lunes, octubre 29, 2007

Verónica y John

Daniel se quedó al cuidado de un indio. De un auténtico piel roja americano de la tribu de los cuervos. Quienes han sobrevivido de entre ellos residen en Montana, ese estado noroccidental que linda con las Montañas Rocosas y que es desde 1872, cuando se abrió el parque nacional de Yellowstone, pionero en la protección medioambiental. Daniel se quedó al cuidado de un cuervo en Bozeman. Su madre, Verónica, voló a España. Hizo escala en Ámsterdam. Luego en Madrid. Y finalmente recaló en Gijón. Ella y su marido, John Thompson.
Hace un año, el poemario Carne de Dios, de Verónica García Moreno obtuvo el XXI Premio Cálamo de Poesía Erótica. Su autora ha venido a presentar ahora el libro y a formar parte del jurado que ha fallado la nueva edición del certamen. Lleva tres años residiendo en Estados Unidos. Se ha casado allí con John, un tipo singular. Menudo, de ojos líquidos, piel clara, lentes redondas y perilla rala. Su rostro refleja una permanente sorpresa concentrada. Es profesor de español y está completando un laborioso estudio sobre nuestra guerra civil a través de la novela gallega. Habla con entusiasmo de su trabajo. Qué distinto sería nuestro acervo cultural sin estos hispanistas apasionados. Ha escrito también el prólogo al libro premiado. Nadie sabe de esos versos más que él, que ellos dos, juntos les dieron vida antes de que se escribieran. Así que quién mejor que John para presentar el libro. Estuvo sembrado. Tiene un español fluído pero parsimonioso. Habló de los tres libros de Verónica. Animal de luz le dio el Ana del Valle en 2005. Allí se escribían, entre otros, estos hermosos versos: “… la cadencia perfecta / que vuelve a un verso / en tigre o en gacela / y los arroja dentro del poema / para que se devoren mutuamente”. Carne de Dios el Cálamo en el 2006. Y está ya acabado Ser o estar, en el que parece se reflejará una dura visión sobre la deshumanizada sociedad norteamericana. Habló John también, lo justo, de por qué ha estudiado español, de por qué está empeñado en investigar el rastro de la guerra en la narrativa galaica, de por qué se ve a sí mismo como un republicano –republicano español, aclaró; no del partido republicano estadounidense, que es cosa diferente, distinguió-. Y luego leyó Verónica sus versos, que sonaron incluso mejor en sus labios que en el libro. Y no es ello siempre así cuando leen los poetas sus cosas. Lo fue esta vez y por ello recibió aplausos sinceros. Pidió John que se grabara con su cámara lo que en la mesa del escenario pasaba. Se hizo. Pero con tan mala fortuna que cuando al final del acto quiso comprobar cómo habían quedado las imágenes, se dio cuenta que se superponían a las de una fiesta infantil en Bozeman. Aún se veía parte. Fue entonces que me enseñó a Daniel. El pequeño que se fue a América con su madre cuando sólo tenía siete años y que apenas tres cursos después ya maneja con tal soltura el inglés que hasta en casa le reprenden la lenta e inexorable pérdida de su primer castellano. Daniel cantaba en la pequeña pantalla de la cámara una canción escolar con sus compañeros. Daniel se quedó en Montana al cuidado de un indio de la vieja tribu de los cuervos. Un indio que da clases en la misma Universidad que John y que tiene una pequeña de dos años a la que Daniel mima como a una hermana.
Me fotografié con Verónica y con John en el museo de la ciudadela de Celestino Solar, ese pequeño gueto residencial de los obreros gijoneses de finales del XIX. Paseamos un rato por el Muro. Nos tomamos un café en la Arena. Esa misma cámara en la que conocí a Daniel le sirvió hace un par de años a John para grabar un desenterramiento de republicanos –españoles- en el Bierzo. Me pregunta por la memoria histórica. Por la ley recién aprobada. Le hablo de mi abuelo. Teniente de alcalde comunista en un pueblecito asturiano del occidente. Esperaba en el País Vasco al final de la guerra por un barco en el que viajar al exilio. Alguien le reconoció. Lo juzgaron sumariamente en Oviedo. Está enterrado en una fosa común. Tenía treinta y ocho años. Seis hijos. Uno de ellos mi padre. Hemos sabido dónde se encuentra hace apenas cuatro años. Se llamaba Marcelino y dejó dos cartas escritas horas antes de su ejecución. Son estremecedoras. A mí al menos me lo parecen. Es historia y es memoria. No sé si es memoria histórica. Tampoco sé por qué le cuento esto a John. Lo conozco sólo hace un par de horas.
Desde Gijón se fueron a Santiago. Tenían una entrevista con Carlos Lama, editor de Galaxia. El libro de John está casi acabado. Desea que se lo publiquen en Galicia. Desde ahora esa esperanza es también la mía.

9 comentarios:

Raquel dijo...

Cercana realidad de muertes y desasosiego para quien tan de cerca lo vivió.
Este post, como casi todo lo que escribes, intenso y preciso.
Un abrazo grande

amart dijo...

Querido DR, estremecedoras cartas que inevitablemente me llevan a otro caso. Luis Martín, un buen oficial de albañil, 41 años, cinco hijos, agosto 1936, perseguido, acosado, cazado, al fin. Asesinado en mitad del campo por cuatro milicianos. Era mi abuelo, y las únicas diferencias son que no pudo escribir nada y que se le pudo enterrar.
Es necesario que los nietos cerremos de una vez las heridas que los padres no pudieron, no quisieron o no supieron cerrar.
Un abrazo especial, amigo.

Diarios de Rayuela dijo...

Gracias Raquel por tu generoso comentario.

Amart, nunca he sacado a pasear la memoria de mi abuelo. Esas cartas, que rescató mi primo Andrés, están en internet por él. Por él también conocemos cómo fueron los últimos días de Marcelino Díaz, a quien, como digo, mento poco porque no sé si fue un ángel o un demonio. Quisiera creer lo mejor, pero eso, me temo, tiene mucho que ver con el ingenuo idealismo con que se suele recordar desde la izquierda a la República y a sus muertos. La otra tarde, sin embargo, y aún no sé por qué, me encontré contándole la historia de mi familia a un encantador tipo americano que recién había conocido. De vez en cuando, supongo, conviene echar fuera esos fantasmas; auqnue, como tú, soy de esos nietos que están por la sutura, que no llevan en ristre, con ánimo de vendetta, las cadenas de sus fantasmas.

De cualquier modo esta entrada es, sobre todo, un recuerdo para Verónica y John, una pareja entrañable que tuve la fortuna de conocer hace sólo unos días.

Un abrazo.

Luna dijo...

A veces pasan esas cosas DR, abrirse a personas desconocidas sin saber la razones, es agradable.

Las cartas de tu abuelo me hacen pensar en las barbaridades cometidas, igualmente, el comentario de Amart.

Saludos

Sir John More dijo...

Mi abuelo fue un pequeño ladronzuelo, un inconsciente, mal casado y padre sin vocación. La guerra lo sorprendió en una cárcel que hace poco derribaron, y de allí lo sacaron para hacer sitio, y lo mataron en algún lugar desconocido. Incluso él requeriría algo de memoria... Un abrazo y gracias por esta entrada, tan hermosa como todas.

Llula Fortune dijo...

Tengo algo para ti en mi blog. Besos lúllicos.

paupablo dijo...

Yo conocí a Amos Oz por este blog. Sólo decirte que disfruté mucho leyendo Una historia de amor y oscuridad, y después del descanso que me estoy tomando (mejor no saturarse) pronto comenzaré con Mi querido Mijail.

Un saludo.

Diarios de Rayuela dijo...

Efectivamente, querida Lula sí que es agradable abrirse a los demás. Un poco por ello, supongo, que mantenemos estas ventanas. Abiertas casi de par en par. Aunque en vivo y en directo cuesta algo más. Deben darnos pie.
Un abrazo.

Sir John, veo que la nómina de abuelos desconocidos y muertos de mala manera es grande. Fueron malos tiempos para todos. Aunque, y eso creo que no ha de olvidarse, más para unos que para otros.
Un abrazo.

Lula, enterado del reto. A ver cómo lo solucionamos. Has puesto el listón muy alto.
Un abrazo.

Pau, no sabes cuánto me alegro de que hayas leído a Oz gracias a los humildes comentarios que uno le ha dedicado al israelí. Te agradezco tu presencia, tu interés por lo que entonces se dijo aquí de Una historia de amor y oscuridad y el que me hayas contado la favorable impresión de su lectura.
Un fuerte abrazo, amigo.

Sir John More dijo...

Sí, amigo, eso es lo que no parecen entender algunos: la culpa de unos es la de matar a otros, y la de los otros, la de matar y la de hacerlo, además, en nombre de la injusticia y el terror. Unos tuvieron la culpa de participar en una guerra fratricida, y la de otros la de participar en una guerra que ellos mismos provocaron. Pero hay aún mucho indeseable que piensa que aquello fue un error de todos por igual, es decir, que la democracia vale lo mismo que una dictadura ignorante y salvaje. En fin, así es la vida...

Abrazos.