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martes, diciembre 21, 2010

Carta

Querido Serandinas: A veces —muy de vez en cuando, pero desasosiega— siento en la distancia tu mirada inquisitiva. Incluso más que inquisitiva: de reproche. ¿Dónde se fue —te imagino preguntando con un tono manriqueño acorde con el río que transcurre tan próximo a tus predios— aquella constancia que promediaba casi un apunte diario, un esbozo en lo íntimo del paisaje, de la lectura o de las cosas de la república? Pereza, amigo, pereza. Pero no la pereza a que aboca la desidia. Sino la pereza en que nos sume el fruto escaso o agostado. La pereza con que nos aquieta la incertidumbre. Así que no te asombre que recurra al hurto consentido de lo ajeno, de la rama que cuelga sobre el camino y ofrece carga y sombra a quien pasa cerca. Hoy mismo, mientras me afeitaba y oía en la radio a la Concostrina —qué lujo sus apuntes diarios de la Historia—, tramaba traerme a la bitácora la referencia de su comentario: Iquique. Un lugar del norte de Chile. Quilapayún popularizó la cantata que recuerda la matanza allí ocurrida: Señoras y Señores / venimos a contar / aquello que la historia / no quiere recordar. / Pasó en el Norte Grande, / fue Iquique la ciudad. / Mil novecientos siete / marcó fatalidad. / Allí al pampino pobre / mataron por matar. Música emotiva para entrañas aún sin fermentar. Las nuestras de entonces. Sucedió el 21 de diciembre de 1907. El ejército acometió una represión sangrienta de la huelga de los empleados del salitre, un mineral que les procuraba enormes beneficios a los empresarios ingleses que lo explotaban. Los mineros sólo obtenían por su trabajo fichas que canjeaban en las tiendas de la propia compañía. Esclavitud encubierta. La rebelión terminó en masacre. Murieron casi tres mil. Busco una foto de entonces. Hay en ella, en los retratados a pie de mina, un aire oriental. Una miseria vagamente asiática. Los cuerpos sin grasa, los bigotes ligeros, los sombreros apagodados, las casullas amplias y sin cuello. Como si cayeran las indias orientales por lo más alto del Chile escuálido. Se levantaron suicida y dignamente. No hay ahora, en lo que uno conoce de cerca, la urgencia por el orgullo. Importa más la supervivencia. Vivir, aunque sea peor, para contarlo. Pasamos por el aro. El domador nos gobierna. El circo impone sus reglas. Te confesaré algo: creo haberme detenido a tiempo. Una suerte de deriva lenta y supuestamente argumentada me estaba llevando al otro lado. Es hora de que reme a contracorriente. De que venza la pereza. De que no olvide de qué lado está más que la verdad, el consuelo. El que hay que dar mientras se sigue bregando contra el agravio y el que se necesita igual que el aire respirado. Hoy, como verás, querido Serandinas., me he sobrepuesto a la desgana. Quizás te resulte confuso cuanto te cuento. Si fuera así, considera que Iquique, al menos como sinécdoque, me ganó las ganas y la memoria. Algo es algo. De lo demás, te diré que al invierno por aquí le ponen guirnaldas, y luces, y hasta fiesta. Será por combatirlo en la alegría, por muy forzada que resulte. Quizás tú también encuentres tiempo para reparar ensimismado en las nieves. Antes, lo sabrás por los viejos que aguantan todavía a duras penas por su osamenta en esos pueblos, se renegaba del frío y hasta de la estación entera. Porque era dura e interminable como esa ausencia de la que hablan los versos de Berta Piñán que he leído hace nada: "los brotos del xardín yá podrecieren / y el ríu medrara na to ausencia, / como miedren les hores / na cama d'un enfermu". Son del libro La mancadura, palabra con que le decimos al daño. Suenan bien en esa lengua que uno no acaba de ver como suya, pero que, sin embargo, parece dócil y muy viva en los poemas de Berta Piñán, siempre escritos en voz baja y despojados de adornos. A la manera en como se habla ahí a donde te escribo. Más largo que otras veces. Por compensar pasados silencios.

martes, febrero 09, 2010

Café amargo

Me escribe Xuan Serandinas. Como tantas otras veces. Pero hoy transcribo su carta. Tiene algo de relato en nieblas. Se le ha muerto un familiar. Me lo cuenta.

Falleció dos días atrás. Ayer fue su funeral. Llevaba ya unos años ingresado en una residencia de ancianos. Desorientado. Con lo que parecía una consciencia limitada. Con escasa movilidad. Finalmente debió de llevárselo uno de esos males repentinos y, en su caso, liberador: quizás un infarto o un derrame cerebral. Cómo fijarlo en lo escrito de modo que al vover algún día sobre ello se tenga una imagen más o menos fiel de cómo fue. Se trata casi de un ejercicio literario. Pero un ejercicio casi íntimo en el que pesa la proximidad, la familiaridad —cierta, no metafórica—. Recurro al calificativo preciso, objetivo: digo temperamental. Sobre tan escaso bagaje puede cimentarse una biografía. Un conflicto permanente con la vida. Apreciada —mejor dicho, despreciada— permanentemente como agravio. Por eso tuvo escasos asideros: su mujer, que se alistó en la misma guerra —a sus órdenes o a las órdenes, nunca lo supe bien— y, ocasionamente, algunos familiares y amigos. Pocos y siempre en el punto de mira de su recelo. Por si acaso. El mundo le fue perro pronto. Como a tantos otros. Hay quien lo supera. Él nunca se lo perdonó. Ni al mundo ni a sus gentes. Cuestión de orgullo: otro rasgo objetivo. La subjetividad sería atreverse a decir que llegó a soberbia. Dejó mandado que no quería flores. Salvo las de su mujer. Un ramo escueto. Una vida juntos. Atrincherados. Me queda de él en el lado amable de la memoria algunos ratos de infancia, tratando ganado en ferias y establos. Rápido con las tijeras. Cuando el trato se sellaba se marcaba el pelo de la res. Se chocaban las manos. Se sellaba todo con un vaso de vino. Y aun en esas ocasiones, no le recuerdo apenas concesiones ni a la risa ni a la confidencia. Era áspero para no ser débil. Eso sí, debo ser justo, en un invierno despiadado, cuando yo era poco más que un niño, me llevó a una rapa das bestas. Estaba yo tiritando de frío y de emoción. Me acercó a una cantina y me pidió café de manga. El primero que yo tomaba así de negro, así de espeso, tan de gentes avezadas al trago amargo. Entré en calor. Toda la noche oi caballos cabalgar sobre el techo de mi cama. Insomne y extasiado.

miércoles, mayo 27, 2009

Espiando juntos desde lo oscuro

Querido JC:

Ayer, por fin, fue casi un dia de verano en Serandinas. Hasta eché las contraventanas al mediodía. Se quedó en sombras el salón. Disfruté mucho de esa umbría confortable de quien sabe al sol golpeando las aldabas. Y me acordé de pronto de que esa era una costumbre suya cuando volvía en los veranos a la casa de su padre. Aquí, justo al lado. En el viejo consultorio de don Avelino. El hijo regresaba en las vacaciones después de todo un curso de internado. Pero se pasaba las tardes enteras a solas y a oscuras. Leyendo gruesos libros médicos. Absorto en nervios, músculos y huesos. Observando por dentro lo que afuera, en la distancia corta y sobre todo bajo la violenta luz estival le resultaba simplemente pavoroso. Buena gente esa familia. El padre se dedicó en cuerpo y alma toda su vida a la medicina de pueblo. Él se hizo abogado. Le horrorizaba la sangre de verdad. Desinteresado y desprendido. Nunca le fue bien en el despacho. Terminó matándolo el tabaco. Los cigarrillos con los que espantaba la soledad. Tenía siempre una tez blanca. Una mirada escurridiza. Prisa por volver a sus cosas. Y un pitillo entre los dedos. Ayer se hizo el sol y eché las contraventanas. Fue sólo un momento. Para que no me cegara la luz que refulgía sobre las páginas del libro con que andaba. Compartí con él, con su recuerdo, ese rato de cobijo. Espiamos juntos desde lo oscuro la sorpresa de un mundo que de tan iluminado parecía de repente inabarcable. Quizás no fuera otro su miedo.
X. Serandinas

domingo, septiembre 28, 2008

Llanteiro (carta)

Querido amigo, sabes que te leo a menudo, que intuyo que esos ejercicios de bitácora que practicas, ese continuo hacer dedos, no busca sino soltura en eso que llaman literatura, una ilusión que, a mi juicio -ya hemos hablado de ello-, siempre has sobrevalorado. Eso sí, he de reconocerte al menos que hay entradas en las que hasta aciertas con lo que se necesita para hacer de unos renglones algo más que un apunte. Sabes bien qué condiciones se requieren para ello, sobremanera cuando se escribe para los demás y éstos se pretenden muchos. Se debe encontrar, sobre todo, un buen principio -siempre los jodidos buenos principios-. Y hay que desarrollarlo hasta alcanzar un desenlace adecuado, un puñetero e imprescindible final. Porque la literatura ha necesitado durante siglos de finales, de felices o infelices finales, de piezas exactas con las que concluir sus rompecabezas. Ha precisado de esos finales justamente cuando la literatura decía imitar la vida. Qué gran mentira. El único final que la vida conoce es la muerte. Y no siempre la muerte remata la obra literaria. En realidad las tragedias han sido las más fieles con la vida. Yo te escribo, en cambio, contándote siempre cosas sin final. Trocitos de vida en renglones. Sin pretensiones literarias, claro. Pero sin necesidad alguna de final. O con el solo final que sucede a lo que se cuenta cuando deja de contarse, tras la última palabra, tras el punto final que la sigue, cuando nada más puede leerse ya y todo queda quieto en la página.

Al retornar a la aldea, uno de mis primeros paseos me llevó al río. Al embarcadero. Me encontré allí con un par de pescadores, unas barcas. Las aguas estaban oscuras y remansadas. Junto a la orilla colgaba un buzón de un árbol. Ponía Lantero. Llanteiro se le dice en realidad por aquí. El lugar es un recodo de tierra al otro lado del río. Tres casas y una pradería extensa circundada de bosque. Un lugar aislado del mundo por el agua y la montaña. Cuando se construyó el embalse de Arbón les prometieron a los escasos vecinos de Lantero un puente hasta Serandinas. Nunca se tendió. Les quedó pues un largo y tortuoso camino hasta Villayón, por Illaso, y una barca para salvar la breve distancia con la margen contraria del Navia. Por eso el buzón está de este lado. El más corto. Anda aquello ahora ya deshabitado. Pero se conservan bien las edificaciones. Al menos eso parece en la distancia. Y hasta hay bestias, pacientes y solitarias, pastando en los prados. Hacía frío aquella mañana al lado del río. Sobrecogía la profundidad que se le intuía. La opacidad de su curso demorado. Las cartas esperarían antaño que llegara el barquero hasta ese buzón abandonado que cuelga aún de un pino robusto junto al embarcadero. El correo venía del otro lado del río. Como la vida misma. Del otro lado del mundo.
Un abrazo de tu amigo Xuan.

lunes, mayo 12, 2008

Hubo un tiempo...

Se tragaba la madera de los muebles y del suelo la avara luz de las bombillas que iluminan el salón. El poso del café en el fondo de las tazas. El brillo de las copas y los ojos. Las palabras son más sinceras en la complicidad de la penumbra y del alcohol. Xuan cenó con nosotros en esta pequeña casa de su pueblo donde pasamos el fin de semana. Noto que habla más despacio y más suave. Que se viste con mayor descuido. Cuando se fue era noche cerrada. Caminaba sin prisa alguna. Se veía en la oscuridad la pavesa de su cigarrillo. Al irme a dormir, me rondaban algunas de sus confidencias. Aquellas palabras que hablaban de una ilusión antigua, de una desesperanza nueva, paradójicamente tranquilizadora.

Hubo un tiempo en que desee vivir en el Mediterráneo. Trasladarme definitivamente a una isla cálida. Vestir ropas amplias de lino. Brasear verduras y regarlas con aceite espeso. Acompañarlas de vino blanco en frasca transparente. Escribir despacio y leer hasta el fin de los días. Hubo un tiempo en que amé el sol y los cuerpos libres que su luz bendecía. Que busqué cobijo en los arenales y la pinaza. Que me hacía feliz la transparencia del océano y las pequeñas barcas levitando sobre ella. Hubo un tiempo en que nada me importaba más que asistir en el silencio de las colinas al incendio incruento de los ocasos. Que amparado en las sombras de las casas de Deià subí en un almediodía luminoso hasta la tumba de Graves.Hubo un tiempo en que fui joven y odié el invierno, la lluvia y las nieblas. En que hubiera jurado que el amor no se desgasta. En que me daba un miedo infinito remontar el curso de los ríos porque imaginaba que en su principio fluía el magma horrendo de un Kurtz oculto. En que eché al olvido la lengua de mis padres y di por ruinas la casa donde nacieran y por mala hierba el bosque que le daba sombra. Hubo un tiempo que ahora, cuando se me antoja escaso este otro tiempo que no es más que el resto de mis días, ya casi juraría no haberlo ni vivido.

miércoles, marzo 05, 2008

Añoranza del frío

Miguel Galano

Carta a Xuan Serandinas:

Ya sabes cómo aprecio cuanto me escribes. Me da noticias de una tierra que es también la mía. Hoy, después de haber vuelto de esos lugares donde ahora vives y habiéndome en ellos transido el frío de una añoranza inesperada, lo conté lo mejor que supe en las páginas de mis diarios. Me temo, no obstante, que no alcancé a ver en los renglones que finalmente pergeñé con algunas impresiones vagas todo lo que llegué a sentir por un momento. Fue ayer. Eran poco más de las siete de la tarde. Andaba por el pueblo acompañando a mis padres. Se había ido cayendo la niebla sobre las calles. También el frío. Empezaba a tener todo una imprecisión lenta y creciente que no era sino la amenaza de la noche en ciernes. Íbamos a emprender ya el viaje de vuelta, cuando me cogió por dentro una nostalgia extraña de esas horas desapacibles de las tardes que vivi por esos lugares siendo niño. Siempre que vuelvo allí todo termina recordándome algo. A menudo de manera borrosa, pero aún así, con la certeza de estar recuperando sensaciones que había dado por olvidadas y que sin embargo presiento que son pura yesca que prende fácil. Ayer recobré de pronto el calor que me aguardaba dentro del hogar donde antaño pasé algunas estaciones de mi infancia. Alenté de nuevo la esperanza de esa tibieza que sólo se alcanza bajo las mantas en el invierno cuando el mundo se sabe frío y sin embargo seguro; o en la cálida intimidad de una cocina de aldea mientras crepita la leña en llamas y alrededor charlan animadamente padres, abuelas y tíos. En el recuerdo los vuelvo a ver erguidos, sanos, fuertes. Era un tiempo que ahora añoro porque al cabo de los años lo sé definitivamente ido y porque, mientras lo habitaba, me sabía confortablemente amparado de cualquier inclemencia de la vida. Algo así fue, Xuan, lo que ayer me encontré en el frío.

JCD

domingo, febrero 24, 2008

El palacio oscuro de don Miguel

Don Miguel Indalecio Bances levantó una casa indiana que poco o nada se parecía al resto de palacetes que aquellos emigrantes que hicieran fortuna en América construyeron por estos parajes. No tenía palmera, ni grandes ventanales, ni paredes de vivos colores. Era un edificio sobrio, oscuro y con tejado de pizarra. Miraba al río, no al mediodía. Y sólo se adornaba por un blasón extraño. No era la glosa de sus apellidos. No había en él armas, yelmos o estrellas. Sólo un árbol desnudo, otoñal, y una esquemática lluvia menuda. Aquel apunte del natural en piedra se encerraba en una mandorla. En su base lucía un lema igualmente misterioso: dignidad y sosiego. De aquella construcción hoy sólo quedan las ruinas. Unas paredes sólidas que guardan el esqueleto desvencijado de techumbre y pisos, sobre las que se enreda la hiedra y a las que se abraza la maleza. Me dice Andrés, el anciano de Serandinas con quien me siento a contemplar toda esta hermosa devastación, que el escudo lució muchos años sobre la entrada. Que allí estuvo aun después de muerto el dueño y abandonada a su suerte la casa. Supone que alguien debió de llevárselo en la oscuridad de una noche. Queda sólo su huella sobre el muro y el recuerdo de su letanía en la memoria de los viejos del pueblo. Dignidad y sosiego. Dicen que decía don Miguel que aquellos cuartos que del otro mundo se trajera le habían costado demasiados apuros, penalidades varias y no pocas humillaciones. Que no era de bien nacido alardear de lo que se alcanzara con una vida tan poco recomendable. Honrada sí, pero nunca dichosa. Que no había vuelto sino para recuperar la paz gris y lluviosa de sus años mozos. Tal vez otros la hallaran triste, casi desoladora, pero en ella se sentía a gusto aquel indiano retornado. Aseguraba que allí tenía la certeza de que para la almendra dura del raro escudo que se había mandado hacer no tenía muelas bastantes su pasado americano. Y que igual que el árbol desnudo quería él vivir el resto de sus días. Se le había ido al ramaje el verde y la vida con el sol, como a él mismo en el luminoso trópico, pero ambos estaban en pie, dignos y ya por fin sosegados bajo el agua bendita de la aldea. Tábache un pouco tollo. Mira que deixar o Caribe e as mulatas por o Navia, me dice Andrés mientras enarca las cejas y deja que se le pierda la mirada entre las ruinas de lo que fuera el palacio oscuro de don Miguel.

Xuan Serandinas

miércoles, noviembre 07, 2007

Serandinas y el vino

Para M. y P.

Siempre he creído que aquí, en Serandinas, podrían darse buenas uvas, parras generosas, la promesa de un vino alentada en terrazas soleadas que mirasen altivas el curso oscuro del Navia, cepas que le gritaran al río que de esa pez que arrastra como agua y entristece el mundo se ríen los mil racimos brillantes de su fruto. Y tanto se reirían que hasta terminarían retorciéndose de alegría las vides y las vidas de los pocos que por aquí andamos. Pero mientras llega el enólogo pionero que haga realidad esta ilusión mía, el encantador que le ponga un espejismo de sonrisa a este paisaje, guardo a buen recaudo, en la despensa, el vino que días atrás tuvieron a bien traerme unos amigos que por aquí se perdieron. Tres botellas de vino que en la media noche del sábado, en las sombras mismas de las calles del pueblo y casi como si se tratara de un trueque clandestino, me entregaron esos entrañables visitantes como un alijo cordial. A menudo se le asegura a quien obsequia vino que será bebido a su salud. Pero poco puede hacerse por prevenir la salud del otro. Ese deseo de quererlo sano es siempre la buena fe de quien le brinda al sol. Por eso mi intención es otra. En esas tres botellas prometo yo paladear el recuerdo de una velada amable, eso que intuyo es ni más ni menos que la exacta medida del cabal provecho de la vida.
Xuan Serandinas

domingo, octubre 07, 2007

A robra

Sobre esa palabra, robra, escrita en fala, giraba el texto de Serandinas. Llegó como siempre por correo. Sin aviso. No atiende mi amigo a periodicidad alguna. Me escribe como de repente. Intuyo que me elige como si fuera un transmisor. Sabe que ante sus confidencias nada puedo. Las desvelo de inmediato. Me lo aproximan y con él a todo un ámbito, el paraíso perdido de dónde un día el ángel caído de la miseria arrojó a mis padres. Buscaban en la ciudad el pan que la tierra curiosamente les negaba. Y allí ha vuelto ahora, al cabo de los años, mi amigo del alma, que me habla de cómo se vive y de cómo se muere en la patria de mi sangre, en su elegido retiro. Hace unos días me cuenta que conversó con un anciano animoso del pueblo. Andrés tiene casi ochenta años. Son muchos pero los lleva bien. Desde hace tiempo gasta caderas de porcelana. Hay muchos vecinos con el mismo añadido a la cintura. Tengo al respecto una teoría. Lo cierto es que no la he comentado con nadie, pero siempre me ha parecido que todo se debe a la siega. Esta gente se ha pasado media vida segando con guadaña. Con un ritmo como de metrónomo sibilante. Girando el tronco casi una circunferencia entera. Prado arriba, prado abajo. Y eso debe de pulir el hueso. A mí me lo parece. Así que tarde o temprano renquean tanto que hay que cambiarles los rodamientos. Es buena solución esa ortopedia. Vuelven a caminar pronto. Pero se acaba la siega. Algunos compran ovejas o cabras. Limpian bien los campos. Andrés no las quiere por los frutales. Por los manzanos, los perales, los limoneros, los kiwis. Así que cada cierto tiempo paga unos jornales para que le rebajen la hierba crecida y el flequillo a los senderos. Siempre es un placer charlar con Andrés. Bienhumorado, paciente. Hay quien dice que esa chispa con que cuenta viejas historias se la aprendió al padre, El Francés. Un tipo rubio de ojos transparentes que nadie supo nunca a ciencia cierta de dónde venía cuando llegó al pueblo. Por entonces se construía la iglesia del lugar.

La iglesia la hicieron los bueyes. Durante años arrastraron el granito y la pizarra. Nobles. Lentos. Y en el belfo un aliento cálido. Se alzó lentamente el templo en lo alto del pueblo. Desde su atrio aún cae hoy la pradería valle abajo hasta el curso mismo del río. El caserío entonces era escaso. Estaba disperso. Rematada la obra, se subió hasta lo alto del campanario un ramo de laurel. Y para la robla se despeñó a los bueyes. Hubo comida abundante.

Tuve que buscar en el diccionario el signficado de la palabra robla. "A robra" en la versión de Serandinas.

jueves, agosto 16, 2007

Traca en el río

Hacía ya algunas semanas que nada sabía de Xuan Serandinas. Recibí ayer noticias suyas.
En estos días largos y agradables del verano, mis paseos acaban llevándome hasta el río. Este año baja con mucha agua. Y oscuro como siempre, empeñado en reflejar el envés del mundo. Ayer asistí a un funeral. Por estos pagos, bien lo sabes, cada vez que alguien se muere el pueblo entero acompaña a los deudos. Tan pocos quedamos que si así no se hiciera se sentirían solos. Se nos ha ido un vecino muy anciano. Más de noventa años. Hasta el final tuvo buena salud. Se movía aún bien. Seguía orientado. Sus hijos siempre lo cuidaron. Al darles el pésame me contó el más pequeño que el día anterior su padre se había ido paseando hasta el chorro. Cuando volvió, tropezó. Se fue al suelo. Perdió las gafas. Ya no las necesitó más. En la iglesia me encontré con un viejo amigo de la infancia. Vive en la ciudad. Era sobrino del fallecido. "He traído a los viejos al entierro. Casi no pueden caminar, pero querían venir. Aquí, Xuan, ya no nos va quedando nadie. Mis primos cerrarán la casa. Mis otros tíos se han muerto también o están en el asilo. La vegetación ha crecido tanto que el jabalí llega a las puertas. Ni maíz se planta ya. Sólo quedan árboles, malas hierbas y turistas perdidos. Los putos turistas llegan a todos los lados. Cualquier día entrarán en el templo y harán fotos en los funerales hasta de la caja del muerto. Es el final, Xuan, el final." Al atardecer bajé hasta el Navia. Se estaba a gusto en el silencio de sus aguas remansadas. Hasta que se oyó bajando el río un alborozo de piragüistas. Sobre el cauce espeso y sombrío ardió de pronto una traca de color y ruido. Y no eran aún las fiestas de la aldea.

domingo, julio 08, 2007

Infierno y paraíso


Vivir aquí hubiera sido más fácil
si yo fuera tal vez otro hombre.
Si hubiera llegado aquí de repente
y no me uniera raíz alguna a la tierra,
si tuviera tan sólo con ella
esa suerte de amor no esperado
con que a veces nos ciñe muy fuerte
el corazón de algunos paisajes.
Quizás así no me hubieran dolido
esos lazos de cuna y de sangre
que en la piel como hiedra te crecen
y que terminan llevando por savia
todo el lodo de los pueblos pequeños.
Si así hubiera sido,
si sólo el azar me hubiera traído,
en la aldea me verían las gentes
como a un loco extranjero
que sin más motivo aparente
que el capricho de su brújula interna
se perdió por aquí ya hace tiempo
y aquí desea morirse de viejo.

Xuan Serandinas sabe que su mundo, por pequeño y familiar, contiene la paz de los claustros y los rumores de las contraventanas. Ha aprendido a apurar aquello que le procura dicha. Por contra, a lo que desde la sombra extiende el frío, trata de conjurarlo escribiendo. De eso van estos versos, que he intentado traducir sin que perdieran la música de su lengua original. En el correo que los contiene, mi amigo me recuerda el viejo adagio que yo también oí en casa algunas veces: pueblo pequeño, infierno grande (pero paraíso tamén, dou fe). Y lo que encierran los paréntesis es sólo de él, de Xuan, que no del desencantado dicho. La foto, de David Gorgojo.

jueves, junio 21, 2007

Remontando el Navia










Los días y el olvido
nos suturan muy por dentro,
restañan menudillos y memoria,
esparcen sol y sales
en medio de las muchas cicatrices.
Cauterio inútil que de nada sirve
al remontar el río,
las orillas que dimos por perdidas,
los nombres más hermosos
que nadie le haya puesto
jamás a unos lugares:
Porto, Miñagón, Villacondide;
Serandinas, Las Viñas y Torrente.
Labial cartografía de mi infancia
.

© Xuan Serandinas

Cuenta Xuan que cuando volvía a los lugares de su gente, donde habían nacido y crecido sus padres, donde estaba, pues, su propio origen, donde él mismo pasaba las vacaciones de verano, donde recuerda haber sido feliz, a donde siempre le llevaban ciertos olores que le son más gratos que cualquier perfume, por donde ahora vive en una envidiable paz, cuenta, digo, que en aquellos retornos, cuando el coche que lo llevaba enfilaba la carretera que partiendo de Navia sube el curso del río hacia Serandinas, su pueblo, algo difícilmente descriptible se le desleía por dentro, tenía el peso de un dolor casi grato, la consistencia de un fluído espeso y el poder de obligarlo de repente a escribir sobre las cosas. Eso dice y yo lo creo.

jueves, junio 07, 2007

Destregua

Llega de nuevo correo de Serandinas. Xuan comparte generoso lo que escribe. Le da la misma importancia a sus versos -la justa- que al saludo cordial que los acompaña. Son su manera de cartearse. Su manera de decir cómo se siente. A estos que ahora me envía les añade una breve introducción que dice así:

Llevo un par de días dándole vueltas a este poema. Podría titularse Destregua sino fuera porque no me gusta nada el palabro. De momento, y para recordar por qué se escribieron estos versos, queda apuntado ese feo título. Prometo buscarle alternativas -outros nomes-:

Esta amenaza tiene
el trazo exacto de una mala sombra.
Sentirla encima
es como envolverse en frío,
como perder de pronto
el ánimo por el combate
y hasta el gusto de sentirse alegre.

domingo, mayo 27, 2007

Xuan Serandinas (2)

Leo en EL CULTURAL una reseña de Francisco Díaz de Castro sobre el último libro de Joan Margarit, Casa de Misericordia. Según parece habla de la vejez, y lo hace, dice el crítico, “sin el sarcasmo de Gil de Biedma (“envejecer tiene su gracia”), sin concesiones a la sensiblería y desde una implacable lucidez”. Y se extraen algunos versos a modo de ejemplo: “Ser viejo es que la guerra ha terminado. / Es saber / dónde están los refugios, ahora inútiles”. Al leer estos apuntes, me viene al recuerdo un correo que hace un par de semanas me envío Xuan Serandinas. Ya traje aquí a este poeta amigo, aunque nada salvo su nombre y sus versos añadí sobre él. No dije, por ejemplo, que escribe en lo que se ha dado en llamar fala, el gallego en que hablan los asturianos de allende el río Navia. Que vive en la aldea que le da el apellido y que fue la de sus ancestros. Que allí se refugió hace años cuando la vida de la ciudad dejó de interesarle y convirtió una vieja posesión familiar en una casita de turismo rural. Que me manda sus poemas en ese habla de su gente y de su pueblo, un habla que me es a mí también familiar porque mis orígenes no están lejos de los suyos, pero que me pide que si doy a conocer esos versos en mi bitácora, lo haga en su traducción castellana, que no le gustaría granjearse lío alguno con quien defiende la pureza de un dialecto que el maneja con soltura pero, según confiesa, “de ougüido”. Y en este correo que me envía Xuan, incluye un poema que habla de la vejez y que, casualmente, lleva una referencia al verso de Biedma que queda citado más arriba. Se titula Final, lo encabeza con unas palabras de Coetzee y traído al castellano dice así:

Final

Envejecer no reviste ninguna elegancia.
Es mera cuestión de despejar la cubierta,
para que uno al menos pueda concentrarse
en hacer lo que han de hacer los viejos:
prepararse para morir.

J. M. Coetzee

De ningún modo creo
que se alcance gracia alguna en la vejez;
si acaso una cierta suerte de resignación plácida
cuando se achican a tiempo
las vías de agua abiertas
en los más oscuros pliegues de la piel.
Esa firme convicción negativa
me la alumbra el entusiasmo por la vida
que tengo y perderé
al ritmo deshojado de los años,
al paso entregado
con que amengua cualquier prisa
el final del todo. También el mío.

viernes, marzo 23, 2007

Um poema de Xuan Serandinas

Materia impresa

Sin todas estas palabras,
sin el trazo impreciso de lo que cuentan,
temo que de nuevo
se hundiría el suelo de los días,
que a través de las ventanas
que nunca cierran del todo
volaría vigoroso un viento
sobre el castillo de naipes,
que ni yo ni nada haría ya pie
y que muy por encima de mi cabeza,
a una altura casi cruel,
romperían las olas en espuma leve,
tan leve como la tierra que se desea para los muertos.

(Traído del asturiano en versión de JCD)