En esta cala de guijarros, arena gruesa y algas resecas, siempre le toco el ala a la dicha. Recién llegado de Madrid, me acerco aquí y pienso en lo que hemos vivido estos últimos días en la capital, las satisfacciones de conocer y reconocer, el placer de observar y pasear por recintos y paisajes desacostumbrados. Pienso en ello justo en la misma orilla, solo y con el agua fría de la pleamar plácida mojándome los pies, sintiendo como la brisa salobre alivia la espesa luz solar posada sobre los hombros. Y por un momento juraría que aún no siendo justa la comparación entre aquello y esto, prefiero la breve alegría que sólo otorga la playa batida por el constante rumor de sus aguas, el calor clemente, el silencio de lo apartado y la promesa de una lectura sobre la toalla, en la sombra misma de esa piedra en la que los años han ido imprimiendo la exacta forma de mi espalda.
domingo, junio 29, 2008
Ágora X

Es éste un extraño empeño
que tiene tantos años
como los dedos de las manos.
La que se agarra al lápiz
como a a una mano tendida
en el alero mismo por el que nos precipitamos,
la mano amiga que nos salva.
Y la que fija el papel
y con él al mundo,
la tierra que entonces se hace firme
y sobre la cual es posible escribir palabras
que son de tinta y no de aliento,
porque se escuLpen
con la L de lo lento
de lo delicadamente lento y en sazón.
26-VI-08
JCD(Hace diez años que se comenzó a publicar Ágora, una modesta revista donde nacieron los Diarios de Rayuela. En el tren que me traía de vuelta a casa pergeñé esta pequeña crónica del arraigo. Finalmente tomó apariencia de collage. Así saldrá en la revista que conmemora el aniversario. Felicidades a todos los agoreros.)
jueves, junio 19, 2008
The visitor

Llevaba años sin saber de él
pero lo reconocí nada más verlo.
Siempre fumó del mismo modo,
levantando la barbilla
y echándole el humo con desdén al mundo.
Recorrió un montón de millas para encontrarme,
alguien le había hablado de dónde vivía
y a qué me dedicaba.
Quizás sólo vino por ver si era cierto,
por saber si su viejo amigo,
aquel cantante de voz oscura y mala bebida
madrugaba todos los días
para vender piensos y cortacéspedes
en un galpón de un pueblo perdido en el oeste.
Dejé un cartel a la entrada
avisando de que volvería pronto.
Nos tomamos juntos una cerveza en la cantina.
Apenas si supimos de qué hablar.
Stephane Furber, Daphne.
Editorial Mondantordi, Argentina, 2007.
Traducción de Mariana Lotti.
lunes, junio 16, 2008
Memoria e imaginación
Esta mañana llueve fuerte. Sobre la bahía se ha posado una bruma espesa, más óleo que acuarela. Por la orilla anda un paseante solitario. Descalzo. Arremangado hasta las rodillas. Con un paraguas de un color rojo que parece más intenso en medio del día gris. Por las aceras quedan restos de la noche. De la celebración. Cuando una ciudad se echa a la calle del modo en que lo hizo ésta, es que las ganas le llevaban tiempo comiendo las entrañas. Hubo bulla joven. Nunca falta. Pero fue distinta, más recogida e intensa, la de quienes guardan memoria aún de un equipo que hace veinte años se disputaba la gloria con los grandes. Solemos resumir la intensidad de un sentimiento en una imagen o en unas palabras. De aquellas ligas de ensueño hemos guardado el recuerdo de un tipo que entonces iba a proa. De nueve. Que quizás no fue nunca un pelotero elegante. Ni un guapo de calendario. Pero le vimos escorzos tan laboriosos como efectivos. Cabezazos certeros. Goles agónicos. Fue, sobre todo, un jugador en el que se concentraba la esperanza cada vez que era posible un remate. Crecía en esos instantes por la grada una plegaria laica que acaba en grito, el “ahora Quini, ahora”. Ayer domingo, en medio de la fiesta, se entonó de nuevo ese conjuro contra las derrotas. Las de los partidos y las de la vida. Haberle dedicado la efímera dicha de este logro deportivo a quien nos hizo felices tantas veces y sabemos que hoy lleva dentro el mal bicho de la enfermedad ha sido un gesto generoso, pero también un compromiso con la ilusión. Decía Borges, que sin memoria no era posible la imaginación. Afortunadamente, hemos conservado la nuestra. Tenemos, por tanto, derecho a imaginarnos, por un tiempo al menos, entre los mejores. martes, junio 10, 2008
Quisimos tanto a Tadzio
Giselle Prassinos era una muchacha frágil. Eso parecía al menos en las fotos de Man Ray que le recuerdo. Blanco y negro. Sólo catorce años ella. Nosotros, quince. Vorágine vanguardista de principios de siglo. Extravagancias y genio. De todo ello supe por una revista que tenía un nombre sugerente, El orfebre. Él nos la llevó. La convirtió en culto. Bachilleres del Jovellanos. Poco más que niños. Lecturas desordenadas. Fascinación por la bohemia. París. Breton y Soupault, bois et charbons. El surrealismo. Era un Tadzio rubio, fascinante, andrógino, erguido como un junco soberbio, de verbo preciso, tez blanca y ojos azules transparentes. Un mármol hermoso y a la vez un aprendiz de gurú que nos descubría la literatura de vanguardia. Escritura automática. Collages. Absenta. Belladona. Transcurridos ya tantos años, lo he buscado hoy en internet. Su recuerdo, de repente, se me instaló como un imán poderoso entre las sienes. Sentí una imperiosa necesidad de saber qué había sido de él. Abrí comillas, puse su nombre y apellidos. Cerré comillas. Un par de referencias. Una fotografía. Lo descubrí en una imagen de grupo. Un despacho de abogados. Retratado justo en la esquina derecha de la toma. Segunda fila. De traje. Corbata roja con nudo windsor. Por delante los propietarios de la firma. Tres socios de edad avanzada. Sobrealimentados. Miradas de ave rapaz. Ojeras de rijo. Por detrás, los códices jurídicos. Ordenados por colores. En medio estaba nuestro Tadzio. La belleza no lo había abandonado del todo, pero juraría que ya no era de ella sino uno más entre sus mantenidos.jueves, junio 05, 2008
De polillas y lágrimas
Se me ocurre que una expresión poética arrebatada, inequívocamente romántica, becqueriana, sería capaz de sugerir cosas tales como que "por ver de nuevo sonreír tu rostro / beber podría, lentamente a sorbos, / las tan tristes lágrimas de tus ojos". Estos endecasílabos le dejan a uno tan encogido el ánimo y el globo ocular que provocan, como contrapunto a su excesiva carga de afectación, una risa floja muy propia de lector culto, contemporáneo e irónico, contrario, por ello, a lirismos ñoños. Pues bien, ríanse ustedes, ríanse, de los poetas sensibles y de sus excesos, que la realidad pone a cada uno en su sitio. Y hasta en ocasiones desvela que no son tales los que damos por arrebatos cursis. He leído recientemente que puesto que las polillas de Madagascar corren serios riesgos al acercarse a beber en las charcas, por abundar en ellas ranas empeñadas en comérselas, deben saciar su sed en fuentes más seguras. Por eso se posan con cuidado sobre los pájaros dormidos, por eso acercan sus trompas al interior de los párpados de las aves. Se beben así las lágrimas de los petirrojos. Nadie se explica la alegría contagiosa que por aquellas latitudes les produce a los nativos el canto de estos pájaros, un estado de dicha suave que se venía aventurando podría deberse a la ingesta de alguna planta alucinógena. Los entomólogos han descubierto por dónde se les va la tristeza a los petirrojos. Queda por saber dónde reside el encantamiento de su trino.
martes, junio 03, 2008
Excursión
jueves, mayo 29, 2008
Nostalgia del presente
La sentí sin saber cuál era su nombre exacto. Finalmente lo descubrí en un poema escandinavo de Borges, en una página de los diarios de Xuan Bello. Resultó ser: Nostalgia del Presente. Le puse mayúsculas a sus iniciales. Y arrastré la fonética de la g pronunciándola como se haría en italiano, acentuando a la vez la í, volviendo hiato lo que era en castellano diptongo [nostalyía del presente]. Se me antojó entonces que era el nombre de una gran dama florentina, que inválida tras caerse de su caballo miraba desde una de las estancias altas de su palacio la campiña toscana, apurando desde allí todo el paisaje como si se tratara del poso de un antídoto en el que le fuera la vida.
Obsesión
Para escribir un buen libro, una obra sólida, no sólo se necesita oficio, es imprescindible una obsesión.
martes, mayo 27, 2008
Ilusión
No debería echarse en olvido que toda ilusión esconde un temible prefijo "des-" que más temprano que tarde se reclama como tal. No debería fiarse todo a la esperanza de una palabra en número insular que termina siempre por desvelarse incompleta. Tal vez fuera conveniente recurrir al plural consecutivo, a las ilusiones tomadas de una en una, confiando en que el tiempo nos libre finalmente del último de los prefijos.
jueves, mayo 22, 2008
Campo de amapolas blancas
Tres días atrás recibí el correo de un amigo recomendándome la lectura de Campo de amapolas blancas, de Gonzalo Hidalgo Bayal. Ayer compré el libro a media mañana en Paradiso. Lo leí a la tarde. Novela de alrededor de noventa páginas. Historia que acontece en la imaginaria Murania. Habla de la vida de H. El narrador fue su amigo desde la escuela —ambos fueron alumnos de los hervacianos—, hasta el tránsito convulso de la juventud, cuando sus vidas comenzaron a distanciarse definitivamente. El primero de sus capítulos es una especie de prólogo que pone sobre aviso al lector del modo en que se afronta la escritura de lo contado. Habiendo comenzado todo veinticinco años atrás, se advierte que no puede entonces esperarse precisión y detalle, sino sólo apuntes de lo que en la memoria permanece al cabo del tiempo. Así es. Lo recordado son jirones. Episodios que dan noticia de cómo se forjó la amistad entre narrador y H en la infancia. La estancia de ambos en París el verano previo a su ingreso en la Universidad. Los días que compartieron en los estíos de Murania cuando ambos ya parecían enfocar sus gustos y su vida por derroteros diferentes. La lenta e imparable declinación hacia lo marginal de H. Fueron en el comienzo vidas paralelas, insegura formación de hombres que tantean, antes de serlo defintivamente, el suelo, el aire y la luz que a su paso encuentran. Que viven, como todos, en un lugar y en un tiempo precisos, el de los años sesenta y setenta en las provincias de “un viejo país ineficiente”, que decía Gil de Biedma. En ese ámbito se definen dos vidas. La del narrador enderezándose en la seguridad de lo convencional. La de H diluyéndose finalmente como esa lluvia sobre la que iba guardando cuantas citas encontraba en sus lecturas. Todo se narra con un tono premeditadamente distante. El capítulo inicial fija esa perspetiva. Y sin embargo, compensando esa aparentemente objetiva disección del pasado, la novela está veteada de una elegante sensibilidad poética. La parquedad expresiva tiene, cuando se usa con pericia, la virtud de la connotación, de la interpretación entusiasta. Esa amapola blanca a la que alude el título y que nunca creció en los campos murgaños es la metáfora de un paraíso que más que perdido se desvela ilusorio, o al menos tan frágil y fugaz como la nieve que es la flor de los almendros en la cita inicial de Camus. Un paraíso tras el que se desorienta una vida que como único vestigio de su confusión deja tras de sí la abstracción colorista de una lámina de Kandinsky colgada en la pared del piso de un brigada. Un rastro que se antoja demasiado inconcreto para el olfato de un guardia civil que sólo tiene la certeza, como el propio Camus, de que “los hombres mueren y no son felices”.
(Coda preventiva: No aspiran a ser estas impresiones reseña de suplemento literario en diario de prensa, sino sólo la nota pergeñada en un diario personal en el que a veces se escribe de literatura cuando a uno le conmueve lo que lee.)
miércoles, mayo 21, 2008
Chambi
Hemos vuelto al Antiguo Instituto Jovellanos a ver una nueva exposición fotográfica. La última había sido la de Inge Morath. Ahora es la de Martín Chambi. Aquella transcurría por los márgenes del Danubio. Apaciblemente. Sin contrastes bruscos. Ni en las tonalidades, ni en la vida retratada. La de Chambi es en cambio una obra de negros intensos, de rostros esculpidos, de construcciones sólidas y antiguas y, ocasionalmente, de tules níveos en las bodas de los blancos. Fotógrafo peruano nacido a finales del XIX, profesionamente tuvo como dedicaciones el trabajo por encargo de las celebraciones y retratos grupales de las familias burguesas cuzqueñas, y las imágenes que como reportero tomaba para la prensa. Sin embargo, su obra más personal fue la dignificación indígena, fotografiando sus tipos, sus fiestas, su marginación y su portentosa arquitectura.
Uno tenía en la memoria sin saberlo una foto de Chambi. Eso sí, muy en el fondo y con la pátina de niebla que sobre todo echa el tiempo, con el esfumato que le pone a los contornos. Una foto clásica del Machu Picchu. Fue tomada en los años veinte. Él fue el primero en llegar con su cámara hasta la ciudad olvidada y recién descubierta. El primero que la fotografió desde dentro y en la distancia. En esa foto que yo conocía sin saber de quién era, la ciudad inca reposa en el cuenco de una mano hercúlea. En la mano de un antiguo dios al que se supuso enterrado cuatrocientos años atrás. Chambi dio noticia de su su pulso firme. Sostenía aún el mundo de sus antepasados.

domingo, mayo 18, 2008
Verde agua

He leído una pequeña joya que lleva por título Verde agua. Hace unos días, paseando con mi amigo J., le hablé de la grata impresión que me estaba causando El infinito viajar de Claudio Magris. Su prólogo es casi un ensayo, breve pero intenso, sobre las distintas significaciones que puede tener el viaje. J. recordó entonces a la que fuera mujer del triestino, Marisa Madieri. Había leído de ella unos años atrás una obra a modo de diario que le había parecido magnífica. Tanto, supongo, que apenas un par de horas después de despedirnos me hizo llegar a la oficina un pequeño paquete envuelto en papel de regalo que contenía la delicada edición que Mínúscula publicó de Verde agua.
Madieri nació en Fiume en 1938. El libro relata el destierro de quienes como ella y su familia hubieron de abandonar la que era su ciudad, y que pertenecía a Italia, cuando les fue entregada a los yugoslavos después de la Segunda Guerra Mundial, convirtiéndose en la que sigue siendo hoy Rijeka. Hubo de asilarse varios años en un campo de refugiados en Trieste, lugar donde finalmente vivió hasta su muerte, por un cáncer, en 1996. Madieri fue profesora y, también, casi en secreto, escritora. Verde agua es una narración en forma de diario que desgrana recuerdos de infancia y juventud y sucesos de la vida que transcurre mientras se redacta el libro.
En el posfacio de Claudio Magris hay una cita de Nietzsche, que según parece le era muy querida a Umberto Saba; una cita que resume bien cómo están escritas las páginas de Verde agua: “Somos profundos, volvamos a ser claros”. Y lo explica así el propio Magris: “En numerosas ocasiones la crítica ha destacado su tersa y despiadada transparencia, que deja emerger íntegramente el oscuro fondo de la vida hasta la límpida superficie de las cosas, agua cristalina sobre cuyo espejo se dibuja la tortuosa geometría de las cavidades submarinas.” Ciertamente, todo lo dice Marisa Madieri con sencilla elegancia, con emoción profunda y contenida. Se habla con alegría de la vida, aun sabiendo que esa vida –ya estaba enferma por entonces la autora- siempre alberga la semilla de su propia destrucción. Y se hace también defensa de esa vida hasta en las más difíciles circunstancias, en la miseria y el extrañamiento, porque aún en tales trances se alcanza a adivinar en ella los indicios de aquello que la justifica sobre todo, el amor que se recibe y que se da. Un libro, en fin, que ya uno incluye entre esas lecturas que sobrecogen, alegran y consuelan, que nos ayudan a ser mejores.
Madieri nació en Fiume en 1938. El libro relata el destierro de quienes como ella y su familia hubieron de abandonar la que era su ciudad, y que pertenecía a Italia, cuando les fue entregada a los yugoslavos después de la Segunda Guerra Mundial, convirtiéndose en la que sigue siendo hoy Rijeka. Hubo de asilarse varios años en un campo de refugiados en Trieste, lugar donde finalmente vivió hasta su muerte, por un cáncer, en 1996. Madieri fue profesora y, también, casi en secreto, escritora. Verde agua es una narración en forma de diario que desgrana recuerdos de infancia y juventud y sucesos de la vida que transcurre mientras se redacta el libro.
En el posfacio de Claudio Magris hay una cita de Nietzsche, que según parece le era muy querida a Umberto Saba; una cita que resume bien cómo están escritas las páginas de Verde agua: “Somos profundos, volvamos a ser claros”. Y lo explica así el propio Magris: “En numerosas ocasiones la crítica ha destacado su tersa y despiadada transparencia, que deja emerger íntegramente el oscuro fondo de la vida hasta la límpida superficie de las cosas, agua cristalina sobre cuyo espejo se dibuja la tortuosa geometría de las cavidades submarinas.” Ciertamente, todo lo dice Marisa Madieri con sencilla elegancia, con emoción profunda y contenida. Se habla con alegría de la vida, aun sabiendo que esa vida –ya estaba enferma por entonces la autora- siempre alberga la semilla de su propia destrucción. Y se hace también defensa de esa vida hasta en las más difíciles circunstancias, en la miseria y el extrañamiento, porque aún en tales trances se alcanza a adivinar en ella los indicios de aquello que la justifica sobre todo, el amor que se recibe y que se da. Un libro, en fin, que ya uno incluye entre esas lecturas que sobrecogen, alegran y consuelan, que nos ayudan a ser mejores.
sábado, mayo 17, 2008
lunes, mayo 12, 2008
Hubo un tiempo...
Se tragaba la madera de los muebles y del suelo la avara luz de las bombillas que iluminan el salón. El poso del café en el fondo de las tazas. El brillo de las copas y los ojos. Las palabras son más sinceras en la complicidad de la penumbra y del alcohol. Xuan cenó con nosotros en esta pequeña casa de su pueblo donde pasamos el fin de semana. Noto que habla más despacio y más suave. Que se viste con mayor descuido. Cuando se fue era noche cerrada. Caminaba sin prisa alguna. Se veía en la oscuridad la pavesa de su cigarrillo. Al irme a dormir, me rondaban algunas de sus confidencias. Aquellas palabras que hablaban de una ilusión antigua, de una desesperanza nueva, paradójicamente tranquilizadora.
Hubo un tiempo en que desee vivir en el Mediterráneo. Trasladarme definitivamente a una isla cálida. Vestir ropas amplias de lino. Brasear verduras y regarlas con aceite espeso. Acompañarlas de vino blanco en frasca transparente. Escribir despacio y leer hasta el fin de los días. Hubo un tiempo en que amé el sol y los cuerpos libres que su luz bendecía. Que busqué cobijo en los arenales y la pinaza. Que me hacía feliz la transparencia del océano y las pequeñas barcas levitando sobre ella. Hubo un tiempo en que nada me importaba más que asistir en el silencio de las colinas al incendio incruento de los ocasos. Que amparado en las sombras de las casas de Deià subí en un almediodía luminoso hasta la tumba de Graves.Hubo un tiempo en que fui joven y odié el invierno, la lluvia y las nieblas. En que hubiera jurado que el amor no se desgasta. En que me daba un miedo infinito remontar el curso de los ríos porque imaginaba que en su principio fluía el magma horrendo de un Kurtz oculto. En que eché al olvido la lengua de mis padres y di por ruinas la casa donde nacieran y por mala hierba el bosque que le daba sombra. Hubo un tiempo que ahora, cuando se me antoja escaso este otro tiempo que no es más que el resto de mis días, ya casi juraría no haberlo ni vivido.
lunes, mayo 05, 2008
El arca de Noé
Desde este altozano se alcanza casi todo el caserío del lugar. También un recodo del río. Tan lento en su curso, tan apacible y sin embargo extrañamente temible, como si uno no pudiera verlo sin recelar de ese lomo terso que deja al aire y que tal parece la agazapada amenaza de una sierpe enorme. Sólo quiebran el silencio los esquilones. Su ritmo atolondrado recuerda vagamente al de un desagüe. Los pájaros. El martilleo breve que mantienen un par de aldeanos que cercan un prado próximo. El sol se abre paso. Nos hemos hecho el próposito de visitar varios lugares a lo
largo del día, pero cuesta abandonar la casa en esta mañana luminosa y calma. En Boal nos detenemos a reservar mesa para el almuerzo. Vamos despacio, gozando del paisaje, observando que los pequeños núcleos rurales dispersos en torno a la carretera se han ido acicalando en los últimos tiempos. En Doiras tomamos la desviación que indica la ruta hacia la Cova del Demo. Quinientos metros más allá aparcamos el coche y decidimos caminar. Hasta Froseira hay apenas un par de kilómetros. Se va bordeando la profunda hoz de Urubio, que corre rumoroso en el fondo, oculto a la vista. Baja generosa el agua de los riscos próximos. Descubrimos incluso una cascada de considerable altura que se precipita impetuosa varios metros por debajo de nuestros pies. El camino también desciende y pierde angostura el curso del río hasta abrirse en valle y descubrir por fin sus aguas,
justo por donde se alcanza Froseira, que ya desde lejos da indicio de la sólida y amplia construcción que hubo en torno a la que dicen fue la más importante ferrería asturiana del XVIII. De aquí salían las barras de hierro que luego eran moldeadas en los mazos y fraguas de la comarca, hasta hacerlas clavos, herramientas de labranza y utensilios de cocina. La ferrería de Froseira permaneció abierta entre 1751 y 1886. Aprovechaba la abundancia de agua y de madera, sobre todo roble, raíz de brezo y castaño. El agua era represada y conducida por un canal que hacía girar los rodeznos de madera con los que se movían mazo y barquines. Se fundía el mineral de hierro procedente de Somorrostro, llegado hasta Navia, a los muelles de Porto, desde donde los carros lo cargaban hasta Froseira, cuarenta kilómetros hacia el interior. En torno a la casa, al puente y al arbolado frondoso andábamos cuando nos vino a saludar una anciana levemente renqueante, tocada de pañoleta y vestida con ropas de labor. Nos invitó a entrar, a ver la ruina de lo que fue aquella industria del hierro que ella nunca conoció pero de la que ha aprendido cómo funcionaba y por dónde se distribuían sus partes. Las carboneras que fueron finalmente los establos con los techos más altos que nadie recuerda en la zona. Esas otras paredes ya sin techumbre que circundan un improvisado claustro secular ganado por la mala hierba y donde antaño se ubicó el horno. El almacén umbrío y terrero donde soplaban los barquines. El banzao que remansa el agua en ese apartado rincón que más parece ahora un estanque de jardín descuidado que la presa de lo que hubo de ser una fábrica tumultuosa. Andamos al ritmo de Otilia, que deja el cayado en cualquier esquina y acomoda la cadera a escaleras y pendientes, que nos lleva hasta el molino que aún mantiene en uso. Lo pone en marcha para que veamos cómo los tragos atolondrados de agua mueven desde la garganta la musculatura de sus mandíbulas, la voracidad parsiominiosa de sus muelas de granito, que rumian hasta la harina el trigo, el maíz o la escanda. Y antes de despedirnos nos ofrece de beber. En una bodega caótica donde se agolpa de todo, abre la espita de un barril pequeño. Sirve un vino casero, ligero, fresco y algo ácido, que mantiene aún otro rato la conversación con la vieja. Vive sola sin miedo ni añoranzas. Entretenida con la labor de la casa, ayudándo al hijo que vive en Doiras pero tiene ganado por lo prados próximos y contándole estas y otras cosas a quien se cae por Froseira. Dejamos a Otilia y nos vamos contentos. No es mucho lo que se ve, a qué engañarnos. Es más lo que se presiente que hubo allí. Pero queda del lugar la amabilidad de la anciana, ese estar a bien con lo que la vida ofrece en un lugar remoto, descubriendo que no es tan poco puesto que puede compartirse. Algo más allá, el Navia se retuerce en un meandro musculoso, sobre cuyo cauce se refleja en sombra oscura un paisaje feraz, el intenso verde que remiendan los sembrados de patatas, que pespuntea la sutura del minifundio y motean los minúsculos muros blancos de las caserías dispersas. El agua siempre anda aquí remansada.
Está cerca el dique de la presa. Allí bajamos. A un lado queda el estanque profundo a cuyas orillas unas cuantas barcas amarradas le dan un aire de postal. Al otro, el muro sobre cuya vertiginosa caída es difícil mantener la mirada sin sobrecoger el ánimo. Se precipita hacia el abismo por donde continúa el río. Hacemos un alto en San Luís. En las antiguas escuelas han abierto recientemente un centro de interpretación de la emigración boalesa. Pequeño y coqueto. Bien explicado por quien lo atiende. Documentos de lo que fue una próspera y benefactora sociedad de naturales del concejo, con sede en La Habana y que en los años veinte y treinta del pasado siglo financiaron un puñado de escuelas y lavaderos en estas aldeas. Aquella sociedad aún hoy pervive. La paradoja del tiempo ha hecho que los hijos de aquellos que contribuyeron con parte de su fortuna americana a la prosperidad del terruño que los viera nacer, reciban ahora la ayuda que se les envía ocasionalmente desde España para mitigar sus apreturas. Pregunté sobre la existencia de archivos. Me remitieron al Ayuntamiento. No estaría de más tener tiempo para echarles una ojeada, que mi abuelo paterno sé que viajó a Cuba y que de allí volvió antes de la guerra, con tiempo para casarse y tener seis hijos y ser muerto a la temprana edad de treinta y ocho años. Veo con un punto de emoción esas fotos antiguas de las escuelas graduadas de Boal. A esos pequeños asustados que retrata la máquina del fotógrafo y entre los que estuvieron, por tiempo demasiado escaso, mis propios padres. Aquellas aulas que limpió mi abuela. Allí cazaba palomas. Una caja de cartón levantada por uno de los lados con un palo atado a una cuerda. Unas migas bajo la caja. Las aves que comían confiadas. Se tiraba de la cuerda hasta vencer la verticalidad del palo. La trampa que se cerraba. El aleteo inútil en la sombra. La pericia de unas manos que retorcían los cuellos frágiles. El arroz con paloma de las fiestas. La miseria que se olvida del lugar por dónde la compasión nos habitó un día. En el Prado estaba la mesa puesta. Caldo de rabizas. Mi plato más querido. Del que más gozo. En esta casa de comidas lo hacen suave y a la vez sabroso. Ciertamente recomendable. Después del café decidimos pasear un poco por las calles del pueblo, por bajar la comida. Pero el día se había quedado tan soleado que a esa hora el calor reinante no invitaba a prolongar mucho la caminata. En Boal de abajo se mantienen algunas casas que fueron de indianos, que conservan su porte antiguo y unos cuidados respetuosos con su historia. Villa Damiana, El Zanco, Villa Anita. Habíamos aparcado el coche a la sombra. Tomamos rumbo a Rozadas. Se sube hasta Penouta, lo más alto del contorno. Allí he visto otras veces la nieve; muchas, la niebla desoladora de los atardeceres; siempre, la soledad de los caballos que pastan ariscos por aquellos montes y que son como una metáfora algo dolorosa de la libertad. Félix abrió a la hora el pequeño museo del hierro. Y nos explicó sus piezas. La historia de los mazos. La fábrica del clavo. Félix tiene en Rozadas cuatro apartamentos rurales. Cuida también de un pequeño rincón donde ha ido construyendo las estancias de lo que antaño era una humilde casa de la zona. El lar y los pocos útiles con los que se cocinaba, la vajilla escasa en la alacena, la masera donde se hacía el pan y se comía a diario, la cama con somier de cuerdas y colchón de hojas de maíz, el baúl que guardaba las pocas ropas y que tantas veces se echaba a las espaldas camino de otros lugares, de una vida mejor. Félix habla de ese mundo que conoció desde la infancia, que no fue fácil y que sin embargo ama. Atesora el rastro de lo que de él queda, hace acopio de lo que se desecha por antiguo y es memoria que explica de dónde se viene y por qué no se es de otro modo. Es un placer atender la charla de Félix, que todo lo mima con el mismo cuidado con el que ha dispuesto un mantelillo de lino, primorosamente bordado y planchado, sobre el altar de la vieja capilla de su casa. En Armal visitamos a la familia. La vieja casa familiar donde siempre es grato volver. El recuerdo de los veranos que allí se pasaron de crío. La tía hace café. Siempre espeso. El noble pastor alemán que cuida de los viejos se deja acariciar tendido al sol. Al atardecer, en la antojana sigue el día espléndido y cálido. Se charla allí, al aire libre, teniendo a la vista la mole de Penácaros, el monte
pelado que luce un color amarillo e intenso por la flor de los tojos. Volvemos a nuestro alojamiento. Siento la felicidad de un día pleno, preñado de momentos deliciosos, que deja caer un telón de luz anaranjada, que trae una postrera brisa fresca, que posa sobre el pecho una suave melancolía. Apuro un vaso de vino blanco, cierro el periódico y escribo sobre el lecho del libro abierto en el que hace un rato subrayé estas palabras: “el viaje-escritura es una arqueología del paisaje, el viajero —el escritor— baja como un arqueólogo a los diferentes estratos de la realidad para leer incluso los signos escondidos debajo de otros signos, para recopilar el mayor número posible de existencias e historias y salvarlas del río del tiempo, de la ola disipadora del olvido, como si construyera una frágil arca de Noé de papel, aun siendo irónicamente consciente de su precariedad” (de El infinito viajar, Claudio Magris).
martes, abril 29, 2008
Un tal D´Hubert

Hay novelas en las que se aprecia el buen pulso de quien las escribió y se gozan con el placer con que se disfruta de lo hermoso. Y las hay que no sólo están bien escritas, sino que además consiguen leerse con la complicidad de la identificación. Nos vemos en alguno de sus personajes por razones sobre las que sólo la intuición pone en la pista, y que sólo la reflexión a veces llega a desvelar completamente. En ello ando, intentando saber qué me ha movido a verme en un teniente de húsares, a comprender tan bien a Armand D´Hubert. Porque, paradójicamente, he leído con la emoción de lo cercano una historia napoleónica, la de los duelos que a lo largo de quince años despacharon dos militares para dirimir una absurda cuestión de honor. Porque, aún a pesar de la distancia en el tiempo, en la condición y en las actitudes morales, me he sentido un tal D´Hubert a lo largo de El duelo, esa deliciosa nouvelle que Conrad incluyó en el libro de relatos A set of six. Y aunque no tengo resuelto el porqué, me da que algo tiene en ello esa tendencia a mantenerse digno aún en las circunstancias más absurdas, un rasgo de nobleza en el carácter que creo se debería procurar siempre y que constituye la más temible de las armas en el subyugante enfrentamiento que en esta obra -y en lo diario- se libra con la vergüenza de toda cobardía y contra la humillación de la violencia como razón última de una vida, la del enemigo Feraud, entendida permanentemente como agravio.
viernes, abril 25, 2008
La risa de mi hijo
Se arrastraban húmedas las horas de mi vida
como los caracoles en las tapias
después de las tormentas,
sin sospechar siquiera
que un buen día les habría de salir al paso
el exterminio dulce de tu risa.
(Alguien hoy me vino a recordar estos versos de hace tan sólo -¿tan sólo?- unos años.)
como los caracoles en las tapias
después de las tormentas,
sin sospechar siquiera
que un buen día les habría de salir al paso
el exterminio dulce de tu risa.
(Alguien hoy me vino a recordar estos versos de hace tan sólo -¿tan sólo?- unos años.)
martes, abril 22, 2008
La petaca y el poeta
Travesías, de Martín López Vega, es un libro muy bello, tanto por dentro como por fuera; un poemario que comienza diciendo algo así –escribo de memoria– como que todos los días amanecen con la posibilidad de convertirse en paraísos, en infiernos o en purgatorios. Supongo que son más los últimos. Que de los primeros sabemos a ratos y de los segundos ocasional y definitivamente. No extraño entonces que ayer haya sido, como tantos otros, un día de purgatorio. Lamento que me lo haya parecido. Que lo fuera demasiado evidententemente. Que le advirtiera la incómoda indiscreción de todo lo que se hace notar en exceso.
Tienen mal cauterio estas horas abiertas en prisa y enojo. Uno les pone como puede remedio antes del sueño, porque no es conveniente hacerse a la noche en la tormenta, ni procurar la piel de quien se ama con el ánimo del que todavía anda maldiciendo contratiempos tiernos. No es mala ayuda entonces apañarse una cerveza fría o un lápiz afilado con que conjurar lo amargo. Son remedios aparentemente ligeros, pero con un acusado peso específico que, casi milagrosamente, inclinan el fiel de la balanza hacia la idea de que, como Borges decía, hemos tropezado al fin con el trocito de paraíso que la vida nos reserva cada día.
De todo eso, creo, hablan estos versos. Se escribieron disfrutando del silencio y la cerveza.
He escrito algunas veces,
al acabar el día,
por aliviarme de su áspero tránsito.
Me cura ese silencio
que sólo el lápiz burla
deslizándose por los papeles
como un esquivo gato sibilante.
Tiene por péndulo el tiempo entonces
el oleaje calmo de las sílabas,
golpeando como un pulso ya en bonanza
los muelles de la noche.
Dormirse después, o lo que se pretenda, resulta siempre mucho más agradable. Es el relajante efecto de la farmacopea de la petaca y del poeta.
He escrito algunas veces,
al acabar el día,
por aliviarme de su áspero tránsito.
Me cura ese silencio
que sólo el lápiz burla
deslizándose por los papeles
como un esquivo gato sibilante.
Tiene por péndulo el tiempo entonces
el oleaje calmo de las sílabas,
golpeando como un pulso ya en bonanza
los muelles de la noche.
Dormirse después, o lo que se pretenda, resulta siempre mucho más agradable. Es el relajante efecto de la farmacopea de la petaca y del poeta.
jueves, abril 17, 2008
Cosas de ayer mismo
Ayer saqué un rato en la mañana para constestar el correo de un amigo. Al releer lo que le escribí, aun sin estar plenamente satisfecho ni con el fondo ni con la forma —quién lo está nunca—, pensé al menos que había en los renglones pergeñados sinceridad y contención, y que no era mala mezcla, pues aquélla se hace insorpotable sino se la embrida. Me pareció también que se hace agradable ensayar de vez en cuando el viejo género epistolar. Aunque se use para ello el formato del e-mail y no el antiguo recado de escribir donde siempre se desvelaba el pulso del remitente. Es bueno redactar cartas como quien camina solo y aun sin ser ajeno a lo que le rodea es capaz de mirarse los adentros, de conversar en silencio consigo mismo y con quienes decide en cada momento que lo acompañen mentalmente en el paseo.
Luego, al llegar a casa, me esperaba un paquete pesado y misterioso. Abierto resultó ser un libro bello, grande. Venía dedicado. Me emocionó ese presente inesperado, ese afecto que apenas se intuye y que de pronto se manifiesta de la más entrañable manera, a través de un regalo que no obedece sino al capricho generoso de quien sólo por gusto lo envía. Y uno se queda dichoso y sin palabras.
Justo hasta que mi hijo vino a sacarme de ese ensimismamiento. Deberes. Problemas de cálculo. Porcentajes. Proporciones. Y su duda porque los resultados no eran exactos. Y su queja porque es incapaz, más que de comprender, de tolerar que el maestro ponga problemas que una vez resueltos no den cifras exactas. Sin decimales. Porque, curiosamente, mi hijo odia los decimales. Ya hemos intentado explicarle que de aquí en adelante los ejercicios que tendrá que resolver la mayor parte de las veces darán resultados inexactos. Que en las operaciones de la vida diaria no siempre hay cifras exactas. Pero su insistencia sobre la incomodidad que misteriosamente ello le provoca me impacientó de repente tanto que me dio por decirle que la vida misma no era exacta. Así que a acostumbrarse.
Volviendo la mirada de nuevo al libro recién recibido y apaciguándome así el ánimo que el empecinamiento de mi hijo había revuelto, pensé que aún siendo verdad lo que por cerrar el asunto le había dicho —reconociendo, no obstante, que no era comparación ilusionante para un crío—, no es menos cierto que la vida a veces, para nuestra fortuna, deja los decimales por el camino.
Luego, al llegar a casa, me esperaba un paquete pesado y misterioso. Abierto resultó ser un libro bello, grande. Venía dedicado. Me emocionó ese presente inesperado, ese afecto que apenas se intuye y que de pronto se manifiesta de la más entrañable manera, a través de un regalo que no obedece sino al capricho generoso de quien sólo por gusto lo envía. Y uno se queda dichoso y sin palabras.
Justo hasta que mi hijo vino a sacarme de ese ensimismamiento. Deberes. Problemas de cálculo. Porcentajes. Proporciones. Y su duda porque los resultados no eran exactos. Y su queja porque es incapaz, más que de comprender, de tolerar que el maestro ponga problemas que una vez resueltos no den cifras exactas. Sin decimales. Porque, curiosamente, mi hijo odia los decimales. Ya hemos intentado explicarle que de aquí en adelante los ejercicios que tendrá que resolver la mayor parte de las veces darán resultados inexactos. Que en las operaciones de la vida diaria no siempre hay cifras exactas. Pero su insistencia sobre la incomodidad que misteriosamente ello le provoca me impacientó de repente tanto que me dio por decirle que la vida misma no era exacta. Así que a acostumbrarse.
Volviendo la mirada de nuevo al libro recién recibido y apaciguándome así el ánimo que el empecinamiento de mi hijo había revuelto, pensé que aún siendo verdad lo que por cerrar el asunto le había dicho —reconociendo, no obstante, que no era comparación ilusionante para un crío—, no es menos cierto que la vida a veces, para nuestra fortuna, deja los decimales por el camino.
miércoles, abril 16, 2008
Penouta
lunes, abril 14, 2008
Fernando Maura
Sigo con cierta asiduidad la bitácora de Fernando Maura. Un tipo valiente al que, además, da gusto leerle. Gusto literario que cuando se trató de contar lo que sentía acerca de su hija Pilar se tornó en una conmovedora angustia. Ella ha muerto hace muy poco. Tras veinte años encamada. Los mismos que tenía. Nació tetrapléjica. Las entradas que hablaban de los últimos días de su hija son una extraña muestra de literatura y de verdad. Tienen de aquélla un distanciamiento que parecería casi imposible —pero que no resulta nunca frío—; y de ésta todo el tránsito amargo del dolor por las cañerías del cuerpo. Quise entonces contar algo sobre ello en estos Diarios y me faltó tacto, medida. Si ahora lo refiero es porque acabo de leer un recomendable artículo sobre el asunto. Lo escribe Arcadi Espada. Él sí ha tenido tacto y medida. Y mucho talento para relatarlo.
jueves, abril 10, 2008
Estos invernales días
A Juanma, María, Adrián y Juan.
Días más invernales que en el invierno. Uno lo lamenta especialmente por los amigos que han venido de visita desde el sur en estas fechas y han de andar bajo techo. Paraguas, alero, café o museo. Se van a llevar una perspectiva parcial de estos lugares. La que da una mirada más pendiente de no pisar los charcos que de otear todo el paisaje que los días apacibles muestran. Cosas de esta tierra. O más bien de estos cielos. Otros vendrán que disfruten de los verdes en gama infinita que el agua de la recién estrenada primavera está trayendo a destiempo. Hago por un momento el difícil ejercicio de la empatía con el viajero que llega a mi ciudad en condiciones tales. Veo unas calles asoladas por luces mortecinas y lluvias airadas. Ciudad sin relieve y apenas sin color. Veo cómo llega el oleaje turbio desde la nada en que se ha vuelto la juntura con el cielo. Pero juro que esto puede ser distinto. Que puede ser mejor. Sobre todo en otros momentos. Bien pudieran ser los del final del verano. Cuando se desalojan ya los arenales, menguan los días y la luz tiene en su final esa inclinación puntillosa que repasa a lápiz el contorno de todo lo que antes de la noche adquiere el color tibio de las ascuas. Me parece que estoy justificando este mal carácter pasajero del lugar que habito con el mismo empeño que se pone en disculpar el capricho repentino y desacostumbrado de un hijo. Será que siento este rincón también como algo mío.
lunes, abril 07, 2008
Danubio
Primer piso del Antiguo Instituto Jovellanos. Exposición de fotografía en blanco y negro. De Inge Morath. Apenas media docena de visitantes que se inclinan con gesto curioso sobre las imágenes. Que buscan en ellas el detalle. Que se arriman al río. Al Danubio. Transcurre plácido. Y a sus orillas se detiene la vida. O la detiene la cámara por un instante. La fija y nos la cuenta tal y como era. Justo antes de la segunda guerra. Y ya después, a finales de los años cincuenta. Unos textos escuetos apuntan algunos datos sobre lo que se ve. El Danubio cruza Europa. Se pierde en el Mar Negro. Viaje, costumbres, miradas, naves que parecen dejarse ir muy despacio. Bodas y cafés. Cementerios. Estibadores. Muchachas que ríen. La vida aparentemente apacible de un río largo y sólido como las certezas. La de saberse vivo en algunas ocasiones. Cuando se siente la necesidad de contarlo con palabras o fotografías.
jueves, abril 03, 2008
Conradiana
Ayer, a la vuelta del trabajo, me encontré en el buzón la Conradiana de Jorge Ordaz. Muy hermosa compilación de algunas cosas que en la bitácora Obiter dicta se contaron a propósito de Joseph Conrad con ocasión del sesquicentenario de su nacimiento. Leí el libro después de comer. En mi orejero. Con los pies en alto. Sonando de fondo Madeleine Peyroux y con la casa entera en sosiego. Afuera el día se había ido quedando frío. Soplaba una brisa húmeda. La lectura y la música que la acompañó, que en nada perturbó a aquélla, sino que, muy al contrario, hizo que todo alrededor fluyera suave, me procuraron ese rato de dicha que uno persigue a diario. Ya había leído estos textos en la pantalla del ordenador a medida que el autor los iba oreando. Los imprimí incluso y pude por ello manosearlos en folios dispersos. Pero ahora en libro, siendo los mismos parecen muy distintos. Toman cuerpo y adquieren las formas de lo que en sazón se ofrece. Editados elegantemente, con primor y gusto antiguo, son diez textos cultos que aun tomando a Conrad como referencia última, ésta se constituye en la mayor parte de los episodios sólo en vaga noticia de su obra o de su vida sobre la que se articulan las coordenadas espaciales y temporales de otras más palpables alusiones a traductores, críticos o amigos del autor homenajeado. Es, por tanto, Conradiana una obra dedicada a quien la inspira, pero que no peca de ditirámbica ni se refocila en el detalle erudito propio del biógrafo pedante. Recrea lo que la lectura atenta y curiosa de Conrad ha suscitado en ocasiones. Supongo que en eso consiste leer con gozo: argumentar con lo mejor de los libros nuestras vidas. Y aun a pesar de que todo parece haberse escrito en estos textos con un premeditado distanciamiento, como de estudioso, finalmente el libro, en su cápitulo final, Addenda, revela la verdadera emoción que lo ha hecho posible. Se habla en él de la obra más apreciada por Ordaz de entre las de Conrad: Notes on my Books. Dice así: "Hacia el final de su vida el editor londinense William Heinemann le propuso reunir los prefacios que había ido escribiendo a sus principales obras, desde La locura de Almayer hasta Notas de vida y letras, en un volumen pensado para el público bibliófilo. Conrad, cuya economía nunca fue boyante, aceptó, y en 1921 se publicó el libro. Para Inglaterra se hizo una edición limitada de 250 ejemplares, numerados y firmados por el autor. Mi ejemplar es el número 155. Lo adquirí hace unos años, por un precio razonable, a un librero anticuario inglés. Naturalmente ocupa un lugar de honor en mi biblioteca. De vez en cuando lo saco del estante y lo hojeo; me detengo y leo un par de párrafos. Allí están sus ideas sobre la novela, la literatura, la vida y el oficio de escribir. Luego voy a la página donde se halla la firma de Josep Conrad, en tinta azul de grueso trazo, algo desvaída por el paso del tiempo. Entonces pienso que una vez aquel mismo ejemplar que tengo yo entre mis manos debió de estar en las suyas; y siento, disculpadme, una emoción muy especial." Si no fuera recurso retórico, hasta delito tendría ese “disculpadme”, querido Jorge.
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