Hay una ira vergonzosa. Que genera arrepentimiento. Que saca lo peor de nosotros. Pero hay otra ira que nos dignifica: la que reclama la restitución de una justicia que se nos niega de cualquier otro modo. Sin esa ira, que es sobre todo indignación y que en la mejor de sus versiones no debería ser destructiva sino activamente resistente, quizás no se hubiera avanzado lo bastante en algunos derechos sociales fundamentales. Algo de ese estar justificadamente airado ha habido en la reacción que llevó a un vecino vasco hace un par días a arremeter contra un local batasuno. Ese arrebato, como cualquier calentura, y aun estando bien argumentado, ha pecado, sobre todo, de imprudencia. La de la violencia, menor, es verdad, y no carente, tampoco, de sólidos eximentes, pero que, aun así, como toda violencia no defensiva, es rechazable. Y la de la singularidad, que si bien en cualquier sociedad democráticamente sana no generaría más secuelas que un protagonismo pasajero, en el ámbito vasco sitúa al vengador en el centro de una diana nada metafórica. Contra la primera de las imprudencias hubiese cabido la alternativa de canalizar ese enojo uniéndolo al que desde hace tiempo manifiestan valientemente muchos otros en algunas asociaciones cívicas. Contra la segunda de las imprudencias nada se puede hacer si esa ira mal gestionada no se extiende definitivamente entre quienes, como el narrador del cuento Los peces de la amargura, de Fernando Aramburu, ahogan su rabia cuidando de un acuario. Diría aún más, nada se puede hacer en ningún caso si ni siquiera se es capaz de albergar esa rabia que tan a menudo se echa en falta. Quizás por eso, cuando aflora, aun de esta torcida aunque inocente manera, volviendo añicos algún acuario, tendemos, cómo no, a comprenderla.
jueves, febrero 26, 2009
martes, febrero 24, 2009
Máscaras y tricornios
Mientras desayunamos, en la radio recuerdan que se cumple el veintiocho aniversario de la intentona golpista. Tengo para mí que ese aumentativo con el que se define aquello ha calado porque su pronunciación da una idea precisa del grado de improvisación con que se se llevó a cabo, de la obesidad mórbida de la chapuza. Al hilo de lo que se rememoraba en el informativo, y de las fechas y fiestas en las que andamos, mi hijo preguntó de pronto: "¿Así que lo de Tejero fue en carnaval?". No recuerda uno haber reparado en la coincidencia. Supongo que porque en su día le asustó lo suficiente el asunto como para no hacer demasiadas bromas al respecto. Y sin embargo, este crío que lo ve ya como algo bufo y antiguo, asoció en seguida máscaras y tricornios. No anda descaminado, no.
viernes, febrero 20, 2009
Caxigalíneas
La siega de las guadañas pulsa con ritmo de metrónomo la respiración del silencio.
Los recursos literarios son la celestina entre la realidad y su figuración; ambas trasunto, para los espíritus cartesianos, de Capuletos y Montescos.
Una cosa es ser exquisito y otra, distinta y vulgar, volverse pedante.
La estela de una siega meticulosa y precisa convierte la pradería en papel verjurado.
Los recursos literarios son la celestina entre la realidad y su figuración; ambas trasunto, para los espíritus cartesianos, de Capuletos y Montescos.
Una cosa es ser exquisito y otra, distinta y vulgar, volverse pedante.
La estela de una siega meticulosa y precisa convierte la pradería en papel verjurado.
jueves, febrero 19, 2009
De nuevo Tachia
Ayer volvió Tachia a recitar en Gijón, en el Antiguo Instituto Jovellanos. Fue, como siempre, un placer escucharla.
Foto de Juan Garay
por oírse a si mismo, voz en grito;
tú en cambio la reposas como el vino
en los rincones tibios de la entraña
y la acercas a la copa de los labios
a sorbos que se apuran como vida,
a veces dulces y a menudo amargos,
a sorbos de alegría y de desdicha.
Te yergues en la escena de las tablas
con la solidez frágil de los juncos,
con la elegancia austera de su danza.
Por tu voz y gesto, por tu mirada,
torrentean los versos en tumulto,
la savia mineral de las palabras.
miércoles, febrero 18, 2009
Desvergüenza
Que a una niña de catorce años, acompañada por su madre, se le pregunte en una cadena de televisión acerca de sus relaciones con un muchacho de veinte años acusado de asesinato con el que, consentidamente, convivía. Que esa entrevista pretenda indagar sobre la personalidad del homicida y no se plantee en ningún momento la bárbara circunstancia que supone que a una niña de esa edad se le permita cohabitar con su supuesto novio. Que, posteriormente, se justifique tal aparición televisa alegando el interés de la audiencia por los pormenores de un crimen y que se apele a la raza de la muchacha entrevistada, gitana, como eximente de su alentada procacidad, resulta tan brutalmente inconsecuente como si para investigar sobre el arma empleada en un acuchillamiento se le preguntase a una pequeña por el mango de la navaja días después de que con ella le hubieran amputado el clítoris, sin que al mismo tiempo a nadie se le ocurra poner en tela de juicio la práctica de la ablación.
miércoles, febrero 11, 2009
Oficios y temperamentos
Leyendo hace unos días a Trapiello subrayé un párrafo que me hizo recordar a mi amigo Ramón: “Jamás he conocido a ningún carpintero que fuera mala persona o que tuviera un humor atropellado o que fuese iracundo. Puede haberlos, pero no los ha conocido uno. Eran, por el contrario, gentes silenciosas y observadoras, acostumbradas a la soledad. Los oficios se ve que tienen una influencia beneficiosa en las vidas de quienes los practican, y acaban condicionándolas, y no es lo mismo ser matarife que carpintero”. Reseñado lo cual, tampoco olvido que Ramón, además de carpintero, es también luthier –de donde le viene el sobrenombre de Vihuela–. Esta circunstancia aun ennoblece algo más, si cabe, su oficio, añadiéndole a los rasgos de carácter que Trapiello les supone a los del ramo, unas dosis no desdeñables de jovialidad musical. Al hilo también de estos apuntes sobre dedicaciones y temperamento, me viene a mientes otro conocido, mon ami Émile, cuya ocupación es mayormente eso que en el gremio llaman, suavizándolo, decesos. Pudiera colegirse que tal trabajo le hubiera afunebrado el rictus. Nada más lejos de la realidad: es un gozador impenitente. Cabría concluir, entonces, matizando que la teoría de Trapiello se cumple muchas veces stricto sensu, y algunas otras, a contrariis.
lunes, febrero 09, 2009
Divinos ellos
Leo en el periódico de ayer que se ha escrito la biografía de Lydia Artigas, a la que le decían Madame Rius en el oficio. El libro lleva por título La señora Rius. De moral distraída, y su autor es un tal Julián Peiró. La protagonista tiene setenta años. Posa para la ocasión en el salón de su casa, reclinada sobre un sillón tapizado en piel sintética de tigre, sosteniendo las fotografías de sus clientes más ilustres (Cela, Dalí, Welles, Belmondo), con un perrito mínimo y peludo sobre las rodillas, mirando a la cámara con una mezcla de picardía y fatiga. El resumen del libro que se esboza en el diario relata con cierto pormenor algunas escabrosidades de los artistas que se cruzaron en el horario de oficina con Madame Rius. El deseo es caprichoso, tanto que en ocasiones el pudor nos previene de algunas fantasías íntimas. Que las embridemos nos vuelve dignos, tiempo después, a la luz de la propia memoria. Sin embargo, otros, aprovechando esa bula insana que les otorga la condición de artistas consagrados o la impunidad del poder, dan rienda suelta a su más oscuro yo. Al cabo de los años habrá biógrafos que vean en tales aberraciones admirables indicios de genialidad. Y lectores, estudiosos y colegas asentirán por no significarse. La veterana meretriz biografiada detalla en las páginas de su vida las ocurrencias de algunos de estos genios. Dalí se beneficiaba patos. Le excitaba, además, penetrarlos a la vez que les rebanaba el pescuezo. No me digan que no era en sí aquella cópula una performance memorable. De Belmondo, aquel tipo de labios carnosos que en À bout de souffle fumaba compulsivamente y amaba a la Seberg para envidia del mundo, cuenta Madame Rius que le hizo el sexo oral con una saña propia de Anibal Lester: “Por culpa de él no pude trabajar en tres días. ¡Qué dientes tenía, de verdad! No entiendo cómo Catherine Deneuve y Ursula Andrews pudieron vivir con él." A su vez, la gracia de Cela consistía en pedirles a las chicas que alquilaba que cascaran vajillas enteras alrededor de la cama. Le daba placer rememorar una escena de la infancia, la de una torpe chica al servicio de su familia que solía romper platos con cierta asiduidad. Las chachas siempre pusieron mucho a los señoritos.
A uno se le ocurre a propósito de estas historias, que, como en el cuento, convendría vocear a tiempo que el rey anda desnudo y, cuando así ocurriera también, que el rey es un jodido degenerado. Que se rían luego del aviso si quieren los papanatas. Que se rían al menos hasta que algún genio no les tome por patos y se la endilgue por salva sea la parte mientras les ponen al fresco las cuerdas vocales.
A uno se le ocurre a propósito de estas historias, que, como en el cuento, convendría vocear a tiempo que el rey anda desnudo y, cuando así ocurriera también, que el rey es un jodido degenerado. Que se rían luego del aviso si quieren los papanatas. Que se rían al menos hasta que algún genio no les tome por patos y se la endilgue por salva sea la parte mientras les ponen al fresco las cuerdas vocales.
viernes, febrero 06, 2009
De amicitia
“¿Hay algo más estimulante que encontrar todavía con
agrado ahora al amigo al que recibíamos con agrado
antaño?”
R. L. Stevenson, Virginibus Puerisque
Al hilo de un reencuentro, pienso en las afinidades y en la amistad, que generalmente crece enraizada en aquéllas, alcanzando pronto una vida propia y expuesta, como la de cualquier planta, a toda suerte de inclemencias. No es raro, por eso, que se tronche en el más inesperado momento o que se agoste a ojos vista en una resentida agonía. Enterradas y, por ello, fuertes como todo lo invisible, las afinidades tienden, tarde o temprano, al capricho del retoño. Como la naturaleza al de los excesos. Así que quién podría precisar la vida que le aguarda a lo que tan frágil se levanta del suelo.
miércoles, febrero 04, 2009
La isla
He leído La isla, de Giani Stuparich, en traducción de J. A. González Sainz y editado por Minúscula. Se trata de un relato de apenas cien páginas. Una historia que narra el breve viaje emprendido por un padre, mortalmente enfermo, y su hijo a una isla del Adriático. En ese lugar creció el padre y allí el propio hijo pasó parte de su niñez y adolescencia. A través, sobre todo, de las reflexiones interiores del hijo, entendemos que ese encuentro y ese viaje tienen por finalidad que el padre se despida de un paisaje que le trae los más hermosos recuerdos. Sin embargo, en los diálogos de La isla esa finalidad última no llega nunca a confesarse. Porque aunque la proximidad de la muerte marca los tiempos del relato, del propio viaje, incluso de lo que el mismo Stuparich escribió y ahora leemos con cierto sobrecogimiento –intuyendo su verdad–, el miedo a una lástima indigna por parte del padre y a una sinceridad cruel por parte del hijo, hacen que esa presencia oscura sea como las marcas de agua, visibles en todo momento por detrás de las palabras y de la vida, pero nunca tan oscuras que consigan ocultarlas del todo. Es un libro desnudo, sincero, que deja sensación de autenticidad en lo que transmite: la tristeza por la pérdida de quienes queremos, de la dicha que alguna vez tuvimos, de la vida, en fin, que es como esa costa insular que a la vuelta, poco a poco, pierden de vista. Es un libro que, aun pudiendo serle emotivo a todo lector, lo es, sobremanera, para quienes han sabido o saben de ese encono con que a veces se ceban los males invisibles con nuestra gente. Lo expresa de modo rotundo Giani Suparich en estas líneas: “Quien asiste impotente a la trágica lucha, y tiene en sus venas la misma sangre que la víctima, sufre con un horror reprimido y todos sus minutos están envenenados”.
viernes, enero 30, 2009
Camino del trabajo (2)
Saliendo hoy al Náutico el espectáculo era memorable. Por detrás del cabo de San Lorenzo iba llegando una luz encarnada que pisaba de puntillas la juntura de mar y cielo. Una luz que parecía el resplandor hipnótico de un incendio que estuviera quemando el mundo al otro lado de la silueta del cabo, por encima de su perfil aún nocturno, sobre las cuentas de ese collar de luces que ilumina la bahía hasta la mañana. Se quedó uno por un rato mirando cómo esas brasas lejanas se reflejaban entre los pliegues de las nubes, sobre la línea quebrada de la fachada marítima, poniéndole un perfil ardiente a las formas resucitadas, como si éstas precisaran del fulgor de una llama para volver a la vida. Andaba uno deseando que todo ese amanecer fuera lento y preciso, que llegase con la cansina prudencia de los viejos trenes a las estaciones, cuando, casi sin querer, reparó en la confusa mentira de esa ilusión: nada se acercaba; éramos nosotros los que viajábamos hacia el incendio. La playa, la ciudad, los paseantes de esta mañana roja íbamos al encuentro del amanecer, del sol. Ese leve matiz me puso en la pista de pronto de que ciertos deslizamientos suaves, ciertas rotaciones imperceptibles, la voluntad de la mirada y el impulso de unos cuantos pasos, nos llevan a menudo desde la noche al día.
miércoles, enero 28, 2009
Camino del trabajo
Por las mañanas temprano, camino del trabajo uno termina encontrándose a menudo con la misma gente y, poco más o menos, a la misma altura del camino. En la esquina donde estuviera Deportes Covadonga —allí me compraron de crío unos playeros John Smith de bota que juraría han sido lo más bonito que nunca han calzado mis pies—, en ese lugar, digo, suelen despedirse una pareja de novios. Uno cree que lo son por la forma un poco desesperada en como se abrazan. En como lo abraza sobre todo ella a él. Hay en esos besos como una prolongación agónica y pública de lo que más íntimamente debió de suceder por la noche. En ocasiones, antes de llegar a ese punto, me la cruzo a ella sola. Es guapa y alta. Camina con una mezcla de desaliento y enojo. Fumando. Y en la cara lleva como un rastro de amores nefastos. Eso creo. Me cuadra, además, con la manera en que se cuelga del cuello de su amante por las mañanas.
lunes, enero 26, 2009
Vida jónica
Hay ocasiones en que valoramos por comparación la vida, sus pedazos. Y no siempre los modelos son otras vidas. A veces, la reflexión se establece frente al espejo. Como en el callejón del gato, la imagen reflejada tiende a menudo a las formas esperpénticas. En la que nos ofrece ese recodo de la existencia que son las tardes de un domingo de invierno, ventoso y frío, hay algo de alucinación. De repente nos vemos enfrentados a una desproporcionada columna jónica. De perímetro y altura inabarcables. Tan refulgentemente marmórea que mantenerla en la pupila nos volvería ciegos. Coronada por un capitel que pierde en las alas su sobriedad. Allí el buril caprichoso del cantero esculpió dos volutas. Dos matasuegras recogidos con tristeza de domingo y de invierno. Con la inapetencia de esos días en que falta ánimo bastante hasta para soplarlos. Para resquebrajar a golpe de aliento esa pilastra intimidante que de repente nos parece la vida.
miércoles, enero 21, 2009
lunes, enero 19, 2009
Los Diarios según Bonhome
Habría que preguntarle a él, al pintor, qué quiso finalmente dibujar. Uno se ve al menos esbelto, lo que no es moco de pavo. Se advierte funambulista sobre el cascajo, lo que parece una visión certera de estos apuntes. Y descubre con desasosiego un espacio en blanco que le divide los hemisferios. El rostro. Es la senda sobre el Mar Rojo. Por ahí va Moisés. Arrastra, como si fueran latas de just married, las tablas de la ley. Tengo levita. Me queda holgada. Ando amputado de manos. Como si Bonhome, su subconsciente, quisiera prevenirme de su uso —mayormente el pseudoliterario—. Porto a la espalda una marmita de contenido incierto. La lechera de las ilusiones. La que se va al carajo a diario.
miércoles, enero 14, 2009
Énfasis
En casi todos los énfasis hay culpa: la que se desea ocultar; o la que se pretende provocar.
domingo, enero 11, 2009
Un reloj de saboneta
Guardo aún memoria fiel de lo soñado esta noche. Tenía que ver con un reloj de saboneta, un payaso y dos palabras: Entrego y Muerto. Un suceso extraño y desasosegante. Pensando en si ponerlo o no por escrito, me acordé de un par de citas de Andrés Trapiello que venían al pelo. La primera hace referencia a ese “principio según el cual contar sueños es de tan mala educación como contar dinero en público”. La segunda, por su parte, tiene que ver con la interpretación de estas historias algo alucinadas que se arman en lo oscuro y nos asombran a la mañana: “Ya lo han dicho otros. El psicoanálisis es un género más de la literatura. Pero yo, además, he sacado esta conclusión: lo que hizo Freud con los sueños fue un cinefórum”. Quizás sea algo hiperbólica la ironía, pero si la cito es porque haciéndole caso en esto al leonés, renuncio a darle sentido a lo que sigue, aunque finalmente no a contarlo:
Tenía él un viejo reloj de saboneta que había heredado de su padre. Un reloj con una esfera grande que parecía una luna atacada por hongos del espacio. Un reloj de la marca Entrego. Como el nombre del payaso. El payaso Entrego. Un tipo popular entre los niños. Algo repulsivo, sin embargo, a los ojos de los adolescentes. Y sobre quien los adultos mantenían un recelo que se alentaba al imaginárselo sin maquillaje. Una sospecha de pederastia, eso sí, sin más argumentos que vagas pulsiones. Toda esa leyenda algo turbia sobre el hombre que evocaba la marca de su reloj, le empujó a encargar el cambio de aquellas letras que indicaban la procedencia de su fábrica por otras nuevas que nunca supo muy bien por qué fueron las que forman la palabra Muerto. El reloj Muerto. Paradoja de una evidencia sonora: el tic tac de sus vísceras poseía una infalibilidad de orfebrería artesana que no pronosticaba avería alguna ni en su vida próxima ni en la futura más lejana. La nueva palabra elegida no propiciaba bromas como la anterior. Más bien solía torcer el gesto de quien la leía, al modo en que lo fúnebre despierta malestar por parecer siempre de mal agüero. Al reloj, además de cambiársele el nombre, se le aplicó un fungicida por las orillas y se le abrillantaron las agujas y los números romanos. Mantuvo siempre una precisión suiza. Incluso en los instantes últimos en que se detuvo el pulso de su dueño. Entonces, durante la inaprensible fracción de tiempo en que se acompasaron los silencios de la maquinaria exhausta del hombre y del impulso que transcurre entre el tic y el tac del reloj, pudo desvelarse en aquel nuevo nombre elegido un fugaz sentido que quedó en nada cuando se cumplió el rito pendular de su onomatopeya -en la que quizás un oído malévolo pudo adivinar el eco lejano de la torva risa del clown Entrego-.
Tenía él un viejo reloj de saboneta que había heredado de su padre. Un reloj con una esfera grande que parecía una luna atacada por hongos del espacio. Un reloj de la marca Entrego. Como el nombre del payaso. El payaso Entrego. Un tipo popular entre los niños. Algo repulsivo, sin embargo, a los ojos de los adolescentes. Y sobre quien los adultos mantenían un recelo que se alentaba al imaginárselo sin maquillaje. Una sospecha de pederastia, eso sí, sin más argumentos que vagas pulsiones. Toda esa leyenda algo turbia sobre el hombre que evocaba la marca de su reloj, le empujó a encargar el cambio de aquellas letras que indicaban la procedencia de su fábrica por otras nuevas que nunca supo muy bien por qué fueron las que forman la palabra Muerto. El reloj Muerto. Paradoja de una evidencia sonora: el tic tac de sus vísceras poseía una infalibilidad de orfebrería artesana que no pronosticaba avería alguna ni en su vida próxima ni en la futura más lejana. La nueva palabra elegida no propiciaba bromas como la anterior. Más bien solía torcer el gesto de quien la leía, al modo en que lo fúnebre despierta malestar por parecer siempre de mal agüero. Al reloj, además de cambiársele el nombre, se le aplicó un fungicida por las orillas y se le abrillantaron las agujas y los números romanos. Mantuvo siempre una precisión suiza. Incluso en los instantes últimos en que se detuvo el pulso de su dueño. Entonces, durante la inaprensible fracción de tiempo en que se acompasaron los silencios de la maquinaria exhausta del hombre y del impulso que transcurre entre el tic y el tac del reloj, pudo desvelarse en aquel nuevo nombre elegido un fugaz sentido que quedó en nada cuando se cumplió el rito pendular de su onomatopeya -en la que quizás un oído malévolo pudo adivinar el eco lejano de la torva risa del clown Entrego-.
domingo, enero 04, 2009
Occidente
Occidente, Juan Carlos Gea. Trea, Gijón, 2008. 87 pp. 12 €.Cuántas veces los hispanistas nos han desvelado lo que apenas sabíamos de nuestro país, con cuánta pasión investigan su historia. Pues bien, sepan que no es menor la que pone Juan Carlos Gea en su ciudad de adopción con Occidente. Aquí llegó desde su Albacete natal en 1993. Le oí comentar en una entrevista radiofónica que lo recibió una lluvia persistente, un prolongado cielo gris. Nada nuevo. Se trataba, me temo, de esa acuarela que tan a menudo desarbola el ánimo del visitante y de la que siempre nos quejamos los de aquí a pesar de que, finalmente, acaba siendo el plasma mismo de nuestras añoranzas. Este libro se levanta sobre la ciudad de Gijón aun sin nombrarla más que a través de esos pilotos de barcos extranjeros para los que “Cuesta menos amar este lugar o detestarlo / que pronunciar su nombre; / en sí mismo, una doble empalizada / velar-sordo-fricativa. Un fonético fielato”; por lo que cuando intentan ponerse al pairo de su puerto entonan una incomprensible plegaria sólo apta para oídos de radiotelegrafistas: “Hihon pilots, Hihon pilots”.
Gea mantiene las maneras discursivas que caracterizaron su libro anterior, El temblor, una escritura digresiva que parece alejarse por momentos, como en los solos jazzísticos, del tema principal y que sin embargo vuelve a él tras transitar por referencias paralelas, tras mantener un pulso interpretativo con ritmo casi de galope y según una arquitectura que se desvela finalmente bien trabada. Aquel libro, como ahora Occidente, recrean materializaciones del mal a lo largo de la historia. El temblor contaba el terremoto que sacudió Lisboa en 1755. Occidente, a la vez que se pasea por la ciudad desde la que se escribe, se afana en una cata alegórica de su pasado, buscando en los estratos sobre los que nos asentamos “el coro de las osamentas trituradas”, ese desasosiego desesperanzado que amenaza ruina. Para el autor, el final de la historia no es el que se imaginó Hegel en Jena, o más tarde Marx o recientemente Fukuyama. Este capítulo último de la historia que nos cuenta Gea tiene que ver más bien con el propio título de la obra, con esa palabra que es “Una misma palabra / para el sol al ponerse y es borde del mundo. / Para aquello que está / desplomándose en la tierra. Que se hunde. / Lo que va para la ruina. / Lo que expira y decae, y quien muere o es muerto. / O quizá esté muriendo / todo el tiempo sin parar, muy lentamente. / Occidens: Occidente”. Y uno de entre los muchos indicios de esta intuición sobre la que gira el discurso de este poemario, la de que nos hallamos en una época terminal, es la invasión de Irak. Este tipo de versificación ensimismada, esa especie de trance frenético en el que más que buscar la precisión de lo escrito por descarte se trabaja en la expresión como tentativa múltiple, ofrece un cauce inmejorable para sumergirse en la hipnosis del horror que toda guerra genera. La parte V se introduce con una cita del Gilgamesh (“y empezó a llover muerte”). Hay en ese apunte una doble intención, ponernos sobre la pista del lugar donde entonces, en la epopeya, como ahora, tras la invasión, se cebó la tragedia: la antigua Uruk, la moderna Irak; y mencionar esa lluvia, la del aguacero mortal, para hablar de otro diluvio abrasivo, el de los bombardeos que asolaron al país.
... y es muy fácil hacer planes a lo grande
sin dejarse distraer por las minucias. Poco importan
los rostros, el calzado, la inocencia,
los relieves del pasado privado o colectivo,
los minúsculos efectos personales,
la maldita compasión, las biografías.
Pero esa es una de entre las varias calas del recorrido. Mencionada ya porque confirma, según lo que se ha apuntado, su intencionalidad última. Conviene, no obstante, exponer, aunque sea someramente, que las otras partes del libro, dividido en seis tramos, van desde las vísperas (la primera) a las completas (la sexta y última). Se ubican, por tanto, en ese espacio temporal que ultima el día, cuando declina la luz y se entonan esos rezos que son ya crepusculares. En la primera parte el paseante mira en el atardecer hacia el puerto, donde los barcos solicitan su atraque. Se reflexiona sobre el propio nombre de la ciudad. Se observa a los paseantes que están de paso por su playa. En el segundo y tercer capítulos se toma como motivo la propia historia bimilenaria de este lugar, a propósito de la cual se empieza a cimentar la alegoría de Occidente. Es el cuarto un descenso a los infiernos que se introduce con un “¡Recobrad cuantos entráis toda esperanza!”, que viene a ser el reveso de lo que Dante colgó a la entrada su averno. Quizás tenga ello que ver con la idea que se expresa más adelante sobre lo que los muertos bisoños dejan en este mundo, la auténtica condena “¿O no es cierto que los más de entre vosotros, si os mentan los infiernos, os sentís como en la casa que acabáis de despoblar?”. Ya se hizo referencia al quinto de los tramos, donde también sin nombrarla —como sucede con Gijón—, y utilizando como referencia constante el Gilgamesh, la escritura se subleva contra uno de los desastres morales de estos tiempos: la invasión de Irak. Finalmente, las completas cierran el día y el libro. El paseante cuenta para dormirse los destellos del faro en la bahía.
He leído Occidente lineal y transversalmente. He dejado en los márgenes de sus páginas un montón de notas. Bajo sus versos muchos subrayados. He buscado explicación en otras fuentes a sus interrogantes, a mis desconocimientos. Porque son muchas las referencias que le emergen y no siempre sabe uno darles al instante la interpretación precisa. No es, por tanto, un libro fácil para lectores exigentes, aunque su hechura rítmica y su desarrollo narrativo permitan también otras lecturas igualmente satisfactorias. Mi lápiz anotó palabras bellas y que ignoraba como “fóvea”. Dio rienda suelta a ocurrencias al hilo de la lectura, como aquella que vio en la trinidad sumeria de los dioses Enhil, Ennugi y Ninurta, trasunto de una triada, terrenal pero iluminada, que tuvo por olimpo las Azores. Y, sobre todo, gozó de muchos versos hermosos, como aquel que habla irónicamente del crepúsculo: “Otro día se va a pique —y sin póliza en Lloyd´s.”; los que observan a los turistas sobre el arenal: “Luego huyen, olvidando / en la arena los puntos / suspensivos de sus huellas / que el Cantábrico borra con presteza de barman / y su mismo gesto ausente / enjuagando la bayeta / en agua de pleamar.”, o aquellos en los que Gea mezcla dos de sus pasiones, la pintura y la poesía, cuando retrata, al final de la jornada, la bandeja de su cena, después de haber mal saciado el hambre: “el pequeño vertedero personal de esta jornada, / mondaduras y migajas, envases rebañados, cuerpos blandos / apilados en el margen / de los platos como una tumefacción / aguardando el reciclaje, superpuestos / en un plano de horizontes indistintos / y fluidos estancados —como un cuadro de Gorky / derramado sobre uno de Tanguy”.
Uno tan sólo le pondría un pero a lo leído, un desacuerdo más bien íntimo y que tiene que ver con una afirmación que en el libro se hace al respecto de la inutilidad de la literatura como consuelo: “pura literatura. Que fracasa, como toda, / cuando busca dar consuelo”. Alguno nos procurará, querido Gea, cuando andamos de continuo en su busca tras de ella.
miércoles, diciembre 31, 2008
NaviHaiku
Entre ascuas viejas
se aviva el fuego nuevo:
la vida llama.
(A todos los lectores de estos Diarios: salud y un buen año 2009.)
se aviva el fuego nuevo:
la vida llama.
(A todos los lectores de estos Diarios: salud y un buen año 2009.)
martes, diciembre 30, 2008
Cine y reencarnación
Hemos visto de nuevo Remando al viento, el viejo film de Gonzalo Suárez. Sigue siendo un prodigio de buen gusto fotográfico, musical y literario. No sé, en cambio, si todo ello amalgama una buena película. Me temo que se disfruta más como un placer estético que como un artefacto cinematográfico. En cualquier caso, merece revisarse cada cierto tiempo, dejándose seducir por ese romanticismo esteta, frívolo y a la vez trágico que tan bien encarna Byron.
***
Si volviera a nacer, me digo al modo en que se respondía a esa clásica pregunta, no creo que cambiase demasiadas cosas de mi vida. No obstante, sí querría que algunas se me otorgaran de otro modo, más generosamente. La paciencia, por ejemplo. Y la mesura, que nunca es bastante, sobre todo la mesura en la palabra. Qué lujo incomparable sería el de adornarse de paciencia y discreción. Y cuánta práctica exigen a quien la naturaleza no le predispuso para tales gracias.
domingo, diciembre 21, 2008
Versión homérica
miércoles, diciembre 17, 2008
Grillería
Tal parece el canto de los grillos / que la noche fuera un grifo mal cerrado / que incesante goteara / sobre un prado de cristales de Bohemia.
domingo, diciembre 14, 2008
Fête foraine
No sé por qué soñé anoche que algún asunto me llevaba a un barrio populoso y alejado del centro de la ciudad. Casas modestas, jardines agostados y en uno de sus descampados el trajín de varios vecinos afanados en levantar algunas carpas. Parecían miembros de la comisión de fiestas. Le dedicaban a aquella tarea su tiempo de descanso una vez terminada la jornada laboral. Lo hacían con un entusiasmo desinteresado y algo ingenuo. Y de repente, me pareció que no era distinto ese afán al que uno le pone a lo que escribe. A lo que va armando a la noche, en los tiempos muertos, por los rincones. A lo que se levanta con la arquitectura frágil de lo ilusorio y brilla apenas en la verbena de un suburbio.
miércoles, diciembre 10, 2008
Cosas
Cuenta N. mientras comemos que en clase de Cultura Clásica les pidió a sus alumnos ejemplos de palabras que empezaran por el prefijo de origen latino “omni”. Consiguió que dos chicos levantaran la mano. Uno dijo: “omnitorrinco”. El otro, más escueto: “omni”, explicando que así se llamaban las naves espaciales de los extraterrestres. Coda: no sería de extrañar que el animal del primero viajase a bordo del vehículo galáctico del segundo.
Más. No hace mucho, J. me comentó que había sorprendido a dos abuelas hablando de sus nietos. Relataba una de ellas el consejo que les había dado a los suyos: “Ahora que empiezan los exámenes, tenéis que hacer un esfuerzo y empinar los codos”. Coda: esto es, botellón ilustrado.
Más. No hace mucho, J. me comentó que había sorprendido a dos abuelas hablando de sus nietos. Relataba una de ellas el consejo que les había dado a los suyos: “Ahora que empiezan los exámenes, tenéis que hacer un esfuerzo y empinar los codos”. Coda: esto es, botellón ilustrado.
lunes, diciembre 08, 2008
Cita con Alejandro Céspedes

Mañana martes, día 9 de diciembre, en la Sala de Conferencias del Centro de Cultura Antiguo Instituto de Gijón, Alejandro Céspedes presentará su libro Los círculos concéntricos. Introducirá el texto Jorge Fernández León.
Alejando Céspedes nació en Gijón en 1958, es licenciado en Filosofía y Ciencias de la Educación por la Universidad de Oviedo. Desde 1985 reside en Madrid, donde ha desarrollado su actividad profesional como gestor cultural, director de espacios escénicos y como director de escena, habiendo realizado numerosos montajes de ópera y zarzuela. Ha sido crítico literario del diario El Mundo y colaborador en numerosas publicaciones literarias. Miembro de la Sociedad General de Autores de España desde 1987, ha escrito letras de canciones para músicos españoles, entre los que destaca Luz Casal. Antes de Los círculos concéntricos (AEAE, Madrid. 2008), publicó Sobre andamios de humos, 1979-2007 (Vitruvio, Madrid. 2008); Hay un ciego bailando en el andén (Hiperión, Madrid. 1998); Las palomas mensajeras sólo saben volver (Hiperión, Madrid. 1994), con el que obtuvo el Premio de Poesía Hiperión; Tú, mi secreta isla (Plaza de la Marina, Málaga. 1990); Muchacho que surgiste (Scriptum, Santander. 1998); James Dean, amor que me prohíbes (Pamiela, Pamplona. 1986); La noche y sus consejos (Genil, Granada. 1986).
Alejando Céspedes nació en Gijón en 1958, es licenciado en Filosofía y Ciencias de la Educación por la Universidad de Oviedo. Desde 1985 reside en Madrid, donde ha desarrollado su actividad profesional como gestor cultural, director de espacios escénicos y como director de escena, habiendo realizado numerosos montajes de ópera y zarzuela. Ha sido crítico literario del diario El Mundo y colaborador en numerosas publicaciones literarias. Miembro de la Sociedad General de Autores de España desde 1987, ha escrito letras de canciones para músicos españoles, entre los que destaca Luz Casal. Antes de Los círculos concéntricos (AEAE, Madrid. 2008), publicó Sobre andamios de humos, 1979-2007 (Vitruvio, Madrid. 2008); Hay un ciego bailando en el andén (Hiperión, Madrid. 1998); Las palomas mensajeras sólo saben volver (Hiperión, Madrid. 1994), con el que obtuvo el Premio de Poesía Hiperión; Tú, mi secreta isla (Plaza de la Marina, Málaga. 1990); Muchacho que surgiste (Scriptum, Santander. 1998); James Dean, amor que me prohíbes (Pamiela, Pamplona. 1986); La noche y sus consejos (Genil, Granada. 1986).
Los círculos concéntricos, del que se transcribe uno de sus textos, ha obtenido el XIX Premio de Poesía “Blas de Otero” de Majadahonda.
CAMINÉ. Caminé. Recogí los guijarros uno a uno de todos los caminos para no dejar huellas. Cada vez que doblaba mi cintura y la ponía derecha con una nueva piedra entre las manos, crujía una vértebra en mi espalda.
La piedra que dejaba caer sobre las otras hacía el ruido sordo del metrónomo.
Otro segundo más, un fruto recogido que se pudre y que deja un círculo de óxido señalizando, como la sangre seca, mi regazo.
miércoles, diciembre 03, 2008
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