lunes, octubre 15, 2007

Tránsito de gentes

a D. G.
Comida de despedida en homenaje a un compañero que se traslada a otra localidad, a otro puesto de trabajo. Somos más de veinte alrededor de la mesa. Buscamos ubicación según afinidad. Al sol que mejor nos calienta. Me pregunto cuántos de los que hoy nos reunimos trabajamos en algo que tenga que ver con nuestras apetencias vocacionales, con aquello que quisimos ser en la juventud. Me temo que casi ninguno. Y sin embargo llevamos en esto la mayoría ya muchos años. Paga alimento, casa, vestido y ocio. Quién tendría arrestos después de tanto tiempo para echarle un pulso a esta servidumbre que nos vuelve fácil lo material aunque a cambio distancie lo que antaño creímos irrenunciable. El envejecimiento nos hace agrimensores. Cada vez precisamos mejor las distancias. Lo alejadas que se han vuelto tantas cosas. Unas horas más tarde, sin embargo, me veré con alguien que está al otro lado de este cordón de seguridad que nos protege, de esa cuarentena que nos vuelve casi inmunes. A alguien que renunció mucho tiempo atrás a la red bajo el trapecio. Intento hasta que ocurra el encuentro disfrutar del menú. De esa lista de pequeñas raciones servidas en vajillas desproporcionadas, esa ristra de alimentos tan mixturados y con títulos tan pretenciosos que incluso requieren la glosa de quien nos los presenta bajo la barbilla. Sinfonía de quesos. Mosaico de pulpo. Pixín encamado sobre rissoto. Extraño minimalismo éste que se ciñe sólo a la mácula del plato y que sin embargo adquiere manierismo en su nombre. En la profusión de todo cuanto danza después de cada entrega, de cada acto. Estoy citado a las siete con un auténtico poeta maldito. Un tipo duro. Que estuvo en el trullo. Que se quemó las cejas en una acería. Que vivió en los márgenes oscuros, en los barrios canallas, en las compañías perras. Que finalmente se dedica a lo que siempre deseó: escribir abriéndose en dos. A lo largo de la comida, se ha ido bebiendo mucho. Las risas pierden discreción. Se aguza la confidencia malévola. Se vuelven más gruesos los trazos de cuanto nos rodea, de lo que somos en conjunto a la vista de los otros. Óleo enmarcado por lo oscuro que brilla, sin embargo, con colores intensos en los rostros de quienes posamos. Son casi las seis cuando llega el café. Se le da el regalo al homenajeado. Pequeño discurso. Brindis. Parece todo de repente un déjà vu. Y hasta lo que se siente viene como encauzado. Fluye calmo, sin riesgo de que desborde los márgenes por donde transita. En realidad ya apenas si tenemos memoria de las riadas que algún día nos anegaron por dentro de amor u odio, de utopía o violencia. Los años construyen diques. Resignaciones. Lo creo sinceramente mientras vuelvo a pensar en que dentro de un hora tendré en frente a alguien que aunque tiene casi mi misma edad sigue dejándose las uñas a diario en el hormigón de esos muros de los días, en ellos araña grietas profundas por donde corre lo torrencial cuando acontece. Tras salir del restaurante nos tomamos un café junto al compañero al que estamos despidiendo. Ha llovido. Se ha puesto frío el día. Baja también la temperatura del encuentro. Se relaja. Dejamos que se consuman lentamente las brasas. Me despido. He quedado en el Parchís.

Lo vi enseguida. Sentado en la terraza del café Instituto. En la esquina más oscura. Resultó fácil entablar conversación. Empezar a conocernos. Eso al menos me pareció. Furber fue el puente. Lo transitamos durante un rato. Anduvimos sobre sus ojos, apoyados en su pretil. Hasta que finalmente cruzamos al otro lado. A ambos otros lados. Apenas unos días atrás había leído su último libro. Cuando alguien se desnuda de esa manera en sus versos resulta más sencillo saber con quién te juegas los cuartos. Libro abierto. Le pregunté por un viaje en barco del que habla en sus poemas. Un crucero. Nunca hubiera imaginado a un tipo así en un crucero. Pero a su modo también entonces se mantuvo entero. Lo sentaron siempre lejos de la mesa del capitán. Jugó timbas con la tripulación. Se perdió por todos los puertos donde el buque recalaba, persiguiendo la sombra que el sol, al ponerse, iba arrastrando. Y terminó abrazado al final del viaje a un marinero cubano del que se hizo casi hermano. “Sólo poseemos aquello que conservamos después de los naufragios”. Así resumió aquella despedida, como el pecio precioso de una deriva por el Mediterráneo.

Volví a casa de noche. Por las calles del centro había mucha gente. El tránsito de la vida. Los que pasan y apenas si dejan más huella que un rastro de sombra en la retina. Los que se te agarran a la piel como la tinta de un tatuaje.

7 comentarios:

M. dijo...

Enhorabuena, Diarios. Una maravilla de entrada. Un placer para leer: un interés despierto por D.G. Y una prosa embaucadora, feliz, intensa.

Buenos días.

Así da gusto empezar la pequeña ruta de los blogs que quiero.

conde-duque dijo...

A mí también me ha gustado mucho esta entrada, Diarios, la comida, esa trinchera entre dos vidas, tantos ilusiones que se quedan en el camino... Pero no me puedo morder la lengua (espero que me lo perdones, hay confianza): ¡¡¡me aburren tanto los poetas malditos, sobre todo los que se empeñan en serlo!!! Esa pose es que me saca de quicio, además de producirme vergüenza ajena...
(Que conste que no me refiero a D.G. porque no lo conozco ni lo he leído)

Lula Fortune dijo...

Yo tampoco conozco a D.G. pero tengo un poco de prevención a las etiquetas. Recuerdo aquellos poemas de Biedma en los que, ya en su vejez, recordaba los años de juventud "maldita" en Londres gracias a unos "padres propicios". De todo aquél tiempo, decía, le quedaba la conciencia de una "pequeña falsificación".
Me cuesta mucho creer que alguien que va en un crucero (a no ser como polizón o cocinero, o limpiador...) tiene blog, publica libros...lleve el apellido de maldito.
Tu post me ha parecido magníficamente bien escrito. Pones voz a muchas de las cosas que siento y donde yo sí pondría el adjetivo de marras: maldito currele!!
Quizás creas que mi actitud es un poco escéptica, pero esos años que nos atrincheran en la resignación de los que hablas, también han solidificado mi inocencia.
Besos cálidos y amigos.

Diarios de Rayuela dijo...

Manuel juro que no es por corresponder tu amabilidad, pero mi ruta bloguera siempre recala en tus apuntes en sucio -aunque no siempre me haga notar-.
Un abrazo.

Diarios de Rayuela dijo...

Querido Conde-Duque a la derecha de mi página, en los enlaces, está David tal y como es. Por muy diferente que nos resulte su mundo, de verdad que merece la pena conocer su obra. Él la llama poesía de no ficción. En román paladino es abrirse en canal y sin ocultar nada cada vez que se toma papel y pluma.
Un abrazo.

Diarios de Rayuela dijo...

Lula, veo que la vida nos va inoculando a todos dosis amargas de resignación. Contra ella, como decía Kavafis "a ti recurro, arte de la poesía". Respecto a David, me gustaría que le dieras una oportunidad. Como ya he dicho en la contestación a Conde-Duque, su página está enlazada aquí y entrando en google y poniendo su nombre y apellido se puede acceder a gran parte de su obra, dispersa por montones de lugares diferentes. Merece la pena conocerlo un poco más.
Un abrazo.

Luna dijo...

Dentro de la literatura, ser poeta, es quizá, lo más ingrato y el más profundo, la poesía desnuda al autor.
Si es cierto todo lo que cuentas, será un hombre admirable

Saludos