viernes, noviembre 16, 2007

Obrero del milagro

Fue ayer leyendo a James Salter. Su cuento Contigo, Mi Señor. Se titula así porque en él se intercala un poema de Pound que contiene esa expresión O mejor dicho, un poema chino traducido por Pound y publicado en su libro Cathay de 1915. Fue leer esos versos en el relato y despertárseme en la memoria una ristra de recuerdos. Han pasado ya más de veinte años. Por entonces nos reuníamos para hablar de poesía. De la nuestra y de la de que nos gustaba. Publicábamos una revista minúscula. Hacíamos algún recital –osada mocedad-. Y hasta nos atrevimos con tres o cuatro diaporamas, que eran como un entrelazado de imágenes fijas a las que un guión y una música apropiados les daban apariencia de documental proyectado. Yo creo que el mejor de aquellos trabajos fue el dedicado a Ezra Pound. Lo recordé porque a todos nos emocionaba cómo se recitaba en él ese poema rescatado por Salter. Lo hacía una voz que sostenía sin afectación una delicada queja, una añoranza:

A los catorce años me casé contigo, Mi Señor.
Nunca me reía, siempre vergonzosa.
Bajando la cabeza, miraba a la pared.
Llamada, mil veces, nunca volteaba la cabeza.
A los dieciséis tú partiste,
Te fuiste a la lejana Ku-to-yen, por el río de veloces remolinos,
Y ya llevas ausente cinco meses.
Los monos hacen un ruido triste sobre mí.
Las hojas caen temprano en este otoño, con viento.
Las mariposas emparejadas están ya amarillas por agosto.
Sobre la hierba en el jardín del Oeste;
Me hacen daño. Me envejezco.
Si vienes bajando por los desfiladeros del río Kiang
Házmelo saber, por favor, de antemano,
Y yo voy a salir a encontrarte
Hasta allá a Cho-fu.Sa.

El mejor halago que yo he encontrado acerca de la personalidad de Pound fue el que le dedicó Joyce en una carta a Yeats: "Nunca voy a poder agradecerle lo suficiente que me haya puesto en relación con Ezra Pound, que es, sin duda, un obrero del milagro". Lo fue, sin duda, para un puñado de magníficos escritores a los que alentó, significándole en aquel patrocinio el excelente tino que puso en la elección. Pero ese tipo innovador en su obra, generoso y con buen ojo para la de los otros, tuvo, sin embargo, la infeliz ocurrencia de encoñarse con el fascio. Se empeñó antes en volverse economista, buscando en esa disciplina explicación a los males sociales. La tóxica emulsión de números y versos lo trastornó de tal modo que se volvió vocero radiofónico de las virtudes mussolinianas desde una pequeña emisora del norte italiano. Conoció por ello, al final de la guerra, la cárcel y hasta las jaulas. Y fue carne de psiquiátrico doce años hasta que recobró la libertad para pasar sus últimos años en Venecia.
Aquel diaporama que entonces le hicimos a Pound terminaba, según creo recordar, con dos hermosísimas evocaciones del poeta ya anciano y casi olvidado escritas por Felinghetti, Ezra Pound en Espoleto, y por Antonio Colinas, Encuentro con Ezra Pound. La primera se ambientaba en un verano de 1965, en el transcurso de unas lecturas poéticas en el Teatro Melisso:
Todos los de la sala se levantaron, se volvieron y miraron hacia atrás, levantando la vista hacia el palco de Pound y aplaudiendo. El aplauso fue largo y Pound trató de levantarse de su butaca. Un micrófono le molestaba. Se agarró a los brazos del asiento con sus manos huesudas y trató de incorporarse. Como no pudo trató de nuevo y tampoco pudo. Su vieja amiga no intentó ayudarle. Al fin, ella le puso un poema en la mano y después de por lo menos un minuto a él le salió la voz. Primero se le movió la quijada y en seguida la voz le salió, imperceptible. Un joven italiano le acercó el micrófono a la boca y se lo tuvo allí, y la voz pudo oírse, débil, pero tenaz, más fuerte de lo que yo esperaba, delgada, suave, monótona. La sala había quedado en silencio de un solo golpe. La voz me derribó, tan suave, tan fina, tan débil, tan tenaz aún. Recliné la cabeza sobre mis brazos en el pasamanos de terciopelo de la baranda del palco. Me sorprendió ver caer una lágrima sobre una de mis rodillas. La imperceptible, indomable voz seguía. ¡Parar en esto! Salí ciego del palco, por la puerta trasera a la vacía galería del teatro en cuya sala quedaban todos vueltos hacia él, bajé y salí al sol, llorando… En las alturas próximas al pueblo, junto al antiguo acueducto, los nogales estaban todavía en flor. Pájaros silenciosos volaban sobre el valle de abajo; en la lejanía, el sol brillaba en los nogales y las hojas como que giraban en el sol, y giraban y giraban y seguirían girando. Como su voz, que seguía y seguía entre las hojas.”

El poema de Antonio Colinas, publicado en su libro Sepulcro en Tarquinia, dice así:


Debes ir una tarde de domingo,
cuando Venecia muere un poco menos,
a pesar de los niños solitarios,
del rosado enfermizo de los muros,
de los jardines ácidos de sombras,
debes ir a buscarle aunque no te hable
(olvidarás que el mar hunde a tu espalda
las islas, las iglesias, los palacios,
las cúpulas más bellas de la tierra,
que no te encante el mar ni sus sirenas)
recuerda: Fondamenta Cabalá,
hay por allí un vidriero de Murano
y un bar con una música muy dulce,
pregunta en la pensión llamada Cici
donde habita aquel hombre que ha llegado
sólo para ver getes a Venecia,
aquel americano un poco loco,
erguido y con la barba muy nevada,
pasa el puente de piedra, verás charcos
llenos de gatos negros y gaviotas,
allí, junto al canal de aguas muy verdes,
lleno de azahar y frutos corrompidos,
oirás los violines de Vivaldi,
detente y calla mucho mientras miras:
Ramo Corte Querina, ése es el nombre,
en esa callejuela con macetas,
sin más salida que la de la muerte,
vive Ezra Pound.

Ya les digo, fue ayer, leyendo a Salter.

10 comentarios:

Alexandrós dijo...

¡Qué casualidad! El 8 de abril de 1983 mi amigo IC quiso obsequiarme con dos libros que yo no había leído: "Cathay" y "Música de cámara" Eran años de vacas flacas para ambos así que entró en la librería Abraxas de Santiago y le expropió los dos ejemplares al pobre Amador. Y ahora los tengo frente a mí al tiempo que escribo este comentario en el que IC, DR y yo, tejemos un bucle misterioso.
Un abrazo

amart dijo...

Lo poco que conozco de Pound viene a través de mi admirado Juan Ramón, a quien evoco hoy, por tu entrada.
Los poemas que incluyes me parecen delicadísimos.
Un abrazo.

Luna dijo...

Así ha sido hoy el día.


Pájaros silenciosos volaban sobre el valle de abajo; en la lejanía, el sol brillaba en los nogales y las hojas como que giraban en el sol, y giraban y giraban y seguirían girando. Como su voz, que seguía y seguía entre las hojas.”

FPC dijo...

Gracias a ti he vuelto a hojear mi añoso ejemplar de Cathay (la fecha que escribí al adquirirlo atestigua que he envejecido mucho, como el papel malísimo en que se imprimió). Salen con el librito dos recortes del Informaciones de las Artes y de las Letras, ambos firmados por Quiñonero. Todo parece vetusto y revenido salvo los versos de Pound:
"Lluvia, lluvia, y las nubes se han densificado, / los ocho pliegues del cielo están oscuros, /la llanura mira al río. / '¡Vino, vino, llegó el vino'! / Bebo junto a la ventana occidental. / Pienso en pláticas, en el hombre, / y ningún bote, ningún carruaje, se aproxima".
Gracias por dar vuelta atrás a la manivela y devolverme parte de aquella juventud.
Un abrazo.

Miguel Sanfeliu dijo...

Bello texto. La magia de la lectura, que nos transporta a recuerdos latentes.
Un abrazo.

Diarios de Rayuela dijo...

Según parece, Alexandrós, fue Yeats quien le hablo a Pound de Joyce y lo hizo a propósito del libro Música de cámara, lo único que tenía el irlandés publicado entonces. A partir de ese momento se creó una relación entre ambos que propició la publicación del Retrato de un artista adolescente. Motivo por el cual, agradecido, Joyce definió a Pound como "obrero del milagro". Definición que a mi, particularmente, me parece un hallazgo hermosísimo.
Un abrazo.

Diarios de Rayuela dijo...

Según publicaba ayer EL PAÍS, querido Amart, ambos, Pound y Juan Ramón, fueron candidatos al Nobel en el año, 1956, en que se le otorgó al de Moguer. En efecto, éste tradujo muchos de los poemas del norteamericano.
Un abrazo.

Diarios de Rayuela dijo...

A mi, Luna, transcribir esa evocación que Ferlinghetti hace del viejo Pound me ha emocionado aún. Y hacía mucho que no la leía.
Un abrazo.

Diarios de Rayuela dijo...

Es el poder de la las lecturas oblicuas. Yo leía a Salter y terminé en Pound, en Ferlinghetii y en Colinas. Y como decía en el post, en el recuerdo de viejas empresas afrontadas más de veinte años atrás.
Un abrazo, FPC.

Diarios de Rayuela dijo...

Bien lo sabes Miguel, todo eso que vamos leyendo al cabo de los años y de lo que aparentemente nada queda, va dejando una latencia imperceptible que de vez en cuando, al tocar la tecla precisa, termina por aflorar.
Un abrazo.