lunes, junio 06, 2016

Esteiro

Leer hasta en la soledad de una playa abandonada de mar por unas horas, frente al angosto estuario que custodian los acantilados de pizarra. Leer sin reparar siquiera que a los pies hay un pecio de marea que enreda algas y nubes. Leer con el sosiego suficiente como para señalar las palabras maestras sobre las que un libro se levanta. Leer en un país extranjero, en una costa lejana, a orillas de un arenal vacío; un arenal que otra vez, como siempre tras cada bajamar, parece tan virgen como un planeta sin dueño. Leer para levantar luego la vista de las páginas leídas y ver mucho más de lo que la mirada alcanza. Leer cuando la edad enseña que el provecho de los años restantes depende de pequeñas dichas como ésta: un alto en el camino, un paisaje que lo merece, un libro que acompaña  y el olvido de cualquier otra obligación que no sea el instante.

lunes, mayo 30, 2016

Si yo fuera Stephane Furber

A toda heteronimia la precede siempre un condicional. Este librillo es una pequeña edición, no venal, para coleccionistas, con las canciones sin música de Stephane Furber. En sus páginas se ha procurado una rigurosa suplantación. Su prólogo dice así:

¿QUIÉN FUE STEPHANE FURBER?

Tal vez fue el hombre de la fotografía. Un tipo que mira con desconfianza bajo el ala de un sombrero Stetson, que se apoya con desgana en un poste de la luz, que guarda las manos en los bolsillos y en una maleta ya sin uso su propia historia contada a retazos en algo parecido a versos o letras de canciones. Un antiguo músico que conoció el éxito y bebió demasiado durante demasiados años. Que cuando el alcohol le quebró definitivamente la voz, se bajó sin pena de los escenarios y se acodó sin prisa en el mostrador de las tabernas. Que estuvo a punto de morir abrasado en un motel en el que, después de una borrachera más, se quedó dormido con un cigarrillo entre los dedos. Que encontró algo así como una segunda vida cerca de Waxahachie, Texas, al lado de una joven viuda, Daphne, y de su hijo de pocos años, Jimmy. Que tardó mucho en volver a tocar la guitarra y nunca más lo hizo en público. Que tenía cicatrices y guardaba a menudo silencios muy largos. Que se ganó finalmente la vida vendiendo piensos en un almacén. 

Cuando Stephane Furber murió, Jimmy, que lo quiso como a un padre, encontró entre sus cosas unos cuantos papeles manuscritos. Los publicó y alguien recordó entonces los viejos discos de Furber. Sonaron de nuevo por algún tiempo en la radio, pero no mucho.

Ese fue, o al menos ese podría haber sido, Stephane Furber.
JCD

miércoles, mayo 18, 2016

Novillos en Días lectivos

Echó uno cuentas y miró el reloj sabiendo que a esa hora debía estar en Oviedo, en la librería Cervantes, acompañando a Ángel en la presentación de su poemario, pero hice finalmente novillos a esos Días lectivos suyos. No por falta de aplicación, que los deberes se habían entregado a tiempo, sino para evitar las emociones de esa intemperie que en los actos públicos suele cebarse con los espíritus menos abrigados. Me dicen que todo salió bien, que el maestro recitó y cantó, y que tuvo consigo a los amigos. Qué más se puede pedir, salvo que quien escribió la introducción que ahora les adjunto y que algún samaritano tuvo a bien leer no fuese tan blando y cumpliese sus compromisos.


Ha dejado escrito Cristina Peri Rossi que “El erotismo es a la sexualidad lo que la gastronomía al hambre: el triunfo de la cultura sobre el instinto, entendiendo por cultura el largo, diverso y complejo proceso que ha elaborado la criatura humana, desde sus comienzos para dominar, transformar y guiar el instinto primitivo”. Bien nos viene esta cita para introducir el libro que hoy nos ha convocado aquí, Días lectivos, de mi buen amigo Ángel Francisco Casado, porque no de otro modo se trata el instinto erótico en este poemario, sino a través de un encauzamiento culto: una prolongada alegoría que sitúa en planos paralelos una seducción y un curso escolar, el progresivo conocimiento de la materia (carne o asignatura) en el espacio temporal y físico de un curso escolar. 
Días lectivos obtuvo el XXIX Premio Cálamo de Poesía Erótica. Un galardón que se ha mantenido fiel a esta especial temática durante treinta años y que a uno, que ha estado desde el principio entre los impulsores de esta iniciativa, le ha puesto a lo largo de tan dilatado período de tiempo ante cientos de poemarios que abordaban de maneras muy diversas el erotismo. Por eso, siempre me he planteado qué debía considerarse como tal. Y aunque no debe hacerse dogma sobre este asunto, supongo que como sobre casi nada, sí que, al menos, como en lo importante, debe poder tenerse un criterio propio argumentado. 
No creo que estuviese descaminado George Bataille en Las lágrimas de Eros cuando afirmaba que la motivación de las obras de arte rupestre tenía su origen en el descubrimiento por sus autores de la muerte, de la conciencia de que eran mortales. Esta revelación puso la distancia definitiva entre el hombre y la animalidad. Conocer que la vida tiene fin llevó al deseo de conservarla combatiendo la muerte. Una de las formas de hacerlo no fue, no es,  otra que el arte en sus múltiples manifestaciones. Y según Bataille también lo es el erotismo, por ser una pulsión inversa a la muerte, que no busca el fin sino la prolongación del deseo, que no busca el sexo como una satisfacción inmediata, sino como una acción aplazable, en la que incluso se puede educar al gusto más por la aspiración que por el logro. Por eso Bataille advierte que “la actividad sexual de los hombres sólo puede definirse como erótica cuando no es rudimentaria, cuando no es simplemente animal.”
Entre esos muchos versos que uno ha leído a lo largo de todos estos años, que se pretendían en todos los casos “eróticos”, siempre he defendido, en la medida de mis posibilidades, aquellos libros que tenían que ver con ese tratamiento digamos “cortés” del asunto. Entendiendo por tal el esfuerzo del autor por convertir el propio deseo en materia central. En consonancia con esa  perspectiva del erotismo y de su plasmación literaria, he preferido antes que el relato de una satisfacción cumplida, la persecución sin prisas de la misma. Valorando al tiempo, como en cualquier otra obra literaria, sea cual sea su inspiración, el adecuado cuidado de las formas, su elaboración argumental, los matices que la singularizan, la tradición de la que parte para continuarla o quebrarla y, en fin, el oficio de quien escribe, pues suele resultar como mínimo chocante, la originalidad adánica.
Ese oficio y esas cualidades se aprecian bien en Ángel Francisco Casado y en sus Días lectivos. Además, su manera de tratar el específico tema que le llevó al Premio Cálamo está muy en sintonía con esa descripción —ya digo personal, pero al menos argumentada— que uno le ha dado al erotismo, pues se trata de un poemario que relata con voz sabia la pautada seducción de unos amantes, de cuyo deseo se nos ofrecen diversas y ricas perspectivas, al recurrir el poeta al pulso métrico, el eufemismo retórico, el humor sutil y la dilatada alegoría de una escuela en la que se alcanza, finalmente, el ansiado conocimiento.

Estamos ante treinta y tres poemas en los que el autor adopta una voz femenina para hacernos partícipes de cierta relación amorosa que avanza desde la pregunta inicial, retórica, planteada en los primeros versos: “¿Te imaginas exprimiendo mis frutos / entre oraciones yuxtapuestas, / tú y yo copulativos?”; hasta  el momento final en que los cuerpos alcanzan, a la “amanerada forma, a lo escolar”, un progreso adecuado en el conocimiento de pieles y deseos. Todo ello discurriendo en el período comprendido por un curso escolar, en sus días lectivos. Y forjado a la vez que el transcurso de las estaciones, imbricándose éstas en el propio discurrir académico, al modo en que se avanza en los estudios a través de las etapas fijadas por el otoño (Es el otoño / ese tiempo maduro e incipiente, que estoy viendo a través de la ventana.), el invierno (Marchan en procesión nuestros despojos / hacia otro ritual de terco invierno.), la primavera (Primavera florece. / Florezco yo también como una rama: / mis cabellos sedientos de tus dedos..) y el punto final que pone el verano (Este verano / construiré en arena mi castillo / para verme borrada por tus olas, / poseída.). Ese decorado urdido con estaciones y asignaturas no sólo se vislumbra en los versos aludidos, sino que incluso se refleja en los propios títulos de los poemas: Primeras lluviasHojas que caenPrimavera o Arquitectura de verano, por un lado; y GeografíaLección, EstudioDibujoGenética o Química, por otro. Pero no sólo se extiende esta alegoría por las páginas del poemario, hay también un uso metafórico recurrente de la guerra y la muerte, que transforma en bélicos los lances del amor y en “petite morte” su consumación. Ese empleo se aprecia palmariamente en el poema titulado Guerra Civil:

Tristemente feliz quedas entonces,
y abatido, tal vez.
Yo, no; yo seguiría planteándote batalla,
procurando de nuevo
desenvainar tu espada.
Soy guerrera.
Una guerra civil civilizada, hermano,
pondría en nuestra historia, ¿te imaginas?
Una guerra de conciliación,
una guerra de amor:
luchando cuerpo a cuerpo,
sedientos de más vida.

Como puede advertirse, se trata de una lección de historia felizmente revisada a la luz de la ética amorosa.

El autor finge a lo largo de toda la obra una perspectiva femenina, en una indagación que, creo, trata de avanzar un poco más allá en la disección del erotismo: no sólo debe ser un proceso de seducción, sino que para que ésta se consume en una perfecta fusión, debe procurar la empatía del deseo: saber qué, cómo y cuándo desea el otro.

En lo que no hay, sin embargo, fingimiento es la fidelidad de Ángel Francisco a su condición docente. El poeta ha sido profesor durante muchos años, lo que le dota de la experiencia precisa para abordar esta obra en un ámbito, con un léxico y en unos tiempos propios de la práctica escolar.

Y si bien ese ha sido su oficio, su vocación siempre fue y es la musical, y de ello también se nutre con acierto el ritmo, las medidas —clásicas, en ocasiones, sobre todo en la intercalación de algunos bien abordados sonetos— y hasta en el vocabulario de sus versos. En el propio papel pautado de una partitura parece escribirse el siguiente poema, titulado, además, Música:

Música, tú; batuta que dirige
el primer movimiento entre mi boca,
los primeros compases que preludian
el total desarrollo de mi cuerpo.
Diriges lentamente —adagio ma non troppo—
los sonidos crecientes, los audaces
colores de mi almendro; melodías
mi espalda, audaz silencias
en mi nuca un pasaje delicado;
abres al viento scherzos de mis labios,
contra mi corazón percute el tuyo.
Hacia el final —tutti presto—, dentro,
eres yo misma y mueres porque muero,
y los violines de los cuerpos, con sordina,
en el último acorde.

Es, en fin, un placer volver a la escuela de la mano de estos Días lectivos, apostarse en los rincones apartados donde se imparte el aprendizaje alternativo de estos amantes que no dejan ni un instante de estudiarse y que hasta invitan a participar a veces de su íntima experiencia —como puede leerse en ese divertido y delicioso poema titulado Nueva buena, donde la buena nueva no es sino un alumna nueva, y buena en el sentido más carnal, a la que se le da una bienvenida participativa—.

Apuntar sólo por último que las ilustraciones de Chelo Sanjurjo, de línea clara, de trazo limpio, concilian bien con el decir de Ángel Francisco, siempre transparente en la intención, comedido en las alusiones y diestro en la escritura de unos versos que cuentan habiendo sido antes adecuadamente contados, ahormados al ritmo narrativo pero poético de un hermoso y gozoso libro.


lunes, mayo 16, 2016

Presentación de Los sueños de las sombras, de Fernando Menéndez

El jueves 12 se había uno comprometido a presentar el último libro de Fernando Menénez, Los sueños de las sombras, pero, con gran dolor de corazón [sic], me fue imposible asistir a La Buena Letra, donde se celebraba la puesta de largo de la reciente obra. Esto que sigue era lo que se tenía preparado para la ocasión y que mi amigo Emilio Amor leyó con su habitual solvencia:

Foto de Lucía Vázquez para LNE
Todos Vds. conocen bien, conocemos bien, la obra de nuestro amigo, filósofo y poeta con una dilatada trayectoria de publicaciones editoriales ampliamente difundidas y con otros muchos libros manuscritos e ilustrados por él mismo que han tenido una vida más recogida, si bien en ocasiones también han sido motivo de exposición como material no sólo bibliográfico sino también artístico, que de ambas cualidades pueden presumir. Licenciado en Filosofía Pura por la Universidad de Salamanca fue profesor y actualmente está provechosamente jubilado.

Sus primeras publicaciones aparecieron en revistas como Estafeta Literaria, Cuadernos Hispanoamericanos o Cuadernos del Norte (donde colaboró, por ejemplo, con sus Apuntes sobre el pensamiento de María Zambrano). Y sus libros, alguno colectivo como el Libro del Bosque, o la mayoría de autoría propia, han ido viendo la luz con una cadencia constante desde el año 1979, en que se editó Sinfonía interior, hasta esta obra que hoy damos a conocer. Esa producción ha cultivado las dos vertientes ya aludidas, la editorial y la artesanal.

En esta última faceta son admirables sus códices. Con una caligrafía primorosa e incubados por esa vocación amanuense que le lleva a escribir, ilustrar y copiar poemarios que se revelan como pequeñas piezas de orfebre. En tiempos de computadoras, impresiones láser, copisterías y muy asequibles encuadernaciones, Fernando Menéndez posee un inusual temple monacal, una capacidad de retiro y laboriosidad paciente que le permiten acometer esas empresas artesanales. He tenido la suerte de ver mis versos alguna vez en uno de esos libros de tan reducida tirada, manuscritos uno a uno, concebidos, ilustrados y hasta cosidos por el propio Fernando Menéndez, y les aseguro que tal deferencia supone un dichoso privilegio. Son libros que no persiguen el reconocimiento de los suplementos literarios ni tan siquiera un hueco en los mostradores o escaparates de las librerías, sino que constituyen el generoso placer de quien comparte con los más íntimos el fruto de su dedicación a la palabra, por lo que ésta dice y por cómo puede, delicada y elegantemente, decirse o escribirse.

Por otro lado, su vertiente editorial está jalonada de publicaciones poéticas y aforísticas a través de las que se ha labrado un merecido reconocimiento internacional en ese laborioso ejercicio de la brevedad y la concreción que tiene por resultado los haikus, las breves composiciones estróficas y, fundamentalmente, el aforismo.

En cuidadas tiradas se ha ido cuajando la evolución literaria de este profesor de filosofía a quien tanto afecto han profesado sus bachilleres (y doy fe de ello pues mi hijo tuvo la fortuna de ser alumno suyo). En su obra poética no solo cuida la precisión de la palabra sino que indaga a través de ella, teniendo en lo breve, como ya se ha apuntado, un eficaz aliado par esa introspección. Precisamente con el aforismo ha emprendido la aventura de sus últimos seis libros, todos ellos contenidos, intensos y hermosos: Biblioteca interior, Dunas, Hilos sueltos, Tira líneas, Salpicaduras (traducido éste al italiano en 2014, y por el que obtuvo la Mención de Honor en el Premio Internacional «Torino in Sintesi» per l´Aforisma) y  Artificios.

El aforismo, ha explicado en alguna ocasión Fernando Menéndez, habita en la frontera de lo literario y lo filosófico. En ese terreno se mueven los suyos, que, además, persiguen siempre la ligereza y la ambigüedad a través de una acentuada densidad conceptual, expresada austeramente en la forma: de modo que se concilian así la riqueza y profundidad del significado con la concisión del significante. No en vano ha dejado escrito Fernando en alguna ocasión que “El adorno es el suicidio del arte”. Además, y siguiendo a Bufalino, sus escritos aspiran al tiempo a ser los de un censor implacable de los vicios del mundo que nos ha tocado en suerte.

Y no otra, creo, es la inspiración que alienta las declamaciones de ese coro trágico, aforístico, que mantiene el pulso ético del libro hoy presentado. Los sueños de las sombras tiene una ambiciosa estructura que combina la voz de cuatro clásicos griegos, Esquilo, Sófocles, Eurípides y Píndaro, presentados, cada uno, a través de una composición poética que resalta, con sobriedad quirúrgica y versos delicados, los rasgos que los distinguieron en lo vital o lo creativo, y que los asocian, en cada caso, a una estación del año.

Los poemas que encabezan la rememoración de las figuras literarias aludidas son, siguiendo con la analogía de lo helénico, como el tímpano de un templo, faro y advocación, y se levantan sobre una columnata sólida constituida por las escogidas citas de esos autores griegos, por los coros aforísticos —auténtica voz moral de la obra— y por fragmentos extraídos de unos supuestos papiros que pertenecen a lugares —Gela, Colona, Pela y Tebas— donde vivieron, crearon o murieron los cuatro escritores citados, extractos en los que la naturaleza se convierte en la principal protagonista.

Dice Carlos Vara en su esclarecedor prólogo a Los sueños de las sombras que el más reciente libro de Fernando Menéndez es un diálogo poético y dramático. Es diálogo porque son varias las voces que acuden a sus páginas: tanto las de los diversos registros del autor como las de los autores sobre los que se constituyen las cuatros partes. Es poético, porque su sustancia expresiva es básicamente poética. Y, por último, es dramático porque el autor ejerce como corifeo, dirigiendo el desarrollo coral de una obra de inspiración trágica y apuntando, a la vez, sus asuntos esenciales.

Y dice también que es un libro necesario porque viaja al origen de lo que somos: “nietos de una herencia griega que la incompetencia y los intereses privados nos arrebatan cada día”. Por eso se hace preciso echar la vista hacia atrás y poner el presente en perspectiva. Y vernos en ese ámbito como el sueño de una sombra, según decía Píndaro en el verso que cierra el libro aludiendo a la naturaleza incierta del hombre. Ese hombre que según canta el coro aforístico “avanza errando y sospechando”, “transforma la vida en una metáfora de la duda” y “siente el agudo cansancio de lo incierto”.

El poeta evoca a los clásicos helenos, deja luego que hablen con su propia voz, y al hilo de lo que dicen, el coro interviene sentencioso, firme, querellándose con la dura realidad y la desmemoria, mientras de fondo, la naturaleza graba poéticamente su ciclo imperturbable, estacional, sobre los papiros.

Así se ha escrito Los sueños de las sombras, aunque Fernando, con el que ahora les dejo, seguro que hará una lectura mucho más personal, rica y precisa de su propia libro, en el que tanto y tan bien ha trabajado.

miércoles, mayo 04, 2016

Espacio Ninguno


Espacio Ninguno

«Entre la vida y la muerte no ai espacio ninguno;
en un instante se acaba lo que se vive en el mundo.
Año de MDCCLXIX".

Texto recogido por Miguel de Unamuno en su visita a los Arribes del Duero, a la puerta de la entrada del convento franciscano de La Verde.

Ese espacio ninguno
que advirtieron era la vida,
dejándolo así cincelado
a la entrada de su convento,
no bastó —qué razón tenían—
para que vieran hasta dónde la hiedra
se adueñaba de los muros,
cómo la lluvia doblegaba los tejados,
cómo los pájaros anidaban
hasta en el  mismo refectorio
y las alimañas bebían del agua bendita
en las pilas arrumbadas.
No bastó cada una de las existencias
de todos los monjes que allí oraron
a lo largo de seis siglos.
No bastó siquiera la historia entera
de ese cristiano asentamiento
en el finis terrae del río fronterizo
y bajo el augurio en sombra
de las aves rapaces.
Nunca basta una vida entera.
Termina siendo un espacio ninguno.

JCD

lunes, mayo 02, 2016

Salmón dixit


"El fenómeno es longevo como la política. El control de la sociedad es piedra angular para el sostenimiento de toda forma de poder. Lo novedoso es su dimensión. La tecnología es la clave que articula dicha posibilidad. Desde que cada Propio vive conectado a una constelación comunicativa, se transforma en diana de los mecanismos de control del Sistema. Es el individuo quien, al integrarse en la retícula de las redes de información del cibercapitalismo, deviene objeto de escrutinio. Cada pensamiento que expresa, cada vínculo que favorece, cada deseo que manifiesta es absorbido, metabolizado y archivado por un inmenso tesauro policíaco. Ya no su código genético, sino su mundo privado, el del deseo y sus fantasmas, se convierte en rastro, cifra y síntoma. (..) Literalmente, el Sistema se convierte en Dios, pues accede al sueño último de las estrategias de dominio: la intimidad ya no de las alcobas, sino de las conciencias."

El Sistema, Ricardo Menéndez Salmón

miércoles, abril 27, 2016

Estreno en Gijón de La estancia vacía

Ayer tuvimos la suerte de asistir al estreno en Gijón de una película que, aunque rodada en 2006, no había sido todavía, incomprensiblemente, proyectada en nuestra ciudad. Se trata de La estancia vacía, codirigida por Iván Fernández y Miguel Barrero. Documental que indaga sobre los últimos meses de la vida de Michi Panero, que, enfermo, solo y sin apenas recursos económicos, se refugió en Astorga desde finales de 2002 hasta su muerte en  marzo de 2004, quizás en un intento de cerrar aquel círculo maldito que se había abierto con El desencanto, auténtico aquelarre freudiano  en el que los Panero “carroñeaban” el cadáver del patriarca, y que, en el tramo final de su vida, el más pequeño de los hermanos trató de restañar con una tardía recuperación del que fuera considerado, amañadamente, poeta del régimen.  La estancia vacía es una película dignísima que elige la sinceridad frente a la impostura y que para ello, en su hora y media de metraje, hace girar el desarrollo de todo lo contado en torno a una figura entrañable, Angelines Baltasar, la persona —“la doméstica” según su propia y humilde definición— que trabajó en casa de los Panero al cuidado de los quehaceres hogareños y de los niños, tanto en Madrid, durante un tiempo, como luego en las estancias de la familia en Astorga. A ella recurre Michi cuando vuelve a la ciudad maragata para que lo atienda en su desvalimiento de enfermo y hombre solo. Miguel Barrero hubo de trabajarse la confianza de Angelines para lograr su participación en la película. Y lo consiguió hasta tal punto que no son pocas las veces que la anciana habla no para la cámara sino para Miguel que, como un confidente ya amigo, la escuchaba fuera de plano pero lo suficientemente cerca como para que lo contado fluyera sin recelo. Intervienen también el alcalde de entonces, y profesor de literatura, Juan José Alonso Perandones, que reflexiona con buen pulso discursivo sobre las motivaciones que hubo en la decisión de Michi para refugiarse en Astorga. La médica que lo atendió y que certificó su defunción, Victorina Alonso. Su amiga, Mercedes Unceta Gullón, que traza un retrato íntimo de lo que a su juicio fue la vida desperdiciada de Michi Panero, asumiendo así un papel casi maternal al añorar lo perdido por querido, pero reprochando a la vez que la muerte se llevase a quien, pudiendo haber dado tanto, se fue dejando tan poco.  Y están también Ángel García, que fuera amigo de MIchi en su final astorgano, y Federico Utrera, periodista que le hizo una de las últimas entrevistas. Con todo se compone una película que, como queda dicho, es contrapunto a la puesta en escena efectista de El desencanto, y de su secuela, Después de tantos años, al elegir una perspectiva externa, pero muy próxima, situándose, a tal efecto, a la altura misma de Angelines, de su cabal sentido de la realidad, de su lección de generosidad y por tanto, y de algún modo, de esperanza.

martes, abril 26, 2016

Tráfico de influencias (La estancia vacía)

No siempre uno merca con la amistad para alcanzar prebendas vergonzantes. Hay veces que se echa mano de ella para más nobles propósitos. Hace unos meses influí todo lo que pude en Arlé, a la que me une, además de una buena amistad, el trabajo en común que durante los últimos meses, desde la desaparición de Juan Garay, le hemos dedicado a Gesto, para que programase un ciclo cinematográfico que tuviese por protagonistas a los Panero. Si bien es cierto que las dos películas que abrieron esta rememoración —El desencanto y Después de tantos años— eran conocidas e incluso suelen ser programadas periódicamente por algunas cadenas televisivas, mi interés radicaba sobre todo en cerrar la muestra con una tercera cinta que uno no había podido ver en su momento y que tampoco encontraba por más que buscaba: La estancia vacía, un documental, codirigido por los asturianos Miguel Barrero e Iván Fernández, del que había oído hablar muy bien, pero que no ha tenido demasiadas proyecciones desde su estreno y por tanto era, es, injustamente bastante desconocido. Lo más fácil hubiera sido preguntarle al propio Barrero por su película, no en vano he coincidido con él no pocas veces en el mismo café y a la misma hora, pero este retraimiento que padezco con resignación  franciscana me impide a menudo esos atrevimientos. Así que recurrí a Arlé, que a su vez recurrió a Juan Carlos Gea , quien puso finalmente en contacto a mi amiga con Barrero, logrando de este modo  completar la trilogía ofrecida en el ciclo y, de paso, satisfacer ese deseo que uno albergaba desde hacía tiempo. Lo que viene a probar, como apuntaba al principio, que no siempre es perverso el tráfico de influencias. Así que hoy, si nada lo impide, asistiré a esa disección de los últimos días de Michi Panero, el tercero de los hermanos y el que a uno siempre le ha parecido el más interesante, pues aunque fueron los mayores quienes dejaron tras de sí una obra literaria —mejor a mi juicio la de Juan Luis que la de Leopoldo—, fue el pequeño quien llevó una vida más novelable (Barrero creo que también lo ha entendido así, por eso le dedicó aquella narración titulada Los últimos días de Michi Panero). Juan Luis era un tipo desagradable. Leopoldo María se convirtió en una caricatura de si mismo. MIchi, en cambio, disfrutó y sufrió la rutina de la existencia canalla, sosteniendo la ironía sobre su derrumbe físico. Y fue el tipo que, a los ojos de un muchacho  entusiasmado como yo lo fui con el estreno de  Ópera prima, conquistó a aquella angelical criatura que entonces era Paula Molina. No si no por ese y otros méritos de apostura y hechizo verbal se define Nacho Vegas en una canción pseudotestamentaria como el hombre que casi conoció a Michi Panero. Hoy en La Arena, a las 19:30, quienes asistamos a la proyección de La estancia vacía tendremos la ocasión de acercarnos un poquito más a la figura de aquel Panero que mantenía con firmeza que lo peor que se puede ser en este mundo es un coñazo. Amén.


martes, abril 19, 2016

Tears in rain




Es una película para pantalla de cine y sonido épico de cine.  Todo en ella obedece a estereotipos paradigmáticos. Dicho así, suena pedantesco. Quizás lo sea, pero no de otro modo, si se hace bien, puede convertirse una obra de creación en una obra perdurable: subrayando en cada personaje un carácter  que por muy constreñido que parezca a la idea termina representándola de manera fiel y, en la desproporción, proporcionada.  Dicen que para disfrutar plenamente de Blade runner hay que adentrarse en algunas de sus claves significativas, en ciertas ambigüedades argumentales, que toda una legión de seguidores han convertido en materia casi de grial. Aunque uno piensa que tal vez hasta el director y el guionista se sigan sorprendiendo de cuánto puede ahondar la disección de un entusiasta forense en las partes blandas de un culto. Quizás ellos mismos, cuando concibieron y llevaron a cabo el film, se planteaban metas mucho más simples: ¿la evolución de las máquinas en un mundo futuro? Siempre le ha inquietado al hombre, desde que James Watt le pusiera vapor al desarrollo, la convivencia con la mecánica inteligente.  El caso es que uno vio ayer de nuevo la película no en pantalla de cine, sino en su casa, y no con pomposas intenciones intelectuales, sino como sutil entretenimiento con el que más que matar el tiempo, se intentaba abonarlo (que enriquecerlo suena pretencioso, y el nutriente basto, en cambio, nos deja a ras de tierra). Y resultó bien adecuado a la tarde final del domingo este rencuentro con el escenario apocalíptico en que todo se desarrolla bajo la lluvia y el neón. Con un Rutger Hauer brillante, de replicación esmerada en lo físico y, finalmente, en lo sentimental. A él se debe esa poética agónica postrera, en la que tan bien se mezcla la vida al filo de lo robótico y el miedo a la muerte del fuselaje ya humanizado: I've seen things you people wouldn't believe. Attack ships on fire off the shoulder of Orion. I watched c-beams glitter in the dark near the Tannhäuser Gate. All those moments will be lost in time, like tears in rain. Time to die. Uno se queda con esa atmósfera de belleza trágica tan bien subrayada en todo momento por Vangelis. Habrá tiempo de rumiar unicornios y origamis, que todo cuanto te deja conmocionado abre en tu atención una suerte de campo oscilatorio que abarca siempre un espacio suficiente en el que caben no sólo rememoraciones, sino también búsquedas diversas y creación incitada.

lunes, abril 18, 2016

Seré duda, nueva dosis para una adicción

Se pregunta Álvaro Valverde en Vida de ambulancia, la última entrada de su bitácora: "¿Por qué persiste uno en la lectura de los diarios de Andrés Trapiello diecinueve tomos después, diez mil palabras mediante, a lo largo de veintiséis largos años?". A buen seguro que es una pregunta que nos hacemos a menudo quienes hemos leído todas o gran parte de las entregas de este Salón de los pasos perdidos. Valverde busca el pretexto en lo que a propósito de ese interrogante explica Manuel Borrás: "son adictivos". Y algo de cierto debe de haber en la conclusión, porque como todas las dependencias inocuas, ofrecen los diarios de Trapiello ratos impagables de dicha, siempre muy parecida, quizás casi hasta repetida, pero no por ello menos agradable cada vez que se disfruta.

A Álvaro Valverde le he enviado un comentario a su enlace de facebook, en el que le alabo esta crónica de adicción que le dedica al nuevo tomo de los diarios de Trapiello. Le aseguro que no se puede decir mejor y en tan poco (que todo es poco cuando lo que se comenta es tanto); y que eso se lo asegura quien acaba de completar también la lectura de Seré duda, y comparte adicción, por tanto; y se ríe no pocas veces a solas mientras lee esas páginas, y busca en ocasiones con cierta ansia la continuación minúscula de la iniciales que en ellas se encierran; y quien tiene ya a M., R. y G. casi como de la familia; y quien se conmovió hasta las lágrimas con la muerte de Ramón Gaya y las dolidas páginas que en este última entrega se le dedicaron; y quien se respingó de desagrado con el desaire tan poco elegante que se le infligió a G., que se quedó con su mano tendida en el aire; y quien siguió como una intriga angustiosa por real el susto de salud que padeció M.; y quien desearía un tono menor en las ocasionales mezquindades del autor y, sin embargo, se regocija con su sarcasmo. Sí, sin duda esta es la obra enciclopédica de una vida en marcha y sin épica. Que nos dure.

viernes, abril 08, 2016

Al día siguiente

Ayer presentamos el libro de Juan Garay, El Bestiario, en el salón de actos del Antiguo Instituto Jovellanos, que estaba casi lleno. Dice hoy Luis Antonio Alías en el diario El Comercio que también estuvo allí con nosotros el propio Juan, “abandonando transitoriamente el paraíso de los buenos ateos para participar en su propia fiesta”. Ya se sabe que estas cosas que se escriben con tan buen corazón y pericia de pluma no dejan de ser literatura, pero como tal es también consuelo, y de eso se trata. Esa comunión de ánimos que fue el encuentro de ayer, ese estar juntos para sentirse acompañados no fallándole al amigo que nunca nos falló, es procurarse consuelo y sentirse, aunque sólo sea por un momento, mejores. El libro tiene la contundencia indignada de Juan; el respiro de unas ilustraciones con trazos precisos y elegantes en la mano de Bonhome, sarcásticos y alegres en la de Álvaro Noguera e intuitivos y diestros en la de Fernando Díaz; y el cuidado con que se ha tratado todo el conjunto desde que se fueron agavillando los artículos publicados en Ágora por Juan a lo largo de más de quince años, desde 1998 a 2014. Con la distancia que dan esas horas que ya han transcurrido desde que fuimos abandonando ayer, entre breves conversaciones y afectuosos saludos, el Antiguo Instituto, podría uno afimar sin miedo a equivocarse que el recuerdo que de esa presentación perdure va a ser profundamente entrañable por muchas razones: la digna apariencia de la publicación ofrecida, cómo se abrazaron a ese libro quienes más querían a Juan, la conclusión fructífera de un esfuerzo de meses, el cordial apoyo de los amigos que acudieron, la palabra nerviosa y sincera que compartí con Mar y Arlé desde el escenario y la alegría de la música con que nos despedimos. Desde ahora en adelante, y como esas caracolas que acercamos a la oreja para escuchar el mar, podremos abrir este Bestiario en la confianza que desde sus páginas nos llegará la voz ronca de Juan, un hombre bueno y rebelde. Gracias a todos los que estuvisteis allí y a los que nos acompañasteis en la distancia. Un abrazo.




jueves, marzo 17, 2016

No sólo malas maneras, sino también malas causas

Félix Ovejero en EL PAÍS escribe sobre Otegi:
de obligada lectura (creo).

"Los motivos no purifican los procedimientos. Después de todo, algunos matan por amor o por el reino de Dios. En realidad, en una sociedad democrática, invocar objetivos políticos para realizar crímenes debería considerarse un agravante, si estamos de acuerdo en que la primera exigencia de la política democrática es el respeto a la dignidad de los otros.

(...) Quizá es cosa de revisar ese confuso territorio de nadie en el que todos parecíamos sentirnos cómodos, entre otras cosas porque nos evitaba pensar en serio la naturaleza de la mercancía ideológica nacionalista: “Una buena causa defendida de mala maneras”. Y sí, estrictamente, no es imposible que una buena causa se defienda de mala manera. Pero no es el presente caso. Aquí no solo hay malas maneras: también hay malas causas, y, además, la relación entre unas cosas y otras no es casual."

jueves, marzo 03, 2016

Después de lo de ayer...

Después de lo de ayer, cobra de nuevo actualidad este artículo de José Ignacio Torreblanca que ahora enlazo. Decía entre otras cosas: "Del lenguaje de la asamblea se deduce que los socialdemócratas son el principal obstáculo para el triunfo de los valores de la izquierda: unos vendidos que siempre acaban pactando con el capital y la burguesía y en lugar de superar la economía de mercado y la democracia liberal acaban reforzando a ambas. Cada vez que llegan al poder, esos cochinos socialdemócratas, miopes históricamente en cuanto a la dialéctica destructiva del capital y por completo insensibles ante la devastación liberal, se conforman con extraer del sistema unas migajas en forma de redistribución de impuestos y unas pocas oportunidades educativas. Una pena." Y entero se puede leer aquí: Cochinos socialdemócratas

miércoles, marzo 02, 2016

Un AGUACERO se descarga


No es el tiempo, que también. Es la música de los Johnny Gafapasta. Está en la nube y de la nube llega en forma de aguacero. Ya está disponible el EP de esta joven banda. Tres temas que suenan bien y que uno espera que se oigan muchas veces y en muchos lugares. Suerte chavales (suerte, hijo).

El disco se puede descargar y escuchar aquí:
https://johnnygafapasta.bandcamp.com/releases.

Y también en este otro enlace:
https://soundcloud.com/johnny-gafapasta.

miércoles, febrero 24, 2016

Fotogramías

En los rincones apartados, por donde los arroyos alimentan al río grande, todo sigue pareciéndose a como debió de ser muchos años atrás. La sombra del bosque, incluso la sombra del bosque invernal, conserva todo la apariencia de un mundo sin domesticar, un mundo que exige arrestos para atraversarlo en el silencio apabullante de su naturaleza. En Pozo Mouro, recordé un fragmento de Aunque Blanche no me acompañe (Aguaclara, 2014). Decía así:
"Hubo un tiempo en que en Brocal el agua aprisionada en los banzados movía los martinetes. Percutían rítmicamente como si se tratase de pájaros antediluvianos picoteando hierro fundido. Aquellas ferrerías fabricaban sencillos objetos domésticos, aperos agrícolas, herrajes de carros y clavazones. Había herreros entonces de obra mayor, dedicados a la fábrica de calderos y sartenes; y herreros de clavos tan apreciados que su suministro atendía incluso las necesidades de los arsenales de Mahón, de Cádiz, de Cartagena, de El Ferrol y de la Habana, donde se empleaban en grandes cantidades para la construcción de buques. Hubo un tiempo en que aquí ardía la fragua de Vulcano. Hoy ese pasado parece sencillamente una fábula (...) Veo al salir del pueblo las ruinas de uno de esos mazos. Se lo traga la maleza. Está justo al lado del torrente que lleva el agua de las laderas de Penouz al río grande, al viejo Nereya, al río al que Ptolomeo le decía Nerealubio. Estas punzadas que siento en las sienes son el mordisco de los vermes. Percuten sus dentelladas rítmicamente en mi cabeza como martinetes. Forjan clavos menudos. Alfileres. Me pinchan como si fueran el trenzado de una corona de espinas. No soporto esta industria de dolor." 




lunes, febrero 15, 2016

Indecencia periodística

Lo que más abajo se enlaza se escribió ayer en el ABC sin que uno sepa que nadie, hasta el momento, haya pedido aún disculpas, sin que al individuo que lo escribió se le haya puesto de patitas en la calle y sin que esos periodistas que dan un día sí y otro también lecciones de periodismo hayan tenido la decencia de detenerse a valorar si merece la pena el oficio cuando no se combate a individuos que como éste lo comparten.

viernes, febrero 12, 2016

La Ñora


Sobre el camino, el temporal de los últimos días ha esparcido un caos de ramas, cortezas y hojas. Está subiendo la marea. Batirá la playa de nuevo el oleaje. Pero desde aquí arriba se oye al mar como a los perros, ladrando lejos. Sólo hay una manera de apaciguarlos: permanecer un rato en silencio y quietos, hasta que el aire sea incapaz de alentar nuestro olor hasta sus fauces, y mientras la cámara mantiene su objetivo abierto durante el tiempo suficiente como para que las olas se vuelvan mansas como la seda.

miércoles, febrero 10, 2016

Torpeza tras torpeza

Según parece la obra representada no era para un público infantil. Pero eran niños los que se situaron frente al pequeño escenario de los títeres. Y no estaban en una oscura sala de butacas, irreconocibles en su edad para los actores subidos al escenario, sino en una plaza a la luz del día. Torpeza fue entonces que quienes representaron la obra no tuvieran en cuenta para quiénes lo estaban haciendo finalmente, que no eran adultos que pudieran extraer de lo representado su significado exacto, sino críos que seguramente, más que asustados, experimentaban una enorme extrañeza a medida que se sucedía el vía crucis de la bruja libertaria que protagonizaba la representación. Que una torpeza continuada, debida a programadores y titiriteros, haya llevado a la cárcel a éstos por una pancarta descontextualizada, nos sitúa ante una torpeza aún mayor, la de quien debe juzgar con sensatez lo que algunos han anatemizado interesadamente. La decisión de mantener encarcelados a unos actores hasta ahora desconocidos los va a convertir, y si no al tiempo, en unos héroes de dudosa causa. Una torpeza más. Es, por ello, urgente que se los ponga cuanto antes en libertad. Y que se eché el telón sobre este incidente tergiversado por todos.