jueves, marzo 21, 2019

Postales de New York, de Isabel Parreño


Postales de NewYork, Isabel Parreño 
(Ediciones del Viento)

Hay libros de los que salimos más ligeros. No porque no dejen en nosotros  poso, sino porque el que dejan tiene, como algunos bálsamos, una capacidad depurativa. La Nueva York que describe Isabel Parreño y pinta Eduardo Baamonde, con delicioso trazo de urban sketcher, es una ciudad de línea clara: delimita rincones, ilumina personajes, contagia entusiasmo y deja, al final de cada uno de los nueve capítulos, una sensación de puerto alcanzado en bonanza. Quizás por esa transparencia que desprende del libro, en su prosa, sus ilustraciones y en el cuidado con que se ha editado, al lector le quede al final de la lectura tan buen cuerpo.

Es y no es un libro de viajes. Isabel Parreño no habla tanto como una viajera en tránsito como una residente temporal de una ciudad en la que con tiempo y dedicación suficiente va reconociendo, por sí misma, los lugares que marcaron la existencia de algunos creadores que no sólo forman parte de su educación sentimental —que diría Flaubert—, sino también de la de los muchos lectores que a buen seguro acompañarán a la autora en su periplo neoyorkino.

Con Dorothy Parker entramos en el Hotel Algonquin. Siguiendo los pasos de E. E. Cummings y  Edna Saint Vicent nos paseamos por el Greenwich Village. En el Bronx, visitamos  esa casita conocida como el Cottage de Poe, donde el autor de The Raven acompañó los últimos días de Virginia, y donde él mismo vivió sus últimos y trágicos años. Con cierta prevención —una meca tan trágica impone restricciones—, escrutamos el Chelsea Hotel, en el que murió Dylan Thomas y en el que tantos otros alojaron sus excesos. En el Queens Louis Armstrong pone por banda sonora su What a wonderful world. Nuestra fidelidad a Woody Allen nos brinda un itinerario casi interminable, el puente de Queensboro que lleva a Mahattan, el atardecer desde Brooklyn, la serenidad del Upper East desde Queens, Central Park, el Carnegie Deli de Broadway Danny Rose, las playas de Rockaway en Días de radio o las calles del Soho en Hannah y sus hermanas, el P. G. Clarke´s, donde sigue la mesa en la que se sentaron Alvy y Annie cuando se volvieron a encontrar después de mucho tiempo y desde donde se ve la esquina de Columbus Circle donde se despidieron por última vez. En un viejo apartamento de Harlem, un tórrido domingo de agosto, asistimos a esos milagrosos conciertos casi íntimos con que Marjorie Elliot, la anciana pianista de jazz, señala el camino a los que se han ido para que sepan volver. Rastreamos Columbia University en busca de una bola de pórfido donde una vez se sentó Federico García Lorca. Un rayo la destrozó con la misma saña fatalista con la que la guerra se llevó la propia vida del poeta, que fue en Nueva York un escritor subyugado por el vértigo de una ciudad poseída por la crisis del 29. Por último, y en los salones decimonónicos de la Hispanic Society, uno de esos milagros provocados por el amor hacia el genio creativo español que ha llevado a tantos hispanistas y mecenas foráneos a cuidar mejor de lo nuestro que nosotros mismos, descubrimos un retrato de  Emilia Pardo Bazán pintado por Sorolla. Este capítulo quizás es el guiño más personal de Isabel Parreño hacia una querencia, la de la vida y obra de la autora coruñesa, sobre la que ya publicó, junto a Juanma Hernández, un libro imprescindible para conocer la relación entre Pérez Galdós y la Pardo Bazán, Miquiño mío (Turner, 2013). Curiosamente, o no tanto, ambos escritores permanecen juntos en las paredes de la Hispanic Society.

Son, por tanto, estas Postales de New York un sereno y, a la vez, emocionado recorrido por algunos de los emplazamientos donde evocar a quienes, con muchos otros, contribuyeron a moldear una manera de estar y ver el mundo, de apreciarlo con más intensidad y matices. Sin ellos, en los viajes sería difícil vivir esa sensación de la que habla en las primeras páginas se su libro Isabel Parreño: la nostalgia que a veces nos invade en los lugares antes incluso de abandonarlos.

José Carlos Díaz

lunes, enero 07, 2019

La edad de las piedras, de Luis T. Bonmati

A próposito del último libro de Luis T. Bonmatí, La edad de las piedras (Huerga y Fierro Editores, 2018), escribo una reseña del poemario y una semblanza del autor en El Cuaderno (se puede leer pulsando sobre la portada del libro).




viernes, noviembre 02, 2018

Azabache en El Cuaderno



Hoy se publica en El Cuaderno un cuento que escribí hace unos años.
Una humorada negra a la que puse por título Azabache.
Puede leerse en el siguiente enlace:

domingo, octubre 28, 2018

Pájaros de alambre


El viernes tuvimos el placer de presentar en la Biblioteca Pública Jovellanos, y con ocasión de los encuentros poéticos que anualmente organiza la Sociedad Cultural GESTO, el libro Pájaros de alambre (Cuadernos Cálamo/Gesto, Gijón, 2018), de Diana Aradas, coruñesa, profesora de literatura que antes de alzarse con el trigésimo segundo Premio Cálamo había dado a imprenta sólo otro libro, Silencio invernal (Torremozas, 2017).
Diana Aradas ha definido en su bitácora digital (http://dianaaradas.blogspot.com) cuál es su concepción de la poesía: “una hendidura en la solidez de la rutina, una fisura que deja paso a la claridad. Sólo ella (la poesía) rasga nuestra mirada, tan acostumbrada a la tiniebla del mundo”.
Se aviene bien esa definición con lo que en el poema titulado Felicidad (pág. 14 de Pájaros de alambre), se escribe:
LA FELICIDAD
Un jilguero que canta
sobre un alambre roto.
Esa línea quebrada del alambre no es otra que la fisura a la que alude Diana, la grieta en la gris cotidianidad a través de la que se abren paso los versos, la dicha sostenida por el canto del jilguero, la propia poesía al modo delicado en que la entiende Diana Aradas. Delicado y, podría añadirse, casi aforístico, puesto que no pocos poemas se resuelven asertiva y concisamente como podemos apreciar en los siguientes ejemplos:
          “El cielo no puede escapar del pájaro.”
“Somos las ramas en las que trina la vida apenas un instante.”
“El pájaro es al árbol lo que el instante a la felicidad.”
“La brisa es un mayoral que conduce hacia el invierno.”
“El espantapájaros aleja lo que quiere porque presiente la pérdida.”
“Son ruidosos los pájaros para que exista el silencio.”
“La muerte baja del cielo y hace una parada en el cuerpo del gorrión.”
“Estéril venda es el vivir.”
Esa concisión casi oriental caracteriza la expresión de Pájaros de alambre, que se constituye así como un poemario de composiciones breves y esenciales. Que no recurre a la anécdota para el arranque de los versos, sino a las iluminaciones suscitadas por los pájaros como símbolo, creando una alegoría sostenida en el vuelo de las aves, en su fragilidad, en su relación con las estaciones, en las sugerencias de su plumaje, un ámbito cerrado y cohesionado, una atmósfera sutil y subyugante.
Hay poemarios que se articulan engarzando lo que podrían considerarse materiales de  aluvión (se va escribiendo de temas diversos, incluso con ánimo y formas diferentes hasta cerrar un libro), y hay otros poemarios, sin embargo, que responden a una intención inicial sobre la que se va construyendo un conjunto homogéneo, planeado. Pájaros de alambre pertenece a este segundo tipo de libros, concebidos con voluntad de unidad, en torno a una idea, imagen u obsesión sobre la que gira todo el conjunto.

Estamos, pues, ante una manera de decir extremadamente depurada, sin más adjetivación que la precisa, alérgica a toda impostura y concentrada en el hilo simbólico con el que se urde en una voluntad de obra cerrada sobre sí misma. Esta austeridad de estilo queda advertida en su poética inicial:
El pájaro no exhibe el buche,
únicamente le sirve
para comer.
La belleza
reside en sus colores, ocultos
bajo el pico,
igual que un poema,
no siempre muestra lo bello
que contiene (…)

Ese es el estilo con el que se aplica Diana Aradas, pero la intención, el porqué de estas páginas, la razón última de la poesía también tiene su reflexión en el libro (en la composición A la poesía):

Dónde los pájaros
mientras cae la lluvia.
Cuál es su refugio,
de qué se alimentan si la nieve,
cuándo encuentran su lugar,
si no es el cielo,
cómo sobreviven
sin canciones.

La necesidad de esa luz o canto para la vida, la necesidad de ese consuelo, es el regalo que nos otorga la poesía, parece querer decirnos la autora.

Apuntadas, pues, las pautas sobre las que trabaja Diana Aradas, la forma y el sentido de su tarea, resta adentrarse en el muestrario tan diverso y sorprendente, tan admirable en hallazgos, que nos ofrecen sus Pájaros en el alambre. En ese recorrido, el paso del tiempo y la manera en cómo transcurre o debe transcurrir nuestra vida mientras tanto (con el aprovechamiento del instante, como los pájaros, es el asunto literario intemporal que se atisba como una marca de agua a lo largo del libro y que tiene un tratamiento, de algún modo paradigmático, en el poema que da título al conjunto:

PÁJAROS DE ALAMBRE
(para Julia Cavero, por su amistad)

A medio camino
entre la tierra y las alas,
como esos pájaros que se posan
en los cables de la luz,
y se hacen compañía
mientras esperan
para alzar el vuelo,
así nos queremos los humanos,
mientras tanto.

Somos, como acierta a decir Diana en otra estrofa: “(…) las ramas / en las que trina la vida, / apenas un instante”. Una vida, por otra parte, que resulta demasiado a menudo perpleja, acuciada de incertidumbres:

CONOCIMIENTO

Los pájaros
sobre los conductos
de la luz
no saben más que nosotros
del mundo que pisamos

Una vida acordonada de fronteras (y el término “fronteras”, deletreado en el poema El alambre de los pájaros tiene, como no podía ser de otro modo, una significación despreciativa):
En los alambres de Auswitchz,
en los alambres de Siria,
en los alambres del hambre,
en los alambres del mundo.

El mundo es un alambre
que nos degüella
mientras sostiene sus pájaros
Esas recurrencias constantes a pájaros y alambres tienen la virtud poética, como creo que se intuye fácilmente, de la connotación. Poseen la cualidad de transformarse y adoptar significaciones complementarias, otorgándole, paradójicamente, una riqueza espléndida a un libro tan desnudo, tan falto de fanfarria épica o  adjetival, como es éste. Ese alambre, por ejemplo, que nos degollaba, se transforma en otros versos en el rodrigón o guía que sostiene el talle de una rosa doblada por el viento; o es cable, en otra interpretación, que columpia la idéntica vida delgada de dos pájaros que comparten amor sobre ese frágil espacio.
A su vez, ese pájaro gorrión que es capaz de asomarse cada tarde en el poema La jarra de Leteo a una nueva vida como Dante —Vita Nuova— cuando bebe en los charcos de Leteo, tiene quizás por ave antagónica en el poema Pájaro en mano a todas aquellas criaturas que “cubrimos con pañuelos / para que sepan que llegó / la hora de dormir” y que no son sino “los pájaros del miedo, / encerrados siempre en las jaulas / de la indeterminación y la duda”.

Podría ahondarse más y seguramente mejor en un libro que, a pesar de su brevedad, de su concisión, es una fuente inagotable de sugerencias. El papel del lector, del lector de poesía en particular, es crucial a la hora de cerrar el círculo del proceso creador: enriquece con sentidos únicos, individualizados, el mensaje abierto a interpretaciones que es siempre, en mayor o menor grado, la poesía.

Permítaseme, por tanto, que arrogándome esa libertad interpretativa a la que acabo de aludir haga una referencia última a dos breves poemas del libro que llevan un mismo título sólo diferenciado por las interrogantes añadidas en el segundo de ellos: Y si, y ¿Y si? (págs. 48 y 58). Dos poemitas que uno ha leído añadiéndoles, mentalmente, un acento gallego a la declamación, porque tienen que ver con la sabiduría de la duda. Un ejercicio muy gallego, no al modo a veces desdeñoso con que se ironiza sobre tal manera de proceder, sino al bien argumentado por Cunqueiro, que creía que en el alma gallega pervive una suerte de defensa hacia el exterior propia de un pueblo que era el fin de la tierra, expuesto a los excesos del mar y del clima, invadido desde la costa y por los caminos interiores. Un pueblo por tanto receloso de las certezas absolutas (imposibles frente a la naturaleza, peligrosas ante el invasor) que ha adoptado como identidad la eventualidad del parecer, su condicionalidad. Esos títulos de los dos poemas de Diana aludidos, quizás tengan que ver con ello. Y con esa relación estrecha con la naturaleza, tiene que ver todo el libro, en el que pájaros y estaciones son metáforas extraídas de ese ámbito natural que sirven para hablar de la vida, su transcurso y circunstancias.

En  fin, y por darle conclusión a una lectura que pide volver una y otra vez sobre sus pasos, sobre la sombra de esos vuelos rasantes de pájaros ligeros y hermosos o sombríos y premonitorios, bajo el cobijo de esas ramas o alambres en que se posan, tan quebradizos como nuestra propia existencia, sólo queda desearle a este precioso libro, que despliegue unas alas vigorosas y por largo tiempo extendidas. Querrá ello decir que son muchos sus lectores. 

lunes, octubre 22, 2018

La buena tarde (que lo fue)

Ayer tuve la fortuna de compartir unos minutos de radio con Pedro Menéndez Alejandro Fonseca en el programa La Buena Tarde de la RPA. Gracias a ambos por hacerme tan grato ese pedacito de tiempo con la poesía. Y gracias sobre todo a Pedro Menéndez por su generosidad. Aquí os dejo el audiobolo.


jueves, octubre 18, 2018

Gran desconcierto

El indócil entusiasmo de José Luis Argüelles

/por José Carlos Díaz/
(reseña publicada en El Cuaderno)
Escribir es una forma de pararse y de observar la vida en perspectiva. Petrarca se paró a contemplar los años malgastados en pensamientos amorosos, y Garcilaso, por aquello de la imitatio, exploró la fórmula contemplando el estado al que lo habían llevado sus pasos. Fray Luissiguió el ejemplo de ambos y echó los ojos y su pensamiento al pasado, arrepintiéndose de sus tibiezas y confesando el desconcierto en el que había andado («Condeno de mi vida la tibieza / y el grande desconcierto en que he andado…»).
Escribir poesía es una forma de ser fiel a cuanto damos por cierto, pero sobre todo de desvelar nuestras incertidumbres, valiéndonos para ello de la palabra heredada, sabiendo qué quiso decir en boca de otros y qué nuevas acepciones podemos añadirle.
Aquel desconcierto de Fray Luis se amplifica en el título del nuevo poemario de José Luis Argüelles. La cita del agustino abre sus páginas y se refleja distorsionada en la portada de Gran desconcierto, editado por Trea, que lleva por motivo de cubierta la mirada, también contemplativa, de un hombre hacia una ciudad dormida en la noche (precioso óleo de Melquiades Álvarez).
Las palabras renovadas remiten a las antiguas palabras como «cerezas en el bodegón de la memoria», según escribe Argüelles en el primer de los poemas de su libro, New York movie, que constituye a su vez una de las cinco partes en que divide el conjunto: New York moviePequeños poemas robadosZagajewski en OviedoPoemas y canciones contra el dañoConvalecencia.
Y es en concreto en la segunda y tercera de estas divisiones en la que explícitamente el autor pone de manifiesto la deuda de su poesía con la tradición, más o menos reciente, en la que se inspiran sus asuntos poéticos o la manera en que se afrontan. Las referencias son mayormente literarias (GoetheBrechtBurkeBiedmaKafkaEurípidesHomeroBotasThoreauMelvilleNemirovsky o, con especial protagonismo, Zagajewki), pero también se aprovechan otras vetas musicales, cinematográficas, pictóricas o políticas. Los poemas robados se constituyen así, más que en versiones de otros, en chispazos de lucidez sugeridos al hilo de lecturas, cuadros, música o películas.
«¿Cómo soportar la vejez/ sin un poco de amor/ o algo de gloria?» es, por ejemplo, la pregunta aforística que resume la Elegía de Marienbad, escrita por un anciano enamorado llamado Goethe. Frente al desconcierto de un Thelonius Monk, al que en su vejez todo le pasaba todo el tiempo, nos eleva la alegoría interestelar de Christopher Nolan, en la que el destino de los viajeros no es otro que «el éxodo en la noche inacabable/  por la bóveda fría,/ en busca del buen lugar…». Desde un ángulo más social, De vita civili se constituye como la contraposición comprometida al De vita beata de Biedma. Ante la cómoda resignación del noble arruinado que se proponía en ésta, el «vivir sin dar tregua a tanto engaño» por el que se decanta aquélla. Y no puede ser de otro modo, porque «los malvados tan solo quieren/ que no hagas nada», recuerda Argüelles reinterpretando a Burke y también a Gramsci, que culpaba a los indiferentes de la claudicación, como los culpa igualmente el autor de Gran desconcierto, para quien lo que importa, como así se proclama en la Canción de la página 63, es «la búsqueda,/ el indócil entusiasmo y ese gesto insumiso/ como vuelo de pájaro».
Ese entusiasmo es fervor: el mismo que propone Zagajewski contra la futilidad desmemoriada o la ligereza posmoderna; el mismo que defiende para una poesía de ideas pero sin grandilocuencia. Un Zagajewski al que se le dedica un poema que es también epígrafe del libro, Zagajewski en Oviedo. En este texto, el periodista que es Argüelles ejerce su oficio dejando que hable el protagonista, contextualizando la entrevista, la conversación que tuvo lugar con motivo de la entrega del Premio Princesa de Asturias, y extractándola en unos pocos y reveladores versos: «Y hablamos del fervor, de la defensa del fervor»Ya en el precedente poemario de José Luis Argüelles, Las erosiones, se tenía muy presente al poeta polaco, del que se extraía como introducción la siguiente cita: «¿Por qué la vida aspira tan tenaz a la destrucción?».
La destrucción es daño. Contra el daño, distintos daños, se escriben los poemas de la cuarta parte del libro, variada en formas (desde el haiku al soneto blanco, pasando por la prosa poética) y en asuntos. Ese daño es dolor. Así se titula, El dolor, el segundo de los poemas agavillados en esta división. En él se justifica, entiendo, gran parte de lo que luego se cuenta en los siguientes: «Sólo el dolor nos hace dignos…/ Aún me llama el joven que vigila/ ese fuego y escribe unas palabras,/ escribe porque ve una sombra, porque/  no sabe darle nombre a su intemperie». El joven al que alude es aquél que en los primeros setenta leía en Mieres a Celaya, a Vallejo o a Neruda. Media vida después, cuantos como él vivieron el compromiso en primera persona, tal vez pueden sentir la amenaza sobre la que Argüelles recelaba en un libro anterior: «lo peor es cuando el joven que fuimos nos escupe en la cara/ cuando llora en silencio y no sabemos qué hacer,/ cuando su dedo acusador nos señala lúcido». Por no darle motivos para la ira a ese fantasma de lo que fuimos, pero también porque se sigue manteniendo un empeño ético (eso sí, ya sin banderas: «la heráldica turbia de sus telas / está hecha de ceniza / gotea sangre»), los poemas de Gran desconcierto contradicen al título cuando pisan fuerte sobre la memoria recobrada: las escombreras de un pueblo minero abandonado; la memoria del padre que, como tantos otros, «sufrió el lúcido dolor de quienes una y otra vez salvan el mundo»; la constancia del niño que descubrió el poder de la palabra en un diccionario azul y cuya mano, cuando han pasado ya tantos años, «escribe todavía este poema»; o el retorno al «valle de los días quebrados/ y a la ciudad de niebla que allí sigue/ como marca de hollín, junto al río ceniciento». Las raíces se afianzan como las pocas certidumbres que cauterizan el desconcierto incluso a pesar de la tesitura elegíaca desde la que se convocan, la misma que sutura algunas evocaciones como Collioure, urdido con unos versos sutiles, hermosos: «La eternidad es esto:/ no añorar nada, acaso/ la luz de un limonero», o Los muertos, que «nada saben de nosotros,/ olvidan cada nombre/ y nos dejan el suyo/ poco a poco gastándose».
Pero hay también, en estos Poemas y canciones contra el daño, motivos para la esperanza, propósitos de carpediems, muy discretos versos de amor o sutiles ironías. En Canción de febrero, después del daño invernal, se anuncia «la vida que aún ríe entre las sombras».  A su vez, la Canción del ahora y la Canción del propósito nos proponen concentrar nuestra vida en el día presente («la muerte nunca,/ si ahora es siempre»), sin ceder jamás «a la falsa felicidad,/ a la inútil desdicha». Con respecto al amor, se nos ofrece en distintas versiones: a través de una deprimente Escena conyugal («el árido beso, los restos de jornada y oficina en sus manos de niebla, palabras desamparadas»); como salvación en Canción de la búsqueda: «en ti he creído, amor que aún nos salvas/ de la noche más ciega de la nada»; o como ideal de pureza encarnado en una muchacha desconocida. Por su parte, cierta causticidad se atisba en la Canción del santo reincidente, un encubierto homenaje, piensa uno, al Joseph Roth que escribió de cómo el vino transforma el mundo y cambia sus leyes para hacerlo más habitable.
El libro se cierra con Convalecencia, un largo e intenso poema que se subdivide en tres apartados: La conversaciónUn sueño y Un borrador. En una versión previa se había publicado ya en las páginas de El Cuaderno. Conforme a su título, la escritura de esta parte de la obra parece enfebrecida, ya no está embridada por la métrica rigurosa del resto del poemario, sino acuciada por un paradójico deseo de decir y un temor al tiempo hacia la palabrería hueca. En La conversación el enfermo recibe a sus visitas afectado no sólo por sus dolencias físicas, sino por el nihilismo desde el que observa el vacío de cuanto dice y escucha, la desolación del hospital y la vida como tránsito hacia una muerte que «tiene demasiados nombres / y a todos nos acostumbramos». En El sueño se ahonda en el registro onírico que guía en este final de libro la dicción de Argüelles. Parece un atribulado regreso a la adolescencia, a esa aduana de dolor en que rompemos lazos con padres y dioses, en que nos encontramos, por vez primera, verdaderamente solos. Hay un verso para mí esplendido en este tramo: «los años como el trapo sucio de los mecánicos».  Finalmente, se cierra todo con media docena de párrafos en prosa intitulados Un borrador. Son reflexiones llevadas al papel justo después de amanecer del sueño; borradores quizás que pudieran haber dado a luz poemas pulidos, domeñados en su expresión y urdidos con la emoción y ritmo que siempre acompañan al verso de José Luis Argüellles. Sin embargo, esos esbozos alcanzaron por sí mismos una categoría de estilo diferente, apasionado, potente, hipnótico casi. Todo un hallazgo no exento de riesgo (hasta Convalecencia, el poeta era fiel a su historia y al hábito de sus lectores; en Convalecencia nos ofrece una versión muy diferente de sí mismo, que resulta, a mi juicio, perfectamente complementaria —cuando a uno se le acumulan los cuervos, como a Thelonius Monk, conviene conjurarlos, sólo así se puede luego recuperar la armonía de los acordes—), el riesgo de quien lucha «palabra a palabra, silencio a silencio», «por buscar la alegría, por abrazar la vida interminable, la nada interminable».
A veces no alcanzamos a comprender las circunstancias y motivaciones últimas que provocaron una manifestación artística que nos ha conmovido. La manera de expresarse, la emoción transmitida, la belleza de lo creado y, sobre todo, la identificación con la alegría, la angustia, la perplejidad o el dolor de que se hace eco esa obra es lo que nos hace apreciarla. Pero queda siempre, al mismo tiempo, un sentimiento de insatisfacción porque, en el fondo, sabemos demasiado poco de cuanto leemos, de la música que escuchamos, de las pinturas que observamos, por mucho detenimiento que les dediquemos. «Saber tan poco tiene sombras,/ una púa que toca nuestra fragilidad»; «Saber tan poco nos desasosiega»: así se sincera José Luis Argüelles en el primero de los poemas de su libro, New York movie, cuando contempla un cuadro en un museo y le busca sentido a la pintura, el mismo que hemos intentado buscarle a su Gran desconcierto, un libro lleno de poemas a releer y citar del que quisiéramos saber más, como de todo gran libro (qué cuadro era ese al que se refería al inicio, cuándo aconteció su convalecencia, cómo transcurrió, minuto a minuto, su charla con Zagajewski). Aun así, con todo lo que ya nos ha dado tenemos más que suficiente como para guardarle rendido agradecimiento.
José Luis Argüelles escribe con calma. Hasta ahora ha publicado los poemarios Cuelmo de sombrasPasaje y Las erosiones, dejando que transcurriese entre ellos un buen puñado de años y mucha relaboración de cuanto luego se daba a imprenta. Ha sido también el autor de una antología imprescindible de la poesía asturiana, Toma de tierra, y sus aforismos se incluyeron en la recopilación Pensar por lo breve: aforística española de entresiglos, de José Ramón González. La espera de este cuarto poemario, Gran desconcierto, como ha sucedido en las ocasiones precedentes, ha merecido de nuevo la pena.
Gran desconcierto, José Luis Argüelles (Gijón: Trea, 2018)

Zagajewski en Oviedo

/por José Luis Argüelles/
Dijo: «La poesía no está de moda.
Paciencia.
Los poetas no se conocen a sí mismos,
solo interrogan a las sombras de los vivos y los muertos.
Paciencia.
Escriben desde la inseguridad».
Y recordó
esa historia de Ovidio
en su exilio de Tomis,
cómo compuso sus mejores versos
al añorar un mar perdido.
Cuánta soledad
para entregar un poco de luz, esas epifanías
que alguien, tal vez, comparta
no sé dónde.
Paciencia.
La emoción del pensamiento.
Antes, en el vestíbulo del hotel,
junto a un silencioso piano y su penumbra,
le pregunté por la famosa frase de Keats.
¿Son lo mismo verdad y belleza?
Mientras, afuera,
una llovizna gris caía como en una recordada página polaca.
Respondió que el poema restaura siempre la tensión
de aquella equivalencia tan frágil, perdida,
aunque un gorrión se acerca, a veces, a nosotros
y vemos en sus alas frágiles el milagro del mundo.
Y hablamos del fervor, de la defensa del fervor.
También de Rilke, ajena su elegía
al cieno ensangrentado
de la Gran Guerra,
cuando Europa
cavaba tumbas o trincheras
y los banqueros amasaban su oro con el gas letal
de las ideas fijas, los nacionalismos…
El último poeta
en mirar a los ojos del ángel más puro.
¿Belleza
y verdad son lo mismo?
Los poetas no están de moda,
están solos en su soledad acompañada,
extienden sus palabras y tocan a alguien
no sé dónde.
Paciencia.
Después volvió la historia de la vieja mano de Caín,
piras de libros, urnas fracturadas,
la quijada acechante, los grandes carniceros,
los bosques de abedules cenicientos,
Auschwitz, un muro,
el temblor en los labios de Paul Celan
y aquella pesadumbre en el cadáver del insomne Sena.
Habló también de las asimetrías,
esas grietas que crecen en nosotros y en la noche,
en la inconclusa noche de los vivos y los muertos.
La gris llovizna afuera tecleaba
la melancólica canción de los otoños.
¿Rilke y Celan?
Verdad
y belleza no son lo mismo,
no son lo mismo.
Dijo: «La poesía no está de moda.
Paciencia».

José Luis Argüelles (Mieres, 1960) es redactor del diario asturiano La Nueva España, donde también ejerce la crítica de libros. Es autor, entre otras publicaciones, de los poemarios Cuelmo de sombras (Versus, 1988), Pasaje (Trea, 2008) y Las erosiones (Trea, 2013, Premio de la Crítica de la Asociación de Escritores de Asturias). Para esta misma colección, preparó y prologó la antología de poetas en lengua asturiana Toma de tierra(2010). Sus aforismos han sido incluidos en el volumen Pensar por lo breve: aforística española de entresiglos (Trea, 2013), de José Ramón González.

lunes, octubre 01, 2018

En el Páramo

El único vestigio de cómo fue el pueblo es una espadaña que se eleva sobre la tierra como el resto amputado de una iglesia abandonada o hundida bajo un pantano. A sus pies había un cementerio. Hoy queda el rastrojo que ha dejado la siega de sus huesos, que yacen ahora en un nuevo camposanto de muros blancos, ceñidos por el silencio de las eras. Desde el caserío sale un camino del polvo hacia el horizonte. La tierra del páramo respira quieta, nunca levanta la voz ni ensancha el pecho con el aire. Un viejo viene de entre los muros de adobe pedaleando esa planicie a lomos de su bicicleta. Se cubre del sol con un sombrero de paja. Toma la senda terrera. Lleva la vista clavada en el suelo. Evita así las piedras, pero también que no lo distraigan las tapias encaladas por encima de las que crecen los cipreses. Sabe bien que tropezar con unas u otras terminaría por echarle el pie a tierra.

martes, septiembre 18, 2018

Cine o sardina


Contaba Cabrera Infante que cuando  su hermano y él eran niños, su madre les preguntaba si preferían ir al cine o a comer. Eran malos tiempos. Su madre decía: "¿cine o sardina?". Nunca escogieron la sardina. La vida se podía concebir sin sardinas, pero nunca sin cine.

Hoy hemos estado de nuevo en Candás. Al alba. Cada año, por estas fechas, un poeta recita desde el espigón unos versos al amanecer. Cuarenta ediciones van y todas impulsadas por ese hombretón bueno y entusiasta que tan dentro lleva a su pueblo, José Marcelino García.

El amanecer era especialmente hermoso. Como un cinemascope proyectado a la altura del horizonte. La rubiana, que así la llama Paco Velasco, vino a hacernos honores en tan señalada fecha. A ella estábamos convocados los poetas que aquí estuvimos en alguna de estas mañanas de poesía al alba. Nuestros nombres son ahora las escamas de unas cuantas sardinas de cerámica que adornan el espigón del muelle.

A uno le complace estar fuera del pez, y no dentro, como Jonás. Y que se hayan acordado de que anduve por aquí leyendo unas cuartillas en voz alta en una mañana igual de hermosa. Esperando la amanecida, los cantos marineros de los candasinos, la danza prima y el chocolate con churros.

No sé si las sardinas nos sobrevivirán. Si al cabo de los años quedarán de ellas poco más que las raspas. Pero el alba nos sobrevivirá seguro a todos y a todo, a los poetas, a la vanidad de este instante y a los versos que un día leímos aquí. Como bien decía Guillermo Cabrera Infante, la vida se puede concebir sin sardinas, pero qué sería de la vida sin esos amaneceres de cine.




jueves, agosto 23, 2018

Mogarraz


Te mirarán desde todas las esquinas. Las de sus casas, donde guardan la memoria de la vida que allí levantaron, y desde la esquina retorcida del tiempo al que se han sobrepuesto. Te mirarán con la firme convicción de que en Mogarraz el terco culto a la personalidad de quienes levantaron sobre el granito, el castaño y el adobe la intimidad de sus existencias, se ha amotinado contra el despoblamiento que amenaza a tantos y tantos otros pueblos. Mogarraz tiene un ejército de ánimas alegres que miran sin recelo a los viajeros y con agradecida complicidad a quienes mantienen encendida la lumbre de sus cocinas y abren cada mañana a la luz las ventanas desde donde miraron el mundo, desde donde milagrosamente siguen mirándolo.














lunes, junio 25, 2018

Poética


Después de todo, y todo es cuanto se cargó sobre los hombros del alma por el tiempo exacto de una vida más que a medias, tengo por única certeza que sólo el temblor, autoprovocado o sobrevenido por sorpresa, merece la respuesta de un poema. Cómo se cuente esa desorientación repentina por la que se pierde pie sobre la tierra, esa ebriedad por la que se alcanza verdad o miedo, será la consecuencia de los modelos que nos guiaron hasta afrontar nuestro personal dicción. Y el contar mismo será una provocación de la necesidad, no muy distinta a la que nos lleva a la confidencia o la oración, por lo que siempre se buscará un oído del que reclamemos la atención suficiente que le dé sentido a nuestro esfuerzo.

lunes, mayo 28, 2018

Matar el tiempo, de Luis Miguel Rabanal



Demasiadas veces se juega con cartas marcadas cuando analizamos la obra artística de creadores que sabemos vapuleados por aciagas contingencias vitales. Sobre esa condición menoscabada se argumenta el relato crítico, en la convicción de que ha de ser, indefectiblemente, la piedra angular de su obra. Y aunque finalmente este protagonismo se confirme en no pocas ocasiones, una honesta lectura crítica ha de intentar abordar siempre por sí misma la obra de la que se trate antes de situarla en el contexto vital o social en que se ha gestado. Ya habrá tiempo de referirse a ese entorno si así lo considerásemos oportuno para mejorar la comprensión del libro analizado. Porque comprender ha de ser el segundo de los objetivos a alcanzar, pero no a través de un ejercicio de exégesis, o al menos no a toda costa. La obra literaria “comprendida” debe situarnos no ante una detallada glosa, sino ante la intención última del autor: estética, ética o bien una mezcla compensada o descompensada de ambos propósitos. Llegaríamos así a la tercera fase, la del juicio crítico, la valoración, que para quien no ejerce la crítica profesional o académicamente, como es el caso, pero se empeña en dar a la luz por escrito lo que le ha parecido un libro, sólo puede significar que se quiera dar cauce a una emoción que por asombro o placer se ha experimentado y merece reseñarse.

En el terreno fronterizo compartido por estas sensaciones (asombro y placer) se circunscribe la lectura de Matar el tiempo, de Luis Miguel Rabanal. Setenta y cinco textos poéticos en los que el lector (este lector al menos) encuentra un estilo literario personalísimo que logra enmarcar todo el contenido en un ambiente sostenido (casi surreal, entre la cotidianidad y la ensoñación) que sirve como trasfondo apropiado para la expresión poética pretendida. Ese, cree uno, es el primer rasgo distintivo del libro. Aquello que los formalistas rusos daban en llamar literariedad, y que puede adoptar distintas formas, aquí tiene el aspecto de una libertad formal que desborda costuras métricas o estróficas y que huye en todo momento del significado denotativo del discurso, pero no a través de figuras poéticas compartimentadas (ahora una metáfora, más allá una aliteración, aquí una sinestesia), sino de la libérrima asociación de palabras aun en contextos sintácticos usuales, sólo violentados en la significación incierta de lo urdido en ellos. Como si el poeta, y aquí me atrevo a la conjetura, trabajase los textos desde la idea o el impulso inicial que los genera, empleando para ello moldes estereotipados, pero con contenidos que se encajan a golpe de evocación —por recuerdo o añoranza—, de proximidad —dado que lo que está cerca adquiere, no pocas veces, un protagonismo pertinente en lo que se escribe— y de sentido —el que, como una veta, recorre finalmente el texto y se desvela, a veces, en la coda final que, a modo casi de aforismo, cierra muchas composiciones—: “Por doquier palabras.”; “Exacta culpa de la infancia.”; “Vete tú a saber si todo no es hoy execrable.”; “Llegan de muy lejos los pájaros.”; “La casa huye del silencio.”; “Tanta amargura no ha de ser buena, tanta amargura que apetece escupir.”; “Toda la casa huye de mí.”; “Te llamas Casimuerte y tú lo sabes bien”; “Matar el tiempo matar el tiempo matar el tiempo.”; “Olleir no existe, te dijeron algunos.”; “Vivir, mera anécdota de los usurpadores.” Tal manera de afrontar la creación literaria genera ese “asombro” al que aludía. Dejamos de percibir la exacta definición de lo nombrado al desencorsetarse la relación de las palabras a través de asociaciones inesperadas, deslumbrantes: “Muchachos atrevidos que beben luciérnagas en copas de menta, es el hielo de cuando pasan descalzos”. Ese asombro pudiera generar rechazo en el lector partidario de la empatía significativa, pero ofrece un perverso placer a quien se adentra  en este libro, o en otros libros o creaciones artísticas no ceñidos a interpretaciones unívocas, con la intención de que la empatía se establezca en lo emocional, en lo sensitivo. Alguna vez dijo Luis Miguel Rabanal acerca de cómo han de leerse sus textos que “el buen lector, que lea, que es lo suyo. Y que se deje llevar y a ver qué pasa”. Esa debe ser la actitud.

No quisiera que esta alusión mía al deslumbramiento en Matar el tiempo diese lugar a malentendidos. Aquí —y es algo que se olvida a menudo por quien reseña textos poéticos o redacta catálogos de exposiciones de arte— no se trata de redactar un texto literario que de algún modo se ponga en un plano paralelo al de la obra a que alude. Me gustaría ser preciso, no ocurrente. La lectura crítica analiza, comprende en la medida de lo posible, intenta explicar cómo se abordó el acercamiento a lo aludido y, en última instancia, valora la experiencia creativa experimentada. Por eso, cuando hablo de deslumbramiento me refiero a la capacidad del texto para poner luz sobre realidades paralelas o inesperadas, pero no aludo al carácter luminoso de un texto que es sobre todo sombrío por el amargo tratamiento con que relata la condición mortal y las limitaciones humanas, abordadas desde una región de renuncias al “saberse (el poeta) desahuciado como cualquier huido en el interminable fondo del bosque”. Como cualquier de nosotros, por tanto, en la escala correspondiente de edad o enfermedad que transitemos.

Sirva el poema LXXII como ejemplo de esta posibilidad de identificación con lo leído (independientemente de las circunstancias que distancien a poeta y lector). Parece aludirse en él a un encuentro al atardecer entre un hijo que se supone ya maduro y un padre que se adivina viejo, quizás enfermo, y por tanto cada vez más mortal.  Contingencia ésta —“la hora de estremecerse”— que ambos saben y asumen en silencio mientras llega la noche, como al poema de Quasimodo — “Ed è subito será”—:

Llega de súbito la noche y nos sorprende apenas su tibia, su bronca sinrazón con palabras no dichas”.

Y uno, lector que se deja llevar, piensa en todo lo que un padre y un hijo nunca se llegan a decir, en la resignación hacia ese pudor de palabras que luego pesa tanto.

Con ese texto íntegro y con otros muchos extractados, se pueden ir trazando a lo largo de Matar el tiempo nuestras propias afinidades. En eso consiste el estremecimiento que nos regala la poesía, en descubrir en el hallazgo del otro, la sensación propia. Pero cabe también —no tengo cuerpo de talibán estructuralista—, es incluso aconsejable, la contextualización posterior del texto: a qué debe tanta tristeza, por qué esos sarcasmos, dónde está Olleir o si Musina maúlla sobre un teclado de ordenador a la orilla del poeta. Será toda ella Información valiosa que sin duda ayudará a una más exhaustiva comprensión de lo leído. A una, por así decir, interpretación a lo ancho. Pero para una interpretación honda, deténgase el lector una y otra vez en la sorpresa de aquellos pasajes a los que no es capaz de otorgarles mayor comprensión cabal que la que ofrece la belleza sobrecogida de una verdad íntima, compartida y expresada con lenguaje propio, y por tanto único.