otro formato que podamos elegir para la escritura, y es la de que en ella caben todos los demás. Aquí, por enumerar algunos, el apunte costumbrista, la poesía, el aforismo, el retrato, la caricatura (que como en Galdós busca la fidelidad del apunte a través del acento en el detalle y no la máscara quevedesca), la elegía, el epigrama, el entremés incluso (y La Impertinente Santanderina bien pudiera pasar por interludio teatral entre plato y plato de banquete), la nouvelle (tal vez casi lo sea la trágica historia familiar de Javier Muguerza que tan bien se relata —y que fue germen de la novela Ayer no más—) o la acuarela (qué otra cosa son muchas veces esos esbozos, ligeros como aguadas, que una manera a lo Gaya de pintar el mundo íntimo). Ese acopio de formas necesita para una buena armonización, como el autor apunta en algún momento, de un ejercicio alquímico (eso es la literatura, precisar cuánto de cada se pone en la agregación) y ello no es fácil cuando el tono cambia tan radicalmente y se pasa, a veces, de lo poético a lo sarcástico. Hay quien verá en esto último, esa befa algo resentida con que Trapiello se venga de agravios o fustiga necedades, una pincelada demasiado gruesa entre los trazos de un estilo que es esmeradamente refinado, como son las ediciones en que se imprime, sus tipografías y sus portadas. Quien, como uno, sigue estas casi puntuales entregas con el arrobo nada reprobador de las adicciones, opone a ese juicio la alerta que sobre sus páginas, siguiendo a Juan Ramón, expresa el autor: no están escritas por hacer frases, sino por copiarse el alma. Y debe añadirse en este punto que en la de todos hay pliegues donde fermentan los humores, pero si esa fermentación, como la alcohólica, puede, y es el caso, apurarse con alegría, miel sobre hojuelas (la nota a Jorge Herralde, por ejemplo, es un merecido y divertido destilado de mala uva —por seguir con el símil—). Con todo, se prefieren más las glosas amables, como alguna de las que se le dedican a Carlos Pujol, que hoy ya se leen, desgraciadamente, como elegías. O las recreaciones de esa intrahistoria que a veces, gracias a confidencias muy de farándula literaria, puede desvelarse como apostilla de la historia oficial (véase de qué modo el Opus fue venda curativa y cegadora en la vida de Juan Cueto, o cómo se operó en El Pardo a un dictador agonizante mientras un militar obediente y leal marcaba de viva voz el pulso del enfermo con la misma firmeza que un metrónomo). Durante la lectura, ha de confesarse, no obstante, que sí le pudo a uno la perplejidad durante unas páginas, las que se dedican a los Pretextos, editores que no poca culpa tienen en que se haya levantado la descomunal tarea de este Salón de pasos perdidos, y a los que, sin embargo, se alude, en su retiro almeriense, con cierta imprudencia y no poca ironía. La que tampoco se ahorra con el hermano exorcista, que, en ese delicado juego de medidas al que antes se hizo referencia, equilibra el fiel de balanza que las menciones al hermano enfermo habían inclinado del lado de la piedad literaria. En lo personal, uno sigue estas entregas también con el interés propio de quien siendo unos diez años más joven que el autor, y leyendo lo que el autor publica de diez años antes, se encuentra, de alguna manera, con circunstancias vitales paralelas. Son R. y G. por ello, y de alguna manera, casi trasuntos de mi propio hijo, por lo que no poco es el cariño que se la ido teniendo a estos mozalbetes de los que, ahora ya se sabe, pueden sentirse orgullosos sus padres (como uno quisiera estarlo de su propio retoño). Queda calibrar qué ha tenido que ver en ello ese aire benéfico de Las Viñas, donde todo acaba y comienza cada año. Capicúa literario que en la portada de Sólo hechos se refleja en otro capicúa, de coleccionista, el de unos billetes tranviarios que juntos acumulan quizás tantas historias como las que se van urdiendo desde hace veinte años en esta novela inventario.

Fotohaiku

¿Vuelven al tallo
las flores desprendidas?
¡Son mariposas!

Moritake Arakida





jueves, febrero 23, 2017

Ecos de sociedad

Hoy, en La Nueva España, por Francisco García Pérez.

Le escribía hace un par de días a Hilario Barrero que publicar se parece a conjugar el subjuntivo: proyectar una probabilidad sujeta a subordinantes (los lectores, la crítica...). Son pocos días los que tiene de andar rodando esta novelita —pocos y por pocas manos, que su distribución es casi como la del Mundo Obrero en la clandestinidad—, pero en esos pocos días, quienes han leído mis Vísperas de nada se han molestado en palmearme afectuosamente la espalda con sus palabras. Y bien que se lo agradezco. La reseña de don Francisco es hoy otro motivo de alegría y la confirmación de que la probabilidad subjuntiva tiene visos de aserción indicativa.
El estilo potente
Víspera de nada y el saber narrativo del asturiano José Carlos Díaz para exprimir un argumento mínimo 

Francisco García Pérez
No sé cuánto me arriesgo si digo que hay otra manera de contar historias entre los autores asturianos de ahora que va más allá de desarrollar una trama compleja o copiosa y que, por el contrario, se demora en una argumento mínimo al que no se deja escapar sin haberlo exprimido al máximo, mediante el párrafo largo (como este que estoy usando), los adjetivos en su sitio y una escritura que es fruto de la observación tan detenida como exhaustiva, consciente de que en ese poco está un mucho. Y pienso acaso en Moisés Mori Chus Fernández y en tantos más. Y en José Carlos Díaz (1962), quien prosigue su carrera literaria con la misma medida constancia pero firmeza que usa en sus narraciones o poemas. Nada me alegra más que convivan estas dos tendencias y alguna intermedia en nuestra literatura, pues ambas me hacen disfrutar como lector. Última precisión: el número de páginas no certifica la cortedad o largura de una novela; hay novelas larguísimas de muy pocas páginas, como la que hoy me ocupa; hay novelas que se leen en un pispás por su inanidad aunque mucho tocho parezcan.

Invoca Vísperas de nada a Coetzee en la cita inicial y no en vano: si le leyera más (como demuestras JCD haberlo hecho), mucho se elevaría el nivel. Y la portada es el espléndido (y desacompasado) retrato de Tränkler, pintado por Henrich. Buen nivel de comienzo. Luego, claro que nos interesa la historia del pintor Héctor, artista de éxito pronto y caída imparable, a quien su galerista Eusebio propone que se imite a sí mismo, que pinte como pintaba para retrasar la ruina económica, mientras en vano se aferra a su amor por la joven Alina, en competencia con el expeditivo Conrado. "Una novela de arte y decadencia", podría titular la solapa para ganar lectores acaso. Pero tengo para mí que el interés lector está en otra parte. Hay un narrador tan consciente de cómo narra que hasta asoma a las claras: "No es ajeno el narrador al riesgo de ciertas hipérboles: muchos asertos se columpian entre lo noble y lo grotesco" (página 44). Y el interés está, por ejemplo, en el modo en que cuenta esta reflexión de Alina ante Héctor: "Estos sedimentos se le habían convertido en una turbia mezcla de afectos menguados y de memoria melancólica. Era de las vísperas de la nada, de la conmiseración hacia lo que se supo esplendor y amenazaba ruina de donde arrancaba las briznas de un deseo triste con el que besar alguna noche los labios de su marido, con el que dejarse tomar por sus músculos desfallecidos, por el aliento ácido de las muchas copas y el resignado abandono", estupendo y medido remate de la página 23. O, casi al final, ese "mantenía esa porfía curiosamente en aquella senda por donde los vecinos del lugar vieron durante años caminar a Sara Meyer, quien creyó allí en la resurrección de la vida después del holocausto mientras miraba hacia el mar en los atardeceres cárdenos con ojos húmedos de alegría y de rabia, pues se sabía envejeciendo en el paraíso sin que el paso del tiempo la hubiera librado de la oscura memoria". Es decir: engarzar la historia, por muy breve que sea o gracias a que sea breve, con un mimo exquisito. Estupendo.

martes, febrero 21, 2017

Manual de pájaros extintos, de Emilio Amor

Para uno, que viene de la poesía povera, tejida en y de cotidianidad, asomarse a un libro de Emilio Amor le parece como celebrar un festivo en medio de la semana laboral o darse un capricho olvidando la austeridad o la dieta. A uno, que viene de la poesía inteligible (connotativa, claro, pero no desbocada), asomarse a un libro de Emilio Amor le exige renunciar al protocolo racionalista y apoyar los pies sobre la mesa por el tiempo exacto de su lectura (y relectura). Uno, en fin, que pretende la precisión en lo que escribe, no puede, después de lo apuntado, sino intentar argumentar por qué habla, a propósito de la poesía de Emilio Amor, de fiesta inesperada o insubordinación contra las formas. Y es que hay, grosso modo, dos maneras de prologar, de reseñar o de presentar un libro de poesía. Una, recreándolo a través de una glosa bienintencionada, poética incluso, en la que se presume de la amistad con el autor, se apela a la sentimentalidad y se termina componiendo, con mucha floritura y poca enjundia, una alabanza alambicada de lo que se ha entendido poco o nada (por lo que más que explicar, se parafrasea). Otra, centrando el foco sobre el texto (sin descuidar, no obstante, el contexto) y tratando con humildad de ofrecer las claves necesarias para una mejor comprensión del mismo. Ese es el reto.

La crítica literaria viene aceptando que desde mediados de los setenta del siglo pasado, la poesía española, una vez superados los condicionantes de la guerra civil y de la posguerra, se bifurcó en dos grandes líneas creativas, una vinculada a la vanguardia y otra a la tradición, o lo que es lo mismo, una al neosurrealismo y las experiencias del lenguaje, y otra a la experiencia de la realidad, siempre más intimista. Como todos los encasillamientos, este no deja de ser también un mero intento de desbrozar lo tupido, cortando a veces por donde no se debería y dejando a uno de los lados lo que, por estar lindando, sería más justo que tuviese un pie en cada uno.

En todo caso, y por ir ubicando lo que Emilio Amor escribe, está meridianamente claro que la inspiración de sus versos viene de una querencia indisimulada por lo que fue aquella vanguardia de principios del XX que puso en cuestión los límites del racionalismo y el sentido de su progreso (cuyos avances científicos y tecnológicos acarrearon el envés de una guerra mundial). En ese contexto de decepción aparecen múltiples movimientos o "ismos", que aun de corta duración, estaban movidos por un objetivo común: la ruptura con la formas expresivas imperantes hasta entonces: sentimentalismos vacíos, sensualidades ornamentales modernistas o hueras sonoridades métricas. La poesía buscaba una nueva dignidad.

Manual de pájaros extintos bebe sobre todo de esas fuentes. Hay poso de aquel imaginismo que confiaba en la imagen como medio de una expresión poética liberada de ataduras formales. Y  evidencias de un notable apadrinamiento surrealista en el flujo brillante de palabras y escenarios que tienen quizás un impulso consciente, pero cuya ligazón final la auspicia un inconsciente poético que revela asentadas capas de lecturas e imágenes pictóricas. En esa veta se nutre la creación de Emilio Amor.

Como queda apuntado, la poesía que se está reseñando no admite interpretaciones restringidas (más que un proceso comunicativo, pretende una comunión sensorial: transportar al lector a un mundo literario, sonoro y visual en el que se le alienta a una percepción más que del significado, de la belleza a que aspira la obra). No obstante, en lo posible, sí quizás sea conveniente acotar las motivaciones sobre las que se cimienta este mundo de sensaciones, ilustrado, someramente, por algunos trabajos pictóricos del propio Emilio Amor.

El tono general del poemario es elegiaco. No es sino un canto de pérdida que lamenta el ocaso de una vida anterior. Esa extinción titula el propio libro: Manual de pájaros extintos, y se remarca todavía más con la cita que lo preside: “Todo lo que perdí, volverá con las aves”, de Jorge Guillén.

El libro está dividido en cuatro partes, tituladas como se detalla y encabezadas, cada una, por las citas que se trascriben:

Manual de pájaros extintos  (“En realidad hoy nadie sabe lo que es la noche”, de Antonio Colinas).
Imán de soledades (“Sabedlo al menos por mí, todo hombre tiene la estatura del desastre”, de Leopoldo María Panero).
La dulce llaga (“Y atravesando dulcemente llagas”, de Antonio Gamoneda).
Petite morte (“Mala puta la muerte y su caballo galopante”, de José Manuel Caballero Bonald).

El campo semántico al que aludimos como eje argumental del libro de Emilio Amor, la pérdida, sigue manifestándose en el título de esos capítulos: “extintos”, “soledad”, “llaga” y “morte” (en los dos últimos términos como pérdida de salud y vida); y en los versos de los autores citados: “noche” (pérdida de luz), “desastre” (pérdida por desolación), “llagas” y “muerte”.

Sobre esta modulación melancólica se alza el contraste expresivo de la escritura, cosmopolita (que no culturalista), colorida, brillante en alusiones e imágenes. Como dicen los propios versos (pág. 28), “Sobrevive el vértigo. (…) Este es el precio de la tristeza, la persistencia de la lucidez”. La extinción misma alumbra el acto creativo. “Hay que avanzar aunque el cansancio acose / y acuse a los corceles de la vida” (pág. 29). Ese esplendor mantiene encendida cuanto puede la llama de la esperanza, pero no es menos cierto que a veces es incapaz de sobreponerse al declive de la vida, a esos versos que olvidan, por un momento, la figuración y se vuelven crudamente aseverativos, doloroso y sinceros: “Existir es claudicar cien veces: / los amores perdidos una tarde, / los trabajos forzados por necesidad, / los hijos que se alejan en aviones vibrantes / hacia un destino incierto y sin fronteras, / y la salud mellada por los años” (pág. 71). Ahí está la extinción, la soledad, la llaga y una considerable dosis de muerte, la que nos va inyectando en vena cada uno de nuestros días.

Las aves de este catálogo volaron un día, fueron libres, desplegaron en el cielo sus alas y son sobre la taxidermia de este poemario la alegoría de un mundo que se alzó por encima de las ataduras a que nos somete el tiempo. Palomas, vencejos, búhos, abejarucos, ícaros, cisnes, golondrinas, águilas, halcones, pavos reales, pegasos, torcaces, lechuzas y, sobre todo, gaviotas. Esos son los pájaros del aire. Pero hay otros, indomables animales libres, que siguen volando en la memoria del autor y constituyen, dentro de la elegía global, dos elegías particulares hermosísimas: la que le dedica a su bisabuela, Josefa Ibars Mendoza (pág. 22): “Era funambulista / y en su pelo de nieve anidaban vencejos. (…) Tras refugiarse en Francia, con mi madre muy niña / y sin muñeca de trapo, / se enroló en el circo de los titiriteros. / Josefa Ibars Mendoza tenía un arca azul / y de noche cantaba sobre un barreño de latón”; y la segunda, y para uno la más sobrecogedora (sobre todo después de ver cómo el autor la recita con el corazón en los labios), el ragtime dedicado a nuestro añoradísimo Juan Garay: “Llevas en la mochila la mitad de mis sueños, / la belleza en el rostro de la madre que llora. / Llevas un detector de claridades, / la inteligencia de la ausencia. / Y mi canto se vuelve un llanto contenido, / un grito atragantado y sin cordura, / la incertidumbre atroz de la partida. / Ya no quiero esperar, nadie me aguarda” (pág. 57).

Son muchas las intuiciones que la lectura de este Manual de pájaros extintos pueden despertar en el lector que en él recale, las relaciones que pueden adivinarse con los libros anteriores de Emilio Amor (sobre todo en la manera de decir, más que en lo que se dice), los versos casi aforísticos que asoman aquí y allá en estas páginas (“A mis antepasados les bañó el mismo mar” —pág. 23—;  “la nada es el refugio de los dioses” —pág. 33—; “El laberinto es / la única forma de conservar la nada” —pág. 42—; “Así pasa la vida, inútilmente, / como el lince que acecha en el cercado” —pág. 69—), las evocaciones espaciales a que nos convoca… Todo ello es posible cuando la poesía tiene una vocación tan libérrima de significaciones. Con ese espíritu debe ser leído y, quizás, si en estas líneas se ha acertado, con la interpretación global para el conjunto que, en clave de elegía, se le ha adivinado desde esta reseña. Uno sólo espera que para “reinar sobre esos ojos tristes” de la vida, Emilio Amor siga escribiendo por mucho tiempo “deprisa y sin aliento” (pág. 78), como tantas veces vivió.

jueves, febrero 16, 2017

Una lectura de Vísperas de nada, por Mar Braña

Sobre Vísperas de nada, José Carlos Díaz
XXIII Premio certamen novela corta “J.L. Castillo-Puche” 
por MAR BRAÑA

Albert Henrich

Retrato del pintor A. M. Tränkler
Existe un gran número de escritores dispuestos a desentrañar los misterios de un cuadro. Tres premios Nobel como son José Saramago, Mario Vargas Llosa y Orhan Pamuk se vieron en su día atrapados por el entramado pictórico con sus tres respectivas obras Manual de pintura y caligrafía, El Paraíso en la otra esquina, y Me llamo Rojo. Otras tres novelas muy breves han abordado la mirada del pintor y de sus cuadros: El túnel, de Ernesto Sabato, Maestros antiguos,  de Thomas Bernhard y Arte, de Yasmina Reza. Tenemos también en este “subgénero  literario” Worpswede, el magnífico ensayo que Rilke dedicó a la colonia de pintores del mismo nombre; Los reconocimientos, de William Gaddis; La montaña blanca, de Jorge Semprún; Dejemos hablar al viento, de Juan Carlos Onetti, y la prosa inimitable e infecciosa de Pierre Michon,  que encripta el haz y el envés del ensueño pictórico en dos obras: Señores y sirvientes y Los Once. Podríamos ampliar la lista. Aún nos quedan unos cuantos títulos de más vendidos como La tabla de Flandes, de Arturo Pérez-Reverte, La cena secreta de Javier Sierra,  La joven de la perla de Tracy Chevalier o Riña de gatos, de Eduardo Mendoza. Aún citaré tres más: El palacio de la Luna, de Paul Auster,  sobre la desdichada vida de Ralph Albert Blakelock y de cómo la luna se convirtió en uno de los elementos obsesivos de sus pinturas, La pintura del monstruo, de  José Emilio Iniesta González,  protagonizada por un profesor de Historia del Arte apasionado por la pintura tenebrista de Caravaggio y, por último, El jilguero.
Mar Braña Gancedo

Me centraré  en esta novela  en la que Donna Tartt  utiliza el cuadro del pintor holandés Carel Fabritius para  la portada, el título y el símbolo de su narración. Casi sucede lo mismo con A.M. Tränkler, si bien en el caso de Vísperas de nada es un proverbial refrán el que propone el título a esta novela breve. Otro paralelismo es que Theo Decker, al igual que hace Héctor Bueres,  permanece encerrado durante días entre cuatro paredes, fumando sin parar, bebiendo vodka y masticando miedo. Una semejanza más es que los dos tienen una historia larga y ninguno sabe cómo ha llegado hasta el punto descentrado en un mundo con el eje torcido en que hallan como dos líneas paralelas, aquejados ambos por un realismo brutal y sobrevenido. Sin embargo, la gran diferencia entre ambos protagonistas es lo mucho vivido por uno y lo que le queda por vivir al otro. En Vísperas de nada, Héctor Bueres se queda mirando el cuadro de Albert Henrich, el Retrato de Tränkler, en El jilguero, es la madre de Theo la que contempla incansable el cuadro, símbolo de la fragilidad, el vuelo y el canto. Hemos añadido, pues un nuevo título, y un gran autor, José Carlos Díaz, a una literatura que nos viene que ni pintada.
Algo que me llama la atención sobre la trama escogida en esta ocasión por José Carlos, es la huella que las relaciones personales dejan en los escritores. A Galdós le atraían los artistas y solía colocarlos cuidadosamente entre los personajes de sus obras. Son conocidas las relaciones entre Galdós y algunos pintores de su tiempo  lo mismo que  la sólida relación que José Carlos mantiene con algunos miembros del grupo de artistas Extremófilos.
Asoma casi de puntillas, El retrato de Dorian Gray, pero en Vísperas de nada, en vez de ser el cuadro el que absorbe toda la podredumbre moral del protagonista, parece ser el protagonista el que busca la complicidad tenebrista de su alma gemela en el cuadro de Tränkler, igual que en la novela ya citada de Auster, es la luna la que parece dominar a Blakelock.
El preludio de las Vísperas es una cita de La edad de hierro de Coetze. Tampoco es ninguna casualidad,  existe una relación muy especial entre la dama protagonista y el vagabundo, basada en la desesperanza y el sufrimiento. Y existe también en esa narración, un texto dentro de otro texto, la carta que escribe la señora Curren a su hija que no puedo dejar de asociar con la carta que escribe Alina a Héctor explicando cuál es la situación a la que no cabe sino enfrentarse.
Como la protagonista de Vértigo ante el cuadro de Carlota Valdez, Héctor permanece mirando el que habrá de ser su retrato. Busca quizá las diferencias, las semejanzas, el fracaso invisible que los une. El lienzo engulle al espectador del mismo modo que toda composición de Edward Hopper integra al observador, pues pinta para quien se complace en mirar temiendo (o deseando, que a veces es lo mismo) la mirada del otro. Hay una estrecha relación entre imagen y observador. Los cuatro personajes principales se observan, unos posando, mostrándose desnudos a merced de cualquier deseo que rompa la inercia de su vida en permanente estado de reposo, de letargo sombrío. Alina busca esa fuerza capaz de modificar su hibernación de sofocante calor y la encuentra en Conrado, en sus cuadros llenos de luz y la temperatura clemente de su casa. Eusebio, el fiel amigo, no pierde detalle de la situación por la que atraviesa la pareja y pinta la ocasión de salir del patatal en que se entierra con una grúa improvisada de buenas intenciones que será el germen de la tragedia. Héctor, cada vez más oscuro y prisionero de su propia incertidumbre, ignora todavía si lucha por entrar dentro del marco con la mirada esquiva o es Tränkler quien mira hacia el suelo con el fin de saltar para poseerlo. “Días de mucho, vísperas de nada”, dice el sabio refrán, frase lapidaria donde las haya. La abundancia puede tornarse necesidad por el menor quiebro de la rutina. Los contrarios deben permanecer  siempre en equilibrio. Es tarea humana controlar el contrapeso. Héctor y Alina lo intentan, cada uno con su propia clandestinidad.
Destacan las descripciones psicológicas de los personajes, su estado de ánimo, como el balance negativo de una empresa con demasiadas pérdidas y la impecable factura de los párrafos, casi pinceladas en las hojas, uno las va pasando como los días, de una en una esperando el desenlace. Y destaca también la presencia de un narrador que no es ajeno al riesgo de ciertas hipérboles: “muchos asertos se columpian entre lo noble y lo grotesco”, leemos  en el capítulo XIV.
Me emociona especialmente el capítulo X de los XXI, el nudo que atenaza la trama,  y ese duelo constante entre las sombras y la luz. Héctor es la sombra, el peso implacable del calor perfeccionista hasta la asfixia, pero la sombra sólo existe si hay luz. Alina deviene la luz de las tinieblas de Héctor, el foco que va perdiendo intensidad, apagándose por las deudas, que, inexorables, van pasando factura mes a mes. Cuando Eusebio propone una pequeña trampa para volver a tener algo de claridad, se pierde por completo el equilibrio. La noche se hace perenne en la vida de pareja y la integridad moral del protagonista está cortada sin que pueda afrontar el cargo de un nuevo enganche. Conrado es, a su vez,  la luz al final del túnel que atraviesa Alina, debatiéndose en un continuo claroscuro introspectivo. Un objeto ardiente enciende todo lo que toca, pero un objeto tibio pierde su calor si se le acerca otro objeto frío, de ahí que la tibieza de Alina se decante por conservar su propia temperatura al lado de Sómbix.

Quién es quién. Al final no se sabe si sale Tränkler del cuadro o es Bueres quien entra. Ambos están jodidos, solos y bien jodidos. Después de todo, poco importa, Héctor había aceptado fingir seguir siendo quien ya no era, he ahí el germen de su pérdida de identidad moral. Si ya no puede seguir siendo él, buscará a aquel que más se le asemeja. El afamado pintor deja paso a la firma de Alina, ajena, casi como si esa alienación saliera de su propio nombre,  sentenciando su último cuadro. Ningún nombre de los personajes es casual. Conrado arrastra la honradez de trampantojo antepuesta  a su apellido con sonoridad de zombi; Eusebio, cuya traducción del griego sería piadoso, es quien ha dado origen a la vida artística del pintor y será el encargado de recoger su cuerpo sin vida, igual que la Virgen recoge el de Jesús en la obra de Miguel Ángel. Eusebio está situado justamente entre el éxito o el empeño, éste último en su acepción más piadosa de escalada. Queda, sustituyendo a la pluma del cuadro original,  el talón, el punto débil que hace vulnerable al héroe, Héctor, el antagonista de Aquiles. 

miércoles, febrero 08, 2017

Vísperas de nada, por María Victoria Carpena

Extracto en lo que sigue gran parte de la presentación que hizo de mi novela María Victoria Carpena, pintora y profesora de dibujo (hija del gran pintor yeclano Fernando Carpena), el jueves 26 de enero en el salón de actos del Instituto Castillo Puche de Yecla (gracias a ella por sus palabras y gracias a todos los que nos acompañaron allí ese día):

Quizás se sientan sorprendidos viéndome aquí para presentar este libro. Yo también lo estoy. No soy escritora ni filóloga. Trabajo desde hace años como profesora de dibujo, pero también soy pintora y pertenezco a una familia de artistas que inició mi padre, Fernando Carpena. Ha sido mi relación con el mundo del arte la que me ha traído a esta novela. Vísperas de nada nos narra una historia protagonizada por personajes que se mueven en el ámbito artístico.
Pero antes de entrar de lleno en el libro, me gustaría hablar de mi relación con el Premio Castillo Puche. Conocí a José Luis Castillo Puche de pequeña, cuando en alguno de sus viajes a Yecla venía a casa con mi padre. Subían a su estudio y le mostraba sus últimos trabajos, los innumerables dibujos preparatorios, los bocetos para la realización de nuevos cuadros. Tenían más o menos la misma edad, eran de la misma generación. José Luis vivía en Madrid y mi padre había pasado allí su juventud, en plena posguerra y antes de volver a Yecla, donde pasó el resto de su vida. No sé de qué hablaban pero tenían en común ser yeclanos y artistas. Al fin y al cabo mi padre pintaba la Yecla fría y dura de posguerra, la misma que José Luís Castillo Puche nos dejó plasmada en una parte importante de su obra. Desde aquí mi recuerdo y homenaje a ambos.  Mi relación con este premio de novela corta empezó cuando Martín Martí, que ha sido durante muchos años el coordinador de este certamen, me pidió que colaborase con la edición de las novelas realizando el diseño de la colección y de algunas portadas, como la otra novela relacionada con el mundo de la pintura, La piel que te hice en el aire, de Rafael Marín. Ahora me toca ir un paso más allá y presentar esta novela.
Vísperas de nada, que,  como ya hemos dicho, tiene como protagonista al mundo de la pintura. La novela comienza con el pintor Héctor Bueres, personaje principal de esta novela, en el museo Thyssen de Madrid,  mirando un cuadro, el mismo cuadro que ilustra la portada de este libro: Retrato del pintor A. M. Tränckler. Este retrato es un elemento clave en la historia, aparece en momentos cruciales de la trama y se convertirá casi en un personaje más de la narración. El retrato de A. M. Tränckle fue pintado por Albert Henrich en 1926. Ambos pintores se movieron en el ambiente artístico expresionista que apareció en la Alemania de entreguerras. Como su nombre indica, en el arte expresionista prima la expresión de los sentimientos frente a la fría descripción de la realidad. Qué sentimos, quiénes somos por dentro frente al relato de lo superficial. Albert Henrich formó parte de la corriente artística alemana denominada Nueva objetividad, pero a pesar de su intento de ser objetivo en la descripción física del modelo, acaba mostrándonos la tristeza del pintor retratado, A. M. Tränckler: “un tipo digno en un mal trance”. Esta frase que aparece en la primera página de la novela puede servirnos como resumen de la historia protagonizada por el pintor Héctor Bueres, quien también es un “tipo digno en un mal trance”. Pintor reconocido por el favor de la crítica y de los coleccionistas en sus primeras exposiciones, asiste a su derrumbe personal y profesional intentando no perder la dignidad. La evolución de su pintura  le ha llevado por caminos figurativos frente a una primera etapa abstracta. Este cambio no será bien aceptado por un mundo artístico que en el libro aparece definido como:  “…frívolo universo pictórico, que acoge igual a genios y a farsantes, a mercaderes sin escrúpulos y a críticos resentidos, a galeristas petimetres y a coleccionistas maleables”. A partir de ese momento su vida se encuentra abocada a una serie de pérdidas que, poco a poco, irán minando su ánimo: la falta de reconocimiento y de ingresos, la llegada inexorable de la vejez y la pérdida del cariño de su mujer, Alina. En estas circunstancias, solo el alcohol le ayuda a recuperar la confianza en sí mismo. Tanto Alina como los otros personajes que aparecen en la novela, pertenecen al mundo del arte. A su mujer la conocerá posando para él, como modelo. Su galerista, Eusebio,  y  un profesor de Bellas Artes, que también es pintor, completan el conjunto de personajes alrededor de los cuales gira la historia. El amor, el arte y la traición son los temas fundamentales de la obra. La traición del pintor a su estilo, se mueve en paralelo con la traición amorosa y ambas dejan una huella irreparable en sus protagonistas. 
María Victoria Carpena
José Carlos Díaz organiza su novela en capítulos cortos, utilizando una narrativa ágil y a la vez llena de poesía, que analiza en profundidad los sentimientos de los personajes. Nada sobra y nada falta en esta obra perfectamente estructurada.  Al final volveremos sobre el cuadro con el que comenzó la obra, cuando la identificación obsesiva de nuestro protagonista Héctor Bueres con el pintor A. M. Tránckler termine cerrando el círculo de esta emotiva novela. Tras la lectura del libro, nos quedan abiertos temas de reflexión muy interesantes. Personalmente destacaría el problema del estilo. El artista necesita libertad para realizar su obra  y así poder evolucionar a nivel creativo. Si le negamos su capacidad de cambiar,  acabará convirtiéndose en un artesano, que repite su obra una y otra vez.
Por último, destacaremos el dilema en el que se encuentra nuestro protagonista, y que todos vivimos alguna vez en nuestra vida: ¿Qué somos capaces de hacer por amor? ¿Hasta qué punto podemos llegar a traicionar nuestros ideales, de vendernos por un plato de cariño? En una primera lectura el libro me emocionó, pero en las lecturas siguientes realizadas desde un punto de vista más analítico, no dejó de emocionarme. Escrita en tercera persona, la voz del narrador se hace presente en algunos momentos de la obra, realizando profundas y acertadas reflexiones sobre el ser humano. José Carlos Díaz, en su condición de poeta, utiliza un lenguaje que aporta una gran riqueza de matices a la evolución íntima de sus personajes, enredados en una trama perfectamente construida. Por su gran calidad literaria y su preciso análisis del alma humana, les invito a que lean y disfruten esta magnífica novela.
María Victoria Carpena



Uno, por su parte, si se viera en el brete de resumir lo que la novela cuenta o pretende, creo que recurriría a unos versos de José Luis Argüelles, quien en un poema titulado Una lectura de Goehte escribía: ¿Cómo soportar la vejez / sin un poco de amor / o algo de gloria? 

sábado, enero 28, 2017

Estampas levantaninas (y VI)

Amanecimos a las nueve. En la reducida habitación del hotel. Enrecovecada en una esquina de la octava planta. Mientras C. se aseaba, uno le echa una ojeada en la tablet a las noticias de Yecla, por ver si hay algo de lo nuestro, lo que aquí nos trajo. Encuentro unas cuantas fotos. Se las envío a Chlelo Sierra. Responde pronto agradecida. Paseamos luego por las orillas del Segura. Este sí que parece un río y no el Vinalopó. Pasamos de nuevo por delante de las puertas del Museo Gaya y dan ganas de apurar en sus salas lo que nos queda en la ciudad. Y hasta nos acercamos hasta la plaza de la catedral, animada por el sol y con sus terrazas concurridas. Luego, en poco más de una hora llegamos al aeropuerto. Retornamos el coche alquilado. No se ha portado mal. Tampoco la semana con nosotros. Día luminoso. Luz mediterránea, o casi, por primera vez desde que llegamos a estas tierras, y justo cuando ya nos vamos. Hacemos tiempo antes de coger nuestro vuelo de regreso. A través de las cristaleras del aeropuerto se ve el mar, quizás a no más de un kilómetro en línea recta. Se asoma como puede entre la dentadura desigual de las urbanizaciones de apartamentos. Resalta su azul intenso bajo el cielo desvaído por el frío. 


viernes, enero 27, 2017

Estampas levantinas (V)

Murcia. Hemos preferido cenar un tentempié en el hotel. Nos sentimos cansados. Esta itinerancia  nos ha ido mermando fuerzas. C., además, se ha constipado. Quizás fue el frío que pasamos mientras comíamos en Guadalest hace un par de días. Hoy hemos madrugado. Después de la presentación del libro ayer en Yecla y de la cena posterior, cuando nos fuimos a la cama eran la dos de la mañana. Así que haberse puesto en pie a las ocho no ha sido poco madrugar en esta habitación definitivamente espaciosa, bien calentada, con un baño también amplio, pero decorada como la alcoba de una abuela de pueblo, donde sólo se echa en falta una muñeca que pestañee sobre la colcha y un tapete de ganchillo bajo el televisor. Largos pasillos de suelo encorchado. Pinturas de una vanguardia que arrastra una retardo irremediable. Y en la recepción un anciano de cara redonda, pelo escaso, encanecido, cortado a lo cepillo. Cuello corto. Figura contundente en volumen, pero atemperada por su propensión a la circularidad: rostro hogazudo, manos gordezuelas y panza redonda. Con traje gris marengo que le tiraba por las costuras y con brillo de uso en las coderas. Como comprado unos kilos antes. Camisa blanca, amarillenta ya de mucha plancha, y corbata negra y estrecha. En conjunto, casi uniforme de tanatorio. Cachazudo. Al verlo, lo supuse uno de esos propietarios de negocios que siguen, a pesar de su edad avanzada —por encima del umbral de la jubilación—, cuidando de lo suyo con recelo de patrón hecho a sí mismo. Y sin embargo, cuando sin mucho reparo pegó  la hebra y contó y dejó rodar —circularidad oral— sus recuerdos, venimos a saber que no es señor sino vasallo, que su elegancia es la de un portero anticuado y que como tal permanece por culpa de sus hijos, cuatro, a los que no pudo encauzar a tiempo y le han robado salud, alegría y años de retiro. Que hasta tiene uno en busca y captura por tierras catalanas. O eso entendemos antes de que cortemos bruscamente la conversación por no amargarnos ni ayudar que este buen hombre se abra las venas de pena sobre la recepción. Una vez dejada la estancia, y tras desayuno de aliño, nos fuimos al Instituto Castillo Puche, que era mañana de gachamigas y nos habían invitado a compartirlas. Las gachamigas, según vimos, se hacen calentando en fuego de lumbre una sartén con aceite, añadiendo un puñado de sal para que no salten los ajos que van después y que han de sofreírse. Echando a continuación un puñado de harina que ha de chupar todo el aceite formando un pasta seca que debe aligerarse, poco a poco, con agua, revolviendo la mezcla en el sentido de las agujas del reloj justo hasta que se despegue del fondo, dorándola por un lado entonces y luego por el otro. En esa especie de torta resultante se van untando, en la misma sartén, trozos de buen pan y se come así, caliente y jugosa. Tan sabrosa con esos cuatro ingredientes que parece imposible esa maestría de lo humilde. Había a lo largo y ancho de los patios del instituto un montón de hoguerillas y sartenes donde alumnos y profesores se esmeraban en la preparación de las gachamigas. Y hasta algún abuelo sentado sobre trébede y con gorrilla de campo en la testa enmendaba con mano experta los titubeos en la cocción de los adolescentes. Probamos de varias y todas estaban buenas, aunque excelente era la que compartían en una mesa aparte la mayoría de los profesores, trufada de ajos tiernos, con una textura temblorosa de tetilla novicia y un sabor glorioso. Por allí compartimos impresiones con el hijo de Castillo Puche, al que se le veía acumular catas con gusto y conversar por cualquier rincón, que es persona afable y tertuliano ameno. Y con algunos docentes que habíamos conocido el día anterior y que nos pusieron al corriente de lo que era aquella tradición. Nos despedimos agradeciendo a José Antonio Ortega, director del centro, sus atenciones y llevándonos encima un olor a humo de trashumante. Pusimos rumbo a Murcia a través de un paisaje muy árido hasta Jumilla, donde el viñedo da vida al suelo. 
Nada más dejar los bártulos en el hotel, caminamos hasta el museo de Ramón Gaya, que teníamos casi al lado, en la animada Plaza de Santa Catalina. Ocupa una casa solariega pintada en colores amarillo pálido y blanco, con balcones enrejados y unos óculos laterales que iluminan su escalera interior. Tiene frente a la entrada, por guardia de corps, unas jacarandas espigadas. Gaya había donado en los ochenta un centenar de sus obras a la ciudad de Murcia cuando fue homenajeado allí por algunos de sus amigos al cumplir setenta años. Se le nombró entonces también Hijo Predilecto por el ayuntamiento. A esa primera donación, siguió otra compuesta por una serie de cuadros de su época mejicana. El municipio adquirió entonces la llamada Casa Palarea, que se convirtió en el Museo Ramón Gaya en el año 1990. Nada más entrar, nos paseamos por la exposición temporal instalada en la planta baja: Los sernas de Ramón Gaya y los gayas de Pedro Serna. Óleos y acuarelas entre los que se incluyen el retrato que Gaya realizó a Pedro Serna, o los numerosos homenajes que le dedicó, al incluir en sus bodegones pequeñas reproducciones de sus obras. Así que, casi en un juego de espejos, se puede contemplar el original de Serna y los homenajes que le rinde el maestro, Gaya, quien también firmó el cartel de una exposición de Serna en la galería Chys, colgado junto al boceto en tinta sobre papel de un Serna dibujando. Qué diálogo más emotivo ese en el que, a través de los cuadros, se escuchaba hablar a los dos amigos pintores en un mismo tono de voz, pausado, bajo, justo de palabras, pero cálido y afirmado en certezas compartidas. Y allí y así andábamos, viajando de la huerta murciana a Roma y Venecia, guiados por los apuntes de los pinceles de Serna y Gaya, cuando para nuestra sorpresa se nos acercó un hombre enjuto, de frente más que despejada, ligeramente vencido de hombros, con una mirada que casi pedía permiso para alcanzarnos, una voz suave, una sonrisa contenida, bondadosa, y un deambular dubitativo. Pedro Serna. No recuerdo exactamente qué fue lo que nos dijo. Sólo sé que durante unos minutos me sentí dichoso de que alguien que nos estaba dando tanto placer a través de su pintura tuviese la enorme humildad de acercársenos y compartir su gratitud por la atención que poníamos en sus lienzos. Hablamos de Gaya, de Trapiello, de los lugares evocados por sus acuarelas. Y parecía a gusto en la conversación y sin prisa por dejarnos aun estando, como estaba, requerido por, creo, unos periodistas que iban, suponemos, a entrevistarlo y a los que terminó acompañando ante nuestra insistencia de no demorarle en la cita pendiente. Fue un encuentro breve y hermoso. Fue una lección de generosidad y de sencillez. No le extraña a uno que Gaya, que se había prometido no hablar de pintores vivos, rompiera su promesa para hablar de Serna, para decir que “lo primero que diría de estos trozos de pintura es que están vivos, sencillamente vivos (en una obra de creación verdadera, el hecho de estar viva no viene a ser, exactamente, un valor, uno de los muchos valores que la componen, que la forman, sino una categoría, su categoría máxima, suprema, y, claro, su condición indispensable, porque sin el misterioso y diminuto soplo de lo vital no hay obra alguna de creación, sino mero artefacto); estas pequeñas pinturas han sido dichas como en voz baja y, al mismo tiempo, con fuerza, con un vigor, diríase, tiernísimo, primaveral; la dicción es de trazo muy fuerte, muy enérgico, aunque amansado, quizá, por una decidida hermosura, ya que la pincelada de esa dicción, de ese trazo, aparte de expresiva, es de una gran belleza, ¡como en los buenos tiempos!; no de una belleza estética, esteticista, sino natural. En la naturaleza, en el paisaje real de la naturaleza parece como si, de pronto, se formaran unos pequeños nudos, es decir, unos pequeños enigmas; a veces es tan solo un acento especialísimo de la luz, o una... musicalidad de la distancia , o del aire. Pedro Serna es muy sensible a todos esos misterios a pleno sol; en su pintura parece haber querido, con inspirada modestia, ir desatando los nudos que encontrara en la realidad del paisaje”. Insistía mi mujer para que me acercase hasta el hotel, donde habíamos dejado algunos ejemplares de mi novela presentada el día anterior en Yecla, y le acercase uno a Pedro Serna. Es un texto que tiene por protagonista a un pintor, así que quién mejor que un pintor para leerlo. No me atreví.  Por lo que seguimos viendo el museo, su colección permanente, dividida por épocas en salas, pasillos y escaleras. Lo que más aprecio de la pintura de Gaya es siempre lo más ligero, sin que ello signifique que esté esto falto de peso —que lo tiene, el de la experiencia con la que llega a esa ligereza—, sino desprovisto de nada que ya no sea esencial (“…la vida no puede ser espiada, indagada, investigada, juzgada, ni siquiera entendida, sino... comprendida, aprehendida. Comprender es acoger, acoger algo en su totalidad esencial, o mejor, en una esencialidad que resultaría ser su totalidad”). La obra de madurez, casi de vejez, es una maravilla de simplicidad y perfección. Los bodegones, los paisajes, los autorretratos, alguno de los muchos homenajes con que honró la huella que en él dejaron Velázquez, Cézanne, Degas, Murillo... Pasa en un suspiro la visita por mucho que uno se quede junto a algunos cuadros. La alegría siempre nos parece escasa. Ya era hora de cierre y salimos a la busca de un restaurante del que habíamos leído buenas opiniones, El girasol, vegetariano. Dimos con él, pero ya tenían reservado todo su aforo. Así que encontramos cerca un local pequeñito, también de inspiración vegetariana, El Mallorquín, y allí probamos. No estuvo mal el menú: ensalada y tabulé, conos de verdura, fajitas de pavo y yogur artesano. Sabroso, a buen precio y con unas cañitas bien tiradas. Al salir llovía y estaba frío. Nos quedamos en el hotel un buen rato. Quisimos a la tarde ver el museo Salzillo, pero cierra tan pronto que nos fue imposible (no parece que las cinco de la tarde sea una hora prudente para echar la persiana). Paseamos entonces por la ciudad hasta la Plaza del Cardenal Belluga, en el centro histórico. 
Allí se dan la mano poder civil y eclesiástico; palacio episcopal, ayuntamiento y catedral. Una vendedora de lotería era por esos pagos la viva imagen de la corte de los milagros, una corte resumida, singular e irrecuperable —no había milagro para ella—: cantaba su mercancía vestida con unas ropas de mujer que, si bien le asentaban en el tronco, resultaban muy desproporcionadas para un cuerpo que de cintura para abajo estaba como menguado, jibarizado por un severo daño óseo. La desventura siempre ha limosneado en este país a la puerta de la iglesia, o de sus palacios, como este de Belluga, caviar napolitano de paredes tintas y faroles cálidos que comparte escenario con un actor joven, que luce envarado y tiene aristas de galán en su rostro: el edificio levantado por Moneo para acoger algunas dependencias municipales y que se hace sitio, un poco a codazos, en esta hermosa plaza. A las gachamigas tempraneras no llegó a tiempo María Victoria, que me llama a la noche por teléfono por disculparse, aunque no haya motivo alguno para ello. Me había regalado un catálogo de la obra de su padre, Fernando Carpena,  a propósito del que escribí un correo por el que parece complacida. Decía yo en ese mensaje que gracias al catálogo, de una muestra a la que se le dio por título Ritos y costumbres, había podido conocer la pintura del artista yeclano:
Había quedado uno con la curiosidad por conocer su obra y he podido cumplir así ese deseo. Y desde luego ha sido muy grata la impresión que me han producido los lienzos y plumillas que en esta compilación se incluyen. Leí primeramente la rigurosa introducción de Concha Palao, que contextualiza bien la vida y la producción del pintor. El mérito de su constancia en circunstancias tan adversas y aun cuando la vida lo obligó a labores nutricias que poco tenían que ver con su arte. El arraigo en su tierra. La visión que de sus gentes, paisajes y sobre todo de sus costumbres plasmó en cuanto pintó. Y, desgraciadamente, su tan temprana muerte. Sobre esas costumbres se explaya Liborio Ruíz, a mi juicio demostrando más erudición que comprensión de la obra del artista, una obra de la que, sin embargo, sí hace una interpretación muy interesante Vicente Chumilla (al que, sin conocer, le presumo persona de carácter).  A la luz (o al claroscuro, quizás podría decirse) de lo que se muestra en el catálogo, el legado de Fernando Carpena merecería, si no lo tiene, un reconocimiento acorde a su calidad, que uno cree no deba juzgarse con baremos localistas o regionales, sino en comparación con la pintura que se hacía en el país en esos años. Hay originalidad y magisterio, un pulso expresionista que quizás beba fuentes solanescas o goyescas (pinturas negras), una turbadora visión de los ritos festivos, de la práctica religiosa o de la vejez. Una luz de un levante interior (nada sorallesco), sino mucho más castellano. Un levante azoriniano. Personalmente, me ha subyugado La bajada del Cristo, esa inclemencia climática, ese árbol desnudo que todo lo preside, esos rostros ocultos (salvo el del propio autor, atento en su frío moral a lo que le rodea), esos colores apagados, ese cielo opaco y ese sarcófago que brilla entre tanto abatimiento, pero que, sin embargo, parece casi vacío. Gracias por este regalo inesperado que guardaré con mucho cariño. Tienes que estar orgullosa de la obra de tu padre y lamentar que se fuera tan pronto.” Que de mi novela hubiese apreciado María Victoria seguramente más de lo que en realidad tiene, se debía, según pude saber en esa conversación telefónica de última hora, a ciertos paralelismos entre la vida del protagonista y la de Fernando Carpena, que murió demasiado joven y a quien, como al Héctor Bueres de Vísperas de nada, lo consumió quizás la falta de reconocimiento a su obra, un vacío que a veces se conjura entre copas y que siempre vuelve infinitas las noches.

jueves, enero 26, 2017

Estampas levantinas (IV)

Esta itinerancia no permite apurar lugares. Vemos resúmenes de los sitios. Quedará más huella fotográfica de ellos que vivencial. El turismo se parece a esto. El viaje es otra cosa. Pero con todo lo entrevisto y sospechado, con lo que uno leyó antes y leerá después para completar el diario de esos días, con las imágenes que se han atesorado, se vuelve el itinerario otra cosa, algo que deja de ser sólo un ir y venir ambulante y está más próximo a lo que se aspira: ser de algún modo y por un tiempo, por breve que este sea, del lugar donde se está de paso. Tomamos un buen desayuno en el hotel y salimos sin pérdida de Elche.
Paramos enseguida en Novelda. Muy cerca de su iglesia de San Pedro. Que es bonita por fuera, con sus cúpulas vidriadas y sus muros en tono cálido, tan propios para el lucimiento del sol mediterráneo. Tiene palmeras que la custodian y una plaza encantadora a sus pies. Por dentro está muy decorada y recargada de imágenes y suntuosidades barrocas. La capilla de la Aurora lucía iluminada y en ella rezaban con devoción varias ancianas y una monja. Novelda se declara modernista. Tiene esa inspiración por sello propio.  Esta tierra fue y es pródiga en mármol, azafrán y vides. Hubo aquí a principios del XX una burguesía terrateniente adinerada e influyente, que obtuvo pingües beneficios de la explotación agrícola, el comercio y las actividades financieras. Y ya se sabe que cuando el diablo no tiene que hacer… Las moscas fueron en este caso labrarse distinción a través de esa estética mundana, de ese lujo más que arquitectónico, mobiliario que es el modernismo. Y de ello se da muestra en un museo que merece visitarse y que permite recorrer las estancias de la casa que se hizo construir doña Antonia Navarro Mira. Una patricia que se casó y enviudó joven. Que pertenecía a una familia liberal moderada. Que viajó a París y Viena. Y que en 1899, siendo su padre alcalde, encargó el proyecto de su hogar al arquitecto murciano Pedro Cerdán, que había estudiado en Barcelona y construido edificios modernistas en Murcia. Si bien se la tiene por una empresaria que gestionó con tino la fortuna heredada, no se sabe a ciencia cierta el verdadero origen de esa cuantiosa hacienda. Un descendiente de la saga familiar apuntó hace unos años, en una entrevista concedida a un periódico, cómo podía haber crecido de pronto aquel patrimonio: “Luis y Francisco Navarro eran el padre y tío de Antonia Navarro. Ambos, antes de la construcción de la Casa Modernista, ya tenían dinero y cada uno vivía en su casa y demás con su familia, aunque en los asuntos de negocios eran como uña y carne. También a los dos les gustaba el juego, y mucho. El caso es que hubo un momento en que se organizó una súper timba en Crevillent, y hasta allí se desplazaron en una calesa muy majestuosa, desde Novelda. Las timbas por entonces estaban prohibidas, pero aquélla debió ser increíble, duró día y pico, y Luis y Francisco tuvieron que ir turnándose para jugarla y no desatender los negocios. El caso es que tuvieron mucha suerte, y ganaron. Las ganancias fueron enormes, por el dinero y las propiedades que se llevaron. Y fue tanto el dinero y propiedades que ganaron, que Luis y Francisco le pagaron 5.000 pesetas de la época a la Guardia Civil para que les custodiaran hasta su llegada a Novelda. Con las ganancias, Luis, el padre de Antonia, dijo de invertir en acciones en un banco, creo que en el Banco de España. Su hermano Francisco no estaba muy convencido, y aunque entró con algunas acciones, no fue tanto como lo hizo Luis, al que le advertían constantemente, porque lo podía perder todo. Sea como fuere, las acciones del banco se multiplicaron. Se hicieron millonarios.”  Cuando el padre murió, doña Antonia se hizo cargo de toda la fortuna heredada. Se casó con Luis Navarro Abad, y quedó viuda ocho años después. Tuvo tres hijos: Carmen, Antonio (que murió de tuberculosis) y Luisa. Daba limosnas, atendía las demandas laborales y gustaba de la vida tranquila, con largas estancias en sus propiedades de La Romana, antigua aldea noveldense cuyo progreso fue empeño suyo. Allí organizaba chocolatadas en las que invitaba a amigos y familiares para que sus tres nietas, que padecían una grave deficiencia mental, pudieran relacionarse socialmente. Así que recopilada la historia, uno cree que tiene una novela dentro. Una folletín de muchas páginas. Una saga con juego, amores, lujo, viajes y desgracias. Un friso histórico, que diría un crítico ortodoxo. En lo más alto del museo, vimos también una exposición sobre el legado de Jorge Juan, marino y científico nacido en estos pagos y del que uno, ha de confesarlo, nada sabía. Quizás por eso —no poco uno no supiera de él, sino porque tal desconocimiento debe de ser general—, se le conoce como el hijo pródigo de nuestra Ilustración. Sus trabajos lo convirtieron en miembro de la Royal Society de Londres y de la Real Academia de Ciencias Francesas, ejerció de espía en Londres y rediseñó el sistema de construcción de los barcos españoles. Participó en la expedición científica que en el XVIII determinó la forma del mundo. En 1734, es designado por la Corona junto con Antonio de Ulloa, como miembro de la expedición organizada por la Real Academia de Ciencias de París para medir un grado del arco del meridiano terrestre a la altura del Ecuador. La misión, dirigida por el astrónomo Louis Godin y el geógrafo Charles Marie de La Condamine, pretendía poner fin a una vieja discusión sobre la forma de la Tierra. De un lado, los que apoyaban a Cassini y Descartes, que defendían que el planeta tenía forma de melón, y de otro, los que seguía a Newton, que aseguraban que estaba achatada por los polos. Para comprobar quién tenía razón, la academia francesa envió una expedición a Laponia, para medir un grado del meridiano en los polos, y otra al Ecuador, en las posesiones españolas en las Américas. La expedición a Quito se prolongó más de 8 años (de 1736 a 1744), en los que Jorge Juan y sus compañeros se vieron en todo tipo de contratiempos. Los expedicionarios midieron el inhóspito terreno en mitad de una guerra y entre acusaciones de la Inquisición para alcanzar un resultado que llegó tarde, pues la expedición a Laponia alcanzó antes las esperadas conclusiones, favorables a la tesis  de Newton. Ya como capitán de navío, en 1748 recibió el encargo del marqués de la Ensenada de viajar a Inglaterra para conocer las nuevas técnicas navales inglesas con vistas a renovar la flota española. Un año después, y con el nombre falso de Mr. Josues, Jorge Juan se embarcó con destino a Londres con una misión de espionaje industrial. Durante 18 meses recogió una relevante información que ayudó a renovar la construcción naval española. Quizás a mi hijo, marino en ciernes, le hubiese interesado este pequeño homenaje que se le hace en el ático de un edificio modernista a alguien que vivió tan intensa y productivamente, y que tuvo siempre al mar por horizonte. Subimos luego hasta el Castillo de La Mola, situado en un pequeño cerro a tres kilómetros de la villa, que fue fortaleza musulmana y ahora es ruina que acompaña, muda de escándalo, al Santuario de Santa María Magdalena, un templo que es remedo torpe del modernismo catalán, en el que se combinan guijarros del Vinalopó, azulejos policromados, ladrillos rojizos y mamposterías varias. Auténtica joya kitsch engastada sobre un árido paisaje, tal y como si se prendiera del pecho de una silenciosa y discreta dama un broche centelleante de bisutería barata. Esa fue la impresión. 
De allí nos dirigimos a Sax. Un pueblo con mucha historia, levantado en torno a un cerro fortificado, donde se estableció, como repoblamiento, tropa musulmana licenciada por su califa allá en el XII. Hacía frío y el cielo estaba plomizo. Las calles lucían engalanadas porque estaba a punto la celebración de moros y cristianos. Todo lo preside el perfil cimero de su castillo roquero, ceñido a la cresta de la montaña y recortado con una altivez muy elegante contra el cielo (en nuestra visita, bajo un cielo amenazante, se resaltaba su inmortal perfil bélico; en un día de bonanza, seguro que le hubiésemos apreciado más aire de mirador que de baluarte). Comimos en un restaurante que por su nombre, Fuente del Cura, presagiaba buen yantar, que los párrocos de pueblo se arriman siempre a los mejores pucheros. Y no estuvo mal el menú ni su postre, un pan de calatrava delicioso. Por pega, la cháchara comercial que sufrimos desde una mesa próxima: un viejo y taimado industrial de telas negociaba con unos cachorros empresariales engreídos el precio, entrega y condiciones de un pedido para la fabricación de estores. Qué cansino resultaba aquel tira y afloja, aquel lucimiento de espolones por unos gallos que en el reto veía uno que iban dejando a medio probar el bocado de sus platos. Hay apetitos más voraces que el hambre. 
Las pequeñas alegrías  de los escritores sin editor. 
De vez en cuando, la sorpresa de un premio literario  la posibilidad de viajar a recogerlo. Esta vez Yecla, de la que uno, a fuer de ser sincero, poco sabía, pero sobre la que uno, por elemental cortesía, indaga. Por saber, entre otras cosas, qué se dijo de ella en literatura. Y vengo a conocer entonces que no sólo Castillo Puche (autor local que da nombre al galardón) tomó como escenario esta villa, sino que lo fue también de las memorias de Azorín, como recuerdo feliz de la infancia, y de algunos pasajes de Baroja, que la describe como villa pobre y rodeada de naturaleza ruinosa y estéril. No ha de extrañar por ello que a los dos institutos de la localidad se les hayan puesto los nombres del monovarense y del autor local —que fue finalmente profeta en su tierra, aun no siéndole fácil alcanzar tal reconocimiento—; y que sin embargo no haya memoria, buena al menos, del escritor navarro. Llegamos a Yecla a eso de las cuatro. Con la ciudad encogida de frío y las calles entristecidas. Encontramos bien el hotel Avenida. Un alojamiento antiguo, de pasillos largos, habitaciones espaciosas con muebles y mantas de abuela. La ventana daba a un patio de vecindad sobre el que se alza la cúpula semiesférica de la Iglesia de la Purísima, decorada en una espiral airosa con teja vidriada azul y blanca. 
Nos echamos pronto a la calle por hacernos idea del pueblo, y con la que nos quedamos no fue otra que de abatimiento por la soledad que se respiraba, que debían de andar las gentes en el trabajo y en sus casas, y los muchachos en la escuela o en sus quehaceres. Desde el teatro Concha Segura, un edificio bonito con una fachada como de casino, subimos hasta la plaza mayor, que nos pareció muy bella y que estaba también muy sola. No tiene gran tamaño, hay unos pocos soportales de arcada renacentista. Desde allí cobijados, vimos enfrente el edificio consistorial, también renacentista, con pórtico y balconada sobre la que luce el escudo de la ciudad, que como casi todas es “noble y leal y fiel”. Hay también una torre con reloj, que saca su frente por encima del resto de edificaciones, y un auditorio, que fuera antaño casa de contratación del trigo. Nos tomamos un té bien caliente en un café concurrido y poco iluminado. Al lado, cuatro parroquianos se echaban un dominó. A las ocho nos vino a buscar al hotel José Antonio Ortega, director del instituto Castillo Puche. A esa misma hora, bajó al vestíbulo también Chelo Sierra, la autora premiada este año. Aunque habíamos intercambiado un par de correos electrónicos, no nos conocíamos personalmente. Estaba acompañada de una hermana y del marido de ésta. Los tres personas discretas y encantadoras. El salón de actos del instituto estaba lleno. Antes de que diese comienzo el acto, nos entrevistaron en un aparte para una televisión local. En esos tragos siempre se acuerda uno de José Emilio Pacheco, que dijo una vez aquello de que: “Después de cada entrevista, me quedo pensando: ¿por qué no le dije esto...? Debería haberle dicho aquello otro... Estoy acostumbrado a escribir, a ver lo que pienso. Y si no veo lo que estoy diciendo, ¿cómo puedo pensar?”. A lo que uno añadiría este trabalenguas: que cuando la cita es televisiva, mejor después no ver lo que uno dijo de lo que no podía pensar por no estar viéndolo. Se hizo lectura del fallo del jurado, se entregó el galardón y la premiada dirigió unas palabras muy bien traídas a los presentes. Después, María Victoria Carpena, profesora de dibujo del centro, pintora ella, presentó mi novela glosándola con un elaborado, preciso y generoso discurso. Recogí el busto de Castillo Puche que no aún no tenía por no haber acudido un año antes a la entrega del premio, una talla dorada que es fiel a la imagen del escritor yeclano en su vejez, barbado y con melena, y que, como todo oropel, pesa demasiado. Hube luego de dirigir unas palabras a los asistentes. No llevaba nada escrito, pero sí al menos someramente pensado. Y ya que de la novela se había hablado tan bien por María Victoria y quedaba expuesto su argumento e intenciones, me pareció oportuno incidir en la conveniencia de que los centros públicos de enseñanza mantengan costumbres tan sanas como la de los premios literarios. Dije algo así como que uno viene de la poesía  y que como poeta tiene entre sus referencias de cabecera a Joan Margarit. Que el catalán dijo una vez, y cité grosso modo, que  “el ser humano vive en un universo cruel y brutal. Gracias a la Ciencia y la Técnica se defiende de la agresión de ese universo apretando un botón… Pero la intemperie moral nos alcanza a todos: pérdidas, errores, catástrofes personales. La muerte de un ser querido, sentirse abandonado por tu cónyuge… Entonces, ¿qué botón apretamos? Sólo nos quedan las letras, pero leer a Montaigne cuando nos ocurre una desgracia es demasiado tarde, hay que tenerlo leído antes. De ahí la importancia de las Humanidades en la educación.” Y de ahí que el apoyo a la creación sea tan meritorio en esos ámbitos educativos, porque no otra cosa han de ser las humanidades en la escuela que un escudo protector contra las inclemencias de la vida. Y en eso tan trascendente andaba cuando se puso a sonar, como si no hubiese mañana, un móvil en la primera fila, la de autoridades. Se me fue el santo al cielo y terminé como pude trayendo a colación otra cita, esta de Magris, que decía aquello de que “la literatura no salva la vida, pero ayuda a darle sentido”. 
Pues eso. Mientras, el propietario del móvil silenció finalmente y no sin esfuerzo y tiempo aquella inoportuna estridencia. Hubo luego algunas intervenciones más, que no se alargaron y resultaron muy digeribles. Rematándose todo con unas piezas musicales al piano interpretadas por un par de alumnos del centro. Había un ágape para todos en un salón anejo, pero a uno le tocó firmar libros, con dedicatorias que querían ser originales y daban por ello un trabajo al que no se está acostumbrado ni para el que, debe admitirse, se está especialmente dotado. Fue tan larga la cola a atender que al final sufría uno los estragos de una incipiente epicondilitis, que era en la ocasión más codo de best-seller que de tenista. Del pincheo ya no quedaban ni las sobras, y de haberlas habido tampoco las podría haber probado, que allí mismo hube de firmar más librillos. Fuimos, no obstante, enseguida a cenar, en el Aurora, un comedor vetusto donde compartimos mesa los premiados con alguna autoridad municipal, el hijo de Castillo Puche, la dirección del instituto y con mi querida María Victoria Carpena, que había salido con nota del, para ella, desacostumbrado paso de presentar una novela sólo unos momentos antes. La velada fue muy agradable y se mantuvo la llama de la conversación hasta casi las dos de la mañana, sin que en ningún momento fuese ese fuego pavesa. A la habitación llegó uno rendido, y un poco tal y como decía Víctor Botas en su poema Cástor y Pólux: “tan jodido / y feliz / como furcia de hotel en noche de congreso”.

miércoles, enero 25, 2017

Estampas levantinas (III)

Memorable amanecer. Casi escénico. Me despertó C. al ver cómo se estaban poniendo de bonitos los cielos mientras uno seguía pegado a las sábanas. Me eché un poco de agua a la cara por lavarme el sueño restante y bajé enseguida a la playa, cámara en ristre. Y lo que empezó siendo matiz, terminó en brochazo, pues del jirón rojo anaranjado, trazado como con descuido fingido, se fue pasando, poco a poco, a la saturación casi cegadora, al magma bermellón. Uno ponía en el encuadre un tercio de mar, que estaba de un azul petroleado y tenía el vello ligeramente erizado de frío, y dos tercios de un cielo que no lo parecía, que era mera combustión y atraía la mirada con el poder hipnótico de las llamas. Trataba de acercar el objetivo al fuego como se acercan las manos en el invierno a la hoguera, pendiente sobre todo del primer plano de su misterio, más que de componer una panorámica del conjunto. Intentando así un Rothko y no un póster crepuscular de mueblería de barrio.
Aunque, en algunos instantes, ha de confesarse, me ganaba la mala conciencia figurativa y dejaba que en las imágenes se colara la sombra en contraluz del vuelo de una gaviota o la singladura lejana de un barco de pesca. Finalmente, o como principio de todo —no sabe uno muy bien cómo expresar esta aparición protagonista—, el sol. De mano, como media moneda fundida en cobre que iba a apareciendo en el horizonte igual que entre los dedos de un prestidigitador, y que dejaba, sobre el lomo del mar, esquirlas de un fuego que permanecía sorprendentemente a flote, muy al modo de esos farolillos japoneses que recuerdan a los difuntos. Sólo unos minutos después, ese sol demediado ya era un perfecto círculo cegador que trepaba cielo arriba hasta donde suele gobernar con brillantez no impostada nuestros días. Y todo lo vio este cronista con el pijama todavía debajo de los pantalones. 
Desayunamos en la terraza y enseguida emprendemos rumbo a Elche. Al pasar de nuevo en paralelo a Benidorm, había, entre la carretera por la que circulábamos y el maremágnum urbanístico del lugar, un humo como de fuego controlado, quizás una quema de rastrojos, que diluía el skyline en una especie de delirio futurista llovido de ceniza. Y se imaginó uno de pronto que a los miles de habitantes de ese babel playero se les pondría bajo ese aguacero gris un rostro oriental y tiznado, como clones del barrio chino de Blade Runner. Y es que un poco de humo, aunque no sea humo de cáñamo, puede despertar la fantasía si hay predisposición para ello. En el siglo XIX recorrieron España algunos personajes singulares —escritores, pintores o adinerados ilustrados cansados de su vida anodina—. Venían de Francia, Inglaterra, Alemania o incluso Estados Unidos. Recalaban aquí atraídos por las descripciones que se hacían del país como un enclave exótico, con paisajes y habitantes más propios de Oriente, que vivía anclado en un modo de vida casi medieval. Así fue como se forjó el mito de la España romántica, un lugar en el que era posible toparse todavía con una variada galería de tipos insólitos en otros pagos, como bandoleros, toreros o gitanas. Se fueron así escribiendo muy interesantes diarios, epistolarios, guías y memorias por aquellos viajeros que recorrieron España durante la primera mitad del siglo XIX. Dos de esos viajeros, que además pasaron por Elche, fueron Wilhem von Humboldt (1767-1835) y Hans Christian Andersen (1805-1875). El primero viajó por nuestro país entre 1799 y 1800, y describió así la zona: “Ya desde Orihuela a Elche el paisaje posee todo el encanto que normalmente ha hecho célebre el reino de Valencia. Bien regado, con terrenos magníficamente cultivados, con naranjos cercados o viveros, palmeras que crecen en grupos. Maravillosos son, sobre todo y por regla general, las entradas y salidas de los pueblos y ciudades, de las que aquí hay muchas, todas ellas pegadas unas a otras. Pero todo esto palidece ante Elche. El lugar es en sí mismo pequeño y sin mayor encanto, pero, de toda España, sólo aquí existe un auténtico bosque de palmeras datileras. Se entra en la ciudad por un puente que a ambos lados tiene huertas bellísimas. Entramos en una en la que vimos una cerca de las más bellas palmeras y en el medio, naranjos, limoneros y algodón. Uno no se puede imaginar una cosa más bella. Pero todavía más maravillosa es la salida. Alrededor de los más bellos y sonrientes huertos, se yerguen las palmeras, que no se han plantado en hileras, sino que crecen completamente formando un auténtico bosque, de una altura en parte diferente, pero en todo caso bastante considerable. De su copa penden en enormes racimos los dátiles medio maduros, la más abundante vista que un fruto puede dar. Algunas palmas se habían trenzado en sus puntas y liadas con lazos con el objeto de utilizarlas en la iglesia el Domingo de Ramos como palmas secas (marchitas). La presencia de palmeras sólo se extiende a lo largo de unas cuantas leguas y apenas cubren los alrededores de Elche. Aquí uno cree estar en Siria o en Palestina. Nadie me supo explicar la proveniencia de las palmeras. En los campos y prados hay por doquier pozos en los que ocasionalmente existen unos artilugios movidos por mulos”. Por su parte, Hans Christian Andersen realizó su viaje por España en 1862. De él son estas impresiones: “Nos acercábamos a Elche, ya se distinguía su valle rebosante de frutos y su inmenso palmeral, el mayor y más hermoso de Europa, el más paradisíaco de toda España. Las gigantescas palmeras extendían sus escamosas y prolongadas ramas, sorprendentes por lo gruesas y, sin embargo, esbeltas por su altura. Todo el monte bajo estaba cubierto de granados con sus frutos del color del fuego. Aquí y allá había un limonero.  Estábamos en el país de la abundancia: no hay más que un Elche en España”. 
Con el tiempo lo que era oasis es reclamo turístico, pero a la vez un meritorio cuidado de historia y de naturaleza. Porque esos palmerales que despertaron la admiración de los viajeros románticos siguen en pie y ofreciendo paisaje, economía y enseñanza sobre cómo la mano del hombre puede convertir un erial en un huerto fértil. Bajan, eso sí, las aguas del río Vinalopó que atraviesa Elche tan exhaustas que más que río parece regato, y llama por tanto la atención de quien se acerca a los puentes que lo salvan, a las orillas que lo escoltan por la ciudad, esa profunda trinchera, alta y ancha, que sólo se explica si en algún momento de la historia hubo un cauce suficientemente caudaloso para tal marco; porque ahora, el paspartú de tan desproporcionado es casi grotesco. Así que los munícipes han recurrido a la imaginación —a la de otros, que es a lo que acostumbran convocando concursos de ideas—, y el enorme foso que un día embridó las aguas del Vinalopó se ha decorado con dos kilómetros de grafitis en lo más hondo, mientras en los márgenes se han plantado jardines y trazado sendas para el esparcimiento de los paseantes. En los grafitis hay de todo, pero todo ya desvaído, como si de vez en cuando el chorrito prostático del Vinalopó aprovechase la noche para orinarse gamberramente fuera y desleír lo pintado. Una de las grandes manchas verdes ilicitanas de palmeras es el Parque Municipal, que no sería muy distinto a cualquier otro parque urbano si no fuera porque aquí no hay casi árboles, son todo palmeras, de las que uno aprende pronto que son plantas y no tienen madera, ni anillos en el tronco, porque en realidad son, por así decirlo de una manera simple, una clase de hierba gigante que puede llegar a alcanzar hasta los cuarenta metros. Y en su tronco, que no es tronco, sino estipe, se pueden observar los agujeritos de los haces conductores de la savia, pues las palmeras no crecen en grosor crecen en altura. En El año de la muerte de Ricardo Reis escribía Saramago que una palmera no es un árbol, y que no debería quedar sin esclarecer este punto fundamental de la existencia: si por parecer árbol es árbol la palmera, si por parecer vida es vida esta sombra arborescente que proyectamos en el suelo. Y recordado lo cual, nos subimos por la empinada escalera que lleva a lo más alto del campanario de la Basílica de Santa María, que antes fue mezquita sobre la que se superpusieron un primer templo gótico y el actual templo barroco. En su interior se celebra todos los agostos el famoso Misteri d'Elx, una obra coral cantada en valenciano antiguo que recrea la dormición, asunción y coronación de la Virgen. A veces ha visto uno imágenes de este evento en los informativos y da repelús ver cómo descienden desde la cúpula de esta iglesia, tan alta como es, y ya podemos dar fe de ello, algunos niños a los que se caracteriza como ángeles muy barrocos, que anuncian la muerte a la Virgen y luego vuelven para traer su alma, y en ese trasiego corren, a uno le parece, gran peligro sus propias vidas y no poco el corazón de los padres que deben de asistir en vilo a las maniobras de los tramoyistas. Para subir a lo más alto del campanario hay que salvar ciento setenta escalones, por un caracol estrecho y oscuro que se alivia en tres estancias. Una sirve de mirador sobre el interior del templo. En otra están las campanas. La última se abre al mirador cimero. Y todas las paradas, según atestiguan las guías, fueron estancias en las que se repartía la vida del campanero y su familia hasta los años treinta del siglo pasado. Qué frío, qué umbría y qué ruido debía soportar aquella gente, colgados del alero como palomos cojos sobre el guano de los días. En la cima se ve bien toda la ciudad y la extensión tan grande que ocupan los palmerales. Lucía un día espléndido, frío no obstante. El aire estaba limpio y permitía alcanzar la costa por Santa Pola. De cerca, casi a mano, la cúpula de teja vidriada, de un azul cobalto esplendente. Nos acercamos a comer al hotel, muy céntrico y por tanto muy próximo a todo el cogollo más recomendable de la visita a la ciudad. En un comedor algo impersonal pero bien atendido, como buena temperatura y sin ruidos molestos, nos sirvieron una ensalada de rape, un arroz con secreto y brownies. Más que aceptable el conjunto. Descansamos un rato y nos lanzamos pronto a la segunda etapa ilicitana, que nos llevó a El Huerto del Cura, un palmeral privado, con jardín botánico, bien cuidado, pero que cumple sólo a medias las expectativas que genera su buena prensa. Se recorre en un pispás y debe su fama, principalmente, a un fenómeno no muy corriente que empezó a formarse a finales del XIX, cuando brotaron del tronco de una palmera macho unos cuanto hijuelos casi a los dos metros de su altura. Unos años después aquella inicial descendencia quedó reducida a siete brazos, los que hoy sigue luciendo esta rareza botánica. Cuando en 1894 visitó Elche Elizabeth de Wittelsbach, esposa del emperador Francisco José de Austria, la conocida Sissi a la que todos le ponemos cara de Romy Shneider, quedó gratamente sorprendida por la visión de ese pulpo palmeril, comentándole al propietario del huerto (el capellán Castaño) que lo visto tenía una fuerza digna de un imperio. Así que, ni cortos ni perezosos, llamaron a aquello Palmera Imperial y uno supone también que al tiempo vieron en ello un filón económico que aún hoy debe seguir dando buenos dividendos a tenor del precio que cobran por la entrada. Más instructivo y también más bonito en su humildad, algo descuidada pero auténtica, es el Museo del Palmeral, enclavado en una casa tradicional del siglo XIX, con dos cuerpos unidos por un puente pasadizo de madera cubierto, en el céntrico huerto de San Plácido. Allí puede conocerse la historia del cultivo y usos de la palmera con el apoyo de vídeos, paneles expositivos y pantallas táctiles. Y puede luego recorrerse el huerto, que está parcelado por las acequias, y tiene, en cada cuadrante y bajo las palmeras protectoras, tipos de cultivos diferentes: olivos, naranjos, limoneros o granados. Hay también un  taller anexo al museo en el que se enseña a trenzar la palma blanca. Vimos a través de las ventanas como adentro se afanaban los aprendices. Luego entramos, que nos animaron a ello a vernos espiándolos, y allí se dividían en dos grupos más de una docena de personas con la cerviz doblada y las manos atentas a las filigranas en las que se afanaban. Palmas de Ramos. Estrenábamos ropa. Luego los padrinos traerían el bollo. Debieron de ser pocos años, pero recuerdo que ponía la fecha casi tanta ilusión en los niños y niñas como el día de Reyes. Al anochecer volvió a arreciar el frío, que se hacía más húmedo a orillas del Vinalopó (o de ese fleco del Vinalopó que logra escapar de las acometidas del regadío que en el curso alto vuelven en nada su caudal). Cenamos de tapas y cervezas, y ya cuando volvíamos hacia el hotel sonó el teléfono. Era María Victoria Carpena, la profesora de dibujo de Yecla que al día siguiente sería la encargada de presentar mi novela en el pueblo de Castillo-Puche. Amabilísima y cordial persona. Con gracia, además. Estábamos deseando conocerla.