martes, febrero 28, 2012

Interior


No es pereza. Ni desánimo. Son pocas ganas. Y un freno de incertidumbre. La que nos transmite este tiempo que vivimos. En la que nos sume lo que se escribe y queda arrumbado en la poca agua, como esos barcos fotografiados en contrapicado que esperan su desguace. Sé que siguen pasando los que han tomado por costumbre desviarse a menudo hasta la antojana de esta casa y me temo que la presienten ceñida pronto de hierbajos. Creen incluso ver a veces a su dueño tras las cortinas. Vuelto de pronto un salinger huraño y fotofóbico. Quizás piensen también que se ha echado el cierre al colmado sin bajar siquiera la persiana, en una fuga callada que buscase ponerle tierra de por medio a la marea de esa ruina pertinaz que todo parece asolarlo en los últimos tiempos.  Nada es así del todo, siéndolo de algún modo en parte. Porque las pocas ganas no cuidan bien ni de uno ni de lo que le rodea. Las pocas ganas apagan luces y echan contraventanas. Aunque no tienen por qué rendirnos. Aunque deben combatirse sin desmayo.  Mucho más si, como de éstas, sabe uno su motivo: qué decir que no resulte vano; qué decir que pueda pisarse en firme; qué decir que pueda resultarle un guante a alguien. Cuando todo parece propicio a la soflama, con más pudor deben elegirse las palabras. Entretanto, más que salir hacia fuera, dejo que vayan poco a poco entrando algunas esquirlas de luz dentro. En la pretensión de que, como decía Ramón Gaya de su pintura, se alcance un temple “sin alharaca alguna, sin gritos, sin protestas, sin iras, sin nada de eso, porque la pincelada verdadera y profundamente expresiva es callada”.

2 comentarios:

Aquí me quedaré... dijo...

Creo a veces necesario abrirse a otras ventanas y a otroas miradas.

Siento un inmenso gusto el que hayas decidido, abrir los comentarios

Un abrazo

DIARIOS DE RAYUELA dijo...

A estas alturas ya va sabiendo cómo es uno: necesita empujoncitos.
Un abrazo, E.