lunes, septiembre 07, 2015

Entre candilejas


Quién llamaría candilejas a esas potentes luces que cambian de color e intensidad al ritmo vigoroso de una banda de rock sobre un escenario. Y sin embargo, no son más que una proyección amplificada de las antiguas lámparas de aceite con las que se iluminaban los teatros. Bajo el halo de esa llama siguen subiéndose al escenario actores y músicos. Nos han hecho felices y mejores a lo largo de la historia. Han sido nuestras dudas, nuestras culpas y remordimientos, nuestra conciencia, nuestra alegría, nuestra voz cuando ni aliento nos quedaba, el arrojo en los días mancillados. Siempre han encontrado la palabra justa que nos faltaba, que temíamos pronunciar, que no sabíamos articular ante el miedo, frente al poder o en el amor. Pero antes de pisar el teatro, de arrancar un concierto, de exponerse a los ojos escondidos en la oscuridad del espectador, a su juicio, han bregado horas, días, años, en la sombra de sus ensayos, contra el veredicto incierto de los espejos. Han modulado voces, encallecido sus manos intérpretes, fatigado sus músculos en la danza o en la exclamación. Y en la mayor parte de las ocasiones a cambio de la escasa soldada con la que se recompensa no el arte, sino un entretenimiento apenas valorado. Nos hemos malacostumbrado a la gratuidad de la cultura: tenemos a nuestro alcance, y a cambio de nada, música, cine o literatura. No sólo ya no hay que pagar por todo este caudal de creación, sino que ni tan siquiera se nos requiere a cambio el mínimo esfuerzo de salir de nuestra casa y acercarnos a una sala de proyección, a una librería, a un teatro o a una sala de conciertos. Quién puede entonces extrañarse de que esa labor oscura a la que los artistas les dedican la vida y que no es otra que formarse durante años para expresar con precisión lo que nos constituye por debajo de la piel, de los músculos y la osamenta, esa materia intangible que son los sentimientos, esa urdimbre de emociones y desasosiegos que teje el talento y el oficio del creador, quién puede extrañarse, repito, de que por ese esfuerzo se manifieste tan poco aprecio si apenas ha salido de la manos que lo gestan queda impunemente expropiado. Hay una expresión que describe bien por qué se sigue escribiendo o componiendo: “por amor al arte”. Se suele referir así lo que se hace sin esperar recompensa alguna. Pero debe recordarse que esa ceguera en la que nos sumimos cuando amamos no dura indefinidamente. Y que por mucho que una inclinación artística nos vuelque sobre el papel, la guitarra, el lienzo o el escenario, la dignidad siempre deberá embridar el generoso impulso de compartir cuanto se crea, porque de lo contrario se terminaría haciendo la calle por razones humanitarias. Son nuevos tiempos, dicen, y han de ser ingeniados nuevos canales para la comercialización de la producción cultural. Cuando eso se esgrime como solución, se está absolviendo implícitamente el latrocinio: al asaltado, presumiéndosele el pecado de la vanidad, se le previene con cuidarse de mostrar públicamente su mercancía, so pena de que ese atrevimiento conlleve la penitencia de un robo consentido, ante el que no debe llamar a las puertas de la justicia persiguiendo se repare el expolio, sino que, como en los territorios recién colonizados del Far West, ha de procurarse por si mismo la defensa. Ese menosprecio social a los creadores se manifiesta en escalas muy diversas: desde el sarcasmo con que se acogen en determinados ámbitos institucionales o periodísticos las posiciones de los artistas sobre decisiones de índole política a la displicencia con que se trata a los jóvenes músicos o actores, a los que tantas veces se les ve como meros bufones ocasionales, a los que se les pide trabajo a cambio de nada, a los que se les escatima en los escenarios hasta un vaso de agua. La utilidad con la que todo se mide para valorar su mérito tiene demasiado a menudo miras muy cortas. De qué nos sirve ese tiempo libre o vacacional al que aspiramos a cambio de nuestro trabajo sino para disfrutar de ciertos placeres que sólo se apreciarán en todos sus matices cuanto mayor sea nuestro bagaje cultural. Sin ese acompañamiento de lecturas, de música, de cine, de arte, en fin, en todas sus expresiones, posiblemente nuestras aspiraciones fuesen sólo el acopio material de bienes fungibles, el prestigio de la ostentación. Decía Charles Chaplin que la “la vida puede ser bella si no se la teme. Sólo se necesita valor, imaginación y un poco de dinero”. Los artistas no temen la vida, es su material de trabajo. La desafían con talento. Su obra nos la vuelve además más bella. Pero, a cambio, precisan de la dignidad que sólo puede ofrecerles el comercio justo de lo que crean y el respeto de la sociedad en la que y por la que trabajan.

2 comentarios:

Noite de luna dijo...

Puede que un día suene la flauta y las cosas no sean así. De momento es lo que hay.
Feliz entrada al otoño.

DIARIOS DE RAYUELA dijo...

Me temo que la tendencia es la contraria. Mal lo tienes quienes en el futuro pretendan vivir de su talento. Y peor quienes quedemos huérfanos de ese talento. Haxa salú, Enka.