viernes, noviembre 11, 2016

La energía de los esclavos

¿Qué año era? ¿1976, 1977? Había una librería en la calle Magnus Blikstad, la Autónoma, ¿recordáis? Hacíamos bachiller en el Jovellanos. Pintábamos consignas políticas con ceras en los pasillos. F. militaba en la Liga. Era rubio, tenía ojos líquidos, caminaba erguido, hablaba suave y su amistad nos parecía entonces un regalo inmerecido. Le acompañé a la Autónoma. Le miraba cohibido mientras él revolvía entre las estanterías con un aplomo impropio de un chaval de quince o dieciséis años. Me puso un libro en la mano. Un libro de tapas negras. La energía de los esclavos, de un tal Leonard Cohen. En la portada blanda de la editorial Visor, el rostro oscuro de un hombre que miraba desafiante hacia el frente. "Llévatelo, te lo regalo", me dijo. Nunca dejó de acompañarme desde entonces, ni aquel poemario, ni aquel poeta que luego supe cantante, y cuyo rostro ganó paz con los años. Cohen dijo una vez que la poesía venía de un lugar que nadie controla y nadie conquista. Eso que podría denominarse la verdad intuida genera a veces premoniciones casi milagrosas. ¿A qué suenan hoy si no estos versos de aquel libro?

         Encerraron a un hombre
         que quería dirigir el mundo.
         Los muy idiotas
         encerraron al que no era.

miércoles, noviembre 09, 2016

Ruleta rusa

Primeras reacciones paliativas de los comentaristas políticos: "lo importante no es lo que se dice en campaña electoral, sino lo que luego se hace finalmente desde el gobierno". Será así, no digo que no, pero la gente ha votado a Trump por lo que en la campaña electoral dijo que haría. Por tanto, tranquilidad la justa. Puede que el ejercicio del poder del nuevo presidente americano termine por no ser tan tóxico como se teme, pero de lo que no cabe duda es de cómo ha crecido, para nuestro espanto, la toxicidad del electorado. Y donde digo “toxicidad” habrá quien elija por tranquilidad algún eufemismo sustitutorio, pero difícilmente podrá hallarse justificación para que casi sesenta millones de personas (¡sesenta!) hayan utilizado la urna como una ruleta rusa. Maldita afición por las armas.

martes, noviembre 08, 2016

Lengua del duelo

Se apunta hoy aquí noticia de una lectura: Lengua del duelo, de César Iglesias. Un libro ligero a la mano y rotundo en la recitación. Tan consistente como esa piedra de Penouta donde se cinceló un altar: lugar de rezo, de dolor, de duelo, de rebeldía y de esperanza. Los pájaros de Granell tienen plumas de colores sobre la calavera gris. La luz brilla sobre los cadáveres apilados de Kiefer. Y en mi imaginación, ilustro las casas pechadas con esos muros blancos que a duras penas iluminan a veces los tejados de pizarra y las manchas de arbolado sombrío que deslíe en la niebla del occidente el pincel de Galano. “La niebla cubre estas casas pechadas / donde las humedades tienen plaza.” En aquellas tierras nacieron mis padres, su secreto no fue una religión perseguida, sino una memoria reventada a tiros contra la pared de un cementerio. Su baldón, la orfandad y la miseria. Su esperanza, la huida de esa tierra fértil que los vio nacer y que, sin embargo, les resultó avara. “Nuestros genes atesoran el polvo del pecado.” Para este lector ciertos versos son la fiel expresión de cuanto mastica en el aire cada vez que vuelve al paisaje de sus ancestros. No otra cosa debe ser la ambición de la poesía: ofrecer los cimientos necesarios en cada alma para un sentir parejo en todas ellas. Y ofrecer al tiempo geografías que resulten  universales, aunque las de este duelo las tenga uno por propias, que si pisó muchas veces Penouta, no pocas fue dichoso en las arenas de Niembro y en alguna otra se aventuró por Besullo de la mano de Mati Rodríguez-Castellano, amiga del alma e hija de don Lorenzo, aquel filólogo riguroso que impulso bibliotecas y recorrió los pueblos de España por amor y como custodio de las hablas amenazadas de las aldeas. “De la barbarie huyeron escondidos / en brumas de la culpa y la derrota / a encontrar el lugar del bienmorir. / Besullo son las sombras…”. Sentirse así, familiarizado con lo que se lee, no a gusto —porque ciertas aseveraciones lastiman—, sino en casa, nos pone en la pista de que algunos libros nos uncen como a bueyes lentos, de paso versicular, cadencioso, rítmico y severo, con el yugo antiguo de la derrota, la que nos rinde después de toda batalla perdida, y la que nos conduce, como camino, hacia nuestra inexorable “culpa genética”. “… la sal de la derrota arderá en nuestras sienes y ya será tiempo para que los zapatos recojan barro y polvo de la herencia de Job.” En ningún otro ámbito nos movemos sin tropiezo, incluso ciegos, salvo en la tradición. Quizás no alcancemos a comprender la motivación original de los rezos, pero el  ritmo recitativo de cualquier libro sagrado, Celán, la Torá, Gamoneda o el Viejo Testamento, de cualquier plegaria, kaddish o salmo, nos ensimisma ante un mismo abismo: nuestra fragilidad, moral y vital. “Aquí está el que remó para llegar / al lugar donde sobran los latidos / y sólo es geografía de cenizas.” Los que nos precedieron en esas derrotas, sobre todo en la última, mantienen para siempre las casas pechadas, y nos dejan, de momento, vivos, pero solos —“soli e vivi”—. No se aventure por consuelo en estas páginas ningún lector, tendrá la compañía de lo bien escrito, de lo rumiado largo tiempo, pero no habrá concesión alguna a más esperanza que la de saber que si Dios existe quizás llora su impotencia con nosotros. Eso sí, en algunos estas páginas habrán alentado la inspiración de otros versos, porque la buena poesía siempre es contagio.

jueves, octubre 27, 2016

La comisura de las luciérnagas


Tuvo uno la suerte de estar en el jurado que premió este libro hoy hace un año. Tuvo la grata tarea entonces de defenderlo con la convicción de que se publicaría así un poemario tan brillante como esa luz eléctrica que confunde el deseo de las luciérnagas de su título. Un título que han de saber fue inspirado, o eso al menos uno cree,  por el irreverente libro Sexo en la tierra del zóologo británico Jules Howard, quien estudia en sus páginas el apareamiento animal, descubriendo curiosidades tales como que las luciérnagas macho intentan aparearse con las farolas en vez de con sus hembras, al resultarles más estimulante la luz eléctrica que la de sus congéneres. Y es que la noche alberga todo un catálogo de controvertidos deseos. El de las luciérnagas macho o el de los poetas como González Sánchez Terán —una inspiración más de Balbontín—, poetas que bailan a esa hora “entre los puños del dolor cortejando la luz hasta convertirse en ella”. La noche es también, como bien dice en su preciso y afectuoso prólogo Julio Ceballos, el escenario casi permanente de estos versos: “hay gestos que sólo saben suceder de noche, porque de día son otra cosa que no ayuda a volar, que no brillan ni excitan; por esto este es un libro nocturno”.

Él cada noche la espía
ve cómo se desnuda
cómo derrite con su lengua
cubitos de hielo rojo
en el cuarto de revelado.

Pero La comisura de las luciérnagas además de ser un libro nocturno, es un libro proyectado. Es la obra de un operador oculto en su garita del piso alto que ilumina con un viejo cinematógrafo una vida distinta y libre en medio de la oscuridad. Que proyecta unas imágenes febriles, acompasadas, con música interior y recitación lúbrica. Esa es al menos mi impresión y de algún modo así la glosa también el prólogo de Julio Ceballos: “dentro habita una colección de imágenes en ráfaga en torno al cuerpo y el alma del ser más perturbador y hermoso de todos cuantos existen: el eterno femenino. Su olor. Su sabor. Su calor y la obsesión que su fervor alimenta”. Por la pantalla desfilan el amor, los bisontes pintados mientras se persigue un corazón, la mujer, la calles bajo una lluvia tan persistente como la de Blade Runner, Dante en su purgatorio, la tinta negra, los trenes huyendo, los amantes que atracan tiendas de ultramarinos, las pieles desnudas y los cometas. En la página en blanco, como en la pantalla, el pulso del operador proyecta versos, superpone secuencias, hipnotiza al espectalector. Ese rectángulo donde cobra vida lo imaginado es una ciudad iluminada por luciérnagas en celo, esas luciérnaga que cantaban U2 —A city lit by fireflies they’re advertising in the skies for people like us…—, y que vuelan en una ciudad que hace el amor bajo la lluvia.

Una ciudad dentro de un orgasmo dentro de unos ojos.
(…) Los soportales llenos de trenes huyendo de las tormentas
que te llevan a través de cerraduras y túneles y edades.

Hay libros escritos apoyándose en el viejo oficio del mester de clerecía, que respetan la tradición y no tuercen los renglones. Son buenos libros muchas veces, aunque quizás nunca los mejores. Y hay libros escritos bajo envidiables iluminaciones, las  que alumbran a los artistas inspirados, a los amanuenses inconscientes a quienes un dios propicio les regala, de vez en cuando, pequeños textos sagrados de puntuación anárquica y renglones torcidos. Sus mantras embriagan igual que la absenta vertida por la comisura de las luciérnagas que imagina Balbontín.

         Dejaste pistas de saliva falsa en el arcén curvo de la comisura de las luciérnagas.
         Una lágrima busca una pupila donde poder derramarse.
         No la encuentra. Se ahoga.
         La guardaremos cuando no tengamos nada.
         La beberemos a solas. Será nuestro vicio.

martes, octubre 11, 2016

La Gran Araña

Estar en las redes sociales supone compartir el hilo pegajoso donde nos balanceamos quienes nos hemos rendido al encaje de La Gran Araña.  Es cierto que nuestra vida no pende de ese alambre, como la de los insectos, puesto que siempre es posible un acto de voluntad para lanzarse al vacío o volar, pero esa marginalidad nos impediría tomar el pulso a cierta opinión, la de los más próximos, que, para nuestra perplejidad, suelen expresarse en ese ámbito como un coro búlgaro (por eso de las mayorías de aquel país): una o más voces tenores se acompañan ordenada, casi castrensemente, por un orfeón acólito que, además, es capaz de aplaudir con las orejas, al tiempo, si la partitura exige percusión.
En la telaraña estamos tantos que el espacio resulta reducido y hacerse oír en medio de la cháchara global requiere elevar la voz y el gesto, por lo que suele aplaudirse más la ocurrencia que la reflexión; el insulto que el halago; el exceso que la mesura. Recursos tan burdos como el de la instantánea desfavorecedora, el sarcasmo maledicente o la consigna cuasimilitante son monedas de curso corriente, cebo para el colmillo retorcido de quienes utilizan el medio para desahogar inquinas o complejos.
Empieza a ser habitual, además, que las opiniones políticas se aireen en esos medios y que a su través se contaminen de las burdas maneras que les son propias. Que se recurra a la violencia verbal sin cortapisas aprovechando la apariencia de plaza pública que otorgan la inmediatez e interlocución de las redes sociales. Cuando las diferencias se dirimían en ámbitos institucionales o a través de escritos periodísticos resultaban más infrecuentes los arrebatos imprudentes, lo que permitía que casi nunca se diesen por arrumbados los puentes del acuerdo. Desde que la política se ha vuelto tan, en el mal sentido, “popular”, se tiende a confundir rigor crítico con  improperio, llevando la confrontación a lo irreconciliable.
Existe, además, una extendida alergia entre los “comentaristas sociales” hacia la tibieza. Se tolera mejor el exabrupto que el comedimiento. En estas nuevas ágoras se juzga sin leyes, sin derecho a defensa y con la firmeza sumaria de los tribunales más vengativos. Los nuestros, siempre que lo sigan siendo, son intocables. Los otros, cualquiera que sea su opinión, merecen sólo el desprestigio de la insidia o de la calumnia a la que se da apariencia de verdad.
Qué conveniente sería antes de dar por bueno lo que se dice acerca de un político, cuando se le mancilla o se le ridiculiza en la plaza pública como a un muñeco de feria por el simple hecho, no pocas veces, de mantener ideas de signo contrario, que defendiéramos su derecho no sólo a la discrepancia, sino al honor. Se nos llena la boca de buenas intenciones contra el maltrato animal o el menosprecio de género, y somos incapaces de distinguir el daño gratuito que se le hace a un representante público cuando se le arrastra por la arena del circo en medio del jolgorio popular, acusándolo de todo aquello que exacerba el imaginario indignado.
La corrupción de quienes se han lucrado con sus cargos públicos no otorga carta blanca a nadie para convertirse en fiscal sin pruebas o para extender la sospecha indiscriminada. La corrupción es falta de rigor en el uso de lo público, pero también en el juicio de las personas. Tomarse licencias procurando el lucro personal cuando se administran bienes que son de todos tiene tanto delito como tomarse licencias procurando rendimientos políticos cuando se calumnia al adversario.
¿Ejemplos? Échese un vistazo a la telaraña, a los comentarios que en ella se hacen y a los parabienes que  allí se otorgan. Y juzguen si aún les queda capacidad crítica y sentido de la medida. No se harán muy populares, pero, al menos, estarán contribuyendo a que no les estabule, como al resto del rebaño, el pensamiento. 

martes, septiembre 27, 2016

El dominico


No era cartujo, como los de Zurbarán, sino dominico y estaba bajo la portada isabelina de la Iglesia de San Pablo, un esbelto templo anejado al Colegio de San Gregorio, ese cofre repujado por Gil de Siloé donde se cobija el Museo Nacional de Escultura. Así asomado al mundo, como una más de las tallas de fe allí expuestas, oteaba esa mañana soleada de otoño desde el quicio de la iglesia. Afuera, todo era una alegría de luz. Adentro, de donde él venía, la sombra de un culto siempre demasiado atormentado le ponía almidón a su hábito y recelo a su mirada.

sábado, septiembre 24, 2016

Plaza Mayor

Luces y sombras. De todo hay siempre en la historia de las ciudades. De todo hay en la historia de sus plazas. Desde ésta que veis enmarcada por soportales, partió hacia el quemadero, en la madrugada del 21 de mayo de 1559, un hereje llamado Cipriano Salcedo, quien fuera huérfano de madre al nacer —aquel año de 1517 en que Lutero se manifestó contra las indulgencias—. Un niño al que su padre también privó desde entonces de todo cariño al culparlo de la temprana muerte de su esposa. No extrañe entonces que creciera interno en un colegio de huérfanos. Con el tiempo, llegó, no obstante, a ser un próspero comerciante que se sintió atraído por los sermones morales del doctor Cazalla (el prestigioso predicador del emperador Carlos V que introdujo a Lutero en España). Desde esa plaza mayor en blanco y negro, y tras un año de cruel cautiverio en las mazmorras de la Santa Inquisición, más de sesenta reclusos, entre ellos algunos eclesiásticos y también el bueno de Cipriano Salcedo, seguidores según se decía del luteranismo, iniciaban su vía crucis. Porque en ese hoy civilizado solar, se celebró un cruel Auto de Fe, un juicio inmisericorde contra la herejía. Su veredicto, recibido con alegría por gran parte del pueblo allí concentrado: la hoguera. Hubo, eso sí, de entre los condenados quien reconoció su culpa y a quien, como contrapartida, se le premió con el garrote —era siempre preferible llegar muerto a la pira, que ser quemado vivo en ella—. Esta noche, otoño de dos mil dieciséis, se representará aquí el Otello de Verdi. A buen seguro que en algún antiguo coliseo romano se levantará hoy también un escenario que albergará una obra de teatro o un concierto. Bajo esta plaza, bajo esos antiguos circos, las venas de la historia traen a la luz, en busca de aire renovado y limpio, de oxígeno, la sangre oscura de los mártires y herejes que en el mundo han sido.

lunes, agosto 29, 2016

Vengo de un lugar

Vengo de un lugar donde murió Leslie Howard abatido por el fuego alemán, no lejos de donde nació Pablo Iglesias Posse, aquel tipógrafo que soñó con una sociedad de hombres libres, honrados e inteligentes. Vengo de una playa urbana que levanta entre sus olas y las calles del pueblo una larga y ceñuda ceja dunar. De un paseo de balaústres blanqueados y geranios de carmín que lleva desde el río hasta el arenal, donde al atardecer tocan músicos ambulantes con una aureola laica de sol último en torno a sus cabezas, de una rambla donde estoy seguro de que Rohmer podría haber rodado complacido una película parlanchina, luminosa y aparentemente amable. Vengo de los acantilados en niebla, donde las garitas vigilan la incertidumbre y los molinos de viento manotean el silencio como ciegos abandonados. De santuarios levantados sobre riscos y océanos, con campanarios que dan noticia de naufragios, altares cubiertos de exvotos de naves y niños enfermos, cirios que apaga siempre un aire pesado de sal y curas que confunden al demonio con las ballenas. Vengo de faros que son como Hoppers en la tristeza y como souvenirs de colores en los escasos días alegres del verano. 





jueves, agosto 18, 2016

Subsuelo, de Marcelo Luján


Uno iba a escribir algo sobre Subsuelo, algo que animase a su lectura, algo que diese noticia de la excelsa calidad de su literatura, de su trama oscura, algo que hablara sobre cómo atrapa al lector ese magma de odios, venganzas y miserias morales, ese ambiente Cronenberg con que nos envuelve Marcelo Luján... Iba a escribir algo así pero antes le presté la novela a mi amigo Galván y él escribió algo mucho mejor. Por eso, extracto a ahora de su crítica lo que sigue:


"Subsuelo, de Marcelo Luján, argentino de largo recorrido en España. Decir lo que dicen de Subsuelo me llevaría la tarde sólo para copiar la cantidad de premios bajo los que la han enterrado. Estupenda novela. Me ha hecho pensar mucho en los límites de la novela negra. Me ha sorprendido que le hayan dado el premio Hammett de la Semana Negra de Gijón, que siempre ha premiado novela negra de género: detectives, asesinos, víctimas, historia retorcida y adictiva, un par de polvos sin compromiso, resolución in artículo mortis y hasta la próxima. Si tantos premios de novela negra le han dado a esta novela tortuosa, tendré que aceptar que lo es, pero no puedo entenderlo. La novela es muy literaria, el tío tiene un pulso increíble para rodear la parca anécdota de otros mundos colaterales que buscan la extinción con la misma intensidad con la que los mellizos protagonistas se han tomado el rechazo mutuo cuando se conocieron, cada cual en su bolsa amniótica; la claridad con que han de quedar grabadas en la angustia del lector las relaciones de no-amistad de las cuatro mujeres (curioso que los estallidos de odio se den precisamente entre las que no son amigas de nadie); el ambiente gomoso que me da la escena de la cena en el corredor que me aparece envuelta en ámbar aún sin solidificar; gomoso, también, todo el ambiente floral y arbóreo de la finca, acogiendo a un mal que reside en el sótano, que parece haber comprado a la familia para que sigan teniendo y yendo cada verano, sin plantearse otras opciones, a aquella finca en el fin de lo alcanzable, donde se sabe lo que hay más allá pero nunca se va: de ir, se va hacia abajo, al embarcadero podrido del pantano; un mal que hace huir incluso a las hormigas: qué horrible es la imagen de esa hormiga reina del tamaño de un gato, qué terror el avance de la última hormiga, un temor más que te deja con la boca abierta en su final, cuando por fin, con sus últimas fuerzas de hormiga en las últimas patas que aún no se han dado de baja en su aventura, sale de los límites de la finca, sólo sea para morir libre (un ambiente así de insano sólo está al alcance de Stephen King en estado de gracia); y olvidaba a las dos madres, de las cuales puedes perfectamente estar esperando un aquelarre, cualquier barbaridad, pues ellas son quienes poseen la fuerza para sentir el mal y enfrentarlo estando allí, a la espera de una desgracia más, con todos esos secretos contados en frases a las que les faltan palabras, convirtiéndose así en secretos más grandes y dañinos. Luego es lo de siempre: a uno le parece que sólo las novelas reseñadas en Babelia tienen éxito, y resulta que ahí andan estas corredoras de fondo de las que oyes por casualidad: de Subsuelo por el loable empeño de darle premios. La construcción de la novela es perfecta línea a línea: cada una de ellas se te pega como tela de araña que más crece cuanto más intentas desprenderte de ella: yo he necesitado una sufrida oyente a la que intentar transmitir en qué mundo estaba y que de él necesitaba salir. El autor ha optado por escribir en un castellano perfecto, imagino que esperando que la novela funcionara bien por aquí: apenas mete un par de argentinismos y se las arregla para dar su sentido en castellano en alguna de las repeticiones de cambio de punto de vista (libros argentinos he dejado por no entender nada: y no estoy dispuesto a probar un posible disfrute de un libro que la mitad es la novela y la otra mitad el diccionario de voces y giros).  Si por un casual hubiera alguien al otro lado y esto le produjera una ligera vacilación, no lo dude, parafraseando a Fernando Savater en una crítica de hace demasiados años: si tienes dos pares de pantalones, vende unos y ve corriendo a por Subsuelo, de Marcelo Luján."

Francisco Javier de la Fuente Galván

sábado, agosto 06, 2016

Amanece en O Chao

Así debió de ser la duda del Creador: un instante de niebla sobre el mundo justo cuando iba a amanecer. Nunca nada fue tan real y a la vez tan impreciso: porque no de otro pan se alimenta nuestra vida, que del pan que desmiga la incertidumbre.

sábado, julio 23, 2016

Olía a jazmín...


Olía a jazmín la entrada a la casa de nuestra amiga. Atardecía en Somao y en sus cúpulas indianas se reavivaban las ascuas. El río empezaba a ser oscuro. Era fácil imaginarse cómo habría podido ser la tarde en el jardín. Leyendo a la sombra, con los pies descalzos sobre el césped, un libro en el regazo y el tiempo suficiente como para levantar la vista cada vez que la luz cambiante del cielo, las aves ocasionales o la masticación lenta de lo leído pidieran una tregua.

viernes, julio 22, 2016

Jardines


Hoy has sabido de ébanos tan sólidos que si se arrojan a las corrientes se hunden hasta el  fondo. También te han hablado de secuoyas a las que el fuego es incapaz de hincarle sus llamas y sobre cuyo lomo blando has puesto la caricia de tus manos, de bambúes tan resistentes como el acero, con los que pueden construirse puentes, andamios y hasta edificios de varios pisos. De hojas que son como el terciopelo, de arbustos que al tacto se vuelven humo y de plantas sobre las que el agua parece mercurio. Hemos paseado largo y sin prisa por estos jardines que plantó el capricho de un hacendado al borde del mar. Una vasta extensión de naturalezas traídas de todos los continentes. Con savia reciente o sangre tan vieja como la de un algarrobo valenciano de más de mil años, un castaño de Naraval con seis siglos de corteza o un olivo toledano que fue testigo de la expulsión de los judíos. Con bellas ruinas salpicando de piedra y forja la fronda: columnas dacias del siglo I traídas de Rumanía, bronces dickensianos, fantásticas acróteras, relojes de sol, escudos de nobles rurales, faunos, vírgenes, fuentes y campanarios rescatados de la incuria. Hemos recorrido umbrías trochas que llevan el nombre de su linde: palmitos, abedules, rododendros. Estaban en nuestra visita florecidas las miles y miles de hortensias. Volveremos cuando exploten las camelias y las azaleas.
            Rendidos por la caminata, nos tendemos sobre la arena fina y oscura de Frexulfe. La tarde está bochornosa. De vez en cuando ensaya una llovizna que no cuaja en nada. Hay un silencio apabullante de olas. A lo lejos, sobre la acuarela imprecisa, el faro de Ortigueira luce como un acrílico blanco.

miércoles, julio 20, 2016

Impajaritable, de Julio Obeso

Impajaritable, de Julio Obeso (Ediciones Leteo, León)

Da la sensación de que esos seis pajaritos de la portada del libro de Julio Obeso —él y sus hermanos— romperán, impajaritablemente y Parra mediante, la malla del gallinero que los retiene para echar a volar de un momento a otro, regalándole al mundo la alegría de las travesuras infantiles, pastoreando vacas redondas, dejándose hipnotizar por las peceras y creciendo, como todos lo hemos hecho, entre lo roto y lo perpetuo.

La poesía de Julio Obeso podría explicarse con sus propios versos, los que hablan de una urraca que llevó al nido un ángel en el pico. Sus polluelos no sabían qué hacer con él. ¿Podría comerse? No. ¿Y, de ser así, para qué serviría aquella criatura? El poema se cierra entonces con un verso certero y luminoso que explica el propósito final de la presa: “brilla”.

Así pues, no esperen los lectores más alimento de estas páginas —y no será poco— que el propio de una literatura que teniendo por referentes a verdaderos outsiders (Leopoldo María Panero, Edgar Allan Poe, Virgilio Piñera, Jesús Lizano, Vallejo o, la más próxima en el tiempo, Damaris Calderón), procura alentar vuelos más que fijar certezas; contagiando libertad a través de un lenguaje carente de ataduras, que sin perder nunca de vista su propósito último —la intención que lo alentó—,  no se subordina, sin embargo, a él, optando en su curso por el meandro, por el juego y el humor, por la contundencia del minimalismo con que se urde. Un lenguaje que brilla en los ojos del lector como el ángel en el nido de la urraca. 
la verdad,casi todo está por hacer.mira los ríos por rematar,los hombres a medio cocer.mira la tierra,pide una segunda mano a gritos,sin mencionar las bestiasagotadas antes de tiempo.¿el trabajo?pan va, jamón viene,siempre con un ojoen las piernas de las angelitas.despidamos la subcontrata,hay que ponerse manos a la obra.
                                                                       Julio Obeso (Impajaritable


lunes, julio 18, 2016

A veces no es suficiente...


A veces no es suficiente la sombra, y nada puede contra el ahogo que los días espesos nos ciernen en torno al cuello tal y como cuentas de sierpes tórridas. Qué igual es ese garrote vil a cualquier miedo sin respuesta; nos tronza la garganta con un crujido de tallo agostado. Por eso la esperanza necesita siempre de corrientes: del curso libre e impetuoso del agua o del aire aliviando toda sed y cualquier espanto.

domingo, julio 17, 2016

Llega de cerca el rumor...


Llega de cerca el rumor de una piscina. Chapoteos y gritos de niños que disfrutan del frescor del agua en este día caluroso. No hay nubes. O casi no hay nubes. Forzando la mirada descubro unas volutas como de humo de cigarrillo sobre el perfil de la colina que se levanta frente a nosotos. Registro su presencia en este diario, levanto de nuevo la mirada y casi ya se ha esfumado del todo ese algodón ralo. Habrá dejado quizás sobre la copa del arbolado un rastro de ceniza nívea. Más hacia el este se mantiene en lo alto, inmóvil, un parapente. Es un vuelo perezoso, como si el calor espesara el aire y las alas de cualquier pájaro, incluso las de esta ave espúria, se batieran con lentitud impuesta. El sol clemente apacigua los temores y nos anima a pequeños gestos de valentía. Como a creer que nada malo puede suceder bajo una luz como ésta.


sábado, julio 16, 2016

Estoy leyendo...


Estoy leyendo bajo la sombra de un manzano pequeño, añoso y retorcido. Tiene el tronco escamado y aun así está cargado de frutos todavía pequeños, muy verdes y que de tan tensos parece como si fuera a salírseles el corazón al aire. Guardo silencio y permanezco casi quieto. Quizás por ello sigue su curso la oculta vida de la sebe próxima. Helechos, moreras, laurel y avellanos. En ese fondo oigo sin ver a los pájaros que habitan el secreto de la fronda mientras las hormigas trepan por la hoja sobre la que estoy escribiendo estas líneas. Por encima de mi cabeza, sobrevuela al contraluz el negro perfil de una golondrina. El cielo está limpio pero tiene un azul desvaído, como muy lavado. Sopla una brisa que mantiene fría la sombra y  mueve las ramas de este árbol que me cobija, asperjándome con haces repentinos de una luz que zigzaguea las hojas del manzano y me llega como a golpes de cerilla hasta la piel.


viernes, julio 15, 2016

En la sombra...


En la sombra sopla una brisa fresca. Tengo el libro abierto sobre el prado. Sujeto las esquinas de sus páginas con los pies desnudos. Hay unas briznas de hierba asomándose a lo escrito. Es una composición imprevista pero casi medida. El verde pespunte deja una nota de color en los márgenes, pero sin ocultar ni una palabra, respetuosamente. Como una pincelada sabia. El sol está subido sobre una luz vertical, afilada. Casi feudal. El estío es este sometimiento consentido al esplendor. Por más que se busque el alivio de lo umbrío, finalmente la mirada se deja convencer por todo lo que refulge, casi inauguralmente, sobre la faz alegre de la tierra.