lunes, marzo 24, 2008

Por Las Hurdes

(Notas del domingo, 16 de marzo de 2008)

Se ha ido cayendo la noche. Estoy tumbado sobre el sofá. Algo cansado. Ha sido un día soleado. Un hermoso día primaveral. Estas casitas de La Fuente del aliso donde nos alojamos en Hervás están rodeadas de jardín, de cerezos, de algún olivo, de algún granado. Se alcanza al sur el puerto de Honduras, al que desde que llegamos se le ha subido el sol al lomo en los almediodías. Supongo que en esta galbana que arrastro tenga que ver que nos fuimos temprano camino de Las Hurdes. Pasamos por Zarza de Granadilla, extendida sobre la llanura que linda con el embalse. Atravesamos sus aguas junto al caserío que dicen Poblado de Gabriel y Galán. Quizás se levantara al construirse la presa, ese enorme lago que abastece de agua a una vasta extensión de tierras, pueblos y gentes. Entramos en Las Hurdes por Casar de Palomero y nos detuvimos en Pinofranqueado. Es domingo de ramos y todo el mundo anda vestido para la ocasión, llevando en la mano laurel u olivo. Fácil es hacerse con una ramita en cualquier lado, que están por aquí los campos llenos de los troncos retorcidos de la aceituna y hasta hemos visto en la carretera que algunos cruces de caminos se adornan con almazaras. Muy hermoso paisaje, laderas en las que se ordenan armónicamente los cultivos y sobre los que el sol platea las hojas. Por Caminomorisco, que fue el lugar de paso de los sarracenos deportados desde Las Alpujarras granadinas camino de Las Batuecas, seguimos hacia Nuñomoral. Vamos a la vera del río Hurdano, que fluye entre guijarros blancos y choperas aún desnudas en las que empiezan, no obstante, a alumbrar en lo más alto los brotes verdes de la primavera entrante. De allí hasta Gasco.

Pasamos por Martilandrán y Fragosa siguiendo, desde el altozano por el que discurre la carretera, el sinuoso transcurso del río Malvellido, que escarba esta tierra a la que Miguel Unamuno definió como un vasto oleaje petrificado. En Martilandrán se encuentra la casa en que almorzó Alfonso XIII cuando visitó el pueblo. Cuentan que cuando el rey vino hasta aquí, sobrecogido ante tanto atraso y exhausto por el viaje, pidió para su maltrecho estado de ánimo un vaso de leche. Pero no había leche en Las Hurdes, ni cabras, ni vacas que se pudieran ordeñar para darle gusto al monarca. Así que le sirvieron un trago de leche de una mujer recién parida.

También en Martilandrán anduvo alojado algunos días Luis Buñuel cuando rodó Tierra sin Pan. El de Calanda cuenta en sus memorias, a las que tituló Mi último suspiro, que “había en Extremadura, entre Cáceres y Salamanca, una región montañosa desolada, en la que no había más que piedras y brezo: Las Hurdes. Tierras altas antaño pobladas por bandidos y judíos que huían de la Inquisición. Yo acababa de leer un estudio completo realizado sobre aquella región por Legendre, director del Instituto Francés de Madrid, que me interesó sobremanera. Un día, en Zaragoza, hablando de la posibilidad de hacer un documental sobre Las Hurdes, con mi amigo Sánchez Ventura y Ramón Acín, un anarquista, éste me dijo de pronto:
­-Mira, si me toca el gordo de la lotería, te pago esa película.
A los dos meses le tocó la lotería, no el gordo, pero sí una cantidad considerable. Y cumplió su palabra. Ramón Acín, anarquista convencido, daba clases nocturnas de dibujo a los obreros. En 1936, cuando estalló la guerra, un grupo armado de extrema derecha fue a buscarlo a su casa en Huesca. El consiguió escapar con gran habilidad. Los fascistas se llevaron entonces a su mujer y dijeron que la fusilarían si Acín no se presentaba. Él se presentó. Los fusilaron a los dos
.”

En El Gasco, en su plaza de construcciones desordenadas, poco respetuosas con la tradición, se acaba la carretera. Desde allí, en una caminata corta de quizás no más de media hora, se llega hasta el Chorro de la Miacera, la cascada que afirman es la más espectacular de Las Hurdes. Cae de la peña del llamado Pico del Volcán. Con la piedra porosa de este monte se fabrican curiosas pipas con boquilla de madera de nogal. Nos metemos en una tienda de artesano abierta a la entrada de la alquería. Es un local amplio donde cabe, para nuestra sorpresa, hasta un automóvil que comparte aparcamiento con un pequeño mostrador y las baldas en las que se distribuye el muestrario de cuanto allí se fabrica. Miniaturas de casas tradicionales de pizarra y piedra negra, de las que ya casi no quedan por estos pueblos. Pipas. Y tortuguitas de nuez y garbanzos. Los niños compran una para cada uno.

Al pasar por Fragosa reparamos en el blanco y bien cuidado edificio que se asoma al desfiladero. Es el cottolengo, balcón que mira los forzados meandros del río. Cuentan que allí resisten media docena de monjas atendiendo a casi cuarenta acogidos que dependen de ellas para todo. Los cottolengos nacieron para acoger a los más enfermos, a los abandonados, a los que no tenían cabida en ninguna otra institución. Eso quiso que fueran los cottolengos su inspirador, el jesuita P. Jacinto Alegre -aunque el primero, el de Barcelona, no fue realidad hasta 1932, dos años después de su muerte-. Y en ello perseveraron las Hermanas Servidoras de Jesús, comunidad nacida unos años más tarde para servir a los acogidos en estas casas. Los cottolengos se sostienen de limosnas. Ya hace más de cincuenta años que estas monjitas llegaron a las Hurdes, al valle en el que se asentaban tres de los lugares más míseros de la comarca hurdana: Martilandrán, Fragosa y el Gasco. Cuando ni carretera había. Allí siguen y se las quiere.

De vuelta comemos en Nuñomoral. Nos acoge el pequeño y familiar comedor de El Hurdano. Nos dan patatas con arroz y bacalao. Huevos con jamón. Desde allí vamos hacia Ríomalo. Tomamos un café al sol. En una terraza próxima al puente sobre el Alagón. Los niños juegan cerca del río. Emprendemos luego camino hacia Sotoserrano. De allí a Aldeacipreste y a Montemayor del Río. Paisaje cimero y bello como pocos. Enormes canchales graníticos que tal parecen el lomo de animales hibernados, semienterrados. Se ve al fondo la sierra de Béjar levemente nevada. Montemayor del Río tiene castillo. Se le dice de San Vicente. Fluye a sus pies el río Cuerpo de Hombre. Extraña denominación pues uno piensa que en nada se asemeja nuestra sombra a ese cauce serpenteante del que no se alcanza el fin. Tal vez se reparase en lo enjuto cuando el nombre se le dio, o en la metáfora de sus aguas, en las que siempre se ha visto espejo de la vida. Quién sabe. Todo tiene aquí un aire cuidado, de caserío atento y respetuoso con su pasado. Se hace agradable pasear por las calles. Se oye sólo el agua de la fuente en la plaza mayor. El frío ha ido recogiendo a las gentes. Volvemos a Hervás.

8 comentarios:

Raquel dijo...

¡Cuánta nostalgia!
abrazo

Sir John More dijo...

¡Y cuántas veces paseamos por aquellas tierras! Por cierto, los hurdanos nunca anduvieron muy contentos con Buñuel. Al parecer, y quién sabe a estas alturas si tienen o no razón, el aragonés persiguió el arte con la exageración y la mentira. Agradecido por el nuevo paseo...

amart dijo...

Pues si a mí me toca el gordo, Diarios, te pago seis meses de andorreo por estas tierras nuestras. Sólo por el placer de leerte.
Un abrazo.

conde-duque dijo...

Qué gusto da leer los diarios de viajes de Diarios...

Diarios de Rayuela dijo...

Raquel, no me extraña el sentimiento, las tierras lo merecen. Sería bueno haber completado estas notas con fotografías tan excelentes como las tuyas.
Un abrazo.

Diarios de Rayuela dijo...

A los hurdanos no les gustó aquella pelicula. Y a los que gobernaron el país después de la guerra civil tampoco. En la ficha policial del de Calanda decía algo así como cineasta anarquista que filmó una película antipatriótica titulada Tierra sin pan. Sacar a la luz la miseria suele tener poco reconocimiento.
Un abrazo, Sir.

Diarios de Rayuela dijo...

¿Dónde hay que firmar, Amart?
Un abrazo amigo.

Diarios de Rayuela dijo...

Ya ves, Conde, que mis andanzas no son tan cosmopolitas como las tuyas. Así que hay que adornarlas con un poco de retórica más o menos literaria.
Un abrazo.