lunes, noviembre 10, 2008

Un tácito encargo por cumplir

Que se muriera tan de repente, con sus papeles desordenados sobre el escritorio, sin tiempo para recomponer malentendidos, sin tan siquiera haber vuelto a Florencia como quería desde hacía tiempo ni haber llegado tampoco a esos años en que hablar del propio final ya no es un asunto de mal agüero sino sólo una mera cuestión de intendencia, que se muriera, digo, así, de esa forma breve y sorpresiva con que a veces el corazón se rasga, me dejó, entre otros trabajos pendientes, el de su epitafio. Sabía que quería ser enterrado, que le gustaban los cementerios y coleccionaba fotos y recortes de las tumbas de muchos escritores. La de Machado y su ligero equipaje; la de Neruda, tan próxima a la mar; la de Kafka, compartida con la sombra terrible de su padre; la de Cortázar, sobre la que siempre abundan exvotos que bien pudieran pasar en otro lugar por meros objetos olvidados. Es verdad que él nunca fue un autor de culto. Apenas un escritor de provincias al que la insistencia y una dedicación artesanal le procuraron una docena de premios literarios de cierto prestigio. Pero yo sabía bien cuánto le hubiera gustado una lápida elegante en la que se leyera algo breve y bien traído. Se había ido dejándome, paradójicamente, ese tácito encargo a mí, que era partidaria de la incineración, del viento y del olvido.

Lo dejé apoyado sobre su mesa. Entre los borradores en los que andaba en sus últimos días. Cada vez que entraba en la biblioteca, un olor punzante me recordaba que tenía algo pendiente. Postergaba lo que me había llevado a aquel rincón de la casa y me aplicaba entonces entre los libros de versos a la búsqueda de un par de renglones apropiados. Pero él no ayudaba mucho. Cada vez era más difícil concentrarse en la proximidad de tan descompuesta presencia de ánimo.

4 comentarios:

*cleopatra* dijo...

a veces hay que hacer las cosas a tiempo... En ese justo tiempo que nos evite la descomposición de las ideas.

Saludos. Estupendo

Diarios de Rayuela dijo...

Y la otra, amiga, y la otra, que nos deja definitivamente sin ideas.
Un fuerte abrazo y gracias.

occam dijo...

Lo que me parece más interesante del magnífico texto es que el desenlace es perfectamente verosímil

Diarios de Rayuela dijo...

Eso me pareció a mí también, querido Occam. Lo que lo convierte, creo, en inquietante.
Un abrazo.