lunes, enero 07, 2008

Bufones

Amaneció frío y despejó pronto. Se hizo el sol y el aire estaba tan limpio como la nada. Tuve que despertar a mi hijo. Bajó a desayunar soñoliento y ensimismado. Posó sobre la mesa, como siempre, un libro de Mortadelo y Filemón. Se tomó el zumo, el colacao y las galletas. Más pendiente del tebeo que de lo que se llevaba a la boca. Pero como cada mañana, esa bendita lectura lo despierta a la alegría. Es difícil después que algo lo despoje de ella a lo largo del día. Milagro de San Ibáñez. Tomamos a eso de las diez la carretera de Santander hasta Naves. Allí preguntamos por el camino a Gulpiyuri. Apenas cinco minutos después aparcábamos al borde de unos prados costeros. Un tractor abonaba con ocle los sembrados. Al lado brillaba al sol la osamenta de un pequeño maizal reseco. Y de repente, en medio del verde, vimos abierta la tierra como en un inesperado cráter. Arena, oleaje y ruido de mar sin horizonte. El milagro redondo de una playa en medio del campo unida al océano por un cordón umbilical escondido, subterráneo, sonoro. La pleamar convierte Gulpiyuri en un enorme pozo de brocal calizo. La bajamar lo vuelve envés de oasis, diminuto desierto cercado de vegetación.

Nos acercamos luego, apenas quince o veinte kilómetros al oeste, hasta Llames de Pría. Dejamos el auto cerca de su antigua bolera, de la pequeña ermita que abraza el caserío. Caminamos hasta el acantilado. En la distancia se oía batir al oleaje. Ya al borde del mar era como haberse apostado sobre el lomo húmedo de una ballena. Bajo nuestros pies se estremecía la tierra agujereada igual que el cuerpo desmesurado de un bicho varado en la costa. Bramaba como una fiera estabulada. Y cada vez que el batán de Neptuno golpeaba el Cantábrico, salían columnas vertiginosas de agua pulverizada por los respiraderos, cristales mínimos que descomponían el sol en arcoiris. Los llaman bufones y no hacen reír. Sobrecogen. A los que tenían por oficio divertir en las cortes se les decía así porque a veces llenaban la boca de aire, hinchaban los carrillos y aguardaban el manotazo que les obligaba a expulsarlo violentamente. Bufando. Pero éstos del mar no son la broma de un desdichado deforme, sino el pulso mismo de las entrañas del mundo, la amenaza de una ira que pudiera anegarlo todo. Te sitúas lejos y aun así te empapan. Como orballu. Te acercas y rugen tan fuerte que el miedo te aparta. Y sin embargo Plata andaba sin susto aparente en la proximidad. Es una maltés pequeñita y blanca. Silenciosa. Su dueña nos cuenta que sólo muy de vez en cuando se ve algo así, tan intenso y espectacular. Lo sabe bien. Vive al lado. No siempre la mar anda tan llena y bate con tanta fuerza; no siempre el viento la sopla así por las grietas de los acantilados; no siempre el sol se asoma a tiempo. Cuando celebró las bodas de plata, su hija le regaló la perrita. No sabía si alegrarse o maldecir la idea. Ahora, en la pequeña casa de Garaña donde pasa la mayor parte del tiempo, los mejores ratos de la reciente jubilación, nada sería lo mismo ya sin Plata, que parece frágil, pero que no teme a los bufones.

9 comentarios:

Pablo dijo...

Plata. Me encanta el nombre de la perrita.

FPC dijo...

Gracias por compartir esa experiencia de cuya existencia no sabía nada.
Un abrazo

Alias Luna dijo...

Es magnífico,ni sabía que existía.

Saludos

amart dijo...

Qué bonito viaje, y qué bien contado. Enhorabuena.

Raquel dijo...

Qué maravilla y, com siempre, qué hermoso tu relato.
Un abrazo

Alexandrós dijo...

En la Peña Bermeja (Picos de Europa) hay la "Canal del Bufón", una cueva por la que asciende el aire frío incluso en medio del verano.
Tan pronto pueda visitaré las que indicas
Un abrazo

conde-duque dijo...

Qué bonito texto y qué estupenda excursión.

rythmduel dijo...

Paz y belleza te definen. Canela, como tu Plata, es pequeñita, brava en casa pero una miedica fuera de ella.

Yo conservo incunables de Ibáñez, pero lo mío es la 13 Rue del Percebe...

Un abrazo.

Diarios de Rayuela dijo...

Gracias a todos.
Os animo a conocer el lugar.
Un abrazo.