jueves, octubre 18, 2018

Gran desconcierto

El indócil entusiasmo de José Luis Argüelles

/por José Carlos Díaz/
(reseña publicada en El Cuaderno)
Escribir es una forma de pararse y de observar la vida en perspectiva. Petrarca se paró a contemplar los años malgastados en pensamientos amorosos, y Garcilaso, por aquello de la imitatio, exploró la fórmula contemplando el estado al que lo habían llevado sus pasos. Fray Luissiguió el ejemplo de ambos y echó los ojos y su pensamiento al pasado, arrepintiéndose de sus tibiezas y confesando el desconcierto en el que había andado («Condeno de mi vida la tibieza / y el grande desconcierto en que he andado…»).
Escribir poesía es una forma de ser fiel a cuanto damos por cierto, pero sobre todo de desvelar nuestras incertidumbres, valiéndonos para ello de la palabra heredada, sabiendo qué quiso decir en boca de otros y qué nuevas acepciones podemos añadirle.
Aquel desconcierto de Fray Luis se amplifica en el título del nuevo poemario de José Luis Argüelles. La cita del agustino abre sus páginas y se refleja distorsionada en la portada de Gran desconcierto, editado por Trea, que lleva por motivo de cubierta la mirada, también contemplativa, de un hombre hacia una ciudad dormida en la noche (precioso óleo de Melquiades Álvarez).
Las palabras renovadas remiten a las antiguas palabras como «cerezas en el bodegón de la memoria», según escribe Argüelles en el primer de los poemas de su libro, New York movie, que constituye a su vez una de las cinco partes en que divide el conjunto: New York moviePequeños poemas robadosZagajewski en OviedoPoemas y canciones contra el dañoConvalecencia.
Y es en concreto en la segunda y tercera de estas divisiones en la que explícitamente el autor pone de manifiesto la deuda de su poesía con la tradición, más o menos reciente, en la que se inspiran sus asuntos poéticos o la manera en que se afrontan. Las referencias son mayormente literarias (GoetheBrechtBurkeBiedmaKafkaEurípidesHomeroBotasThoreauMelvilleNemirovsky o, con especial protagonismo, Zagajewki), pero también se aprovechan otras vetas musicales, cinematográficas, pictóricas o políticas. Los poemas robados se constituyen así, más que en versiones de otros, en chispazos de lucidez sugeridos al hilo de lecturas, cuadros, música o películas.
«¿Cómo soportar la vejez/ sin un poco de amor/ o algo de gloria?» es, por ejemplo, la pregunta aforística que resume la Elegía de Marienbad, escrita por un anciano enamorado llamado Goethe. Frente al desconcierto de un Thelonius Monk, al que en su vejez todo le pasaba todo el tiempo, nos eleva la alegoría interestelar de Christopher Nolan, en la que el destino de los viajeros no es otro que «el éxodo en la noche inacabable/  por la bóveda fría,/ en busca del buen lugar…». Desde un ángulo más social, De vita civili se constituye como la contraposición comprometida al De vita beata de Biedma. Ante la cómoda resignación del noble arruinado que se proponía en ésta, el «vivir sin dar tregua a tanto engaño» por el que se decanta aquélla. Y no puede ser de otro modo, porque «los malvados tan solo quieren/ que no hagas nada», recuerda Argüelles reinterpretando a Burke y también a Gramsci, que culpaba a los indiferentes de la claudicación, como los culpa igualmente el autor de Gran desconcierto, para quien lo que importa, como así se proclama en la Canción de la página 63, es «la búsqueda,/ el indócil entusiasmo y ese gesto insumiso/ como vuelo de pájaro».
Ese entusiasmo es fervor: el mismo que propone Zagajewski contra la futilidad desmemoriada o la ligereza posmoderna; el mismo que defiende para una poesía de ideas pero sin grandilocuencia. Un Zagajewski al que se le dedica un poema que es también epígrafe del libro, Zagajewski en Oviedo. En este texto, el periodista que es Argüelles ejerce su oficio dejando que hable el protagonista, contextualizando la entrevista, la conversación que tuvo lugar con motivo de la entrega del Premio Princesa de Asturias, y extractándola en unos pocos y reveladores versos: «Y hablamos del fervor, de la defensa del fervor»Ya en el precedente poemario de José Luis Argüelles, Las erosiones, se tenía muy presente al poeta polaco, del que se extraía como introducción la siguiente cita: «¿Por qué la vida aspira tan tenaz a la destrucción?».
La destrucción es daño. Contra el daño, distintos daños, se escriben los poemas de la cuarta parte del libro, variada en formas (desde el haiku al soneto blanco, pasando por la prosa poética) y en asuntos. Ese daño es dolor. Así se titula, El dolor, el segundo de los poemas agavillados en esta división. En él se justifica, entiendo, gran parte de lo que luego se cuenta en los siguientes: «Sólo el dolor nos hace dignos…/ Aún me llama el joven que vigila/ ese fuego y escribe unas palabras,/ escribe porque ve una sombra, porque/  no sabe darle nombre a su intemperie». El joven al que alude es aquél que en los primeros setenta leía en Mieres a Celaya, a Vallejo o a Neruda. Media vida después, cuantos como él vivieron el compromiso en primera persona, tal vez pueden sentir la amenaza sobre la que Argüelles recelaba en un libro anterior: «lo peor es cuando el joven que fuimos nos escupe en la cara/ cuando llora en silencio y no sabemos qué hacer,/ cuando su dedo acusador nos señala lúcido». Por no darle motivos para la ira a ese fantasma de lo que fuimos, pero también porque se sigue manteniendo un empeño ético (eso sí, ya sin banderas: «la heráldica turbia de sus telas / está hecha de ceniza / gotea sangre»), los poemas de Gran desconcierto contradicen al título cuando pisan fuerte sobre la memoria recobrada: las escombreras de un pueblo minero abandonado; la memoria del padre que, como tantos otros, «sufrió el lúcido dolor de quienes una y otra vez salvan el mundo»; la constancia del niño que descubrió el poder de la palabra en un diccionario azul y cuya mano, cuando han pasado ya tantos años, «escribe todavía este poema»; o el retorno al «valle de los días quebrados/ y a la ciudad de niebla que allí sigue/ como marca de hollín, junto al río ceniciento». Las raíces se afianzan como las pocas certidumbres que cauterizan el desconcierto incluso a pesar de la tesitura elegíaca desde la que se convocan, la misma que sutura algunas evocaciones como Collioure, urdido con unos versos sutiles, hermosos: «La eternidad es esto:/ no añorar nada, acaso/ la luz de un limonero», o Los muertos, que «nada saben de nosotros,/ olvidan cada nombre/ y nos dejan el suyo/ poco a poco gastándose».
Pero hay también, en estos Poemas y canciones contra el daño, motivos para la esperanza, propósitos de carpediems, muy discretos versos de amor o sutiles ironías. En Canción de febrero, después del daño invernal, se anuncia «la vida que aún ríe entre las sombras».  A su vez, la Canción del ahora y la Canción del propósito nos proponen concentrar nuestra vida en el día presente («la muerte nunca,/ si ahora es siempre»), sin ceder jamás «a la falsa felicidad,/ a la inútil desdicha». Con respecto al amor, se nos ofrece en distintas versiones: a través de una deprimente Escena conyugal («el árido beso, los restos de jornada y oficina en sus manos de niebla, palabras desamparadas»); como salvación en Canción de la búsqueda: «en ti he creído, amor que aún nos salvas/ de la noche más ciega de la nada»; o como ideal de pureza encarnado en una muchacha desconocida. Por su parte, cierta causticidad se atisba en la Canción del santo reincidente, un encubierto homenaje, piensa uno, al Joseph Roth que escribió de cómo el vino transforma el mundo y cambia sus leyes para hacerlo más habitable.
El libro se cierra con Convalecencia, un largo e intenso poema que se subdivide en tres apartados: La conversaciónUn sueño y Un borrador. En una versión previa se había publicado ya en las páginas de El Cuaderno. Conforme a su título, la escritura de esta parte de la obra parece enfebrecida, ya no está embridada por la métrica rigurosa del resto del poemario, sino acuciada por un paradójico deseo de decir y un temor al tiempo hacia la palabrería hueca. En La conversación el enfermo recibe a sus visitas afectado no sólo por sus dolencias físicas, sino por el nihilismo desde el que observa el vacío de cuanto dice y escucha, la desolación del hospital y la vida como tránsito hacia una muerte que «tiene demasiados nombres / y a todos nos acostumbramos». En El sueño se ahonda en el registro onírico que guía en este final de libro la dicción de Argüelles. Parece un atribulado regreso a la adolescencia, a esa aduana de dolor en que rompemos lazos con padres y dioses, en que nos encontramos, por vez primera, verdaderamente solos. Hay un verso para mí esplendido en este tramo: «los años como el trapo sucio de los mecánicos».  Finalmente, se cierra todo con media docena de párrafos en prosa intitulados Un borrador. Son reflexiones llevadas al papel justo después de amanecer del sueño; borradores quizás que pudieran haber dado a luz poemas pulidos, domeñados en su expresión y urdidos con la emoción y ritmo que siempre acompañan al verso de José Luis Argüellles. Sin embargo, esos esbozos alcanzaron por sí mismos una categoría de estilo diferente, apasionado, potente, hipnótico casi. Todo un hallazgo no exento de riesgo (hasta Convalecencia, el poeta era fiel a su historia y al hábito de sus lectores; en Convalecencia nos ofrece una versión muy diferente de sí mismo, que resulta, a mi juicio, perfectamente complementaria —cuando a uno se le acumulan los cuervos, como a Thelonius Monk, conviene conjurarlos, sólo así se puede luego recuperar la armonía de los acordes—), el riesgo de quien lucha «palabra a palabra, silencio a silencio», «por buscar la alegría, por abrazar la vida interminable, la nada interminable».
A veces no alcanzamos a comprender las circunstancias y motivaciones últimas que provocaron una manifestación artística que nos ha conmovido. La manera de expresarse, la emoción transmitida, la belleza de lo creado y, sobre todo, la identificación con la alegría, la angustia, la perplejidad o el dolor de que se hace eco esa obra es lo que nos hace apreciarla. Pero queda siempre, al mismo tiempo, un sentimiento de insatisfacción porque, en el fondo, sabemos demasiado poco de cuanto leemos, de la música que escuchamos, de las pinturas que observamos, por mucho detenimiento que les dediquemos. «Saber tan poco tiene sombras,/ una púa que toca nuestra fragilidad»; «Saber tan poco nos desasosiega»: así se sincera José Luis Argüelles en el primero de los poemas de su libro, New York movie, cuando contempla un cuadro en un museo y le busca sentido a la pintura, el mismo que hemos intentado buscarle a su Gran desconcierto, un libro lleno de poemas a releer y citar del que quisiéramos saber más, como de todo gran libro (qué cuadro era ese al que se refería al inicio, cuándo aconteció su convalecencia, cómo transcurrió, minuto a minuto, su charla con Zagajewski). Aun así, con todo lo que ya nos ha dado tenemos más que suficiente como para guardarle rendido agradecimiento.
José Luis Argüelles escribe con calma. Hasta ahora ha publicado los poemarios Cuelmo de sombrasPasaje y Las erosiones, dejando que transcurriese entre ellos un buen puñado de años y mucha relaboración de cuanto luego se daba a imprenta. Ha sido también el autor de una antología imprescindible de la poesía asturiana, Toma de tierra, y sus aforismos se incluyeron en la recopilación Pensar por lo breve: aforística española de entresiglos, de José Ramón González. La espera de este cuarto poemario, Gran desconcierto, como ha sucedido en las ocasiones precedentes, ha merecido de nuevo la pena.
Gran desconcierto, José Luis Argüelles (Gijón: Trea, 2018)

Zagajewski en Oviedo

/por José Luis Argüelles/
Dijo: «La poesía no está de moda.
Paciencia.
Los poetas no se conocen a sí mismos,
solo interrogan a las sombras de los vivos y los muertos.
Paciencia.
Escriben desde la inseguridad».
Y recordó
esa historia de Ovidio
en su exilio de Tomis,
cómo compuso sus mejores versos
al añorar un mar perdido.
Cuánta soledad
para entregar un poco de luz, esas epifanías
que alguien, tal vez, comparta
no sé dónde.
Paciencia.
La emoción del pensamiento.
Antes, en el vestíbulo del hotel,
junto a un silencioso piano y su penumbra,
le pregunté por la famosa frase de Keats.
¿Son lo mismo verdad y belleza?
Mientras, afuera,
una llovizna gris caía como en una recordada página polaca.
Respondió que el poema restaura siempre la tensión
de aquella equivalencia tan frágil, perdida,
aunque un gorrión se acerca, a veces, a nosotros
y vemos en sus alas frágiles el milagro del mundo.
Y hablamos del fervor, de la defensa del fervor.
También de Rilke, ajena su elegía
al cieno ensangrentado
de la Gran Guerra,
cuando Europa
cavaba tumbas o trincheras
y los banqueros amasaban su oro con el gas letal
de las ideas fijas, los nacionalismos…
El último poeta
en mirar a los ojos del ángel más puro.
¿Belleza
y verdad son lo mismo?
Los poetas no están de moda,
están solos en su soledad acompañada,
extienden sus palabras y tocan a alguien
no sé dónde.
Paciencia.
Después volvió la historia de la vieja mano de Caín,
piras de libros, urnas fracturadas,
la quijada acechante, los grandes carniceros,
los bosques de abedules cenicientos,
Auschwitz, un muro,
el temblor en los labios de Paul Celan
y aquella pesadumbre en el cadáver del insomne Sena.
Habló también de las asimetrías,
esas grietas que crecen en nosotros y en la noche,
en la inconclusa noche de los vivos y los muertos.
La gris llovizna afuera tecleaba
la melancólica canción de los otoños.
¿Rilke y Celan?
Verdad
y belleza no son lo mismo,
no son lo mismo.
Dijo: «La poesía no está de moda.
Paciencia».

José Luis Argüelles (Mieres, 1960) es redactor del diario asturiano La Nueva España, donde también ejerce la crítica de libros. Es autor, entre otras publicaciones, de los poemarios Cuelmo de sombras (Versus, 1988), Pasaje (Trea, 2008) y Las erosiones (Trea, 2013, Premio de la Crítica de la Asociación de Escritores de Asturias). Para esta misma colección, preparó y prologó la antología de poetas en lengua asturiana Toma de tierra(2010). Sus aforismos han sido incluidos en el volumen Pensar por lo breve: aforística española de entresiglos (Trea, 2013), de José Ramón González.

lunes, octubre 01, 2018

En el Páramo

El único vestigio de cómo fue el pueblo es una espadaña que se eleva sobre la tierra como el resto amputado de una iglesia abandonada o hundida bajo un pantano. A sus pies había un cementerio. Hoy queda el rastrojo que ha dejado la siega de sus huesos, que yacen ahora en un nuevo camposanto de muros blancos, ceñidos por el silencio de las eras. Desde el caserío sale un camino del polvo hacia el horizonte. La tierra del páramo respira quieta, nunca levanta la voz ni ensancha el pecho con el aire. Un viejo viene de entre los muros de adobe pedaleando esa planicie a lomos de su bicicleta. Se cubre del sol con un sombrero de paja. Toma la senda terrera. Lleva la vista clavada en el suelo. Evita así las piedras, pero también que no lo distraigan las tapias encaladas por encima de las que crecen los cipreses. Sabe bien que tropezar con unas u otras terminaría por echarle el pie a tierra.

martes, septiembre 18, 2018

Cine o sardina


Contaba Cabrera Infante que cuando  su hermano y él eran niños, su madre les preguntaba si preferían ir al cine o a comer. Eran malos tiempos. Su madre decía: "¿cine o sardina?". Nunca escogieron la sardina. La vida se podía concebir sin sardinas, pero nunca sin cine.

Hoy hemos estado de nuevo en Candás. Al alba. Cada año, por estas fechas, un poeta recita desde el espigón unos versos al amanecer. Cuarenta ediciones van y todas impulsadas por ese hombretón bueno y entusiasta que tan dentro lleva a su pueblo, José Marcelino García.

El amanecer era especialmente hermoso. Como un cinemascope proyectado a la altura del horizonte. La rubiana, que así la llama Paco Velasco, vino a hacernos honores en tan señalada fecha. A ella estábamos convocados los poetas que aquí estuvimos en alguna de estas mañanas de poesía al alba. Nuestros nombres son ahora las escamas de unas cuantas sardinas de cerámica que adornan el espigón del muelle.

A uno le complace estar fuera del pez, y no dentro, como Jonás. Y que se hayan acordado de que anduve por aquí leyendo unas cuartillas en voz alta en una mañana igual de hermosa. Esperando la amanecida, los cantos marineros de los candasinos, la danza prima y el chocolate con churros.

No sé si las sardinas nos sobrevivirán. Si al cabo de los años quedarán de ellas poco más que las raspas. Pero el alba nos sobrevivirá seguro a todos y a todo, a los poetas, a la vanidad de este instante y a los versos que un día leímos aquí. Como bien decía Guillermo Cabrera Infante, la vida se puede concebir sin sardinas, pero qué sería de la vida sin esos amaneceres de cine.




jueves, agosto 23, 2018

Mogarraz


Te mirarán desde todas las esquinas. Las de sus casas, donde guardan la memoria de la vida que allí levantaron, y desde la esquina retorcida del tiempo al que se han sobrepuesto. Te mirarán con la firme convicción de que en Mogarraz el terco culto a la personalidad de quienes levantaron sobre el granito, el castaño y el adobe la intimidad de sus existencias, se ha amotinado contra el despoblamiento que amenaza a tantos y tantos otros pueblos. Mogarraz tiene un ejército de ánimas alegres que miran sin recelo a los viajeros y con agradecida complicidad a quienes mantienen encendida la lumbre de sus cocinas y abren cada mañana a la luz las ventanas desde donde miraron el mundo, desde donde milagrosamente siguen mirándolo.














lunes, junio 25, 2018

Poética


Después de todo, y todo es cuanto se cargó sobre los hombros del alma por el tiempo exacto de una vida más que a medias, tengo por única certeza que sólo el temblor, autoprovocado o sobrevenido por sorpresa, merece la respuesta de un poema. Cómo se cuente esa desorientación repentina por la que se pierde pie sobre la tierra, esa ebriedad por la que se alcanza verdad o miedo, será la consecuencia de los modelos que nos guiaron hasta afrontar nuestro personal dicción. Y el contar mismo será una provocación de la necesidad, no muy distinta a la que nos lleva a la confidencia o la oración, por lo que siempre se buscará un oído del que reclamemos la atención suficiente que le dé sentido a nuestro esfuerzo.

lunes, mayo 28, 2018

Matar el tiempo, de Luis Miguel Rabanal



Demasiadas veces se juega con cartas marcadas cuando analizamos la obra artística de creadores que sabemos vapuleados por aciagas contingencias vitales. Sobre esa condición menoscabada se argumenta el relato crítico, en la convicción de que ha de ser, indefectiblemente, la piedra angular de su obra. Y aunque finalmente este protagonismo se confirme en no pocas ocasiones, una honesta lectura crítica ha de intentar abordar siempre por sí misma la obra de la que se trate antes de situarla en el contexto vital o social en que se ha gestado. Ya habrá tiempo de referirse a ese entorno si así lo considerásemos oportuno para mejorar la comprensión del libro analizado. Porque comprender ha de ser el segundo de los objetivos a alcanzar, pero no a través de un ejercicio de exégesis, o al menos no a toda costa. La obra literaria “comprendida” debe situarnos no ante una detallada glosa, sino ante la intención última del autor: estética, ética o bien una mezcla compensada o descompensada de ambos propósitos. Llegaríamos así a la tercera fase, la del juicio crítico, la valoración, que para quien no ejerce la crítica profesional o académicamente, como es el caso, pero se empeña en dar a la luz por escrito lo que le ha parecido un libro, sólo puede significar que se quiera dar cauce a una emoción que por asombro o placer se ha experimentado y merece reseñarse.

En el terreno fronterizo compartido por estas sensaciones (asombro y placer) se circunscribe la lectura de Matar el tiempo, de Luis Miguel Rabanal. Setenta y cinco textos poéticos en los que el lector (este lector al menos) encuentra un estilo literario personalísimo que logra enmarcar todo el contenido en un ambiente sostenido (casi surreal, entre la cotidianidad y la ensoñación) que sirve como trasfondo apropiado para la expresión poética pretendida. Ese, cree uno, es el primer rasgo distintivo del libro. Aquello que los formalistas rusos daban en llamar literariedad, y que puede adoptar distintas formas, aquí tiene el aspecto de una libertad formal que desborda costuras métricas o estróficas y que huye en todo momento del significado denotativo del discurso, pero no a través de figuras poéticas compartimentadas (ahora una metáfora, más allá una aliteración, aquí una sinestesia), sino de la libérrima asociación de palabras aun en contextos sintácticos usuales, sólo violentados en la significación incierta de lo urdido en ellos. Como si el poeta, y aquí me atrevo a la conjetura, trabajase los textos desde la idea o el impulso inicial que los genera, empleando para ello moldes estereotipados, pero con contenidos que se encajan a golpe de evocación —por recuerdo o añoranza—, de proximidad —dado que lo que está cerca adquiere, no pocas veces, un protagonismo pertinente en lo que se escribe— y de sentido —el que, como una veta, recorre finalmente el texto y se desvela, a veces, en la coda final que, a modo casi de aforismo, cierra muchas composiciones—: “Por doquier palabras.”; “Exacta culpa de la infancia.”; “Vete tú a saber si todo no es hoy execrable.”; “Llegan de muy lejos los pájaros.”; “La casa huye del silencio.”; “Tanta amargura no ha de ser buena, tanta amargura que apetece escupir.”; “Toda la casa huye de mí.”; “Te llamas Casimuerte y tú lo sabes bien”; “Matar el tiempo matar el tiempo matar el tiempo.”; “Olleir no existe, te dijeron algunos.”; “Vivir, mera anécdota de los usurpadores.” Tal manera de afrontar la creación literaria genera ese “asombro” al que aludía. Dejamos de percibir la exacta definición de lo nombrado al desencorsetarse la relación de las palabras a través de asociaciones inesperadas, deslumbrantes: “Muchachos atrevidos que beben luciérnagas en copas de menta, es el hielo de cuando pasan descalzos”. Ese asombro pudiera generar rechazo en el lector partidario de la empatía significativa, pero ofrece un perverso placer a quien se adentra  en este libro, o en otros libros o creaciones artísticas no ceñidos a interpretaciones unívocas, con la intención de que la empatía se establezca en lo emocional, en lo sensitivo. Alguna vez dijo Luis Miguel Rabanal acerca de cómo han de leerse sus textos que “el buen lector, que lea, que es lo suyo. Y que se deje llevar y a ver qué pasa”. Esa debe ser la actitud.

No quisiera que esta alusión mía al deslumbramiento en Matar el tiempo diese lugar a malentendidos. Aquí —y es algo que se olvida a menudo por quien reseña textos poéticos o redacta catálogos de exposiciones de arte— no se trata de redactar un texto literario que de algún modo se ponga en un plano paralelo al de la obra a que alude. Me gustaría ser preciso, no ocurrente. La lectura crítica analiza, comprende en la medida de lo posible, intenta explicar cómo se abordó el acercamiento a lo aludido y, en última instancia, valora la experiencia creativa experimentada. Por eso, cuando hablo de deslumbramiento me refiero a la capacidad del texto para poner luz sobre realidades paralelas o inesperadas, pero no aludo al carácter luminoso de un texto que es sobre todo sombrío por el amargo tratamiento con que relata la condición mortal y las limitaciones humanas, abordadas desde una región de renuncias al “saberse (el poeta) desahuciado como cualquier huido en el interminable fondo del bosque”. Como cualquier de nosotros, por tanto, en la escala correspondiente de edad o enfermedad que transitemos.

Sirva el poema LXXII como ejemplo de esta posibilidad de identificación con lo leído (independientemente de las circunstancias que distancien a poeta y lector). Parece aludirse en él a un encuentro al atardecer entre un hijo que se supone ya maduro y un padre que se adivina viejo, quizás enfermo, y por tanto cada vez más mortal.  Contingencia ésta —“la hora de estremecerse”— que ambos saben y asumen en silencio mientras llega la noche, como al poema de Quasimodo — “Ed è subito será”—:

Llega de súbito la noche y nos sorprende apenas su tibia, su bronca sinrazón con palabras no dichas”.

Y uno, lector que se deja llevar, piensa en todo lo que un padre y un hijo nunca se llegan a decir, en la resignación hacia ese pudor de palabras que luego pesa tanto.

Con ese texto íntegro y con otros muchos extractados, se pueden ir trazando a lo largo de Matar el tiempo nuestras propias afinidades. En eso consiste el estremecimiento que nos regala la poesía, en descubrir en el hallazgo del otro, la sensación propia. Pero cabe también —no tengo cuerpo de talibán estructuralista—, es incluso aconsejable, la contextualización posterior del texto: a qué debe tanta tristeza, por qué esos sarcasmos, dónde está Olleir o si Musina maúlla sobre un teclado de ordenador a la orilla del poeta. Será toda ella Información valiosa que sin duda ayudará a una más exhaustiva comprensión de lo leído. A una, por así decir, interpretación a lo ancho. Pero para una interpretación honda, deténgase el lector una y otra vez en la sorpresa de aquellos pasajes a los que no es capaz de otorgarles mayor comprensión cabal que la que ofrece la belleza sobrecogida de una verdad íntima, compartida y expresada con lenguaje propio, y por tanto único.

domingo, abril 22, 2018

Espazo Caritel


Dice Caxigueiro que la tierra que se extiende desde Estaca de Bares a Barreiro no tiene primavera. El viernes que estuvimos en San Martiño era por el calendario un día de primavera, pero es verdad que no lo parecía. Venía desde el mar una bruma insana que dejaba en el aire un aroma a verdín. Hay un poema del portugués Carlos Lopes que le dice a la camelia: “fazes do Inverno a Primavera”. Quizás tenga que ver esa voluntad de llevarle la contraria a la persistencia del invierno aquí, en esta mariña, pero también en otros lugares próximos y no menos olvidados por el sol primaveral, la afición por las camelias. El jardín del Espazo Caritel es un lugar de camelias. De muchas y bellas variedades de camelias. Sus vivos colores, realzados por el telón verde sobre el que florecen, son un espejismo primaveral.


El Espazo Caritel se levanta a los pies de una hermosa, imponente, oscura y húmeda basílica románica. Tiene una arquitectura moderna, de muros blancos y vanos acristalados amplios.  Allí se expone una muestra pequeña pero representativa de la obra escultórica y fotográfica de Daniel Caxigueiro. Él nos la mostró y explicó. El pequeño catálogo expositivo del Espazo deja apreciar el carácter conceptual de sus creaciones, que tienen allí el apropiado apunte para conocer algunas de sus principales obsesiones: las series Guerreiros (que parte del encuentro casual del artista con los dientes gastados de una excavadora, con la interpretación que un niño, su ahijado, hizo de aquel material y con la metáfora que a partir de ese encuentro recrearon sus cerámicas reproduciendo el motivo, en lo que bien podía entenderse como búnker o burka), O Bosque das Ausencias (donde un tratamiento expresionista del material cerámico otorga a una especie de máscaras vagamente griegas el aspecto torturado de todos los dolientes por guerra o injusticia) o A linguaxe da memoria (inspirada en la destrucción de la Biblioteca de Sarajevo y que reproduce libros calcinados y mutilados depositados el suelo o sobre instalaciones móviles que aluden al permanente traslado de los conflictos y sus traumas).

Hay en la camelia, en su cultivo, quizás, un espíritu de rebeldía: la belleza retando brumas. Hay en la obra de Caxigueiro una defensa de la cultura, una denuncia de las agresiones contra la libertad y una voluntad de resistencia contra el mal que explican su obra y que, acaso, expliquen también su jardín.

jueves, abril 12, 2018

La memoria de los árboles, de Concepción Sanfiz


La memoria de los árboles
Concepción Sanfiz
Punto Rojo


Manuel Sanfiz Trigo. Doy con él noticia de un rastro. Porque la intención última de un libro es dejar rastro de su lectura en quien lo tuvo entre sus manos y se adentró en sus páginas.  La intención última de La memoria de los árboles, de Concepción Sanfiz, es levantar un pequeño bosque de hombres, una humilde foresta  de memorias dignas que no merecen el olvido.  Y entre ellas, la más querida, la del propio padre de la autora:  “…solo lo que se nombra existe. Por eso voy a dejar constancia aquí del nombre de mi padre: se llamaba Manuel Sanfiz Trigo, y así se seguirá llamando mientras haya un lector que lea estas páginas y luego pronuncie, despacio, su nombre en voz alta”.  Pero en torno a esa figura paterna, y sobre el suelo fértil de Olba, se alzan también, igual de firmes, las vidas recordadas de otros cuantos buenos seres humanos. A ellos viene a hacerles justicia el libro. Al dirigirse a la narradora, lo dice bien Isabel  —personaje que vertebra con sus evocaciones la trama central del relato—:  “…muchas de esas estrellas que vemos hace tiempo que se han apagado. Pero, aunque estén muertas, su luz seguirá iluminándonos durante años. Eso es lo que has hecho tú: lograr que su luz siga brillando”.

Este propósito que creo que es el de la obra, se urde a través de la historia de una profesora que llega a un pequeño destino rural, la villa de Olba, desde el que intentando mantener vivo el recuerdo de su padre, del que quedó huérfana siendo niña, asume un compromiso emocional con ciertos personajes del lugar, cuyas vidas, en peligro de olvido, cree, con buen criterio, que merecen el esfuerzo de la remembranza y del testimonio. Cada uno de esos mundos individuales que se intentan salvar es un árbol, porque como los árboles todos “tienen la generosidad callada de los seres que hacen bien a los demás sin que se note apenas”. Y Olba termina por desvelarse como una tierra propicia para los árboles. 

En estos tiempos de patrias arrojadizas, resulta conmovedor asistir a la creación de  una patria mucho más humilde, íntima, permeable, de fronteras tan modestas como el caño de una fuente, la fábrica sólida de unas escuelas graduadas, el tapiz de unos pétalos de camelia o la cancilla de un lavadero en desuso.  Una patria de olores: “el olor del ozono en el bosque, tras la tormenta; el olor a lejía de la iglesia, cuando las mujeres fregaban con gruesos cepillos el entarimado; el aroma delicioso  y reconfortante del café, tostado en grandes bombos calentados sobre brasas a las puertas de los bares, y, entremezclándose con él a lo largo de las plazas y calles, el penetrante olor a estiércol de los días de feria, o el inconfundible perfume de la hierba recién segada, preludio del verano, o de la crepitante leña ardiendo en las cocinas, indicio del invierno”. Pero sobre todo, una patria de afectos: hacia y de quienes acogen a la profesora curiosa que indaga paisaje y gentes con la voracidad de un vacío en el alma que la persigue y que logra finalmente llenar en su destino con graves historias de desarraigo o exilio, pero también con pequeños y ocurrentes sucedidos. No son sino, en fin, los cuentos con que  Scheherezade trata de engatusar al sultán Tiempo, ese cruel déspota que todo lo condena a la amnesia. Olba está llena de fuentes. El agua corre por sus calles, por sus praderías. La lluvia cae largamente a lo largo de todo el año. “Olba, lugar donde el agua está omnipresente, es, precisamente por eso, un paradigma perfecto del tempus fugit”. La literatura, dice, Concepción Sanfiz, “esta ansia  de escribir, no es más que mi pequeño David contra ese colosal Goliat que es la propensión universal al olvido”.  “No sabes cuánta soledad puede caber en una memoria que no encuentra recipiente en que verterse”.

Pero si la novela está construida desde el homenaje a hombres y mujeres modestos y entrañables que como Marcelo, casi protagonista del libro, sufrieron la expatriación de esa arcadia olbense que aún hoy sigue dando muestras de su belleza en campos, casas, perspectivas múltiples y breves jardines, la impresión global de cuanto finalmente se cuenta no es otra que la de estar, quizás contra la misma voluntad de la autora, ante la elegía del propio lugar, abocado, como el rastro mismo de sus mejores gentes, a la voracidad de la desmemoria. El párrafo que sigue, bellísimo y tan triste que a uno, que también sabe donde está Olba porque allí pasó inolvidables días de infancia, y porque allí reposan las cenizas de su padre, le llenó los ojos de esa humedad olbense que todo lo impregna; es, de un modo sutil, el desesperado esbozo de esa ruina dolorosa a que abocamos los pueblos con el abandono: “Cuando el invierno se vuelve benigno, o ante el más leve indicio de primavera, muchas de esas casas vuelven a convertirse en hogares. Algunas lo son de verdad durante los períodos vacacionales y eso confiere a su aspecto un tinte de expectación permanente, como si fueran enfermos de pronóstico incierto que confiaran en una pronta recuperación. También su recuperación es un espejismo: sus propietarios las habitan unas semanas al año; en el mejor de los casos, realizan en ellas unas mínimas tareas de mantenimiento y luego las condenan de nuevo al abandono hasta su regreso. Y sin embargo, en esos contados días en que el clima se vuelve benigno y casi nos convencemos de que existió la Arcadia, alguna vecina, encargada de cuidar de esas viviendas huérfanas, se apresura a ventilar sus dependencias, y se ve a las casas tan alegres de barruntar una próxima llegada de sus dueños, que da aún más pena contemplarlas de nuevo herméticamente encerradas en sí mismas, aparentando tan sólo una enternecedora dignidad tras la que se esconde el dolor de su vacío, la nostalgia irreprimible del tiempo en que fueron hogares. Pero también hay casas que no se ventilan nunca, ante las que me pregunto por las familias que un día las habitaron y hasta llego incluso a imaginarme a esas personas en torno a su hogar. Y entonces, el cadencioso sonido de un cencerro o el trino de un pájaro que celebra, como yo, esta tregua del invierno, hace que, por un momento, piense que esas gentes habrán oído sonidos idénticos en este mismo lugar”.

Las buenas intenciones no son nunca salvaguarda de una buena literatura (más bien adoquinan, según dicen, los infiernos), pero cuando con buenas intenciones se es capaz de hilar una prosa limpia y cuidada, un relato somero pero bien estructurado, una emoción sincera y contagiosa, cuando todo eso se ofrece a la vez, el placer de la lectura, entonces, se intensifica por la adecuada conjunción de estilo y propósito. 

Concepción Sanfiz fue dichosa en su destino docente en Olba y ha sabido agradecer ahora, con este bello libro lo que Olba le dio durante aquel tiempo allí: “En teoría iba a Olba para enseñar Literatura Española. En la práctica, eso procuré hacer lo más dignamente que supe, pero para mí fue más importante lo que aprendí que lo que enseñé.” Si así fue, no se debió ello, cree uno, sino a la humildad con que la escritora supo acercarse a los olbenses, a su historia y a sus tierras. Desde ese respeto a los otros -en las antípodas de cualquier arrogancia-, desde esa altura discreta y atenta que mantuvo la profesora en Olba, hasta la pequeña hierba puede parecer al viento un oleaje y hasta las gentes más modestas, merecidos héroes de odiseas desconocidas.

Olba es ya, desde este libro, una patria cierta. El paisaje de un recuerdo sostenido sin menoscabo a lo largo de las estaciones. El asidero de algunas memorias nobles. Y, sobre cualquier otra cosa, el territorio fijado para siempre en un momento, entre lusco e fusco, en el que todavía cabe la ilusión de que nunca llegará allí la ruina, como acaso llegue, tristemente, al envés de su anagrama, Boal.

miércoles, abril 11, 2018

Tormenta


















Dios arrastra a veces sus tormentas por el cielo
con la misma desesperación de un condenado,
de un convicto entregado a las cadenas
por un largo tiempo de insomnio y sombra.

La venganza envilece entonces
de tal manera todo cuanto hace
que hasta hay tardes en que su mano diestra,
la cincelada en mármol,
ahoga cruel como una almohada
el aliento último de los mejores días.

JCD

miércoles, abril 04, 2018

Cabo Mayor



“Hay un lapsus en el Génesis. Y es que no dice cuándo fueron concebidos los faros.  Son obra humana, pero pertenecen a un orden especial de la naturaleza, como los barcos. Por muy prodigiosas o grandiosas que sean otras construcciones, no hay arquitectura comparable. Los faros son seres vivos. Más que formar parte del paisaje, lo crean.”
     
                                                                                                          Manuel Rivas

martes, marzo 20, 2018

Cantata de los días tasados



El sábado recogimos en Navia el premio Campoamor. Velada muy agradable. Palabras generosas de José Antonio Pérez Sánchez, que presidió el jurado y que es persona sabia a la que da gusto escuchar. Uno, por su parte, agradeció al ayuntamiento de Navia que haga posible la convocatoria (también la cultura es estado del bienestar), a quienes eligieron mi poemario y al editor del libro que lo publica, Cristian Velasco (conversador muy ameno, como luego pude saber en la cena con la que cerramos el día). La edición, no venal, puede leerse pulsando sobre la portada de libro o sobre el título de la obra:
                                           Cantata de los días tasados.

miércoles, diciembre 20, 2017

Sangría y la afición

Sangría era un aficionado muy popular que en los setenta, antes de los partidos corría las bandas de El Molinón portando una pequeña bandera rojiblanca bajo los aplausos socarrones de los aficionados.  Yo era socio infantil por entonces. Me llevaba al campo un amigo de mi padre que aparcaba su Seat 850 por detrás de La Asunción. Ocupábamos escalón en la grada este. Olía a puro, se vendían a las puertas del estadio almendras garrapiñadas y en las cantinas botellines de Fundador.  Yo conocía a Sangría porque lo veía a menudo por mi barrio, era de El Llano y parroquiano más que asiduo de los bares de la zona. Vivía del pequeño sablazo consentido. Recuerdo que José Manuel, aquel capitán educado y de fútbol sobrio, que fue luego gerente deportivo y murió muy joven,  era uno de los patrocinadores menos reticentes del bueno de Sangría. Lolín, como llamábamos los vecinos a José Manuel, también era del barrio y le gustaba ayudar a los suyos. A Sangría lo encontraron muerto una mañana en La Campona, al lado del viejo campo de Los Fresno. Aquello estaba por entonces sin urbanizar y los charcos eran como cráteres de miseria. Sangría se ahogó en uno. Posiblemente calló de bruces rendido por el alcohol y ya no pudo levantarse. A veces pienso que la afición del Sporting tiene mucho de Sangría, pasea la bandera ebria de ilusión antes de que empiece el espectáculo y se deja morir a la mínima a la orilla del desencanto.  Se acaba de elevar a los altares a un jugador de la casa, Nacho, al que uno, de momento, lo ve como un pelotero aseado y merecedor de continuidad, la que nos dará la justa medida de su valía. La afición corre la banda portándolo en estandarte como Sangría portaba su bandera.  Si el guaje termina por no cuajar, tendremos otro juguete roto y un nuevo charco donde ahogarnos, aunque el PERI del Llano haya asfaltado hace años las viejas calles de mi barrio y hoy sean casi el centro de la ciudad.