lunes, mayo 05, 2008

El arca de Noé

Desde este altozano se alcanza casi todo el caserío del lugar. También un recodo del río. Tan lento en su curso, tan apacible y sin embargo extrañamente temible, como si uno no pudiera verlo sin recelar de ese lomo terso que deja al aire y que tal parece la agazapada amenaza de una sierpe enorme. Sólo quiebran el silencio los esquilones. Su ritmo atolondrado recuerda vagamente al de un desagüe. Los pájaros. El martilleo breve que mantienen un par de aldeanos que cercan un prado próximo. El sol se abre paso. Nos hemos hecho el próposito de visitar varios lugares a lo largo del día, pero cuesta abandonar la casa en esta mañana luminosa y calma. En Boal nos detenemos a reservar mesa para el almuerzo. Vamos despacio, gozando del paisaje, observando que los pequeños núcleos rurales dispersos en torno a la carretera se han ido acicalando en los últimos tiempos. En Doiras tomamos la desviación que indica la ruta hacia la Cova del Demo. Quinientos metros más allá aparcamos el coche y decidimos caminar. Hasta Froseira hay apenas un par de kilómetros. Se va bordeando la profunda hoz de Urubio, que corre rumoroso en el fondo, oculto a la vista. Baja generosa el agua de los riscos próximos. Descubrimos incluso una cascada de considerable altura que se precipita impetuosa varios metros por debajo de nuestros pies. El camino también desciende y pierde angostura el curso del río hasta abrirse en valle y descubrir por fin sus aguas, justo por donde se alcanza Froseira, que ya desde lejos da indicio de la sólida y amplia construcción que hubo en torno a la que dicen fue la más importante ferrería asturiana del XVIII. De aquí salían las barras de hierro que luego eran moldeadas en los mazos y fraguas de la comarca, hasta hacerlas clavos, herramientas de labranza y utensilios de cocina. La ferrería de Froseira permaneció abierta entre 1751 y 1886. Aprovechaba la abundancia de agua y de madera, sobre todo roble, raíz de brezo y castaño. El agua era represada y conducida por un canal que hacía girar los rodeznos de madera con los que se movían mazo y barquines. Se fundía el mineral de hierro procedente de Somorrostro, llegado hasta Navia, a los muelles de Porto, desde donde los carros lo cargaban hasta Froseira, cuarenta kilómetros hacia el interior. En torno a la casa, al puente y al arbolado frondoso andábamos cuando nos vino a saludar una anciana levemente renqueante, tocada de pañoleta y vestida con ropas de labor. Nos invitó a entrar, a ver la ruina de lo que fue aquella industria del hierro que ella nunca conoció pero de la que ha aprendido cómo funcionaba y por dónde se distribuían sus partes. Las carboneras que fueron finalmente los establos con los techos más altos que nadie recuerda en la zona. Esas otras paredes ya sin techumbre que circundan un improvisado claustro secular ganado por la mala hierba y donde antaño se ubicó el horno. El almacén umbrío y terrero donde soplaban los barquines. El banzao que remansa el agua en ese apartado rincón que más parece ahora un estanque de jardín descuidado que la presa de lo que hubo de ser una fábrica tumultuosa. Andamos al ritmo de Otilia, que deja el cayado en cualquier esquina y acomoda la cadera a escaleras y pendientes, que nos lleva hasta el molino que aún mantiene en uso. Lo pone en marcha para que veamos cómo los tragos atolondrados de agua mueven desde la garganta la musculatura de sus mandíbulas, la voracidad parsiominiosa de sus muelas de granito, que rumian hasta la harina el trigo, el maíz o la escanda. Y antes de despedirnos nos ofrece de beber. En una bodega caótica donde se agolpa de todo, abre la espita de un barril pequeño. Sirve un vino casero, ligero, fresco y algo ácido, que mantiene aún otro rato la conversación con la vieja. Vive sola sin miedo ni añoranzas. Entretenida con la labor de la casa, ayudándo al hijo que vive en Doiras pero tiene ganado por lo prados próximos y contándole estas y otras cosas a quien se cae por Froseira. Dejamos a Otilia y nos vamos contentos. No es mucho lo que se ve, a qué engañarnos. Es más lo que se presiente que hubo allí. Pero queda del lugar la amabilidad de la anciana, ese estar a bien con lo que la vida ofrece en un lugar remoto, descubriendo que no es tan poco puesto que puede compartirse. Algo más allá, el Navia se retuerce en un meandro musculoso, sobre cuyo cauce se refleja en sombra oscura un paisaje feraz, el intenso verde que remiendan los sembrados de patatas, que pespuntea la sutura del minifundio y motean los minúsculos muros blancos de las caserías dispersas. El agua siempre anda aquí remansada. Está cerca el dique de la presa. Allí bajamos. A un lado queda el estanque profundo a cuyas orillas unas cuantas barcas amarradas le dan un aire de postal. Al otro, el muro sobre cuya vertiginosa caída es difícil mantener la mirada sin sobrecoger el ánimo. Se precipita hacia el abismo por donde continúa el río. Hacemos un alto en San Luís. En las antiguas escuelas han abierto recientemente un centro de interpretación de la emigración boalesa. Pequeño y coqueto. Bien explicado por quien lo atiende. Documentos de lo que fue una próspera y benefactora sociedad de naturales del concejo, con sede en La Habana y que en los años veinte y treinta del pasado siglo financiaron un puñado de escuelas y lavaderos en estas aldeas. Aquella sociedad aún hoy pervive. La paradoja del tiempo ha hecho que los hijos de aquellos que contribuyeron con parte de su fortuna americana a la prosperidad del terruño que los viera nacer, reciban ahora la ayuda que se les envía ocasionalmente desde España para mitigar sus apreturas. Pregunté sobre la existencia de archivos. Me remitieron al Ayuntamiento. No estaría de más tener tiempo para echarles una ojeada, que mi abuelo paterno sé que viajó a Cuba y que de allí volvió antes de la guerra, con tiempo para casarse y tener seis hijos y ser muerto a la temprana edad de treinta y ocho años. Veo con un punto de emoción esas fotos antiguas de las escuelas graduadas de Boal. A esos pequeños asustados que retrata la máquina del fotógrafo y entre los que estuvieron, por tiempo demasiado escaso, mis propios padres. Aquellas aulas que limpió mi abuela. Allí cazaba palomas. Una caja de cartón levantada por uno de los lados con un palo atado a una cuerda. Unas migas bajo la caja. Las aves que comían confiadas. Se tiraba de la cuerda hasta vencer la verticalidad del palo. La trampa que se cerraba. El aleteo inútil en la sombra. La pericia de unas manos que retorcían los cuellos frágiles. El arroz con paloma de las fiestas. La miseria que se olvida del lugar por dónde la compasión nos habitó un día. En el Prado estaba la mesa puesta. Caldo de rabizas. Mi plato más querido. Del que más gozo. En esta casa de comidas lo hacen suave y a la vez sabroso. Ciertamente recomendable. Después del café decidimos pasear un poco por las calles del pueblo, por bajar la comida. Pero el día se había quedado tan soleado que a esa hora el calor reinante no invitaba a prolongar mucho la caminata. En Boal de abajo se mantienen algunas casas que fueron de indianos, que conservan su porte antiguo y unos cuidados respetuosos con su historia. Villa Damiana, El Zanco, Villa Anita. Habíamos aparcado el coche a la sombra. Tomamos rumbo a Rozadas. Se sube hasta Penouta, lo más alto del contorno. Allí he visto otras veces la nieve; muchas, la niebla desoladora de los atardeceres; siempre, la soledad de los caballos que pastan ariscos por aquellos montes y que son como una metáfora algo dolorosa de la libertad. Félix abrió a la hora el pequeño museo del hierro. Y nos explicó sus piezas. La historia de los mazos. La fábrica del clavo. Félix tiene en Rozadas cuatro apartamentos rurales. Cuida también de un pequeño rincón donde ha ido construyendo las estancias de lo que antaño era una humilde casa de la zona. El lar y los pocos útiles con los que se cocinaba, la vajilla escasa en la alacena, la masera donde se hacía el pan y se comía a diario, la cama con somier de cuerdas y colchón de hojas de maíz, el baúl que guardaba las pocas ropas y que tantas veces se echaba a las espaldas camino de otros lugares, de una vida mejor. Félix habla de ese mundo que conoció desde la infancia, que no fue fácil y que sin embargo ama. Atesora el rastro de lo que de él queda, hace acopio de lo que se desecha por antiguo y es memoria que explica de dónde se viene y por qué no se es de otro modo. Es un placer atender la charla de Félix, que todo lo mima con el mismo cuidado con el que ha dispuesto un mantelillo de lino, primorosamente bordado y planchado, sobre el altar de la vieja capilla de su casa. En Armal visitamos a la familia. La vieja casa familiar donde siempre es grato volver. El recuerdo de los veranos que allí se pasaron de crío. La tía hace café. Siempre espeso. El noble pastor alemán que cuida de los viejos se deja acariciar tendido al sol. Al atardecer, en la antojana sigue el día espléndido y cálido. Se charla allí, al aire libre, teniendo a la vista la mole de Penácaros, el monte pelado que luce un color amarillo e intenso por la flor de los tojos. Volvemos a nuestro alojamiento. Siento la felicidad de un día pleno, preñado de momentos deliciosos, que deja caer un telón de luz anaranjada, que trae una postrera brisa fresca, que posa sobre el pecho una suave melancolía. Apuro un vaso de vino blanco, cierro el periódico y escribo sobre el lecho del libro abierto en el que hace un rato subrayé estas palabras: “el viaje-escritura es una arqueología del paisaje, el viajero —el escritor— baja como un arqueólogo a los diferentes estratos de la realidad para leer incluso los signos escondidos debajo de otros signos, para recopilar el mayor número posible de existencias e historias y salvarlas del río del tiempo, de la ola disipadora del olvido, como si construyera una frágil arca de Noé de papel, aun siendo irónicamente consciente de su precariedad” (de El infinito viajar, Claudio Magris).

9 comentarios:

Lula Fortune dijo...

Muchas gracias por el viaje. Un abrazo.

Portorosa dijo...

Qué bien, DR. Y qué sitios, ¡qué maravilla!

Un abrazo.

Diarios de Rayuela dijo...

Gracias a ambos por vuestra visita y comentario. Estos lugares, como bien sabéis, están ahí mismo, en esa difusa frontera que nos separa.
Un abrazo.

Luna dijo...

Me siento fenomenal cuando leo.
El trabajo se me hace más llevadero, relajado y tranquilo.
Cada viaje es un estupendo descubrimiento.

Gracias

Diarios de Rayuela dijo...

No sabes, Luna, cuánto me alegro de que así sea.
Muchas gracias por tu permanente aliento.
Un abrazo.

amart dijo...

Pues no sabe uno si es la literatura, que encuentra su justificación en el viaje, o si es el viaje mismo el que provoca textos como este. En cualquier caso, tanto da. Una gozada leerte, como siempre.
Un abrazo.

Diarios de Rayuela dijo...

Debe despertar el viaje la emoción, pero siempre se ha de viajar con el ánimo dispuesto para ello. Muchas gracias, Amart.

conde-duque dijo...

Precioso texto. Nos has llevado.
Un aplauso...

Diarios de Rayuela dijo...

Me alegro de que te haya gustado, Conde -se le sabe buen diente para estas cosas-. Un abrazo.