lunes, febrero 09, 2009

Divinos ellos

Leo en el periódico de ayer que se ha escrito la biografía de Lydia Artigas, a la que le decían Madame Rius en el oficio. El libro lleva por título La señora Rius. De moral distraída, y su autor es un tal Julián Peiró. La protagonista tiene setenta años. Posa para la ocasión en el salón de su casa, reclinada sobre un sillón tapizado en piel sintética de tigre, sosteniendo las fotografías de sus clientes más ilustres (Cela, Dalí, Welles, Belmondo), con un perrito mínimo y peludo sobre las rodillas, mirando a la cámara con una mezcla de picardía y fatiga. El resumen del libro que se esboza en el diario relata con cierto pormenor algunas escabrosidades de los artistas que se cruzaron en el horario de oficina con Madame Rius. El deseo es caprichoso, tanto que en ocasiones el pudor nos previene de algunas fantasías íntimas. Que las embridemos nos vuelve dignos, tiempo después, a la luz de la propia memoria. Sin embargo, otros, aprovechando esa bula insana que les otorga la condición de artistas consagrados o la impunidad del poder, dan rienda suelta a su más oscuro yo. Al cabo de los años habrá biógrafos que vean en tales aberraciones admirables indicios de genialidad. Y lectores, estudiosos y colegas asentirán por no significarse. La veterana meretriz biografiada detalla en las páginas de su vida las ocurrencias de algunos de estos genios. Dalí se beneficiaba patos. Le excitaba, además, penetrarlos a la vez que les rebanaba el pescuezo. No me digan que no era en sí aquella cópula una performance memorable. De Belmondo, aquel tipo de labios carnosos que en À bout de souffle fumaba compulsivamente y amaba a la Seberg para envidia del mundo, cuenta Madame Rius que le hizo el sexo oral con una saña propia de Anibal Lester: “Por culpa de él no pude trabajar en tres días. ¡Qué dientes tenía, de verdad! No entiendo cómo Catherine Deneuve y Ursula Andrews pudieron vivir con él." A su vez, la gracia de Cela consistía en pedirles a las chicas que alquilaba que cascaran vajillas enteras alrededor de la cama. Le daba placer rememorar una escena de la infancia, la de una torpe chica al servicio de su familia que solía romper platos con cierta asiduidad. Las chachas siempre pusieron mucho a los señoritos.
A uno se le ocurre a propósito de estas historias, que, como en el cuento, convendría vocear a tiempo que el rey anda desnudo y, cuando así ocurriera también, que el rey es un jodido degenerado. Que se rían luego del aviso si quieren los papanatas. Que se rían al menos hasta que algún genio no les tome por patos y se la endilgue por salva sea la parte mientras les ponen al fresco las cuerdas vocales.

2 comentarios:

Luna dijo...

Buenos días.
Cuando me dicen que debo separar la parte personal de la parte artística de los llamdos genios en alguna materia, me cuesta trabajo, mejor dicho, nunca lo hago, pues creo que todo está relacionado.

Saludos

Diarios de Rayuela dijo...

En efecto, hay partes personales realmente condicionantes.
Un abrazo.