domingo, junio 29, 2008

De vuelta

En esta cala de guijarros, arena gruesa y algas resecas, siempre le toco el ala a la dicha. Recién llegado de Madrid, me acerco aquí y pienso en lo que hemos vivido estos últimos días en la capital, las satisfacciones de conocer y reconocer, el placer de observar y pasear por recintos y paisajes desacostumbrados. Pienso en ello justo en la misma orilla, solo y con el agua fría de la pleamar plácida mojándome los pies, sintiendo como la brisa salobre alivia la espesa luz solar posada sobre los hombros. Y por un momento juraría que aún no siendo justa la comparación entre aquello y esto, prefiero la breve alegría que sólo otorga la playa batida por el constante rumor de sus aguas, el calor clemente, el silencio de lo apartado y la promesa de una lectura sobre la toalla, en la sombra misma de esa piedra en la que los años han ido imprimiendo la exacta forma de mi espalda.

3 comentarios:

Francisco Ortiz dijo...

Huir, huir y ser feliz. Y encontrar una piedra que te reconoce. Felicidad, felicidad.

Diarios de Rayuela dijo...

Efectivamente, a veces se huye más lejos desde lugares muy próximos.
Un abrazo.

rubén dijo...

Y si la piedra no me reconoce, no importa. Enseguida me hago amigo de las piedras.