domingo, enero 11, 2009

Un reloj de saboneta

Guardo aún memoria fiel de lo soñado esta noche. Tenía que ver con un reloj de saboneta, un payaso y dos palabras: Entrego y Muerto. Un suceso extraño y desasosegante. Pensando en si ponerlo o no por escrito, me acordé de un par de citas de Andrés Trapiello que venían al pelo. La primera hace referencia a ese “principio según el cual contar sueños es de tan mala educación como contar dinero en público”. La segunda, por su parte, tiene que ver con la interpretación de estas historias algo alucinadas que se arman en lo oscuro y nos asombran a la mañana: “Ya lo han dicho otros. El psicoanálisis es un género más de la literatura. Pero yo, además, he sacado esta conclusión: lo que hizo Freud con los sueños fue un cinefórum”. Quizás sea algo hiperbólica la ironía, pero si la cito es porque haciéndole caso en esto al leonés, renuncio a darle sentido a lo que sigue, aunque finalmente no a contarlo:
Tenía él un viejo reloj de saboneta que había heredado de su padre. Un reloj con una esfera grande que parecía una luna atacada por hongos del espacio. Un reloj de la marca Entrego. Como el nombre del payaso. El payaso Entrego. Un tipo popular entre los niños. Algo repulsivo, sin embargo, a los ojos de los adolescentes. Y sobre quien los adultos mantenían un recelo que se alentaba al imaginárselo sin maquillaje. Una sospecha de pederastia, eso sí, sin más argumentos que vagas pulsiones. Toda esa leyenda algo turbia sobre el hombre que evocaba la marca de su reloj, le empujó a encargar el cambio de aquellas letras que indicaban la procedencia de su fábrica por otras nuevas que nunca supo muy bien por qué fueron las que forman la palabra Muerto. El reloj Muerto. Paradoja de una evidencia sonora: el tic tac de sus vísceras poseía una infalibilidad de orfebrería artesana que no pronosticaba avería alguna ni en su vida próxima ni en la futura más lejana. La nueva palabra elegida no propiciaba bromas como la anterior. Más bien solía torcer el gesto de quien la leía, al modo en que lo fúnebre despierta malestar por parecer siempre de mal agüero. Al reloj, además de cambiársele el nombre, se le aplicó un fungicida por las orillas y se le abrillantaron las agujas y los números romanos. Mantuvo siempre una precisión suiza. Incluso en los instantes últimos en que se detuvo el pulso de su dueño. Entonces, durante la inaprensible fracción de tiempo en que se acompasaron los silencios de la maquinaria exhausta del hombre y del impulso que transcurre entre el tic y el tac del reloj, pudo desvelarse en aquel nuevo nombre elegido un fugaz sentido que quedó en nada cuando se cumplió el rito pendular de su onomatopeya -en la que quizás un oído malévolo pudo adivinar el eco lejano de la torva risa del clown Entrego-.

2 comentarios:

conde-duque dijo...

Pues yo tampoco me atrevería a interpretar el sueño, pero desde luego es un texto muy bueno.
Freud también hacía a veces buena literatura. Siempre me acuerdo del mismo ejemplo (paradigmático): el artículo de Freud sobre la conquista del fuego (creo que está publicado en Alianza en "El malestar de la cultura"). Pura literatura surrealista.
Un abrazo.

Diarios de Rayuela dijo...

Lo que más me sorprendió en el sueño fueron las marcas del reloj: Entrego y Muerto. Fueron ellas, su inexplicable procedencia, las que me decidieron a ponerlo por escrito.
Un abrazo, Conde (y buen año tengamos).