lunes, marzo 16, 2009

Gran Torino


El viernes vimos la última película de Eastwood, Gran Torino. En ella interpreta a un viejo hosco y racista, que vive con una culpa antigua y tumoral. Se trata de Walt Kowalski, veterano de la guerra de Corea que acaba de enviudar; un tipo intratable y amargado, que mantiene una relación distante y áspera con sus propios hijos (lo que nos pone en la pista de Million Dollar Baby, donde se retrataba también a la familia como un entramado de relaciones despiadadas e interesadas). Kowalski, de mentalidad ultraconsevadora, mantiene una actitud beligerante hacia los inmigrantes que han ido poblando, poco a poco, su barrio, hasta convertirlo en una suerte de pequeña colonia del sudeste asiático, marginal y peligrosa a causa de la proliferación de bandas juveniles. En medio de este ambiente, el protagonista emprende una agónica redención personal a través de la relación que, inesperadamente, le une a sus vecinos más próximos, de la etnia hmong. Hay varias figuras que estimulan ese proceso. Está entre ellas la del padre Janovich, un casi imberbe sacerdote católico que, siguiendo las instrucciones que le dio antes de morir la mujer del veterano, persigue a Kowalski para conseguir su confesión. También la joven Sue, la adolescente que sabe mirar más allá de la insoportable fachada de Kowalski, dulcificando su misantropía y restañando en parte las heridas por donde más sangra el viejo, la soledad y la desconfianza. Y por último, el auténtico catalizador de esa redención es el joven Thao, un adolescente timorato al que Kowalski tutela, sin miramiento alguno en su tránsito por la adolescencia. Hay, a mi entender, una escena capital para desentrañar la intención última de este film. Sucede después de que Kowalski acude a la iglesia a confesarse y una vez que el curita saborea, fugazmente, esa pequeña victoria, justo hasta que comprende que las culpas que le desvela su descarriada oveja no son más que asuntillos pícaros —el viudo cumplía así con la memoria de su difunta esposa y le agradecía al tiempo al sacerdote su tozudez de albacea—. Pero no se trataba de alcanzar la verdad a través de la revelación religiosa, sino de ponerse en paz con la conciencia viviendo dignamente el final de la vida. La auténtica confesión, el desgarro de lo que tanto tiempo le quemó la entraña, la hace Kowalski unos instantes después, a Thao, al que, por protegerlo de la propia ira que en esos momementos alberga el muchacho, deja encerrado en el sótano poniendo por medio la cesolía de una puerta metálica que recuerda la veladura del confesionario. Es entonces, en esa escena, cuando Kowalski rememora el amargo recuerdo bélico que le ha enturbiado el carácter y la vida a lo largo de cincuenta años. Cuando se confiesa y se impone su propia penitencia.

4 comentarios:

Sirena Varada dijo...

Hola, te he encontrado merodeando por lo que se escribe en Internet acerca de esta película.
Se agradece tu reseña, es más que interesante, para continuarla una páginas más.

Un saludo

Diarios de Rayuela dijo...

Gracias por la visita y el comentario. Ciertamente, se trata de una película muy recomendable. En efecto, se podría escribir más largo sobre ella (y también mejor, sin duda).
Un cordial saludo.

RosaMaría dijo...

Interesante tu descripción que hace referencia al confesionario, no lo había pensado. La vi antes de leerte y me pareció muy buena, es un actorazo y todos están muy bien en su papel. Muy bien planteadas e interpretadas las emociones, egoísmos, miedos y costumbres de diferentes culturas y al final la comprensión de que los sentimientos pueden ser más fuertes aunque no sean de lazos próximos. Un abrazo

Darthpitufina dijo...

Me encantó. Es una película hecha por un experto veterano que sabe manejar el tempo como nadie, y te introduce en el mundo del protagonista con nimias pinceladas, sin que quieras escapar.
Un pequeño cabo suelto; la cuestión de las bandas callejeras. El tema da para mucho más... pero Eastwood aquí hace una reflexión distinta, como bien apuntas, el peso de una América que se ha equivocado y no sabe reconocerlo.

Te dejo sugus.