Leer hasta en la soledad de una playa abandonada de
mar por unas horas, frente al angosto estuario que custodian los acantilados de
pizarra. Leer sin reparar siquiera que a los pies hay un pecio de marea que
enreda algas y nubes. Leer con el sosiego suficiente como para señalar
las palabras maestras sobre las que un libro se levanta. Leer en un país
extranjero, en una costa lejana, a orillas de un arenal vacío; un arenal que otra vez, como siempre tras cada bajamar, parece tan virgen como un planeta sin dueño. Leer para levantar luego la vista de las páginas leídas y ver mucho más de lo que la mirada alcanza. Leer cuando la edad enseña
que el provecho de los años restantes depende de pequeñas dichas como ésta: un
alto en el camino, un paisaje que lo merece, un libro que acompaña y el olvido de cualquier otra obligación que
no sea el instante.
lunes, junio 06, 2016
lunes, mayo 30, 2016
Si yo fuera Stephane Furber
A toda heteronimia la precede siempre un condicional. Este librillo es una pequeña edición, no venal, para coleccionistas, con las canciones sin música de Stephane Furber. En sus páginas se ha procurado una rigurosa suplantación. Su prólogo dice así:
¿QUIÉN FUE STEPHANE FURBER?
Tal vez fue el hombre de la fotografía. Un tipo que mira con desconfianza bajo el ala de un sombrero Stetson, que se apoya con desgana en un poste de la luz, que guarda las manos en los bolsillos y en una maleta ya sin uso su propia historia contada a retazos en algo parecido a versos o letras de canciones. Un antiguo músico que conoció el éxito y bebió demasiado durante demasiados años. Que cuando el alcohol le quebró definitivamente la voz, se bajó sin pena de los escenarios y se acodó sin prisa en el mostrador de las tabernas. Que estuvo a punto de morir abrasado en un motel en el que, después de una borrachera más, se quedó dormido con un cigarrillo entre los dedos. Que encontró algo así como una segunda vida cerca de Waxahachie, Texas, al lado de una joven viuda, Daphne, y de su hijo de pocos años, Jimmy. Que tardó mucho en volver a tocar la guitarra y nunca más lo hizo en público. Que tenía cicatrices y guardaba a menudo silencios muy largos. Que se ganó finalmente la vida vendiendo piensos en un almacén.
Cuando Stephane Furber murió, Jimmy, que lo quiso como a un padre, encontró entre sus cosas unos cuantos papeles manuscritos. Los publicó y alguien recordó entonces los viejos discos de Furber. Sonaron de nuevo por algún tiempo en la radio, pero no mucho.
Ese fue, o al menos ese podría haber sido, Stephane Furber.
JCD
miércoles, mayo 18, 2016
Novillos en Días lectivos
Echó uno
cuentas y miró el reloj sabiendo que a esa hora debía estar en Oviedo, en la
librería Cervantes, acompañando a Ángel en la presentación de su poemario, pero
hice finalmente novillos a esos Días lectivos suyos. No por falta de
aplicación, que los deberes se habían entregado a tiempo, sino para evitar las
emociones de esa intemperie que en los actos públicos suele cebarse con los espíritus
menos abrigados. Me dicen que todo salió bien, que el maestro recitó y cantó, y
que tuvo consigo a los amigos. Qué más se puede pedir, salvo que quien escribió la introducción que ahora les adjunto —y que algún samaritano tuvo a bien leer— no fuese tan blando y cumpliese sus
compromisos.
Ha dejado
escrito Cristina Peri Rossi que “El
erotismo es a la sexualidad lo que la gastronomía al hambre: el triunfo de la
cultura sobre el instinto, entendiendo por cultura el largo, diverso y complejo
proceso que ha elaborado la criatura humana, desde sus comienzos para dominar, transformar y guiar el instinto primitivo”. Bien nos viene esta cita para introducir el libro que hoy nos ha
convocado aquí, Días lectivos, de mi buen amigo Ángel Francisco Casado, porque
no de otro modo se trata el instinto erótico en este poemario, sino a través de
un encauzamiento culto: una prolongada alegoría que sitúa en planos paralelos
una seducción y un curso escolar, el progresivo conocimiento de la materia
(carne o asignatura) en el espacio temporal y físico de un curso escolar.
Días lectivos obtuvo el XXIX Premio Cálamo de Poesía Erótica. Un galardón
que se ha mantenido fiel a esta especial temática durante treinta años y que a
uno, que ha estado desde el principio entre los impulsores de esta iniciativa,
le ha puesto a lo largo de tan dilatado período de tiempo ante cientos de
poemarios que abordaban de maneras muy diversas el erotismo. Por eso, siempre
me he planteado qué debía considerarse como tal. Y aunque no debe hacerse dogma
sobre este asunto, supongo que como sobre casi nada, sí que, al menos, como en
lo importante, debe poder tenerse un criterio propio argumentado.
No creo que estuviese descaminado George Bataille en Las lágrimas de Eros
cuando afirmaba que la motivación de las obras de arte rupestre tenía su origen
en el descubrimiento por sus autores de la muerte, de la conciencia de que eran
mortales. Esta revelación puso la distancia definitiva entre el hombre y la
animalidad. Conocer que la vida tiene fin llevó al deseo de conservarla combatiendo
la muerte. Una de las formas de hacerlo no fue, no es, otra que el arte en sus múltiples
manifestaciones. Y según Bataille también lo es el erotismo, por ser una pulsión
inversa a la muerte, que no busca el fin sino la prolongación del deseo, que no
busca el sexo como una satisfacción inmediata, sino como una acción aplazable,
en la que incluso se puede educar al gusto más por la aspiración que por el
logro. Por eso Bataille advierte que “la actividad sexual de los hombres sólo
puede definirse como erótica cuando no es rudimentaria, cuando no es
simplemente animal.”
Entre esos
muchos versos que uno ha leído a lo largo de todos estos años, que se
pretendían en todos los casos “eróticos”, siempre he defendido, en la medida de
mis posibilidades, aquellos libros que tenían que ver con ese tratamiento
digamos “cortés” del asunto. Entendiendo por tal el esfuerzo del autor por
convertir el propio deseo en materia central. En consonancia con esa perspectiva del erotismo y de su plasmación
literaria, he preferido antes que el relato de una satisfacción cumplida, la
persecución sin prisas de la misma. Valorando al tiempo, como en cualquier otra
obra literaria, sea cual sea su inspiración, el adecuado cuidado de las formas,
su elaboración argumental, los matices que la singularizan, la tradición de la
que parte para continuarla o quebrarla y, en fin, el oficio de quien escribe,
pues suele resultar como mínimo chocante, la originalidad adánica.
Ese oficio y
esas cualidades se aprecian bien en Ángel Francisco Casado y en sus Días
lectivos. Además, su manera de tratar el específico tema que le llevó
al Premio Cálamo está muy en sintonía con esa descripción —ya digo personal,
pero al menos argumentada— que uno le ha dado al erotismo, pues se trata de un
poemario que relata con voz sabia la pautada seducción de unos amantes, de cuyo
deseo se nos ofrecen diversas y ricas perspectivas, al recurrir el poeta al
pulso métrico, el eufemismo retórico, el humor sutil y la dilatada alegoría de
una escuela en la que se alcanza, finalmente, el ansiado conocimiento.
Estamos ante treinta y tres poemas en los que el autor adopta una voz femenina para
hacernos partícipes de cierta relación amorosa que avanza desde la pregunta
inicial, retórica, planteada en los primeros versos: “¿Te imaginas
exprimiendo mis frutos / entre oraciones yuxtapuestas, / tú y yo copulativos?”;
hasta el momento final en que los cuerpos alcanzan, a la “amanerada
forma, a lo escolar”, un progreso adecuado en el conocimiento de pieles y
deseos. Todo ello discurriendo en el período comprendido por un curso escolar,
en sus días lectivos. Y forjado a la vez que el transcurso de las estaciones,
imbricándose éstas en el propio discurrir académico, al modo en que se avanza
en los estudios a través de las etapas fijadas por el otoño (Es el otoño / ese tiempo maduro e
incipiente, que estoy viendo a través de la ventana.), el invierno (Marchan en procesión nuestros despojos /
hacia otro ritual de terco invierno.), la primavera (Primavera florece. / Florezco yo también como una rama: / mis cabellos
sedientos de tus dedos..) y el punto final que pone el verano (Este verano / construiré en arena mi
castillo / para verme borrada por tus olas, / poseída.). Ese decorado
urdido con estaciones y asignaturas no sólo se vislumbra en los versos
aludidos, sino que incluso se refleja en los propios títulos de los
poemas: Primeras lluvias, Hojas que caen, Primavera o Arquitectura
de verano, por un lado; y Geografía, Lección, Estudio, Dibujo, Genética o Química,
por otro. Pero no sólo se extiende esta alegoría por las páginas del poemario,
hay también un uso metafórico recurrente de la guerra y la muerte, que
transforma en bélicos los lances del amor y en “petite morte” su
consumación. Ese empleo se aprecia palmariamente en el poema titulado Guerra
Civil:
Tristemente feliz quedas entonces,
y abatido, tal vez.
Yo, no; yo seguiría planteándote batalla,
procurando de nuevo
desenvainar tu espada.
Soy guerrera.
Una guerra civil civilizada, hermano,
pondría en nuestra historia, ¿te imaginas?
Una guerra de conciliación,
una guerra de amor:
luchando cuerpo a cuerpo,
sedientos de más vida.
Como puede advertirse, se trata de una lección de historia felizmente
revisada a la luz de la ética amorosa.
El autor finge a lo largo de toda la obra una perspectiva femenina, en una
indagación que, creo, trata de avanzar un poco más allá en la disección del
erotismo: no sólo debe ser un proceso de seducción, sino que para que ésta se
consume en una perfecta fusión, debe procurar la empatía del deseo: saber qué,
cómo y cuándo desea el otro.
En lo que no hay, sin embargo, fingimiento es la fidelidad de Ángel
Francisco a su condición docente. El poeta ha sido profesor durante muchos
años, lo que le dota de la experiencia precisa para abordar esta obra en un
ámbito, con un léxico y en unos tiempos propios de la práctica escolar.
Y si bien ese ha sido su oficio, su vocación siempre fue y es la musical, y
de ello también se nutre con acierto el ritmo, las medidas —clásicas, en
ocasiones, sobre todo en la intercalación de algunos bien abordados sonetos— y
hasta en el vocabulario de sus versos. En el propio papel pautado de una
partitura parece escribirse el siguiente poema, titulado, además, Música:
Música, tú; batuta que dirige
el primer movimiento entre mi boca,
los primeros compases que preludian
el total desarrollo de mi cuerpo.
Diriges lentamente —adagio ma non troppo—
los sonidos crecientes, los audaces
colores de mi almendro; melodías
mi espalda, audaz silencias
en mi nuca un pasaje delicado;
abres al viento scherzos de mis labios,
contra mi corazón percute el tuyo.
Hacia el final —tutti presto—, dentro,
eres yo misma y mueres porque muero,
y los violines de los cuerpos, con sordina,
en el último acorde.
Es, en fin, un placer volver a la escuela de la mano de estos Días
lectivos, apostarse en los rincones apartados donde se imparte el
aprendizaje alternativo de estos amantes que no dejan ni un instante de
estudiarse y que hasta invitan a participar a veces de su íntima experiencia —como
puede leerse en ese divertido y delicioso poema titulado Nueva buena, donde la buena nueva no es sino un alumna
nueva, y buena en el sentido más carnal, a la que se le da una bienvenida participativa—.
Apuntar sólo por último que las ilustraciones de Chelo Sanjurjo, de línea
clara, de trazo limpio, concilian bien con el decir de Ángel Francisco, siempre
transparente en la intención, comedido en las alusiones y diestro en la
escritura de unos versos que cuentan habiendo sido antes adecuadamente
contados, ahormados al ritmo narrativo pero poético de un hermoso y gozoso libro.
lunes, mayo 16, 2016
Presentación de Los sueños de las sombras, de Fernando Menéndez
El jueves 12 se había uno comprometido a presentar el último libro de Fernando Menénez, Los sueños de las sombras, pero, con gran dolor de corazón [sic], me fue imposible asistir a La Buena Letra, donde se celebraba la puesta de largo de la reciente obra. Esto que sigue era lo que se tenía preparado para la ocasión y que mi amigo Emilio Amor leyó con su habitual solvencia:
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| Foto de Lucía Vázquez para LNE |
Todos Vds. conocen bien, conocemos
bien, la obra de nuestro amigo, filósofo y poeta con una dilatada trayectoria
de publicaciones editoriales ampliamente difundidas y con otros muchos libros
manuscritos e ilustrados por él mismo que han tenido una vida más recogida, si
bien en ocasiones también han sido motivo de exposición como material no sólo
bibliográfico sino también artístico, que de ambas cualidades pueden presumir.
Licenciado en Filosofía Pura por la Universidad de Salamanca fue profesor y
actualmente está provechosamente jubilado.
Sus primeras publicaciones aparecieron
en revistas como Estafeta Literaria, Cuadernos Hispanoamericanos o Cuadernos del Norte (donde colaboró, por
ejemplo, con sus Apuntes sobre el
pensamiento de María Zambrano). Y sus libros, alguno colectivo como el Libro
del Bosque, o la mayoría de autoría propia, han ido viendo la luz con
una cadencia constante desde el año 1979, en que se editó Sinfonía interior, hasta
esta obra que hoy damos a conocer. Esa producción ha cultivado las dos
vertientes ya aludidas, la editorial y la artesanal.
En esta última faceta son admirables
sus códices. Con una caligrafía primorosa e incubados por esa vocación
amanuense que le lleva a escribir, ilustrar y copiar poemarios que se revelan
como pequeñas piezas de orfebre. En tiempos de computadoras, impresiones láser,
copisterías y muy asequibles encuadernaciones, Fernando Menéndez posee un
inusual temple monacal, una capacidad de retiro y laboriosidad paciente que le
permiten acometer esas empresas artesanales. He tenido la suerte de ver mis
versos alguna vez en uno de esos libros de tan reducida tirada, manuscritos uno
a uno, concebidos, ilustrados y hasta cosidos por el propio Fernando Menéndez,
y les aseguro que tal deferencia supone un dichoso privilegio. Son libros que
no persiguen el reconocimiento de los suplementos literarios ni tan siquiera un
hueco en los mostradores o escaparates de las librerías, sino que constituyen
el generoso placer de quien comparte con los más íntimos el fruto de su
dedicación a la palabra, por lo que ésta dice y por cómo puede, delicada y
elegantemente, decirse o escribirse.
Por otro lado, su vertiente editorial
está jalonada de publicaciones poéticas y aforísticas a través de las que se ha
labrado un merecido reconocimiento internacional en ese laborioso ejercicio de la
brevedad y la concreción que tiene por resultado los haikus, las breves composiciones
estróficas y, fundamentalmente, el aforismo.
En cuidadas tiradas se ha ido cuajando
la evolución literaria de este profesor de filosofía a quien tanto afecto han
profesado sus bachilleres (y doy fe de ello pues mi hijo tuvo la fortuna de ser
alumno suyo). En su obra poética no solo cuida la precisión de la palabra sino
que indaga a través de ella, teniendo en lo breve, como ya se ha apuntado, un
eficaz aliado par esa introspección. Precisamente con el aforismo ha emprendido
la aventura de sus últimos seis libros, todos ellos contenidos, intensos y
hermosos: Biblioteca interior, Dunas, Hilos sueltos, Tira
líneas, Salpicaduras (traducido éste al italiano en 2014, y por el que
obtuvo la Mención de Honor en el Premio Internacional «Torino in Sintesi» per
l´Aforisma) y Artificios.
El aforismo, ha explicado en alguna
ocasión Fernando Menéndez, habita en la frontera de lo literario y lo
filosófico. En ese terreno se mueven los suyos, que, además, persiguen siempre
la ligereza y la ambigüedad a través de una acentuada densidad conceptual, expresada
austeramente en la forma: de modo que se concilian así la riqueza y profundidad
del significado con la concisión del significante. No en vano ha dejado escrito
Fernando en alguna ocasión que “El adorno
es el suicidio del arte”. Además, y siguiendo a Bufalino, sus escritos
aspiran al tiempo a ser los de un censor implacable de los vicios del mundo que
nos ha tocado en suerte.
Y no otra, creo, es la inspiración que
alienta las declamaciones de ese coro trágico, aforístico, que mantiene el
pulso ético del libro hoy presentado. Los sueños de las sombras tiene una
ambiciosa estructura que combina la voz de cuatro clásicos griegos, Esquilo,
Sófocles, Eurípides y Píndaro, presentados, cada uno, a través de una composición
poética que resalta, con sobriedad quirúrgica y versos delicados, los rasgos
que los distinguieron en lo vital o lo creativo, y que los asocian, en cada
caso, a una estación del año.
Los poemas que encabezan la
rememoración de las figuras literarias aludidas son, siguiendo con la analogía
de lo helénico, como el tímpano de un templo, faro y advocación, y se levantan
sobre una columnata sólida constituida por las escogidas citas de esos autores
griegos, por los coros aforísticos —auténtica voz moral de la obra— y por
fragmentos extraídos de unos supuestos papiros que pertenecen a lugares —Gela,
Colona, Pela y Tebas— donde vivieron, crearon o murieron los cuatro escritores
citados, extractos en los que la naturaleza se convierte en la principal
protagonista.
Dice Carlos Vara en su esclarecedor
prólogo a Los sueños de las sombras que el más reciente libro de Fernando
Menéndez es un diálogo poético y dramático. Es
diálogo porque son varias las voces que acuden a sus páginas: tanto las de los
diversos registros del autor como las de los autores sobre los que se
constituyen las cuatros partes. Es poético, porque su sustancia expresiva es
básicamente poética. Y, por último, es dramático porque el autor ejerce como
corifeo, dirigiendo el desarrollo coral de una obra de inspiración trágica y
apuntando, a la vez, sus asuntos esenciales.
Y dice también que es un libro
necesario porque viaja al origen de lo que somos: “nietos de una herencia griega que la incompetencia y los intereses
privados nos arrebatan cada día”. Por eso se hace preciso echar la vista
hacia atrás y poner el presente en perspectiva. Y vernos en ese ámbito como el
sueño de una sombra, según decía Píndaro en el verso que cierra el libro
aludiendo a la naturaleza incierta del hombre. Ese hombre que según canta el
coro aforístico “avanza errando y
sospechando”, “transforma la vida en
una metáfora de la duda” y “siente el
agudo cansancio de lo incierto”.
El poeta evoca a los clásicos helenos,
deja luego que hablen con su propia voz, y al hilo de lo que dicen, el coro
interviene sentencioso, firme, querellándose con la dura realidad y la
desmemoria, mientras de fondo, la naturaleza graba poéticamente su ciclo
imperturbable, estacional, sobre los papiros.
Así se ha escrito Los sueños de las sombras,
aunque Fernando, con el que ahora les dejo, seguro que hará una lectura mucho
más personal, rica y precisa de su propia libro, en el que tanto y tan bien ha
trabajado.
miércoles, mayo 11, 2016
miércoles, mayo 04, 2016
Espacio Ninguno
Espacio Ninguno
«Entre la vida y la
muerte no ai espacio ninguno;
en un instante se
acaba lo que se vive en el mundo.
Año de MDCCLXIX".
Texto recogido por Miguel
de Unamuno en su visita a los Arribes del Duero, a la puerta de la entrada
del convento franciscano de La Verde.
Ese espacio ninguno
que advirtieron era la vida,
dejándolo así cincelado
a la entrada de su convento,
no bastó —qué razón tenían—
para que vieran hasta dónde la hiedra
se adueñaba de los muros,
cómo la lluvia doblegaba los tejados,
cómo los pájaros anidaban
hasta en el mismo refectorio
y las alimañas bebían del agua bendita
en las pilas arrumbadas.
No bastó cada una de las existencias
de todos los monjes que allí oraron
a lo largo de seis siglos.
No bastó siquiera la historia entera
de ese cristiano asentamiento
en el finis terrae
del río fronterizo
y bajo el augurio en sombra
de las aves rapaces.
Nunca basta una vida entera.
Termina siendo un espacio ninguno.
JCD
martes, mayo 03, 2016
lunes, mayo 02, 2016
Salmón dixit
"El fenómeno es longevo como la política. El control de la sociedad es piedra angular para el sostenimiento de toda forma de poder. Lo novedoso es su dimensión. La tecnología es la clave que articula dicha posibilidad. Desde que cada Propio vive conectado a una constelación comunicativa, se transforma en diana de los mecanismos de control del Sistema. Es el individuo quien, al integrarse en la retícula de las redes de información del cibercapitalismo, deviene objeto de escrutinio. Cada pensamiento que expresa, cada vínculo que favorece, cada deseo que manifiesta es absorbido, metabolizado y archivado por un inmenso tesauro policíaco. Ya no su código genético, sino su mundo privado, el del deseo y sus fantasmas, se convierte en rastro, cifra y síntoma. (..) Literalmente, el Sistema se convierte en Dios, pues accede al sueño último de las estrategias de dominio: la intimidad ya no de las alcobas, sino de las conciencias."
El Sistema, Ricardo Menéndez Salmón
miércoles, abril 27, 2016
Estreno en Gijón de La estancia vacía
Ayer tuvimos la suerte de
asistir al estreno en Gijón de una película que, aunque rodada en 2006, no
había sido todavía, incomprensiblemente, proyectada en nuestra ciudad. Se trata
de La
estancia vacía, codirigida por Iván Fernández y Miguel Barrero.
Documental que indaga sobre los últimos meses de la vida de Michi Panero, que,
enfermo, solo y sin apenas recursos económicos, se refugió en Astorga desde
finales de 2002 hasta su muerte en marzo
de 2004, quizás en un intento de cerrar aquel círculo maldito que se había
abierto con El desencanto, auténtico aquelarre freudiano en el que los Panero “carroñeaban” el cadáver
del patriarca, y que, en el tramo final de su vida, el más pequeño de los
hermanos trató de restañar con una tardía recuperación del que fuera considerado,
amañadamente, poeta del régimen. La
estancia vacía es una película dignísima que elige la sinceridad frente
a la impostura y que para ello, en su hora y media de metraje, hace girar el
desarrollo de todo lo contado en torno a una figura entrañable, Angelines
Baltasar, la persona —“la doméstica” según su propia y humilde definición— que
trabajó en casa de los Panero al cuidado de los quehaceres hogareños y de los
niños, tanto en Madrid, durante un tiempo, como luego en las estancias de la
familia en Astorga. A ella recurre Michi cuando vuelve a la ciudad maragata
para que lo atienda en su desvalimiento de enfermo y hombre solo. Miguel
Barrero hubo de trabajarse la confianza de Angelines para lograr su
participación en la película. Y lo consiguió hasta tal punto que no son pocas
las veces que la anciana habla no para la cámara sino para Miguel que, como un
confidente ya amigo, la escuchaba fuera de plano pero lo suficientemente cerca
como para que lo contado fluyera sin recelo. Intervienen también el alcalde de
entonces, y profesor de literatura, Juan José Alonso Perandones, que reflexiona
con buen pulso discursivo sobre las motivaciones que hubo en la decisión de
Michi para refugiarse en Astorga. La médica que lo atendió y que certificó su
defunción, Victorina Alonso. Su amiga, Mercedes Unceta Gullón, que traza un retrato
íntimo de lo que a su juicio fue la vida desperdiciada de Michi Panero,
asumiendo así un papel casi maternal al añorar lo perdido por querido, pero reprochando
a la vez que la muerte se llevase a quien, pudiendo haber dado tanto, se fue
dejando tan poco. Y están también Ángel
García, que fuera amigo de MIchi en su final astorgano, y Federico Utrera,
periodista que le hizo una de las últimas entrevistas. Con todo se compone una
película que, como queda dicho, es contrapunto a la puesta en escena efectista
de El
desencanto, y de su secuela, Después de tantos años, al elegir
una perspectiva externa, pero muy próxima, situándose, a tal efecto, a la
altura misma de Angelines, de su cabal sentido de la realidad, de su lección de
generosidad y por tanto, y de algún modo, de esperanza.
martes, abril 26, 2016
Tráfico de influencias (La estancia vacía)
No siempre uno merca con la amistad para alcanzar
prebendas vergonzantes. Hay veces que se echa mano de ella para más nobles
propósitos. Hace unos meses influí todo lo que pude en Arlé, a la que me une,
además de una buena amistad, el trabajo en común que durante los últimos meses,
desde la desaparición de Juan Garay, le hemos dedicado a Gesto, para que
programase un ciclo cinematográfico que tuviese por protagonistas a los Panero.
Si bien es cierto que las dos películas que abrieron esta rememoración —El
desencanto y Después de tantos años— eran
conocidas e incluso suelen ser programadas periódicamente por algunas cadenas
televisivas, mi interés radicaba sobre todo en cerrar la muestra con una
tercera cinta que uno no había podido ver en su momento y que tampoco
encontraba por más que buscaba: La estancia vacía, un documental,
codirigido por los asturianos Miguel Barrero e Iván Fernández, del que había
oído hablar muy bien, pero que no ha tenido demasiadas proyecciones desde su
estreno y por tanto era, es, injustamente bastante desconocido. Lo más fácil
hubiera sido preguntarle al propio Barrero por su película, no en vano he
coincidido con él no pocas veces en el mismo café y a la misma hora, pero este
retraimiento que padezco con resignación
franciscana me impide a menudo esos atrevimientos. Así que recurrí a
Arlé, que a su vez recurrió a Juan Carlos Gea , quien puso finalmente en contacto
a mi amiga con Barrero, logrando de este modo
completar la trilogía ofrecida en el ciclo y, de paso, satisfacer ese
deseo que uno albergaba desde hacía tiempo. Lo que viene a probar, como
apuntaba al principio, que no siempre es perverso el tráfico de influencias.
Así que hoy, si nada lo impide, asistiré a esa disección de los últimos días de
Michi Panero, el tercero de los hermanos y el que a uno siempre le ha parecido el
más interesante, pues aunque fueron los mayores quienes dejaron tras de sí una
obra literaria —mejor a mi juicio la de Juan Luis que la de
Leopoldo—, fue el pequeño quien llevó una vida más novelable (Barrero creo que
también lo ha entendido así, por eso le dedicó aquella narración titulada Los
últimos días de Michi Panero). Juan Luis era un tipo desagradable.
Leopoldo María se convirtió en una caricatura de si mismo. MIchi, en cambio, disfrutó
y sufrió la rutina de la existencia canalla, sosteniendo la ironía sobre su
derrumbe físico. Y fue el tipo que, a los ojos de un muchacho entusiasmado como yo lo fui con el estreno
de Ópera prima, conquistó a aquella
angelical criatura que entonces era Paula Molina. No si no por ese y otros
méritos de apostura y hechizo verbal se define Nacho Vegas en una canción
pseudotestamentaria como el hombre que casi conoció a Michi Panero. Hoy en La
Arena, a las 19:30, quienes asistamos a la proyección de La estancia vacía
tendremos la ocasión de acercarnos un poquito más a la figura de aquel Panero
que mantenía con firmeza que lo peor que se puede ser en este mundo es un
coñazo. Amén.
martes, abril 19, 2016
Tears in rain
Es una película para
pantalla de cine y sonido épico de cine. Todo en ella obedece a
estereotipos paradigmáticos. Dicho así, suena pedantesco. Quizás lo sea, pero
no de otro modo, si se hace bien, puede convertirse una obra de creación en una
obra perdurable: subrayando en cada personaje un carácter que por muy
constreñido que parezca a la idea termina representándola de manera fiel y, en
la desproporción, proporcionada. Dicen que para disfrutar plenamente de Blade runner hay que adentrarse en algunas de sus claves
significativas, en ciertas ambigüedades argumentales, que toda una legión de seguidores han convertido en materia casi de grial. Aunque uno piensa que tal vez hasta el director y el
guionista se sigan sorprendiendo de cuánto puede ahondar la disección de
un entusiasta forense en las partes blandas de un culto. Quizás ellos mismos,
cuando concibieron y llevaron a cabo el film, se planteaban metas mucho más
simples: ¿la evolución de las máquinas en un mundo futuro? Siempre le ha
inquietado al hombre, desde que James Watt le pusiera vapor al desarrollo, la
convivencia con la mecánica inteligente. El caso es que uno vio ayer de
nuevo la película no en pantalla de cine, sino en su casa, y no con pomposas
intenciones intelectuales, sino como sutil entretenimiento con el que más que
matar el tiempo, se intentaba abonarlo (que enriquecerlo suena pretencioso, y el
nutriente basto, en cambio, nos deja a ras de tierra). Y resultó bien adecuado a la tarde final del domingo este rencuentro con el escenario apocalíptico en
que todo se desarrolla bajo la lluvia y el neón. Con un Rutger Hauer brillante,
de replicación esmerada en lo físico y, finalmente, en lo sentimental. A él se debe esa poética agónica postrera, en la que tan bien se
mezcla la vida al filo de lo robótico y el miedo a la muerte del fuselaje ya
humanizado: I've seen things you people wouldn't believe. Attack ships on fire off the shoulder of Orion. I watched c-beams
glitter in the dark near the Tannhäuser Gate. All those moments will be lost in
time, like tears in rain. Time to die. Uno se queda con esa
atmósfera de belleza trágica tan bien subrayada en todo momento por Vangelis.
Habrá tiempo de rumiar unicornios y origamis, que todo cuanto te deja
conmocionado abre en tu atención una suerte de campo oscilatorio que abarca
siempre un espacio suficiente en el que caben no sólo rememoraciones,
sino también búsquedas diversas y creación incitada.
lunes, abril 18, 2016
Seré duda, nueva dosis para una adicción
Se pregunta Álvaro Valverde en Vida de ambulancia, la última entrada de su bitácora: "¿Por qué persiste uno en la lectura de los diarios de Andrés Trapiello diecinueve tomos después, diez mil palabras mediante, a lo largo de veintiséis largos años?". A buen seguro que es una pregunta que nos hacemos a menudo quienes hemos leído todas o gran parte de las entregas de este Salón de los pasos perdidos. Valverde busca el pretexto en lo que a propósito de ese interrogante explica Manuel Borrás: "son adictivos". Y algo de cierto debe de haber en la conclusión, porque como todas las dependencias inocuas, ofrecen los diarios de Trapiello ratos impagables de dicha, siempre muy parecida, quizás casi hasta repetida, pero no por ello menos agradable cada vez que se disfruta.
A Álvaro Valverde le he enviado un comentario a su enlace de facebook, en el que le alabo esta crónica de adicción que le dedica al nuevo tomo de los diarios de Trapiello. Le aseguro que no se puede decir mejor y en tan poco (que todo es poco cuando lo que se comenta es tanto); y que eso se lo asegura quien acaba de completar también la lectura de Seré duda, y comparte adicción, por tanto; y se ríe no pocas veces a solas mientras lee esas páginas, y busca en ocasiones con cierta ansia la continuación minúscula de la iniciales que en ellas se encierran; y quien tiene ya a M., R. y G. casi como de la familia; y quien se conmovió hasta las lágrimas con la muerte de Ramón Gaya y las dolidas páginas que en este última entrega se le dedicaron; y quien se respingó de desagrado con el desaire tan poco elegante que se le infligió a G., que se quedó con su mano tendida en el aire; y quien siguió como una intriga angustiosa por real el susto de salud que padeció M.; y quien desearía un tono menor en las ocasionales mezquindades del autor y, sin embargo, se regocija con su sarcasmo. Sí, sin duda esta es la obra enciclopédica de una vida en marcha y sin épica. Que nos dure.
domingo, abril 17, 2016
viernes, abril 08, 2016
Al día siguiente
Ayer presentamos el libro de Juan Garay, El Bestiario, en el salón de actos del Antiguo Instituto Jovellanos, que estaba casi lleno. Dice hoy Luis Antonio Alías en el diario El Comercio que también estuvo allí con nosotros el propio Juan, “abandonando transitoriamente el paraíso de los buenos ateos para participar en su propia fiesta”. Ya se sabe que estas cosas que se escriben con tan buen corazón y pericia de pluma no dejan de ser literatura, pero como tal es también consuelo, y de eso se trata. Esa comunión de ánimos que fue el encuentro de ayer, ese estar juntos para sentirse acompañados no fallándole al amigo que nunca nos falló, es procurarse consuelo y sentirse, aunque sólo sea por un momento, mejores. El libro tiene la contundencia indignada de Juan; el respiro de unas ilustraciones con trazos precisos y elegantes en la mano de Bonhome, sarcásticos y alegres en la de Álvaro Noguera e intuitivos y diestros en la de Fernando Díaz; y el cuidado con que se ha tratado todo el conjunto desde que se fueron agavillando los artículos publicados en Ágora por Juan a lo largo de más de quince años, desde 1998 a 2014. Con la distancia que dan esas horas que ya han transcurrido desde que fuimos abandonando ayer, entre breves conversaciones y afectuosos saludos, el Antiguo Instituto, podría uno afimar sin miedo a equivocarse que el recuerdo que de esa presentación perdure va a ser profundamente entrañable por muchas razones: la digna apariencia de la publicación ofrecida, cómo se abrazaron a ese libro quienes más querían a Juan, la conclusión fructífera de un esfuerzo de meses, el cordial apoyo de los amigos que acudieron, la palabra nerviosa y sincera que compartí con Mar y Arlé desde el escenario y la alegría de la música con que nos despedimos. Desde ahora en adelante, y como esas caracolas que acercamos a la oreja para escuchar el mar, podremos abrir este Bestiario en la confianza que desde sus páginas nos llegará la voz ronca de Juan, un hombre bueno y rebelde. Gracias a todos los que estuvisteis allí y a los que nos acompañasteis en la distancia. Un abrazo.
jueves, marzo 31, 2016
jueves, marzo 17, 2016
No sólo malas maneras, sino también malas causas
Félix Ovejero en EL PAÍS escribe sobre Otegi:
de obligada lectura (creo).
"Los motivos no purifican los procedimientos. Después de todo, algunos matan por amor o por el reino de Dios. En realidad, en una sociedad democrática, invocar objetivos políticos para realizar crímenes debería considerarse un agravante, si estamos de acuerdo en que la primera exigencia de la política democrática es el respeto a la dignidad de los otros.
(...) Quizá es cosa de revisar ese confuso territorio de nadie en el que todos parecíamos sentirnos cómodos, entre otras cosas porque nos evitaba pensar en serio la naturaleza de la mercancía ideológica nacionalista: “Una buena causa defendida de mala maneras”. Y sí, estrictamente, no es imposible que una buena causa se defienda de mala manera. Pero no es el presente caso. Aquí no solo hay malas maneras: también hay malas causas, y, además, la relación entre unas cosas y otras no es casual."
jueves, marzo 03, 2016
Después de lo de ayer...
Después de lo de ayer, cobra de nuevo actualidad este artículo de José Ignacio Torreblanca que ahora enlazo. Decía entre otras cosas: "Del lenguaje de la asamblea se deduce que los socialdemócratas son el principal obstáculo para el triunfo de los valores de la izquierda: unos vendidos que siempre acaban pactando con el capital y la burguesía y en lugar de superar la economía de mercado y la democracia liberal acaban reforzando a ambas. Cada vez que llegan al poder, esos cochinos socialdemócratas, miopes históricamente en cuanto a la dialéctica destructiva del capital y por completo insensibles ante la devastación liberal, se conforman con extraer del sistema unas migajas en forma de redistribución de impuestos y unas pocas oportunidades educativas. Una pena." Y entero se puede leer aquí: Cochinos socialdemócratas.
miércoles, marzo 02, 2016
Un AGUACERO se descarga
No es el tiempo, que también. Es la música de los Johnny Gafapasta. Está en la nube y de la nube llega en forma de aguacero. Ya está disponible el EP de esta joven banda. Tres temas que suenan bien y que uno espera que se oigan muchas veces y en muchos lugares. Suerte chavales (suerte, hijo).
jueves, febrero 25, 2016
miércoles, febrero 24, 2016
Fotogramías
En los rincones apartados, por donde los arroyos alimentan al río grande, todo sigue pareciéndose a como debió de ser muchos años atrás. La sombra del bosque, incluso la sombra del bosque invernal, conserva todo la apariencia de un mundo sin domesticar, un mundo que exige arrestos para atraversarlo en el silencio apabullante de su naturaleza. En Pozo Mouro, recordé un fragmento de Aunque Blanche no me acompañe (Aguaclara, 2014). Decía así:
"Hubo un tiempo en que en Brocal el agua aprisionada en los banzados movía los martinetes. Percutían rítmicamente como si se tratase de pájaros antediluvianos picoteando hierro fundido. Aquellas ferrerías fabricaban sencillos objetos domésticos, aperos agrícolas, herrajes de carros y clavazones. Había herreros entonces de obra mayor, dedicados a la fábrica de calderos y sartenes; y herreros de clavos tan apreciados que su suministro atendía incluso las necesidades de los arsenales de Mahón, de Cádiz, de Cartagena, de El Ferrol y de la Habana, donde se empleaban en grandes cantidades para la construcción de buques. Hubo un tiempo en que aquí ardía la fragua de Vulcano. Hoy ese pasado parece sencillamente una fábula (...) Veo al salir del pueblo las ruinas de uno de esos mazos. Se lo traga la maleza. Está justo al lado del torrente que lleva el agua de las laderas de Penouz al río grande, al viejo Nereya, al río al que Ptolomeo le decía Nerealubio. Estas punzadas que siento en las sienes son el mordisco de los vermes. Percuten sus dentelladas rítmicamente en mi cabeza como martinetes. Forjan clavos menudos. Alfileres. Me pinchan como si fueran el trenzado de una corona de espinas. No soporto esta industria de dolor."
lunes, febrero 15, 2016
Indecencia periodística
Lo que más abajo se enlaza se
escribió ayer en el ABC sin que uno sepa que nadie, hasta el momento, haya pedido aún disculpas,
sin que al individuo que lo escribió se le haya puesto de patitas en la calle y
sin que esos periodistas que dan un día sí y otro también lecciones de
periodismo hayan tenido la decencia de detenerse a valorar si merece la pena el
oficio cuando no se combate a individuos que como éste lo comparten.viernes, febrero 12, 2016
La Ñora
Sobre el camino, el temporal de los últimos días ha esparcido un caos de ramas, cortezas y hojas. Está subiendo la marea. Batirá la playa de nuevo el oleaje. Pero desde aquí arriba se oye al mar como a los perros, ladrando lejos. Sólo hay una manera de apaciguarlos: permanecer un rato en silencio y quietos, hasta que el aire sea incapaz de alentar nuestro olor hasta sus fauces, y mientras la cámara mantiene su objetivo abierto durante el tiempo suficiente como para que las olas se vuelvan mansas como la seda.
jueves, febrero 11, 2016
miércoles, febrero 10, 2016
Torpeza tras torpeza
Según parece la obra representada no era para un público infantil. Pero eran niños los que se situaron frente al pequeño escenario de los títeres. Y no estaban en una oscura sala de butacas, irreconocibles en su edad para los actores subidos al escenario, sino en una plaza a la luz del día. Torpeza fue entonces que quienes representaron la obra no tuvieran en cuenta para quiénes lo estaban haciendo finalmente, que no eran adultos que pudieran extraer de lo representado su significado exacto, sino críos que seguramente, más que asustados, experimentaban una enorme extrañeza a medida que se sucedía el vía crucis de la bruja libertaria que protagonizaba la representación. Que una torpeza continuada, debida a programadores y titiriteros, haya llevado a la cárcel a éstos por una pancarta descontextualizada, nos sitúa ante una torpeza aún mayor, la de quien debe juzgar con sensatez lo que algunos han anatemizado interesadamente. La decisión de mantener encarcelados a unos actores hasta ahora desconocidos los va a convertir, y si no al tiempo, en unos héroes de dudosa causa. Una torpeza más. Es, por ello, urgente que se los ponga cuanto antes en libertad. Y que se eché el telón sobre este incidente tergiversado por todos.
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