jueves, junio 01, 2017

Cuando la noche te alcanza, de Juan Manuel Hernández

Allá por 2006 puso uno en la red una bitácora que llamó Los Diarios de Rayuela. Según la definición de Martín López-Vega: “el diario tiene una ventaja sobre cualquier otro formato que podamos elegir para la escritura, y es que en él son utilizables todos los demás.”  Ese era el espíritu que inspiraba aquella aventura —que la inspira aún hoy, eso sí con menos constancia— y el que a buen seguro inspiraba a otros muchos blogueros que por entonces iniciaron una andadura parecida.  Entre ellos estaba —está, pues su página sigue más o menos viva—, Juanma Hernández, que urdió lo que llamó El hilo invisible con fotografías, viajes, comentarios sociales y literarios, berrinches varios, reseñas y una especie de reflexiones, de inspiración casi aforística, que llamó “nocturnos”. La lenta pero prolongada cosecha de aquellos nocturnos está hoy compilada en el libro que presentamos, Cuando la noche te alcanza.

Aquellas bitácoras, la de Juanma, la mía, la de otros muchos que hicieron del medio un canal de expresión y comunicación, fueron fértiles durante un largo tiempo y al crecer en paralelo y favorecer entre ellas la existencia de vasos comunicantes, propiciaron incluso la amistad entre sus autores. Recuerda uno, por ejemplo, con especial cariño a Ismael Rozalén, Ernesto Baltar, a Enka Salatti, a Manuel Jabois, al Señor de Portorosa, a Daniel Pelegrín, a Isabel Parreño o a Miguel Sanfeliu. Algunos comenzaban brillantes carreras literarias o periodísticas en esa época. A Juanma lo conocí personalmente en septiembre de 2007. Y así, según se transcribe, conté nuestro primer encuentro en Los Diarios de Rayuela: Una bitácora. Un comentario. Respuesta afable. Se hace costumbre el sitio. Se vuelve a él como el asesino al lugar del crimen. Tenemos huellas por todas partes. Atrevimiento. Hay una dirección de correo en el perfil. Se manda un mensaje subterráneo. Atraviesa el trayecto oculto a la vista de los demás. Llega sin mácula al otro lado. Complicidad. Ciudades distantes. Y de repente un viaje que nos acerca. Y lo que era sólo el perfil impreciso de alguien de quien sólo conocemos sus palabras —no la voz, no su tacto, no su risa—, se convierte en una presencia hacia la que avanzamos desconfiantes. Siempre asusta lo desconocido. Puerta del hotel. Hora de la cita. Llego con antelación. Rodeo la manzana. La muerdo con pasos indecisos. Dan las en punto. Lo reconozco. Avanzo con la mano tendida y la sonrisa franca. Todo resulta fácil. El paseo. La conversación. La confidencia. Se hace de noche en el muelle. Subimos al cerro. Abarcamos todo un paisaje oceánico en bonanza. Toda una ciudad de luces recién encendidas. Cenamos. Sidra y pescado. Muy lento. Entre bocado y bocado da tiempo para echarle argamasa a la amistad. Y hasta de balompié se habla. Él recuerda a Cardeñosa, aquel tipo enjuto y desgarbado del que no parecía nunca del todo creíble que pudiera jugar con tamaña elegancia. Y recuerdo yo, por mi parte, a otro jugador donairoso que formó en el mejor Sporting, Tati Valdés. Y un partido televisado de un sábado de los años setenta. El campo embarrado. Las gradas casi llenas. Encuentro trabado. Enfrente, la Real Sociedad. Y un tipo ancho, con el centro de gravedad bajo, de escaso recorrido y un tiralíneas preciso en el borceguí desatascando en el medio del campo aquel juego espeso. Hasta que alguien le entra con tan mala fortuna que a Valdés se le va al suelo el peluquín. Risas. Y las cámaras de la televisión retransmitiéndolo todo. Recupera el pelo como quien coge del suelo un tapín embarrado de hierba. Lo lleva a su sitio. Pero siempre lo peor está por venir. Al cabo de no más de cinco minutos, se vuelve al suelo aquella mata despeinada de cabello ajeno. Tati pide el cambio. El Molinón guarda un silencio respetuoso. No cabe duda, nos gustaban los peloteros. De vuleta al hotel la ciudad está casi callada, las calles solas. Es día laborable. Y un par de tipos que acaban, como quien dice, de conocerse rebañan la noche del mejor modo posible, paseando y conversando.

Desde entonces nos hemos visto en un puñado de ocasiones. Siempre con motivo de visitas de Juanma a esta ciudad, a la que sé que quiere bien. Hace un tiempo me habló de la posibilidad de que sus “nocturnos” viesen la luz en forma de libro. Cuando se propuso la empresa, ya había tenido mi amigo Juanma, en compañía de Isabel Parreño, un éxito editorial importante con Miquiño mío, una recopilación de las cartas entre doña Emilia Pardo Bazán (siempre le ponemos el doña a la gallega, será por la contundencia de las imágenes que de ella se conservan) y Benito Pérez Galdós, publicado por Turner.

Dar a imprenta los nocturnos constituía, sin embargo,  un reto mucho más personal. Era la puesta de largo de las cavilaciones más íntimas. Tuve la fortuna de leer el libro hace ya más de año, cuando sólo era un manuscrito y cuando su título aún se mantenía fiel a la denominación que a esos escritos breves y enjundiosos le había dado Juanma en su blog: Nocturnos. Y si bien conocía parte de ese caudal reflexivo, el embalsamiento que el formato libro le daba al conjunto, volvía más sólido, más importante también por la tenacidad del esfuerzo, todo aquel engarce de escritos. Le comenté al autor las gratas impresiones generadas por  la lectura de sus Nocturnos. Le animé a que porfiase en la búsqueda de una editorial que sacase adelante el libro. Afortunadamente ha sido posible y Cuando la noche te alcanza se publica por la editorial alicantina Ediciones Tolstoievski.

Cuenta Gabriel Liceanu en E. M. Cioran. Itinerarios de una vida (Ediciones del Subsuelo) que ya en su último internamiento, cuando apenas podía andar, Cioran desapareció un día de su habitación del hospital. Las enfermeras le buscaron por todas partes hasta encontrarlo dentro del armario de su cuarto. Por explicación dijo que “estaba extenuado por haber estado paseándose horas enteras, en plena noche y en una ciudad desconocida”.

No es poca la influencia que del autor rumano se adivina en este libro de Juan Manuel Hernández. Por eso he querido hilar esa anécdota del Cioran, ya enajenado por la enfermedad, pero que sigue buscándose en la oscuridad de la noche, con este libro, Cuando la noche te alcanza, que tiene también por ámbito temporal, incluso espacial (la noche es un tiempo y debido a su particular manera de borrar perfiles, quizás también un espacio) ese territorio que pone fin a “la frivolidad del día” y nos permite “saciar nuestra sed de dudas”.

Esa influencia, la de un autor como Cioran marcado por una amargura sólo atenuada por la ironía, hace que el libro de Juanma Hernández no sea una lectura recomendada a espíritus débiles. Apenas deja esperanzas. A lo sumo, algún rastro de asideros. Uno sobre cualquier otro. Uno en el que podemos ampararnos. La música. Decía Cioran que “el papel de la música es consolarnos por haber roto con la naturaleza, y el grado de nuestra inclinación hacia ella indica la distancia a que estamos de lo originario.”. Pues muy cerca debe de estar de la raíz, de lo auténtico, de lo originario, el autor de Cuando la noche te alcanza, porque en pocos libros se transmite un amor tan intenso hacia la música. La música misma estructura las partes del libro, abriendo cada capítulo con una tesela de ese mosaico sonoro donde reposan los únicos dioses a los que les tiene fe Juanma Hernandez, los buenos músicos: Heinrich Schütz, Stevie Ray Vaughan, Lester Young, Genesis, Elis Regina y Tom Jobim, Johann Sebastian Bach, Robert Fripp y Peter Gabriel, Wayne Shorter, Pink Floyd, Georg Philipp Telemann, Mariza, John Williams, Paul McCartney, Gabriel Fauré, Herbie Mann, Paco de Lucía, Trevor Jones, Concha Piquer, The Manhattan Transfer, Al Stewart, Astor Piazzolla, Blind Faith, Return to Forever, Lizz Wright, Frank Zappa, Maurice Ravel,  Billie Holiday o Led Zeppelin.

Y al pie de esas referencias capitales, los textos que las honran.

La vida es, casi sin excepción, un enorme y sofisticado estorbo para la música.

La música se cuela en nuestro interior por resquicios inconcebibles, construyendo a su paso una emocionante red de nuevos senderos neuronales. Por ellos transitamos luego, persuadidos de que la belleza es una razón suficiente para vivir.

La música alcanza regiones de nuestras entrañas que nunca rozarán las palabras, ni siquiera el mejor de los poemas.

Todos somos pura música, no me cabe duda. Música transfigurada, furtiva, música ensortijada y tejida en imitación de la carne. Con la música rememoramos nuestro origen, y es la música la que saca de nosotros el fruto más sincero de nuestra existencia, el más real: el instante, ese diminuto diamante de múltiples caras, esa luz tierna e innecesaria, fugaz y a la vez eterna, esa aproximación conmovedora a la Nada original.
Y cuando nos vamos muriendo, cuando nuestros huesos cansa-dos anhelan el final, somos lo que somos según la música que hayamos sabido conservar. Nuestros recuerdos más tenaces huelen a música, y en ellos se oye un tango, la gravedad indefensa de un violonchelo, un rasgueo de guitarra y una voz rota, una copla conmovedora de amores malogrados… Luego llega la muerte y nos disolvemos en el aire. A la partitura que somos se le vuelan las notas y los hilos del pentagrama, y como pavesas de incendios honrosos, como vilanos, como semillas, caen y germinan en los desamparados oídos de los que nos lloran.

Por su sustancia enigmática, la música hace alusiones a la delicia de existir, pero también al disgusto de la muerte. Concibe dioses conmovedores, fantasea rebeldías arrogantes que luego nuestros suspiros se encargarán de desmentir.
La música invoca lágrimas, lágrimas que luego se exponen en el museo de nuestras noches de dolor. Inesperada, siempre concede un respiro a nuestros huesos. Acunado por su encanto, y junto a los sonidos de la aventura, nunca cesa de reverberar en mis oídos la aventura de los sonidos.

Cuando me siento perdido, cuando no encuentro remedio, miro bajo mis pies y compruebo que la balsa donde floto no está fabricada de madera, sino de música.

Esa música, el silencio, el recuerdo de quienes le dieron la vida y la compañía de sus hijos son el cauterio con que el autor intenta cicatrizar las erosiones que en su piel va grabando el ruido de la ciudad, la vanidad de sus semejantes, los afanes estériles, las fes castradoras, la injusticia humillante, la palabrería política, la amenaza de los cuarteles o  el sufrimiento de los débiles.

Un cauterio que aplica en la soledad de la noche. Reflexionando y escribiendo. Porque como descubre Juanma Hernández: “La noche acude a saciar nuestra sed de dudas con su vaso de agua fresca. Es el azogue donde, sin previo aviso, nos encontramos con nosotros mismos… Únicamente en la noche nos asalta la lucidez extrema que desvela los misterios de la vida. Por eso entro en ella sediento de amor, como un viajero extraviado que halla un oasis después de cruzar el desierto.” 

Ese desierto no es tanto aridez como vacío. Cruzar el desierto puede ser, por ello también, cruzar esa ciudad que el autor describe “entretenida mascarada, colosal y torcida, protagonizada por un río de muertos que se atarean en nadas cada vez más superficiales, en la pose de vivir, en la mentira prefabricada del día. Una encrucijada de engreimientos. Una desmesura construida sobre un cenagal de ficciones, donde sus habitantes se han hundido definitivamente en el lodo, convencidos de la naturalidad de sus propios artificios”.

Cuando la noche te alcanza libra su particular batalla contra ese artificio, contra ese optimismo colectivo y falso. “Escribir —dice su autor— es en muchas ocasiones el pasaje, el atajo que me devuelve a la realidad, una máscara de oxígeno que impide que el contraste entre la euforia de los demás y este vicio de la duda me ahogue. El optimismo impregna el aire que respiramos, y escribir me sirve justo para no asfixiarme. Uso la escritura como una máscara que suaviza el contraste entre el aire y mis pulmones, entre la realidad y mi persistente inocencia.”

Aunque a Juanma Hernández seguramente no le plazca la analogía (es tan poco partidario de lo religioso, que incluso afirma que “el hombre es el único animal capaz de extraer una maldita religión de cualquier banal incidencia”), podríamos resumir lo que hasta aquí se ha comentado del libro recordando que se han identificado en él la divinidad (con forma y sonido de música), a los demonios (la ciudad, con su prisa y gregarismo, la vanidad y la palabrería, la injusticia, el estéril sufrimiento), dónde se hallan los consuelos (los hijos, la escritura, el silencio, la memoria de los ausentes) y cuál es la gran aliada en este bregar diario (la noche). Podríamos resumir, incluso, lo que es Cuando la noche te alcanza cediéndole la voz a Joan M. Martín, preciso prologuista del libro, quien afirma que se trata de “la obra de un solitario que busca refugio en la intimidad de su pensamiento”; o al propio Juanma, que dice de cuanto aquí ha recopilado que se trata de “pensamientos, reflexiones, descripciones de pequeños sucesos, quejas, sentencias, piezas entre el aforismo y el poema, entre la filosofía cotidiana y el grito”.

Uno añadiría, para finalizar, que pese al tono desencantado de la obra, entre sus mismas páginas se alienta, casi clandestinamente, un atisbo de ironía, casi de humor, que por unos instantes achica por la borda de una humilde reflexión todo el mar de lágrimas contenido en estos nocturnos:
  
Mientras me ducho caigo en cuántas reencarnaciones debería sufrir para que todas mis lágrimas reunidas pudieran competir en caudal con una sola ducha. ¡Es sorprendente cuánto sobrevaloro mis tristezas!” 

jueves, mayo 25, 2017

Obeso dixit

Así vio (leyó) Julio Obeso  Vísperas de nada:


"Cuando quiero reseñar un libro y la principal dificultad  es la  de saber que cualquier comentario destripa la trama, se eleva una segunda evidencia sobre la naturaleza de ese libro: es una obra redonda. 
José Carlos Díaz Pérez, ya nos tiene acostumbrados a ese acabado esférico de sus criaturas. En esta ocasión se trata de Vísperas de nada (ganadora del XXIII certamen de Novela Corta "J. L. Castillo-Puche"). Sólo con sustantivar y adjetivar su libro (novela corta) ya me parece estar jugándole una mala pasada al futuro lector, adelantando algo que quizá él mismo hubiese tenido el goce de descubrir. Apenas sesenta páginas por las cuales ese hilo, del que que habla Jorge Leónidas Escudero: "si usted toma la punta de un conocimiento y empieza a tirar el hilo va a sacar una sombra", se desovilla bajo el mandato de la imaginación y creatividad del autor. Es en la prosa de los días donde José Carlos encuentra los mejores guiones, las confabulaciones más perversas. Sus personajes están en nuestras listas de contactos, pueden cenar con nosotros un sábado o felicitarnos el cumpleaños en una red social; es al tirar de la punta del hilo, página tras página, cuando se apodera de nosotros la certeza de la sombra. 
Hay que tener pulso y contención para narrar el proceso de cuatro vidas, que coinciden alrededor de un nombre, sin que la densidad produzca tartamudez, ansiedad. Lo que ocurre en esas líneas no es consecuencia de las disposiciones planetarias, de elementos interpuestos por el azar, es algo pretérito, real porque ya ha ocurrido y por tanto no hay más que rendirse al desarrollo que nos propone el escritor. ¿Quién mejor conoce a Héctor, a su "delicada osamenta de Bohemia"? ¿No es el amor y su ausencia el pincel nuestro de nuestro mejor cuadro? ¿Hay una exigencia mayor que acomodar la vida y la muerte del amigo en el: todos los días?
Sólo resta aconsejar, con histeria, la lectura de esta enorme novela. No os dejéis engañar por tamaños ni grosores. Apenas una pista: el retrato de Alfons Maria Tränkler, existe. ¿No os lo decía? Imposible comentar algo sin desvelar el final."
Julio Obeso
¡Gracias!

martes, mayo 23, 2017

Postpartido

Tras la victoria de Pedro Sánchez en las elecciones primarias a la Secretaría General del PSOE  se abren demasiadas incertidumbres en la socialdemocracia española como para llenarnos la boca de alegría con frases muy ad hoc en estas circunstancias, pero que serían irresponsables, del tipo “fue una fiesta de la democracia” o “habló la militancia”.

Creo que podrían ser cuatro, al menos, las ideas sobre las que debería reflexionarse en profundidad después de este proceso electoral:

a) La abstención entendida como un descabalgamiento más que como una posibilidad de alcanzar metas programáticas (y el mal relato posterior del sector oficialista).
b) El casting que vaticinaba un fracaso. Ninguno de los tres candidatos aseguraba una solución de futuro para el partido.
c) La militancia y el electorado: la desproporción numérica e ideológica entre los dos cimientos imprescindibles de un partido político.
d) ¿Y ahora qué? La cohabitación como única respuesta.

La dicotomía de pareceres que terminó con el anterior desempeño de la Secretaría General por Pedro Sánchez, ese permitir que gobernase el partido más votado o enfrentarse a unas terceras elecciones generales, se ha transformado también en un relato doble de lo que en aquellas fechas se vivió dentro y fuera del Partido Socialista. Una narración a la que los sanchistas han dado forma de hagiografía y la gestora y el sector oficial del partido, fría descripción de intervención quirúrgica. Los réditos de ese ejercicio de estilo que Pedro Sánchez fue urdiendo saltan a la vista: se creó un mártir asaetado por defender a los débiles. Los militantes, que suelen ser —a qué negarlo— los hooligans de las ideologías, prefirieron la épica a un frío razonamiento que, además, perdió argumentos cuando a cambio del esfuerzo de una abstención dolorosa no se exigió contrapartida alguna.

Los tres candidatos —era una evidencia para un observador objetivo— constituían un casting que no auguraba buenas perspectivas. Un exlehendakari con un discurso aseado y una trayectoria política discreta esgrimida como su mayor mérito (a falta experiencia profesional o currículum académico). Una militante modélica —según los cánones de partido— que ha ido escalando responsabilidades orgánicas y de gestión hasta convertirse en presidenta de comunidad autónoma. Su labor como tal deberá juzgarse en el futuro. No obstante, hasta la fecha, ha sabido, parece, consensuar y nadar contra la corriente del clientelismo que sus antecesores —a la vez sus valedores— le dejaron por herencia. Más que programa político o argumentos ideológicos, ha tenido por bandera una suerte de arenga mitinerosentimental y maternoarrogante. Y, por último, un challenger —como bien fue calificado por Máriam M.Bascuñán en EL PAÍS— que entendió esta carrera como un reto personal en el que supo construir un martirologio con su fracaso. Que nunca tuvo el tacto aconsejable en un estadista —que ha de ejercerse en el poder, pero también en la brega que lleva a él—, que no supo leer ni la situación del país ni la de su partido, que obtuvo los peores resultados electorales del socialismo español y que, pese a ello, tuvo la inteligencia, esa sí, de erigirse en el robinhood de la militancia abatida por los fracasos, amenazada por el auge podemita y desorientada ante el ahorme de la situación que emprendió el senado de su partido.

La opción asamblearia que parece haberse consagrado como el referente que valida la salud democrática de las formaciones políticas tiene evidentes riesgos. La desproporción entre militancia y electorado es enorme. Las decisiones que se toman consultando “a las bases” (como con orgullo se suele decir cuando ese proceso se lleva a cabo) no sólo ralentizan, si se prodigan, la movilidad de los partidos, sino que generan resultados a menudo emocionales. Quien milita lo hace desde el compromiso ideológico, que como toda fe entraña cierto grado de sinrazón sentimental cuando las condiciones ambientales son exigentes. Por su parte, el electorado potencial de una opción política, amparado por la libre elección y sin compromisos de fidelidad, valora las decisiones adoptadas por esos procesos electorales internos desde una óptica personal, no colectiva, juzgando qué grado de utilidad y provecho entrañan. No es raro, entonces, que en ocasiones la militancia se dispare en el propio pie (según opinión del electorado, claro). La situación ambiental en que se ha desarrollado la designación del secretario general del PSOE era excepcional. Como en las tormentas, el aire estaba cargado de electricidad. Caben muchas y seguramente muy válidas interpretaciones de por qué triunfó Pedro Sánchez. Una de ellas tiene que ver con esas circunstancias contextuales, en las que, muy posiblemente, el militante desanimado trató de reactivar su fe en el proyecto socialista, que para muchos ha sido parte esencial de su vida, optando por el candidato que, supuestamente, se había rebelado contra la resignación. Falta saber si ese candidato era el preferido del electorado.

La excepcionalidad del proceso. Tanto la bipolaridad enfrentada de dos sectores numéricamente casi simétricos del partido, como el traumático descabalgamiento hace unos meses del secretario general y su posterior rebelión contra el aparato en una campaña retadora, hacen difícil que el PSOE pueda restañar sus recientes heridas pronto. Los procesos electores desarrollados en España desde la Transición hasta nuestros días evidencian la existencia de un electorado de centro izquierda que sigue necesitando de una fuerza política afín. Ni Ciudadanos ni Podemos abarcan ese espacio. Debe ser, pues, objetivo del nuevo PSOE recabar, de nuevo y como principal objetivo, la confianza de esos ciudadanos, extendiendo, paulatinamente, los márgenes del ámbito de esa influencia. Sólo una economía estable, sólida y solidaria permitirá reducir las desigualdades más flagrantes que ahora se padecen y, a la vez, minorar la influencia de las corrientes política extremas, lo que facilitaría una recuperación de afectos hacia las políticas socialdemócratas. No será fácil, el curso de los acontecimientos a nivel europeo y mundial complica la posibilidad de ese escenario más amable. Pero una gestión política de partido con miras cortoplacistas sería suicida: los discursos y soluciones populistas generaran réditos a quienes son sus genuinos impulsores, no a emuladores circunstanciales. Por tanto, no debe caerse ni en la resignación ni en el pancartismo, sino que ha de aspirarse a la consolidación de un espacio electoral que quizás ahora pueda resultar angosto, pero sobre el que ha de cimentarse la expansión facilitando políticas cabales en lo económico, solidarias en lo social y constitucionales en lo territorial.

martes, mayo 09, 2017

La décima, por Jorge Drexler

Acabo de descubrir este vídeo y me he quedado maravillado. Por eso lo comparto, por eso y porque no se puede decir mejor, contar más sabiamente y a la vez con tanta humildad, no se puede impartir con más encanto, que como lo hace aquí Jorge Drexler, una lección de poesía, de música y de fraternidad (sé que la palabra puede resultar ampulosa, pero le viene como anillo al dedo a cuanto aquí se refiere sobre pueblos y tradiciones, sobre contaminación musical y arraigo del folclore ajeno hasta convertirlo en folclore propio). 


lunes, mayo 08, 2017

Un compás de tiempo


Subiendo hacia la Atalaya, el final de la tarde se iba ensombreciendo. Desde el acantilado hasta el horizonte todo lo cubría una espesa nube gris. El último sol dejaba solo un ascua funámbula sobre la juntura del cielo con la mar. Era una hora azul refugiada a duras penas en el fondo del océano. Soplaba el viento y llovía a ráfagas. Un paseante se cobijó de esa inclemencia por un rato bajo el atrio de la capilla. Miró cómo montaba sobre el trípode mi máquina. Supongo que sintió curiosidad por saber qué intentaba atrapar. Qué quedaba registrado finalmente de todo cuanto estaba sucediendo: el final de un día abatido por una borrasca oscura, la luz de un faro lejano, el ruido sobrecogedor de una marejada creciente, el retiro paulatino de un pueblo entero. Si me hubiera preguntado, quizás hubiera tomado por arrogancia ese intento mío de detener la tormenta a través de un objetivo, de apaciguar hasta la espuma el oleaje, de domesticar el miedo. Las sensaciones son siempre un compás de tiempo.

lunes, abril 24, 2017

De Madrid el cielo (y también los suelos)

Un hombre nos persigue con una mirada oculta. Viste con orden. Se peina con aceite. Se sienta sin cruzar las piernas. A través de sus globos oculares se convierte en sombra toda la luz de las ventanas. Mucho más abajo, en el patio, el recreo carcelario expone al sol ciertas afinidades.  Intercambio de cromos: tiempo por pereza, la que precisa una observación lenta de todo cuanto se ha ido imprimiendo sobre los muros interiores de este viejo recinto enrejado. Desde sus vanos, a la altura de las palomas, las antenas son lanzas rendidas. Lavapiés, como Breda, recoge las llaves de su libertad. Pero ilusamente la fía entera a los sueños seriados. A las imágenes de un mundo  que nunca oreará ropas menesterosas en los tendales de un barrio. Tan cerca y tan lejos del corazón del poder, de los caudales subterráneos, del  lujo indecente. A esa babilonia secreta, donde la demografía es un privilegio protegido por guardias privados, sólo las azoteas se sobreponen a la hora exacta en que se se extingue el día. Memento mori. Al amanecer, si hay suerte, bendecirá el sol los jardines y los músicos cantarán poemas al borde de los estanques y en las plazas grafiteadas. Por un salario de calderilla. Por el gusto de oírse en medio de una ciudad atareada y ajena. Bajo ese palio de notas, entre un gentío anónimo y ensimismado, las mujeres bellas convierten a su paso, por un instante de luz, las calles en altares.

 





domingo, abril 23, 2017

Calle Ventura de la Vega

En esta calla arranca el breve mundo contenido en una narración. Vísperas de nada. Allí volví hace unos días. Miré hacia el piso donde vivieron Alina y Héctor. Permanecía cerrado. El restaurante indio ya no estaba. El calor era agradable. Un sol primaveral que serpenteaba parsimonioso entre las sombras. Hubiese sido inútil preguntar por ellos. En las grandes ciudades todo transcurre, hasta la misma gente, con una caducidad cruel y sin memoria. Un artista. Una modelo. Un verano infernal. La ociosa curiosidad de un viajero que fuma en la ventana de un hotel céntrico. Que luego apunta en un cuaderno, a lápiz, con letra difícil, las impresiones de un día agotador, el argumento de una historia amor y dignidad. Antes de seguir mi paseo por el barrio de las Letras, en la esquina con la calle Prado vuelvo la vista hacia la casa del pintor. Se abre milagrosamente la ventana. Se acoda sobre la forja del balconcillo una mujer todavía joven. Cruzamos la mirada. Me sonríe. Siento apuro. Sigo mi camino hacia la plaza de Santa Ana.
"El verano había resultado muy largo. Un bochorno interminable, espeso y sin escapatoria, ante el que nada podían los balcones abiertos de par en par a la escasa brisa que aleteaba torpemente por las sombras como un pájaro herido. El sol lució tan alto en esas fechas estivales que se colaba incluso hasta las aceras de la angosta Ventura de la Vega. Héctor y Alina vivían en una vieja casa de alquiler de esa calle. Sobre el bullicio de la terraza de un restaurante indio. Por las ventanas les entraba siempre un aroma intenso de especias y un rumor de conversaciones que se animaban con el paso de las horas. Cuando más insoportable se hacía el calor, él se encerraba en su estudio. Ella, en cambio, se iba a leer a las sombras del Retiro o a sentarse en la plaza de Santa Ana, donde solía tomar una cerveza al final de la tarde con Eusebio, buen amigo de ambos. En todos lados se hacía agobiante el calor. Aquella temperatura insana bien podía convertirse en el caldo de cultivo de cualquier ira aletargada. La ciudad tenía a algunas horas un aspecto fantasmal, como si una amenaza incierta mantuviera refugiados a todos sus habitantes. En la reclusión de la sombra, el roce involuntario de las pieles generaba descargas eléctricas."
                                                                                         Vísperas de nada

martes, abril 18, 2017

Cabiria en Chamartín

Cuando uno viaja en tren desde Asturias a la meseta atraviesa tantos túneles, transita por tanta oquedad ciega, que podría salir al otro lado del Pajares con el rostro tiznado de carbón como un minero al alcanzar la superficie después de una jornada de trabajo.
El sol comienza a entrar franco a través de las cristaleras de los vagones. Los pasajeros salen de su sopor. Después del puerto, recuperada la cobertura, los móviles, como pájaros domésticos, trinan reclamando de sus amos una atención que consiguen pronto.
A mis espaldas, un hombre al que no logro ver bien ni siquiera recurriendo a su reflejo en la ventanilla, mantiene una conversación telefónica con una mujer. Su tono es empalagosamente alegre. Su voz parece la de alguien a medio camino entre la juventud y la madurez. Su volumen no es el de quien pretendiera que el resto del vagón se mantenga al corriente de cuanto dice, pero tampoco el de la elemental discreción que uno piensa necesitaría lo que le oye. Algo así como que ella ya se ha duchado y lo recibirá en la estación, y que puesto que irá maquillada y sus labios lucirán un carmín fresco, él le pide que no se olvide de llevar toallitas húmedas para que, tras su encuentro en los andenes, puedan borrarse los trazos gruesos del cariño. Y hasta que llegue ese momento, le sugiere ir mensajeándose cosas calentitas por el teléfono. Ha colgado. A cada rato se oye cómo le entran recados (¿calientes?) en su móvil a este pasajero al que aún no le he podido ver el rostro y que viaja justo detrás de mí.
            Finalmente lo he visto. Se levantó hace un momento para ir al baño. Cómo me engañó su voz. Tiene bastante más edad de la que uno le imaginaba. No es demasiado alto. Luce una buena mata de pelo blanco, muy liso y cuidado. Gafas metálicas ligeras. Tez suave. Viste informalmente. Se mueve con parsimonia. En conjunto, a uno se le antoja que el tipo tiene aire de cura secularizado.
            Vuelve a llamarla. Le cuenta que el tren acaba de parar en Valladolid; y, bajando mucho el tono de voz, pero no lo suficiente, que se le ha sentado al lado una pasajera joven y gordita. No tiene incluso reparos en describirla como “un buen colchón”. Ruego al cielo que esa mujer que se ha subido al vagón hace sólo unos minutos lleve puestos auriculares. La conversación sigue luego por derroteros más lúbricos, pues le oigo preguntar a su interlocutora si ha recibido un gif que le ha mandado un momento antes. Le aclara que la cosa va de un negro. Y que a él, como al negro del gif, se le está poniendo dura pensando en verla ya enseguida en Chamartín. Y uno vuelve a desear que la muchacha que acaba de sentarse al lado de ese hombre lleve, por Dios, auriculares, y, a poder ser, a un volumen suficiente como para que la aíslen de ese ruido sin filtro que tiene tan cerca.
            Al llegar a Madrid lo veo avanzar entre los pasajeros que arrastran sus maletas desde el andén a la escalera mecánica. Giro la cabeza y va tan sólo un par de metros por detrás. En la estación procuro no perderle la pista. Me intriga saber cómo será ella. Al fin se encuentran. Y es menuda. Con cierto parecido a Giulietta Masina. Una Cabiria envejecida y demasiado maquillada. 

martes, abril 11, 2017

El Rastro

Tenía ganas de Rastro. Tantas veces acompañando a Trapiello en sus diarios por las cuestas de este mercadillo. Tantos tira y aflojas con traperos y gitanos, con libreros de viejo, con competidores en pecios. Iba cámara en ristre pendiente de todo, como un perdiguero. El día era espléndido. La gente desfilaba plaza de Cascorro abajo como en una manifestación sin prisa. Pero lo mejor se lo encontró uno a los lados y en paralelo a la Ribera de Curtidores: en Arniches, en Mellizo, en Río Baja… Las imágenes religiosas barnizadas, las muñecas con ojos de porcelana, la ropa militar vencida, las vajillas melladas, las cristalerías sucias, los libros de saldo, las enciclopias arrumbadas por el tiempo y las revoluciones, las fotografías de difuntos, los vinilos rayados y las postales rancias de La Cibeles y Neptuno.

Me pregunto cuánto tiempo se precisará para empadronar el alma en este zoco inmenso, para volver familiares los rincones que empezaríamos a dar por nuestros si, domingo tras domingo, hallásemos en ellos un motivo irrenunciable para volver sobre los pasos dados una semana antes; cuánto para trabar afecto mutuo con quien vende y no sólo ofrece género valioso, sino también palabra de ley. No llegaré a saberlo. Sólo soy un tipo de provincias de paso por Madrid. Sólo tengo unas horas para tomar el pulso a la circulación de estas arterías que en algunos tramos son más de trueque que de compra y venta, y es allí justo donde el celo por lo que el tiempo se empeña en proscribir tiene la recompensa de una querencia irrenunciable, la de quien en la placenta del pasado encuentra el calor de un sueño: la  modesta inmortalidad que quisiéramos también para todo lo que amamos.

"Hay rastros en París, en Lisboa, en Londres, en Roma. No hay ciudad desarrollada donde no haya un lugar que dé salida a esa clase de mercancías descabaladas, descatalogadas, difíciles de apreciar y a las que, por ello, es difícil poner un precio. De ahí que, en el Rastro, el regateo no sea algo caprichoso o accidental para pagar menos; el regateo es como una mayéutica, el modo de llegar a conocer la verdad, a saber, el verdadero valor de eso que en principio tenía un valor dudoso. En el Rastro lo importante no es el precio, sino el valor, y no confundir valor y precio.

Lo valioso... ¿qué entendemos por valioso? La mayor parte de las cosas que podamos encontrar en el Rastro no son en absoluto valiosas para la inmensa mayoría. La inmensa mayoría no querría tener en su casa algo que de una u otra manera se ha escapado a la muerte, que viene de un muerto, que vaya usted a saber de dónde viene. Lo valioso en el Rastro es a menudo algo a lo que le damos valor nosotros, que revalorizamos.

El Rastro está lleno de lugares comunes. El primero de ellos es creer que la mayor parte de lo que allí aparece es cochambre. El segundo, suponer que la gente que se dedica a vender son gitanos astutos, dispuestos a engañarte, pícaros, ladrones de guante sucio... Los dos son falsos, a mi modo de ver. Lo importante en el Rastro no es lo que compras (y a veces, en efecto, se encuentran cosas en verdad interesantes: yo, por ejemplo, no habría podido escribir Las armas y las letras, de no haber encontrado durante 20 años cientos de libros raros, inencontrables, ajenos al mundo universitario), sino lo que no se vende: las historias y cosas que oyes a unos y otros (las mejores frases del Rastro son tan buenas como las mejores del mejor moralista), y las cosas insólitas que ves. Y desde luego la gente, los que venden y los que compran. Entre los primeros hay personas tan serias, que algunos banqueros y políticos españoles harían bien dándose una vuelta por allí de vez en cuando para saber qué es eso de mantener la palabra que has dado.
El Rastro cambia, como cambiamos nosotros. El Rastro de hace 40 años no era el mismo de hoy, ni nosotros tampoco. Pero el impulso que lo lleva a uno domingo tras domingo al Rastro sigue siendo el mismo. En mi caso yo no voy a comprar, sino a encontrar una respuesta, que no he encontrado aún. Y desde luego yo no voy sólo a pasar el rato. Al Rastro no se va a pasar el rato, se va a salvar el mundo, incluso aquellos que no saben que lo están salvando. Todos los que van al Rastro participan de esa salvación. Y entiéndase: se trata de un mundo al que casi nadie da ningún valor, excepto los poetas y los traperos, que eran para Baudelaire, como sabe, la misma cosa. Cuando alguien por motejarme le ha llamado a uno alguna vez Andrés Trapero, no sabía que estaba diciéndome el mayor elogio.


Andrés Trapiello (entrevista concedida a El Mundo, 10/12/2015)

sábado, marzo 11, 2017

Agradecimiento

Remitir una carta. Enviar un correo electrónico. Llamar por teléfono. Transmitir un whatsapp. Dirigirse a alguien. Son todas formas de comunicación emprendidas por un emisor que, para completarse, precisan de respuesta. Sólo después de producirse ésta, quien ha gestado el mensaje inicial puede dar por satisfecha su intención: llegar a otro a través de una comunicación. La literatura es una más de esas formas de expresión. Tiene por destinataria una colectividad: los lectores, de los que el escritor ansía una señal que de noticia de recepción, de interpretación y/o de juicio. Si ante el intento de comunicarnos a través de cualquiera de los canales referidos al principio nos sentimos profundamente decepcionados cuando no se recaba ninguna contestación, cómo no ha de ser colosal la frustración de quien cimienta durante muchas jornadas de trabajo una creación literaria que no obtiene respuesta alguna. Es por eso que se agradece tanto que quien lee los libros de uno tenga el gesto de darnos noticia de su lectura.

He ido dosificando la distribución no venal de mis Vísperas de nada. Amigos, allegados, algún crítico regional, media docena de escritores… Con ese mismo goteo que emprendieron los ejemplares de la novela su viaje hacia el lector, se ha ido recibiendo, intermitentemente, la confirmación de su lectura. Ante todos los correos, mensajes y reseñas, y no es, créanme, falsa cortesía, ante todos sin excepción me he sentido profundamente agradecido. Mucho más cuando las reacciones a la historia contada y al tono en cómo se ha contado, han sido todas muy generosas. Algunas además, y debo referirme singularmente a las de María Victoria Carpena, Mar Braña y Francisco García Pérez, se han manifestado a través de trabajados y sustanciosos comentarios críticos que han enriquecido la novela con sus interpretaciones. Se ha dejado aquí enlace de esas reseñas, y se añade ahora una más, la de Anabella Rodríguez, quien desde presupuestos psicoanalíticos, los de su profesión, ha elaborado un extenso y enjundioso comentario de mi pequeña novela. Dejo a continuación el vínculo desde el que se puede acceder a él. 

VÍSPERAS DE NADA, de José Carlos Díaz, una gran nouvelle, por Anabella Rodríguez



viernes, marzo 03, 2017

Ágeles Santos Torroella

Hace unos días vimos en La 2 uno de esos documentales que llaman “Imprescindibles”. Y aunque casi nada es imprescindible, a qué engañarnos, no es menos cierto que al calificativo se le perdonaba en este caso la hipérbole, porque resultó un documental bien hermoso el que le dedicaban a la vida y obra de la pintora Ángeles Santos Torroella (se puede ver pulsando sobre el enlace incorporado a su nombre). Uno supo de ella no hace mucho, con motivo de un viaje que nos llevó a Valladolid, y en el que, a propósito del descubrimiento de sus lienzos, se dejó este apunte:

(…) Como había tiempo hasta la hora de tomar el tren y quedaba todavía mucho por ver, nos acercarnos hasta el Museo de Arte Contemporáneo, que llaman del Patio Herreriano. Nos acompañó en la visita guiada una jovencita con conocimiento de causa, agradable y entusiasta de mucho de lo expuesto allí. Las obras proceden de colecciones privadas, pertenecientes a varias empresas y se han agavillado bajo el nombre de Colección de Arte Contemporáneo. Gracias a ese fondo artístico, de origen privado, y al apoyo del Ayuntamiento de Valladolid, se inauguró el museo en 2002. La ubicación es hermosa, en torno a dos de los claustros del antiguo Monasterio de San Benito el Real. El mayor se le conoce como Patio Herreriano y se debe al arquitecto Juan de Ribero Rada, de finales del siglo XVI siguiendo los modelos herrerianos que se habían plasmado ya en la catedral de la ciudad. La restauración de este espacio, así como la conservación como sala de exposiciones de la Capilla de los Condes de Fuensaldaña, es todo un acierto. Amplitud, funcionalidad y luz. El itinerario por todo el conjunto hubimos de hacerlo un poco a la carrera, que el tiempo de nuestra estancia en la ciudad iba agotándose, pero lo que pudimos ver nos pareció, en líneas generales, interesante. Y, de entre todo, uno destacaría un cuadro hermosísimo e inquietante de Ángeles Santos Torroella (Portbou, 1911), pintora de la que, confieso, no recordaba haber oído hablar y sobre la que después de conocer su `Anita con delantal de cuadros azules´, he buscado información.


Josep Casamartina i Parassols contaba de esta artista hace unos años en El Cultural que  fue durante un tiempo, en su más tierna y atormentada juventud, la Angelita a la que cariñosamente llamaban así Ramón Gómez de la Serna —quien parece llegó a pretenderla, pese a la diferencia de edad que existía entre ambos—, Juan Ramón Jiménez, Federico García Lorca y Jorge Guillén. Dos de sus cuadros de entonces, `Un Mundo´ y `Tertulia´, presiden la sala del Museo Reina Sofía dedicada a los realismos de los años veinte y treinta. A los 17 años se consagró como pintora precoz en un Valladolid donde vivía entonces con su familia. La ciudad estaba imbuida de Generación del 27, con Jorge Guillén, los hermanos Cossío o un joven Francisco Pino, que se enamoró de ella; todo parecía serle favorable. Al cabo de poco, Angelita Santos triunfó en el Madrid del Café de Pombo, la Residencia de Estudiantes y el Lyceum Club. Pero su afán por pintar y sus ansias de libertad se truncaron de golpe y su rebeldía tenaz le pasó factura en un entorno poco preparado para tales pretensiones en una mujer tan joven. Fue recluida en un sanatorio madrileño y apartada de su mundo pictórico y del contacto con los intelectuales que la alentaban. Ángeles Santos, en pleno éxito y auge creativo, dejó entonces de pintar y no volvería a hacerlo hasta años después. Fue cuando conoció, en Barcelona, a un joven artista, culto y apuesto, amigo como ella de García Lorca, llamado Emili Grau Sala. Él pintaba la luz, el bienestar burgués y la vida placentera; ella había pintado la oscuridad onírica. Pero se enamoraron. 

Y Angelita volvió a pintar, esta vez mirando más al mundo pictórico que inspiraba a su prometido. La boda se celebró en 1936, pero la Guerra Civil rompió cualquier esperanza de futuro. Grau Sala, republicano, se exilió en París, donde se granjeó fama como ilustrador, y Ángeles se quedó junto a sus padres, dando a luz a su único hijo sin la compañía de su marido. Al que no volvió a unirse hasta entrados los años sesenta, en el momento en que ella volvía a renacer como una artista conectada al surrealismo y la vanguardia a partir de su obra primeriza. Y convivieron dos Ángeles Santos, la de los paisajes risueños modernos con la de las almas atormentadas del pasado. Justo gracias a esas obras de antaño conquistó el mundo contemporáneo; entró por la puerta grande en el Reina Sofía; el Museo Patio Herreriano le dedicó una retrospectiva en Valladolid; se le otorgó la Medalla Nacional de Bellas Artes y obtuvo la Creu de Sant Jordi en 2005. Siempre necesitó ser redescubierta porque a menudo era olvidada. En 2013, muere en Madrid, en casa de su hijo, el también pintor Julián Grau Santos, a la edad de 101 años. 

Ángeles Santos en el jardín de la casa de su hijo

lunes, febrero 27, 2017

Sólo hechos, de Andrés Trapiello

Sólo hechos. Andrés Trapiello. Pre-Textos, 2016.


Se cierra el libro tras apurar sus últimas páginas y queda uno triste, y así debe decirse. Que no haya trama, y no se resuelva un crimen (o varios), como en esas lecturas que llevan, como los explosivos de las viejas películas del Super Agente 86, una autodestrucción retardada, hace del recorrido de Sólo hechos y de su estación final una suerte de viaje largo y disfrutado que se completa paladeando ya su nostalgia. Nada nuevo, por otra parte. Después de muchos tomos de estos diarios, el regusto agridulce de ese final en Las Viñas ya lo ha incorporado uno a la tabla periódica de sus imprescindibles afectos literarios. En algunas fotografías, ciertas músicas y no pocos poemas acertados, se saborea ese mismo trago: el puntual ensayo de la gran despedida final con que algunas conclusiones temporales entonan su memento mori. En ese viaje al que uno, en metáfora usada pero eficaz, ha aludido, la distancia recorrida, las evocaciones del paisaje avistado, la compañía en la que se transita y los encuentros que la fortuna o la adversidad ponen en el camino, dan para apuntes de todo tipo, pues la forma en que quedan fijados, como bien escribió Martín López-Vega a propósito de los diarios, tiene una ventaja sobre cualquier otro formato que podamos elegir para la escritura, y es la de que en ella caben todos los demás. Aquí, por enumerar algunos, el apunte costumbrista, la poesía, el aforismo, el retrato, la caricatura (que como en Galdós busca la fidelidad del apunte a través del acento en el detalle y no la máscara quevedesca), la elegía, el epigrama, el entremés incluso (y La Impertinente Santanderina bien pudiera pasar por interludio teatral entre plato y plato de banquete), la nouvelle (tal vez casi lo sea la trágica historia familiar de Javier Muguerza que tan bien se relata —y que fue germen de la novela Ayer no más—) o la acuarela (qué otra cosa son muchas veces esos esbozos, ligeros como aguadas, que una manera a lo Gaya de pintar el mundo íntimo). Ese acopio de formas necesita para una buena armonización, como el autor apunta en algún momento, de un ejercicio alquímico (eso es la literatura, precisar cuánto de cada se pone en la agregación) y ello no es fácil cuando el tono cambia tan radicalmente y se pasa, a veces, de lo poético a lo sarcástico. Hay quien verá en esto último, esa befa algo resentida con que Trapiello se venga de agravios o fustiga necedades, una pincelada demasiado gruesa entre los trazos de un estilo que es esmeradamente refinado, como son las ediciones en que se imprime, sus tipografías y sus portadas. Quien, como uno, sigue estas casi puntuales entregas con el arrobo nada reprobador de las adicciones, opone a ese juicio la alerta que sobre sus páginas, siguiendo a Juan Ramón, expresa el autor: no están escritas por hacer frases, sino por copiarse el alma. Y debe añadirse en este punto que en la de todos hay pliegues donde fermentan los humores, pero si esa fermentación, como la alcohólica, puede, y es el caso, apurarse con alegría, miel sobre hojuelas (la nota a Jorge Herralde, por ejemplo, es un merecido y divertido destilado de mala uva —por seguir con el símil—). Con todo, se prefieren más las glosas amables, como alguna de las que se le dedican a Carlos Pujol, que hoy ya se leen, desgraciadamente, como elegías. O las recreaciones de esa intrahistoria que a veces, gracias a confidencias muy de farándula literaria, puede desvelarse como apostilla de la historia oficial (véase de qué modo el Opus fue venda curativa y cegadora en la vida de Juan Cueto, o cómo se operó en El Pardo a un dictador agonizante mientras un militar obediente y leal marcaba de viva voz el pulso del enfermo con la misma firmeza que un metrónomo). Durante la lectura, ha de confesarse, no obstante, que sí le pudo a uno la perplejidad durante unas páginas, las que se dedican a los Pretextos, editores que no poca culpa tienen en que se haya levantado la descomunal tarea de este Salón de pasos perdidos, y a los que, sin embargo, se alude, en su retiro almeriense, con cierta imprudencia y no poca ironía. La que tampoco se ahorra con el hermano exorcista, que, en ese delicado juego de medidas al que antes se hizo referencia, equilibra el fiel de la balanza que las menciones al hermano enfermo habían inclinado del lado de la piedad literaria. En lo personal, uno sigue estas entregas también con el interés propio de quien siendo unos diez años más joven que el autor, y leyendo lo que el autor publica de diez años antes, se va encontrando con circunstancias vitales paralelas. Son R. y G. por ello, y de alguna manera, casi trasuntos de mi propio hijo, por lo que no poco es el cariño que se la ido teniendo a estos mozalbetes de los que, ahora, hombres ya, se sabe, pueden sentirse satisfechos sus padres (como uno quisiera estarlo de su propio retoño). Queda calibrar qué ha tenido que ver en ello ese aire benéfico de Las Viñas, donde todo acaba y comienza cada año. Capicúa literario que en la portada de Sólo hechos tiene por reflejo otro capicúa, este de coleccionista, el de unos billetes tranviarios que todos juntos quizás acumulen tantas historias como las que se han ido urdiendo desde hace veinte años en esta novela inventario.