jueves, abril 19, 2007

Albert Jovell

Si recorté y guardé hace ya un año una entrevista publicada por El País Semanal con Albert Jovell fue, lo recuerdo bien, porque me conmovió lo que en ella se contaba. Suelo leer la prensa de los domingos al final del día, generalmente cuando a la noche me quedo solo en el salón. Así que aprovechando el silencio de la casa, leía los artículos que habían llamado mi atención por la mañana al comprar el periódico y su semanal. Al cabo de un rato, me sentí absolutamente turbado por las declaraciones de un médico de mi misma edad, padre de dos hijos y enfermo de cáncer. Hablaba con una serenidad y sensatez poco comunes y especialmente meritorias para quien, según confesaba, sabía del mal pronóstico de su dolencia. Subrayé entonces algunas de sus reflexiones y las apunté en mi diario por parecerme admirables y aleccionadoras. Creo que la admiración debería constituir un acicate primordial en la mejora de nuestras vidas. Porque si la envidia se convierte a menudo en un impulso negativo, la admiración reaviva, por el contrario, lo mejor de nosotros. Así que referentes modélicos como el de Albert Jovell nos enseñan, cuando menos, a otorgarle la importancia debida a lo que nos rodea, a restarle trascendencia a lo que no es sino paja, a distinguirla bien del grano. Y al hilo de ello apunté entonces algunas de sus reflexiones:

La gente gasta mucha energía en odiarse, en crearse problemas perfectamente evitables, en cosas banales. Yo parto de la idea de que no tengo que tener problemas: ¡ya tengo un problema! Y por tanto, cuando alguien me viene con uno nuevo intento situarlo rápidamente en un contexto resolutivo: a ver, ¿tiene solución o no la tiene? Si no la tiene, no gasto más energía. Tengo las prioridades muy claras. Pienso: aquí hay dos niños, y cuanto más tiempo disfruten de su padre, mejor: por eso ahora lo que quiero es ganarle tiempo a la enfermedad para estar con ellos.”
“Paradójicamente, tengo mucho más tiempo para hacer lo que quiero porque mentalmente tengo muy despejado el cajón de los problemas. (…) He aceptado mi muerte. Mi muerte joven, quiero decir. Acepto que he tenido mala suerte, pero la enfermedad también me ha reforzado. Observo las cosas con más distanciamiento.”

Quizás no deba encararse de otra manera la vida, lo que nos queda de ella –que nunca se sabe cuánto es-. Calibrando adecuadamente, en cada momento, qué importancia real tiene lo que nos encontramos al paso. Disfrutando, a poder ser sin nostalgia del presente, los instantes de dicha. Relativizando, en cambio, muchos de nuestros problemas.

Desde aquella lectura, periódicamente y sin saber muy bien cómo, se activaba en mi memoria el resorte que me devolvía el recuerdo de Albert Jovell, me encontraba pensando, no sin fundado temor, en qué habría sido de él, cómo habría evolucionado su enfermedad. El pasado domingo la prensa me trajo de nuevo noticias suyas. En un suplemento médico del diario El País se publicaba una carta que Jovell les dirigía a sus hijos. Llevaba por título Papá cumple cinco años, en referencia al tiempo de su convivencia con la enfermedad. Entre otras cosas, les decía a los pequeños:

“Esperanza es poder preparar vuestro desayuno antes de que os vayáis al colegio...”

No se refería, pienso, sino a la desapercibida dicha que, sin darnos cuenta, nos proporcionan a diario las cosas menudas. Esa dicha que sólo la identificamos como tal cuando la sentimos amenazada.

lunes, abril 16, 2007

Fin de viaje

Decía Martín López Vega en un hermoso libro, Cartas portuguesas, que publicó a una edad insultantemente joven –el adverbio se justifica atendiendo a la calidad de los textos que en él se incluían, más propia de un autor que tuviera ya a sus espaldas una dilatada carrera literaria-, que "el diario tiene una ventaja sobre cualquier otro formato que podamos elegir para la escritura, y es que en él son utilizables todos los demás”. Mis diarios, los que escribo desde hace ya unos cuantos años se van nutriendo, al modo en que se describe en la cita apuntada, de un montón de pequeñas cosas: notas de los días, poemas, recortes de prensa, reseñas de lecturas, películas, miserias cotidianas, cartas y correos de amigos, ocurrencias de mi hijo, asuntos de familia, vida en fin. Lo que primero fue Rayuela y luego Diarios de Rayuela era, es, la sangría que uno le hace al canal por donde viaja lo que se escribe de continuo. Estos aliviaderos empezaron a publicarse ya hace ocho años en un revista trimestral que se edita por estos lares. Y hace ahora casi medio año en esta bitácora. Si se les dio ese título no fue por homenajear a Cortázar –nada vergonzante habría en ello; mucho he disfrutado en ocasiones de su literatura-, sino porque en el juego de la rayuela uno anda de casilla en casilla, saltando como puede, y siempre con la sana y pretenciosa intención de llegar al cielo. Así andan, pues, estos escritos, de escaque en escaque, ocupándose de lo que sale al paso mientras pasan los días. A veces, como ha ocurrido en los últimos apuntes, esta costumbre de convertir el papel en un negativo de lo que se observa se convierte en un remedo de cuaderno de viaje. Ciertamente disfruto mucho cuando ello sucede. Soy un viajero modesto, de pequeñas distancias, muy dado a las carreteras secundarias y los pequeños pueblos, que con el tiempo cree haber aprendido a apreciar especialmente ese tipo de paisajes que dan silencio cuando alguien los pinta y abrigo cuando se recuerdan. Supongo que ya es momento de que empiece a llevar a mi hijo a lugares como el Prado, de que cruce con él alguna frontera, de que viajemos juntos en metro y nos sintamos a la vez confundidos por los ruidos, las luces y el gentío de ciertas grandes ciudades. Pero sólo de pensar en ello me descubro penosamente transido por una invencible pereza. Así que en tanto llegan esos otros viajes inevitables, apuro las menudas cosas en las que uno piensa mientras anda por rincones menos concurridos y más acogedores.
El último de los días que amanecimos en Cordovilla de Aguilar, la mañana estaba nublada. Mientras desayunábamos parecía incluso que se columpiaba al otro lado de las ventanas una lluvia de aguanieve. Hay veces en que uno sale como de sí y es capaz de verse desde arriba, en una toma casi aérea. Sucede así en esas ocasiones en la que nos sentimos especialmente a gusto o, por el contrario, en las que estamos tan derrotados que hasta parece que ese desgraciado que queda abajo no tiene con nosotros más que un leve parecido físico. Estos días de vacaciones, mientras desayunaba lograba despegarme por unos segundos del suelo y me daba una dicha enorme pasearme por encima de la mesa donde compartía el desayuno al lado a mis amigos y sus hijas, al lado de mi mujer y de nuestro pequeño, juntos, descansados, bien avenidos y sin más obligaciones por delante que disfrutar del viaje. Contemplaba la escena imaginándome que así debe de ser la cara amable de las familias numerosas. Otra cosa, claro, sería que en realidad lo fuéramos. Por la noche, de vuelta ya en casa, me pareció que se nos hacía un poco raro cenar sin la misma compañía, sin el bendito bullicio de las mañanas.

sábado, abril 07, 2007

Vallespinoso de Aguilar

En poniente y a la sombra del risco que corona la ermita, hay un pequeño cementerio tapiado cuyas tumbas pueden verse desde el paño norte de Santa Cecilia. En su corazón, tan abiertas y oscuras que hacían cruzar los dedos, se veían dos fosas en pared de ladrillo que daban la impresión de recién terminadas. Mal oficio, pensé, el del albañil que hubo de hundirse hasta el pescuezo en tales simas para levantar una obra que nunca verá la luz. Cuando abandonábamos el lugar, en la parte exterior del muro del camposanto, los últimos rayos del sol, ya muy bajo, incidieron sobre un hueso blanco y mondo. De nuevo me imaginé al albañil abriéndose camino entre la tierra y echando fuera escombros y harapos de osamenta. Tiene este templo casi mil años. Sigue en pie. Muchos son los que lo visitan. Da gusto acariciar esas paredes viejas que a buen seguro nos sobrevivirán también a nosotros por largo tiempo. Fotografiar la labra que las vuelve hermosas. Saberlas por fin protegidas y respetadas. Y sin embargo, cómo desasosiega, tras descender el brevísimo y empinado sendero que lleva a ellas, encontrarse a los pies, abandonados a su suerte, los restos de alguien que fue vecino de estos pagos hasta hace no muchos años y que anda ahora troceado entre los hierbajos de un tapial, mientras sobre uno de los capiteles de la portada, las santas mujeres siguen rezando impasibles al sepulcro vacío de Cristo.

Villanueva de la Torre

A Villanueva de la Torre nos llevaron los comentarios que sobre la iglesia de esta aldea nos hizo Tino, el dueño de la casa rural donde nos alojamos. Os sorprenderá, dijo, su aspecto exterior tan parecido al prerrománico asturiano. Ciertamente lo tiene. Se levanta en un altozano a unos cuantos metros por encima de las casas del pueblo, un villorrio apagado que presentaba aún a media mañana un aspecto como impreciso, desvaído en la tristura neblinosa con que amaneciera el día. Subimos a la ermita en compañía de la anciana silenciosa que custodia las llaves y que nos invitó, además, a trepar por la oscura escalera de caracol que lleva al campanario. Desde él se veía el valle salpicado de cigüeñas. Daban ganas de atizar los badajos y arrancarles el vuelo a las zancudas, a ver si así le daban un poco de la luz blanca de sus alas a ese cielo que tan avaro de sol se mostraba. Descendimos pronto el camino prado abajo. Recogimos algo de tomillo. Ya cerca de los automóviles, se paró a charlar con nosotros otra mujer mayor del lugar. Saliendo hacia la carretera, un viejo con boina, al que seguía un perro pequeño y ladrador, nos saludó alzando la barbilla. Tantas cigüeñas por estos prados y ningún otro niño más que los nuestros, que ya quieren reemprender el camino en busca de algún entretenimiento más propio de sus pocos años.

viernes, abril 06, 2007

Belarmino

Belarmino llegó poco después de que aparcáramos cerca de la iglesia. Eran poco más de las diez. La mañana estaba fría, muy fría. Venía el viejo al trote desde su casa. Menudo, fibroso, vestido con ropas sucias de trabajo agrícola, embozado en un verdugo de lana verde que le dejaba visibles solo los ojillos, calzado con alpargatas y sin embargo llevando calcetines gruesos como de vellón. Se presentó no sin antes descubrirse el rostro arremangando el largo gorro hasta la frente. Nos abrió el templo ufanándose mientras lo hacía de la carrera que le habíamos visto. No está mal para un anciano de ochenta y dos años –afirmó sonriente-. En Revilla de Santullán, un pueblo pequeño y escondido un par de kilómetros al este de la carretera que lleva a Brañosera, se conserva una más de las joyas del románico palentino. Quizás se construyó como todas ellas empezando por el ábside, que una vez levantado se consagraba para que sirviera pronto de lugar de culto. Luego iban creciendo las naves que le daban cuerpo a aquella cabeza, los capiteles, la portada que la abriría al mundo, sus arquivoltas de encaje, la techumbre recia. Y mientras todo ello se iba haciendo a lo largo de los meses, quienes levantaban el milagro en aquel remoto lugar de la montaña fría del norte castellano, vivían nómadas a la vera de sus obras, montando allí las endebles tiendas, los rudimentarios talleres de canteros, carpinteros o herreros. Traían la piedra los bueyes en los carros y le daban forma los hombres en el lugar mismo donde, sin que quizás pudieran ni imaginarlo, iba a permanecer muchos siglos después su obra tan solo erosionada por el tiempo. Belarmino se plantó bajo la portada de la que es hoy la iglesia parroquial de San Cornelio y San Cipriano y nos hizo reparar en la segunda arquivolta, toda ella esculpida con la última cena. Y el viejo nos pidió que contáramos los comensales. Son quince, aclaró enseguida. Quince repitió enfatizando el número para picar la curiosidad de los oyentes. Los doce apóstoles, explicó, Jesús... y el mismísimo artista que talló la piedra, Michaelis, quien se añadió a la mesa, además de incluir también en la misma, para equilibrar figuras y dar simetría al arco, a uno de sus discípulos, situándose ambos en los extremos del medio círculo trazado. Y no sólo se autorretrató el escultor, sino que firmó y reivindicó su autoría escribiendo por encima de la cabeza la frase “Michaelis me fecit”. Cincel en mano, como Velázquez con su pincel en Las Meninas, y también desde uno de los ángulos de la composición, Michaelis, con ese gesto de vanidad, cruzó la frontera que separa al artesano del artista. Nos franqueó luego Belarmino el paso al interior y nos contó que estuvieron las paredes de esta iglesia cubiertas de hermosas pinturas que representaban escenas bíblicas y que un aciago día de mediados del siglo pasado, unos americanos listos y poco escrupulosos le ofrecieron al cura del lugar arreglar el tejado del templo a cambio de los frescos, y que se hizo el trueque, y que quedaron las paredes entonces desnudas y las misas, eso sí, sin goteras. Belarmino también nos subió al coro y nos invitó a ver el templo desde lo alto, a abarcarlo entero como él mismo confesó hace a diario sin jamás cansarse y tantas veces como visitas acompaña, hablándoles a su modo a todos cuantos llegan de estilos arquitectónicos, de arcos fajones, de capiteles historiados, de románico palentino. Belarmino nos contó también sobre su pueblo, donde ya sólo viven tres ancianos, los tres enemistados entre sí, hasta el punto, según relató, de que uno de sus dos vecinos enfermó y no queriendo, por orgullo de enojado, pedir auxilio a los otros, llegó a perder una de sus piernas. Y Belarmino lo llamó pobre imbécil y no dudó en afirmar que le hubiera prestado cuanta ayuda hubiera precisado, que las rencillas de los pueblos son malas, pero que él las soporta entretenido con los turistas, que cada vez vienen más, que lleva de ellos la cuenta y el verano pasado superaron los mil, que le viene bien esta obligacion porque ahora anda más solo, su mujer murió ya van cinco años, que tiene un hijo militar que ve de Pascuas a Ramos, que llevemos cuidado en el viaje, que ha oído en la radio que se han matado ya unos cuantos en la carretera esta Semana Santa, y que se va a mirar el puchero, que lo tiene al fuego. Y uno piensa que bien merecido tendría este Belarmino parlanchín y entrañable que lo tallasen a la vera de Michaelis, con el verdugo de lana arremangado hasta las sienes, para tener así la boca franca, por lo de la cháchara, que la cena la tendrían apóstoles y canteros siempre mucho más animada.

miércoles, abril 04, 2007

San Andrés del Arrollo

Ya era media tarde cuando llegamos a San Andrés del Arrollo, un monasterio que se fundó en el siglo XI por doña Mencía, bajo los auspicios de Alfonso VIII y que es ejemplo de un refinado románico. En el patio interior, que da la impresión de una avanzada restauración, se sitúan las casas donde vivieron los colonos y criados del lugar. Cuenta con una comunidad de monjas cistercienses. Relaja pasearse por su claustro de galerías de arcos apuntados, al que se abre, a través de portada y ventanales enmarcados por limpias arquivoltas, la sala capitular donde se conservan los restos de las primeras abadesas D.ª Mencía y D.ª María. Nos mostró el interior una monja culta y discreta que hablaba suave y explicaba bien cuanto veíamos. Curiosamente, reveló que el claustro de San Andrés del Arrollo se dice fue el favorito de don Manuel Azaña, y empleaba la sor el don y dignificaba al mentado, guardándole un respeto que bien pudiera parecer paradójico viniendo de quien venía, y que, particularmente, encontré elegante. En el centro del jardín nos hizo reparar también en una amplia fuente casi a ras de suelo, lobulada y de chorro escaso, que vino desde Granada y que fue lavatorio para abluciones a la entrada de alguna mezquita de la España musulmana. Por un momento convivieron sin estridencia alguna en sus explicaciones la memoria de un republicano culto, el ámbito recogido de un monasterio cristiano y la melodía de un surtidor islámico. Le pregunté a la hermana cuántas monjas vivían en el lugar. Me dijo que veinticuatro. Y apostilló que no era mal número para los tiempos que corren, que no son buenos, dijo, pero que habrán de ser mejores. Nada opuse a su predicción, aun pareciéndome para los adentros que poco propicios se antojan los años por venir para las vocaciones de retiro.

Olleros del Pisuerga

Nos acercamos luego a Olleros, situado en el camino que lleva desde Aguilar a Herrera de Pisuerga. Fuimos a ver su iglesia rupestre, que está más allá de las últimas casas del pueblo. La enseña una muy dispuesta lugareña que tiene un celo especial en situar a todo el que llega en cada uno de los ángulos del templo, de modo que se puedan apreciar así todas las perspectivas posibles. No cabe duda de que es una iglesia singular, un escondido oratorio del que poco puede saberse sin penetrarle las entrañas, pues al exterior sólo se anuncia por una leve espadaña que se eleva sobre la vertical de la puerta de acceso. Todo lo demás está hurgado en la roca. Se dice que es éste el mejor ejemplo de eremitismo rupestre de nuestro país. Que se comenzó a construir hacia los siglos X u XI, supuestamente por mozárabes que huyendo del Islam llegaron a la zona y se procuraron un lugar para la oración, justamente el hueco que hoy es la sacristía. Posteriormente, quizás a finales del XII, se fue arañando más espacio a la piedra, rebajándola hasta que se habilitaron dos naves y la cabecera de una tercera. Sobrecoge tanto el trabajo que se intuye requirió la empresa como la gélida temperatura del interior. Las naves simulan incluso cerrarse en bóveda apuntada, y ni tan siquiera falta el detalle del labrado de los arcos fajones. Fuera del templo, pero en la propia roca en que está excavado y alrededor de otras pequeñas celdas que quizás dieron también cobijo a otros ermitaños, pueden aún reconocerse unos cuantos sepulcros antropomorfos. Al salir nos acompañó la guía. Andaba alegre y dicharachera, y no casualmente, sino por lo que intuyo era su natural carácter. Nos confesó que era feliz cuidando del templo, enseñándolo a quien hasta allí llega, y aun cuando la visita no llegara en el horario reglamentado. Y como ejemplo, nos relató que unos días atrás, habiendo cerrado ya las puertas casi una hora antes y estando a punto de cenar con la familia, se acercaron a buscarla unos visitantes que habían ido hasta el pueblo desde lejos sólo por ver el templo. Quedó con ellos a los postres. Cuando se encontraron de nuevo, era ya noche cerrada. Hacía mucho frío pero estaba el cielo despejado y lleno de estrellas. Les situó, uno por uno, en cada esquina de la iglesia. Aguardó a que la vieran toda y sin prisa alguna. Y luego, encantados ellos de haberla por fin visitado y ella de haberles cumplido el deseo, se quedaron todos juntos en el atrio oyendo cantar a grillos y ranas y señalando las constelaciones. Eso al menos nos contó y era de suponer que fuera verdad pues disfrutaba del recuerdo casi tanto como debió de hacerlo de la noche y la compaña que en ella hubo.

martes, abril 03, 2007

Por Las Tuerces

Subimos a Las Tuerces. El día está despejado. El cielo azul. Pero, aún con todo, el frío sigue siendo intenso. Nos sopla en el rostro como invitándonos a permanecer atentos a cuanto nos sale al encuentro. Al paisaje de estas rocas calizas sobre las que la erosión ha ido enroscándose a su antojo. Al bosque de pinos por el que los críos quisieran ver de repente ciervos o lobos. A la nieve que va siendo más según subimos el empinado sendero y que está blanca, sin mácula, poniéndole una puntilla de hielo a todo. Y ya arriba, tras una hora larga de buena marcha, al barranco que a lo lejos hurga el curso del Pisuerga. Llaman a ese tramo La Horadada, y a fe que lo está la tierra allí abajo, en el surco profundo del cauce fluvial. Sobre el roquedal esponjoso que la escarcha ha ido agrietando nos hacemos una foto después de mirar a lo lejos los picachos blancos de la cordillera, los campos verdes, la tierra parda, los pueblos pequeños y maduros como frutas que se hubieran desprendido del cielo. Es Semana Santa. Al descender, nos encontramos una procesión. Lenta y concurrida: caídas del algún pino, unas cuantas orugas forman una cadena lenta que intenta volver al bosque.

domingo, abril 01, 2007

Cordovilla de Aguilar

Este pequeño pueblo se encuentra a siete kilómetros de Aguilar de Campoo. Tiene sólo tres habitantes. Tres mujeres. La más joven de setenta y tres años. Ayer, al poco de llegar, charlamos un rato con ella. Nos la encontramos cuando paseábamos. Nos dijo que hace tan sólo un par de semanas atrás, la nieve alcanzó casi un metro de altura. Aún quedan restos por las veredas y en los rincones umbríos. Parece duro vivir aquí en el invierno, pero ella no se queja de su suerte. Cuenta, sin perder la sonrisa y con ganas de conversación, que el médico las visita periódicamente, que la pala quitanieves limpia sin demora los caminos, que la primavera está a la vuelta de la esquina.

viernes, marzo 30, 2007

Románico

Los próximos días viajaremos al norte de Palencia. Visitaremos sus pequeñas iglesias románicas. Siempre me ha parecido un misterio la poderosa seducción que ejerce este estilo arquitectónico. Pintura y escultura se adaptan a las formas de sus construcciones y no tienen por tanto vocación de obras exentas; no forman por sí mismas un discurso artístico completo; se violentan hasta acomodarse al espacio donde se ubican, sirven a intereses pedagógicos. Y sin embargo, muchos de esos capiteles, canecillos, ménsulas, tímpanos, dinteles, arquivoltas, jambas, parteluces o frescos polícromos, que no son sino la labor de artesanos anónimos, tienen la irrefutable hechura de la obra artística; y en no contadas ocasiones, la irrefutable hechura de una conmovedora obra artística. La arquitectura románica es una suerte de minimalismo contundente que se trufa de pinceladas expresionistas en aquellos rincones donde moran esos seres desproporcionados que le retuercen las costuras al sencillo trazo constructivo de sus moradas. Esos cofres de piedra con apariencia modesta, de hábitos silenciosos, de interior umbrío y recogidos sobre sí mismos, encierran, como los sueños o los delirios, cualquiera de nuestros más íntimos fantasmas, vida, muerte, ángeles y demonios, sexo y religión, oficios y paisajes, animales domésticos, fieros o míticos. Pienso, en fin, que quizás haya en ese apego a lo románico la vocación de estar en el mundo al modo en como lo están sus más pequeños templos: hacia fuera con la firme consistencia de lo humilde; y tatuados por los adentros con las historias íntimas de los pliegues del alma.

Hasta la vuelta.

139

"Hermosísimo atardecer invernal en La Armedilla: ruinas invadidas por las zarzas, el pequeño bosquecillo, los muertos sepultados en el viejo templo, estas bóvedas en las que resonaron súplicas y esperanzas, algunas alimañas, y las ovejas atravesando la nave como monjes antiguos, camino del aprisco: todo ha pasado como el humo. ¿Desaparecerá el hombre y continuará este planeta con sus admirables atardeceres para contemplación de nadie?"
José Jiménez Lozano, Segundo abecedario, Anthropos.
Me incorporo a la conga. Me anima Ismael Rozalén -un abrazo-. No es el libro del que entresaco el pasaje transcrito el más cimero en la pila. Pero ni Oz, ni Auden, ni Pla (se escalonan así en este momento) tenían párrafos breves. En cambio, encuentro en Jiménez Lozano, cuyos diarios andan también por la mesa, esta breve y apañada reflexión para salir del trance. Y ya que estoy en danza, me desinhibo y llamo a voces desde la pista para que se nos agarren a la cintura -si tienen ganas, que esto del baile es muy personal- a Jardines Secretos, Obiter Dicta y Olissipo.

miércoles, marzo 28, 2007

Les fabes risueñes

Estábamos comiendo cuando mi hijo, después de llevarse a la boca la primera cucharada de su plato, comentó que les fabes estaban risueñes. Quería avisarnos, me imaginé, de que las encontraba algo picantes. En casa solemos decir en esas ocasiones que la comida está alegre. Y la risa proviene de la alegría. Eso, supongo, fue lo que pensó mi pequeño. Nunca le ha hablado aún de Charlie Rivel, aquel payaso que se ganaba al público con unos sollozos tristes, como de lobo, con los que todos se reían.

martes, marzo 27, 2007

Como un martillazo

Ayer noche en los informativos de television se mostraban las imágenes de la comparecencia del lehendakari ante los tribunales. La jauría humana concentrada a las puertas del edificio judicial arremetía contra quienes han ejercido la acusación popular en la causa, el Foro de Ermua, a uno de cuyos siete miembros allí personados llegaron a agredir cobarde e impunemente -no se detuvo al agresor-. Era una masa vociferante y enajenada por el odio hacia el otro y el fervor hacia su lider. Sin poder quitarme aún de la cabeza el bochornoso espectáculo, me enfrasqué en la lectura. Ando estos días gozando del libro Una historia de amor y oscuridad, del escritor israelí, pacifista, Amos Oz. Descubrí de pronto entre sus páginas el siguiente pasaje: "La soledad es como un fuerte martillazo: hace añicos al cristal pero templa el acero". Y al hilo de lo visto y lo leído pensé en que ojalá conserven un temple de acero quienes ayer estuvieron tan solos y fueron de ese modo agredidos. Que ojalá lo conservemos todos ante la demasiada gente que anda las por calles afilando los colmillos en el mástil de las banderas (la de la patria grande y las de las patrias chicas).

lunes, marzo 26, 2007

Escuchantes

Desde hace cuatro o cinco años, la periodista Pepa Fernández dirige y presenta en Radio Nacional de España un programa matinal los sabados y domingos que lleva por título Hoy no es un día cualquiera. Se trata de un raro producto. Se leen en él los titulares de la prensa sin ironías ni comentarios tendeciosos. Se debate sobre los más diversos asuntos sin recurrir a la política y con unos muy respetables contertulios que ni levantan la voz ni se pisan la palabra. Se cuenta, además, con la colaboración de tipos tan bienhumorados e inteligentes como Alex Grijelmo -al frente de una sección sobre las palabras moribundas de nuestra lengua-; o de criaturas tan a la vez académicas y quevedescas como Pancracio Celdrán -una especie de compendio enciclopédico andante y carraspeante-. Se trata, en fin, de un poco corriente y elogiable ejemplo de radio publica. Un programa que desea que sus seguidores sean "escuchantes", distinguiendo así entre quienes matan el miedo al silencio con la radio y los que, por contra, la escuchan. En los tiempos que corren, debería dársele la importancia debida a este detalle aparentemente insignificante. Aprendiendo a escuchar, se aprende a la vez a despreciar el ruido.

viernes, marzo 23, 2007

Um poema de Xuan Serandinas

Materia impresa

Sin todas estas palabras,
sin el trazo impreciso de lo que cuentan,
temo que de nuevo
se hundiría el suelo de los días,
que a través de las ventanas
que nunca cierran del todo
volaría vigoroso un viento
sobre el castillo de naipes,
que ni yo ni nada haría ya pie
y que muy por encima de mi cabeza,
a una altura casi cruel,
romperían las olas en espuma leve,
tan leve como la tierra que se desea para los muertos.

(Traído del asturiano en versión de JCD)

miércoles, marzo 21, 2007

Sobre conciencias

Ayer noche, en un debate televisivo, un periodista y una política, ambos conservadores, intentaban convencer a la audiencia de que la guerra de Irak era un episodio del pasado. Es más, llegaron a decir que hablar de tal conflicto hoy era casi como hacerlo del de Corea. No sé si en este rebrote de protestas contra lo que allí está sucediendo hay hilos invisibles que agitan la indignación. Me temo que algo de eso también se cuece. Pero de lo que no tengo duda alguna es de que cuatro años después de aquel inmenso error, de aquella cascada de mentiras, sus secuelas abofetean la conciencia de cualquier bien nacido que cada día escuche u oiga en los informativos las noticias del horror allí instalado.

Elogio de la mala conciencia de uno mismo

El ratonero no tiene nada que reprocharse.
Los escrúpulos le son ajenos a la pantera negra.
No dudan de lo apropiado de sus actos las pirañas.
El crótalo se acepta sin complejos a sí mismo.

No existe un chacal autocrítico.
El tábano, la langosta, la tenia y el caimán
viven como viven y así están satisfechos.

Cien kilos pesa el corazón de la orca,
pero en otro sentido es ligero.

No hay nada más bestial
que una conciencia limpia
en el tercer planeta del sol.

Wislawa Szymborska
( Traducción de Abel Murcia)

Sobremesa

Ayer no trabajé. Bajé al mediodía a por pan y fruta. Antes de las dos preparé la mesa. Comí con mi hijo. A los postres tomamos fresas con zumo de naranja. Recogimos y nos sentamos a leer en el salón. Él se tendió sobre el sofá, apoyando en la barriga un grueso volumen de aventuras, Eragon. Antes de abrirlo, se colocó sus gafitas de montura roja. Le dan un divertido aire de pitagorín. Puse un disco de Art Tatum y Ben Webster. Tomé asiento y abrí yo también mi libro, No digas noche, de Amos Oz -una muy recomendable novela-. Afuera tan pronto granizaba como lucía por sorpresa un sol breve que iluminaba apenas unos segundos toda la casa. Sonaba la música como el día: pluvial el piano, tibio el saxo. Estábamos solos, en silencio, atentos a nuestras lecturas y oyendo de fondo My one and only love cuando el sol de nuevo, y por sólo un instante, brilló más que la lámpara de pie que compartíamos.

martes, marzo 20, 2007

Urueña

Leo en EL PAÍS del sábado una pequeña noticia sobre Urueña. La titulan Pasión por los libros y en ella se cuenta que este pequeño municipio vallisoletano ha entrado a formar parte desde hace sólo unos días de las denominadas book-towns, una pequeña red de localidades europeas enfocadas al turismo de la lectura y el sector editorial. Se le han abierto de repente diez librerías gracias a este proyecto institucional. Algo sabía de todo ello porque el año pasado, por estas fechas, visité Urueña y se estaban acondicionando algunas de sus casas para tal fin. El pueblo es muy hermoso. Está en Tierra de Campos, conserva su muralla y es lugar idóneo desde donde emprender la llamada ruta de los Montes Torozos. Apenas lo habitan doscientos vecinos. Eso sí, algunos tan ilustres como el folklorista Joaquín Díaz, el músico Luís Delgado o el cantante Amancio Prada. Tiene un museo etnográfico, otro de instrumentos musicales y una de las más bellas jugueterías que uno pueda imaginarse. De aquel viaje me he puesto a leer, por recordar, algunos párrafos que entonces escribí sobre el lugar:

Al final de la tarde y en un alcor coronado de cielos azules e hilachas de nubes, vimos a lo lejos una muralla bien conservada, apenas sobrepasada por las construcciones de su interior y a cuyos pies se desplegaba una alfombra verde por la que serpenteaba la carretera que nos la iba acercando. Así descubrimos Urueña, con la apariencia de un cofre de piedra. La paseamos a esa hora en que ya no quedaba mucha gente por sus angostas calles de casas bajas y muros de mampostería, ladrillo o adobe. Esas rúas tienen nombres que se explican en los azulejos de sus esquinas. Del Oro, donde se hallaban los cambistas. Marbana, que parece era apellido gallego asentado en Villalpando. Corro Bolinche, por ser allí donde se reunían los vecinos para jugar a los bolos. Lagares, porque cuando las bodegas no estaban en las casas, se hacía un barrio de lagares en una zona alejada del centro. Corro de Santo Domingo, y es que Tomás López, famoso cartógrafo, menciona un monasterio de dominicos en Urueña, lo cual podría explicar esta advocación. Catahuevos, por ser el sitio donde los recoveros solían catar los huevos que estaban frescos poniéndoselos en el hueco del ojo y mirando la luz del sol. Real, o también llamada Principal por cruzar la villa de Sur a Norte enlazando las dos puertas de su muralla. Corro de San Andrés, al hallarse en este lugar la iglesia de San Andrés hasta que en el siglo XIV sobrevino su derrumbe. Del Azogue, que era el nombre del mercado diario, que solía estar cerca de la parroquia más importante, siendo el centro de la vida social de la villa. De las Cuatro Esquinas, las de la Parra, la Real, la del Corro de San Andrés y la del Oro. Plaza Mayor o de las carnicerías. El paseo nos llevó hasta la muralla de poniente. Desde allí vimos como el sol se licuaba en mercurio espeso sobre los campos. Se hizo de noche y enfrió repentinamente. Cenamos en el pequeño comedor de la casa rural donde habíamos reservado alojamiento. Hubo ensalada de canónigos, queso y nueces, albóndigas de arroz y merluza, codornices escabechadas y cuajada de oveja. El vino de la casa era espeso, pero untoso y de buen paso en boca.

A la mañana nos recomendó el hospedero una exposición temporal que sobre el juego de la oca permanecía abierta desde unos meses atrás en la Fundación Joaquín Díaz. La oca es como la vida, dijo. Sus peligros, los propios de nuestro paso por el mundo. Sus sesenta y tres casillas, la edad media que se alcanzaba cuando el juego se inventó. Abrió el museo a las diez. La mañana aún no se había entibiado y el frío era intenso. Nos recibió en la casona que alberga los fondos de Joaquín Díaz una guapa moza que nos fue detallando lo que allí se custodia: una colección divertidísima de coplas de ciego, una biblioteca bien nutrida a disposición de los especialistas de la materia, bastantes grabados sobre los trajes regionales de toda Castilla y un magnífico muestrario de instrumentos tradicionales de la zona (rabeles, flautas, castañuelas, violines, matracas, guitarras, acordeones…). Nos acercamos después al Museo de las Campanas, cerca de la calle del Azogue. Allí se explica tanto la historia de las campanas como la forma en que se funden, qué tipos existen, cuáles son sus principales aleaciones o cuáles sus toques más habituales. Se exponen alrededor de dos docenas de campanas y atiende el lugar Aurora, que se mostró encantadora con los niños.
Fuimos luego a la juguetería Oriente. Enredamos entre los cachivaches. Hay mucho juguete de cuerda, reproducciones acertadas de aquellos trastos de hojalata anteriores incluso a nuestra propia infancia. Venden también recortables, espadas de madera, peonzas, muñecas de cartón, cocinitas y cacharros, títeres, canicas, carruseles, cajas de música... La tienda es diminuta pero está abarrotada de pequeñas maravillas que casi nos sorprenden más a los mayores, por su poder de evocación, que a los propios niños. Mi hijo eligió un robot de hojalata y cuerda. Compramos también unas peonzas y un carrusel con música. Al salir intentamos rodar las peonzas. Sólo después de muchos intentos, y cuando al fin recordamos que la cuerda ha de enroscarse en sentido inverso, como la memoria, logramos nuestro propósito.

jueves, marzo 15, 2007

La puerta del año

Extraigo de la web de la Diputación de Málaga parte de un bello texto de José A. Mesa Toré, que lleva por título El encuentro de la máquina con la poesía:

Junto al mar, que les dará a Emilio Prados y a Manuel Altolaguirre la palabra con la que nombrar su revista y el color azul oscuro para su portada, se abre la imprenta Sur. Esta es la imprenta con forma de barco, con sus barandas, salvavidas, faroles, vigas de azul y blanco, cartas marinas, cajas de galletas y vino para los naufragios, como nos la mostraba Manuel Altolaguirre en sus memorias. Esta es la imprenta Sur, después Dardo, ahora Antigua Imprenta Sur, en la que, por obra de un grupo de poetas malagueños (Prados, Altolaguirre, Hinojosa), se produjo el encuentro de la máquina con la poesía, el encuentro de Málaga con la modernidad, con la vanguardia artística, con el surrealismo. Esta es la imprenta de la Generación del 27, la imprenta que le dio alas a la poesía y creó una escuela de maestros impresores, de editores artesanales, de tipógrafos llenos de ilusión, paciencia y sabiduría, alguno de ellos nombrado impresor del Paraíso.

Heredera de todo aquello es la que hoy llaman Antigua Imprenta Sur, que viene publicando muy cuidadas ediciones en la colección El Castillo del Inglés. Su número quince –que me ha llegado dedicado y que leo ávidamente-, es La puerta del año, integrado por unos cuantos apuntes del diario que Jordi Doce viene escribiendo desde 1997. Debe de ser un placer publicar en máquinas con tanto pedigrí, ver que las palabras de uno se vierten a tan buen papel, se imprimen con aquellos viejos caracteres elzevirianos que se usaron ya en algunos incunables del XVI. Y no ha de ser menor el gusto de la Sur cuando edita tan hermosos textos como los de La puerta del año. A pesar de sus pocas páginas, no se hace difícil vislumbrar en estos jirones de dietario aquello de lo que va nutriéndose el proceso creador de su autor. Hay reflexiones sobre la escritura, relato de lo afectivo, memoria y hasta hormigas blancas. No en vano ya dejó escrito en otro lugar Jordi que “el diarista tiene algo de coche escoba”. Me han parecido particularmente hermosos tanto los párrafos iniciales en los que Doce describe un paseo por el Muro de Gijón, como las referencias a su pequeña hija Paula. Supongo que ello ha sido así porque suele unir mucho el compartir sensaciones similares ante experiencias parecidas; en este caso, la luz de una ciudad que es la del autor y también la mía, y el disfrute de unos hijos que se llevan pocos años y que tan a menudo nos hacen pensar sobre cuanto dicen o les pasa.

Yo volvía a casa con mi hija en un estado de perfecta felicidad, envueltos los dos en nuestra propia estación de alivios y complicidades. En una mano sostenía una mandarina, y con la otra iba dándole gajos que ella comía con avidez. El olor de la fruta nos acompañaba como una suerte de aura olfativa, el breve filamento de bombilla que ambos habíamos encendido sin darnos cuenta.”

Sobre ese filamento, como un funambulista dichoso y sin prisa, llega el lector hasta el final de las páginas de La puerta del año.

lunes, marzo 12, 2007

Villaverde

El sábado fuimos de nuevo a Villaverde. Estaba el día hermoso. Soleado y limpio por la brisa, que era como de ventanas abiertas de par en par. Una corriente fría que mantenía el cielo limpio y el ánimo alegre. Paseamos hasta Marianes. Los prados lucían un verde intenso y una humedad rezumante. Comimos luego dentro de la casa de nuestros amigos. Despacio. A gusto. Al calor de la chimenea. Se bebió largo y se charlo mucho. Risas. Café. Los niños se fueron a jugar cerca de la iglesia. Quedamos sus padres hundidos en los sofás. Pesado el párpado, blandos los cuerpos. Incluso me traspuse durante un rato en que supongo apenas no se oyó en el salón más que la combustión de la leña. Al despabilarme, no sabía de pronto muy bien dónde lo hacía. Sonrisas. Se había ido cayendo la tarde Oscureciéndose el cielo. Extendimos sobre la mesa un mapa, algunas reseñas de alojamientos, de lugares a visitar, de senderos por donde perderse, de paisajes. Los viajes comienzan mucho antes de partir. Se van haciendo con las ganas, las lecturas; continúan ya en la carretera y se van cumpliendo como los deseos, a medida que alcanzamos lo hitos marcados de la ruta, esos lugares que por mucho que sepamos de ellos siempre terminan siendo distintos a como los imagináramos, para bien o para mal. Cuando volvieron los críos de sus juegos, embarrados y risueños, aún estábamos decidiendo dónde ir en Semana Santa. Así quedó la cosa, entre el románico palentino y los cañones del Ebro. Cualquiera de ambos lugares merece un viaje demorado; y mil sitios más nos parecían igualmente apetecibles viajando en tan buena compañía. No se pide más para el camino que hacerlo con quien uno quiere bien, con quien bien te quiere. Antes de irnos, anduve hurgando por a biblioteca de J. Me hice con un libro voluminoso titulado Diccionario Pla de literatura, una edición que en 2001 preparó Valentín Puig para Destino. En algo más de cuatrocientas páginas se van refiriendo a través de voces ordenadas alfabéticamente las opiniones de Josep Pla sobre muy diversas materias, fundamentalmente sobre un importante número de escritores. Tras leer lo que sobre Chejov o Borges allí se decía, pedí en préstamo la obra. En casa la tengo y la ando leyendo a salto de mata, como, creo, se han de leer los diccionarios. Dice en una de sus entradas que la literatura no es más que un esfuerzo contra el olvido. Como algunos de los apuntes de estos diarios.

Banderías

No es lo mismo bandera en mástil que en driza. Empuñada que colgada. El pulgar a modo de tenaza fue un hito en la evolución de la especie. El desarrollo de las herramientas y el adecuado uso del arma como defensa instrumental, lo fue aún mayor. Hay quien se aferra a lo que blande con la fiereza de un primate amenazado, usando con pericia su pulgar pero sin haber llegado a tiempo al resto de las bendiciones evolutivas. Eso sucede cuando se "levantan banderas", que así se decía figuradamente si se convocaba a la gente de guerra. Y es que anda mucho abanderado con los mástiles de proa, como picas buscándole las mantecas al contrario.

jueves, marzo 08, 2007

La clac

Se han escrito a menudo las crónicas parlamentarias siguiendo las pautas de la reseña teatral. Obra representada, interpretación de los actores, puesta en escena y juicio crítico de lo visto. De la acogida del público poco cuentan sin embargo, las tribunas son reducidas y están ocupadas por amigos o familiares. Y el auditorio, sobre todo en los grandes estrenos, es espectador televisivo. Sus reacciones son materia de encuesta, no de crítico de espectáculos. Choca, no obstante, en medio de los dichos paralelismos entre parlamento y escena, la actitud del coro. Decía Roland Barhtes que en la tragedia griega tenía aquél por función preguntar e incitar a la meditación. Los coros de las Cortes Generales son algo distinto ahora, tienen más que ver con la clac del viejo teatro, aquel conjunto de paniaguados que aplaudían a cambio de remuneración o entrada gratuita. Y aún a pesar de ese parecido, también hay diferencia entre aquella clac y ésta. Entonces la soldada era a costa del dueño de la sala de representaciones; ahora es a escote entre todos.

miércoles, marzo 07, 2007

Ex malo, carmina

El temblor, Juan Carlos Gea. Ediciones Trea, 2005.

A las nueve y veinte de la mañana del día 1 de noviembre de 1755, festividad de Todos los Santos, la tierra tembló trágicamente en Lisboa. Fue uno de los terremotos más mortíferos del que haya noticia, y a él le siguieron maremotos e incendios.

Lisboa es lo que resta
después de que su suelo
se haya quebrantado con temblor nunca sentido,
y las llamas de decenas
de incendios reducido
las ruinas y los cuerpos a cal viva,
y el océano baldeado por tres veces la ceniza
y los muertos y el escombro
apagando los incendios y la cal.

Este poemario de Juan Carlos Gea surge, según parece, tras viajar el autor a Portugal en 1994. Allí visita el Monasterio del Carmo, un lugar que se conserva tal como quedó después del fatal seísmo. El contraste entre la belleza de esas ruinas y el hecho de que constituyeran la huella misma de tan terrible suceso es el germen de El temblor.

No hay memento ni réquiem que consigan mejorar
la elocuencia de los arcos vaciados
por de dentro y por fuera, perfilados con pulso,
en su ritmo, perfectos,
sin cesuras y sin mellas, sucesivos
como versos bien medidos:
una serie dispuesta
con tan obvia y delicada voluntad de decir algo…

Al libro se le van añadiendo versos a lo largo de diez años, un tiempo suficiente para que en él se albergue no sólo la memoria de un hecho acaecido más de dos siglos atrás, sino también, por alegoría, el estupor que los cataclismos sucesivos debidos a la naturaleza o a la crueldad humana fueron generando mientras la obra crecía (onces de septiembre y de marzo, tsunamis maléficos).

¿Qué batalla de los cielos justifica
una leva tan brutal? ¿Y qué debemos
leer en estas ruinas?
¿Qué debemos descifrar bajo el escombro?
¿Algún tipo de consuelo?
¿Hay alguna admonición, algún aviso
de la Próxima Venida,
del ocaso de los tiempos?
¿Una culpa abismal que equilibre el castigo?
¿Alguna misteriosa
manera de lo bello? ¿Una pauta deducible?
¿Una forma depravada de armonía?
¿La podrida raíz de algún sistema?

El libro es un gran mosaico de treinta y cuatro teselas, la mayor parte historiadas, que no sólo narran lo que sucedió en la Lisboa arrasada, sino que se preguntan por qué y buscan un casi imposible consuelo. El Libro de Job es su referencia literaria más antigua. Aquel poema moral escrito en prosa y perteneciente al Antiguo Testamento que planteaba ya entonces la pregunta de por qué hay buenos que sufren.

Algo así también se interpelaron los teólogos y filósofos europeos después de la destrucción de la capital portuguesa: si la voluntad de Dios se reflejaba en aquel terremoto. Porque tamaño desastre estremeció la posible fe en la teodicea, un término que acuñara Leibniz en 1710, para quien este mundo era el mejor de los posibles, a pesar del mal en él presente, dado que a su través se expresaba la armonía universal; y porque de otro modo Dios no lo hubiera creado. Mientras Kant (aquel pietista con los huesos calados por la bruma del Báltico, que llegó a publicar tres pequeños opúsculos sobre el suceso) rechazaba tanto las interpretaciones teológicas como metafísicas del desastre, recogiendo toda la información disponible entonces y conforme a ella formulando incluso una teoría sobre las posibles causas de los terremotos.

Pero puede
que algo
se haya roto sin remedio
en el orden de este mundo
(en particular el vuestro)
o que esté a punto de hacerlo.
Y algo frágil, ciertamente delicado.
Perdonad que os sobresalte,
que perturbe vuestro idilio
con el mundo y quien lo hizo. Perdonadme
si reclamo vuestro docto peritaje,
pero es también el tiempo
para vos, amigo mío.
Mucho temo que tengáis que despertar.

De todo ello se habla en estas páginas y todo encaja en un discurso narrativo que se vuelve poesía no sólo porque recurre a los versos para contar, sino porque tienen éstos una precisión rítmica hipnótica y un tan rico tratamiento de los recursos literarios, una retórica antigua de tal virtuosismo, que podría afirmarse que el libro es tanto rareza como lujo, pero sobre todo una apabullante pieza de bella literatura.

Una rara elocuencia, que parece exigiros
unos ojos que no existen
todavía. Una música
nonata.
Palabras sin forjar. Un arte nuevo.

Es también un tratado de pesimismo, una descripción de la impotencia de los hombres, de su abandono a la suerte natural y al mal de los otros. Y sin embargo, se escribe todo ello. Hay en esa contradicción el escaso resquicio por donde se filtra el consuelo de la poesía y el del amor. Escasos pero suficientes para levantar las obras de arte y vivir los momentos que de algún modo nos redimen.

Redimirnos con las mañas
que sepamos, ya que nadie nos redime.
O intentarlo, y mañana,
bien entrada la mañana
con la mala
conciencia, las vendijas de niebla,
lo que quede de aguardiente en el regato
de la sangre, más las ruinas
de anoche,
las recetas de la amnesia y la analgesia
y los ruidos normales
después de las catástrofes
buscar en algún sitio aparejo de escribir.

A lo largo del poemario, se exprime el valor polisémico de la palabra “temblor”, que le da título. Es seísmo, pero es también estremecimiento que da vida, que nos mata de placer (la petite morte) y nos sacude de dicha.

Lo adivinas
justo a tiempo, que allí viene nuestro taxi,
que ahora pienso renunciar a las palabras
por lo menos mientras dure este temblor
que da vida, que nos mata y nos sacude.

Por eso, en el último capítulo o tesela de El temblor reside el ápice de consuelo que se levanta desde la desolación. Por eso también se exclama que Ex malo, carmina.

lunes, marzo 05, 2007

Antes del eclipse

Al anochecer la luna estaba casi llena. Observarla entre los árboles desnudos era como ver asomada a la ventana de mi infancia el rostro lechoso de la abuela Anastasia. Y era también como si el tiempo se lo hubiera desbordado con arrugas profundas, con la leña en la que ardería el eclipse.

viernes, marzo 02, 2007

De perfil

No quisiera contribuir al ruido. Alimentar la crispación. Nombrar al bicho. Dejar que el fiel de la balanza corporal se incline hacia el intestino dejando en el aire a la razón. No quisiera lanzar arenga alguna desde el fondo enlodado de ninguna trinchera. Me gustaría enfrentarme a los hechos sin más prejuicio previo que el que me inspira el profundo asco por la violencia. Oír respetuosamente a quien argumenta. Ignorar al que vocea. Aplicar, si fuera posible, aquella práctica propuesta por Anatol Rapoport –de la que ya se ha hablado aquí-, que tenía como objeto escribir un buen comentario crítico sobre el trabajo de un oponente, pero que bien puede aplicarse a otro ámbitos de discusión: “Primero se ha de intentar re-expresar la posición del contrario tan clara, vívida y justamente que el oponente diga: gracias, me gustaría haberlo expresado así de claro. Luego, se han de listar todos los puntos de acuerdo (especialmente si no hay asuntos de acuerdo amplio y general) y, tercero, se ha de mencionar cualquier cosa que hayamos podido aprender del contrario. Sólo entonces está permitido proferir palabras de rechazo o de crítica”. Mi contrario, el de todos en esta historia, no debería ser otro que ese mundo airado, cruel, totalitario e irracional que beatifica a asesinos en serie. Interpretar sus posturas –insanos escorzos viscerales-, parafrasearlas en exégesis de acercamiento según la teoría de Rapoport es, decididamente, un esfuerzo inútil. Sí cabría intentarlo, en cambio, entre quienes comparten o respetan la decisión gubernamental y los que no la entienden o la rechazan de plano. Aunque me temo que no hay voluntad ninguna para tal esfuerzo. Porque esa trabajada anemia del preso ha debilitado también a muchos: la compasión obligada es flaqueza, la crítica interesada, mezquindad moral. Quedan expuestos al fuego cruzado, entre otros, quienes siendo contrarios a la medida adoptada y proviniendo además de los ámbitos de la izquierda, muestran su rechazo sin paliativos, pero sin perseguir tampoco rédito espurio alguno. Por ahí andamos, casi de perfil.