domingo, febrero 24, 2008

El palacio oscuro de don Miguel

Don Miguel Indalecio Bances levantó una casa indiana que poco o nada se parecía al resto de palacetes que aquellos emigrantes que hicieran fortuna en América construyeron por estos parajes. No tenía palmera, ni grandes ventanales, ni paredes de vivos colores. Era un edificio sobrio, oscuro y con tejado de pizarra. Miraba al río, no al mediodía. Y sólo se adornaba por un blasón extraño. No era la glosa de sus apellidos. No había en él armas, yelmos o estrellas. Sólo un árbol desnudo, otoñal, y una esquemática lluvia menuda. Aquel apunte del natural en piedra se encerraba en una mandorla. En su base lucía un lema igualmente misterioso: dignidad y sosiego. De aquella construcción hoy sólo quedan las ruinas. Unas paredes sólidas que guardan el esqueleto desvencijado de techumbre y pisos, sobre las que se enreda la hiedra y a las que se abraza la maleza. Me dice Andrés, el anciano de Serandinas con quien me siento a contemplar toda esta hermosa devastación, que el escudo lució muchos años sobre la entrada. Que allí estuvo aun después de muerto el dueño y abandonada a su suerte la casa. Supone que alguien debió de llevárselo en la oscuridad de una noche. Queda sólo su huella sobre el muro y el recuerdo de su letanía en la memoria de los viejos del pueblo. Dignidad y sosiego. Dicen que decía don Miguel que aquellos cuartos que del otro mundo se trajera le habían costado demasiados apuros, penalidades varias y no pocas humillaciones. Que no era de bien nacido alardear de lo que se alcanzara con una vida tan poco recomendable. Honrada sí, pero nunca dichosa. Que no había vuelto sino para recuperar la paz gris y lluviosa de sus años mozos. Tal vez otros la hallaran triste, casi desoladora, pero en ella se sentía a gusto aquel indiano retornado. Aseguraba que allí tenía la certeza de que para la almendra dura del raro escudo que se había mandado hacer no tenía muelas bastantes su pasado americano. Y que igual que el árbol desnudo quería él vivir el resto de sus días. Se le había ido al ramaje el verde y la vida con el sol, como a él mismo en el luminoso trópico, pero ambos estaban en pie, dignos y ya por fin sosegados bajo el agua bendita de la aldea. Tábache un pouco tollo. Mira que deixar o Caribe e as mulatas por o Navia, me dice Andrés mientras enarca las cejas y deja que se le pierda la mirada entre las ruinas de lo que fuera el palacio oscuro de don Miguel.

Xuan Serandinas

3 comentarios:

occam dijo...

La emigración tiene siempre el elevado precio del desarraigo. Aunque como señalas en tu relato tengas la suerte de hacer fortuna y retornes, siempre dejas allá lo mejor de tu vida: tu juventud.

Yo, salvando las distancias, también viví en el extranjero. No tuve la necesidad de salir empujado por la necesidad. Pero estando allí me llegó el momento de elegir. Si continuaba y aceptaba la oferta de trabajo sabía que ya no volvería. No acepté. Otros lo hicieron y siguen allí. Casi todos los años los visito

Francisco Ortiz dijo...

LLega hasta aquí, al otro lado de la pantalla, la melancolía y la realidad de ese emigrante regresado. Qué frase deja este buen texto: "Que no había vuelto sino para recuperar la paz gris y lluviosa de sus años mozos". Para pensar.
Un saludo.

Diarios de Rayuela dijo...

Como bien sabéis, amigos, estos textos que tienen por escenario Serandinas, me los envía desde el mismo pueblo, en el occidente asturiano, el bueno de Xuan. Vive allí retirado. Charla con las gentes del lugar. Pasea. Y hasta escribe de vez cuando dando noticias de la aldea. No sé si son de alabanza (todos recordamos aquello del menosprecio de corte y alabanza de aldea), pero siempre, según creo, reflexivas sobre lo que significa el lento transcurrir del río Navia, de la propia vida, en un lugar donde a menudo se encuentra el tiempo preciso para pararse un rato a pensar o conversar.
Un abrazo.