lunes, mayo 21, 2007

Ciudad

Cuando se acercan estas fechas y se nos convoca a las urnas para elegir a nuestros representantes en los ayuntamientos, los candidatos se levantan de patas sobre las palestras blandiendo como promesas grandes y costosos proyectos constructivos, radicales transformaciones urbanas. Todo este muestrario de propósitos transfiguradores más que animarnos al voto, deberían sumirnos en la preocupación. La ciudad no ha de hacerse a golpe de ocurrencia, de megalomanías, a la ciudad debe ayudársela a crecer como a las plantas, con cuidados, riego suficiente, nutrientes adecuados, buena orientación y guías que la mantengan erguida sin desmayo. A las ciudades de tamaño habitable, como juzgo que aún es la mía, no deben hurgárseles permanentemente las entrañas, abrirlas en canal a todas horas, revolverles los terrones, levantarles singularidades arquitectónicas al menor descuido. Las ciudades necesitan de reposo y de atención hacia lo que tienen y han tenido largo tiempo, a los pequeños parques, a los minúsculos jardines, a las aceras, a las fachadas, a las farolas, a su música, a los olores que las vuelven únicas y a la gente que las pasea. A la ciudad en demasiadas ocasiones se le impone un espíritu depredador que la hace engullirse lo que tiene alrededor. Que le endurece la mirada. Que la vuelve agresiva, intratable. Que la mantiene alerta, como a la caza. A mi ciudad la quiero más dócil, mejor reposada. Para mi ciudad quiero cosas más sencillas. Que se conserve con cuidado exquisito su pasado: calles, casas, parques y gentes. Que se proyecte con tiento extremo su futuro: desde la austeridad y procurando que cuanto la crezca no se vuelva en contra ni de su identidad ni de su mayor bien, el de haber sido toda ella hasta no hace mucho, y aún por tramos desde que se nos ha expandido tanto, un lugar a la escala justa de quien aún quiera permitirse el lujo de la calma.
Y todo ello sin que se nos olvide que a la ciudad la hacen tanto quienes la diseñan y organizan desde los consistorios como quien la habita desde la dicha de hacerlo y el deseo de merecerla; pero también quien la ocupa, muy a pesar de lo que debería ser una convivencia responsable, esgrimiendo un perfil de aristas que la van arañando incluso más que el propio paso del tiempo. Será pues conveniente pedir sólo en este trance que quienes se ocupen desde la próxima semana de las cosas del municipio tengan a bien la práctica de la obra prudente y a conciencia -esto es, con buena hechura constructiva y moral-, la conservación de lo que se posee y el favor de quienes deberíamos hacer el resto, que no es sino procurar el esmero hacia lo que nos alberga.

5 comentarios:

FPC dijo...

Entre tu enfoque y el de Marías (EPS de ayer 20 de mayo) no hay mucha distancia. Y nos os falta razón a ninguno de los dos. ¡Ójala nos dejaran en paz la ciudad antes de tocarla tanto!

Por cierto. Bonita acuarela ¿está en venta?

Un abrazo.

Portorosa dijo...

Anda, pues también yo te iba a comentar lo de Marías.

De acuerdo contigo. Lo que ocurre es que, por un lado, la tentación de dejar huella es irresistible, y por otro, la de llevarse el dinero al bolsillo con las grandes comisiones que detrás de toda gran obra suele haber, más.

Un abrazo.

Luna dijo...

Me viene a la cabeza la canción de Sabina... pongamos que hablo de Madrid.
En ciertas cosas ya dudo incluso de mi misma.
Dicen que soy honesta, preocupada por el entorno y las personas y eso es bastante fácil si no formo parte del poder ni tengo que preocuparme por sacar votos.
¿Me cambiaría el poder?
¿Os cambiaría a vosotros?

Saludos

Diarios de Rayuela dijo...

Paco, Porto: antes de responder a vuestros comentarios me he pasado por EPS. He leído a Marías. Y sí, efectivamente, también él se lamenta de ese permanente impulso de todo munícipe por pasar a la posteridad a costa de su propia ciudad. Una vez que los ayuntamientos democráticos han ido solucionando los evidentes atrasos que en servicios sociales, instalaciones deportivas y equipamientos culturales tenían nuestros pueblos y ciudades, se ha pasado a la fase de "ahora vamos a rizar el rizo". No debería temerse la palabra conservador. Los alcades y concejales deberían, antes de nada, autodefinirse como conservadores. Conservar lo mejor de las ciudades es una de las más sensatas maneras de amarlas.
Y hay algo de lo que quizás Marías no habla en su artículo y que a mí, particularmente, me parece trascendente: la responsabilidad de cada ciudadano con su propia ciudad.
Un abrazo a ambos.
(La acualera de la playa de San Lorenzo y la iglesia de San Pedro -ahí al lado tengo mi trabajo- la saqué de internet.)

Diarios de Rayuela dijo...

Yo creo que el poder no cambia necesariamente a todos. Lo que suele suceder es que si no cambias te echan del poder.
Eso me temo, Luna.
Un abrazo.