jueves, julio 12, 2007

Sombrillas al amanecer

He visto ya en más de un informativo que en algunas playas del levante español se plantan sombrillas al amanecer para reservar un trocito de arena junto a la orilla. Sorprende el asunto no ya porque vista desde el Cantábrico tal prevención sería inútil -las pleamares se llevarían cualquier cosa que para asegurarse una buena ubicación se dejara cerca del oleaje-, sino porque la sola perspectiva visual, espacial y temporal que se le pasa a uno por la cabeza de lo que debe ser un día de asueto en tales condiciones aventura un espanto mayúsculo. En el imaginario colectivo está tan arraigada la identificación de las vacaciones con la playa y el sol, que se mide socialmente el disfrute estival por la intensidad del moreno alcanzado. Y no es menor la cuestión, esta vocación playera le ha ocasionado heridas incurables al litoral patrio. Supongo que todo tiene por origen la emulación. Los que se toman por modelos del buen vivir suelen pasear el palmito en los estíos al borde del mar. Y cada uno imita la referencia en la escala de sus posibilidades. Hay quien tiene por jardín un pedazo de mediterráneo y quien consigue un sitio en la orilla casi a dentelladas. Todo este afán por un reducido pespunte de tierra ha ido convirtiendo en cloaca al paraíso. Mientras tanto, la autoridad miraba hacia otro lado y los mercaderes se llenaban los bolsillos. Desde el cielo las sombrillas con que muchos acotan su pedazo de verano a primera hora de la mañana, son como las minúsculas unidades militares con que se conquistan los territorios del Risk, soldados que se juegan la piel a cambio de una medalla de bronce.


Todo esto, claro, se puede decir de mejor manera. En prosa y en verso. Félix de Azúa publicaba hace un par de días un artículo espléndido que llevaba por título Avaros y sin embargo suicidas. Berta Piñán escribía hace tiempo unos versos memorables que llevan por título Pa otros. Dicen así:
Pa otros
Pa otros l´aventura, los viaxes, l´anchor
del océano, Roma ardiendo y les pirámides,
les selves inomables, la lluz de los desiertos,
los templos y el rostro de la diosa. Pa ellos
rascacielos y ciudaes, palacios del suañu
contra´l tiempo, la sorrisa de Buda, les torres
de Babel, los acueductos, la industria incesante
del home y los sos afanes.
A mi dexáime la solombra difusa del carbayu,
la lluz de algunos díes de soronda, la música callada
de la nieve, el so cayer incesante na memoria,
dexáime les zreces na boca cuando nena, la voz
de los amigos, la voz del ríu y esta casa, dalgunos llibros,
pocos, la mio mano dibuxando, a modo, la curvatura
perfecta del to llombu.

Para otros (traducción al castellano)
Para otros la aventura, los viajes, el ancho
del océano, Roma ardiendo y las pirámides,
las selvas innombrables, la luz de los desiertos,
los templos y el rostro de la diosa. Para ellos
rascacielos y ciudades, palacios del sueño
contra el tiempo, la sonrisa de Buda, las torres
de Babel, los acueductos, la industria incesante
del hombre y sus afanes.
A mi dejadme la sombra del roble
la luz de algunos días de otoño, la música callada
de la nieve, su caer incesante en la memoria,
dejadme las cerezas en la boca cuando niña, la voz
de los amigos, la voz del río y esta casa, algunos libros,
pocos, mi mano dibujando, despacio, la curvatura
perfecta de tu espalda.

5 comentarios:

Lula Fortune dijo...

Tienes razón en lo de las sombrillas. Yo que ahogo mis afanes en los arenales venteados de Galicia, he comprobado (con cierta vengativa satisfacción, para qué negarlo)cuando un turista despistado y listillo planta su sombrilla a escasos metros del agua y la pleamar se lo arrasa y purifica.
Presioso el poema, me recuerda uno de Gil de Biedma titulado "De vita beata". Un beso.

Luna dijo...

Es cierto, lo más trsite de todo es que envían a los abuelos y tienen que esprar sentados a que empiecen a llegar los nietos adolescentes, despues de una larga noche de fiestas y jaranas...demencial.

FPC dijo...

Lo que no quita para que a los demás no nos joda poder disfrutar un día de una playa casi a solas. Y perdón por la expresión.
Un abrazo.

Diarios de Rayuela dijo...

Lula, después de leer la descripción de tus noches toscanas, la reserva con sombrillas de suelo en la orilla de las playas le parece a uno el submundo del disfrute.
Bienvenida. Un abrazo.

Luna, en lo que cuentas hay dos males muy nuestros: una picaresca chusca y una sumisa manera de entender la paternidad que hace daño a padres y a hijos.
Un abrazo (quedo a la espera del árbol cervantino).

Paco, he disfrutado mucho de muchas playas. Por eso me parece aterradora la especulación a que está sometida la costa de nuestro país, la desprotección casi absoluta de gran parte del litoral, el negocio que genera la voracidad constructiva, el mal gusto de cuanto se edifica, la ostentación inmobiliaria de los nuevos ricos, la corrupción de tantísimos ayuntamientos... Lo de las sombrillas no deja de ser una anécdota, es cierto, pero una anécdota significativa a pequenísima escala de ese afán por hacernos a cualquier precio con la primera línea de playa.
Un fuerte abrazo.

Luna dijo...

Conocí la costa levantina hace cientos de años, era salvaje y ahora es mucho más salvaje.
El tema de la sombrilla, lo viví en la playa de los Locos, por culpa de mi hija que venía de vacaciones de Londres y quería una sol y playa, fue espantoso y duramos allí poco más de diez minutos...
¿quieres el árbol cervantino? no sabes cuanto me alegro, pensaba que no había interesado a nadie.
Gracias.
Saludos