miércoles, noviembre 15, 2006

De retornos y canallas (4)

Para K. y R. (por riguroso orden alfabético)


Cierro los ojos al pie del cerro y escucho como se sobreponen dos respiraciones desacompasadas. Es el mar que golpea con la insistencia de un batán los diques del mundo, como si Neptuno albergara un metrónomo entre sus pulmones; y es, al mismo tiempo, el ahogo jadeante con que el cansancio castiga el tránsito de mi vejez y mi memoria por estas calles empinadas.

Justo por aquí bajábamos de niños al pedreru, a por llámpares. El mar se retiraba dejando sobre el rastro húmedo de su lengua un sarpullido de conchas aferradas a las rocas con tan desproporcionada e inútil fuerza como la que ahora empleo en recordar todos y cada uno de los días de mi infancia, cuando me temo que son ya más que el escaso resto de mi vida.

5 comentarios:

Anónimo dijo...

Jaja

=)

Bueno... hubiera preferido el : Las damas primero.

¡Gracias!


Ahora vengo corriendo ... pues se ha hecho costumbre visitarte cada que me es posible, pero regresaré después.

(K. ... anda, abre otro mail y me escribes, no seas ingrato)


Un abrazo para ambos. Excelente día.

Roxana.

Anónimo dijo...

Cuando JCD y K éramos muy niños, tan niños que de R quizás ni existiera el amor entre sus padres, el Cerro, así de rotundo, el Cerro, era un lugar desconocido, alambrado y misterioso. Zona acotada por los militares. Desde las últimas casas del pueblo se sufría de una gran pendiente de cesped en la que nuestros juegos terminaban abruptamente en una oxidada tela metálica. Lo que había más allá de aquel ascendente horizonte verde nos era desconocido. Era plenamente visible sólo desde la mar, para los de la mar.

Uno de los más antiguos recuerdos de mi vida, de toda mi vida, es la visión de un envoltorio de algo, entre la hierba aquella, que tenía la figura de una calavera con sus correspondientes tibias cruzadas. Imagino que sería el sobre de algún tipo de matarratas o veneno para alimañas. Me impresionó de tal manera en aquel paseo con mi madre que hoy, más de treinta y cinco años después, sigo asociándolo al Cerro y durante mi infancia contribuyó al aura de misterio que rodeó en mi imaginación a la atrevida península.

Un buen día aquello se abrió al pueblo y, mientras los poderes públicos no metieron la mano, fue posible para la muchachada el jugar o ensayar futuras maldades de jovenzuelos entre las instalaciones militares abandonadas.

Amparándome en el anonimato éste (porque puede parecer pedante o poco creible pensar esto con quince años) debo decir que corriendo y gritando por aquellos terraplenes de tierra, aquellos contrafuertes de hormigón que se dividían y subdividían subiendo y bajando a diferentes niveles, yo estaba realmente en alguna ciudad perdida de Méjico.

Muchos años después, en Palenque, a solas en la cúspide del Observatorio, sobre el dosel de la jungla de Chiapas, intenté oler la sal del Cantábrico.

Me acordaba del Cerro. ¿Me creen?

Para JCD y R.

(Para R)

"Jueves será, porque hoy, jueves que proso
estos versos, los húmeros me he puesto
a la mala y, jamás como hoy, me he vuelto,
con todo mi camino a verme sólo."

C. Vallejo"

Ya veré. Faltas no me ganan.

¿Ves?

Anónimo dijo...

Gracias K.

No... no, me niego, yo ya era cuando tú comenzabas a descubrirte inquieto.
Yo ya era; iba, venía, me fingía arena y quedaba prendida a la piel desnuda de algún tobillo, yo era aún antes del grano, yo era antes
incluso del estallido; y no, y no... me niego, no has de ser tú quien ponga término o inicio a los múltiples rostros que desde entonces, desde antes, yo ya era.

No has de ser tú K, porque entonces... ¿quién habría de observarte, así como lo hacía yo?


Anda... no te pongas difícil...

=)

(que se le extraña mucho, niño)

¡Oye! esto te quedó lindo felicítote.

A JCD... ahhh ¿qué decirle? es Ud maravilloso, sus recuerdos lo son.


R.

(la de antes.. y la que soy).

Diarios de Rayuela dijo...

Gracias R. Gracias K. Las damas primero.
Para R.: Desde hoy les doy algo de luz a las Tenebrae en los enlaces.
Para K: No era un envoltorio. Eran los rastros de una bandera. Cuando los militares se emborrachaban al anochecer y dejaban desguarnecida la costa, atracaban en el cerro los fantasmas de Port Royal. Cimadevilla tiraba mucho: tabernas alegres y buenas hembras sin reparos. Siga escribiendo, merece la pena.

Anónimo dijo...

Ahhh... gracias, eres muy amable. Seguro le llega algo de luz al ambiente.

Amitabha... algo así, así de grande la luz de este sitio.

(oye... que el mío lo borré y lo voy recuperando poco a poco... es decir, no me visites todavía)

Bello día, querido diario de rayuela.

R.