martes, abril 22, 2008

La petaca y el poeta

Travesías, de Martín López Vega, es un libro muy bello, tanto por dentro como por fuera; un poemario que comienza diciendo algo así –escribo de memoria– como que todos los días amanecen con la posibilidad de convertirse en paraísos, en infiernos o en purgatorios. Supongo que son más los últimos. Que de los primeros sabemos a ratos y de los segundos ocasional y definitivamente. No extraño entonces que ayer haya sido, como tantos otros, un día de purgatorio. Lamento que me lo haya parecido. Que lo fuera demasiado evidententemente. Que le advirtiera la incómoda indiscreción de todo lo que se hace notar en exceso.

Tienen mal cauterio estas horas abiertas en prisa y enojo. Uno les pone como puede remedio antes del sueño, porque no es conveniente hacerse a la noche en la tormenta, ni procurar la piel de quien se ama con el ánimo del que todavía anda maldiciendo contratiempos tiernos. No es mala ayuda entonces apañarse una cerveza fría o un lápiz afilado con que conjurar lo amargo. Son remedios aparentemente ligeros, pero con un acusado peso específico que, casi milagrosamente, inclinan el fiel de la balanza hacia la idea de que, como Borges decía, hemos tropezado al fin con el trocito de paraíso que la vida nos reserva cada día.
De todo eso, creo, hablan estos versos. Se escribieron disfrutando del silencio y la cerveza.

He escrito algunas veces,
al acabar el día,
por aliviarme de su áspero tránsito.
Me cura ese silencio
que sólo el lápiz burla
deslizándose por los papeles
como un esquivo gato sibilante.
Tiene por péndulo el tiempo entonces
el oleaje calmo de las sílabas,
golpeando como un pulso ya en bonanza
los muelles de la noche.


Dormirse después, o lo que se pretenda, resulta siempre mucho más agradable. Es el relajante efecto de la farmacopea de la petaca y del poeta.

2 comentarios:

paupablo dijo...

Justo y cierto.

Diarios de Rayuela dijo...

A su salud, Pau (la cerveza y los versos).
Un abrazo.