miércoles, noviembre 21, 2007

Las aguas silenciosas

Compré hace unos días en Paradiso el último libro de Francisco Álvarez Velasco. La casualidad quiso que al salir de la librería me encontrara con el autor. Le di a firmar el poemario. Puso en él algunas palabras amables. Iba acompañado de su mujer. Charlamos un momentito. Acababan de llegar de Barcelona. Allí viven su hija y su única nieta. La pequeña se llama Luna y los abuelos cuentan –qué van a decir ellos- que está preciosa. Lo está, doy fe, que la vi en fotos.

Las aguas silenciosas, editado por Trea, contiene un hatillo de hermosos y muy depurados poemas. Apenas se narra en ellos. Cuentan emociones. Y se alcanzan éstas a través de algunos de los temas recurrentes en la obra de Velasco: el paso del tiempo, la muerte como horizonte, la soledad, el amor o la memoria familiar. Respecto de esta última intuyo que se tiende un puente entre las hogazas de la infancia o la ropa doblada con ternura y ese eslabón último que es la niña recién nacida a la que se le vigila el sueño: “la calma de tu rostro / mientras estás soñando”. Es ese el consuelo de futuro, el del pasado son las guijas, esas piedras blancas y pulidas que refulgen en el lecho de las aguas silenciosas. Es la corriente la vida que transcurre. Los recuerdos, esos que le brillan en el fondo y atraen la mirada y provocan la evocación: “relumbran en el limo / algunas guijas blancas”. Y la salvación sigue siendo en el presente la compañía de quien se ama “donde tus pies terminan / y nace al agua viva / y el viento de los trigos / y empiezan los arroyos”; pero también las pequeñas e imprescindibles cosas que van con nosotros: “…acariciar las cosas que nos acompañaban” se dice en un verso que páginas más adelante titula un poema.

Parecen estar siempre escritos los libros de Paco Velasco con la naturaleza al fondo. De ella se entresacan de continuo apuntes bien traídos que adquieren una significación precisa. La hiedra, el bosque o la misma tierra ya fueron parte del título en libros anteriores. Ahora lo son las aguas, “la vida va por ellas”. Aguas que llegarán a la mar, frente a la que miran los viejos: “Frente a la mar sentados. / Y los barcos se alejan / por la panza del mundo”. Naturaleza y estaciones, porque aquélla se transforma al paso de éstas, siendo un tránsito inexorable como el de la propia vida, como el de los ríos; un correr que muere en el invierno cuando “noviembre se desnuda / (…) y es amargo estar solo / (…) y crece por el mundo la pleamar de la muerte”.

E igual que los ancianos ante el océano, otros rostros miran, pero distinto, desde la orilla de las aguas silenciosas. Son las máscaras a las que algunos versos aluden en la primera parte del poemario, rostros que hablan de la vida que no es sino a veces tan sólo una representación, percusión silenciosa de la soledad: “Ante ese hueco son de la persona / que suena a soledad / si la golpeas, / a sombra y son salobre si la auscultas, / ¿qué podemos hacer?”. Una representación que también es sinsentido de práctica religiosa ante la incertidumbre de un Dios que si no existiera dejaría en baldío: "la tristeza de la carne, / el reino del espíritu, / la ceniza del miércoles". Una ceniza, que como más adelante se recuerda -cerrando así el círculo de nuevo en torno a la naturaleza-, fue árbol antes de ser fuego.

Hay muchos buenos poemas en este libro. Déjenme que para concluir esta reseña -aunque justo sería decir más de tanto como estas aguas llevan-, elija yo de entre estos poemas dos que, de algún modo, se complementan y contienen el libro. Es uno preciso y corto, sus mimbres son sólo dos heptasílabos: “Si no haces ya preguntas / qué lejana la infancia”. El otro certifica esa lejanía al repasar desde la edad niña a la vejez la vida de quien se halla en la frontera de todos los vacíos -¿el poeta mismo?-: “Tuyo era el rostro campesino / madurado en los tiempos de la lluvia / y en los tiempos del sol. / Y el rostro enamorado / también tuyo / (por roderas de luz generosa avanzabas). / Y el rostro de la cólera / implacable, / al asalto / contra los quicios duros / de las puertas del mal. / Mas si te miran hoy, / tal vez nada descubran. / Nada en tu rostro dejan / nubes de tiempo nuevo / ni aguas, ni arenas, ni algas / que marchan y retornan. / En la frontera estás de todos los vacíos.” No llevan título estos versos. Piensa uno que bien pudiera ser el de autobiografía. Que no otra cosa, creo, es lo que se traza en ellos y en el resto del poemario, pues en eso consiste el escribir cuando se cuenta lo que se siente, en explicarnos lo que hemos sido y somos.

6 comentarios:

FPC dijo...

Muy justamente apreciado. E igual de bien contado. Gracias nuevamente por estas píldoras tan necesarias.
Un abrazo.

Diarios de Rayuela dijo...

Es, a mi juicio, un libro muy recomendable. Como lo era también Noche, el anterior con el que ganó el Antonio Machado su autor y sobre el que hice una de las primeras reseñas de estos Diarios. Se merecería Paco Velasco mucho más eco de cuanto escribe. Y más reconocimiento por el trabajo que realiza como editor de la página www.portaldepoesía.com.
Un abrazo.

Luna dijo...

Muy emotivo...

Saludos.

Diarios de Rayuela dijo...

Lo será, Luna, porque se recrea la lectura. No hay disección, sino compañía.
Un abrazo.

Delfina Acosta dijo...

Todo cuanto publica Francisco Alvarez Velasco es siempre bueno.
Delfina Acosta

Diarios de Rayuela dijo...

Lo que uno conoce lo es al menos.
Un cordial saludo y gracias por caerse por aquí.