jueves, febrero 16, 2017

Una lectura de Vísperas de nada, por Mar Braña

Sobre Vísperas de nada, José Carlos Díaz
XXIII Premio certamen novela corta “J.L. Castillo-Puche” 
por MAR BRAÑA

Albert Henrich

Retrato del pintor A. M. Tränkler
Existe un gran número de escritores dispuestos a desentrañar los misterios de un cuadro. Tres premios Nobel como son José Saramago, Mario Vargas Llosa y Orhan Pamuk se vieron en su día atrapados por el entramado pictórico con sus tres respectivas obras Manual de pintura y caligrafía, El Paraíso en la otra esquina, y Me llamo Rojo. Otras tres novelas muy breves han abordado la mirada del pintor y de sus cuadros: El túnel, de Ernesto Sabato, Maestros antiguos,  de Thomas Bernhard y Arte, de Yasmina Reza. Tenemos también en este “subgénero  literario” Worpswede, el magnífico ensayo que Rilke dedicó a la colonia de pintores del mismo nombre; Los reconocimientos, de William Gaddis; La montaña blanca, de Jorge Semprún; Dejemos hablar al viento, de Juan Carlos Onetti, y la prosa inimitable e infecciosa de Pierre Michon,  que encripta el haz y el envés del ensueño pictórico en dos obras: Señores y sirvientes y Los Once. Podríamos ampliar la lista. Aún nos quedan unos cuantos títulos de más vendidos como La tabla de Flandes, de Arturo Pérez-Reverte, La cena secreta de Javier Sierra,  La joven de la perla de Tracy Chevalier o Riña de gatos, de Eduardo Mendoza. Aún citaré tres más: El palacio de la Luna, de Paul Auster,  sobre la desdichada vida de Ralph Albert Blakelock y de cómo la luna se convirtió en uno de los elementos obsesivos de sus pinturas, La pintura del monstruo, de  José Emilio Iniesta González,  protagonizada por un profesor de Historia del Arte apasionado por la pintura tenebrista de Caravaggio y, por último, El jilguero.
Mar Braña Gancedo

Me centraré  en esta novela  en la que Donna Tartt  utiliza el cuadro del pintor holandés Carel Fabritius para  la portada, el título y el símbolo de su narración. Casi sucede lo mismo con A.M. Tränkler, si bien en el caso de Vísperas de nada es un proverbial refrán el que propone el título a esta novela breve. Otro paralelismo es que Theo Decker, al igual que hace Héctor Bueres,  permanece encerrado durante días entre cuatro paredes, fumando sin parar, bebiendo vodka y masticando miedo. Una semejanza más es que los dos tienen una historia larga y ninguno sabe cómo ha llegado hasta el punto descentrado en un mundo con el eje torcido en que hallan como dos líneas paralelas, aquejados ambos por un realismo brutal y sobrevenido. Sin embargo, la gran diferencia entre ambos protagonistas es lo mucho vivido por uno y lo que le queda por vivir al otro. En Vísperas de nada, Héctor Bueres se queda mirando el cuadro de Albert Henrich, el Retrato de Tränkler, en El jilguero, es la madre de Theo la que contempla incansable el cuadro, símbolo de la fragilidad, el vuelo y el canto. Hemos añadido, pues un nuevo título, y un gran autor, José Carlos Díaz, a una literatura que nos viene que ni pintada.
Algo que me llama la atención sobre la trama escogida en esta ocasión por José Carlos, es la huella que las relaciones personales dejan en los escritores. A Galdós le atraían los artistas y solía colocarlos cuidadosamente entre los personajes de sus obras. Son conocidas las relaciones entre Galdós y algunos pintores de su tiempo  lo mismo que  la sólida relación que José Carlos mantiene con algunos miembros del grupo de artistas Extremófilos.
Asoma casi de puntillas, El retrato de Dorian Gray, pero en Vísperas de nada, en vez de ser el cuadro el que absorbe toda la podredumbre moral del protagonista, parece ser el protagonista el que busca la complicidad tenebrista de su alma gemela en el cuadro de Tränkler, igual que en la novela ya citada de Auster, es la luna la que parece dominar a Blakelock.
El preludio de las Vísperas es una cita de La edad de hierro de Coetze. Tampoco es ninguna casualidad,  existe una relación muy especial entre la dama protagonista y el vagabundo, basada en la desesperanza y el sufrimiento. Y existe también en esa narración, un texto dentro de otro texto, la carta que escribe la señora Curren a su hija que no puedo dejar de asociar con la carta que escribe Alina a Héctor explicando cuál es la situación a la que no cabe sino enfrentarse.
Como la protagonista de Vértigo ante el cuadro de Carlota Valdez, Héctor permanece mirando el que habrá de ser su retrato. Busca quizá las diferencias, las semejanzas, el fracaso invisible que los une. El lienzo engulle al espectador del mismo modo que toda composición de Edward Hopper integra al observador, pues pinta para quien se complace en mirar temiendo (o deseando, que a veces es lo mismo) la mirada del otro. Hay una estrecha relación entre imagen y observador. Los cuatro personajes principales se observan, unos posando, mostrándose desnudos a merced de cualquier deseo que rompa la inercia de su vida en permanente estado de reposo, de letargo sombrío. Alina busca esa fuerza capaz de modificar su hibernación de sofocante calor y la encuentra en Conrado, en sus cuadros llenos de luz y la temperatura clemente de su casa. Eusebio, el fiel amigo, no pierde detalle de la situación por la que atraviesa la pareja y pinta la ocasión de salir del patatal en que se entierra con una grúa improvisada de buenas intenciones que será el germen de la tragedia. Héctor, cada vez más oscuro y prisionero de su propia incertidumbre, ignora todavía si lucha por entrar dentro del marco con la mirada esquiva o es Tränkler quien mira hacia el suelo con el fin de saltar para poseerlo. “Días de mucho, vísperas de nada”, dice el sabio refrán, frase lapidaria donde las haya. La abundancia puede tornarse necesidad por el menor quiebro de la rutina. Los contrarios deben permanecer  siempre en equilibrio. Es tarea humana controlar el contrapeso. Héctor y Alina lo intentan, cada uno con su propia clandestinidad.
Destacan las descripciones psicológicas de los personajes, su estado de ánimo, como el balance negativo de una empresa con demasiadas pérdidas y la impecable factura de los párrafos, casi pinceladas en las hojas, uno las va pasando como los días, de una en una esperando el desenlace. Y destaca también la presencia de un narrador que no es ajeno al riesgo de ciertas hipérboles: “muchos asertos se columpian entre lo noble y lo grotesco”, leemos  en el capítulo XIV.
Me emociona especialmente el capítulo X de los XXI, el nudo que atenaza la trama,  y ese duelo constante entre las sombras y la luz. Héctor es la sombra, el peso implacable del calor perfeccionista hasta la asfixia, pero la sombra sólo existe si hay luz. Alina deviene la luz de las tinieblas de Héctor, el foco que va perdiendo intensidad, apagándose por las deudas, que, inexorables, van pasando factura mes a mes. Cuando Eusebio propone una pequeña trampa para volver a tener algo de claridad, se pierde por completo el equilibrio. La noche se hace perenne en la vida de pareja y la integridad moral del protagonista está cortada sin que pueda afrontar el cargo de un nuevo enganche. Conrado es, a su vez,  la luz al final del túnel que atraviesa Alina, debatiéndose en un continuo claroscuro introspectivo. Un objeto ardiente enciende todo lo que toca, pero un objeto tibio pierde su calor si se le acerca otro objeto frío, de ahí que la tibieza de Alina se decante por conservar su propia temperatura al lado de Sómbix.

Quién es quién. Al final no se sabe si sale Tränkler del cuadro o es Bueres quien entra. Ambos están jodidos, solos y bien jodidos. Después de todo, poco importa, Héctor había aceptado fingir seguir siendo quien ya no era, he ahí el germen de su pérdida de identidad moral. Si ya no puede seguir siendo él, buscará a aquel que más se le asemeja. El afamado pintor deja paso a la firma de Alina, ajena, casi como si esa alienación saliera de su propio nombre,  sentenciando su último cuadro. Ningún nombre de los personajes es casual. Conrado arrastra la honradez de trampantojo antepuesta  a su apellido con sonoridad de zombi; Eusebio, cuya traducción del griego sería piadoso, es quien ha dado origen a la vida artística del pintor y será el encargado de recoger su cuerpo sin vida, igual que la Virgen recoge el de Jesús en la obra de Miguel Ángel. Eusebio está situado justamente entre el éxito o el empeño, éste último en su acepción más piadosa de escalada. Queda, sustituyendo a la pluma del cuadro original,  el talón, el punto débil que hace vulnerable al héroe, Héctor, el antagonista de Aquiles.