La calidad literaria de una obra no se mide, es sabido, por la calidad humana de su autor. Hay canallas que escriben como ángeles y ángeles, en cambio, que le guardan vasallaje a los renglones más torcidos de Dios. Así que no siempre nos encontramos con un libro como Los jardines en ruinas, escrito por un tipo ejemplar en lo civil y admirable en lo creativo.lunes, junio 24, 2019
Los jardines en ruinas, de Juan Ignacio González
La calidad literaria de una obra no se mide, es sabido, por la calidad humana de su autor. Hay canallas que escriben como ángeles y ángeles, en cambio, que le guardan vasallaje a los renglones más torcidos de Dios. Así que no siempre nos encontramos con un libro como Los jardines en ruinas, escrito por un tipo ejemplar en lo civil y admirable en lo creativo.jueves, mayo 23, 2019
La vida menguante, de Pedro Luis Menéndez
La vida menguante
Pedro Luis Menéndez
Trea, 2019
Cuando la poesía, o la pintura, no se mueve
estrictamente en el terreno figurativo, las interpretaciones de lo que se lee, de
lo que se observa si estamos ante un cuadro, precisan de un esfuerzo añadido de
reflexión y sensorialidad que puede ser muy gratificante si logramos entablar
un diálogo fructífero con la obra a la que nos enfrentamos. Viene a ser, a
pequeña escala, como familiarizarse con un idioma distinto y empezar a
conversar en esa lengua recién adquirida con quien la tiene por propia.
La vida menguante mantiene
el acento grave de los dialectos litúrgicos. No hay en sus versos resquicio
alguno para la ligereza o la ironía. Así que una vez que estos versos llegan a
nuestras manos, a nuestros ojos, conviene saber que nos adentrarán en un ámbito
de penumbra, de declamación laica, sostenida por un discurso que no narra los
hechos de la experiencia, sino las sensaciones que como un limo, sucio pero
nutriente, nos deja en lo íntimo el curso de la existencia.
Pedro Luis Menéndez lo advierte: “No quiero hablar más claro”. Su expresión,
queda apuntado, no es transparente, pero aporta suficientes referencias como
para que el lector cómplice, quien desde el mismo título del libro entienda que
está compartiendo con el autor el desasosiego por el paso del tiempo y las
incertidumbres que esa mengua acarrea, pueda deambular por el poemario alcanzando
en todo instante el sentido último que lo alienta: “Cada quien en su cárcel entiende lo que digo.”
El libro se divide en tres capítulos: El camino, Ariadna y Al otro lado de la
desolación. Y aun manteniéndose en los tres una voz parecida, nunca
condescendiente, siempre grave, puede advertirse en la división una sucesión
hegeliana que avanza desde el irreversible desenlace del camino (en el que
andamos y del que somos más conscientes a medida que se consume), pasando por el
consuelo del amor y alcanzando, por síntesis devastadora, el final, al tiempo,
del afecto y de la vida.
El camino se repasa en la noche, con frío,
sufriendo duermevelas que nos hacen temblar, en un inventario insomne: "Mi historia son recuerdos de noches sin
sosiego", en expresión que viene a ser el envés de aquel mil veces recitado verso
de Antonio Machado que hablaba con
nostalgia del patio sevillano de la infancia. Nuestro autor, por contra, no
incurre en añoranza sentimental alguna, y cuando alude a la niñez toma ésta la
forma desoladora de un parque vacío: “El
tambor de la muerte / retumba como un bosque de lápices gastados. / Una vez
algún niño habitó mis rincones. / El parque está vacío.”.
La noche, esa que “impide que concilies / el sueño que te salva”, y a la que se nombra
en treinta ocasiones a lo largo de La
vida menguante, asume un papel acorde al enfoque distinto otorgado a cada
una de las tres partes del libro: es fatiga desvelada en El Camino, lugar propicio para el encuentro amoroso, o para el
sueño custodiado de quien se quiere, en Ariadna
y, finalmente, “noche maldita” en Al otro
lado de la desolación, porque para entonces “El corazón se oculta / en rincones sin sueño, galopa en el vacío, / palpita
en los despojos de una vejez que llega / sin que nadie la llame. / No puedo con
la noche que me aplasta sin tregua, / tan segundo a segundo, tan ausencia y
silencio. / Y ya no estás.” Esa
ausencia última recrudece, hasta la desolación, el insomnio.
La noche se convierte en el ámbito temporal (casi
espacial) desde el que afluye la reflexión y el sentimiento, que se urden en lo
creado por un hombre que no sólo sabe que envejece, sino que además lo hace sin
encontrar sentido a ese final inexorable para el que tampoco tiene un dios en
el que ampararse. Dice Pedro Luis Menéndez en dos poemas diferentes, pero
sucesivos y que nos sirven por ello para encabalgar sus versos: “La soledad se paga a un dios que no
responde. / Esta tarde la muerte ha cruzado mi casa / como una pesadilla sin
sentido.”
No es casual la cita que abre el libro. La de un
Jean Giono que nos habla desde la vida definitivamente menguada. Su epitafio
fue este: “Donde voy, nadie va, nadie ha
ido nunca, nadie irá. Voy solo, el país es virgen y se borra tras mis pasos.”
Es la advertencia de que existe un destino único para todos, porque nadie lo
afronta igual a pesar de ser siempre el mismo. Un destino al que nos
encaminamos sin que nuestras huellas duren más que un suspiro en el tránsito. Pero
a pesar de esa fugacidad, el repaso al viaje deja, para Pedro Luis Menéndez,
algunas certezas: “Lo más difícil, pueden
creerme / que no hablo de oídas, / es permanecer / en la misma línea, no
moverse un milímetro, / no dejarse seducir por ningún bando, / ser uno mismo.”
Ahí, entiendo, se encuentra la manera distinta, única si se desea, de asumir
ese paso por el mundo del que habla Giono, el componente ético de nuestra
existencia.
La vida menguante no es
un libro esperanzado, pero tampoco es un alegato nihilista. Al compromiso con
la integridad a la que se apelaba en los últimos versos extractados, ha de
añadirse, como razón de vida, el amor. Y de ello habla el capítulo Ariadna. En este laberinto en el que
todos vivimos y cuyo final es más que previsible, podemos aferramos al hilo del
afecto, carnal o tierno. El primero espera por la amada y convierte en dulces
ciertos días “cuando tienen tu rostro, / tus
ojos encendidos en el límite exacto del amor”. Entonces “la vida sí importa”. El segundo, cuando
nos acercamos al sueño de una niña, quizás de la hija, y descubrimos en él un
asidero impagable: “¡Qué refugio son
siempre los sueños de los otros!”. Y entonces, nuevamente, nos congraciamos
con la vida: “Los herejes sabemos que alguna
vez la vida / va y merece la pena. / Aunque dure un instante la eternidad es
cierta.”
La amada se retrata deseada desde la distancia en
estos poemas centrales del libro. Por eso se ansían y se cantan los encuentros.
Por eso y porque se sabe una pasión de madurez amenazada también, como la
propia vida, por el avance del tiempo: “Constato
que, pasada con mucho la mitad / de mi vida, puedo darte de todo / menos tiempo.”
Y quizás contraviniendo en parte el decir comedido de todas las composiciones
del poemario, su austeridad en referencias y su ausencia de narraciones puntuales
y acotadas en circunstancias, encontramos cerrando casi este capítulo segundo
un poema largo, de veinticinco medidos alejandrinos, rematados por una cita
bien traída y mejor encastrada de Pedro Salinas, que relata cómo eran los
viajes, reales, a través de Cembranos, Benavente, Rueda…, que llevaban al autor
a encontrarse periódicamente con su esa mujer que ama y anhela, y donde se da
noticia incluso hasta de la dedicación del autor, un profesor cansado, dice, de
exámenes y clases. “(… ) El río / que
hacia ti me transporta por esta carretera / con carteles difusos: Cembranos,
Benavente, / Rueda al fin, Guadarrama. En Arapiles borro / el rastro de mi
estela, me detengo, contemplo / tu sonrisa brillante, tus manos siempre frías,
/ tu corazón abierto que acoge mi cansancio / después de otra semana de
exámenes y clases, / reuniones, visitas, canciones que no siento, / palabras
que pronuncio con el alma en la mano, / disección de poemas, exposición absurda
/ si no fuera algún verso que se cuela de pronto / más allá de su oído y
sientes que su fuerza / les llena la mirada, mientras yo te recuerdo / desde el
norte y la lluvia, y te evoco en silencio / y las aulas son solo la pausa
necesaria / para volver a ti…”
Pero el final del libro tiene, como ya antes se
apuntó, un desenlace en el que no sólo se recupera el inicial trance amargo de
la noche sin sueño, sino que a él se añade la derrota del amor, que vuelve “las noches malditas”. Estamos al otro
lado de la desolación, donde “ya no hay más
viaje que el retorno al vacío”
A los buenos poetas debería costarles leer en público
sus versos. Afloran a la superficie demasiada verdad cuando están tan bien
escritos que son la exacta cartografía del alma, esa nube interior que ya sé
que no existe, pero que también sé que, aun no existiendo, duele.
Para Pedro Luis Menéndez no ha de ser fácil en
las presentaciones transparentarse en la lectura de lo que ha escrito con tanta
sinceridad después de treinta años sin publicar poesía. Quizás por ello ha
tardado tanto en dar a imprenta este libro. Tampoco es fácil para el lector que
se sienta concernido, por edad y/o sensibilidad, con lo que La
vida menguante cuenta, verse reflejado sin sobrecogimiento en estas páginas
que describen tan bien y tan crudamente el preludio de lo incierto.
viernes, abril 26, 2019
BOAL
Publicado en El Cuaderno.
BOAL
AS ANDOLÍAS
Barbuxándome al ouguido / cuntóume que fóra / taba empezando a orbayar
/ qu’al principio era miudín / peró qu’as torbuadas avisan cedo.
/ Díxome, tamén, mollemente, / que marchase, qu’os outros xa lo fían,
/ qu’as andolías nun esperan al inverno / pr’aveirarse y nun
esfrecer… peró, eu penso / que nunca chegaron a sentir el frío.
Miguel Rodríguez Monteavaro
Hay lugares que
se eligen. Vivimos voluntariamente en ellos o los alcanzamos a través del deseo
que es el viaje proyectado. Otros, sencillamente se imponen. Contra nuestra
voluntad o sin que nuestra voluntad pueda o quiera oponerse. Ningún remedio,
por ejemplo, obra efecto contra la señardá cuando le impone al
alma sus propios lugares.
Que el ánimo
extrañe territorios con tristeza sólo puede deberse a alguna suerte de pérdida.
Irse obligado del terruño amado, perder su suelo y su paisaje, tizna de pena el
corazón del que se va, pero amputa también muchas veces la identidad de su
descendencia. De esa geografía del alejamiento nace mi propia señardá,
la que albergo, como una sensibilidad congénita, hacia la pequeña patria de mis
padres, de la que fueron expulsados por la miseria de la posguerra.
A vista de dron,
en un día soleado, todo en ella tendría una apariencia arcádica. A los prados
de verde desigual, a las casas de muros blancos, al argenta pulido por la luz
en las pizarras, a ese conjunto de tierras fértiles salpicado de casas, bosque
y unas pocas cabezas de ganado, extendido entre Penouta y Penácaros, una voz en
off le añadiría quizás la antigua descripción que de todo ello hiciera Bernardo
Acevedo y Huelves allá por 1898, en Boal y su concejo:
"Al abrigo
de la sierra de Penouta y al comenzar la cañada del Navia, siéntase la villa de
Boal, dividida en dos grupos de población: Boal de arriba y Boal de abajo.
Arriba están las casas antiguas, los callejones angostos, las población
labradora y pastoril; abajo la villa nueva, con plazas espaciosas, iglesia,
consistoriales, con el edificio moderno, y el comercio y la industria. […]
Ambos núcleos están rodados de caseríos y aldeítas, a modo de marcos que los
abrazasen, y casi dentro del poblado hay sotos frondosísimos de abedules,
robles y castaños que, en verano, son paseos excelentes."
Ese librillo,
reeditado en 1984 en facsímil por Mases, es de la poca bibliografía que puede
encontrarse sobre la historia, costumbres y geografía del concejo.
El narrador de
ese ficticio documental aéreo quizás le añadiese entonces, a modo de guinda,
unos versos en la fala de la tierra: «Vista más guapa nun hay/ desde Coruña
hasta Oviedo:/ solo San Pedro las ten/ desde a súa porta nel cielo». El
autor, Benjamín López, que fue talabartero y poeta, murió joven, en 1964, a los
cuarenta y seis años, dejando una obra costumbrista recopilada póstumamente en
un libro titulado Montañas verdes, en el que no pocos versos
expresan una señardá agridulce hacia el tiempo de la infancia.
Esa manera casi
paradójica de enfrentarse a la señardá, ese visión a la vez grata y
doliente, tiene su correlato en dos novelas ambientadas en ese territorio, La
memoria de los árboles, de Conchi Sanfiz, y Aunque Blanche no me
acompañe, de quien esto escribe. Boal se vuelve Olba en la primera y
Brocal en la segunda, conscientes los autores de que el escenario es evocación
y de que toda evocación recrea más que retrata.
Concepción
Sanfiz, la autora lucense de La memoria de los árboles, vivió con plenitud el
ejercicio de su profesión de maestra en ese destino que llamó Olba. Su novela
agradece lo que Olba le dio durante aquel tiempo: «En teoría iba a Olba para
enseñar Literatura Española. En la práctica, eso procuré hacer lo más
dignamente que supe, pero para mí fue más importante lo que aprendí que lo que
enseñé». Olba se convierte, pues, en un relato urdido de historia
recuperada, friso de sugestivos paisajes cambiantes al ritmo asumido de las
estaciones, compromiso con el lugar y estrecha comunión con los olbenses. Una
narración escrita ya desde la distancia espacial y temporal, con señardá
agradecida, en evocación, por tanto grata, hacia un pueblo, Olba, fijado para
siempre en un momento en el que todavía cabe la esperanza de que no lo alcance
nunca del todo el despoblamiento y su ruina, amenaza que sí se cierne,
desdichadamente, sobre el envés de su anagrama, Boal.
"Ante el
más leve indicio de primavera, muchas de estas casas vuelven a convertirse en
hogares. Algunas lo son de verdad durante los períodos vacacionales y eso
confiere a su aspecto un tinte de expectación permanente, como si fueran
enfermos de pronóstico incierto que confiaran en una pronta recuperación.
También su recuperación es un espejismo: sus propietarios las habitan unas
semanas al año; en el mejor de los casos, realizan en ellas unas mínimas tareas
de mantenimiento y luego las condenan de nuevo al abandono hasta su regreso. Y
sin embargo, en esos contados días en que el clima se vuelve benigno y casi nos
convencemos de que existió la Arcadia, alguna vecina, encargada de cuidar de
esas viviendas huérfanas, se apresura a ventilar sus dependencias, y se ve a
las casas tan alegres de barruntar una próxima llegada de sus dueños, que da
aún más pena contemplarlas de nuevo herméticamente encerradas en sí mismas,
aparentando tan sólo una enternecedora dignidad tras la que se esconde el dolor
de su vacío, la nostalgia irreprimible del tiempo en que fueron hogares."
Aunque Blanche no me acompañe habla de
una señardá distinta: la de un hombre que viaja, cada semana y
casi por inercia, desde la ciudad hasta el pueblo de sus padres, buscando una
identidad perdida en un ámbito, que aun admitiéndolo agónico, sabe que le es
indefectiblemente propio.
"En
contra de lo que suele ser más habitual, avivar la marcha ante la proximidad
del destino al que nos dirigimos, en esos veintiocho kilómetros últimos suelo
conducir despacio. Si ralentizo mi recorrido es porque sabiendo que ese
trayecto me transforma, me recreo en las sensaciones de la metamorfosis: un
ligero desasosiego, una tristeza placentera, una identificación detallada y
casi lujuriosa con los olores, con los sonidos y con el paisaje. Los topónimos
del espacio geográfico al que tan ligado me siento, cuando más que pronunciados
se recitan como versos bien medidos, son mi propio mantra de inmersión en el
lugar. Mientras conducía, pensaba esa mañana en estos viajes como indagaciones
meticulosas del interior de una matrioska. Yendo de la gran muñeca inicial que
contiene la ciudad a la última y minúscula figura en la que sólo cabe la casa
familiar; yendo del universo que es capaz de albergar una serie menguante de
mundos, al reducto irrespirable que no sólo no puede abrirse sino al que en su
pequeñez ni tan siquiera se le puede dar casi forma y rasgos precisos:
muñequita sin cintura, hueso amargo. Todo el aire liberado del resto de las
matrioskas gira por eso como polvo estelar en torno a la pieza indivisible,
todo el contenido extraído a los cuerpos demediados flota sobre el vasto
espacio que me acerca a Brocal. Cuántas veces nos han subyugado esos encuadres
fotográficos, fílmicos o pictóricos, esas visiones de las que inesperada y
ocasionalmente somos testigos, en que, por ejemplo, una hipnótica vela hinchada
por el viento surca en la lejanía el inabarcable horizonte marino, o un hombre
pesca en la más absoluta soledad de un acantilado al atardecer, o un correo del
zar galopa en la vastedad de la tundra llevando en las alforjas un diálogo de
grafías entre mundos distantes. Los territorios nos susurran a veces cosas
sobre nosotros mismos de las que casi nada sabíamos, pero tras las que
andábamos por una intuición que es tan redentora como autodestructiva. Así me
siento yo. En eso me convierto en los regresos. Mancha en la nada, candil en la
oscuridad, nave en el océano, última de las matrioskas, muñeca cerrada sobre el
átomo que la constituye, expuesta a la naturaleza y, a la vez, al poso mismo en
el que el alma decanta lo que poseemos, el bien y el mal que nos habita."
Esa señardá,
mi señardá, se parece, por tanto a algunos cuadros de Galano. La
pizarra negra rematando los muros blancos o de piedra vista. Las casas aisladas
en medio de una vegetación más que cómplice, acechante. La lluvia y la niebla
oscureciendo ese encuadre como un paspartú de tristeza propia. Se trata, me
temo, de una hipérbole distópica que asume como inevitable la asolación que
anuncia tanto abandono acumulado: casas, enseres, tierras, molinos, capillas,
huertos, sendas, costumbres.
Pero para que se extrañe un espacio o duela su pérdida, por saberlo lejano o
particularmente frágil a la erosión de los tiempos, esa ubicación, en los ojos
indulgentes de la infancia o en los de quien idealiza el pueblo de sus
ancestros, hubo de tener antes las proporciones ideales de la dicha.
Y Boal las tuvo
en los veranos de cuando era niño, poblados de gente que ya no está, alrededor
de la vieja casa de la abuela ahora en ruinas, en las eras donde ya no se
planta, en los establos despojados para siempre del aliento cálido de los
animales, en los lavaderos en que nadaban los renacuajos como una simiente de
vida telúrica, en la noche donde los ruidos de la naturaleza eran un universo
inquietante para un oído, como era el mío, acostumbrado a la sonoridad opaca de
la ciudad.
Toca a menudo
volver por allí cuando entierran a alguno de los nuestros. Boal no tiene
tanatorio y a sus muertos se les vela en Jarrio. Luego vuelven camino del
pueblo por la carretera que orilla el Navia. Los sigue lentamente un cortejo de
vecinos que procesiona en sus coches durante casi treinta kilómetros. Da tiempo
entonces a irse fijando en el paisaje, en el río encajonado. Incluso desde
algún recodo se llega a ver el mar que dejamos a las espaldas; casi siempre
brillante, casi siempre impetuoso. El cauce que fluye por debajo de la
carretera es, por el contrario, plácido y oscuro. Hay tiempo en esos cortejos
luctuosos para recordar, para observar. El bosque se ha repoblado desde hace
años. Ahoga los caseríos. Trae el jabalí hasta las puertas. Pero me acuerdo de
ver arder mucho tiempo atrás esta foresta a veces. Se quemaba abandonada al
final previsible de toneladas de leña barata para la papelera que se levanta en
el tramo final del río. Una industria que exhala día tras día un humo agrio con
olor a repollo cocido. Por entonces, en el tiempo remoto de aquel fuego,
conducía todavía mi padre cuando íbamos de visita al pueblo. Siempre llevaba el
coche algo más rápido de lo prudente. Conduzco yo ahora y no queda otra que
seguir esta lenta velocidad de entierro que al menos me permite volver a
silabear, al paso, los nombres más hermosos que nadie le haya puesto jamás a
unos lugares: Porto, Villacondide, Serandinas, Miñagón, Las Viñas, Los Mazos,
Armal, Torrente. Todo ellos son la cartografía fonética de mi infancia. El
muerto mientras, como los salmones, sigue ascendiendo cauce arriba hasta el
pozo en el que se desovará la memoria troceada de su vida en el recuerdo de
quienes lo acompañan. El cortejo reduce la velocidad a la altura de la casa que
lo vio nacer. La puerta está cerrada a cal y canto. Se ve ya muy cerca el
caserío entero de un pueblo que hace años que no crece. La plaza abierta entre
la iglesia y el ayuntamiento. Aguarda la gente en los alrededores del templo.
Dejan paso al ataúd. El cura carraspea de puro viejo. Lo llamaban don Vicente.
También trataban de don al que mucho antes fue don Eusebio. Formalidad servil
de los fieles y de los que no siéndolo reconocen que las campanas del templo
marcan las horas de todos los vecinos. Cantan las viejas. «Hoy, Señor me has
mirado a los ojos, sonriendo has dicho mi nombre. En la orilla he dejado mi
barca, junto a ti buscaré otro mar». Cuánto anciano llena los bancos de la
iglesia. Me dan la paz, la doy. Saco unas monedas cuando pasan la cesta. El
sacerdote recuerda a qué hora será la misa sabatina. Los funerales de la
semana. Los oficios preceptivos. A la salida, se forman corrillos. No hay mejor
momento para recobrar la pista de amistades antiguas que un funeral.
Reconociéndose entre las desfiguraciones del tiempo. Compadeciéndose de su paso
en los achaques comunes, en las pérdidas compartidas.
En estos
regresos, cuando vivimos tiempos de patrias arrojadizas, desafiantes y
excluyentes, uno contrae aquí por un momento la suya en la intimidad de unas
fronteras trazadas por el caño de una fuente, la fábrica sólida de unas
escuelas graduadas, el tapiz de unos pétalos de camelia o la cancilla de un
lavadero en desuso. Una patria imprecisa perimetrada en olores: el que impregna
eléctricamente el aire después de la tormenta; el del jabón sobre la llousa de
pizarra en que se restregaba la colada; el sólido aroma del café cargado y
recién hecho; el tibio olor a bosta saliendo de los establos o esparcido como
un rastro de abundancia por los caminos; el del ballico recién segado
confortándonos el ánimo sin que nos expliquemos muy bien el porqué; o el de la
leña que ardía en las cocinas al atardecer y dibujaba una constelación de refugios
seguros. Pero sobre todo, una patria fundada en el afecto hacia las raíces
hurtadas que por instinto añora la savia de nuestras venas.
No hace mucho se
ha abierto en San Luis, una aldea a escasos dos kilómetros de la capital del
concejo, concretamente en sus antiguas aulas escolares, un centro de
interpretación de la emigración boalesa. Pequeño y coqueto. Bien explicado por
quien lo atiende. Se custodian en su archivo documentos de lo que fue una
próspera y benefactora sociedad de naturales del concejo, con sede en La Habana
y que en los años veinte y treinta del pasado siglo financió un puñado de
escuelas y lavaderos en estas aldeas. Aquella sociedad aún hoy pervive. La
paradoja del tiempo ha hecho que los hijos de aquellos que contribuyeron con parte
de su fortuna americana a la prosperidad de la tierra que los vio nacer,
reciban ahora la ayuda que se les envía ocasionalmente desde aquí para mitigar
sus apreturas. Me gustaría encontrar entre los legajos de este centro la
historia de mi abuelo Marcelino, que vino sin un chavo con doce años de la Cuba
donde nació y a la que habían emigrado sus padres, que fue minero, que se casó
en Armal y tuvo seis hijos, y que murió, en el año 40, a la temprana edad de
treinta y ocho años, frente a un pelotón de fusilamiento. Veo con emoción esas
fotos antiguas de las escuelas graduadas de Boal. A esos pequeños asustados que
retrata la máquina del fotógrafo y entre los que estuvieron, por tiempo
demasiado escaso, mi madre y mi padre. A él le pusieron un nombre francés,
René. Nunca supo la razón y nunca me habría entendido si en broma le hubiese
llamado mon père. Llevaba, además, por segundo apellido el mismo que el de un
célebre escritor nacido también allí, en su pueblo. Eran casi de la edad, pero
nunca tuvieron trato. No todos los emigrantes volvían con una palmera debajo
del brazo. Aquel escritor vivió su infancia en uno de los chalés indianos; mi
padre, en una casa de piedra oscura y tejado de pizarra a cuyas habitaciones
llegaba en el invierno como único calor el vaho del aliento y el estiércol que
fermentaba abajo, en la cuadra en que siempre anidaron as andolías. Era, y aun
lo son las ruinas de todo aquello, junto a las que reposan las cenizas de mi
padre, una de esas casas que Galano pinta a menudo diluidas en la niebla.
MI señardá.
José Carlos
Díaz
jueves, marzo 21, 2019
Postales de New York, de Isabel Parreño
Postales
de NewYork,
Isabel Parreño
(Ediciones del Viento)
Hay libros de los que salimos más ligeros. No porque
no dejen en nosotros poso, sino porque
el que dejan tiene, como algunos bálsamos, una capacidad depurativa. La Nueva
York que describe Isabel Parreño y pinta Eduardo Baamonde, con delicioso trazo de urban sketcher, es una ciudad de línea clara: delimita
rincones, ilumina personajes, contagia entusiasmo y deja, al final de cada uno
de los nueve capítulos, una sensación de puerto alcanzado en bonanza. Quizás
por esa transparencia que desprende del libro, en su prosa, sus ilustraciones y en el cuidado con que se ha editado, al lector le quede al final de la lectura tan
buen cuerpo.
Es y no es un libro de viajes. Isabel Parreño no
habla tanto como una viajera en tránsito como una residente temporal de una
ciudad en la que con tiempo y dedicación suficiente va reconociendo, por sí
misma, los lugares que marcaron la existencia de algunos creadores que no sólo
forman parte de su educación sentimental —que diría Flaubert—, sino también de
la de los muchos lectores que a buen seguro acompañarán a la autora en su
periplo neoyorkino.
Con Dorothy Parker entramos en el Hotel Algonquin. Siguiendo
los pasos de E. E. Cummings y Edna Saint
Vicent nos paseamos por el Greenwich Village. En el Bronx, visitamos esa casita conocida como el Cottage de Poe, donde el autor de The
Raven acompañó los últimos días de Virginia, y donde él mismo vivió sus
últimos y trágicos años. Con cierta prevención —una meca tan trágica impone
restricciones—, escrutamos el Chelsea Hotel, en el que murió Dylan Thomas y en
el que tantos otros alojaron sus excesos. En el Queens Louis Armstrong pone por
banda sonora su What a wonderful world.
Nuestra fidelidad a Woody Allen nos brinda un itinerario casi interminable, el
puente de Queensboro que lleva a Mahattan, el atardecer desde Brooklyn, la
serenidad del Upper East desde Queens, Central Park, el Carnegie Deli de
Broadway Danny Rose, las playas de Rockaway en Días de radio o las calles del Soho en Hannah y sus hermanas, el P. G. Clarke´s, donde sigue la mesa en la
que se sentaron Alvy y Annie cuando se volvieron a encontrar después de mucho tiempo
y desde donde se ve la esquina de Columbus Circle donde se despidieron por
última vez. En un viejo apartamento de Harlem, un tórrido domingo de agosto, asistimos a
esos milagrosos conciertos casi íntimos con que Marjorie Elliot, la anciana
pianista de jazz, señala el camino a los que se han ido para que sepan volver. Rastreamos Columbia University en busca de una bola
de pórfido donde una vez se sentó Federico García Lorca. Un rayo la destrozó
con la misma saña fatalista con la que la guerra se llevó la propia vida del
poeta, que fue en Nueva York un escritor subyugado por el vértigo de una ciudad
poseída por la crisis del 29. Por
último, y en los salones decimonónicos de la Hispanic Society, uno de esos
milagros provocados por el amor hacia el genio creativo español que ha llevado
a tantos hispanistas y mecenas foráneos a cuidar mejor de lo nuestro que
nosotros mismos, descubrimos un retrato de Emilia Pardo Bazán pintado por Sorolla. Este
capítulo quizás es el guiño más personal de Isabel Parreño hacia una querencia,
la de la vida y obra de la autora coruñesa, sobre la que ya publicó, junto a
Juanma Hernández, un libro imprescindible para conocer la relación entre Pérez
Galdós y la Pardo Bazán, Miquiño mío (Turner, 2013).
Curiosamente, o no tanto, ambos escritores permanecen juntos en las paredes de
la Hispanic Society.
Son, por tanto, estas Postales de New York un sereno y, a la vez, emocionado
recorrido por algunos de los emplazamientos donde evocar a quienes, con muchos
otros, contribuyeron a moldear una manera de estar y ver el mundo, de
apreciarlo con más intensidad y matices. Sin ellos, en los viajes sería difícil
vivir esa sensación de la que habla en las primeras páginas se su libro Isabel
Parreño: la nostalgia que a veces nos invade en los lugares antes incluso de
abandonarlos.
José
Carlos Díaz
lunes, enero 07, 2019
La edad de las piedras, de Luis T. Bonmati
A próposito del último libro de Luis T. Bonmatí, La edad de las piedras (Huerga y Fierro Editores, 2018), escribo una reseña del poemario y una semblanza del autor en El Cuaderno (se puede leer pulsando sobre la portada del libro).
viernes, noviembre 02, 2018
Azabache en El Cuaderno
Hoy se publica en El Cuaderno un cuento que escribí hace unos años.
Una humorada negra a la que puse por título Azabache.
Puede leerse en el siguiente enlace:
domingo, octubre 28, 2018
Pájaros de alambre

El viernes tuvimos el placer de presentar en la Biblioteca Pública
Jovellanos, y con ocasión de los encuentros poéticos que anualmente organiza la
Sociedad Cultural GESTO, el libro Pájaros
de alambre (Cuadernos Cálamo/Gesto, Gijón, 2018), de Diana Aradas, coruñesa, profesora de literatura que antes de alzarse con el trigésimo segundo Premio Cálamo había dado a imprenta sólo
otro libro, Silencio invernal (Torremozas, 2017).
Diana Aradas ha definido en su bitácora digital (http://dianaaradas.blogspot.com) cuál es su concepción de la poesía: “una hendidura en la solidez de la rutina,
una fisura que deja paso a la claridad. Sólo ella (la poesía) rasga nuestra mirada, tan acostumbrada a la
tiniebla del mundo”.
Se aviene bien esa definición con lo que en el poema titulado Felicidad (pág. 14 de Pájaros de alambre), se escribe:
LA FELICIDAD
Un jilguero que canta
sobre un alambre roto.
Esa línea quebrada del alambre no es otra que la fisura a
la que alude Diana, la grieta en la gris cotidianidad a través de la que se
abren paso los versos, la dicha sostenida por el canto del jilguero, la propia poesía
al modo delicado en que la entiende Diana Aradas. Delicado y, podría añadirse, casi
aforístico, puesto que no pocos poemas se resuelven asertiva y concisamente como podemos apreciar en los siguientes ejemplos:
“Somos
las ramas en las que trina la vida apenas un instante.”
“El
pájaro es al árbol lo que el instante a la felicidad.”
“La
brisa es un mayoral que conduce hacia el invierno.”
“El
espantapájaros aleja lo que quiere porque presiente la pérdida.”
“Son
ruidosos los pájaros para que exista el silencio.”
“La
muerte baja del cielo y hace una parada en el cuerpo del gorrión.”
“Estéril
venda es el vivir.”
Esa concisión casi oriental caracteriza la expresión de Pájaros
de alambre, que se constituye así como un poemario de composiciones breves
y esenciales. Que no recurre a la anécdota para el arranque de los versos, sino
a las iluminaciones suscitadas por los pájaros como símbolo, creando una
alegoría sostenida en el vuelo de las aves, en su fragilidad, en su relación
con las estaciones, en las sugerencias de su plumaje, un ámbito cerrado y
cohesionado, una atmósfera sutil y subyugante.
Hay poemarios que se articulan engarzando lo que podrían
considerarse materiales de aluvión (se
va escribiendo de temas diversos, incluso con ánimo y formas diferentes hasta
cerrar un libro), y hay otros poemarios, sin embargo, que responden a una intención
inicial sobre la que se va construyendo un conjunto homogéneo, planeado. Pájaros
de alambre pertenece a este segundo tipo de libros, concebidos con
voluntad de unidad, en torno a una idea, imagen u obsesión sobre la que gira
todo el conjunto.
Estamos, pues, ante una manera de decir extremadamente
depurada, sin más adjetivación que la precisa, alérgica a toda impostura y
concentrada en el hilo simbólico con el que se urde en una voluntad de obra
cerrada sobre sí misma. Esta austeridad de estilo queda advertida en su poética inicial:
El pájaro no exhibe el buche,
únicamente le sirve
para comer.
La belleza
reside en sus colores, ocultos
bajo el pico,
igual que un poema,
no siempre muestra lo bello
que contiene (…)
Ese es el estilo con el que se aplica Diana Aradas, pero la intención, el porqué
de estas páginas, la razón última de la poesía también tiene su reflexión en el
libro (en la composición A la poesía):
Dónde los pájaros
mientras cae la lluvia.
Cuál es su refugio,
de qué se alimentan si la nieve,
cuándo encuentran su lugar,
si no es el cielo,
cómo sobreviven
sin canciones.
La necesidad de esa luz o canto para la vida, la
necesidad de ese consuelo, es el regalo que nos otorga la poesía, parece querer
decirnos la autora.
Apuntadas, pues, las pautas sobre las que trabaja Diana
Aradas, la forma y el sentido de su tarea, resta adentrarse en el muestrario
tan diverso y sorprendente, tan admirable en hallazgos, que nos ofrecen sus Pájaros
en el alambre. En ese recorrido, el paso del tiempo y la manera en cómo
transcurre o debe transcurrir nuestra vida mientras tanto (con el
aprovechamiento del instante, como los pájaros, es el asunto literario
intemporal que se atisba como una marca de agua a lo largo del libro y que
tiene un tratamiento, de algún modo paradigmático, en el poema que da título al
conjunto:
PÁJAROS DE ALAMBRE
(para
Julia Cavero, por su amistad)
A medio camino
entre la tierra y las alas,
como esos pájaros que se posan
en los cables de la luz,
y se hacen compañía
mientras esperan
para alzar el vuelo,
así nos queremos los humanos,
mientras tanto.
Somos, como acierta a decir Diana en otra estrofa: “(…) las ramas / en las que trina la vida, /
apenas un instante”. Una vida, por otra parte, que resulta demasiado a
menudo perpleja, acuciada de incertidumbres:
CONOCIMIENTO
Los pájaros
sobre los conductos
de la luz
no saben más que nosotros
del mundo que pisamos
Una vida acordonada de fronteras (y el término
“fronteras”, deletreado en el poema El
alambre de los pájaros tiene, como no podía ser de otro modo, una
significación despreciativa):
En los alambres de Auswitchz,
en los alambres de Siria,
en los alambres del hambre,
en los alambres del mundo.
El mundo es un alambre
que nos degüella
mientras sostiene sus pájaros
Esas recurrencias constantes a pájaros y alambres tienen
la virtud poética, como creo que se intuye fácilmente, de la connotación. Poseen
la cualidad de transformarse y adoptar significaciones complementarias,
otorgándole, paradójicamente, una riqueza espléndida a un libro tan desnudo,
tan falto de fanfarria épica o adjetival,
como es éste. Ese alambre, por ejemplo, que nos degollaba, se transforma en
otros versos en el rodrigón o guía que sostiene el talle de una rosa doblada
por el viento; o es cable, en otra interpretación, que columpia la idéntica
vida delgada de dos pájaros que comparten amor sobre ese frágil espacio.
A su vez, ese pájaro gorrión que es capaz de asomarse
cada tarde en el poema La jarra de Leteo
a una nueva vida como Dante —Vita Nuova—
cuando bebe en los charcos de Leteo, tiene quizás por ave antagónica en el
poema Pájaro en mano a todas aquellas
criaturas que “cubrimos con pañuelos /
para que sepan que llegó / la hora de dormir” y que no son sino “los pájaros del miedo, / encerrados siempre
en las jaulas / de la indeterminación y la duda”.
Podría ahondarse más y seguramente mejor en un libro que,
a pesar de su brevedad, de su concisión, es una fuente inagotable de
sugerencias. El papel del lector, del lector de poesía en particular, es
crucial a la hora de cerrar el círculo del proceso creador: enriquece con sentidos
únicos, individualizados, el mensaje abierto a interpretaciones que es siempre,
en mayor o menor grado, la poesía.
Permítaseme, por tanto, que arrogándome esa libertad
interpretativa a la que acabo de aludir haga una referencia última a dos breves
poemas del libro que llevan un mismo título sólo diferenciado por las
interrogantes añadidas en el segundo de ellos: Y si, y ¿Y si? (págs. 48
y 58). Dos poemitas que uno ha leído añadiéndoles, mentalmente, un acento
gallego a la declamación, porque tienen que ver con la sabiduría de la duda. Un
ejercicio muy gallego, no al modo a veces desdeñoso con que se ironiza sobre
tal manera de proceder, sino al bien argumentado por Cunqueiro, que creía que
en el alma gallega pervive una suerte de defensa hacia el exterior propia de un
pueblo que era el fin de la tierra, expuesto a los excesos del mar y del clima,
invadido desde la costa y por los caminos interiores. Un pueblo por tanto
receloso de las certezas absolutas (imposibles frente a la naturaleza,
peligrosas ante el invasor) que ha adoptado como identidad la eventualidad del
parecer, su condicionalidad. Esos títulos de los dos poemas de Diana aludidos,
quizás tengan que ver con ello. Y con esa relación estrecha con la naturaleza, tiene
que ver todo el libro, en el que pájaros y estaciones son metáforas extraídas de
ese ámbito natural que sirven para hablar de la vida, su transcurso y
circunstancias.
En fin, y por
darle conclusión a una lectura que pide volver una y otra vez sobre sus pasos,
sobre la sombra de esos vuelos rasantes de pájaros ligeros y hermosos o
sombríos y premonitorios, bajo el cobijo de esas ramas o alambres en que se
posan, tan quebradizos como nuestra propia existencia, sólo queda desearle a este
precioso libro, que despliegue unas alas vigorosas y por largo tiempo
extendidas. Querrá ello decir que son muchos sus lectores.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)





