viernes, marzo 06, 2009

Contrastes

Andaba uno esa noche con la voluntad floja, que es cosa que ocurre frecuentemente al final de la semana y en la que tiene que ver, me imagino, el trajín de los días laborables y el sueño escaso. Lo cierto es que me dejé llevar por esa práctica malsana de quedarse en el salón a solas y en oscuro, con la única compañía de un televisor y el mando a distancia. Eso sí, en silencio, inyectando el tóxico por vena ocular pero sin más ruido que la leve pulsión de canales, algo así como la precipitación de la dosis por el émbolo de la jeringuilla. De ese modo estaba uno, embruteciendo su molicie, cuando se encontró con una entrevista a un escritor de cierto éxito. Subí el volumen y me dispuse a mirar y a escuchar la pantalla, pero ya sin remordimiento; al fin y al cabo, pensé, era como asistir a la retransmisión de un acto cultural. El novelista en cuestión es joven. No creo que tenga mucho más allá de cuarenta años. Sobre la mesa estaban dispersos sus libros. Una docena de obras editadas por casas prestigiosas y recibidas por los especialistas con buenas críticas. Alguna, incluso, se ha llevado al cine. Tiene el tipo un aire a medias entre cantante folk americano y actor canalla de encanto irresistible. A propósito de ciertas peripecias cosmopolitas de sus personajes, habló con una soltura nada impostada de sus viajes y estancias por lugares como Arizona, Tokio, Nueva York, Malasia o Lavapiés. Su voz es algo hipnótica. Suave, lenta, inalterable. Una voz como sedada. Una voz sedante. Se recogía de cuando en cuando, por detrás de la oreja derecha, un mechón lacio de la melena. Dejaba ese gesto al descubierto el extremo de un tatuaje que le subía por el antebrazo. No sólo se trató de literatura, el periodista le preguntó también por su pareja, que resultó ser cierta actriz nórdica de una belleza tan exquisita como distante. Se aludió además a una época de adicciones en la vida del escritor, y a un tiempo en que recorrió cafés, tabernas y pequeños teatros cantando a la guitarra sus propios poemas, siempre historias de road movies y de derrotas. Y todo lo contaba él con una naturalidad que de pronto se me antojó odiosa, con un envidiable estilo que convertía en interesante hasta lo más nimio, porque se le palpaba el aliento consistente de las biografías desmesuradas a las que finalmente se les pone brida, memoria y prosa.
Tirado como un pelele en un sillón, cansado por una semana de papeles y rutina, aquel espectáculo televisivo me estaba reduciendo definitivamente la vida, por comparación, casi a la nada; sabiendo, como sabía además, que antes de acostarme debía poner a remojo las alubias del pote para la comida del día siguiente.

5 comentarios:

Antonio Serrano Cueto dijo...

Ja, ja. Muy bueno. Pero seguro que el susodicho escritor no se ha comido un pote de alubias como el tuyo. Un abrazo.

Miguel Sanfeliu dijo...

Sí, yo también me asombro de cómo algunas personas se desenvuelven en el mundo del espectáculo.

Luna dijo...

Eso le pasa por ser de provincia...
¿Como salió el pote?
Eso es lo importante y déjese de lo demás.

Saludos

Jin dijo...

hay días así, donde la facilidad que tienen algunos para contar su vida y además hacerla parecer "interesante" le hunde a uno hasta el fondo fondísimo del sillón... pero esto se pasa ante el plato de alubias que seguro han salido riquísimas, o alguna otra cosa que solemos hacer también de maravillas!

pero pasa, sí, anda que si pasa...

Diarios de Rayuela dijo...

Igual sí, Antonio. Si es que el tipo había hecho de todo. Vamos, que te dejaba así como capitidisminuido.

Y lo bien que les viene, Miguel. No hay mejor agente literario.

Va a tener usted razón, Luna, la cosa provinciana como que pesa mucho. Fueron fabes con berberechos. No estaban mal.

Quiere uno pensar, Jin, que el tipo tiene reverso. Sombras. Y hasta si me apuras, hemorroides. Consuelo de malvado envidioso.

Un fuerte abrazo a los cuatro.