jueves, marzo 31, 2016
jueves, marzo 17, 2016
No sólo malas maneras, sino también malas causas
Félix Ovejero en EL PAÍS escribe sobre Otegi:
de obligada lectura (creo).
"Los motivos no purifican los procedimientos. Después de todo, algunos matan por amor o por el reino de Dios. En realidad, en una sociedad democrática, invocar objetivos políticos para realizar crímenes debería considerarse un agravante, si estamos de acuerdo en que la primera exigencia de la política democrática es el respeto a la dignidad de los otros.
(...) Quizá es cosa de revisar ese confuso territorio de nadie en el que todos parecíamos sentirnos cómodos, entre otras cosas porque nos evitaba pensar en serio la naturaleza de la mercancía ideológica nacionalista: “Una buena causa defendida de mala maneras”. Y sí, estrictamente, no es imposible que una buena causa se defienda de mala manera. Pero no es el presente caso. Aquí no solo hay malas maneras: también hay malas causas, y, además, la relación entre unas cosas y otras no es casual."
jueves, marzo 03, 2016
Después de lo de ayer...
Después de lo de ayer, cobra de nuevo actualidad este artículo de José Ignacio Torreblanca que ahora enlazo. Decía entre otras cosas: "Del lenguaje de la asamblea se deduce que los socialdemócratas son el principal obstáculo para el triunfo de los valores de la izquierda: unos vendidos que siempre acaban pactando con el capital y la burguesía y en lugar de superar la economía de mercado y la democracia liberal acaban reforzando a ambas. Cada vez que llegan al poder, esos cochinos socialdemócratas, miopes históricamente en cuanto a la dialéctica destructiva del capital y por completo insensibles ante la devastación liberal, se conforman con extraer del sistema unas migajas en forma de redistribución de impuestos y unas pocas oportunidades educativas. Una pena." Y entero se puede leer aquí: Cochinos socialdemócratas.
miércoles, marzo 02, 2016
Un AGUACERO se descarga
No es el tiempo, que también. Es la música de los Johnny Gafapasta. Está en la nube y de la nube llega en forma de aguacero. Ya está disponible el EP de esta joven banda. Tres temas que suenan bien y que uno espera que se oigan muchas veces y en muchos lugares. Suerte chavales (suerte, hijo).
jueves, febrero 25, 2016
miércoles, febrero 24, 2016
Fotogramías
En los rincones apartados, por donde los arroyos alimentan al río grande, todo sigue pareciéndose a como debió de ser muchos años atrás. La sombra del bosque, incluso la sombra del bosque invernal, conserva todo la apariencia de un mundo sin domesticar, un mundo que exige arrestos para atraversarlo en el silencio apabullante de su naturaleza. En Pozo Mouro, recordé un fragmento de Aunque Blanche no me acompañe (Aguaclara, 2014). Decía así:
"Hubo un tiempo en que en Brocal el agua aprisionada en los banzados movía los martinetes. Percutían rítmicamente como si se tratase de pájaros antediluvianos picoteando hierro fundido. Aquellas ferrerías fabricaban sencillos objetos domésticos, aperos agrícolas, herrajes de carros y clavazones. Había herreros entonces de obra mayor, dedicados a la fábrica de calderos y sartenes; y herreros de clavos tan apreciados que su suministro atendía incluso las necesidades de los arsenales de Mahón, de Cádiz, de Cartagena, de El Ferrol y de la Habana, donde se empleaban en grandes cantidades para la construcción de buques. Hubo un tiempo en que aquí ardía la fragua de Vulcano. Hoy ese pasado parece sencillamente una fábula (...) Veo al salir del pueblo las ruinas de uno de esos mazos. Se lo traga la maleza. Está justo al lado del torrente que lleva el agua de las laderas de Penouz al río grande, al viejo Nereya, al río al que Ptolomeo le decía Nerealubio. Estas punzadas que siento en las sienes son el mordisco de los vermes. Percuten sus dentelladas rítmicamente en mi cabeza como martinetes. Forjan clavos menudos. Alfileres. Me pinchan como si fueran el trenzado de una corona de espinas. No soporto esta industria de dolor."
lunes, febrero 15, 2016
Indecencia periodística
Lo que más abajo se enlaza se
escribió ayer en el ABC sin que uno sepa que nadie, hasta el momento, haya pedido aún disculpas,
sin que al individuo que lo escribió se le haya puesto de patitas en la calle y
sin que esos periodistas que dan un día sí y otro también lecciones de
periodismo hayan tenido la decencia de detenerse a valorar si merece la pena el
oficio cuando no se combate a individuos que como éste lo comparten.viernes, febrero 12, 2016
La Ñora
Sobre el camino, el temporal de los últimos días ha esparcido un caos de ramas, cortezas y hojas. Está subiendo la marea. Batirá la playa de nuevo el oleaje. Pero desde aquí arriba se oye al mar como a los perros, ladrando lejos. Sólo hay una manera de apaciguarlos: permanecer un rato en silencio y quietos, hasta que el aire sea incapaz de alentar nuestro olor hasta sus fauces, y mientras la cámara mantiene su objetivo abierto durante el tiempo suficiente como para que las olas se vuelvan mansas como la seda.
jueves, febrero 11, 2016
miércoles, febrero 10, 2016
Torpeza tras torpeza
Según parece la obra representada no era para un público infantil. Pero eran niños los que se situaron frente al pequeño escenario de los títeres. Y no estaban en una oscura sala de butacas, irreconocibles en su edad para los actores subidos al escenario, sino en una plaza a la luz del día. Torpeza fue entonces que quienes representaron la obra no tuvieran en cuenta para quiénes lo estaban haciendo finalmente, que no eran adultos que pudieran extraer de lo representado su significado exacto, sino críos que seguramente, más que asustados, experimentaban una enorme extrañeza a medida que se sucedía el vía crucis de la bruja libertaria que protagonizaba la representación. Que una torpeza continuada, debida a programadores y titiriteros, haya llevado a la cárcel a éstos por una pancarta descontextualizada, nos sitúa ante una torpeza aún mayor, la de quien debe juzgar con sensatez lo que algunos han anatemizado interesadamente. La decisión de mantener encarcelados a unos actores hasta ahora desconocidos los va a convertir, y si no al tiempo, en unos héroes de dudosa causa. Una torpeza más. Es, por ello, urgente que se los ponga cuanto antes en libertad. Y que se eché el telón sobre este incidente tergiversado por todos.
domingo, enero 24, 2016
Una pequeña carta agradecida
Hoy no he madrugado. Ayer noche fui de
concierto.Y no es que uno sea de ir de conciertos, y menos nocturnos, pero
paternidad obliga y mi hijo tocaba con su banda (los fabulosos Johnny Gafapasta) en un antro del Carmen a la 1 de la mañana (¡nada más y nada
menos!). Quedó pendiente para otro momento empezar la lectura de Arraianos (un
Méndez Ferrín que hoy sí comencé y que estoy disfrutando enormemente) y el
enfrascarse con la segunda temporada de Fargo (la primera me pareció espléndida
y tengo ya ganas de ver la segunda). Quedaron pendientes, como digo, esas citas
y quedó pendiente el sueño que se intentó recuperar en esta mañana de domingo.
Así que cuando me eché a la calle ya era casi hora de vermú. Me sonó el móvil.
Una amiga me avisaba de que uno estaba en el periódico, citado y, para mayor
gloria, caricaturizado. C. se empeñó en comprar enseguida La Nueva
España. He de confesarte que yo era más reticente (me entran sudores fríos cada
vez que me veo en tesituras tales). Ese yo amablemente deformado del dibujo que me encontré impreso me
resultó divertido, hasta el punto de que casi logra reconciliarme por fin con
el tamaño de mis orejas. La lectura del texto, aun sabiendo que era tuyo,
preferí posponerla a la sobremesa. Así que después de las lentejas, me
arrellané en el orejero con el sol a mis espaldas y leí con enorme y ruborizado
gusto lo que tan generosamente has escrito de uno. Ciertamente no sé
cómo agradecértelo. si hasta me he pasado por arco del triunfo esa humildad que
suele achacárseme y he compartido tus palabras por el vanidoso universo
facebookiano. José Luis, José Luis, me estás convirtiendo en un poeta social (a
la actual manera). Si alguien me tiene hoy ya por engreído, redirigiré el dedo
acusador hacia el culpable de mi nuevo carácter. Un abrazo muy fuerte (que ruego hagas
llegar también a don Mortiner).
jueves, enero 21, 2016
Vísperas de nada, Premio de Novela Corta "José Luis Castillo Puche"
La cosa podría quedar como se ve en la imagen. No obstante resta aún mucho tiempo para saber la apariencia final que tendrá el libro. Lo único seguro es que se titulará así y que en su portada rezará que le fue otorgado el XXIII Premio de Novela Corta "José Luis Castillo Puche". El fallo se dio a conocer ayer. Agradecido.
Vísperas de nada comienza así: "Nada conocía sobre A. M. Tränkler salvo que había sido pintor. Eso y que un lejano día de 1926 Albert Henrich lo había retratado al óleo en un cuadro frente al que no solían detenerse los visitantes del Thyssen y que, colgado en la sala dedicada a los expresionistas, ofrecía una imagen que muy posiblemente fuera fiel al hombre en el que se inspiró."
miércoles, enero 20, 2016
jueves, diciembre 24, 2015
lunes, diciembre 21, 2015
Una historia para navidad
Me envía un correo mi amigo
G. Acaba de leer el libro Arenas movedizas, que Henning
Mankell escribió en sus últimos meses de vida. En él se encuentra con una
detallada y reflexiva narración sobre el famoso cuadro La balsa de la Medusa de
Gericault. El lienzo tiene tras de sí una historia real y trágica de la que el
pintor intenta, desesperadamente, extraer una metáfora de la esperanza. Dice G.
que el asunto de su correo es una “historia para navidad” (con rendidas
minúsculas).
La balsa de la muerte
Finales de la primavera de
1816. Napoleón está definitivamente vencido y morirá envenenado con arsénico en
la isla de Santa Elena, esa masa rocosa azotada por el viento del sur del
Atlántico donde está prisionero.
En Francia domina un rey de
la familia de los Borbones. Cuatro buques de la armada francesa tienen órdenes
de zarpar rumbo al sur. Su objetivo es Senegal, en la costa occidental
africana. Como consecuencia de la reorganización de Europa después del Congreso
de Viena, los ingleses cederán a Francia la ciudad portuaria de San Luis.
El 17 de junio, la pequeña
flota de cuatro navíos zarpa de Rochefort. Mantener unido un grupo de veleros
resulta casi imposible, y pronto pierden el contacto entre sí. Aunque todos
saben cuál es la meta hacia la que navegan.
Uno de los buques es la
fragata Medusa. A bordo de la nave de tres palos viajan cerca de cuatrocientas
personas. La mitad son marineros, la otra mitad, funcionarios que se adueñarán
de la administración de la plaza africana donde pronto se izará la bandera
tricolor.
El capitán es Hugues Duroy
de Chaumareys.
No tiene experiencia, hasta
el momento ha trabajado sobre todo para las autoridades aduaneras francesas.
Además, ha sido contrario a Napoleón. Puesto que la mayoría de los marineros a
bordo han sido partidarios suyos, no tarda en ganarse la animadversión y el
desprecio de la tripulación.
Dos semanas después de que
se hayan izado las velas en Rochefort, la Medusa encalla cerca de la costa
africana. Allí hay bancos de arena que nunca se han cartografiado del todo. La
Medusa encalla en uno que se llama Banc d’Arguin.
La nave está inmovilizada.
Siguiendo las órdenes del capitán, arrojan por la borda todo lo que no es fijo,
para que el barco se eleve y se aparte del banco deslizándose en la medida de
lo posible. No lo consiguen. De Chaumareys da órdenes de abandonar el barco.
Como los botes salvavidas son insuficientes en número, fabrican una balsa
enorme. Derriban los tres mástiles para hacer con ellos la base cuadrada de la
balsa. Los botes salvavidas la arrastrarán hacia la costa africana, que se
esconde al este entre la neblina.
La operación de remolque
fracasa. Cortan los cabos que unen la balsa a los botes salvavidas y la
abandonan con sus ciento cincuenta pasajeros. El capitán De Chaumareys comete
una de las acciones humanas más cobardes e ignominiosas que se puedan imaginar.
La situación en la balsa no
tarda en pasar de un orden artificioso a un caos brutal. Los más fuertes
arrojan por la borda a los heridos, más débiles. Se acaban el agua y los
alimentos. Se impone el canibalismo. Con hachas, sacan tajos de los cadáveres y
se comen la carne cruda. La balsa se convierte en un matadero humano.
Al cabo de quince días, la
nave hermana Argus avista la balsa. Para entonces quedan quince supervivientes,
pero varios de ellos mueren después a causa de las privaciones. Al final, sólo
tres de los marineros se salvan y pueden regresar a Francia.
Uno de los supervivientes es
el médico de a bordo, Henri Savigny. Cuando regresa a Francia, entrega al
almirantazgo francés un informe de los acontecimientos. El asunto se difunde y
se convierte en un gran escándalo.
Cuando se produce el
accidente de la Medusa, el artista Théodore Géricault tiene veinticinco años.
Se hizo famoso en el Salón de París en 1812, cuando presentó el óleo de un
oficial de caballería a lomos de un caballo rampante, y ahora empieza a pintar
un cuadro de la balsa, en el que la gente yace moribunda después del naufragio
de la Medusa.
En un principio, se
concentra en tratar de reproducir el horror que reinaba a bordo. El
canibalismo; cómo arrojan por la borda a los débiles —aún vivos—; un mar donde
no se avista ningún otro barco; la desesperanza que, al final, es el único
sentimiento que les queda.
Se imagina una balsa que va
a la deriva surcando un mar, una balsa donde no hay dios que se preocupe por el
sufrimiento de los náufragos. Cuando no queda ninguna esperanza, tampoco queda
ningún dios.
El cielo está tan vacío como
el mar.
A poco más de seis
kilómetros se extiende la costa africana, invisible por la niebla, pero para
ellos no es ninguna salvación, allí bien puede esperarles el infierno. Los
hombres de la balsa están condenados a muerte.
Géricault comienza a dudar.
Hace un gran número de bocetos, pero, al final, empieza a atenuar cada vez más
la catástrofe. Como si se hiciera la siguiente pregunta: ¿Qué ocurre con las
personas que pierden la esperanza por completo? ¿Cuándo ya no queda nada?
El artista no da ninguna
respuesta a la pregunta. Sencillamente, está mal formulada, o es imposible. No
existe vida humana allí donde la esperanza desaparece por completo.
Siempre queda algo.
La pintura que por fin deja
terminada representa la esperanza humana que, pese a todo, existe incluso
cuando no debería quedar nada. Al fondo del cuadro se atisba Argus, aunque el
espectador no puede estar seguro de que los hombres a bordo hayan descubierto
la balsa.
El cuadro puede contemplarse
en el Museo del Louvre, en París. Cuando me veo contemplándolo me digo que es
un punto de encuentro entre lo viejo y lo nuevo. Géricault estudió tanto a
Rubens como a Caravaggio mientras trabajaba con la balsa. Con la misma
intensidad con que estudió cadáveres y hombres moribundos en el hospital
Beaujon. Dicen que incluso se llevaba al taller partes de cadáveres para
examinar más de cerca el proceso de descomposición.
La mayoría de las obras de
arte tienen algo que uno mira o escucha con atención. En casos excepcionales
hasta puedo sentir cierto agradable aroma que fluye hacia mí. En alguna ocasión
he llegado a experimentar una sensación gustativa inesperada.
Géricault consiguió algo que
a pocos artistas les es dado. Munch y Bacon también lo consiguieron.
Y, naturalmente, Caravaggio
y Rembrandt.
Mientras contemplo el cuadro
puedo adivinar el hedor de los moribundos.
Existe una extraña
contradicción en el cuadro. A pesar de que aquellos que representa están
pasando hambre y se encuentran medio muertos de sed, el artista los ha pintado
con unos cuerpos casi atléticos. Es lo bastante audaz como para mezclar el
realismo con los ideales del arte clásico. Al distanciarse y no atenerse sólo
al realismo, consigue que nosotros, que contemplamos el cuadro, ocupemos un
sitio a bordo de la balsa.
Lo que me sobrecoge es el
intento de Géricault de plasmar una esperanza que no existe. No sé de ninguna
otra obra de arte que haya logrado expresar de ese modo lo que no podemos sino
llamar un reto filosófico.
Después de la visita al
Louvre, me siento en un café de la zona. Es otoño, hace frío, sopla un viento
del noroeste. He venido a París a hablar de mis libros.
Observo a las personas que
hay en las otras mesas y pienso que todas ellas albergan algún tipo de
esperanza. De que algo salga bien, de que algo pase pronto, de encontrar la
explicación a algo, de que algo que les causaría dolor no sea cierto.
Tenemos que procurar siempre que la esperanza sea más fuerte que la
desesperanza. Sin esperanza no hay, en el fondo, supervivencia. Y eso vale
tanto para los enfermos de cáncer como para las demás personas.
Cuando me alejo del café, ha
empezado a caer una fina lluvia. Me dirijo al cementerio Père-Lachaise.
Me lleva un rato encontrar
el mausoleo de Géricault. Sólo llegó a vivir treinta y dos años. De vez en
cuando se caía montando a caballo. En una ocasión, la caída fue tan brutal que
la lesión que sufrió mermó su vida. Pero también tenía tuberculosis. Muy pronto
supo que su existencia tenía los días más que contados.
Antoine Étex, un escultor
hoy olvidado, levantó el monumento que orna la tumba. Es sentimental y
horrendo. Representa a Géricault camino de la muerte, cómo va dejando caer muy
despacio el pincel que tiene en la mano.
Géricault solía recurrir a
sus amigos para que posaran como modelos de diversas figuras de sus cuadros. La
balsa de la Medusa no es ninguna excepción. Uno de los moribundos tiene los
rasgos de Eugène Delacroix.
La balsa de la Medusa habla,
por tanto, de esa esperanza que sigue viva cuando toda otra esperanza se ha
extinguido. La paradoja que, con más claridad que ninguna otra cosa, es
testimonio de la voluntad de supervivencia que siempre albergamos los seres
humanos.
Nos agarramos al bote
salvavidas, aunque, en realidad, ya no tenemos fuerzas.
Pero la esperanza sigue
existiendo. Puede que como una sombra y nada más. Pero ahí sigue.
Henning Mankell
miércoles, diciembre 16, 2015
David Trueba, en EL PAÍS
Una
cita
En dos entregas
desacostumbradas, la New York Review of Books ha reproducido fragmentos
de la conversación del presidente Obama con la escritora Marilynne Robinson. No
vamos a caer en la bajeza de comparar el diálogo fluido entre el presidente de
la nación y una intelectual destacada con el escenario español, donde al
presidente no se le conoce afición cultural, visita a museo ni teatro ni sala
de conciertos y donde sus estímulos intelectuales provienen de los arreones de
la prensa deportiva con su canción de éxito: yo soy español, español, español.
No, no vamos a caer tan bajo. Pero sí conviene detenerse sobre unas palabras de
Obama que quizá sirvan de estímulo a un país donde cada día se cierra una
librería y se abre un gimnasio.
La cita es larga, pero es pertinente ofrecerla
entrecomillada: “Cuando reflexiono sobre
mi papel de ciudadano, más allá del hecho de ser presidente, y sobre los
conocimientos que puedo traer a esa posición de ciudadano, me doy cuenta de que
las cosas más importantes que he aprendido en la vida provienen de las novelas.
Tiene que ver con la empatía. Tiene que ver con la noción de que el mundo es
complicado y está lleno de grises, pero que aún hay verdades que han de ser
halladas, y que tenemos que esforzarnos en buscar. Y tiene que ver con la
noción de que es posible conectar con algo o con alguien, por muy diferente que
sea de nosotros”.
Nadie duda a estas
alturas que Obama es un presidente de ficción. Novelería es otra de esas expresiones que en el español certifican
un desprestigio de todo lo inventado. Se une a la categoría de inmoralidad
asociada a vivir del cuento, contar películas o hacer teatro, todas ellas formas expresivas que denotan valores
negativos. Pues Obama es fruto de esa deformación y los españoles sabemos
protegernos, porque somos expertos en detectar el buenismo y machacarlo en
favor del malismo, la inquina y la maledicencia, que son rasgos de inteligencia
entre nosotros. Pero nos olvidamos de que la representación del poder y el
relato público necesitan de la potencia del ilusionismo y es ahí donde nuestra
desconfianza y nuestra falta de cariño por la literatura y la creación nos
condenan a gobernantes zafios, corruptos y crueles. ¿Queríais realidad y
pragmatismo?, pues tomad dos cucharadas cada hora. La reivindicación de la
ficción como un territorio en el que completar la sensibilidad y la mirada
desprejuiciada, donde desbaratar el nacionalismo patriotero y la incapacidad
física de sentir empatía por el distinto, suena hoy a transgresión, casi a
disidencia.
David
Trueba
miércoles, noviembre 25, 2015
Túnez
Cuando ya son tres en 2015 los zarpazos yihadistas que han sembrado de cadáveres el suelo tunecino, convirtiendo un país hermoso y acogedor en un destino de riesgo que está sumiendo en la pobreza a su población, recuerdo con nostalgia el viaje durante el que hace ya más de veinticinco años recorrimos Túnez en un pequeño furgón que nos llevó desde Cartago al desierto. Nos acompañaba Shamir. Con él bebimos boukha y compramos alfombras. Él nos descubrió peces en la arena y escorpiones bajo las ruinas de Roma.
LUNA DE MIEL
Al día siguiente de nuestra boda
volamos hacia Túnez.
No guardamos foto alguna del viaje
porque el sol del desierto
abrasó la película.
Recuerdo el palmeral de Tozeur,
los mosaicos del Bardo
y el té a la menta de Sidi Bousaid.
Y que a pesar de todas las ruinas
el mundo era apenas un lugar
de poco más de veinte años.
Los que teníamos entonces.
JCD
lunes, noviembre 23, 2015
In the crosswind (Risttuules)
Ayer en el FICX (Festival Internacional de Cine de Gijón), y dentro de la sección Convergencias, se proyectó una memorable película estonia, In the crosswind (Risttuules), dirigida por el joven realizador Martti Helde. El 14 de junio de 1941 arrancó una encubierta limpieza étnica de Lituania, Estonia y Letonia. El gobierno soviético de Stalin detuvo y deportó a cuarenta mil personas. Las mujeres y los niños que soportaron el viaje fueron conducidas a granjas colectivas siberianas. A los hombres se les recluyó en campos de concentración donde finalmente se ejecutó a muchos de ellos. Fueron las víctimas bálticas del holocausto soviético.
Martti Helde recopiló testimonios e historias de su entorno próximo —su abuelo fue uno de aquellos deportados— y diverso material de archivo. Descubrió entonces el diario de una joven estonia, en forma de cartas nunca enviadas, que desde un kolkhoz en Siberia escribía a su marido, en paradero desconocido desde la incursión soviética. Conmocionado por lo que transmitían las palabras de la joven esposa, el director estonio tomó la valiente decisión de transmitir la sensación de parálisis descrita en ellas (la vida, de pronto, se había detenido cruel e inexplicablemente, habían dejado de sucederse las estaciones y todo era un invierno eterno). Martti Helde congeló esos recuerdos a través de trece representaciones en blanco y negro protagonizadas por actores inmóviles en medio de decorados desolados. La cámara recorre sus rostros y el pliegue de sus ropas. La luz les otorga una belleza pictórica. Y todo se acompaña de una hipnotizante voz en off que lee las dramáticas cartas que Erna le escribe a Heldur; de una música que acentúa el desgarro de la pérdida (hogar, familia y libertad) o dulcifica los recuerdos que a veces nos trasladan a la dichosa vida anterior a la deportación. Como se decía al principio: "memorable película".
lunes, noviembre 16, 2015
Dudas
Como tantas veces, mi única certeza es la incertidumbre. Cada vez que un suceso trágico golpea nuestra conciencia, un cruento sucedido que tiene responsables humanos y víctimas inocentes, apelamos a la sensibilidad y buscamos nuestro distanciamiento del crimen y sus ejecutores declarándonos almas compasivas que no albergan siquiera resquicio alguno para la tentación de la crueldad. Pero ni eso me sirve ya. No me ha colocado la vida en ninguna tesitura de venganza extrema. Quién sabe si en ese trance descubriría entonces una naturaleza diabólica en el reverso de mi alma. No sería descartable toda vez que ante las masacres nos vemos obligados siempre a embridar una sed desconocida de reparación urgente. Por eso, entre el asalto de la inclinación al desquite y la apelación a emociones mucho más nobles, se enraíza la duda. La duda que paraliza. Que nos vuelve, además, más vulnerables todavía. Y de la que al ser conscientes, también dudamos. Los gobiernos no se pueden permitir la duda: en situaciones extremas, impulsan la respuesta de quienes, entre los que les votaron, tampoco tienen dudas. Por otro lado, en el idioma de los fanáticos, la palabra “duda” no existe. Desconfío de las vigilias, los himnos de paz, las palabras emocionadas y los funerales religiosos. Temo el zarpazo legal de la venganza. Asisto encogido por el peso de mi incertidumbre a las buenas intenciones (no hacen daño, pero de qué sirven), a las amonestaciones de quienes siempre encuentran más culpa en la víctima que en el verdugo, al despegue de los aviones, al martirio ansiado de los asesinos y a los “daños colaterales” de unos y otros (esa sangre derramada por los inocentes que tan a menudo abona la espiral infinita de las guerras). Confieso que no sé de soluciones, que sólo albergo dudas.
martes, noviembre 10, 2015
Vergüenza ajena
Breve y con tino, así dice hoy PEDRO DE SILVA en varios medios de comunicación:
Buen papel, moneda falsa
Cada uno tiene su sensibilidad: con ser muy grave que en Catalunya quieran romper de forma unilateral el contrato constitucional que habían votado, lo que más me molesta no es la secesión en sí; tampoco el oportunismo alevoso de aprovechar los momentos flacos del adversario para meter el estilete; ni siquiera la enorme insensatez de poner en grave riesgo una recuperación económica que aún esta en pañales. Lo que más me molesta es la pretenciosa gesticulación heroica de los líderes secesionistas, esos rostros contraídos por la emoción de vivir un momento histórico, las lágrimas, los abrazos entre compañeros del alma de una gesta que recordarán los tiempos. Me ofende porque todo ello toma la música de la mística de la liberación, cuando allí no hay opresión alguna de la que liberarse. O sea, me ofende por kitsch, como cualquier arte falso de toda falsedad, y me da vergüenza ajena.
Pedro De Silva
martes, noviembre 03, 2015
Musa Cafeína
Musa Cafeína se define como un colectivo artístico-cultural que organiza actividades relacionadas con el fomento de la lectura, la difusión del arte y la mezcla de diversas disciplinas artísticas. Musa Cafeína son Ana Lamela Rey y Laura Cuervo Álvarez. Escritora y música, Ana; actriz, Laura. Con la primera tendré el placer de compartir un encuentro literario el próximo viernes en la librería Santa Teresa de Oviedo.
Allí volverá a salir a la superficie este poemario guadiana que me viene acompañando muy discretamente durante los últimos meses. Una Convalecencia en Remior en la que de repente alguien repara otorgándole una vivificante nueva lectura. La que uno intentará ofrecer a quienes nos acompañen el viernes.
Algo así como lo que se dice con relación al siguiente poema:
En 1925, con 51 años, André Gide publicó Les faux-monnayeurs, que se tradujo en España como Los falsos monederos, puesto que un monedero no era sólo es un saquillo donde guardar monedas, sino también la profesión de quien las fabricaba. Si esa moneda no era lícita, el monedero se convertía en un falso monedero, o en lo que con el transcurrir del tiempo se llamó finalmente un falsificador. Las más recientes traducciones de la novela de Gide ya llevan por título Los falsificadores de moneda. Sin embargo, mi poema juega con esa imagen algo misteriosa que el viejo título transmite: ese monedero, no persona sino objeto, un monedero falso, en el que se van acumulando con una avaricia torpe las monedas de las vidas cobardes.
LES FAUX-MONNAYEURS
No se puede descubrir tierra nueva
sin consentir antes que nada en perder de vista
la costa durante una buena temporada.
ANDRÉ GIDE
Navegué siempre al cabotaje,
sin alejarme nunca de los muelles,
sin alejarme siquiera del noray
que me tenía como a un perro
sujeto de una argolla.
Mi vida resultó un falso monedero
y sólo perdiéndola de vista
dejaría detrás de mí por fin
el rastro de sus migas de oro:
los muchos años malgastados
por un ciego temor a los océanos.
jueves, octubre 29, 2015
Días lectivos, de Ángel Francisco Casado (XXIX Premio Cálamo)
DÍAS LECTIVOS
Ángel Francisco Casado
XXIX Premio Cálamo de Poesía
Erótica
Cuaderno núm. 31, Cálamo/Gesto. Gijón.
El próximo viernes, en el Antiguo Instituto
Jovellanos se presentará el libro Días lectivos, de Ángel Francisco
Casado, ganador del XXIX Premio de Poesía Erótica Cálamo/Gesto. Treinta y tres poemas
en los que el autor adopta una voz femenina para hacernos partícipes de cierta
relación amorosa que avanza desde la pregunta inicial, retórica, planteada en
los primeros versos: “¿Te imaginas
exprimiendo mis frutos / entre oraciones yuxtapuestas, / tú y yo copulativos?”;
hasta el momento final en que los
cuerpos alcanzan, a la “amanerada forma,
a lo escolar”, un progreso adecuado en el conocimiento de pieles y deseos. Todo
ello discurriendo en el período comprendido por un curso escolar, en sus días
lectivos. Y forjado a la vez que el transcurso de las estaciones, imbricándose
éstas en el propio discurrir lectivo, al modo en que se avanza en los estudios
a través de las etapas fijadas por el otoño, el invierno, la primavera y el
punto final que pone el verano. Ese decorado urdido con estaciones y
asignaturas se refleja bien en los títulos de los poemas: Primeras lluvias, Hojas que
caen, Primavera o Arquitectura de verano, por un lado; y Geografía, Lección, Estudio, Dibujo, Genética o Química, por
otro. Pero no sólo se extiende esta alegoría por las páginas del poemario, hay
también un uso metafórico recurrente de la guerra y la muerte, que transforma
en bélicos los lances del amor y en “petite morte” su consumación. Ese empleo se aprecia palmariamente en el poema
titulado Guerra Civil:
Tristemente feliz quedas entonces,
y abatido, tal vez.
Yo, no; yo seguiría planteándote batalla,
procurando de nuevo
desenvainar tu espada.
Soy guerrera.
Una guerra civil civlizada, hermano,
pondría en nuestra historia, ¿te imaginas?
Una guerra de conciliación,
una guerra de amor:
luchando cuerpo a cuerpo,
sedientos de más vida.
Como puede advertirse, se trata de una lección de
historia felizmente revisada a la luz de la ética amorosa. El autor finge la
perspectiva desde la que aborda la creación —una voz de mujer—, pero se
mantiene fiel a lo largo del libro a la verdad de su condición docente, pues Ángel
Francisco ha sido profesor durante muchos años, lo que le dota de la
experiencia precisa para abordar esta obra en un ámbito, con un léxico y en
unos tiempos propios de la práctica escolar. Pero si ese fue su oficio, la
vocación del poeta ha sido y es la musical, y de ello también se nutre con
acierto el ritmo, las medidas —clásicas, en ocasiones, cuando intercala algunos
bien abordados sonetos— y hasta el vocabulario de sus versos. En el propio
papel pautado de una partitura parece escribirse el siguiente poema, titulado,
además, Música:
Música, tú; batuta que dirige
el primer movimiento entre mi boca,
los primeros compases que preludian
el total desarrollo de mi cuerpo.
Diriges lentamente —adagio ma non troppo—
los sonidos crecientes, los audaces
colores de mi almendro; melodías
mi espalda, audaz silencias
en mi nuca un pasaje delicado;
abres al viento scherzos de mis labios,
contra mi corazón percute el tuyeo.
Hacia el final —tutti presto—, dentro,
eres yo misma y mueres porque muero,
y los violines de los cuerpos, con sordina,
en el último acorde.
Es, en fin, un placer volver a la escuela de la mano
de estos Días lectivos, apostarse en los rincones apartados donde se imparte
el aprendizaje alternativo de estos amantes que no dejan ni un instante de
estudiarse y que hasta invitan a participar a veces de su íntima experiencia —resulta
divertidamente delicioso el poema Nueva
buena—. Las ilustraciones de Chelo
Sanjurjo, de línea clara, de trazo limpio, concilian bien con el decir de Ángel
Francisco, siempre transparente en la intención, comedido en las alusiones y
diestro en la escritura de unos versos que cuentan habiendo sido antes adecuadamente
contados, ahormados al ritmo narrativo pero poético de un hermoso libro.
En la presentación del viernes no estará, por
primera vez en la historia del Premio Cálamo, quien fue su impulsor, Juan
Garay. Ha tenido el autor de Días lectivos el delicado gesto de tener
presente a Juan en uno de sus poemas, Lección,
supongo que otorgándole así a este título la doble intención de mantener el
tono escolar del libro a la vez que la de aludir al recuerdo que nuestro amigo nos legó: una
auténtica lección de vida, la que los versos le devuelven a la ceniza de su
recuerdo.
Regálame esa muerte:
la ceniza dormida que se esconde
en tus arcos salinos.
Tengo un oasis,
sé devolver la vida;
escondo manantiales,
murmullos que reclaman tu desierto.
Te daré una lección
José Carlos Díaz
miércoles, octubre 07, 2015
Añosos padres-groupies
Y bien que lo pasamos en Rock in Viño. ¡Quién nos iba a decir que a nuestros años andaríamos de groupies por los festivales rockeros! Y llegando al hotel o a casa rendidos de sueño y de música. Un poco al modo de aquel padre aludido en el poema Cástor y Pólux, de Víctor Botas:
Y tú
enfebrecido, muerto
de sueño, con dolores
de espalda, demacrado,
terminas
-¡oh eterno masoquista!-
tan jodido
y feliz
como furcia de hotel en noche de congreso.
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