viernes, noviembre 18, 2011

Caxigalíne(a)s

Qué difícil resulta desmentir las interpretaciones que los demás hacen de nuestros silencios. Nos fuerzan una intimidad imaginaria y nos abocan a cubrir las vergüenzas de quienes pasan por nosotros.

Toda ficción no suele ser más que un collage que remienda retales de memoria. Trastocados en el tiempo y el espacio, aparentan un mundo imaginado.

Hablaba a menudo con diminutivos —como los cocineros de la tele—. Confundía delicadeza con sufijos. Y a uno, cuya infancia fue carne de barrio, esas finuras sin cuento le provocaban, más que arcaditas, soberanas náuseas.

La embriaguez nos vuelve a menudo excesivamente efusivos. La alegría también. La resaca de ambas produce vergüenzas no demasiado distintas.

jueves, noviembre 17, 2011

Graffitis mu(o)rales

Ha tenido Fernando Menéndez la atención de enviarme su nuevo libro. El título de esta entrega es Graffitis. Se trata de una edición privada de ciento cincuenta ejemplares, de los que cien van artesanalmente encuadernados en rústica por el propio autor. Fernando no es sólo un manitas con buen gusto para los papeles, la tipografía o las ilustraciones, es además un creador constante y muy dotado para la punzada expresiva. Combina bien esos latigazos de pensador con el apunte de un escritor de breverías que es, además, un artesano de la impresión. Los graffitis de este libro vienen precedidos de una cita de Juan de Mairena: “Tentar el pulso a la calle, ésa es la tarea”. Y a fe que se hace en lo que sigue: sesenta apostillas mu(o)rales de las que se detalla dónde fueron garabateadas y en qué cuadernos registradas por Fernando Menéndez. Así que todas aparecen siguiendo esta estructura:

F.M., cuadernillo rojo, pág. 14.
Lugar: en el interior de un ascensor.
El político es un fetichista: ama más tu voto que su idea.

F.M., cuadernillo rojo, pág.13.
Lugar: en el portal de un partido político.
Gilipollas, el pueblo es el soberano, no los mercados.

F.M., cuadernillo II, pág. 13.
Lugar: en un panel de anuncios.
Político de buenas intenciones, busca alguien que se las quite.

F.M., cuadernillo rojo, pág. 6.
Lugar: en una silla de la sala de juntas
Aquí, el capital enculó a la política.

Queda claro en los ejemplos seleccionados que este Mairena de Fernando Menéndez se nos ha vuelto no sólo grafitero sino hasta perroflauta. Que divierte y que denuncia. Y que escribe ciñéndose bien a la superficie sobre la que se apoya. Así que no descarten que en un plazo más bien breve la calle haga suyos muchos de estos graffitis. Tienen fuerza y razón.

viernes, noviembre 11, 2011

De Pla

"Yo he tratado de poner adjetivos detrás de los sustantivos y es la única cosa que he hecho en mi vida. Y por esto fumo, para buscar adjetivos. Yo pongo una puerta. Ahora hay que buscar el color de esa puerta... y la forma de esta puerta. Buscar el adjetivo exacto, y si lo encuentro lo pongo. Raras veces se encuentra el adjetivo. Pero si se encuentra el adjetivo, uno se puede ir a comer a casa. Comer una sopa, una tortilla. Y no envidiar nunca nada a nadie."
Josep Pla
Ver el documental: Josep Pla, a 30 años de su muerte
(De entre los Imprescindibles de RTVE)

jueves, noviembre 10, 2011

Campaña

Pugna televisiva entre Rubalcaba y Rajoy. Uno con sus lastres. El otro con sus taras. No hubo fuera de combate. Se decidió a los puntos. Me fui a la cama sin aguardar el recuento. No estaba dispuesto a que tanto juez parcial como anda suelto terminara por quitarme el sueño.

Vi a T. haciendo campaña. Iba embutido en una camiseta del color de su partido y montado en una bicicleta que llevaba atados al manillar algunos globos del mismo color. Afortunadamente no adivirtió mi presencia. Mejor así. Se evitó el bochorno. El mío al menos: bochorno ajeno. Sabido es que el fin no justifica en ningún caso los medios; tampoco, por tanto, los de locomoción.

Nuevo debate. Esta vez a cinco voces. Todos solistas. Ninguna armonía coral. Así nos va. También éste me lo inyecto en vena. La campaña amenaza con dejarme cara de yonqui. Debería cuidarme más y quitarme de semejantes vicios.

Mi mujer vota por correo. Sólo pensar en que podía presidir de nuevo una mesa electoral le provocaba pesadillas. Ayer llegaron las papeletas electorales. Se les ha dado uso. Al dorso, apuntamos  la lista de la compra. El papel es de mala calidad y transparenta el nombre de los candidatos. Es como escribir sobre sus espaldas. Sherpas de ultramarinos.

martes, noviembre 08, 2011

Apuntes

Ahora sabría, demasiado tarde me temo, darle respuesta cierta a la pregunta de qué querría ser de mayor: un rentista con el gusto suficientemente educado como para escribir un diario ameno e inteligente, como para vivir a gusto en una ciudad de provincias, como para envejecer sin más sobresaltos que los propios de un padre razonablemente afortunado y de un hombre descreído y sin embargo empeñado en apurar cualquier dicha, pero en sigilo.

He aprendido a que no merece la pena apostillar las opiniones políticas de quienes, con demasiada fe y escasa intuición, se desahogan creyéndome de los suyos. La sola perspectiva de que ese plural me abarque termina por enmudecerme. El silencio, por tanto, puede ser a veces un esfuezo más social que la palabra.

jueves, noviembre 03, 2011

Caxigalíne(a)s

Amanece mientras camino hacia el trabajo. El sol se levanta sobre mis hombros.

¡Cuánto entusiasta de si mismo: fieles, militantes políticos, hooligans, patriotas…!

Campaña electoral: la competencia desleal le arrebata las calles por unos días a los testigos de Jehová.

Lectura especular. Hay quien siempre busca en lo que lee no la réplica o la duda, sino la confirmación de sus certezas.

domingo, octubre 30, 2011

Muy despacio

Paseo con mi padre. Buen día, pero es sin duda otoño y el sol calienta hasta donde puede; aunque si, como hoy, viene la luz franca y el cielo limpio, se hace agradabe sentarse en un banco a leer, a charlar o simplemente a dejar pasar la mañana. Hasta llegar a los jardines, cruzamos unas cuantas calles. Caminamos despacio. Muy despacio. Mi padre arrastra casi los pies y a veces incluso ni nos da tiempo a llegar a la otra acera cuando el semáforo se nos pone en verde. A ese ritmo nos hacemos más visibles. Supongo que por eso solemos pararnos siempre con algún conocido a pegar la hebra. Y quizás también por eso mismo tengo la impresión de que, cuando acompaño a mi padre, saludo a más gente que de costumbre. Hoy nos hemos sentado bajo las ramas casi desnudas de un abedul. Con sólo estirar la mano podría tocar las estrías de su corteza blanca. A las hojas se les veía al trasluz la ocre consunción del otoño. Algo más allá, la hiedra trepaba por el muro algo vencido del viejo hospicio. Hemos venido abrigados y la luz del sol entibia nuestra única desnudez: las manos y el rostro. En el periódico se anuncia que Irlanda ha elegido a un poeta como presidente. En sus versos, Michael D. Higgins escribió también en una ocasión sobre la hiedra: "The ivy´s leaves are bright and green / Don´t bring it home / Our mother said / There´s bad luck in that ivy" (Las hojas de hiedra son brillantes y verdes. “No la traigáis a casa / –dijo nuestra madre-. / Esa hiedra da mala suerte. ) De vuelta ya, veo sobre una esquina del baúl que las hortensias se han ido secando poco a poco a la luz de las ventanas.

jueves, octubre 27, 2011

José y Pilar

Sensaciones contrapuestas. Estar y malestar. Porque estar ya es bastante y porque estando casi todo se puede. Pero también, cómo no, la manoseada dicotomía de la risa y el llanto. Y a la par —por no abandonar la dualidad—, otras: intimidad y exposición; casa y mundo; silencio y estrépito; mesura y arrebato. José y Pilar es la película. Vengo de verla. En la misma proyección albergó uno el contento de dos horas de metraje intenso y la incomodidad de sus circuntancias: pantalla escasa, sonido ratonero y público que entraba y salía a través de una puerta tan ruidosa como la de un castillo. Esos desdoros sientan aún peor sabiendo que en la sala está Pilar, conociendo además su genio. Y a fe que lo sacó a relucir desde las butacas del teatro una vez todo hubo acabado. La tuve cerca y me pareció que el traje de rayas diplomáticas que vestía le daba una apariencia más enjuta y también más enérgica. Pidió disculpas que no le correspondían. Estar allí aún rumiando las últimas imágenes de la película y, al tiempo, padeciendo malestar porque no todo hubiera salido como se merecía Pilar. Estar y malestar. Cuando se rodó, a Saramago le quedaba poca vida. Quizás por ello la apuraba a un ritmo insano: viajes, conferencias, entrevistas, firmas de libros. Contagiado por la vitalidad de Pilar. Creyendo, tal vez, que era la suya. Pero ya no tenía tanta. Por eso se le ve refugiarse del tráfago en el ensimismamiento; por eso busca economía al esfuerzo a través del tono de su voz;  por eso usa como antídoto contra el agobiante tumulto de las gentes que tantas veces lo rodean, un humor brillante y casi íntimo, una ironía amable e ingeniosa. Según parece, Miguel Gonçalves Mendes, el director, le dedicó cuatro años al rodaje. De ese seguimiento a la cotidianidad de la pareja protagonista hay más de doscientas horas de grabación. Se han reducido a ciento veinte minutos urdidos en torno a la escritura de la última novela de Saramago, El viaje del elefante. Una alegoría de la vida: el trayecto esforzado  a través de media Europa de un animal al que después de morir le amputan sus patas para hacer con ellas paragüeros. La visión pesimista de un autor para el que el mundo era barbarie y que encontró consuelo en una mujer con la que convivió más de dos décadas; en una isla de un país que no era el suyo y en la que, sin embargo, levantó su hogar; y en una obra literaria tardía, artesanal, laboriosa y no pocas veces brillante. Como la propia película.

lunes, octubre 24, 2011

Discurso

Uno trata inútilmente muchas veces de poner en palabras lo que de una manera sobrecogedora, pero confusa, siente ante ciertas manifestaciones artísticas que no tienen una explicación sencilla, sino que más bien son como una gavilla desplegada de sentidos. Las canciones de Cohen, por ejemplo, más que historias que pudieran resumirse, traducirse o contarse, son estados de ánimo. Una manera de mirar el mundo que se cierra sobre si misma igual que una gargantilla demasiado justa que nos apretase el cuello con cuentas de versos y nos volviera la voz grave y, en la amenaza del ahogo, hasta misteriosamente sincera. Aunque nadie como el propio Leonard Cohen para explicarlo: “si queremos expresar la derrota que nos ataca a todos tiene que ser en los confines estrictos de la dignidad y de la belleza” (así lo dijo en Oviedo el otro día en un discurso memorable).

jueves, octubre 20, 2011

Renuncias

Las más de las veces no son intencionadas, sino impuestas. Por más que una indulgencia compasiva nos excuse de la verdad y creamos, convencidos, que aquello a lo que renunciamos no forma parte ya de la ilusión del deseo, sino sólo del recuerdo de un antojo. Así resulta, al menos, casi todo lo que los años alejan de nuestras manos o vuelven difícil o simplemente imposible. Pero la renuncia en la que ahora pienso, que me impuse tiempo atrás y que cuida y alegra mi ánimo desde entonces, es otra: la renuncia al cuerpo a cuerpo de las ideas, de las filias y los desafectos. Porque he venido a saber que nada justifica la certeza sin sombra. Sólo quienes desmemoriadamente profesan las sucesivas lealtades ideológicas sin reparar en que se aferran a cada una de ellas como a fes de dioses antagónicos, sólo ellos se pretenden siempre indemnes al intercambio de golpes, a la dialéctica ensimismada, a la militancia atrincherada, a los profetas y a las banderas. Su renuncia es otra: a la generosidad de la duda.

lunes, octubre 03, 2011

Prórroga

Dejo a un lado lo que estaba leyendo. Apoyo mi cabeza en una piedra y me cubro el rostro con el sombrero. Abro los ojos al cielo a través de su trenzado flojo. Anoche nos acostamos tarde. Se habló largo, se cenó un sabroso pulpo seco, se bebió rosado de Provenza y se fumó más de lo debido. Me vence por eso el sueño ahora bajo los lunares de sol que se cuelan entre la paille du chapeau, mecido por los espaciados golpes de las pocas olas que llegan a la orilla. Me vence el sueño en la felicidad de un otoño que se ha agarrado desesperadamente a la luz de la estación en fuga, como los golfos sin un chavo que se colgaban muchos años atrás de los tranvías en marcha. Pienso en que cuando despierte me daré un baño. Está el agua quieta y casi trasparente, así que será fácil alcanzar la mar abierta entre las piedras y las algas que la bonanza pone al descubierto. Y será, además, un placer dejarse flotar como una botella a la deriva que llevase dentro el poso de un sueño reciente. Sigue en este octubre milagroso calentándonos el sol por dentro; y, como escribía José Antonio Muñoz Rojas, nos hace pensar que no es la vida la que nos lleva, sino que nosotros somos la vida.

miércoles, septiembre 28, 2011

Un par de caxigalín(e)as

Tenía unas convicciones tan sólidas como lastres.

Las recomendaciones de libros, música o cine, a que uno se atreve al amparo de la amistad o el trato cotidiano, deberían ofrecerse siempre con el tiento inseguro que antaño ajustaba las citas entre pretendientes, y nunca, por tanto, con la arrogancia con que a menudo se holla lo que se da por yermo.

lunes, septiembre 26, 2011

Vinilo

Entre prendas sucias y arrugadas, muy en el fondo de la maleta como el órgano aún caliente de un trasplante, traía mi hijo desde Chicago su pequeño tesoro cosmopolita. Se refirió a él con preocupación cuando lo recibimos en el aeropuerto: espero que haya llegado bien, lo envolví con toda la ropa que pude. Llegó, así fue, en perfecto estado. Salvó el océano, el maltrato de las bodegas de los aviones y de las cintas trasportadoras. Y sonó en el tocadiscos con ese roce de otro tiempo que las agujas y el polvo le ponen a la música. Ese vinilo tiene casi mi misma edad. Supongo que a los ojos de mi chaval empiezo a ser casi un viejo. Y sin embargo, él escucha esas canciones que llevan sobre sus letras los mismos años que cargo yo sobre mis hombros, con la atención que se le pone a todo lo que supone un descubrimiento y se antoja fresco y vigoroso. Mira, además, esa portada a contraluz, tomada en la esquina de Jones y West 4th del Greenwich Village neoyorquino, en invierno y con una luz sucia al fondo, con una extraña familiaridad, la que permite que una cámara le robe al tiempo su poder de erosión y detenga para siempre en una edad temprana a quienes eran por entonces sólo un poco mayores que él ahora, a quienes visten no demasiado distinto a como a él le gusta, y a quienes se arriman uno a otro con el cariño absoluto que sólo se goza y se padece en ese tramo escaso de la vida. Suzanne Rotolo era esa chica envidiable que sale en la portada. Novia de Dylan cuando les tomaron esa foto para The Freewheelin. Hija de unos emigrantes comunistas italianos, fue educada en la batalla por los derechos civiles. Cuando Dylan se enamoró de ella —lo cuenta en sus memorias, Chronicles— era un tipo apenas pulido y que acababa de llegar a Nueva York desde la profunda Minnesota. Aunque ella era más joven, tras mudarse a vivir juntos, influyó poderosamente sobre el cantante, quien se empapó de una conciencia social de la que luego bebieron sus letras. "Desde el primer momento en que la ví no pude quitarle los ojos de encima, ella era la cosa más erótica que jamás había visto. Era muy hermosa, con la piel y cabello dorados y de sangre italiana. Empezamos a hablar y mi cabeza comenzó a girar". Suena el disco en el salón y me despierta una punzada de nostalgia. La de una música vieja, la de una edad perdida, la de un aliento para el que no queda fuelle en el pecho, pero que alguien próximo y querido se empeña, según parece, en sostener con los acordes todavía entre alfileres de unas canciones eternas.

viernes, septiembre 23, 2011

La mariposa de Allariz

Por entre las piedras de granito y de pizarra crece una hierba agostada, espesa y puntiaguada. El sol de la mañana la quema al tiempo que le quita aristas a los dólmenes de Ibarrola. A esta hora sería difícil buscarle arrugas a la pincelada. Todo tiene un aire simple de ritual, un primitivismo alegre y animista. Desde el aire podrían ser las migas arrojadas a un pájaro colosal. A su altura, el lomo dócil de animales que pastan. Al caminar, hay un ruido bajo los pies como de vidrio menudo que se rompe, de animales invisibles, de amenaza. Camino del bosque dejamos ese lado del mundo en poder de las serpientes. No las hemos visto, pero están ahí. Tan quietas como las piedras pintadas, pero mucho más acechantes. Al otro lado del río, nos recibe el agua y la sombra, la hierba verde y el barro, la vida infinita y minúscula que sobrevuela la superficie del cauce. Y una mariposa enorme y roja. Decía el maestro interpretado por Fernando Fernán Gómez en La lengua de las mariposas que estos lepidópteros tienen una trompa enroscada como un resorte de reloj y que si hay una flor que los atrae, la desenrollan y la meten en el cáliz para chupar.  Y les ponía a sus alumnos un ejemplo de cómo funcionaba esa lengua: “Cuando lleváis el dedo humedecido a un tarro de azúcar ¿a que sentís ya el dulce en la boca como si la yema fuera la punta de la lengua? Pues así es la lengua de la mariposa”. Así sentíamos la sombra próxima cuando estábamos bajo el sol del mediodía. Así el tacto apacible de la piedra pintada desde la alameda. Así la memoria de esos días tan gratos en la distancia con que ahora recordamos ese paisaje que fue también el del rodaje de aquella hermosa película.

martes, septiembre 20, 2011

La casa y el fuego

Es algo parecido a lo que se siente cerca de las hogueras: mientras permanecemos a salvo de lo que arde y vemos fascinados las formas de su combustión, la intensidad de su luz; mientras nos conforta ese calor del que somos dueños con sólo mantener las llamas a la distancia precisa. En esta casa abierta en sus balcones al jardín y a los mediodías, le dejamos al sol una ranura apenas entre las contraventanas, lo justo como para que, como una lámpara avara, alumbre nuestra habitación, donde el sopor de la siesta ralentiza lecturas, caricias y palabras; donde esta umbría tibia nos da el mismo placer que el reflejo de un fuego en medio de la noche.

lunes, septiembre 19, 2011

Brétema

En Niñodaguia aún no había abierto el alfar. Habíamos madrugado porque en Xunqueira los gallos son perros y aúllan dando el alba. Estaba la mañana fría y en la carretera que lleva hasta Castro Caldelas se nos echó encima una niebla espesa. Aquí la llaman brétema, y suena por ello suave, semejando más a asunto de cuento que a lienzo que ciega. Llegando al río por el puente del embarcadero se despejó el aire y ganó campo el ojo, que por fin lo vio todo mejor y muy atento, colgado de las terrazas que desde el cauce le ponen peldaños al acantilado y vides, miles de vides repletas de uva. Y era, para nuestra dicha, día de vendimia. Pequeños grupos de equilibristas se afanaban en la cosecha, doblándose a por los racimos y cargándolos luego al hombro en cestos y cajas. Alguien nos dijo después que este vino es faena de héroes. No hay para tanto, cree uno, porque lo que aquí se hizo fue como en tantos otros sitios aprovechar como mejor se pudo la tierra. A la de estas laderas, protegida, soleada, bien regada de lluvias y brétemas, se llegaba a veces sólo desde las barcas, o atándose para no precipitarse al río. La recompensa de la uva valía la pena. Hoy la vale más que nunca, que hasta denominación de origen se le ha dado. Sigue siendo cosa de familias, de pequeñas bodegas. Era, digo, día de vendimia. Se voceaban unos a otros. De ladera a ladera. Y hasta de pronto desde una de las terrazas más altas sonó una gaita. Se hizo un alto entonces en el trabajo. Y al tiempo se nos hizo un nudo a los blandos en las ternillas. El agua oscura y quieta. El verde intenso del viñedo. Las salpicaduras de color que aportaban las ropas de los vendimiadores. El negro de la mencía. El oro del godello. Y por encima de todo el sfumato de la niebla y la música de aquel tipo que dejó por un momento el trabajo y tocó con gusto y alma para todo el valle una melodía alegre, con sus sucias manos sobre el puntero y sus zapatos llenos de tierra afirmándose al risco como las pezuñas de una cabra. Recordé una canción de Van Morrison que habla de un gaitero at the gates of dawn y en the coolness of the riverbank. Era, en efecto, una hora temprana y fresca. Antes del sol del mediodía se habría recogido mucha de esa uva con la que un día se hizo el vino de Roma, a donde se llevó en ánforas de Gundivós, pueblecito al que nos dirigíamos. Cerámicas selladas por resina de pino que, una vez vacías, se enterraban por el Testaccio bajo capas de cal que mataban su olor, vertedero que llegó a levantar una pequeña colina sobre la que hoy reposan Keats y Shelley. Un vino arrancado con supremo esfuerzo al vértigo de las laderas, una cerámica noble que lo contenía hasta su consumo y un terreno donde moría el último rastro del Sil, el aroma agrio agarrado a la resina del barro. Un cobijo de alegría que terminó, con el tiempo, en camposanto de poetas, que siempre prefieren lo profano.

domingo, septiembre 11, 2011

Gato

En la última hora de la tarde, cuando volvíamos del bosque, lo encontramos acurrucado contra la pared caliente. Se enredaba en la luz rasante de ese sol que antes de ponerse deja su bendición tibia sobre la piel en los días radiantes. M. le ha cogido cariño. Aparece por casa cuando le acucia el hambre o las ganas de una caricia sobre el lomo. Ya se había dejado ver antes, cuando tomábamos el café en el jardín. Con más recelo, según parece, que otras veces. No en vano había allí rostros, voces y manos que le eran desconocidas. Quizás por eso anduvo esquivo. Comió y se fue. Libre y sin nombre. Como todo gato de aldea. Cuando lo descubrí al volver del paseo y me puse a fotografiarlo, se incorporó con alerta desde su abandono. Irguió el cuello y vigiló mis movimientos sin dejar del todo el calor como de nido de ese rincón donde apuraba el día. Un trono acaso de costumbre desde donde para su paz nos vería irnos sólo un rato después, dueño —como decía Borges en su poema— de un ámbito cerrado como un sueño, el de esta casa a donde acude a diario con la misma intención que nos llevó allí también a nosotros el día de la foto: el abrigo de un trato siempre generoso en el sosiego de lo que sin ocultarse se mantiene milagrosamente a salvo y escondido.

Y nueve

El globo en fuga de un niño se vuelve tan incierto como el reflejo de un nueve: soga o corchea; música o escarnio.

jueves, septiembre 08, 2011

Ocho

En el hotel promocionaban noches románticas. Regalaban incluso un kit de lujuria. Al abrir la cajita roja, las esposas dibujaron un ocho; y en su boca, ella, una sonrisa cómplice.


miércoles, septiembre 07, 2011

Siete

Si trepar a un siete y avanzar justo hasta el borde es como alcanzar un mirador desde donde el paisaje nos suspende el aliento, ¿no será entonces llevar un diario como hacerse un siete en nuestros más blandos menudos?

martes, septiembre 06, 2011

Seis

Durante las fiestas, las copas nos despojan poco a poco del pudor y los adornos. Al soplar el matasuegras de la nochevieja volvemos románico un seis barroco.

domingo, septiembre 04, 2011

Una última vez

No se suele saber casi nunca cuando se está por última vez en un lugar, con una persona, sosteniendo un libro, escuchando una música, saboreando un vino o simplemente bañándose en una playa. No obstante, algunas veces sentimos de un modo más cierto ese peso de finitud sobre los hombros. El viernes fue uno de esos días. Había en todo como un aire de elegía. Era el tramo final de la semana, del verano, y, ya avanzada la tarde, era también el final de un día de luz tamizada y caliente, de un mar pleno y en bonanza, de una cala silenciosa y casi vacía. Cuando entré en el agua, la pleamar veteaba el sopor de la orilla con ligeras corrientes frías que espolearon mi brazada. Mar adentro había una trasparencia de cristal bajo la que zigzagueaban casi en la superficie pequeños cardúmenes de pececillos confiados. Mientras, al fondo, donde no se hacía ya pie, el magma indescifrable del pedrero sumergido y su vegetación oscura, la vida oculta que allí se intuye, me despertaba una vieja aprensión cobarde: la desconfianza hacia lo que la mirada no alcanza, hacia lo que razón no comprende. Moviéndome para no hundirme y levantando mis gafas de buceo hasta la frente, mire hacia la playa. Era como un mundo recogido y a salvo sobre el que empezaba alumbrar el ámbar del atardecer. Nadé despacio hacia aquel regazo. Sin secarme siquiera el salitre, leí durante un buen rato. Sin ganas de que nada se acabase. Ni la luz, ni el día, ni el verano, ni las páginas del libro donde Graham Swift escribió que ciertos sonidos exudan a veces lentitud. La misma, pensé, que uno quisiera darle también a estos renglones que intentan demorar la incertidumbre de si se estaba o no viviendo acaso una última vez.

sábado, septiembre 03, 2011

Cinco

Después de que el paso de un cometa deje un rastro de tilde sobre la luna creciente, brilla en la noche la órbita de un cinco satélite.

viernes, septiembre 02, 2011

Cuatro

Si a ese John Silver —que es un cuatro con loro en el hombro— le creciera la pierna que no tiene, como a las lagartijas su cola amputada, dejaría de ser un pirata lenguaraz y engañaniños para volverse de repente tan inesperadamente mudo como la hache que su nueva sombra reflejaría en la cubierta de la Hispaniola.

jueves, septiembre 01, 2011

Tres

El tres apenas si puede ser más que el esbozo de la sombra de un vencejo. No otra cosa alcanzamos nunca a retener de ese pájaro que vive, duerme y copula en el vértigo de su interminable vuelo.