miércoles, abril 16, 2008

Penouta


Así econtramos, semanas atrás, el pueblo de mis ancestros –más bien las nieves de sus alturas próximas-. Día luminoso y frío. Mi hijo distinguió sobre el manto blanco las huellas de un lobo. Yo, a su misma edad, confiaba en que aparecieran los hermanos de Bonanza cabalgando por entre estos riscos.

lunes, abril 14, 2008

Fernando Maura

Sigo con cierta asiduidad la bitácora de Fernando Maura. Un tipo valiente al que, además, da gusto leerle. Gusto literario que cuando se trató de contar lo que sentía acerca de su hija Pilar se tornó en una conmovedora angustia. Ella ha muerto hace muy poco. Tras veinte años encamada. Los mismos que tenía. Nació tetrapléjica. Las entradas que hablaban de los últimos días de su hija son una extraña muestra de literatura y de verdad. Tienen de aquélla un distanciamiento que parecería casi imposible —pero que no resulta nunca frío—; y de ésta todo el tránsito amargo del dolor por las cañerías del cuerpo. Quise entonces contar algo sobre ello en estos Diarios y me faltó tacto, medida. Si ahora lo refiero es porque acabo de leer un recomendable artículo sobre el asunto. Lo escribe Arcadi Espada. Él sí ha tenido tacto y medida. Y mucho talento para relatarlo.

jueves, abril 10, 2008

Estos invernales días

A Juanma, María, Adrián y Juan.

Días más invernales que en el invierno. Uno lo lamenta especialmente por los amigos que han venido de visita desde el sur en estas fechas y han de andar bajo techo. Paraguas, alero, café o museo. Se van a llevar una perspectiva parcial de estos lugares. La que da una mirada más pendiente de no pisar los charcos que de otear todo el paisaje que los días apacibles muestran. Cosas de esta tierra. O más bien de estos cielos. Otros vendrán que disfruten de los verdes en gama infinita que el agua de la recién estrenada primavera está trayendo a destiempo. Hago por un momento el difícil ejercicio de la empatía con el viajero que llega a mi ciudad en condiciones tales. Veo unas calles asoladas por luces mortecinas y lluvias airadas. Ciudad sin relieve y apenas sin color. Veo cómo llega el oleaje turbio desde la nada en que se ha vuelto la juntura con el cielo. Pero juro que esto puede ser distinto. Que puede ser mejor. Sobre todo en otros momentos. Bien pudieran ser los del final del verano. Cuando se desalojan ya los arenales, menguan los días y la luz tiene en su final esa inclinación puntillosa que repasa a lápiz el contorno de todo lo que antes de la noche adquiere el color tibio de las ascuas. Me parece que estoy justificando este mal carácter pasajero del lugar que habito con el mismo empeño que se pone en disculpar el capricho repentino y desacostumbrado de un hijo. Será que siento este rincón también como algo mío.

lunes, abril 07, 2008

Danubio

Primer piso del Antiguo Instituto Jovellanos. Exposición de fotografía en blanco y negro. De Inge Morath. Apenas media docena de visitantes que se inclinan con gesto curioso sobre las imágenes. Que buscan en ellas el detalle. Que se arriman al río. Al Danubio. Transcurre plácido. Y a sus orillas se detiene la vida. O la detiene la cámara por un instante. La fija y nos la cuenta tal y como era. Justo antes de la segunda guerra. Y ya después, a finales de los años cincuenta. Unos textos escuetos apuntan algunos datos sobre lo que se ve. El Danubio cruza Europa. Se pierde en el Mar Negro. Viaje, costumbres, miradas, naves que parecen dejarse ir muy despacio. Bodas y cafés. Cementerios. Estibadores. Muchachas que ríen. La vida aparentemente apacible de un río largo y sólido como las certezas. La de saberse vivo en algunas ocasiones. Cuando se siente la necesidad de contarlo con palabras o fotografías.

jueves, abril 03, 2008

Conradiana

Ayer, a la vuelta del trabajo, me encontré en el buzón la Conradiana de Jorge Ordaz. Muy hermosa compilación de algunas cosas que en la bitácora Obiter dicta se contaron a propósito de Joseph Conrad con ocasión del sesquicentenario de su nacimiento. Leí el libro después de comer. En mi orejero. Con los pies en alto. Sonando de fondo Madeleine Peyroux y con la casa entera en sosiego. Afuera el día se había ido quedando frío. Soplaba una brisa húmeda. La lectura y la música que la acompañó, que en nada perturbó a aquélla, sino que, muy al contrario, hizo que todo alrededor fluyera suave, me procuraron ese rato de dicha que uno persigue a diario. Ya había leído estos textos en la pantalla del ordenador a medida que el autor los iba oreando. Los imprimí incluso y pude por ello manosearlos en folios dispersos. Pero ahora en libro, siendo los mismos parecen muy distintos. Toman cuerpo y adquieren las formas de lo que en sazón se ofrece. Editados elegantemente, con primor y gusto antiguo, son diez textos cultos que aun tomando a Conrad como referencia última, ésta se constituye en la mayor parte de los episodios sólo en vaga noticia de su obra o de su vida sobre la que se articulan las coordenadas espaciales y temporales de otras más palpables alusiones a traductores, críticos o amigos del autor homenajeado. Es, por tanto, Conradiana una obra dedicada a quien la inspira, pero que no peca de ditirámbica ni se refocila en el detalle erudito propio del biógrafo pedante. Recrea lo que la lectura atenta y curiosa de Conrad ha suscitado en ocasiones. Supongo que en eso consiste leer con gozo: argumentar con lo mejor de los libros nuestras vidas. Y aun a pesar de que todo parece haberse escrito en estos textos con un premeditado distanciamiento, como de estudioso, finalmente el libro, en su cápitulo final, Addenda, revela la verdadera emoción que lo ha hecho posible. Se habla en él de la obra más apreciada por Ordaz de entre las de Conrad: Notes on my Books. Dice así: "Hacia el final de su vida el editor londinense William Heinemann le propuso reunir los prefacios que había ido escribiendo a sus principales obras, desde La locura de Almayer hasta Notas de vida y letras, en un volumen pensado para el público bibliófilo. Conrad, cuya economía nunca fue boyante, aceptó, y en 1921 se publicó el libro. Para Inglaterra se hizo una edición limitada de 250 ejemplares, numerados y firmados por el autor. Mi ejemplar es el número 155. Lo adquirí hace unos años, por un precio razonable, a un librero anticuario inglés. Naturalmente ocupa un lugar de honor en mi biblioteca. De vez en cuando lo saco del estante y lo hojeo; me detengo y leo un par de párrafos. Allí están sus ideas sobre la novela, la literatura, la vida y el oficio de escribir. Luego voy a la página donde se halla la firma de Josep Conrad, en tinta azul de grueso trazo, algo desvaída por el paso del tiempo. Entonces pienso que una vez aquel mismo ejemplar que tengo yo entre mis manos debió de estar en las suyas; y siento, disculpadme, una emoción muy especial." Si no fuera recurso retórico, hasta delito tendría ese “disculpadme”, querido Jorge.

miércoles, abril 02, 2008

Oricios

Reconozcámoslo: debo de ser un tipo algo envidioso. El domingo, sin ir más lejos, estaba cocinando y oyendo al tiempo la radio. Dos pescadores contaban en antena sus cosas con sano y contagioso entusiasmo. Que si ríos, que si mareas. Que si pozos, que si playas. Dónde los mejores pedreros. Dónde los oricios más suculentos. En su busca habían ido, días atrás, con una botella de buen champán y dos copas de cristal que dejaron a la sombra, en un charco de la orilla. Al volver del mar abrieron el champán y tres docenas de oricios. Confesaban que aquello había sido un manjar de dioses. Paganos. De Neptunos. Esa fue mi envidia mientras atendía el fuego de los potes para la semana. Añorando, me parece ahora, lo que nunca he tenido y siempre he deseado, esa rara comunión con el mar que no sólo se canta, sino que se padece y se disfruta desde dentro, con las cachas en salmuera y las yemas de los dedos tan arrugadas como pergaminos. Y feliz.

lunes, marzo 31, 2008

Jukebox

En todos estos años,
desde que volví del otro lado del mundo,
sólo una vez llamé a las puertas del infierno.
Fue una noche perra
que me condujo a un bar con la ansiedad de antaño.
Un segundo antes de llevarme
el primer trago a los labios,
una mujer con ojos de perdida,
un despojo de piel y huesos
con carmín hasta en los dientes,
me tocó en el hombro
con la misma fuerza que el ala de un ángel.
Bailamos cerca de la jukebox.
Era como abrazar a la muerte misma.
Cuando terminó la canción
dejé aquel tugurio
y dejé también mi vaso aún lleno sobre la barra.
Al volver a casa
encontré caliente mi lado de la cama.
Stephane Furber, Daphne.
Editorial Mondantordi, Argentina, 2007.
Traducción de Mariana Lotti.

miércoles, marzo 26, 2008

Por el Jerte

(Notas del sábado, 15 de marzo de 2008)

Después de desayunar tomamos rumbo al Jerte. Subimos el puerto de Honduras. No recordaba ya lo angosto de su calzada. No son más de las diez. Está fría aún la mañana. Y sin embargo, andan por las veredas de estas rampas iniciales muchos caminantes que gustan, parece, de la proximidad de la naturaleza, del aire limpio, hasta del frío. Los robles están desnudos, desvalidos. El suelo es una alfombra mullida de hojas ocres, sucias, húmedas, embarradas. Cuando tan sólo llevamos ascendidos unos pocos kilómetros se nos cruza una autocaravana que va camino de Hervás. Tan ancha que casi nos tira monte abajo. Los pocos claros que deja el bosque permiten ver el valle. Empieza a iluminarlo el sol. Brillan los muros blancos de las casas. Espejea el agua en el pantano de Baños. Esa misma luz empieza a serpentear entre los troncos afilados de Honduras. Tiene una solidez moldeable. Suficiente como para golpear en los ojos con el brillo de una joya y como para vadear el ramaje hasta ganar los cada vez más escasos rincones umbríos del lugar. Se hace largo llegar a la cima. Arriba todo está más desnudo, el paisaje ha perdido definitivamente la frondosidad que tuvo durante casi todo el trayecto de la ascensión. Bajando ya hacia el valle empezamos a pasar al lado de las terrazas cultivadas. De los primeros cerezos en los que aún no vemos flor ni brote alguno. Y sin embargo, unos instantes después, llegando ya casi a la carretera que transita el Jerte, descubrimos en un recodo que en la otra vertiente, donde ya calienta el sol, los cientos de árboles que de repente se nos vienen a la mirada sí que lucen flor y están blancos, como escarchados. Nos detemos, nos fotografíamos con ese fondo de postal japonesa.

Nos acercamos hasta el pueblo de Jerte. Lo paseamos largo rato. Junto al río. El día es espléndido. También lucen hermosos los naranjos, que son abundantes en los huertos del pueblo. Se vende licor de cerezas, aguardiente de cerezas, plantones de cerezo. Todo el valle vive de la cereza. En Cabezuela aparcamos antes del puente. Buscamos en el entramado del caserío el trazado de lo que fuera su judería. Hemos leído que la iglesia que se levanta en medio y en lo alto fue sinagoga. En ella hay hoy boda. Y viste la gente con una elegancia pueblerina, con un endomingamiento algo grotesco. En Navaconcejo compramos pan y nos llegamos hasta la calle a la que todas las guías remiten, la de los balcones de castaño superpuestos. Por allí también se levantó una fábrica textil que fue la más importante del contorno. Hoy es casa de cultura. Los niños juegan un rato en la orilla del río. Asoman entre sus aguas canchales pulidos, redondos. Desde ellos vimos cómo se tiraban los bañistas cuando por aquí anduvimos en nuestro viaje anterior. Antes de visitar Plasencia, buscamos dónde comer. Encontramos un comedor de grata presencia en la misma carretera. El Regino. Muchos comensales y sin embargo atento y rápido servicio. Compartimos migas, zorongollo y embutidos. Luego cada uno pide el plato que le place. El lechazo está sabroso. Lo regamos con vino de la Ribera del Duero. Bebemos prudentemente. Queda camino aún por recorrer.

Llegamos a primera hora de la tarde a Plasencia. Bromeo con mi mujer. Mira a ve si ves por algún lado letrero o anuncio de Gráficas Rozalén. Aparcamos cerca de sus murallas. Accedemos por la Puerta de Trujillo y caminamos hasta las Catedrales. Las visitamos. Hermoso claustro. En su patio dan sombra y aroma los limoneros. Es de transición del románico al gótico, con arcos apuntados y bóvedas de crucería, pero con columnas y capiteles de clara tradición románica. Una de las sorpresas más agradables del templo es su antigua sala capitular, convertida en capilla de San Pablo, cuya torre gallonada, llamada del Melón, tiene un abovedamiento bizantino similar al de la Torre del Gallo de la Catedral de Salamanca, al de la Catedral de Zamora o al de la Colegiata de Toro. Desde las arcadas del claustro se ve a las cigüeñas. Tienen nido sobre los tejados de la catedral. La sobrevuelan. Crotoran.

El paseo nos acerca después a la plaza mayor, que es alargada y levemente pendiente. En su parte superior se levanta el coqueto ayuntamiento de traza renacentista, con una torrecilla a la que se agarra de mala manera el abuelo Mayorga, que golpea desde su atalaya y a ritmo de campanadas las horas de la villa. Uno conoce poco el lugar, pero cree intuir que debe de ser aquí donde más vida tiene Plasencia, desde donde late. Terrazas soleadas, tránsito de gentes, callejuelas donde se mezclan las viejas tiendas provincianas y las franquicias de nuevo cuño. A los niños con la buena temperatura y el sol primaveral les entra el antojo de unos helados. Los comen con gusto mientras nos adentramos en el laberinto de rúas que las murallas envuelve, fijándonos en casonas y palacios, paseando lo que fuera judería, que anda próxima al actual Parador y antiguo convento dominico que patrocinaran los condes de Plasencia y donde cuentan se asentó la primera universidad extremeña.

Decía Álvaro Valverde, a propósito de su ciudad, que Plasencia es “una ciudad, conviene recordarlo, fundada en 1186 por el rey Alfonso VIII bajo el lema Ut placeat Deo et hominibus (para que agrade a Dios y a los hombres); dispuesta, por cierto, a la medida de un hombre, como querían los clásicos. Ni las megalópolis inabarcables en que se han convertido Tokio, Nueva York o Shangai, ni el pequeño pueblo o la aldea donde a uno, por lo reducido del espacio y de la convivencia, se le antoja la vida complicada. Una ciudad, en suma, para ser paseada (por el flâneur de Benjamin); donde las distancias no nos exceden, ni por defecto ni por exceso. Tal vez por eso escribió Musil que “a las ciudades se las conoce, como a las personas, por el andar”. Eso procuramos durante las horas que anduvimos por allí, andarla gustando de esa escala suya tan acogedoramente humana.

Antes de irnos, compramos una torta del casar. La cenamos después acompañada de un rioja Ostatu que J. se había traído desde casa. Qué buena compaña. La del queso y el vino, la del pan de Navaconcejo, la de nuestros amigos en la noche, conversando alegre y confiadamente durante largo rato.

lunes, marzo 24, 2008

Por Las Hurdes

(Notas del domingo, 16 de marzo de 2008)

Se ha ido cayendo la noche. Estoy tumbado sobre el sofá. Algo cansado. Ha sido un día soleado. Un hermoso día primaveral. Estas casitas de La Fuente del aliso donde nos alojamos en Hervás están rodeadas de jardín, de cerezos, de algún olivo, de algún granado. Se alcanza al sur el puerto de Honduras, al que desde que llegamos se le ha subido el sol al lomo en los almediodías. Supongo que en esta galbana que arrastro tenga que ver que nos fuimos temprano camino de Las Hurdes. Pasamos por Zarza de Granadilla, extendida sobre la llanura que linda con el embalse. Atravesamos sus aguas junto al caserío que dicen Poblado de Gabriel y Galán. Quizás se levantara al construirse la presa, ese enorme lago que abastece de agua a una vasta extensión de tierras, pueblos y gentes. Entramos en Las Hurdes por Casar de Palomero y nos detuvimos en Pinofranqueado. Es domingo de ramos y todo el mundo anda vestido para la ocasión, llevando en la mano laurel u olivo. Fácil es hacerse con una ramita en cualquier lado, que están por aquí los campos llenos de los troncos retorcidos de la aceituna y hasta hemos visto en la carretera que algunos cruces de caminos se adornan con almazaras. Muy hermoso paisaje, laderas en las que se ordenan armónicamente los cultivos y sobre los que el sol platea las hojas. Por Caminomorisco, que fue el lugar de paso de los sarracenos deportados desde Las Alpujarras granadinas camino de Las Batuecas, seguimos hacia Nuñomoral. Vamos a la vera del río Hurdano, que fluye entre guijarros blancos y choperas aún desnudas en las que empiezan, no obstante, a alumbrar en lo más alto los brotes verdes de la primavera entrante. De allí hasta Gasco.

Pasamos por Martilandrán y Fragosa siguiendo, desde el altozano por el que discurre la carretera, el sinuoso transcurso del río Malvellido, que escarba esta tierra a la que Miguel Unamuno definió como un vasto oleaje petrificado. En Martilandrán se encuentra la casa en que almorzó Alfonso XIII cuando visitó el pueblo. Cuentan que cuando el rey vino hasta aquí, sobrecogido ante tanto atraso y exhausto por el viaje, pidió para su maltrecho estado de ánimo un vaso de leche. Pero no había leche en Las Hurdes, ni cabras, ni vacas que se pudieran ordeñar para darle gusto al monarca. Así que le sirvieron un trago de leche de una mujer recién parida.

También en Martilandrán anduvo alojado algunos días Luis Buñuel cuando rodó Tierra sin Pan. El de Calanda cuenta en sus memorias, a las que tituló Mi último suspiro, que “había en Extremadura, entre Cáceres y Salamanca, una región montañosa desolada, en la que no había más que piedras y brezo: Las Hurdes. Tierras altas antaño pobladas por bandidos y judíos que huían de la Inquisición. Yo acababa de leer un estudio completo realizado sobre aquella región por Legendre, director del Instituto Francés de Madrid, que me interesó sobremanera. Un día, en Zaragoza, hablando de la posibilidad de hacer un documental sobre Las Hurdes, con mi amigo Sánchez Ventura y Ramón Acín, un anarquista, éste me dijo de pronto:
­-Mira, si me toca el gordo de la lotería, te pago esa película.
A los dos meses le tocó la lotería, no el gordo, pero sí una cantidad considerable. Y cumplió su palabra. Ramón Acín, anarquista convencido, daba clases nocturnas de dibujo a los obreros. En 1936, cuando estalló la guerra, un grupo armado de extrema derecha fue a buscarlo a su casa en Huesca. El consiguió escapar con gran habilidad. Los fascistas se llevaron entonces a su mujer y dijeron que la fusilarían si Acín no se presentaba. Él se presentó. Los fusilaron a los dos
.”

En El Gasco, en su plaza de construcciones desordenadas, poco respetuosas con la tradición, se acaba la carretera. Desde allí, en una caminata corta de quizás no más de media hora, se llega hasta el Chorro de la Miacera, la cascada que afirman es la más espectacular de Las Hurdes. Cae de la peña del llamado Pico del Volcán. Con la piedra porosa de este monte se fabrican curiosas pipas con boquilla de madera de nogal. Nos metemos en una tienda de artesano abierta a la entrada de la alquería. Es un local amplio donde cabe, para nuestra sorpresa, hasta un automóvil que comparte aparcamiento con un pequeño mostrador y las baldas en las que se distribuye el muestrario de cuanto allí se fabrica. Miniaturas de casas tradicionales de pizarra y piedra negra, de las que ya casi no quedan por estos pueblos. Pipas. Y tortuguitas de nuez y garbanzos. Los niños compran una para cada uno.

Al pasar por Fragosa reparamos en el blanco y bien cuidado edificio que se asoma al desfiladero. Es el cottolengo, balcón que mira los forzados meandros del río. Cuentan que allí resisten media docena de monjas atendiendo a casi cuarenta acogidos que dependen de ellas para todo. Los cottolengos nacieron para acoger a los más enfermos, a los abandonados, a los que no tenían cabida en ninguna otra institución. Eso quiso que fueran los cottolengos su inspirador, el jesuita P. Jacinto Alegre -aunque el primero, el de Barcelona, no fue realidad hasta 1932, dos años después de su muerte-. Y en ello perseveraron las Hermanas Servidoras de Jesús, comunidad nacida unos años más tarde para servir a los acogidos en estas casas. Los cottolengos se sostienen de limosnas. Ya hace más de cincuenta años que estas monjitas llegaron a las Hurdes, al valle en el que se asentaban tres de los lugares más míseros de la comarca hurdana: Martilandrán, Fragosa y el Gasco. Cuando ni carretera había. Allí siguen y se las quiere.

De vuelta comemos en Nuñomoral. Nos acoge el pequeño y familiar comedor de El Hurdano. Nos dan patatas con arroz y bacalao. Huevos con jamón. Desde allí vamos hacia Ríomalo. Tomamos un café al sol. En una terraza próxima al puente sobre el Alagón. Los niños juegan cerca del río. Emprendemos luego camino hacia Sotoserrano. De allí a Aldeacipreste y a Montemayor del Río. Paisaje cimero y bello como pocos. Enormes canchales graníticos que tal parecen el lomo de animales hibernados, semienterrados. Se ve al fondo la sierra de Béjar levemente nevada. Montemayor del Río tiene castillo. Se le dice de San Vicente. Fluye a sus pies el río Cuerpo de Hombre. Extraña denominación pues uno piensa que en nada se asemeja nuestra sombra a ese cauce serpenteante del que no se alcanza el fin. Tal vez se reparase en lo enjuto cuando el nombre se le dio, o en la metáfora de sus aguas, en las que siempre se ha visto espejo de la vida. Quién sabe. Todo tiene aquí un aire cuidado, de caserío atento y respetuoso con su pasado. Se hace agradable pasear por las calles. Se oye sólo el agua de la fuente en la plaza mayor. El frío ha ido recogiendo a las gentes. Volvemos a Hervás.

jueves, marzo 13, 2008

Hervás












Tan sólo un par de años atrás,
una noche tibia de julio,
justo al otro lado del río.

Sonaba quejumbrosa
una música sefardí
y llegaba de la sierra,
por la espalda,
una brisa sombría de castaños.
Se habían recogido ya
los vencejos en los aleros,
olía el mundo a leña en ascua
y era grato saberse dueño
de la paz entera de una aldea
que caminaba lenta a conciliar el sueño.

Ocurre a veces,
sólo a veces,
que estás lejos de casa y de tu gente,
y que sin embargo das por cierto
que esa tierra extraña donde te sabes de paso
podría ser también y para siempre
tu recogida patria.

(Por allí andaremos. Hasta la vuelta.)

miércoles, marzo 12, 2008

Marejada

A Conde-Duque y Pasmada (ellos lo pidieron).

Nos cantaba mi padre de pequeños “a la mar fui por naranjas, / cosa que la mar no tiene; / vine todo mojadito, / de olas que van y vienen”. Hace mucho tiempo ya que mi padre no canta. Que apenas habla. Que no se acerca siquiera a la playa. Le tomó definitivamente distancia al verse ridículamente desvalido cuando hace un par de años una pequeña ola le llevó el bastón en la orilla sin que pudiera hacer nada más que verlo flotar mar adentro. Si se hubiera acercado estos días hasta el Muro, tal vez se hubiese sentido hipnotizado por la marejada, quién sabe si hasta se hubiera olvidado de su débil condición de anciano enfermo. Una fuerza así, tan desproporcionadamente indómita, convierte en iguales a tullidos y sanos. Incluso nos devuelve al principio de los tiempos, cuando los dioses no eran sino los despóticos desmanes de una naturaleza vasta, violenta e ingobernable. El lunes, una ecuatoriana mantenía firme frente al océano la silla de ruedas sobre la que se acurrucaba una vieja algo asustada. Nos vamos a mojar, acertó a decir la inválida desde el cobijo de su manta. Su cuidadora sonrió condescendiente. Hasta aquí no llegará, no se preocupe. Y de repente, con la consistencia de la lava pero tan ligera como ráfaga de viento, una ola espesa se arrastró desde la playa hasta el paseo y empapó enteros a los paseantes curiosos. Nos reímos como colegiales. Era el nervioso alivio con que una penitencia leve absuelve el atrevimiento sin malicia. Si hubiera estado allí mi padre, en otro tiempo, hace años, seguro que al volver a casa le hubiera cantado a mi madre “vengo todo mojadito / de olas que van y vienen”. Antes, lo doy por cierto, se hubiera tomado un vermú. O dos. Y se hubiera reído abiertamente del mar. Pues nunca fue partidario del miedo ni de los dioses. Ni del de ahora ni de los de antaño.

lunes, marzo 10, 2008

Max


Domingo de elecciones. Nos levantamos tarde. Ha estado lloviendo. A eso de las doce nos vamos a votar. Mucha gente. Sobre todo personas de edad avanzada. Apoyados en el mostrador de las papeletas, extendemos la naranja del senado y marcamos tres cruces. Doblarla después e introducirla en el sobre es una labor complicada. Preside la mesa la vecina del segundo. Una rubia alta algo equina que deja siempre en el ascensor un persistente rastro de perfume dulzón. Dice mi nombre en voz alta. Como queriendo memorizarlo. Yo tampoco sé cómo se llama. Nadie me pregunta a la salida sobre mi voto. Compramos el pan y el periódico. Tomamos el vermú. Están televisando el partido del Sporting. Finalmente empata. Me temo que tampoco será este año el del ascenso. Después de comer le echo una mano a mi hijo con los deberes. Se levanta un momento a afilar el lápiz. Lo oigo sollozar en la cocina. Está quieto frente a la jaula del hámster. Max está tendido sobre el serrín. Las patitas estiradas. Tiembla casi imperceptiblemente. No responde a las caricias. Al final de la tarde forro una caja de jarabe con papel de envolver. Escribo el nombre del ratón. Se lo lleva mi mujer a un parque cercano. Lo medio entierra bajo un laurel. Llamo a un amigo de mi hijo. Viene pronto. Les pongo una película y hago palomitas. A la noche seguimos los resultados electorales. Creíamos ya dormido al niño y sin embargo le oímos levantarse al baño. Bajamos el volumen de la televisión. Se le oye llorar de nuevo. Me acuesto a su lado e intento intuir qué sentimiento le arranca el llanto. Quizás el miedo.

miércoles, marzo 05, 2008

Añoranza del frío

Miguel Galano

Carta a Xuan Serandinas:

Ya sabes cómo aprecio cuanto me escribes. Me da noticias de una tierra que es también la mía. Hoy, después de haber vuelto de esos lugares donde ahora vives y habiéndome en ellos transido el frío de una añoranza inesperada, lo conté lo mejor que supe en las páginas de mis diarios. Me temo, no obstante, que no alcancé a ver en los renglones que finalmente pergeñé con algunas impresiones vagas todo lo que llegué a sentir por un momento. Fue ayer. Eran poco más de las siete de la tarde. Andaba por el pueblo acompañando a mis padres. Se había ido cayendo la niebla sobre las calles. También el frío. Empezaba a tener todo una imprecisión lenta y creciente que no era sino la amenaza de la noche en ciernes. Íbamos a emprender ya el viaje de vuelta, cuando me cogió por dentro una nostalgia extraña de esas horas desapacibles de las tardes que vivi por esos lugares siendo niño. Siempre que vuelvo allí todo termina recordándome algo. A menudo de manera borrosa, pero aún así, con la certeza de estar recuperando sensaciones que había dado por olvidadas y que sin embargo presiento que son pura yesca que prende fácil. Ayer recobré de pronto el calor que me aguardaba dentro del hogar donde antaño pasé algunas estaciones de mi infancia. Alenté de nuevo la esperanza de esa tibieza que sólo se alcanza bajo las mantas en el invierno cuando el mundo se sabe frío y sin embargo seguro; o en la cálida intimidad de una cocina de aldea mientras crepita la leña en llamas y alrededor charlan animadamente padres, abuelas y tíos. En el recuerdo los vuelvo a ver erguidos, sanos, fuertes. Era un tiempo que ahora añoro porque al cabo de los años lo sé definitivamente ido y porque, mientras lo habitaba, me sabía confortablemente amparado de cualquier inclemencia de la vida. Algo así fue, Xuan, lo que ayer me encontré en el frío.

JCD

martes, marzo 04, 2008

Eppur si muove

Si hubiera un tercer debate ya no lo vería. Fue uno al primero con curiosidad. Al segundo con resignada aplicación de ciudadano responsable. Pero ni uno más. Dicen que en EE.UU. los candidatos se enfrentan en tales citas con cierta asiduidad. Es de suponer que se utilice otro formato, porque de ser el elegido como el nuestro, me temo que la audiencia norteamericana de tales eventos no sea mayor que la de los documentales de la 2. Aquí la cosa consiste ni más ni menos en que cada candidato hable de lo que le parezca –independientemente de lo que el otro le pregunte o de qué le haya acusado-, en que se esgriman gráficos y cifras a discreción –¡qué fácil es dibujar un par de barritas de colores y darles el tamaño adecuado!- y en poner al rival de vuelta y media más o menos educadamente. Y en el fragor de la sinsustancia incluso en empecinarse en desmentir soplapolleces varias o abrir como en las romerías la tómbola de las gangas. Me pregunto, abstraído por un instante de los guiños compulsivos y las solemnidades vacuas, si ninguno de estos tipos tendrá la feliz idea de decirle a la gente que son de carne y hueso, mortales y falibles, que de vez en cuando se equivocan, que además son conscientes del momento en que ello ha sucedido y de que no consideran ningún baldón reconocer los errores puesto que ello les permitiría no volver a cometerlos. Porque lo que se echa en falta en todo esta discusión tediosa no son las promesas, sino las rectificaciones. Qué confianza puede albergarse en quienes permanecen encastillados en sus posiciones, por muy erradas que éstas se hayan demostrado. Miren, a riesgo de que me tomen por antiguo, uno se manifiesta galileano en estas cosas, y contra la visión partitocéntrica de la sociedad, según la cual todo gira en torno a los intereses de la formación política a la que se pertenece –cada vez más piramidales y acríticas-, quisiera creer que todo podría discurrir más armónicamente si las posiciones sobre los asuntos fundamentales se argumentaran desde el sentido común y no desde el prejuicio. Por ello debería exigirse un compromiso estable, sólido y sensato sobre asuntos tales como la educación, la sanidad, la política antiterrorista, el reparto de agua, las infraestructuras o el modelo de estado. Hay un empeño suicida en enfrentar huestes sin reparar que este país no se merece que al electorado se le convierta en la extensión clónica del entusiasmo religioso de la militancia de partido. Mientras el resto nos movemos alrededor del sol, ellos giran, como asnos en noria, en torno al cocido que les asegura la servil reverencia a la consigna de turno.

jueves, febrero 28, 2008

Historia de un haiku

Me acerco al Muro. Día cálido. Mar calma. Hace sólo unos días que escribía un correo a un amigo hablándole de esta placidez de la bahía, de estas pleamares que alcanzan la orilla con el ritmo lento de lo vivo en descanso, con igual palpitación que los organismos tibios sobre los que es agradable reposar la mano. Por el pedrero el agua tiene hoy, además, una transparencia azul casi mediterránea. Andan entre las rocas los vuelvepiedras. Lo picotean todo frenéticamente. Marisquean. Subo hacia la Providencia. No sopla el aire. El océano calla. Apenas si me cruzo a nadie en el camino. Es sorprendente el peso que adquiere lo que uno va pensando cuando pasea solo en medio de la naturaleza y casi en el más absoluto silencio. Las pequeñas reflexiones, que son casi siempre como trazos borrosos, toman entonces cuerpo, perfil. Un par de millas mar adentro, un pesquero parado se balancea mientras echa redes. Lo sobrevuela una pequeña turbulencia de gaviotas. Chillan. Huelen el cebo o presienten la captura. Al borde del sendero un pequeño azulejo marca la distancia que media hasta las termas romanas. Cuatro kilómetros y doscientos cincuenta metros. Sigo subiendo. Antes de Peñarrubia me desvío hacia el pequeño parque asomado sobre el acantilado. Media docena de bancos vacíos. Un enorme trozo de chatarra oxidada. Fue parte de la proa del Castillo de Salas. Un barco cargado de carbón que se hundió frente a la playa hace más de veinte años. Aún sigue desde entonces el Cantábrico arrojando hollín algunos días al arenal de San Lorenzo. Dice la canción que la mina de La Camocha va bajo el mar, que por eso los mineros oyen las olas bramar. Pero ese ocasional rastro negro que tizna la playa no es del pozo, sino del pecio. Sacaron a la superficie lo que pudieron del barco no hace mucho. Un trocito se lo llevó Rubio Camín a este paraje. Lo posó sobre una base de hormigón. Lo convirtió en una escultura herrumbrosa por cuyos ojales se columpia el horizonte. Llevo casi una hora caminando. Vuelvo ya sobre mis pasos. No luce el mismo sol. No tiene el día igual transparencia. Paso al lado de unos viejos que conversan sentados cara al mar. Un perro grande de lanas, sucio y añoso se despereza a sus pies. Empieza a enfríar, dice uno. Ye que ta bajando la neblina, dice el otro. Es cierto. Ya no se precisa allá lejos la juntura. Esa de la que se hablaba al comienzo de El corazón de las tinieblas: “en la lejanía, el mar y el cielo se soldaban sin juntura”. Tan impreciso se vuelve el horizonte, que tal parece que ese mercante que va camino del puerto navega como suspendido, más trazo impreciso de carboncillo que casco sólido de buque. Qué deprisa a veces se nos precipitan por dentro las palabras calladas cuando vamos solos y a gusto. Traía conmigo un libro. Tenía la intención de leer unas páginas más del El ruido y la furia en algún rincón del sendero. Pero elijo sin arrepentimiento este paisaje callado y en bonanza. El silencio me ha acompañado durante toda la caminata. Tengo la intución de que es como un aire ingrávido y sin embargo sólido que soplara hacia el interior de las gentes. Le doy a esa sensación la forma escasa de un haiku. Se hace el silencio, / un modo de brisa / que sopla hacia dentro. Tres kilómetros para las termas, dice un nuevo azulejo. El sendero se dobla y cuelga su codo sobre el mar.

Allí mismo, abandonados y enigmáticos, casi como en una acampada provisional de domingo, se asientan unos cubos y unas vasijas de mármol blanco. Adolfo Manzano, el autor, los llamó Cantu de los díes fuxíos. Así lo parece, pues la soledad de ese inamovible grupo de mesas y platos, tiene el aspecto de que se le ha volado el alma, de que ha huído el tiempo feliz en que fue posible compartir ese lugar y la pitanza a que convocaba. Queda por rastro de aquello el frío mármol. Sigo descendiendo. Más abajo, se abraza a uno de los postes de luz una extraña forma animal. Me divierte pensar por un momento que se tratara de un koala. De un peluche vivo. Y al acercarme veo que no es sino una bolsa de basura tapando un registro eléctrico, hinchada caprichosamente por un poco de viento litoral. Me sale al paso un pájaro hermoso, confiado. Picotea la hierba muy cerca. Es casi negro. De plumaje brillante y visos naranjas. No sé su nombre. Para mi vergüenza casi no conozco el nombre de los pájaros. Y me da por pensar que hoy daría a las olas incluso a Faulkner por conocer el nombre de ese pájaro.

martes, febrero 26, 2008

De vate(s)

No, no hay error ortográfico. Y sí, sí va del debate. No quisiera yo que se quedaran con lo que en éste hubo de tenso, de desafecto, de trazos gruesos. También sucedió, no se olviden de ello, que ya en el final los contendientes se envainaron los floretes y aflojaron las mandíbulas. Tres minutos en que a ambos les dío por la poesía -o algo así-. Un pequeño debate de vates. Que si una niña -tal que Alicia- se pasearía por el país de las maravillas. Que si aquí está mi hombro para todo al que no le vaya bonito. En fin.
El ejercicio extemporáneo de la sentimentalidad, como de cualquier otra práctica deportiva, genera dolorosas inflamaciones musculares. La denominación médica con que se conoce a la producida por el abuso de aquélla, dado que afecta al músculo cardíaco, no es otra que cardiocursilitis. Como lo oyen (si leen en alto).

Contra corriente

Una intuición. El voto, a estas alturas de la película, ya lo tiene decidido la mayor parte del electorado. Creo, además, que no pocos ciudadanos votan repetidamente en las citas electorales, más que a favor de una opción política, en contra de alguna otra. Aceptada esta premisa, los debates como el de ayer influyen sobre todo en ese pequeño porcentaje de la población que aún no tiene certeza sobre cuál será el sentido de su voto. Los entendidos cifran en, aproximadamente, un tres por ciento a estos indecisos. Particularmente, creo en la efectiva relevancia que estas confrontaciones entre los cabezas de lista de las fuerzas mayoritarias tiene sobre quienes dudan su voto: les empujan a decantarse por el bipartidismo. Porque si bien en los días previos al inicio formal de la campaña quizás hubiera un número no desdeñable de electores que albergaban la intención de apoyar a partidos minoritarios en el panorama nacional -algunos tradicionales ya como Izquierda Unida, otros de reciente formación como Unión, Progreso y Democracia-, la apabullante presencia en los medios de la bipolaridad electiva, su puesta en escena con un enfrentamiento del que no otra cosa se deduce que para los electores donde no hay alternativas nacionalistas sólo queda el recurso del voto al PSOE o al PP, hace que en las reflexiones del votante indeciso pese mucho la corriente del voto útil. Por eso, y a medida que se acerca la fecha del nueve de marzo, intuyo que no votar en el sentido al que desde todos los ámbitos parece forzarse, el de la elección entre socialistas y populares, empieza a ser un encomiable pero fatigoso ejercicio de nado contra corriente.

domingo, febrero 24, 2008

El palacio oscuro de don Miguel

Don Miguel Indalecio Bances levantó una casa indiana que poco o nada se parecía al resto de palacetes que aquellos emigrantes que hicieran fortuna en América construyeron por estos parajes. No tenía palmera, ni grandes ventanales, ni paredes de vivos colores. Era un edificio sobrio, oscuro y con tejado de pizarra. Miraba al río, no al mediodía. Y sólo se adornaba por un blasón extraño. No era la glosa de sus apellidos. No había en él armas, yelmos o estrellas. Sólo un árbol desnudo, otoñal, y una esquemática lluvia menuda. Aquel apunte del natural en piedra se encerraba en una mandorla. En su base lucía un lema igualmente misterioso: dignidad y sosiego. De aquella construcción hoy sólo quedan las ruinas. Unas paredes sólidas que guardan el esqueleto desvencijado de techumbre y pisos, sobre las que se enreda la hiedra y a las que se abraza la maleza. Me dice Andrés, el anciano de Serandinas con quien me siento a contemplar toda esta hermosa devastación, que el escudo lució muchos años sobre la entrada. Que allí estuvo aun después de muerto el dueño y abandonada a su suerte la casa. Supone que alguien debió de llevárselo en la oscuridad de una noche. Queda sólo su huella sobre el muro y el recuerdo de su letanía en la memoria de los viejos del pueblo. Dignidad y sosiego. Dicen que decía don Miguel que aquellos cuartos que del otro mundo se trajera le habían costado demasiados apuros, penalidades varias y no pocas humillaciones. Que no era de bien nacido alardear de lo que se alcanzara con una vida tan poco recomendable. Honrada sí, pero nunca dichosa. Que no había vuelto sino para recuperar la paz gris y lluviosa de sus años mozos. Tal vez otros la hallaran triste, casi desoladora, pero en ella se sentía a gusto aquel indiano retornado. Aseguraba que allí tenía la certeza de que para la almendra dura del raro escudo que se había mandado hacer no tenía muelas bastantes su pasado americano. Y que igual que el árbol desnudo quería él vivir el resto de sus días. Se le había ido al ramaje el verde y la vida con el sol, como a él mismo en el luminoso trópico, pero ambos estaban en pie, dignos y ya por fin sosegados bajo el agua bendita de la aldea. Tábache un pouco tollo. Mira que deixar o Caribe e as mulatas por o Navia, me dice Andrés mientras enarca las cejas y deja que se le pierda la mirada entre las ruinas de lo que fuera el palacio oscuro de don Miguel.

Xuan Serandinas

miércoles, febrero 20, 2008

Agresiones


Así, a vuela pluma, según venía caminando hasta el trabajo. Sobre las palabras. Aquello tan estudiado de significado y significante. Saussure en el recuerdo. Fácil cuando de un objeto de trata. Identificable. Correspondencia univoca. Se complica en definiciones, categorías, conceptos abstractos. Si no hay seguridad sobre lo que uno cree que se esconde tras una calificación, mejor gritarla. Sobre todo si es ofensiva. Fascista, por ejemplo. En grupo, barbilla enhiesta, a voces, empujando, hasta agrediendo si llega el caso. Lo que era duda se transforma en verdad. La confortabilidad del rebaño, la fuerza argumental de la fuerza bruta. Qué quedaría de ello en el remanso de una mesa de café. Sin más compañía que la del vituperado. Los ojos a la misma altura. La voz también. Es posible que la barbilla se volviera blanda, se contrajera contra el pecho. La fragilidad de la duda. La más dura de las verdades, la incertidumbre de la razón. Tiene ámbito académico, el de la universidad. Y sin embargo… San Gil, Nadal, Díez. Que no se confundan esos muchachos de greñas rebeldes y gesto airado. A pesar del desaliño, son carne de guardia rojo.

lunes, febrero 18, 2008

Centro de Arte y Creación Industrial


El sábado reservamos una visita guiada a la Laboral. Luego recorrimos las salas del Centro de Arte y Creación Industrial. Fui a él receloso. La desconfianza, supongo, hacia ciertas manifestaciones artísticas. Los espacios del nuevo Centro de Arte son amplios, diáfanos. Transmiten una mezcla de sensaciones diversas: de libertad, de desnudez, de provisionalidad, de modernidad. Paseamos casi solos. Las salas parecían aún mayores. Se mantiene allí estos meses una muestra titulada Emergentes. Diez instalaciones de jóvenes artistas latinoamericanos, exponentes de las nuevas tendencias del arte electrónico. De entre ellas, tres me parecieron especialmente sugestivas. Recomputing Espace, del peruano Rodrigo Derteano sobre los sonidos urbanos. Un montón de pequeños altavoces distribuidos ordenadamente por el suelo reproducen los ruidos y voces de la ciudad. El sonido se traslada de un lado a otro, en forma análoga al movimiento de quienes realizaron la grabación. En medio de la oscuridad y soledad del espacio expositivo es inquietante cerrar los ojos y dejarse llevar por esa mezcla de conversaciones sorprendidas al azar, de motores que se ponen en marcha a nuestras espaldas. Ese murmullo cotidiano que de repente nos resulta totalmente nuevo en el aislamiento del contexto en que se materializa. Almacén de Corazonadas, del mexicano Rafael Lozano Hemmer, es la obra más poética. El visitante graba los latidos de su corazón en una bombilla. De modo que cada uno de los casi cien focos dispuestos que cuelgan aparentemente sin más vida que su luz intermitente desde lo alto de la gran sala, centellea a un ritmo distinto, transidos por el pulso de todos los que toman parte activa de la instalación. Por último, los peruanos José Carlos Martinat y Enrique Mayorga montan un recinto cúbico, Ambiente de Estereo Realidad 4, que oculta en lo alto de sus paredes tres impresoras que emergen a través de pequeñas ventanas, tanto hacia el interior como hacia el exterior. Desde ellas se precipitan papelillos con textos breves. Un sistema de algoritmos genera cadenas de búsquedas en la web para armar composiciones casi surrealistas. En la angosta intimidad del cubo, el visitante, como un Nabokov que hubiera olvidado su cazamariposas, manotea el aire tratando de atrapar el vuelo de esos poemas casuales que caen tan lentamente como copos de nieve.
De vuelta a casa pensaba en el enorme formato que a menudo precisan las nuevas piezas artísticas. La esquemática representación de cazadores y bestias en las grutas prehistóricas, la pedagogía románica, las tablas flamencas o la inquietante abstracción pictórica o escultórica de las vanguardias de principios del XX tenían la proporción del espectador. El nuevo arte precisa de enormes recintos. El artista jibariza al visitante, que debe adaptarse a la obra y tratar de entenderla. No es más, creo, que una inclinación vertiginosa del fiel de la balanza. El peso del arte, su protagonismo, reside, más que nunca, en el artista. Su tiranía –no se malinterprete el concepto- lo condiciona todo. Su prestigio social le permite crear mundos a la medida desproporcionada de la vanidad que el arte inocula. A veces el resultado es apasionante. A veces.

viernes, febrero 15, 2008

La nota

Tengo once años. Me gustan las matemáticas, el tenis y las novelas de leyendas. Odio la ortografía. Ayer me fue mal en clase. Le estaba pidiendo unas pinturas a Josu y la profe me riñó. Luego tuve que acercarle la agenda escolar. Escribió una nota que debía entregar en casa para que mis padres la leyesen y la firmasen. Decía en ella que cada vez me porto peor. Mentira. Es la primera vez que me mandan llevar una nota a casa. Margarita siempre está de mal humor. No me cae bien. No le cae bien a nadie. Y ayer la tomó conmigo. Mi padre es el primero que llega a comer. Siempre pregunta lo mismo. Qué tal por el cole, hijo. Pues mal. Hoy mal. No quería llorar, pero se me llenaron los ojos de lágrimas. Mi padre se pone muy burro con estas cosas. Ya sabía cómo se lo iba a tomar. Me levantó la voz. Que no se vuelva a repetir. Que le da igual que la profe sea rara o esté siempre enfadada, que es la que manda y a la que hay que respetar. Debería llegar primero a casa mi madre. Ella lo entiende todo mejor. Mi padre se pone muy burro. Luego se le pasa. Será que llega con hambre. Cuando estaba terminando de comer, me llamó. Ya estaba más calmado. Me besó en la frente. Olía a queso.

jueves, febrero 07, 2008

Blimp

Ya me advirtieron de que no buscara a Blimp en la película. De que no aparecía. Blimp es una categoría. Un paradigma. Se dice en The Oxford Dictionary que el Coronel Blimp es un character invented by the cartoonist David Low representing a pompous, obese, elderly figure popularly interpreted as a type of diehard or reactionary. Esto es, Blimp representaba al pomposo, al tradicionalista y al reaccionario. En efecto, el Coronel Blimp nació hace más de setenta años en las páginas del Evening Standard, de la mano del dibujante satírico David Low, quien perfiló un personaje que se convirtió en un icono de la Gran Bretaña de entreguerras.

Michael Powell y Emeric Pressburger constituyen una de las sociedades creativas más brillantes del cine británico. Juntos escribieron, produjeron y dirigieron conjuntamente las películas inglesas más arriesgadas y experimentales de los años de la II Guerra Mundial y la posguerra. Entre ellas, El espía negro (1939), Los invasores (1941), Coronel Blimp (1943), A vida o muerte (1946), Narciso negro (1947), Las zapatillas rojas (1948) y Corazón salvaje (1950). Según parece es difícil deslindar las contribuciones de ambos personajes a su obra colectiva. Se afirma que por lo general Pressburger armaba las películas y gestionaba su producción, y que Powell redactaba el guión inicial, dirigía en el plató e imaginaba las ideas visuales. Hasta que los nazis lo expulsaron de Alemania, Pressburger había trabajado en la UFA, la principal productora alemana. Powell, por su parte, se había ido curtiendo en películas de bajo presupuesto. Al encontrarse, se mezcla la artesanía visual de Powell con las preocupaciones filosóficas de Pressburger. Pues bien, en medio de la Segunda Guerra Mundial, Michael Powell y Emeric Pressburger ruedan una película memorable, Vida y muerte del Coronel Blimp. Se narra en ella la trayectoria vital de un hombre bueno y anticuado en el mejor sentido de la expresión, Clive Candy. Asistimos por medio de un largo flash back a su ejemplar historia de amistad durante medio siglo con un oficial alemán, Theo Kretschmar-Schuldorff, un relación casi fraterna pero paradójicamente nacida tras un duelo en el que ambos se hieren y a raíz del cual, además, se enamoran de la misma mujer, una Deborah Kerr rutilante que llega a interpretar tres personajes diferentes en el film. La amistad entre ambos militares permanecerá intacta a pesar de tener que enfrentarse durante la I Guerra Mundial. Y se fortalecerá aún más en los años posteriores a la toma del poder por el nazismo, al huir de su país Theo Kretschmar-Schuldorff, refugiándose, con la intercesión de Clive Candy, en el Reino Unido. La idea sobre Blimp expuesta por la película es mucho más benévola que la generalmente admitida para tal expresión. Se le aplica al protagonista por considerarlo un hombre anclado en convicciones militares demasiado caballerescas para las crueles prácticas bélicas impuestas por el enemigo en la II Guerra Mundial. Muestra, pues, esta deliciosa historia una firme manera de estar contra viento y marea, una manera noble que finalmente se desvela ingenua e inapropiada cuando el adversario no adopta modos tan versallescos de comportamiento. Asistimos por ello a una elegía melancólica de la esta edulcorada personalidad Blimp que Powell y Pressburger nos presentan en su obra. Esa melancolía de lo imposible tiene que ver con la pérdida de valores que de repente, y en el tráfago de los acontecimentos bélicos derivados del expansionismo nazi, se vuelven caducos. Hablamos, por el ejemplo, del valor o del honor. Y muy especialmente del respeto hacia el otro, aun incluso cuando circunstancialmente se halla en la trinchera de enfrente. Vida y muerte del Coronol Blimp es un película hecha en plena guerra, pero que no persigue la sensibilización patriótica a través de trampas melodramáticas o personajes hiperbólicos, sino que reflexiona elegante e inteligentemente sobre la inevitable manera en que la guerra y el tiempo transforman creencias y convicciones. Que habla, además y sobre todo, de la vida, del amor, de las esperanzas y de la amistad.

miércoles, febrero 06, 2008

UPyD

Intercambio pareceres con J. por correo electrónico. Nos vemos casi a diario. Tomamos café juntos a menudo. Y sin embargo, para este tipo de desacuerdos, siempre menores, usamos de la pulcra esgrima del e-mail. Permite un razonamiento reposado. Y en las segundas lecturas hasta cabe alguna suerte de arrepentimiento menor.
Nos escribimos esta vez a propósito de una conferencia de Arcadi Espada a la que yo le había puesto reparos. Se trataba en ella de fijar los rasgos que han de caracterizar al progresista del siglo XXI. Oponía J. a mis pormenorizadas objeciones una impresión más global y entusiasta: “La verdad es que me parece fascinante que en un acto mediante el que se intenta dar a conocer una nueva formación política se hable de cosas tales como la verdad, el conocimiento, la excelencia, la ciencia, los mitos… Me parece una auténtica revolución en la política española, aún teniendo en cuenta la modestia del intento”.
Oficialmente no son muchos los días que se llevan consumidos de la campaña electoral. Y sin embargo, hay dos sensaciones que ya dejan y que tienen que ver con el hartazgo. La sensación de haber asistido a una interminable persecución del voto desde hace meses y que sólo ahora se hace explícita. Y la sensación de que el apoyo electoral se recaba a través de unos mecanismos no sólo anacrónicos sino incluso las más de las veces ofensivos para la dignidad e inteligencia del votante. ¿Puede alguien decidir el sentido de su voto tras asistir a un mitin? O mejor, ¿asiste alguien a un mitin sin haber decidido antes su voto? En las últimas semanas, una organización política nueva ha organizado en mi ciudad un ciclo de conferencias con el título Pensar un país. La propuesta era tan inusual como atractiva. Una serie de personalidades de los ámbitos del derecho, la filosofía o el periodismo abordaron aspectos tales como la construcción de un estado viable, las razones para un nuevo partido político, la educación o el análisis del progresismo en el siglo XXI. Todas las disertaciones se cerraban con un coloquio en el que sin cortapisa alguna se planteaban dudas o se manifestaban opiniones sobre los asuntos tratados y la posición adoptada al respecto por el ponente. Asistí a todos estos actos sin advertir, para consuelo de quienes por entre el público andábamos, que en ninguno de ellos se solicitara desesperada o amenazadoramente el voto; sin que se recitaran consignas estereotipadas o imprecaciones desabridas; sin que se situaran sobre el estrado ninguna de esas tribunas de bobos obedientes que tan de moda se han puesto en todos los mítines, con esas filas de jovencitos aseados que aparecen tras los líderes y que aplauden o agitan banderas con la preocupante sincronía de una micromasa. Deduje, por tanto, de cuanto vi en esas citas que aun en plena campaña electoral es posible ofrecer algo más que rancios mensajes clónicos. Que es posible aprender, debatir, escuchar y proponer.
Supongo que esa interesante puesta en escena es la que mantenía fascinado a mi amigo. Uno, algo más receloso, agradece estas novedades, aunque tiende a temer que sólo sean posibles cuando ni se gobierna ni se aspira a gobernar. Aun incluso así, y aunque sólo se pretenda influir en quien gobierna, no es malo el camino. Y no me duelen prendas al reconocérselo a J. a través del correo electrónico.

domingo, febrero 03, 2008

Cendal

Las palabras cuyo significado
nos es desconocido
y que sin embargo nos son tan gratas al oído
como caricias,
logran en ocasiones enramarse
hasta dar sombra de poema.
Recuerdo que al leer por vez primera
la hermosa palabra cendal
la imaginé como un ungüento
capaz de dar alivio
a cualquier desengaño irremediable.

Match Point

Aquel que dijo más vale tener suerte que talento conocía la esencia de la vida. La gente tiene miedo a reconocer que gran parte de la vida depende de la suerte. Asusta pensar cuántas cosas escapan a nuestro control.
En un partido (de tenis) hay momentos en que la pelota golpea el borde de la red. Y durante una fracción de segundo puede seguir hacia delante o caer hacia atrás. Con un poco de suerte sigue hacia delante, y ganas. O no lo hace, y pierdes.

Woody Allen