miércoles, diciembre 31, 2008

NaviHaiku

Entre ascuas viejas
se aviva el fuego nuevo:
la vida llama.

(A todos los lectores de estos Diarios: salud y un buen año 2009.)

martes, diciembre 30, 2008

Cine y reencarnación

Hemos visto de nuevo Remando al viento, el viejo film de Gonzalo Suárez. Sigue siendo un prodigio de buen gusto fotográfico, musical y literario. No sé, en cambio, si todo ello amalgama una buena película. Me temo que se disfruta más como un placer estético que como un artefacto cinematográfico. En cualquier caso, merece revisarse cada cierto tiempo, dejándose seducir por ese romanticismo esteta, frívolo y a la vez trágico que tan bien encarna Byron.

***
Si volviera a nacer, me digo al modo en que se respondía a esa clásica pregunta, no creo que cambiase demasiadas cosas de mi vida. No obstante, sí querría que algunas se me otorgaran de otro modo, más generosamente. La paciencia, por ejemplo. Y la mesura, que nunca es bastante, sobre todo la mesura en la palabra. Qué lujo incomparable sería el de adornarse de paciencia y discreción. Y cuánta práctica exigen a quien la naturaleza no le predispuso para tales gracias.

domingo, diciembre 21, 2008

Versión homérica

Hay tardes que se prolongan inesperadamente en las tabernas. Todo empieza con el encuentro ocasional con un amigo o con el asco repentino. Apenas se precisan no más de un par de copas. Apenas de la cháchara confiada de quien nos acompaña o del rumor de las voces que creemos hoscas cuando entramos en los bares, pero que pronto se nos vuelven dichosamente cómplices. Allí procuras ese calor que arranca en la garganta y te baja como los consuelos hacia el pecho, ese calor que vuelve romas las aristas de todo mundo. Te acompaña esa tibieza íntima hasta la cama. Contigo comparte el duermevela de una embriaguez que siempre se te antoja gobernable. Esas noches tienen manos ásperas. Como si en la oscuridad algo indefinido pero repulsivo se te ciñera de tal modo que todo cuanto piensas se torna alucinación. Y hasta tus propios dientes, ese dominó minúsculo que has ido erosionando con malos tragos, te parece, de pronto, ajeno. Y aún así intentas desesperadamente borrar el polen amarillo con que las flores del mal lo cubren. Te miras en el espejo del baño, allí anda casi hipnótica la carne viva de los ojos. Te cepillas extenuadamente la dentadura hasta que despiertas en ella caries remotas, hasta que notas el sabor ácido de la sangre en las encías. Expías con esa higiene las culpas que te intuyes. Te acuestas luego a oscuras y sientes de inmediato un dolor angosto, subterráneo y sutilmente afilado en uno de los dientes. Te llevas el pulgar y el índice hasta el sitio mismo donde percibes la punzada. Se agazapa en un diente que no es diente, sino el preciso decorado de la nada, un sepulcro blanqueado, una endodoncia. Y esa fiebre ebria con la que te has ido a la cama escarba sagazmente en ese punto exacto la explicación de tu dolor. Te desvela que tu boca es Troya y ese pedazo de marfil intruso el caballo donde se esconden los gusanos de tu destrucción, los vermes silenciosos que minan tu ruina entre los maxilares, que se reproducen como ratas y que te desdentarán antes del amanecer si el sueño no te salva.

miércoles, diciembre 17, 2008

Grillería

Tal parece el canto de los grillos / que la noche fuera un grifo mal cerrado / que incesante goteara / sobre un prado de cristales de Bohemia.

domingo, diciembre 14, 2008

Fête foraine

No sé por qué soñé anoche que algún asunto me llevaba a un barrio populoso y alejado del centro de la ciudad. Casas modestas, jardines agostados y en uno de sus descampados el trajín de varios vecinos afanados en levantar algunas carpas. Parecían miembros de la comisión de fiestas. Le dedicaban a aquella tarea su tiempo de descanso una vez terminada la jornada laboral. Lo hacían con un entusiasmo desinteresado y algo ingenuo. Y de repente, me pareció que no era distinto ese afán al que uno le pone a lo que escribe. A lo que va armando a la noche, en los tiempos muertos, por los rincones. A lo que se levanta con la arquitectura frágil de lo ilusorio y brilla apenas en la verbena de un suburbio.

miércoles, diciembre 10, 2008

Cosas

Cuenta N. mientras comemos que en clase de Cultura Clásica les pidió a sus alumnos ejemplos de palabras que empezaran por el prefijo de origen latino “omni”. Consiguió que dos chicos levantaran la mano. Uno dijo: “omnitorrinco”. El otro, más escueto: “omni”, explicando que así se llamaban las naves espaciales de los extraterrestres. Coda: no sería de extrañar que el animal del primero viajase a bordo del vehículo galáctico del segundo.

Más. No hace mucho, J. me comentó que había sorprendido a dos abuelas hablando de sus nietos. Relataba una de ellas el consejo que les había dado a los suyos: “Ahora que empiezan los exámenes, tenéis que hacer un esfuerzo y empinar los codos”. Coda: esto es, botellón ilustrado.

lunes, diciembre 08, 2008

Cita con Alejandro Céspedes

Mañana martes, día 9 de diciembre, en la Sala de Conferencias del Centro de Cultura Antiguo Instituto de Gijón, Alejandro Céspedes presentará su libro Los círculos concéntricos. Introducirá el texto Jorge Fernández León.
Alejando Céspedes nació en Gijón en 1958, es licenciado en Filosofía y Ciencias de la Educación por la Universidad de Oviedo. Desde 1985 reside en Madrid, donde ha desarrollado su actividad profesional como gestor cultural, director de espacios escénicos y como director de escena, habiendo realizado numerosos montajes de ópera y zarzuela. Ha sido crítico literario del diario El Mundo y colaborador en numerosas publicaciones literarias. Miembro de la Sociedad General de Autores de España desde 1987, ha escrito letras de canciones para músicos españoles, entre los que destaca Luz Casal. Antes de Los círculos concéntricos (AEAE, Madrid. 2008), publicó Sobre andamios de humos, 1979-2007 (Vitruvio, Madrid. 2008); Hay un ciego bailando en el andén (Hiperión, Madrid. 1998); Las palomas mensajeras sólo saben volver (Hiperión, Madrid. 1994), con el que obtuvo el Premio de Poesía Hiperión; Tú, mi secreta isla (Plaza de la Marina, Málaga. 1990); Muchacho que surgiste (Scriptum, Santander. 1998); James Dean, amor que me prohíbes (Pamiela, Pamplona. 1986); La noche y sus consejos (Genil, Granada. 1986).

Los círculos concéntricos, del que se transcribe uno de sus textos, ha obtenido el XIX Premio de Poesía “Blas de Otero” de Majadahonda.
CAMINÉ. Caminé. Recogí los guijarros uno a uno de todos los caminos para no dejar huellas. Cada vez que doblaba mi cintura y la ponía derecha con una nueva piedra entre las manos, crujía una vértebra en mi espalda.
La piedra que dejaba caer sobre las otras hacía el ruido sordo del metrónomo.
Otro segundo más, un fruto recogido que se pudre y que deja un círculo de óxido señalizando, como la sangre seca, mi regazo.

miércoles, diciembre 03, 2008

Pinturas

Qué extraños y sin embargo evidentes paralelismos puede advertir un observador melancólico entre los sencillos objetos de los bodegones de Morandi y los personajes solitarios de Hopper. Hay en la pintura de ambos algo común: la piedad hacia el abandono.

domingo, noviembre 30, 2008

Cita interior

Me sucede a menudo que después de estar leyendo algún buen libro necesito ponerme a escribir. El placer se transmite por contagio. Y esto mismo que ahora apunto nace tras leer unos versos de Caballero Bonald. Dice en su Diario de Argónida que “la literatura se parece a una carta que el escritor se manda sin cesar a si mismo”. Por mi parte, las cartas que me envío a menudo las quisiera escritas por otra mano y con mejor pulso.

domingo, noviembre 23, 2008

Expurgo

El domingo por la tarde me dediqué a la limpieza de papeles. Expurgo de suplementos culturales. Me encontré muchos subrayados. Releí pues. Por ejemplo esta cita de Muñoz Molina: “En una autobiografía un escritor cuenta sus pecados veniales. Para contar los mortales inventa una ficción”. Reflexión que llevada al atrincheramiento poético tan propio de nuestras letras podía darnos por analogía que las cosas menores las cuentan sin recato los poetas de la experiencia; las mayores, sin que nos enteremos, los poetas del silencio; y las manifiestamente canallas, con escabroso lujo de detalles y orgullo torero, algunos beatniks de nuevo cuño.

viernes, noviembre 21, 2008

Narrativa agnóstica

Para narrar una invención conociendo de antemano su desenlace se precisa de una fe casi religiosa en la propia palabra, en el propio proceso creativo. Se necesita dar por cierto que después de ese final ya sabido habrá siempre una suerte de cielo, una recompensa. Uno, desde la inseguridad de su agnosticismo, prefiere que las palabras, a medida que se engarzan, le vayan revelando la verdadera finalidad de su propósito. El fugaz paraíso de los instantes.

lunes, noviembre 17, 2008

Azogue

Siempre tuve la absurda sensación de que aquellas gafas negras no eran en realidad sino espejos vueltos. El azogue hacia fuera y los ojos reflejados en la intimidad de una montura angosta. Si estuviera en lo cierto, me decía la razón, no podría él dar dos pasos sin tropezar. Sería como un ciego. Quizás. Y sin embargo, cuando lo seguí hasta su cuarto y escondido aguardé a que posara sus oscuras lentes sobre la mesita de noche, hube de reconocer que estaba equivocado. El reflejo de los espejos no era la mirada perdida de un hombre sin visión, sino el reverso brillante de dos monedas de plata. Las que le habían sellado los párpados al morir.

martes, noviembre 11, 2008

Que no te coman la moral

En ocasiones, leyendo algunos catálogos de pintura o algunas críticas de poesía uno no debiera olvidarse de que completó con buena nota el bachiller superior y hasta, si así fue el caso, incluso una carrera media o superior. Debe reforzarse, en fin, la autoestima con esta memoria sobre la aptitud para no hundirse en las dudas sobre la propia capacidad intelectual a la vista de lo que con tan retorcida sintaxis, tan profusa adjetivación, tan alambicadas referencias y tan inextricable prosa, se escribe por quien, con la aparente intención de explicarnos cuadros o poesía, sólo trata, me temo, de justificarse por haber incurrido en la debilidad de una interpretación obvia que ofende el alto concepto que de si mismo alberga o, sencillamente, por no haber comprendido absolutamente nada de lo que ha visto o leído.

* * *

De bichos

Algunos bichos crujen. Tienen la consistencia frágil de un cristal casi de papel. Aplastarlos con los dedos pulgar e índice produce una íntima y culpable satisfacción. Deja un rastro de desastre, una mancha viscosa, un pegamento de vísceras. Pero apenas si queda rastro en el aire, olor alguno. Vista, oído y tacto. Es una crueldad de tan sólo tres sentidos. Una costumbre que se hizo secreta desde la infancia. Mi padre me sorprendió de niño en el jardín con los dedos sucios, intentando dibujar sobre la cal de la casa con las entrañas de un grillo. Supe entonces que no hacía bien y me pareció todo mucho más placentero. La caza, mi fuerza, la presión y el ruido casi seco, el calor mínimo y fugaz en las yemas de los dedos. La muerte como la breve combustión de un fósforo oscuro.

lunes, noviembre 10, 2008

Un tácito encargo por cumplir

Que se muriera tan de repente, con sus papeles desordenados sobre el escritorio, sin tiempo para recomponer malentendidos, sin tan siquiera haber vuelto a Florencia como quería desde hacía tiempo ni haber llegado tampoco a esos años en que hablar del propio final ya no es un asunto de mal agüero sino sólo una mera cuestión de intendencia, que se muriera, digo, así, de esa forma breve y sorpresiva con que a veces el corazón se rasga, me dejó, entre otros trabajos pendientes, el de su epitafio. Sabía que quería ser enterrado, que le gustaban los cementerios y coleccionaba fotos y recortes de las tumbas de muchos escritores. La de Machado y su ligero equipaje; la de Neruda, tan próxima a la mar; la de Kafka, compartida con la sombra terrible de su padre; la de Cortázar, sobre la que siempre abundan exvotos que bien pudieran pasar en otro lugar por meros objetos olvidados. Es verdad que él nunca fue un autor de culto. Apenas un escritor de provincias al que la insistencia y una dedicación artesanal le procuraron una docena de premios literarios de cierto prestigio. Pero yo sabía bien cuánto le hubiera gustado una lápida elegante en la que se leyera algo breve y bien traído. Se había ido dejándome, paradójicamente, ese tácito encargo a mí, que era partidaria de la incineración, del viento y del olvido.

Lo dejé apoyado sobre su mesa. Entre los borradores en los que andaba en sus últimos días. Cada vez que entraba en la biblioteca, un olor punzante me recordaba que tenía algo pendiente. Postergaba lo que me había llevado a aquel rincón de la casa y me aplicaba entonces entre los libros de versos a la búsqueda de un par de renglones apropiados. Pero él no ayudaba mucho. Cada vez era más difícil concentrarse en la proximidad de tan descompuesta presencia de ánimo.

martes, noviembre 04, 2008

Samuel Stauwton

"Escribir es hacerse pasar por otro, inventar
otras vidas que bien podrían ser la nuestra."

Enrique Vila-Matas
Hace un par de semanas, se presentó en el Centro Municipal de La Arena el poemario Transgresión del edén. Este libro constituye la tercera de las entregas que sobre la obra de Samuel Stauwton se han editado en nuestro país, todas ellas introducidas, recopiladas y traducidas por Emilio Amor. Sobre Stauwton se conocen algunos datos ciertos. Nació en Londres. Su padre fue Sir Alexander Stauwton, par del reino y gobernador durante dos años de una provincia de la India. Su madre era la bella Patricia Eddington, descendiente directa de Lady Caroline Lamb, amante de Byron. Se cuenta que Samuel Stawton, a la temprana edad de diez años, dominaba el francés y hablaba con soltura el alemán y el italiano. En 1923, terminó sus estudios de Derecho en Cambridge, trasladándose a París, donde conoció, entre otros, a Paul Valery, Cocteau, Proust y Gómez de la Serna. En 1925 retornó a Londres al morir su padre, haciéndose cargo del patrimonio familiar y casándose con Catherine Hamilton, de la que se separó no mucho tiempo después para iniciar una serie de viajes que lo llevaron desde Egipto hasta el Lejano Oriente. En 1930, se trasladó a Nueva York. Allí queda deslumbrado por el jazz y el cine. En compañía de la cantante Sarah Murray visitó los estados del oeste, luego el Caribe y, finalmente, Sudamérica. Tras la Segunda Guerra Mundial se mudó definitivamente a Europa. Vendió las propiedades y negocios familiares y, a causa de una grave dolencia pulmonar, se internó en una clínica de Trieste. En 1948 comenzó a dar muestras de una irrefrenable decadencia, fruto de su adicción a la morfina y al alcohol. En 1958, arruinado y abandonado por los pocos amigos que aún le quedaban, se vió obligado a aceptar un modesto empleo como corrector de pruebas. Era por entonces un noble arruinado y decadente, pero conservaba un irresistible encanto canalla. En 1964 se casó con la Vizcondesa de Neully, junto a la que malvivió durante meses en un hotelucho de Cannes, donde según se informó por entonces ambos fueron hallados muertos. Investigaciones posteriores han revelado, no obstante, que el cadáver encontrado entonces no era el del poeta, sino el de un amante de la Vizcondesa, hombre de parecido asombroso con Stauwton. Según parece el escritor, aprovechando el equívoco, huyó a Irlanda. Allí buscó refugio para sus últimos años.
Hasta aquí lo que de Samuel Stauwton nos cuentan los libros. Pero hay otros datos, eso sí, no suficientemente contrastados, que alimentan su leyenda. En los años setenta, Sothebys subastó un collar de esmeraldas que fue finalmente adjudicado a un empresario japonés por una asquerosamente elevada cantidad de libras. Aquella joya procedía de una casa de empeños en Dublín que actuó como testaferro de su anónimo dueño, un escritor refugiado cerca del mar en las afueras de Scholl. Las esmeraldas, pesadas como guijarros sangrientos, habían pertenecido a la Vizcondesa de Neully. Su venta pagó las reformas y a la servidumbre de The Hill of the Crow, la vieja posesión donde todo parece indicar se escondió del mundo, dedicado a la cartografía y la colombofilia, el viejo Samuel Stauwton. Hay también quien afirma que si bien fingió su muerte en Niza, alguien fingió años después su vida en Irlanda. Que no sería, pues, real su supuesta longevidad y que los poemas publicados en Canciones de Amor en los Campos de Marte, aunque escritos según el inconfundible estilo Stauwton, no son más que un brillante ejercicio literario del joven ucraniano, Cecil Sevchenko, con quien convivió el escritor durante sus últimos años, un aventurero que llegó al puerto de Cork después de que encallara el decrépito carguero en el que viajaba formando parte de la tripulación. Quienes conocen a este marino lo describen alto y robusto como la chimenea de un vapor, con cabellos rubios y una estridente risa tabernaria que encantaba por igual a las mujeres fuertes y a los hombres sensibles. Un aventurero que se declaraba enamorado de Marsella, el lugar desde donde Rimbaud se despidió de la civilización. Un extranjero cuya niñez había transcurrido en el estuario del Dnieper, cerca de la Odessa aún soviética. Un musculoso lobo de mar al que le apasionaba la poesía y que se presentaba a si mismo como "un piloto de barco al que el azar y la mar convirtió en amanuense de versos gloriosos".
De la obra de Stauwton se publicaron en la primera mitad del siglo Les fauves (París, 1923) y Cuaderno de bitácora (Londres, 1930). Posteriormente, aparecieron las Crónicas de Samuel Stauwton (Gijón, 1999), una traducción del original que editó Gallimard en París con el título de Chroniques y bajo el seudónimo de Cecil Bishop, que se completaba con textos autógrafos y con colaboraciones cedidas por Lettres Françaises y Les Cahiers de la Pléiade. Más recientemente aún se han editado las Canciones de amor en los Campos de Marte (Gijón, 2002), que, independientemente de quien sea su autor, Sevchenko o el propio Stauwton, conforman un cautivador poemario amoroso entreverado por una tupida red de caminos que comunican los lugares predilectos del autor: Turquía, el Nilo, los Sargazos, China, La Habana, Acapulco, Pompeya o el Báltico. Un libro al que se convocan las voces de aquellos autores que alientan muchos de sus versos: Baudelaire, Rimbaud, Mallarmé, Nerval o Vallejo. Una obra, en fin, misteriosa, pero tan limpiamente escrita como un cuento para niños.
Ahora aparece Transgresión del Edén (Gijón, 2008) y de nuevo surgen enigmas de difícil resolución sobre el origen y autoría de estos versos. En la introducción se reproduce una noticia de la Agencia Efe difundida en prensa allá por octubre de 2001. Se daba cuenta en ella del hallazgo en unas excavaciones en Dublín de una cápsula del tiempo. Una especie de de caja de piedra con dos esferas de metal en el interior que guardaban una diadema de rubíes perteneciente a la colección de la Vizcondesa de Neully, la que fuera esposa de Stauwton, y un manuscrito firmado por Cecil Bishop, el heterónimo que el viejo poeta utilizara en sus primeros tres libros. El Museo Nacional de Dublín buscó entonces ayuda entre los expertos en la obra de Stauwton. Fue así que Emilio Amor tuvo acceso a estos poemas. Suya es la magnífica traducción que ahora se publica de los mismos.
Llegados a este punto, y aun resultando seductoramente inverosímil toda esta sucesión de descubrimientos en torno a la vida y la obra de un autor misterioso y maldito, y apareciendo los sucesivos poemas de Stauwton curiosamente siempre de la mano del traductor Emilio Amor -cuya descripción física, por cierto, tanto lo asemeja al marinero ucraniano Cecil Sevchenko-, lo único realmente incuestionable es que a los stauwtonianos del mundo nos importa relativamente poco qué fue lo que en verdad le sucedió al poeta; lo único que deseamos realmente es leer todos sus poemas, los que haya o le hayan escrito, los que escriba o le escriban en el futuro.

CANCIÓN DE AMOR EN LOS TIEMPOS DE GUERRA

Es eterna la noche y el amor y el cuidado
Con que me despiertas, con que me respondes,
Son parte de un instante que se diría único.

Con el viento del norte estrellado en el rostro
Avanzo por la dársena y pienso en tus dulces labios.

Es obscena la guerra, los niños mutilados,
La mentira en la boca de los próceres.
Y yo pienso en tu piel, los sueños encontrados.

Permanecer así en silencio: al fin y al cabo
Hemos hecho realidad algunos sueños.
Sólo falta recoger los frutos que nos quedan
Al amparo de la boca de los lobos.

¿Qué pasa con el hacha del sicario que corta las cabezas?
¿Vamos a permanecer así, con las manos atadas,
Sin estremecernos de dolor hasta la médula?
¿Qué dirán nuestros hijos, sangre de nuestra carne?
¿Qué les espera?

Es eterna la noche,
La luz no nos aguarda al final del camino.
Son tiempos de locura,
Son tiempos de desmán.
¿Qué les espera?

miércoles, octubre 29, 2008

Acuarela

Celosía y lluvia. Veo la plaza a través de la contraventana. El viejo restaurante donde comen jinetes y princesas. La muralla medieval que emergió de improviso entre los escombros y huele a orina las mañanas de los lunes. La ventana por donde escupe ruidosa y vigorosamente un anciano casi centenario. Este banco de piedra donde sólo el musgo se sienta. El balcón desde el que ladran a menudo esbeltos perros de caza. La pátina de orbayu sobre el empedrado. Y ese cielo detenido a escasos centímetros de los aleros que parece apenas una claraboya de cristales sucios. Sé que al fondo también anda el mar. Que bate al lado mismo de la iglesia. Pero aunque oigo las campanas cuando dan las horas, no me llega nunca el ruido de los oleajes.

martes, octubre 28, 2008

sábado, octubre 25, 2008

Algunas imágenes inolvidables

A C.
Si inventariase los recuerdos
más dulces de tu cuerpo
salvaría sin duda aquella risa primera
que aún guardo en la memoria
abriéndome en dos el pecho.

Si quisiera dibujarte
en el escorzo con que el tiempo
modela los deseos,
tus piernas calzarían
la noche hasta los muslos
y en la hendidura misma del alba
se ocultarían tus dedos
como sierpes tenaces
reptándote la dicha.

(De entre las acuas)

jueves, octubre 23, 2008

Mirada interior

El tiempo que les dedicamos a los otros puede enriquecernos o pudrirnos. Nos hace mejores cuando es entrega generosa, admiración o consuelo. Nos envilece, en cambio, cuando alimenta la murmuración o nos enfanga en la envidia. Males estos que se vuelven a menudo más tercos con la edad, con la deriva infeliz que toman tantas veces las vidas. Reconocer que casi nada fue al fin como quisimos genera un resentimiento que nos roba alegría y, sobre todo, tiempo; que nos pone en una desasosegante alerta, recelosos de quienes nos rodean, peligrosamente vengativos respecto de la dicha ajena. Por ello, a medida que se envejece, suelen volvérsenos más crueles los tiempos muertos, el ocio y la soledad. Eso que a veces se descalifica como aburrimiento. Porque entonces no sólo somos conscientes de la rapidez con que mengua el resto de nuestros días, sino también porque a la vez se nos abren las carnes en canal, la entraña misma de aquello en lo que, para bien o para mal, nos hemos ido convirtiendo. A esa umbría palpitante y viscosa sólo llega la mirada introspectiva en el silencio y a solas. Y cuando se tiene el cuajo suficiente.

martes, octubre 21, 2008

jueves, octubre 16, 2008

Cartas desde Selva

Cartas desde Selva es una selección de la correspondencia mantenida por Avelino Hernández en los últimos seis años de su vida, los que transcurrieron en su retiro mallorquín. No pretendiendo ser un libro mayor —no hay en estas cartas una primordial intención literaria—, su prosa desnuda, sincera y contagiosamente animosa atrapa la más noble atención del lector. Lo pone en la pista de una biografía singular, la de un escritor al que le apasionaba su trabajo, pero al que sobre todo le podía la amistad y la vida. Un tipo valiente que en 1996, con ya más de cincuenta años, deja la seguridad de sus trabajos administrativos y de su residencia urbana por un lugar en el Mediterráneo donde dedicarse a lo que verdaderamente le importaba, disfrutar de la vida en la compañía de su mujer Teresa Ordinas, escribir y navegar. El pueblo elegido fue Selva, en la ladera sur de la Tramontana mallorquina. Poco más de mil habitantes. Allí se hacen con la casa que fuera de María Stomnichka, una polaca de origen judío, nacida en 1910 e hija de terratenientes, a la que las guerras y los exilios la hicieron recorrer Europa hasta que recaló en la isla tras contraer matrimonio con un diplomático inglés pobre y muy educado. Desde lo que fuera la casa de esta mujer de vida azarosa escribió incansable Avelino Hernández a un montón de amigos y familiares. Va contándoles las pequeñas cosas de su vida, de su huerto, de su jardín, del paisaje y de la mar a la que regularmente acude a bordo de un llaut. Asistimos, al tiempo, al entusiasmo con que habla de los textos que escribe y que van poco a poco teniendo acogida en las editoriales. Libros de narrativa infantil, novelas, poesía. Y nos conmueve la compañía alegre y querida de su mujer Teresa, que intermitentemente aparece en todo cuanto emprende, intuyendo el lector que es ella siempre partícipe jovial y laboriosa de todas las dichas y de todas las empresas. A Teresa incluso le dirige una de las cartas: “Todo es azul en la isla: el cielo, el mar, las montañas, el humo que sube de las hojas del otoño quemándose al atardecer… Sólo en la horabaixa el horizonte se llena de todos los colores. Tu también eres azul y cada día te llenas de todos los colores”.
Pero de repente, esa dicha apacible que ambos disfrutan en Selva se ve sombríamente amenazada por la irrupción de una enfermedad terrible. En una carta tan precisa como estremecedora, Avelino Hernández le cuenta el 29 de mayo de 2002 a Carina Pons, de la Agencia Literaria Balcells, lo que sigue: “Querida Carina. Te voy a contar un asunto que me/nos a llevar a tomar algunas decisiones. Tengo cáncer de riñón, maligno, con metástasis varias por ahí dentro. Francamente feo, estadísticamente, meses –me han dicho. Lo supe hace una semana”. Avelino Hernández murió en julio de 2003. Pues bien, hasta entonces, aun bregando con el mal y con la terapia agresiva con que lo combatió, tuvo ánimo suficiente para escribir, oír música (“los viejos cantantes que nos dieron alas y ahora nos dan nostalgia”), leer, proyectar libros, ordenar sus cosas por si acaso y disfrutar de todo lo que la isla le ponía al paso: “hemos cogido la primera cosecha de vino en la plantación nueva de unos amigos; hemos recogido la cosecha de almendras, pendientes de elaboración en casa y de, en su momento, hacer el turrón; está en la bodega, aliñada, la cosecha de olivas del año, queda hacer el aceite. Y ahora mismo, en cuanto suelte el ordenador, está ahí al lado Teresa esperándome para una sesión más de la tradición que llamamos ´Los viernes se va a los puertos`. La iniciamos al llegar a Mallorca; cada viernes nos íbamos a comer y a pasar la tarde, viernes a viernes y uno a uno, en todos los puertos de la isla. El recorrido de hoy es bellísimo: Orient, un pueblecito precioso, el más alto en la montaña de la Tramontana, y la mansión renacentista de Raixa”. En esos años insulares, hubo para Avelino Hernández, en el modo en que afrontó su existencia, antes y después de conocer la enfermedad que terminó llevándoselo, varios referentes literarios a los que alude en algunas de sus cartas. Horacio le puso en la pista de cómo debía ser aquella estancia en Selva: “Dichoso el que, alejado de los negocios / cultiva la tierra con sus manos / no le sobresalta el ánimo la ambición del éxito / y rehuye el foro, las puertas de las ciudades demasiado poderosas”. Li Po fue un referente vital: “Es un tipo que me va. Materialista, amante de la naturaleza, el gozo, el vino y los amigos, y socialmente comprometido”. Y, por último, tuvo siempre presentes las citas de Gil de Biedma: “ha pasado el tiempo y la verdad desagradable asoma: envejecer, morir, es el único argumento de la obra”, y de Oscar Wilde: “hay que poner la inteligencia en la vida, y si algo sobra, aplicarlo al arte”.
Esta recopilación de cartas muy probablemente sea para quienes lo trataron más que el libro de un escritor conocido, el registro de la voz más natural de un amigo, la de su conversación, la de la confidencia, la del aliento. Para los demás, los que hemos llegado casualmente a sus páginas, el testimonio de un hombre que se empeñó en vivir por encima de cualquier otra cosa, y que lo hizo, digno y entusiasta, aún en los trances más difíciles.

martes, octubre 14, 2008

Crisis

Que le den por la popa a Samaniego. Las fábulas son una sarta de mentiras bienintencionadas. Está uno en estos tiempos para pocas moralejas. Quién no quisiera que se cumpliera el final edificante de esas parábolas y que los codiciosos pagaran ahora su codicia, y los soberbios, su soberbia. Que los pringados levantaran la cabeza. Y sin embargo… Todos estos hijos de la gran siete que te miraban por encima del hombro cuando se les pedía una hipoteca, cuando llegabas ahogado en busca de un crédito, cuando te lamentabas porque no tenías para terminar el mes. Todos estos sacamantecas que se pasean con bemeuves, trajes bien planchados, corbatas de colorines y zapatos sebago. Que van al gimnasio a desestresarse y cenan los sábados en restaurantes de moda. Que te ponen cara de asco porque eres un mierda que gana lo justo para pagar casa, comida y colegios. Que saben de economía la hostia. Que te dicen que hay que flexibilizar el mercado de trabajo. Que el servicio debe ser sudamericano porque resulta más barato y disciplinado. Que tienen una casa en el campo y unos niños pijos de cojones. Todos estos hijos de puta no sabían que esto iba a irse a la mierda, que todo este tinglado que tienen montado era más palafito que foster, no tenían ni puta idea de economía, ni de mercados, ni de bolsa, ni de nada y han resultado ser un hatajo de chulos ignorantes que viven como dios y del cuento, y a los que ahora, con los ahorros de los curritos que ellos desprecian, les van a salvar el culo y la buena vida. Para que sigan riéndose de todos nosotros. Para que sigan mirándonos como a la mierda. Esto no es una fábula moral de Samaniego. Esto es la puñetera realidad.

domingo, octubre 12, 2008

Rescoldos


Ya otoño y aún hoy ha sido generoso el sol y el cielo azul. Este amanecer fresco, pero tan claro que no hay en él atisbo alguno de sombra, nos echa pronto al camino. Llegamos a Toranda cuando está aún la playa casi desierta. Cuando hollar descalzos una arena tan fina es como explorar un planeta que la marea hubiera descubierto de pronto al retirarse. Tendido en ese lecho tibio escribo apenas unas líneas mientras mi hijo y mi mujer pasean por la orilla. Los veo detenerse por un instante. La bajamar ha dejado un pez de plata muerto a sus pies. Una muchacha vuela una cometa por encima de las pequeñas olas que lamen el arenal. Todo lo que alcanzo con la vista es de repente como un trozo de vida que anduviera cobijado al calor de las brasas últimas del verano. Estos días son ese resplandor quedo del fuego casi extinguido. La muerte del pescado. La vida del cometa. Esas dos siluetas queridas que se alejan conversando. El mundo entero me cabe en el cuenco de esta playa donde apuro las hojas de un cuaderno, los rescoldos de una estación.

domingo, septiembre 28, 2008

Llanteiro (carta)

Querido amigo, sabes que te leo a menudo, que intuyo que esos ejercicios de bitácora que practicas, ese continuo hacer dedos, no busca sino soltura en eso que llaman literatura, una ilusión que, a mi juicio -ya hemos hablado de ello-, siempre has sobrevalorado. Eso sí, he de reconocerte al menos que hay entradas en las que hasta aciertas con lo que se necesita para hacer de unos renglones algo más que un apunte. Sabes bien qué condiciones se requieren para ello, sobremanera cuando se escribe para los demás y éstos se pretenden muchos. Se debe encontrar, sobre todo, un buen principio -siempre los jodidos buenos principios-. Y hay que desarrollarlo hasta alcanzar un desenlace adecuado, un puñetero e imprescindible final. Porque la literatura ha necesitado durante siglos de finales, de felices o infelices finales, de piezas exactas con las que concluir sus rompecabezas. Ha precisado de esos finales justamente cuando la literatura decía imitar la vida. Qué gran mentira. El único final que la vida conoce es la muerte. Y no siempre la muerte remata la obra literaria. En realidad las tragedias han sido las más fieles con la vida. Yo te escribo, en cambio, contándote siempre cosas sin final. Trocitos de vida en renglones. Sin pretensiones literarias, claro. Pero sin necesidad alguna de final. O con el solo final que sucede a lo que se cuenta cuando deja de contarse, tras la última palabra, tras el punto final que la sigue, cuando nada más puede leerse ya y todo queda quieto en la página.

Al retornar a la aldea, uno de mis primeros paseos me llevó al río. Al embarcadero. Me encontré allí con un par de pescadores, unas barcas. Las aguas estaban oscuras y remansadas. Junto a la orilla colgaba un buzón de un árbol. Ponía Lantero. Llanteiro se le dice en realidad por aquí. El lugar es un recodo de tierra al otro lado del río. Tres casas y una pradería extensa circundada de bosque. Un lugar aislado del mundo por el agua y la montaña. Cuando se construyó el embalse de Arbón les prometieron a los escasos vecinos de Lantero un puente hasta Serandinas. Nunca se tendió. Les quedó pues un largo y tortuoso camino hasta Villayón, por Illaso, y una barca para salvar la breve distancia con la margen contraria del Navia. Por eso el buzón está de este lado. El más corto. Anda aquello ahora ya deshabitado. Pero se conservan bien las edificaciones. Al menos eso parece en la distancia. Y hasta hay bestias, pacientes y solitarias, pastando en los prados. Hacía frío aquella mañana al lado del río. Sobrecogía la profundidad que se le intuía. La opacidad de su curso demorado. Las cartas esperarían antaño que llegara el barquero hasta ese buzón abandonado que cuelga aún de un pino robusto junto al embarcadero. El correo venía del otro lado del río. Como la vida misma. Del otro lado del mundo.
Un abrazo de tu amigo Xuan.

jueves, septiembre 25, 2008

Hilos sueltos

He oído hablar de sus ediciones artesanales. De su caligrafía primorosa. De esa vocación amanuense que le lleva a escribir, ilustrar y copiar poemarios que son como pequeñas piezas de orfebre. En tiempos de computadoras, impresiones láser, copisterías y muy asequibles encuadernaciones, Fernando Menéndez posee un inusual temple de monacato, una capacidad de retiro y laboriosidad paciente. Bien quisiera tener uno alguno de esos libros de tan reducida tirada, manuscritos uno a uno, concebidos, ilustrados y hasta cosidos por él mismo. Esos libros que no persiguen el reconocimiento de los suplementos literarios ni tan siquiera un hueco en los mostradores o escaparates de las librerías, sino que constituyen el extraño placer de quien comparte con los más íntimos el fruto en sazón de sus soledades.

Esa es quizás la más atrayente cara de la obra de Fernando Menéndez. Por original y por obligadamente limitada. Pero para quienes no tenemos la fortuna de poseer ninguna de esas piezas únicas, existe al menos la posibilidad de acercarse a su obra poética y aforística a través de las publicaciones al uso. En escasas pero cuidadas tiradas se ha ido cuajando la evolución literaria de este profesor de filosofía a quien tanto afecto parecen profesar sus bachilleres en esa edad difícil en que se hace raro oírles halago alguno hacia los enseñantes. El último libro publicado por Fernando Menéndez es Hilos sueltos, Editorial Difácil, Valladolid, 2008. Una compilación de aforismos propios salpicada por algunos otros de autores clásicos. Uno de esos libros que se pueden leer en una tarde, sí, pero que conviene dejar al alcance de la mano ya para siempre. A sus páginas se llega sabiendo que el autor ha ido volviendo su escritura cada vez más enjuta, más fibrosa, decantándose en sus últimos libros por lo más breve, el aforismo y el haiku. Con ese mimbre estrófico, contenido y paradójicamente ligero, trenza sus obras 39 Haikús (En las montañas / pinceles de la nieve / pintando nubes. // Vuelan vencejos / siluetas de guadañas / talan los bosques. // Releo un libro / la mente está vacía / y todo cambia) y Aguamarina (Regresa mayo / los dientes de león / nievan las calles. // Sobre mis manos / unas ramas de almendro / dejan sus flores.). Con la pauta aforística compone Dunas y, ahora, Hilos sueltos. Viene ésta precedida por un brillante prólogo de José Ramón González, en el que se repasa la historia del género, su etimología grecolatina y sus características primordiales, que no han sido siempre la mismas, y que han variado desde la formulación cerrada y sentenciosa que tuvo en otro tiempo a la ligereza de verso y la vocación connotativa que se le ha dado en la práctica más reciente. Por ahí anda el aforismo de Fernando Menéndez, tan ceñido a la brevedad formal y tan poético que a veces se vuelve haiku casi inconscientemente (Una briznas de hierba / entre las hojas / de un libro usado.), tan pegado al silencio del que viene y al que aspira que apenas si se eleva sobre él (Leer un aforismo para gozar de su silencio. / Escribir callándose. / La palabra es una fuga del silencio.), tan sobrio (El adorno es el suicidio del arte.) y tan calmo en su dedicación a la utilidad de lo inútil (La utilidad de lo inútil: la quietud.).

Se habló al comienzo de los libros artesanales de Fernando Menéndez, de esa soledad no venial que uno intuye dedicada al placer de la tinta, la acuarela, el tacto de los nobles papeles o las bellas palabras. A esa soledad y ese silencio al que aspira la voz de cuanto en estos Hilos sueltos se dice tan quedamente, se dedica el último y uno de los más bellos aforismos del libro:

Siento la soledad en mi trabajo como un insecto hoja en una rama.

martes, septiembre 23, 2008

miércoles, septiembre 17, 2008

If I was Stephane Furber


Si yo fuera Stephane Furber
habría llegado medio abrasado del infierno,
humeando bajo la tormenta
como los restos de un rastrojo,
pero sin más dolor que el cáncer
de haber perdido la vida
como una última cerilla en medio de la nieve.

Si yo fuera Stephane Furber
y ella sonriera como Daphne
y me amara como ella lo hace,
despacio y sin pasión,
con la ternura que inspiran
los perros abandonados,
doy por cierto que no volvería a probar un trago,
que la acompañaría a la iglesia los domingos
y la esperaría a la puerta sin ladrar.

Si yo fuera Stephane Furber
y hubiera muerto casi de viejo,
Jimmy, al que quise como a un hijo,
se habría ocupado de procurarme un buen entierro,
de compartir silencios con su madre
y de poner en orden mis pocas cosas:
una guitarra que apenas nunca me vieron tocar,
la ropa usada que vestí
y unas cuantas hojas manuscritas
con algo parecido a unos poemas.

viernes, septiembre 12, 2008

Hospital

No sabría ahora transcribir las citas exactas, pero he leído recientemente en Séneca y en Magris algo así como que nada sino el presente existe en realidad. Que no es sensato, ni productivo, ni apenas razonable, hipotecar más de lo preciso el momento para ganar un futuro incierto, para penar por lo que irremediablemente es pasado. Y sin embargo, en estas horas de hospital que uno rinde a la espera nada agotaría más que creer imposible el futuro. Eso sí, este tiempo baldío es el único, paradójicamente, en el que adquirimos la absoluta seguridad de que valoraremos en su justa medida el presente futuro. Ese al menos es ahora mismo el propósito. A ver lo que dura.

jueves, septiembre 11, 2008

Bozo

El bozo de los preadolescentes —pienso en mi hijo— les predispone de repente contra la inocencia, les crece doloroso como una ristra de alfileres negros justamente sobre la sonrisa. A estos niños espigados se los gana entonces una melancolía rebelde, propia de una edad que se transita con la desazón de las metamorfosis.

Coda

Ayer lució de nuevo un día espléndido. Esa coda del verano sienta tan bien que gustosamente se entonaría en el invierno como si de un estribillo se tratara. Desgraciadamente, contra el curso de las estaciones, no hay canciones que valgan.

miércoles, septiembre 10, 2008

Mandamientos

Ayer J. me envío un correo en el que se transcribían los diez mandamientos de un escritor, de Stephen Vizinczey (Verdades y mentiras en la literatura). Me da que este tipo de cánones se despliegan ante la mirada embobada de los espectadores como las colas de los pavos reales. Tienen la prestancia de un ritual. Pero el envés de esa elegancia es un trasero pelado. El oscuro orificio de la vanidad. Recuerdo que sobre la ligera consola que mis tíos tenían a la entrada de su casa, siempre había un jarrón con plumas de pavo real. Le he arrancado hoy a Vizinczey una sola de esas plumas, el noveno mandamiento:
Escribirás por tu propio placer ("Si Shakespeare no puede complacer a todo el mundo ¿por qué intentarlo siquiera nosotros? Esto significa que no vale la pena que te esfuerces por interesarte por algo que te resulta aburrido.")
(Tras haber publicado ayer este post, descubro hoy dos mucho más recomendables sobre el asunto. Los de Manuel Jabois y Mabalot. Esto no es una carrera y poco importa quién llegó primero al dichoso decálogo, pero quisiera dejar constancia de que Manuel Jabois publicó el suyo antes, Mabalot lo glosó después y uno, que no había leído todavía ninguno de los dos, se aplicó en este comentario ayer, después de que un buen amigo le hubiera remitido referencia de las recomendaciones de Vizinczey -quizás porque él sí había leído ya los referidos posts-.)

jueves, septiembre 04, 2008

Posdata

Supongo que esta vaga sensación
de haberte deseado en otro tiempo
no es más quizás que el poso que revuelve
la rutina en este estudio angosto
donde a menudo intento viejas cartas
que hubiera de enviarte sin demora
desde hace ya más de algunos meses.

(Alguien vino a recordarme hoy que hubo un tiempo para Velar la arena. Volví por un momento al libro. Allí encontré aún estos versos.)

miércoles, septiembre 03, 2008

El hielo de los días

Leo siempre con una lapicera en la mano. Tal es la costumbre que si me encuentro sin mi fetiche cuando tomo el libro con el que ando, se me hace difícil meterme, al menos al principio, en sus páginas, pues el extravío del grafito, aunque sea momentáneo, me desasosiega. Acompaño además el ritual con una fina pero firme regla de quince centímetros que le tomé prestada hace ya mucho tiempo atrás a mi hijo y que no le he devuelto desde entonces —que la dé por perdida—. Me sirve de marcapáginas a la vez que me permite subrayar con trazo seguro en lo que leo aquellas citas sobre las que juzgo debería volver, por placer o reflexión, en la relectura.

El lunes estuve en Paradiso. Me encontré allí con Víctor Guerra. Charlamos sobre las vacaciones. Me hice luego con un par de libros: La vibración del hielo, de Jordi Doce e Historia secreta de Costaguana, de Juan Gabriel Vásquez. Chema me dijo que ya había leído el primero de ellos semanas atrás. Que era un gran libro. Así que le fui hincando el diente enseguida, mientras paseaba un rato por el Muelle, a esa hora del café de media mañana que tanto se disfruta cuando el sol es franco pero ligero y uno demora, con culpabilidad dulce, el regreso a la mesa de trabajo. Desde el rompeolas al cerro, picoteé aquí y allá el libro de Doce. Su miga. Esa miga de los libros recién comprados, caliente y con olor a tahona, que da gusto echarse a la boca. Ayer lo leí con calma. Con lápiz y regla. Con placer creciente. Con subrayados, pues, abundantes. Porque aunque se trata de las anotaciones correspondientes al año 1998 del diario de su autor, y por tanto —pudiera así pensarse al menos— el relato de sus cosas más personales en esos días, casi nada de lo escrito nos resulta ajeno, pues todo lo que se cuenta tiene la consistencia de los posos, del precipitado que deja la búsqueda permanente de una manera de estar en el mundo. Se dice en la página 27: “Se lleva un diario o un cuaderno de notas por muchas razones. En mi caso, poco me importa anotar lo vivido. Yo anoto más bien para ampliarlo”. No creo que el verbo ampliar sea el más preciso. Quizás, sí, el más modesto. Y el autor es prudente siempre en el trato con la vanidad —como poco partidario de la ironía, que define como “una forma sutil de orgullo”, o del ingenio (“afectación narcisista”)—. Después de leído este diario uno elegiría otro verbo para rematar la anterior cita. El verbo profundizar. Porque la ampliación es añadido, circunloquio; mientras que la profundización es un viaje hacia lo que está dentro. Aquí, en concreto, a la entraña misma de la reflexión. Se suceden los días, las estaciones, las ciudades (Gijón, Oxford, Londres), los paisajes, la labor cotidiana, el viaje (Córdoba, Granada, Übeda), las películas (Shorcuts, Mrs. Dalloway), las lecturas y traducciones… De todo queda una coda, explícita o intuida, que nos pone en la pista de que lo que se vive termina por transformarnos, por hacernos distintos. Meditar sobre ello, y el diario asi concebido tiene mucho de introspección, debería hacernos además mejores. Damos en la escritura nuestra mejor versión. Le ganamos en ese espacio y en ese tiempo la partida al envés de nuestras almas. El ruido que es la vida, esa vibración del hielo, ese latido de lo que somos, de lo que nos sale al paso o de lo que se observa y finalmente convertimos también en algo propio, es la fascinación que mueve a quien escribe: “el ruido me fascina, como el umbral de una puerta cuyo destino ignoramos”. Antes de cruzar ese ámbito, no es mal hatillo echarse a la espalda una cosecha tal de palabras sensatas y bien engarzadas. Termina el libro con el final de año, época de balances. Conviene en esos días tener a mano un cuaderno así. Conforta y consuela, dice Doce. Y lo subrayo de nuevo con mi lápiz. Con el trazo firme que me procura esta regla breve sobre la que vibra, ahora ya perceptiblemente, el hielo de los días. Y me siento igualmente confortado.

lunes, septiembre 01, 2008

Migas

Todos esos momentos que sacudimos como migas son el pan de nuestra vida, esa hogaza que sólo se hornea una vez y que casi nunca nos sacia.

martes, agosto 26, 2008

Lautrec


Cordes sur Ciel es un pueblo medieval y amurallado. Un conjunto de calles estrechas y tortuosas. Data del siglo XIII. Las guías dicen que es uno de los rincones más bellos de Francia. Quizás. Nos gustó más el camino que nos llevó hasta allí. Esas carreteras sombreadas por enormes plátanos. Los campos de girasoles. La hierba seca recogida en grandes balas dispuestas con una equidistancia fotogénica. Los viñedos. Las granjas ocres dispersas. Los alcores por los que serpentea la carretera permitiendo panorámicas pictóricas. En Cordes dejamos el coche en la parte alta. Cerca del cogollito medieval. Así que pronto nos vimos envueltos en un ambiente de palacios, calles empedradas y tiendas de artesanos. Una postal. Comimos bajo las arcadas del viejo mercado medieval. Alargamos la sobremesa. Era agradable el lugar. La sombra y la brisa. El mirador sobre la campiña. Desde Cordes nos acercamos a Albi. La entrada de la ciudad cruza sobre el Tarn y muestra al otro lado del río un caserío de tonalidades rojas. La ciudad andaba animada. Se veían por las plazas grupos de espectadores en torno a diversas exhibiciones casi circenses. Se celebraba una concentración de grupos gimnásticos juveniles. Nos dirigimos al museo de Toulouse-Lautrec, en lo que fuera un antiguo palacio episcopal del siglo XIII. La consanguinidad de los padres del pintor fue origen de una enfermedad que afectó el desarrollo de los huesos del pintor. Las fracturas de los fémures le impidieron crecer. Medía metro y medio. Su enanismo era sólo de piernas. Cuentan que se le intentó curar mediante descargas eléctricas, lastrándolo con plomo. En su primer autorretrato se pinta sentado, ocultándo las piernas. Su bizarra fisonomia, molesta para la nobleza de la que provenía, pasó, sin embargo, desapercibida en la distorsión de la bohemia. Residió en Montmartre. Sentía fascinación por la noche y su ambiente. Frecuentaba el Salón de la Rue des Moulins, el Moulin de la Galette, el Moulin Rouge, Le chat noir, el Folies Bergère... Prostitutas, artistas y canallas. Pintaba a las meretrices mientras se cambiaban, al final de sus servicios o cuando aguardaban las inspecciones médicas. Se hicieron célebres sus carteles para promocionar los espectáculos de la noche. Murió alcoholizado en Albi, recogido por su madre. El museo guarda una gran parte de la obra. Pinturas que atraen por colorido y movimiento. Por su sensualidad. Quién no colgaría de sus paredes un cartel de Toulouse-Lautrec. Una buena reproducción incluso. A la salida se venden. Y bien. La calidez de una lubricidad casi amable, que no mancha, vivida en la distancia, captada asépticamente para el espectador desde la misma cloaca. Un poco como las fotos de los países del tercer mundo, con sus ropas de vivas tonalidades, sus rostros exóticos, sus mercados como mosaicos de teselas llamativas. Otro cantar es vivir dentro. Nos tomamos unas cervezas cerca del mercado. En la plaza seguían sucediéndose las exhibiciones gimnásticas. Junto a la terraza donde nos sentamos, unas jovencitas se cambiaban de ropas antes de comenzar su actuación. Se las veía casi desnudas al socaire de un portal escaso. Y sin embargo la escena no transmitía sensualidad alguna. Aún guardaba la retina ese esquemático pastel de Toulouse-Lautrec en el que una enigmática y seductora mujer de pelo rojo se calza unas medias negras.

jueves, agosto 21, 2008

El ciervo


Mientras cenábamos fuera, se oía a la ardilla del jardín trajinar en el pino. Levantamos pronto la mesa con intención de acercarnos a Castelsarrasin. Se ha hecho de noche. Por el camino que conduce desde la casa hasta la carretera, pasamos junto al campo de girasoles. No es más a estas horas que un entramado de filamentos amarillos, de ascuas débiles. Hay una luna casi llena. Algo se mueve entre los arbustos. Algo grande y ligero. Algo que salta desde las sombras y se hace visible. Cruza por delante del coche. Se pierde en el bosquecillo que delimita las plantaciones de frutales. Es un hermoso y huidizo ciervo que carga con un hipnótico brillo lunar sobre el lomo.
En Castelsarrasin la gente se encamina toda hacia el mismo lugar. No hubiera sido necesario ni preguntar dónde se van a lanzar los fuegos. Bastaría con seguir hasta el canal a ese distendido tránsito humano. Bajo la arboleda se sientan familias enteras, críos nerviosos, jóvenes con ganas de fiesta. A eso de las once comienza el espectáculo. Luce especialmente en aquel rincón. Las aguas remansadas reflejan y multiplican las explosiones y sus colores. A los niños parece encartarles. Han tomado un buen sitio en primera línea. No me quito de la cabeza a ese ciervo repentino.

miércoles, agosto 20, 2008

Horror vacui


Unas entradas atrás, he colgado una foto que alguien me tomó mientras leía —nos tomó, también está leyendo a mi lado J.—. Como foto no da para mucho. Como recuerdo tengo la intuición de que dentro de unos años me parecerá —nos parecerá— un recuerdo entrañable. Un viaje que no salió mal, una casa en la que estuvimos a gusto, algunos momentos especialmente placenteros. La constatación, en fin, de que los paraísos perdidos no son más que el tiempo ido. Y que puesto que somos el tiempo que nos queda, según acertada definición de Caballero Bonald, siempre será posible volver a transitarlos y a compadecernos, eterno argumento literario, del rastro que nos dejaron esas visitas edénicas.
En esa foto tengo en las manos un volumen de bolsillo que reúne los cuentos de Kjell Askildsen. Se titula Todo como antes. En los primero relatos, quizás los mejores, los protagonistas son viejos, personajes que sobreviven acostumbrándose ya casi a la muerte. En los cuentos finales se narran sucesos aparentemente intrascendentes en la vida de distintas parejas, acontecimientos rutinarios que sin embargo son como gotas que colman el vaso del tedio, del rencor apenas oculto, de la infelicidad que lastra a todos los personajes. No hay a lo largo del libro un momento alegre, ni sitio para el amor, no existe la compasión. Todo es deliberadamente frío y aséptico. Hasta el deseo se desvela como una sensación vergonzante. Todo se dice con el menor número de palabras. Y ello, que viene bien a la manera en cómo se pretende reflejar el mundo, termina, no obstante, generando cierta desazón tras algunos finales. Askildsen esboza, como en los cuadros de Hopper, un ambiente y algunos indicios para una historia. En las pinturas del americano eso basta para generar una bien urdida sensación de desamparo. En los cuentos del noruego, su laconismo se nos antoja excesivo, como de un Hopper exhausto al que hasta el dibujo le fatigara. Será tal vez que padezco una suerte de horror vacui. Por eso se escriben estas cosas. Por eso nos revolcamos tan a menudo en los recuerdos. Por eso guardo en álbumes mis fotos. También esa en la que leo a Askildsen.

martes, agosto 19, 2008

Un par de viejos

Fiesta nacional de Francia. Y uno recuerda a Brassens y su mala reputación: Le jour du Quatorze Juillet / je reste dans mon lit douillet. / La musique qui marche au pas, / cela ne me regarde pas. / Je ne fais pourtant de tort à personne, / en n'écoutant pas le clairon qui sonne. / Mais les brav's gens n'aiment pas que / l'on suive une autre route qu'eux, / non les brav's gens n'aiment pas que / l'on suive une autre route qu'eux, / tout le monde me montre du doigt / sauf les manchots, ça va de soi. Nosotros hoy nos levantamos. Faltaría más. Nous sommes en vacances. Se experimenta, además, una sana envidia de cómo se celebra por aquí esta fiesta. Por un día se manifiesta la alegría de compartir un territorio y un gobierno que lo rige dando y requiriendo sin atender a balanzas o pedigrís regionales. Nos acercamos a Toulouse. La bella población que atraviesa el Garona y los canales de Midi y Brienne. La fiesta tenía despejadas las calles. Poco tráfico. Pocos viandantes. Mucho ciclista. Dejamos los vehículos apartados en un gran boulevard, el de Luxemburgo. Cerca había algunos garitos margrebís. Mucho hombre moreno sentado a la sombra, en las terrazas, fumando y charlando apasionadamente. Llegamos desde allí en corto trayecto hasta San Sernín, fotografiando su hermoso campanario octogonal desde la estrecha calle que nos iba acercando su perfil recortado contra el cielo azul de la mañana. Avanzamos hasta la plaza del Capitolio. Le da nombre el hermoso edificio civil que alberga al ayuntamiento. Lugar concurrido. Centro de la ciudad. Explanada de paseo y encuentro. De celebración también, que allí se estaba instalando esa mañana el escenario sobre el que se celebraría la fiesta. Terrazas a la sombra al otro lado de la fachada dieciochesca. Tiendas en su perímetro. Bicicletas. Turistas como nosotros. Sol mañanero agradable. Cuando avanzábamos callejeando desde el Capitolio hacia el río, se paró a nuestra vera un hombre parsimonioso, de barba y cabellos canos, gafas, manos en los bolsillos y voz grave y algo lenta. Español, nos dijo. Nos había oído hablar y quiso saber si precisábamos de alguna ayuda en su ciudad. Porque a Toulouse ya la consideraba como tal. Casi cincuenta años lleva residiendo allí. Natural de un pueblo pequeñito entre Benavente y La Bañeza, emigró muy joven a buscarse las habichuelas. Paseamos junto a él. A su ritmo. Iba desgranando poco a poco cosas sobre su vida, sobre el sitio, sobre los españoles que allí vivían, que habían sido muchos, pero que iban siendo menos porque los viejos se mueren. Nos acercamos al río charlando. Aquella peniche hace un paseo por el Garona, nos indicó señalando un barco chato amarrado a la orilla. Él vivía al otro lado del cauce. Paseaba todas las mañanas durante unas horas. Cruzaba el puente hacia el cogollo tolosano. Volvía al mediodía hacia su barrio. Se paraba al hablar, como en esas conversaciones de jubilados que van sin prisa matando la mañana y cuando quieren enfatizar algo se detienen y obligan a quienes les acompañan a hacerlo también, sin que se reanude la marcha hasta que lo que cuentan llega a su término. Y así estábamos, haciéndole corro, cuando por nuestras espaldas se nos acercó otro paisano, otro vejete español con unas cuantas décadas también de residencia en Francia. Venía en bicicleta y con corbata. Supo que eramos compatriotas al vernos en compañía del inesperado guía que nos iba acompañando desde unos momentos antes. El anciano ciclista era de Madrid. Su esposa, francesa, andaba bastante enferma desde tiempo atrás, por lo que apenas viajaba ya a España. Era un jubilado ecologista. Nos dio unos pins en los que se pedía atención para el medio ambiente. Pero lo más curioso de la situación es que ambos personajes, aquellos dos encantadores viejecitos emigrantes, que llevaban toda la vida en una ciudad extranjera y parecían entrañablemente enternecidos cuando se cruzaban con unos paisanos desconocidos hablando en su lengua natal, la que ya ellos mismos empleaban con giros y acento galos, aquellos dos voluntariosos acompañantes estaban, según pudimos advertir pronto, fieramente enemistados. Qué curiosa situación, ambos ayudándonos, indicándonos lo mejor de la ciudad, hablándonos de sus vidas, y sin apenas mirarse. El ciclista se fue pronto. Saludándonos ágil mientras pedaleaba bajo los árboles que daban sombra al paseo ribereño. Volvimos hacia el centro. Nos despedimos también de nuestro primer amigo junto al metro. Tomamos unas cervezas en una coqueta braserie del Capitolio. Las necesitábamos. Un buen paseo y mucho calor a medida que pasaban las horas. Esos primeros tragos de cerveza cuando aprieta la sed son gloria bendita, como bien contaba en un delicioso libro, que he releído hace unos días, Philippe Delerm: “Uno la bebe rápidamente, con una avidez falsamente instintiva. En efecto todo está escrito: la cantidad no es ni mucha ni muy poca, lo que hace el comienzo ideal; el bienestar inmediato puntualizado por un suspiro, un chasquido de lengua, o un silencio que lo vale; la sensación engañosa de un placer que se abre al infinito… Al mismo tiempo, uno ya sabe. Todo lo mejor ha sido tomado. Uno coloca su vaso y lo aleja incluso un poco sobre el pequeño cuadrado de servilleta”.

lunes, agosto 18, 2008

Distancia

Trenes que chocan. Colisiones irreparables. A los amigos que nos han acompañado hasta este tramo ya avanzado de la vida hay que cuidarlos. Pero eso significa también, en ocasiones, cuidarnos de ellos. Una prolongada proximidad puede, de pronto, volvérnoslos irritantes. Sólo la distancia nos los devuelve de nuevo irrenunciables. Conviene observarlos, observarnos -también a nosotros mismos-, desde arriba, con la altura discreta que otorga el silencio bien administrado, la disección razonada de nuestros sentimientos y de los suyos. Hay unos versos en el último libro de Álvaro Valverde que vienen bien a esta intención:
“… captar nuestra existencia de soslayo
o verla desde lejos, en lo alto,
con la perplejidad del que contempla
…”
La perplejidad es asombro y también incomprensión ante lo ajeno. Esa distancia que permite observarse como alguien distinto, con una objetividad sobre lo propio casi imposible, nos vuelve, de repente, sorprendentemente absurdos.

domingo, agosto 17, 2008

Una brújula

Meditar cerrando los ojos al sol de la mañana, gozando del milagro de disfrutar de un hueco bajo su brazo de luz. El zumbido laborioso de los insectos entre la vegetación que tapiza los muros de la casa. El trajín del desayuno. Todo comienza de nuevo y en nuestra laica oración se pide que el nuevo día venga clemente y traiga algo de dicha. Nos puede a esta hora la esperanza de ser mejores.
Uno sabe qué es la felicidad. En ocasiones hasta la tuvo entre las manos. Así que podría describir su consistencia. Frágil siempre. Cualquier golpe inesperado la quiebra en mil pedazos. Leve como pluma, que hasta una brisa ligera puede llevarla lejos, tanto que se hace inútil forzar la mirada por no perderla. Así es la felicidad. Esquiva y gloriosa. Y como todo bien preciado, como la misma salud, no deberíamos vanagloriarnos de poseerla, de estar en ocasiones bendecidos por ella. Cualquier ostentación de riqueza resulta indecente. Estar dichosos debería ser, pues, como el calor de las sábanas, un bien íntimo. Quién sabe qué oscura maldición puede despertar la exhibición grosera de la felicidad.
Volvemos a Toulouse. Esta vez a la Ciudad del Espacio. Una gran exposición educativa sobre la conquista de lo que hay más allá de los cielos. Reproducciones aeronáuticas. Cine en tres dimensiones. La carrera espacial: Estados Unidos, la URSS y ahora también Europa. Los niños lo pasaron bien. Hacía calor. Es difícil verlo todo en unas pocas horas. Al salir me compré una brújula. El espacio me parece un lugar demasiado lejano. La tierra incluso me resulta a menudo inabarcable.

sábado, agosto 16, 2008

Carcasonne


Carcasonne es un espejismo. Se levanta sobre una colina, al norte de la autopista. Una seductora arquitectura como de construcción de madera para niños. Piezas sencillas, cubos, almenas y tejados cónicos. Saeteras. Puentes levadizos. La promesa de un encantamiento de cimientos sólidos. De un tiempo detenido. Y la gente acude como a los santuarios. La nueva religión del turismo. Dentro viven los mercaderes. Se han hecho con el templo. Exponen sobre los tenderetes toda su quincallería, bien bruñida, perfumada. A Carcarsonne nunca debería visitársela por dentro. Es un espejismo parcelado y en venta.
Comimos en La côte de mailles. Un pequeño restaurante que parecía tranquilo y que encontramos en una calle apartada. Servicio atento. El patrón vigilaba el negocio paseándose parlanchín y algo ceñudo entre las mesas. Era un tipo fornido que vestía una camiseta violeta sin mangas. Andaba desolé, alguien se había llevado la llave del retrete. El único. Para hombres y para mujeres. Detrás justo de nuestra mesa. Cuando quise lavarme las manos antes de comer, me lo encontré dentro. Nos lo explicó entonces. Sin llave y sin cerrojo, el servicio se volvía un cuarto indiscreto. Estaba seguro de que había sido un niño. Un gamberrete se había llevado la llave. Madame, le dijo a C. cuando entré en el baño, vigile la puerta para que nadie moleste a su marido mientras está dentro. Pedí casoulette. Había que probar la especialidad local. Un pote de alubias y carnes. Con pato. Casi sin caldo. Espeso. Contundente. No me entusiasmó. Por el local, grande como su dueño, pero mucho más manso, se paseaba un gran perro negro. Cancún. Quizás el patrón estuvo en México. Quizás allí le cogió gusto a las camisetas sin mangas. Quizás por eso le puso ese nombre al can.

jueves, agosto 14, 2008

Siempre las mismas señas


En Moissac ya es mediodía y la gente va camino de sus casas. El mercado está a punto de cerrar. Nos da tiempo a comprar unos magrets y fruta. Hacemos la comida a eso de las dos. Son ahora las cuatro. Los niños se han estado bañando en la piscina. Luce un sol espléndido. Leemos a la sombra y apuramos el poso de un gintonic. Siento como si por un momento nos cobijaran los más indulgentes pliegues del mundo. Me ronda la cabeza una idea para un poema: un viajero escribe postales que tienen por destino su propia casa.

Las páginas de un cuaderno de viaje
son como postales escritas
desde cada uno de los lugares
a donde nos llevan nuestros pasos.
Arrastran la letra imprecisa
de quien se apoya en viejas piedras,
en mesas de café, belvederes de mármol,
bancos de parque o asientos de tren.
La consistencia ósea
de un apunte cualquiera al natural
que tomara el lápiz de un paisajista.
La emoción desnuda de todo lo íntimo.
Y siempre iguales señas por destino,
las del lugar de donde una mañana partimos
con la secreta esperanza
de contar nuestro viaje, la vida,
en descoloridas postales de kiosko.

jueves, julio 10, 2008

Cerrado por vacaciones


Hasta la vuelta.

Postal de Madrid (Thyssen)

Se está bien en los museos cuando hace calor. Como en las catedrales. Finalmente se acaba viendo lo mismo en ambos lugares: el tenaz inventario de cuantas obsesiones en el mundo han sido. Se sale a la luz en la galería Villanueva. Se llega a esos mármoles carnales de Rodin después de haber dejado atrás el recogido ámbito de las primitivas capillas italianas. Se respira entonces profundo en ese espacio, como aireando los rincones oscuros del pecho. Se toma asiento, haciendo el primer alto en los bancos sin respaldo. Se atisba por los vanos de las estancias una confusión hipnótica de colores.Viene de repente, en sentido contrario al de la visita, un monje. Alto y rubio. Poco más de treinta años. Descaradamente apuesto. Con hábito franciscano y sandalias de cuero. Paso rápido. Prestando apenas atención a lo que cuelga de las paredes. Lleva por encima de la frente, a modo de visera, unas modernas gafas de sol. La japonesa que contempla fervorosa el retrato del joven caballero de Vittore Carpaccio se vuelve. Una brisa imperceptible le acaba de rozar el hombro. Ve alejarse al monje. Es como la encarnación de un figurante. Con prisa por ganar la calle y unas lentes ahumadas para sobreponerse al sol después de muchos años.

lunes, julio 07, 2008

Postal de Madrid (Montera)

En el mismo paso de peatones donde aguardamos para cruzar hacia Montera, una mujer de escote generoso, falda muy corta, pechos desbordados y piernas que a duras penas tornea el alza de sus tacones, se despide de un viejo aseado con dos besos, uno por mejilla, como en la canción. Una propina de cariño después de un revolcón rápido y espurio. Él se va por Fuencarral. Ella cruza a nuestro lado. Vuelve a la calle. Escaparate sin cristal. Fuma. Quema el aliento del anciano. Todo transcurre en medio de la gente. De mucha y apresurada gente. Bajo el sol. Un sol que arde en seco. Me siento entonces ajeno a todo. Por encima de los ojos, sobre la pantalla que me cuelga por dentro a la altura de la frente y oyendo más nítidamente el arrastre del proyector que el tráfico de Gran Vía, veo una y otra vez el cuerpo algo repulsivo de la meretriz, la despedida altiva e impostada del viejo, el mundo desenfocado que rodea la escena. Durante un buen rato, este corto reportaje callejero percute reiteradamente su cotidianidad insulsa en mis sienes. Aún no sé por qué. Escribo por ponerle voz. Al llegar a Sol, mi hijo busca el kilómetro cero.

jueves, julio 03, 2008

Imágenes de un viaje

Dejábamos atrás, por debajo de ese mar de nubes, la mar hembra que muerde acantilados y alienta en el esfuezo la espuma de los días.


Mañana de domingo. El mundo parece de repente tan hermoso que dan ganas de contarlo y de pintarlo.


Qué sería de un jardín sin fuentes. Qué sería de un jardín trepador sin lluvias.


Algunas plazas son como las almohadas. Regazos tibios donde aguardar la noche.




Este sol de atardecer, que le da un calor suave a las piedras del teatro y alarga los días en sombra tibia, hubiera agostado la ambición de Macbeth. En Escocia, el frío confunde a menudo a los hombres y a sus mujeres.

En los veranos ardientes, de las bocas del metro llega un aliento que funde allá abajo hasta los mismos raíles por donde transita el deseo.





Cuando se viaja "a" y se renuncia al "hacia", conviene poner norte en algún faro, procurar que el cabotaje tenga por costa una luz en risco a la noche y un muelle blanco en el día.

domingo, junio 29, 2008

De vuelta

En esta cala de guijarros, arena gruesa y algas resecas, siempre le toco el ala a la dicha. Recién llegado de Madrid, me acerco aquí y pienso en lo que hemos vivido estos últimos días en la capital, las satisfacciones de conocer y reconocer, el placer de observar y pasear por recintos y paisajes desacostumbrados. Pienso en ello justo en la misma orilla, solo y con el agua fría de la pleamar plácida mojándome los pies, sintiendo como la brisa salobre alivia la espesa luz solar posada sobre los hombros. Y por un momento juraría que aún no siendo justa la comparación entre aquello y esto, prefiero la breve alegría que sólo otorga la playa batida por el constante rumor de sus aguas, el calor clemente, el silencio de lo apartado y la promesa de una lectura sobre la toalla, en la sombra misma de esa piedra en la que los años han ido imprimiendo la exacta forma de mi espalda.

Ágora X


Es éste un extraño empeño
que tiene tantos años
como los dedos de las manos.
La que se agarra al lápiz
como a a una mano tendida
en el alero mismo por el que nos precipitamos,
la mano amiga que nos salva.
Y la que fija el papel
y con él al mundo,
la tierra que entonces se hace firme
y sobre la cual es posible escribir palabras
que son de tinta y no de aliento,
porque se escuLpen
con la L de lo lento
de lo delicadamente lento y en sazón.

26-VI-08
JCD

(Hace diez años que se comenzó a publicar Ágora, una modesta revista donde nacieron los Diarios de Rayuela. En el tren que me traía de vuelta a casa pergeñé esta pequeña crónica del arraigo. Finalmente tomó apariencia de collage. Así saldrá en la revista que conmemora el aniversario. Felicidades a todos los agoreros.)

jueves, junio 19, 2008

The visitor


















Llevaba años sin saber de él
pero lo reconocí nada más verlo.
Siempre fumó del mismo modo,
levantando la barbilla
y echándole el humo con desdén al mundo.
Recorrió un montón de millas para encontrarme,
alguien le había hablado de dónde vivía
y a qué me dedicaba.
Quizás sólo vino por ver si era cierto,
por saber si su viejo amigo,
aquel cantante de voz oscura y mala bebida
madrugaba todos los días
para vender piensos y cortacéspedes
en un galpón de un pueblo perdido en el oeste.
Dejé un cartel a la entrada
avisando de que volvería pronto.
Nos tomamos juntos una cerveza en la cantina.
Apenas si supimos de qué hablar.

Stephane Furber, Daphne.
Editorial Mondantordi, Argentina, 2007.
Traducción de Mariana Lotti.

lunes, junio 16, 2008

Memoria e imaginación

Esta mañana llueve fuerte. Sobre la bahía se ha posado una bruma espesa, más óleo que acuarela. Por la orilla anda un paseante solitario. Descalzo. Arremangado hasta las rodillas. Con un paraguas de un color rojo que parece más intenso en medio del día gris. Por las aceras quedan restos de la noche. De la celebración. Cuando una ciudad se echa a la calle del modo en que lo hizo ésta, es que las ganas le llevaban tiempo comiendo las entrañas. Hubo bulla joven. Nunca falta. Pero fue distinta, más recogida e intensa, la de quienes guardan memoria aún de un equipo que hace veinte años se disputaba la gloria con los grandes. Solemos resumir la intensidad de un sentimiento en una imagen o en unas palabras. De aquellas ligas de ensueño hemos guardado el recuerdo de un tipo que entonces iba a proa. De nueve. Que quizás no fue nunca un pelotero elegante. Ni un guapo de calendario. Pero le vimos escorzos tan laboriosos como efectivos. Cabezazos certeros. Goles agónicos. Fue, sobre todo, un jugador en el que se concentraba la esperanza cada vez que era posible un remate. Crecía en esos instantes por la grada una plegaria laica que acaba en grito, el “ahora Quini, ahora”. Ayer domingo, en medio de la fiesta, se entonó de nuevo ese conjuro contra las derrotas. Las de los partidos y las de la vida. Haberle dedicado la efímera dicha de este logro deportivo a quien nos hizo felices tantas veces y sabemos que hoy lleva dentro el mal bicho de la enfermedad ha sido un gesto generoso, pero también un compromiso con la ilusión. Decía Borges, que sin memoria no era posible la imaginación. Afortunadamente, hemos conservado la nuestra. Tenemos, por tanto, derecho a imaginarnos, por un tiempo al menos, entre los mejores.

martes, junio 10, 2008

Quisimos tanto a Tadzio

Giselle Prassinos era una muchacha frágil. Eso parecía al menos en las fotos de Man Ray que le recuerdo. Blanco y negro. Sólo catorce años ella. Nosotros, quince. Vorágine vanguardista de principios de siglo. Extravagancias y genio. De todo ello supe por una revista que tenía un nombre sugerente, El orfebre. Él nos la llevó. La convirtió en culto. Bachilleres del Jovellanos. Poco más que niños. Lecturas desordenadas. Fascinación por la bohemia. París. Breton y Soupault, bois et charbons. El surrealismo. Era un Tadzio rubio, fascinante, andrógino, erguido como un junco soberbio, de verbo preciso, tez blanca y ojos azules transparentes. Un mármol hermoso y a la vez un aprendiz de gurú que nos descubría la literatura de vanguardia. Escritura automática. Collages. Absenta. Belladona. Transcurridos ya tantos años, lo he buscado hoy en internet. Su recuerdo, de repente, se me instaló como un imán poderoso entre las sienes. Sentí una imperiosa necesidad de saber qué había sido de él. Abrí comillas, puse su nombre y apellidos. Cerré comillas. Un par de referencias. Una fotografía. Lo descubrí en una imagen de grupo. Un despacho de abogados. Retratado justo en la esquina derecha de la toma. Segunda fila. De traje. Corbata roja con nudo windsor. Por delante los propietarios de la firma. Tres socios de edad avanzada. Sobrealimentados. Miradas de ave rapaz. Ojeras de rijo. Por detrás, los códices jurídicos. Ordenados por colores. En medio estaba nuestro Tadzio. La belleza no lo había abandonado del todo, pero juraría que ya no era de ella sino uno más entre sus mantenidos.

jueves, junio 05, 2008

De polillas y lágrimas

Se me ocurre que una expresión poética arrebatada, inequívocamente romántica, becqueriana, sería capaz de sugerir cosas tales como que "por ver de nuevo sonreír tu rostro / beber podría, lentamente a sorbos, / las tan tristes lágrimas de tus ojos". Estos endecasílabos le dejan a uno tan encogido el ánimo y el globo ocular que provocan, como contrapunto a su excesiva carga de afectación, una risa floja muy propia de lector culto, contemporáneo e irónico, contrario, por ello, a lirismos ñoños. Pues bien, ríanse ustedes, ríanse, de los poetas sensibles y de sus excesos, que la realidad pone a cada uno en su sitio. Y hasta en ocasiones desvela que no son tales los que damos por arrebatos cursis. He leído recientemente que puesto que las polillas de Madagascar corren serios riesgos al acercarse a beber en las charcas, por abundar en ellas ranas empeñadas en comérselas, deben saciar su sed en fuentes más seguras. Por eso se posan con cuidado sobre los pájaros dormidos, por eso acercan sus trompas al interior de los párpados de las aves. Se beben así las lágrimas de los petirrojos. Nadie se explica la alegría contagiosa que por aquellas latitudes les produce a los nativos el canto de estos pájaros, un estado de dicha suave que se venía aventurando podría deberse a la ingesta de alguna planta alucinógena. Los entomólogos han descubierto por dónde se les va la tristeza a los petirrojos. Queda por saber dónde reside el encantamiento de su trino.

martes, junio 03, 2008

Excursión

Mañana de sábado. Sin demasiado entusiasmo porque hace un día de perros, emprendemos viaje hacia Somiedo. Atravesamos el puerto de San Lorenzo en medio de una niebla espesa. Sigue lloviendo. A través de las ventanillas pasa todo con lentitud, da tiempo a pensar sobre la soledad de estos pueblos, sobre su aislamiento en el invierno, sobre cómo será aquí la vida de los niños -si es que aún siguen naciendo niños por estos lugares-. El agua se desborda por todos lados, cae impetuosa por las praderías, chorrea en pequeñas cascadas hacia las cunetas, anega las partes bajas y llanas de los campos. En Saliencia se toma la nueva carretera que lleva al alto de La Farrapona. Antes era una pista. Se ha asfaltado hace unos meses. Suben incluso autobuses. No deja de ser paradójico que una vez aprobadas por las administraciones las medidas que protegen espacios naturales como éste, posteriormente se facilite el tránsito hasta su mismo corazón. La ascensión transcurre llevando siempre a la vista el río, el valle que forma su curso, los prados y cabañas de teito, el ganado. Ni el día desapacible empaña la belleza de esa marcha de casi diez kilómetros que lleva hasta la zona lacustre. Habrá que perderse en ocasión más propicia por estos senderos que van de un lado a otro del cauce del Saliencia. Va uno haciéndose incluso a la idea de lo agradable que será caminar demoradamente por ellos, llevando tan pronto la vista a los montes como a la pradería y el fluir sonoro del agua. Arriba son aún mayores las inclemencias. La niebla se posa espesa y la lluvia se abre paso violentamente a su través. Nos acercamos al lago de la Cueva, al lado del que antaño estuvo la explotación minera de hierro. Los charcos de la pista son casi de color cinabrio. Ganamos después altura hasta La Almagrera, una cimera depresión que sólo embalsa agua en época de lluvias copiosas, y ésta lo es sin duda porque anda rebosante. Y luego hasta el mirador sobre el que se alcanza todo el Calabazosa, el más profundo lago del norte cantábrico, y desde donde a escasos metros también se puede divisar la otra laguna próxima, la de Cerveriz. Por allí, cuando era un crío de trece o catorce años, estuve acampado dos semanas. Recuerdo bien aquella experiencia. La dureza de la marcha que nos llevó hasta el lugar donde asentamos la tienda. La alegría de tantas jornadas en un entorno bellísimo e inabarcable. Los baños en las aguas negras, frías y temibles del Calabazosa. Los mastines que cuidaban del ganado en los riscos próximos. Las ascensiones a los Picos Albos. Las hogueras a la noche. La música de Albert Hamond, que entonces me gustaba tanto. Todo se ha venido de repente a la memoria, también los rostros de los compañeros de entonces. Más de treinta años después. El escalofrío de este cómputo que uno hace cada vez más a menudo para situarse en la línea de la vida, para saberse al otro lado de su mitad, para felicitarse por haber llegado, acojonándose por lo que le llevamos ya arañado. Regresamos por la angosta carretera que atraviesa el bosque de Tibleos, el de la maldición aquella que decía: ¡Permita Dios que te vayas / mas allá de los infiernos / al Principado de Asturias / al concejo de Somiedo / hasta el monte de Tibleos / donde el diablo dijo: miedo!

jueves, mayo 29, 2008

Nostalgia del presente

La sentí sin saber cuál era su nombre exacto. Finalmente lo descubrí en un poema escandinavo de Borges, en una página de los diarios de Xuan Bello. Resultó ser: Nostalgia del Presente. Le puse mayúsculas a sus iniciales. Y arrastré la fonética de la g pronunciándola como se haría en italiano, acentuando a la vez la í, volviendo hiato lo que era en castellano diptongo [nostalyía del presente]. Se me antojó entonces que era el nombre de una gran dama florentina, que inválida tras caerse de su caballo miraba desde una de las estancias altas de su palacio la campiña toscana, apurando desde allí todo el paisaje como si se tratara del poso de un antídoto en el que le fuera la vida.

Obsesión

Para escribir un buen libro, una obra sólida, no sólo se necesita oficio, es imprescindible una obsesión.

martes, mayo 27, 2008

Ilusión

No debería echarse en olvido que toda ilusión esconde un temible prefijo "des-" que más temprano que tarde se reclama como tal. No debería fiarse todo a la esperanza de una palabra en número insular que termina siempre por desvelarse incompleta. Tal vez fuera conveniente recurrir al plural consecutivo, a las ilusiones tomadas de una en una, confiando en que el tiempo nos libre finalmente del último de los prefijos.

jueves, mayo 22, 2008

Campo de amapolas blancas

Tres días atrás recibí el correo de un amigo recomendándome la lectura de Campo de amapolas blancas, de Gonzalo Hidalgo Bayal. Ayer compré el libro a media mañana en Paradiso. Lo leí a la tarde. Novela de alrededor de noventa páginas. Historia que acontece en la imaginaria Murania. Habla de la vida de H. El narrador fue su amigo desde la escuela —ambos fueron alumnos de los hervacianos—, hasta el tránsito convulso de la juventud, cuando sus vidas comenzaron a distanciarse definitivamente. El primero de sus capítulos es una especie de prólogo que pone sobre aviso al lector del modo en que se afronta la escritura de lo contado. Habiendo comenzado todo veinticinco años atrás, se advierte que no puede entonces esperarse precisión y detalle, sino sólo apuntes de lo que en la memoria permanece al cabo del tiempo. Así es. Lo recordado son jirones. Episodios que dan noticia de cómo se forjó la amistad entre narrador y H en la infancia. La estancia de ambos en París el verano previo a su ingreso en la Universidad. Los días que compartieron en los estíos de Murania cuando ambos ya parecían enfocar sus gustos y su vida por derroteros diferentes. La lenta e imparable declinación hacia lo marginal de H. Fueron en el comienzo vidas paralelas, insegura formación de hombres que tantean, antes de serlo defintivamente, el suelo, el aire y la luz que a su paso encuentran. Que viven, como todos, en un lugar y en un tiempo precisos, el de los años sesenta y setenta en las provincias de “un viejo país ineficiente”, que decía Gil de Biedma. En ese ámbito se definen dos vidas. La del narrador enderezándose en la seguridad de lo convencional. La de H diluyéndose finalmente como esa lluvia sobre la que iba guardando cuantas citas encontraba en sus lecturas. Todo se narra con un tono premeditadamente distante. El capítulo inicial fija esa perspetiva. Y sin embargo, compensando esa aparentemente objetiva disección del pasado, la novela está veteada de una elegante sensibilidad poética. La parquedad expresiva tiene, cuando se usa con pericia, la virtud de la connotación, de la interpretación entusiasta. Esa amapola blanca a la que alude el título y que nunca creció en los campos murgaños es la metáfora de un paraíso que más que perdido se desvela ilusorio, o al menos tan frágil y fugaz como la nieve que es la flor de los almendros en la cita inicial de Camus. Un paraíso tras el que se desorienta una vida que como único vestigio de su confusión deja tras de sí la abstracción colorista de una lámina de Kandinsky colgada en la pared del piso de un brigada. Un rastro que se antoja demasiado inconcreto para el olfato de un guardia civil que sólo tiene la certeza, como el propio Camus, de que “los hombres mueren y no son felices”.
(Coda preventiva: No aspiran a ser estas impresiones reseña de suplemento literario en diario de prensa, sino sólo la nota pergeñada en un diario personal en el que a veces se escribe de literatura cuando a uno le conmueve lo que lee.)