lunes, enero 27, 2014

Viaje


Sábado, 15 de enero de 2014
Son las once de la mañana. El tren acaba de dejar la estación de Oviedo. Día gris. De niebla. Al otro lado de la ventanilla, el paisaje no logra despojarse de su color de estiércol. Hasta Alicante serán nueve horas de trayecto. Partiré por la mitad y en diagonal el mapa de España. Al otro lado, en el Mediterráneo luminoso, me encontraré con L. No nos conocemos personalmente, por eso ayer, cuando me telefoneó, hizo una somera descripción de su persona: “Tengo sesenta y ocho años y los aparento”. En lo que queda de viaje trataré de apurar La llanura fantástica, un hermoso libro que me hizo llegar por correo hace unas semanas.
Al otro lado del pasillo se ha sentado un hombre trajinado malamente por la vida. Tiene unos ojos claros pero vidriosos, apoyados sobre unas almohadillas de arrugas y capilares desangrados. Enseguida se ha sacado del zurrón varias bolsas de supermercado. De la primera extrae una cuña de queso curado. De la segunda, una barra de pan. En la tercera esconde un cartón de vino. Y hay una cuarta, en la que no adivino a ver con claridad lo que contiene, pero que pudiera ser un frasco de colonia. Sobre la mesita extendida que cuelga del asiento delantero, dispone sus viandas. Saca una navaja y parte el queso. Acompaña sus bocados con un pan que al morderlo se le desmiga sobre el pecho. Al interventor que pasa en este instante, le anuncia que va a comerse unas tapitas. “Que te aproveche, hombre”, le dice el ferroviario sonriendo y sin detenerse. Los tragos con que se acompaña le desatan la lengua. Habla consigo mismo. Con el reflejo de si mismo proyectado en el cristal de las ventanillas. Se llama por su nombre, Pedro. Se cuenta poco a poco su historia. Trabajó en la construcción casi cuarenta años. Cotizados, como recalca una y otra vez. Nacido en Bilbao. Su padre era burgalés, se llamaba Primitivo y fue trabajador del tren. Pedro cobra una pensión de ochocientos euros. Saca su billetero de cuero descarnado. Se muestra para si unos cuantos billetes de cincuenta euros. Da miedo pensar que eso mismo lo haga en el ámbito de una taberna de mala muerte, a la vista de algún rufián que lo deje sin nada. Nunca, dice, ha votado a nadie. Ni a Suárez, recuerda, que era de Ávila. Y eso que conoció a algunos políticos A Fraga Iribarne que un día, al encontrárselo, le dijo “¿cómo va eso, Pedro?”.  Pues ni con esas, que a él tampoco le votó. Porque hay mucho “abuso de poder” y eso no le gusta. No le gusta dice, mientras se echa otro trago, que se le de trabajo a la gente no por su valía, sino por ser conocido de alguien, o familia de alguien, o alguien. Que él se lo “curró” toda la vida, desde joven, después de hacer la mili, y de pasar por la Legíón, y de estar tirado por muchas cunetas en obras malas y con tiempo perro. Y uno se pregunta a dónde irá este infeliz con su historia a cuestas. Se levanta camino del vagón-cafetería. Tambaleante por el vino y el tren, se para frente a la puerta corredera y le dice muy serio, como mirándola a los ojos: “Ábrete, Sésamo”.
Desde la trinchera del ferrocarril se alza el periscopio de esta ventanilla fría a través del que se extienden los campos llanos de Castilla, parduzcos de invierno, delimitados por chopos quijotescos o encinas escuderas. De vez en cuando, en un pequeño alcor se levanta el caserío arracimado de un pueblo. Unos cuantos palmos por encima del tejado más alto, se yergue otro periscopio, de piedra y campanas, el de la iglesia. Esa visión me hace recordar por un momento la belleza distinta de Coimbra, que tiene por torre más alta, como le gustaba recordar a Unamuno, no el ojo inmisericorde de un dios, sino el reloj laico de una universidad.
La estación de Segovia lleva el nombre de Guiomar, como la novia que aquí se echó Antonio Machado. ¡Qué pensión tan fría la que heló su escasez en esta ciudad! Algo, y no poco, ha tenido que ver la crudeza de estas tierras, también la de Soria, con el tuétano desnudo de sus versos.
Tras cruzar Madrid, el paisanaje se ha metamorfoseado. Hasta la capital era más ralo y más provinciano, y uno cree que también era más sano. El hombre que hablaba solo dejó el tren. Le perdí la pista en la cafetería. Comí allí a las dos y por entonces el se estaba tomando una cerveza justo al lado. No volví a verlo. En Atocha se ha subido mucha gente. Los viajeros que me caen al lado, han puesto sobre las mesitas sus tabletas digitales nada más tomar asiento. No he visto a nadie en este vagón leer un libro de papel. Uno no es tan ingenuo como para creer que el mundo empeorará necesariamente sin libros de papel, pero me asusta esa posibilidad porque, de algún modo, me vuelve más viejo, superviviente de una especie en extinción. El cielo, camino de Cuenca, está hermoso y trágico, con esas nubes espesas que se desparraman hasta aristarse por sus extremos y hendir así, como la cuchilla de Buñuel, el azul pizarroso de la tarde y  la pupila solar. He visto algunos campos de olivos color ceniza. Enseguida se pondrá el día. Entretanto, el campo se muestra en verdes muy pictóricos gracias al relieve que le da a todo el declinar del sol. Decía Tiziano que el atardecer es la hora de la pintura.

Domingo, 26 de enero de 2014
El tren empieza a desplazarse con sigilo gatuno, como si llevase almohadillas en sus ruedas. Apenas se me mueve este cuaderno en el que escribo. La letra del lápiz será así, espero, más legible. Por entre los asientos de los pasajeros que van sentados delante de mí, veo un libro escrito en japonés. Los renglones caen hacia el regazo de su lectora como serpentinas de distinto largo, pero todas igualmente elegantes. La mujer pasa las hojas de derecha a izquierda y el libro es como un moleskine caligrafiado por un miniaturista concienzudo.
He llegado a la estación con el tiempo justo y sin más desayuno encima que un café templado. Ayer pisé Alicante a las 19:32, conforme a las previsiones de Renfe, que supone uno añade esos dos minutos a la media para que se le quede al viajero la impresión de que por aquí también somos capaces de ser tan precisos como los suizos. Virtud que no se apreciaría del mismo modo si la llegada del tren se previera a una hora con reminiscencias de imprecisión o informalidad, tal como a uno le puede parecer que invita el citarse con una estación  a “y cuarto”, a “y media” o, más o menos, a “en punto”.
Me esperaba L. Lo reconocí enseguida. Tras dejar la maleta en el hotel, emprendimos viaje a Rojales, contándonos cosas de la vida y previéndome él, a ratos, sobre la naturaleza de la presentación a la que acudíamos: una cita anual con la que el pueblo está encariñado y a la que acuden más vecinos de los que uno podría imaginarse un sábado a las nueve de la noche. El trayecto discurría a través de la vega baja del Segura, en la oscuridad de una autovía a cuyos lados un sinfín de luces pespunteaban la noche con hilo dorado. Luis me iba señalando de qué pueblo se trataba cada uno de los montoncitos de luminarias. Por dónde caía el mar. Dónde se levantaba a duras penas algún montecillo en medio de la planicie. En qué tramo del camino se abre la desviación a Catral, su pueblo, del que uno ahora ya sabe no sólo que existe sino que tiene una santa que se llama Águeda y que, por legítima y si se repartiera su propiedad, tocaría como mucho a una sagrada uña por cada copropietario de las dos familias que mandaron esculpirla después de que la guerra civil quemase la talla original; y donde hay, también, una iglesia en la que un día aparecieron desorientadas dos cigüeñas; y unas charcas donde a veces las ranas se encaprichan de los veraneantes; y una misteriosa mujer que convirtió durante una noche en animales diversos a una partida de tahúres; y un campanero viudo y sordo que crío en el campanario a un Ícaro. Todo eso lo sabe uno porque en el viaje que lo ha traído hasta aquí se leyó La llanura fantástica de Luis T. Bonmatí, quien no tuvo, cuando la escribió, falta de inventarse macondos para fabular con un envidiable ingenio, con mucho humor y con apego al terruño que lo vio nacer, sobre la vida y milagros de las gentes y los parajes de Catral, al que, eso sí, le menguó el nombre hasta dejarlo en sólo un punto C.
En la presentación nos defendimos malamente. Leí sobre la marcha un texto al que le fui puliendo cosas por no extenderme. Y conversé luego con el propio L., con M. C. y M. A., que apuntaron lecturas inteligentes del texto, que trataron de confirmar significaciones sugeridas por la novela y que, en todo momento, me trataron con muy generosa amabilidad. En el transcurso de la charla, y al confesar uno que se tenía mayormente por poeta, L. recordó lo que Fernando Quiñones decia sobre cuánta importancia le daba a cada uno de los géneros en los que había trabajo su literatura. Decía el reputado bebedor y escritor gaditano que la poesía era como el wisky solo, que el relato era como el wisky con hielo y que la novela era un gran vaso de wisky con hielo y agua. Del evento extrajo uno sus conclusiones: que conviene respirar más y más profundamente cuando se habla en público, que también es aconsejable no hablar más de lo preciso, porque hablar en exceso es hablar peor; que los tres hombres sin piedad que otorgan todos los años este premio son buenos e intuitivos lectores, cuyas apreciaciones sobre Aunque Blanche no me acompañe pusieron, creo, en gana de leerla a los presentes.
Finalmente, llegó la hora de firmar ejemplares del libro. Tarea que me dejó derrengado y agradecido, tal como debe de quedar una “puta en día de congreso”, que decía Víctor Botas. Se empeñó uno en ser original en ese trance y en no repetirse en las pocas palabas con que dedicaba la novela a una fila ordenada de lectores. Y tal empeño cansa. A unos les agradecía yo su presencia, a otros les deseaba que fuera de su gusto la novela; con estos expresaba mi alegría por hallarme en una tierra tan luminosa —de la que, sin embargo, para ser sincero, no había visto ni un terrón por haber llegado a ella ya de noche—, y a aquellos les apuntaba cómo se había escrito en medio de la niebla lo que iban a leer —era ésta, en fin, una inexactitud que se me antojó delicadamente literaria, y que quizás sea solo una cursilada—.
Cenamos cerca de una noria antigua y monumental que luce junto al puente dieciochesco que salva el cauce del Segura, un río que llega exhausto de regadío a las calles del pueblo. La noche era agradable y silenciosa. Disfruté mucho de las alcachofas del menú y de un pan tostado que untado en alioli y tomate natural resultó un manjar humilde y delicioso. Nos acompañó en la mesa la viuda de Salvador García Aguilar, el escritor que da nombre al galardón. Mujer ya muy anciana, que lucía, no obstante, sus muchos años con el garbo que dan un acertado maquillaje, un buen paño y un distinguido saber estar. Doña Aurora me pidió el número de teléfono cuando me iba, anunciándome que, una vez concluyese la lectura de mi novela, me llamaría para darme su parecer. El parecer, aventuro, de un gorrioncito que me hablará muy suave y desde muy lejos, con un suspiro de voz apenas ya resistente.
Durante toda la cena tuve a mi diestra a L., pendiente de que me sintiera a gusto y muerto, el pobre, de sueño. Volvimos a Alicante casi a las dos de la madrugada. No paré de hablarle en el camino para que no se me durmiera al volante. Esta mañana me ha recogido en el hotel y me ha dado un garbeo por la ciudad. Los cielos han amanecido limpios y las calles emporcadas por la huelga del servicio de limpieza. Parece éste un lugar privilegiado, a orillas de un mar turquesa y casi siempre en bonanza; un lugar, además, bendecido por la luz. Al trazado urbano lo recorren holgadas avenidas y ramblas muy airosas y mediterráneas bajo la esquiva sombra de las palmeras. Alicante está coronado por un castillo vigía con el que se defendía de los piratas. Salvo por esa colina amurallada, la ciudad es llana y paseable. Tomamos café en un mirador que se asoma a la bahía sobre la playa del Postiguet. Luis fumó y hablo sin prisa. Todo parece hacerlo ya sin prisa, dispuesto, como me dice, a transitar ya sin demasiados apremios esta etapa de su vida: leyendo, sobre todo, publicando libros y disfrutando, cuando lo dejen, de sus pequeñas nietas. Le desea uno, de corazón, que le vaya bien, porque es un hombre bueno.
En Albacete se ha subido una mujer joven que se sienta a mi lado. Por sus conversaciones telefónicas llego a saber que viaja a Madrid para asistir al entierro de un tío. Que el muerto sufrió una agonía trágica y los médicos, entonces, propusieron sedarlo. Su mujer —hoy ya su viuda— quiso antes que un sacerdote le aplicase la extremaunción. El cura despertó al enfermo de su sueño agónico y el moribundo comprendió de pronto, entre sollozos muy angustiosos para los oídos de sus seres queridos, que estaba yéndose de este mundo irremediablemente. Al hilo de este suceso, del que me he ido enterando según avanza el tren camino de la capital, recuerdo las denuncias de quienes, considerándolos crueles, pusieron, no hace mucho, ante los tribunales a los médicos sedadores. Son los denunciantes, sin duda, los mismos que prefieren por alivio ante la muerte ese aceite ungido con que el enfermo pierde toda esperanza. Antes de apearse, la sobrina del muerto me pregunta si yo también me quedo en Madrid. Contagiado por la trascendencia del viaje de esta joven, le respondo, algo enfáticamente: “no, yo sigo más allá”. Pero, dándome cuenta de la imprecisión de mis palabras y porque no piense que tengo intención de ponerme ya a repetir el mismo itinerario que su tío, le aclaro que este “más allá” al que aludo tiene tierra firme y es reino aún de vida, que sigo viaje hasta Gijón.
Por Tierra de Campos los caseríos son como cenobios laicos. Vida enclaustrada en la infinitud del paisaje.
En esta parte del itinerario que va de Madrid a Gijon, viajo junto a un joven italiano que nada más aposentarse, ha puesto sobre su mesita dos móviles de pantalla ciclópea. Los ha colocado en paralelo. Ostensiblemente. Como un pistolero dejaría a la vista en un salón del oeste sus dos revólveres y la canana de las municiones. Marcando territorio. Para este menester, los animales orinan. Al otro lado del pasillo, duerme hecha un ovillo una mujer que diría de mala vida. Lleva el pelo teñido de un amarillo como de paja agosteña. Lo oculta en parte con una gorra de visera. Se ha echado a los hombros una chalina de leoparda y la ciñen unas ropas ajustadas y negras que dan idea de un cuerpo desparramado y rendido por dios sabe qué fatigosas faenas. Se abraza por darse calor en el sueño, abrochándose a los hombros con unas uñas largas y pintadas de rosa. Se sienta sobre sobre unas botas de mosquetera que harían las delicias del cardenal Richelieu. Al despertarse en el final del trayecto, deja que salgamos del tren el resto de los viajeros mientras ella se pinta los labios. También de rosa.

2 comentarios:

Aquí me quedaré... dijo...

Buen viaje y buena lectura para mí

Besos

DIARIOS DE RAYUELA dijo...

Cansado, pero gratificante. Gracias, E. Abrazo.