jueves, abril 17, 2008

Cosas de ayer mismo

Ayer saqué un rato en la mañana para constestar el correo de un amigo. Al releer lo que le escribí, aun sin estar plenamente satisfecho ni con el fondo ni con la forma —quién lo está nunca—, pensé al menos que había en los renglones pergeñados sinceridad y contención, y que no era mala mezcla, pues aquélla se hace insorpotable sino se la embrida. Me pareció también que se hace agradable ensayar de vez en cuando el viejo género epistolar. Aunque se use para ello el formato del e-mail y no el antiguo recado de escribir donde siempre se desvelaba el pulso del remitente. Es bueno redactar cartas como quien camina solo y aun sin ser ajeno a lo que le rodea es capaz de mirarse los adentros, de conversar en silencio consigo mismo y con quienes decide en cada momento que lo acompañen mentalmente en el paseo.
Luego, al llegar a casa, me esperaba un paquete pesado y misterioso. Abierto resultó ser un libro bello, grande. Venía dedicado. Me emocionó ese presente inesperado, ese afecto que apenas se intuye y que de pronto se manifiesta de la más entrañable manera, a través de un regalo que no obedece sino al capricho generoso de quien sólo por gusto lo envía. Y uno se queda dichoso y sin palabras.
Justo hasta que mi hijo vino a sacarme de ese ensimismamiento. Deberes. Problemas de cálculo. Porcentajes. Proporciones. Y su duda porque los resultados no eran exactos. Y su queja porque es incapaz, más que de comprender, de tolerar que el maestro ponga problemas que una vez resueltos no den cifras exactas. Sin decimales. Porque, curiosamente, mi hijo odia los decimales. Ya hemos intentado explicarle que de aquí en adelante los ejercicios que tendrá que resolver la mayor parte de las veces darán resultados inexactos. Que en las operaciones de la vida diaria no siempre hay cifras exactas. Pero su insistencia sobre la incomodidad que misteriosamente ello le provoca me impacientó de repente tanto que me dio por decirle que la vida misma no era exacta. Así que a acostumbrarse.
Volviendo la mirada de nuevo al libro recién recibido y apaciguándome así el ánimo que el empecinamiento de mi hijo había revuelto, pensé que aún siendo verdad lo que por cerrar el asunto le había dicho —reconociendo, no obstante, que no era comparación ilusionante para un crío—, no es menos cierto que la vida a veces, para nuestra fortuna, deja los decimales por el camino.

6 comentarios:

Sir John More dijo...

Nunca me cansaría de leer cartas. Las personas que más nos interesan son transparentes en sus cartas. Tengo, en mis varios estantes de pendientes, algunos tomos deliciosamente gruesos, rebosantes de cartas de escritores que tal vez no dijeron en sus novelas y ensayos ni la mitad de lo que podrían haber dicho. Pero con diferencia las mejores cartas son las que alguien me dirige, sobre todo porque se siente uno tremendamente honrado de ser el destinatario de ese diálogo con uno mismo que es una carta. Podremos sentir mucha nostalgia del papel y el sobre, y de la caligrafía que tanto mostraba del autor, pero las cartas electrónicas son un regalo y un tesoro, y algunas, además de sinceras y contenidas, poseen una forma envidiable y un fondo profundamente amable e interesante. Un abrazo.

paupablo dijo...

Siempre me causaron cierta angustia los números periódicos, y el número pi, a la vez me gustaba y me molestaba, lo he visto siempre como una especie de abismo.

Menos mal que tienes razón con tu frase final.

Luna dijo...

Lo llevo pensando mucho tiempo..
Su hijo y yo nos parecemos mucho, lo digo po los decimales, los odios.

Si un día llego a ser una mediana autora y si me lo permite, le mandaré un libreto elegante y forrado en piel.
Debe ser un gustazo enorme recibir algo tan delicado y bonito.

Saludos

Sirena Varada dijo...

Por fortuna la vida deja decimales por el camino: la sorpresa de recibir una carta sincera y amistosa, la sorpresa de recibir un regalo inesperado… y más que nada la capacidad de apreciar esas pequeñas cosas, que a veces desechamos como se desechan los decimales.

Un saludo

Susana dijo...

Qué alegría un domingo por la mañana llegar nuevamente a tu blog y encontrar esta sensación entrañable de ternura envolviéndome de alguien "aparentemente" lejano, a quien no conozco y sin embargo, produciendo con esta entrada una proximidad que lo hace "cercano".
Tanto el valor increíble para mí también de las cartas escritas y recibidas; de hallar huellas ahí de aquellos que establecen ese intento de acercarnos y acercarse, y de descubrir también allí, esa suma que no da exacta, esas pulsaciones que magistralmente, trasladas de esos cálculos matemáticos a los "decimales", las cuentas que en la vida no dan exactas. Y ahí, también que de eso estamos hechos y va haciéndose un camino, que esos restos cotidianos en nuestras vidas, también son los rastros de aquello vivido y que forman nuestra historia.
Tanto en las cartas como en los cálculos que no dan exactos, encontrar las sorpresas, nuestra propia sorpresa en esos gestos de afecto, de reflexión, de encuentros que también pueden llegar y abrirse nada menos con el envío de ese regalo por correo: un libro... la posibilidad de múltiples lecturas como lo que transmites en tu "Cosas de ayer mismo".
Mi afectuoso saludo y es para mí también, una sorpresa repetir que tu escritura me transmite una cercanía que no hallo habitualmente y una luz que refresca, vital y que ilumina aquellos rincones que no es fácil de alcanzar en la vorágine cotidiana!!!!

Diarios de Rayuela dijo...

Algunas bitácoras, Sir -a mi parecer, la tuya y la mía entre ellas-, creo que tienen también mucho de cartas, de mensajes recogidos que uno pliega en la transparencia de esta botella por la que vemos y nos ven, llamamos y nos llaman.

Las matemáticas, Pablo, cuando se nos hacen inapresensibles, se vuelven desasosegantes. Como la vida.

No dudo que lo será, Luna, que se convertirá en una dramática de postín y que me enviará -eso espero- cada una de sus obras. Y se las dedicará desde Madrid a este escritorzuelo de provincias.

Eso era, Sirena. Eso quería este post. Darle importancia a lo que realmente creo que la tiene, las pequeñas cosas diarias que nos recuerdan, como tan bien dijo Borges, que "no pasa un día sin haber estado, al menos un momento, en el paraíso".

Susana, permíteme que te confiese que este comentario tuyo es uno de esos trozos de día a los que se referían las "cosas de ayer mismo". Da un gusto enorme -casi pecaminoso- que a uno le digan cosas tan bonitas.

Un fuerte abrazo a todos.