lunes, mayo 07, 2007

Breve crónica del embrutecimiento

Han pasado casi tres semanas sin añadir nada nuevo a esta bitácora. Tiempo suficiente como para haber comprendido que durante los meses anteriores he ido alimentando una pequeña vida complementaria en ella. Una existencia paralela que hubo de suspenderse inesperadamente. Más de dos semanas ya sin poner en marcha el ordenador, sin abrir el correo electrónico, sin llevar nada a la Rayuela ni visitar los blogs amigos, sin deambular por esos caminos virtuales de afinidades que han ido alumbrando esa manera paralela y casi anónima de estar, de ser. Mientras tanto, al menos, mis diarios manuscritos han seguido creciendo, registrando como siempre lo menudo a través de renglones de cuadernos, de hojas sueltas, de apuntes en cualquier papel… Rescoldos de los fuegos que traen los días y que uno sopla para que el calor de los recuerdos no se enfríe. Me han parecido ciertamente estas jornadas de trabajo inusual demasiado largas. Siempre lo son cuando el efecto mariposa se agita a nuestro lado con la violencia de los tornados. Esta vez, el seísmo me pilló en un viejo palacio hasta hace nada desvencijado por el tiempo. Se ultimaba su rehabilitación. Y debía inaugurase en fecha prefijada. Los muchos especialistas acometían un montón de diversas cirugías. Empezaban a brillar las maderas nobles y el mármol de los suelos. Se remataba el estuco veneciano. Se ajustaban la forja y las celosías de las ventanas. Se fijaban mástiles y banderas. Se ocultaban huesos, músculos y nervios de los remozados muros. Se desembalaban muebles. Y todo parecía suspendido en el aire como si fuera tráfico espacial. Porque el caos tiene su propia coreografía. Confusa, irritante e interminable, pero propia. De ella participaban con desdén una turba de operarios que ayudaban a la levitación de los objetos. A ras de suelo, espectador hipnotizado, capataz imposible de cuanto ocurría, procuraba yo el orden, recordaba plazos y asistía con desánimo y fatiga al paso de las horas. Justo hasta la noche; entonces cerraba ese teatro de las pesadillas y volvía a casa tan desarmado, con las defensas tan arrumbadas, que me entregaba al televisor con la resignada voluntad de un yonqui. De todo ello, de estos trabajos sobrevenidos de improviso, me ha quedado la certeza de que la inercia adictiva de la acción merma progresivamente el pensamiento reflexivo, embrutece. De que si además genera cansancio físico, se resquebrajan incluso los diques de la vida sensible hasta que por sus grietas se alivia nuestro yo más canalla.

9 comentarios:

M. dijo...

Fantástico, Diarios. El volver a casa con el cerebro convertido en plomo. Durante meses, al salir de trabajar, de lo único que tenía ganas era de beber (y bebí, y lo sigo haciendo con más cuidado). Ahora simplemente me dejo estar muchas veces. Dejarse estar: tumbado en cama, mirando el techo con los ojos muy abiertos. Vaciando serenamente la cabeza antes de entrar en un profundo sueño y continuar, la vida sigue, el ritmo obsesivo de los días.

Hasta el caos, dices, tiene su propia coreografía.

Un saludo.

Azófar dijo...

Entiendo el estado de fatiga física y mental por el que has pasado, pero también te imagino moviendo los hilos para levantar un palacio arruinado, y es como una metáfora.
Alegra saber que regresas a tu bitácora. Salud

la luz tenue dijo...

Yo estaba preocupado.
Me alegro de la vuelta.

Anónimo dijo...

No todos los "operarios" devolvemos el mismo desdén que recibimos.

R. dijo...

Y entonces yo no entiendo al caos pues entra en orden desde el momento en que le nominas.

(Me estoy conteniendo con los halagos... ese fue el primero que me vino a la mente, y confieso que es cursi y demás, pero ni hablar)

=)

Diarios de Rayuela ¡Qué alegría verte de regreso!


R. muy feliz.

Diarios de Rayuela dijo...

Debería, por educación, agradecer en primer lugar los comentarios de quienes me dáis la bienvenida, pero el sentimiento de culpa provocado por quien se ha sentido ofendido por mi entrada me obliga a disculparme antes de nada. No estaba en mi ánimo menospreciar a nadie sino describir lo que viví a propósito de unas obras complejas y apresuradas. Para quien, como yo, maneja con incorregible torpeza cualquier herramienta, la pericia de todo operario le parece siempre meritoria y su ánimo ante el trabajo, como el de cualquier otro profesional, elogiable cuando es entusiasta y descorazonador si cae en la desidia -y no dudo que ésta a veces se deba al escaso incentivo con que muchas veces se afrontan las obligaciones laborales diarias-. Lo dicho, disculpas, que operarios somos todos.

Diarios de Rayuela dijo...

Manuel, Azófar, Luz tenue, Rox, gracias por vuestros comentarios, espero ponerme al día con vuestros blogs poco a poco.

Un abrazo.

Portorosa dijo...

Me ha gustado mucho la entrada, pero esto, la inercia adictiva de la acción merma progresivamente el pensamiento reflexivo, embrutece, me parece brillante.

Un abrazo, y bienvenido. No eres el único que ha faltado últimamente.

Diarios de Rayuela dijo...

Gracias, Porto.
Según parece también tú has estado algo apagado, ¿no?
Ciertamente, como dice nuestro amigo Miguel Sanfeliu en su última entrada, con ocasión del primer aniversario del su blog, esta ocupación que nos hemos buscado puede llegar a ser realmente absorbente.
Respecto a la frase que remarcas, estoy seguro de que es cierta. La actividad física que a menudo que se practica -por trabajo o a través del ejercicio- genera una adicción que si bajamos la guardia nos embrutece irremediablemente.
Un abrazo.