jueves, junio 17, 2021

Presentación de "Aire de lugar y gente"

Ayer miércoles, 16 de junio, a las 19:30, se presentó en la Antigua Escuela de Comercio de Gijón el poemario Aire de lugar y gente. Estuvieron a mi lado para la ocasión Nacho González y César Iglesias. Se completó el aforo restringido a que obligan aún las medidas pandémicas y fotografió lo ocurrido Alfredo Garay.

De lo que uno dijo, dejo ahora, un poco más abajo, transcripción. Pero antes quiero reiterar mi más sincera gratitud a cuantos nos disteis compañía y afecto.

"No puedo empezar de otra manera que dando las gracias por vuestra compañía a todos los que habéis venido; a Nacho y a César, por sus palabras; a TREA, por la oportunidad que me ha brindado de formar parte de tan reconocida colección de poesía; y a Gesto, por la organización de este encuentro, y muy especialmente a su presidenta, Arlé Corte, por la brega incansable y valiente que ha mantenido en estos tiempos de los que venimos.

Con Nacho ya sabéis que me une una amistad antigua, que, como él ha recordado, hemos estado juntos en muchas batallas, que me siento feliz cuando le va bien y que por eso deseo que le vaya bien muy a menudo.

A César le menciono expresamente en las páginas finales del libro, porque fue quien leyó el primer borrador del poemario, cuando lo escrito estaba muy por pulir; aun así, me animó a procurarle imprenta y esa confianza cuajó finalmente en libro. En su introducción de hoy, al modo en que acostumbra siempre en lo que reseña, no se ha limitado a parafrasear la lectura de mi libro, sino que ha trazado un discurso interpretativo y referencial, en el que no sólo me siento razonablemente identificado, sino muy generosamente mejorado.

Porque, en efecto, este libro podría enmarcarse en lo que se ha dado en llamar "literatura del sentimiento de la tierra". Y emparentarse con esa forma de decir que caracteriza, creo, a un grupo de poetas asturianos nacidos a finales de los años 50 y principios de los 60 del pasado siglo que reflejan en sus versos cierto desasosiego existencial y un compromiso más civil que político, conscientes de la fatiga poblacional y anímica que se respira en este ámbito geográfico y convencidos de que la poesía debe partir del oficio y trascender la anécdota. Que tienen, además, a mi juicio, cierta afinidad con esa sensibilidad que tan bien expresaron los autores del "segundu surdimientu", que dejaron constancia de la desposesión progresiva de una identidad aferrándose a una lengua que, de alguna manera, era la piedra angular sobre la que reconstruirse. Aire de lugar y gente, a su modo, también pretende una reconstrucción, pero de un espacio infinitamente más pequeño, casi íntimo. Una casa y una historia familiar. Con la diferencia de que no lo hace empleando la lengua de los que habitaron aquella casa, porque esa lengua se fue postergando durante el éxodo a la urbe de mi familia.

En todo caso, yo hoy, lo que quiero compartir con vosotros en esta presentación son algunas claves del proceso de escritura del poemario. Porque para quienes somos partidarios de apostillar con alguna aclaración la lectura de nuestros poemas, esa es la mejor forma de ratificar la utilidad final de lo que escribimos, ofreciendo orientaciones que ayuden al lector en la interpretación de lo que lee y logrando así, entiendo, una mejor comunicación final. 

Pues bien, este libro se comenzó a escribir tras el fallecimiento de mi padre, en enero de 2018. Reúno entonces una serie de pequeños textos y poemas que tienen que ver con su enfermedad y con el duelo que sigue a esa pérdida, y que se escriben muy contaminados emocionalmente, por lo que claramente pedían un periodo de reposo, una perspectiva temporal que permitiera su atemperamiento.  Ese paréntesis de reflexión me anima a proyectar un libro que vaya más allá de la elegía. Toda vez que las cenizas de mi padre fueron enterradas en el lugar de su nacimiento, de donde lo habían expulsado las penurias de la posguerra siendo un chaval, en el poemario que empieza a tomar forma intento reconstruir la historia de ese desarraigo, que, de alguna manera lo siento también propio, como un desarraigo legado.

Esa exploración del desarraigo, se convierte al mismo tiempo en la reconstrucción del lugar que al abandonarse lo provoca. Un lugar que está en la cuenca media del Navia, en la aldea de Armal. Allí estaba la casa familiar, hoy casi en ruinas. El poema inicial del libro, que es una suerte de poética específica para la ocasión, habla de reconstruir una casa, de encender el fuego de su hogar, de dotarla de una atmósfera que sea la que una vez la envolvió y de repoblarla con la memoria de quienes la habitaron. Ese es el aire de lugar y gente que da título al libro, y que refleja su propósito, remontar el río hasta recuperar la memoria de una familia que, como tantas otras, fue golpeada trágicamente por la guerra civil, desperdigada por la necesidad y que relegó en esa diáspora lengua y raíz.

         Aire de lugar y gente

Dibujar en la niebla,
como un niño,
con sus mismos trazos elementales,
        la forma de una casa.
        Y dibujar a su lado luego
la sombra de quien la habitó un día
        y la reconstruye ahora
llenando los vacíos de ese esbozo
con muros sólidos que fueron,
con ventanas abiertas hacia el río
y bajo el humo de una leña que arde 
y da noticia
de que la vida quizás ha vuelto.
        Y dibujar además un aire
        —si acaso el aire se dibuja—
        que sea el del lugar y el de su gente.

El libro se estructura en cinco partes o capítulos que trazan una trayectoria temporal e incluso espacial. Y digo capítulos porque hay una intención narrativa en su discurso. Hacia, la primera parte, es el viaje hacia el lugar donde nació y está enterrado mi padre, remontando el río Navia hasta su curso medio, hasta la casa de Torrente en la aldea de Armal, Boal. Un itinerario al que se le otorgan referencias topográficas y emocionales. Es una manera de darle la vuelta a la alegoría recurrente del río como vida que viaja hasta su final, hasta el mar. Aquí remontamos el río en busca del origen, de la vida inicial. 

Remontando el Navia

Siempre se cierran en falso las llagas 
que van dejando los días al paso,
siempre se cierran con una sutura tan frágil
que apenas vale de nada río arriba,
cuando me llevo de nuevo a la boca
los nombres quizás más hermosos
que nadie jamás le haya puesto
a las orillas de un mundo perdido:

Porto, Sabariz, Trelles y Sequeiro;
Vivedro, Serandinas y Las Viñas,
Los Mazos y en Armal, acantiladas,
la casa y la añoranza de Torrente.
Labial cartografía de mi infancia
en la que ahora duelo y voy nombrando
los puntos cardinales de una diáspora
obstinada en su saña de vacío. 

En esa reconstrucción del origen, hay una figura esencial: mi abuelo paterno. En la segunda parte, Flashback, persigo una doble intención: acercarme al contexto histórico en el que mi abuelo actúa, con más sombras que luces, como cabecilla republicano, siendo finalmente ajusticiado; e identificar en esa muerte el momento en que se gesta el desmembramiento familiar. Orfandad, miseria y estigmatización se ceban entonces con aquellos niños que se quedan sin el amparo de la figura paterna. No son sólo cuatro poemas, son cuatro poemas escritos después de rastrear en los Archivos de Salamanca la presumible verdad histórica de esa vida truncada por la guerra civil, que generó desarraigo y dejó en sus descendientes una mezcla de rabia contra los victimarios y de reproche hacia la propia víctima. Esos niños fueron también “niños de la guerra”, pero de un entorno rural, quizá más cainita que ninguno, en donde no recibieron el amparo que se les dio a aquellos otros “niños de la guerra” que sufrieron exilio y hubieron de recomponer su vida fuera de España, pero que tuvieron, al menos, acogidas que paliaron sus necesidades y facilitaron su formación. Por eso en este poema me refiero a estos otros “niños de la guerra” como a una especie de escoria celeste: tenían la inocencia de su edad y la mancha de una culpa heredada, lo que los llevó a sustituir la ayuda que no tuvieron, por el arrojo que se autoimpusieron.

Escoria celeste 

No los despidieron
con pañuelos en los muelles,
ni por tanto fueron nunca dioses expatriados
andando sobre el agua.
Nadie hubo en el andén cuando llegaron
para llevarlos de la mano
de nuevo a las escuelas.
Ni tan siquiera merecieron
el derecho en desliz de una añoranza
que les era en justicia también propia.

Como los restos errantes y escindidos
de un meteoro en el espacio;
como escoria celeste de una batalla cruenta,
ejercieron en el oficio humilde,
sirvieron en la casa del invicto y
guardaron dignidad 
aun en la penitencia 
de la culpa heredada.

Habían venido al mundo
para ser huérfanos de la derrota
en las aldeas más cainitas,
allí a donde ya no regresaron
sino para yacer,
al fin, sin desarraigo y muertos.

Llegados entonces al lugar, sabidas las circunstancias de esas infancias truncadas, se evocan recuerdos de cómo era cuando fui niño aquel pueblo campesino, de media montaña, donde vivían las abuelas y gran parte de la familia, donde pasábamos algunas semanas durante el año, principalmente en el verano, donde se ayudaba en la matanza, se asistía a las fiestas y donde uno intuía estaban sus verdaderas raíces. Estos textos conforman la parte titulada Lugar (y gente), y están, por tanto, impregnados de nostalgia o señardá, entendiendo por tal una sensación de hurto de las raíces ciertas, las que otorga la pertenencia a una cultura de costumbres atávicas y lengua propia, la de esa pequeña patria que fue la de mis ancestros, de donde mis padres, como tantos otros, impelidos por las penurias, hubieron de salir camino de la ciudad, de una ciudad de aluvión, de esas en las que se suele tener la impresión de vivir en un “no lugar”, sin raíces, porque las raíces son, sobre todo, un concepto telúrico, que precisa de un suelo nutricio, muy difícil de imaginar en el asfalto.

                    Raíces

Todo era distinto cuando en la casa había vida,
cuando los muros eran sólidos,
cuando sobre el tejado la pizarra brillaba
igual que un plumaje tupido.

El viento y la tormenta
no habían forzado entonces
ni puertas ni cristales,
no habían expoliado aún
aquel universo íntimo y aislado.

En sus cuencas vacías
que antes fueron ventanas,
en la cuadra sin bestias,
en la hierba sin siega,
en el árbol sin poda,
en las fuentes sin sed,
en la tierra sin fruto,
en el río sin puente,
en los perros sin amo,
en la senda sin huella,
en el silencio sin voces,
sin risas, ni quejas, ni lloros,
sin blasfemias ni rezos.

En ese ingrávido vacío
que amputó el aliento de lo que fue todo un mundo,
se mueven como larvas ciegas
las raíces de cuanto extraño en la distancia
por más que nunca hubiera sido mío.
 

Allí está la raíz, allí estaba la gente que nos dio a la vida. Como mi abuela materna, a la que se recuerda en dos poemas, Las palomas y Lareira. O como mi tío Andrés, al que recuerdo en Ciruelas amarillas. Allí estaba el descubrimiento por un niño de ciudad de las noches en la aldea, cuyo silencio estaba lleno de ruidos misteriosos, a veces casi sobrecogedores, ruidos y sensaciones que trato de detallar en Bajo el revés de la luz y Noche. Allí estaban los lavaderos o las verbenas de verano. Allí, ahora, en cambio, la ruina de muchos hogares, y la diáspora de demasiada gente.

El libro, que pudiera parecer  en primera instancia un libro elegiaco, que como muchos otros llora o reflexiona sobre la muerte del padre, no se ciñe a ese único propósito. Es cierto que esa pérdida lo inspira siguiendo el machadiano “se canta lo que se pierde”. Pero, sin embargo, es un libro que no plantea, como otros libros que recuerdan la figura del padre, un escenario de conflicto entre hijo y progenitor. No hablo de un padre con atributos literarios, y por tales entiendo fuertes rasgos de carácter o biografía singular que a su muerte provoquen resentimientos o ajustes de cuentas que se sustancien en un diario kafkiano de afrentas; o de un padre con una biografía ejemplar que dé pie a un panegírico al modo Faciolince. Hablo de un padre bastante corriente, como la mayoría de los padres, que deja al marchar un vacío y provoca ciertas interrogantes a poco que se medite sobre la vida que tuvo antes de nuestra propia existencia, pero que condicionó decisivamente lo que somos. En el caso de este padre “no literario”, su vida se vio afectada de modo determinante, igual que muchas otras, por la guerra civil y por el éxodo que la miseria sobrevenida trajo aquella. Y eso, por derivarse en un extrañamiento del origen y una hipersentimentalidad hacia la tierra hurtada, fragua un poemario que va más allá de la elegía personalizada.

De mi padre, de su vida, de su enfermedad y de su muerte, se habla en René, mon pére, cuarta parte, constituida por los primeros poemas que escribí para el libro, cuando aún no sabía que iba a ser un libro, y que luego acompañé de un contexto geográfico y de una historia familiar. De esta parte, por ser la más íntima y, por tanto, quizás la menos propicia para una lectura pública, siempre que uno se tenga por prudente, leeré, por ello, uno de los poemas más “neutrales”:

                    Congoja

Eso a lo que llaman congoja
y aviva los manantiales del alma,
y nos abotona el pecho entero
como una prenda escasa y en desuso.

Las fotos que nos tomaron cuando éramos dioses
y a pesar de que no lo sabíamos,
actuábamos como inmortales.

Las fotos crueles que nos dan noticia
de que la vida fue posible también sin miedo,
de que alguien nos sostuvo en sus brazos
cuando esos brazos eran fuertes.

Eso a lo que llaman congoja
y tiene la misma forma dentada
que los blancos paspartús
de las fotos antiguas.

El libro se cierra con un parte final algo más luminosa, Después, centrada en la figura del hijo, en la continuidad, por tanto, de la vida. Me preguntaban hace unos días si esa conclusión más celebrativa intentaba ofrecer una imagen de la literatura como proceso curativo. Quizás. Pero no de una manera chamánica, sino a través de un proceso indagador. Ahondamos en nuestras obsesiones, nos interrogamos por el dolor que generan ciertas pérdidas, por la conmoción ante circunstancias sociales o históricas; pero celebramos igualmente la alegría de la luz, de la amistad o del amor, y al celebrarla nos esforzamos también en identificar cómo y por qué reaccionamos a ese impulso con la necesidad de, por ejemplo, escribir unos versos. Por eso creo que la literatura no sana o consuela por sí misma, sino por el modo inquisitivo en que llegamos a ella. La parte final del libro cierra de modo esperanzado pero realista el trayecto que nos condujo desde nuestros orígenes, en un pequeño pueblo de media montaña en el occidente asturiano, hasta el hijo que continúa nuestra vida y que le da parte de su sentido. Un hijo, no obstante, que como tantos otros ha tenido que irse a trabajar lejos, poniéndole así punto y seguido al desarraigo y pasando a formar parte del despoblamiento que padecemos."

                   Teoría de la trascendencia

En los primeros días del verano, 
con el cielo limpio y la mar en calma,
vuela sobre la playa de Porcía
la estela interminable de un avión.
A una distancia de más de veinte años
y mil millas marinas,
quizás mi hijo siga con la mirada
la fuga de ese vuelo 
que atraviesa las barreras
del tiempo y del espacio.
Puede incluso que ese cometa 
haya proyectado también
el rastro fugaz de su sombra
sobre la hierba alimentada
con las cenizas de mi padre.
Luce el sol y me colma el pecho
la certidumbre de que en los ojos de los hombres
se custodia,
con el sigilo de los secretos,
la persistencia de la vida.











viernes, mayo 21, 2021

Álvaro Valverde reseña Aire de lugar y gente


La casa de mi padre


José Carlos Díaz 
(Gijón, 1962) licenciado en Filología Hispánica por la Universidad de Oviedo, fundó en 1984, junto a Juan Ignacio (Nacho) González, el Grupo Poético Cálamo y formó parte del equipo de los cuadernos Heracles y Nosotros. Desde 2006, mantiene el blog Los Diarios de Rayuela.

Es autor de los libros de poesía Velar la arena (1986), La ciudad y las islas (1992), Contra la oscuridad (con el citado Juan Ignacio González, 2004), Convalecencia en Remior (2015) y Cantata de los días tasados (2017, Premio Ramón de Campoamor). Como narrador, ha publicado las novelas Letras canallas (Premio Ciudad de Noega), Aunque Blanche no me acompañe (Premio Salvador Aguilar) y Vísperas de nada (Premio Castillo Puche).

Su última entrega poética, Aire de lugar y genteve la luz en una editorial –gijonesa, como él– visible y bien distribuida. Forma parte del catálogo de una colección acreditada.

En un “apunte al margen” (a modo de nota final), Díaz afirma: “El despojo alentó este libro. No de otra manera se siente la muerte”. La del padre, en este caso, muerto a principios de 2018. Estos poemas, confiesa, “fueron una manera prolongada de duelo”.

El libro tiene una trama narrativa. O, como se dice tanto ahora, incluye un relato. El de un hijo que va a enterrar las cenizas de su padre al lado de la casa donde éste nació. Allí, dos infancias se encuentran. Y otras circunstancias familiares.

La casa aparece en la cubierta. Está en Villanova (Boal). Todo es concreto aquí. O real. Aunque es una fotografía, parece un cuadro de Miguel Galano (al se cita dos veces en estas páginas), una de esas casas que “pinta a menudo diluidas en la niebla”.

La obra se abre con un poema titulado como el libro que va precedido de una cita de Ángel Campos Pámpano (de aires hernandianos): “Volver a casa / por los altos andamios / de la memoria, / y respirar su aire / de infancia humedecido”. Leemos: “Dibujar en la niebla / (…) / la forma de una casa”. Y “la sombra de quien la habitó un día”, que “da noticia / de que la vida quizás ha vuelto”. “Y dibujar además un aire / (…) / que sea el del lugar y el de su gente”.

Por seguir con ese orden narrativo a que aludía, en “Hacia” se agrupa una serie de poemas que tienen al río como protagonista. Ya nos advierte Díaz en el “apunte” que evoca “Un lugar al que se llega remontando un río. Como siempre se llega a la memoria”. No es el Tajo del famoso poema de Caeiro/Pessoa, “el río que corre por mi pueblo” (versos que copia Díaz como epígrafe), sino el Navia. Ahí, “la labial cartografía de mi infancia / en la que ahora duelo”.

El tono, desde el principio, es melancólico. Por el motivo del viaje (y lo que este conlleva) y porque, como señala César Iglesias en la contracubierta (quien “me persuadiese de procurarle imprenta”, anota el autor), la suya es “una sentimentalidad de la herida, a la manera del «bem que se padece e mal de que se gosta» de Manuel de Melo. Sentimentalidad con nombre propio en la lengua asturleonesa, el idioma de sus mayores: «la señardá», el decir emocional que el autor comparte con otros creadores, todos pobladores de la geografía afectiva del noroeste ibérico y otros parajes artúricos”. Se lee a las claras en “Islas” o en “La renuncia”: “Así era la vida”.

La segunda parte es “Flashback”. En una cita de Menéndez Salmón (otro gijonés), se insta a “aceptar que pavor y fiereza no tienen patria y que anida en todos los corazones por igual”.
Porque la memoria es caprichosa, “quizás nada de lo que cuente sea exacto”, escribe en “A modo de venganza” (abundan, por cierto, los “quizás” en este libro), donde se refiere al “pasado de los míos”. Más explícito es aún en “La mentira”, que empieza: “Toda familia se defiende / con mentiras urdidas / en el rencor o por vergüenza”. También la suya, “una carta olvidada / en el cajón de ese enser en desuso”. Los abuelos, los padres... La muerte. Y la guerra, el odio y el silencio. “Nuestra mentira fue / proclamar que nos fluye / por las venas coraje, / a la vez que rumiamos, / en silencio y por dentro, / el ácimo pan del reproche”.

“Causa general” lleva una cita de Chaves Nogales que termina: “Es el miedo el que da la medida de la crueldad”. El poema concluye: “Hubo que desterrarse / para empezar  desde la nada y el despojo. / Sin padre, sin tierra, sin lengua. // Al escribir siempre se exhuman / los huesos que nos yacen bajo olvido”.
“Lugar (y gente)” se titula la tercera parte. “El lugar”, precisamente, se titula el poema inicial, inspirado en un cuadro de Galano. Casas, aldeas, “los aislados”.

En “Nada tengo”: “Nada tengo allí”, “Nada me queda allí”, “Nada me espera allí”.

“La nostalgia es una suerte menor del miedo”, dijo Sergio del Molino y a partir de esas palabras Díaz construye un poema logrado: “Interpretación de la nostalgia”.

“Raíces” es otro poema importante en la estructura del volumen; unitario, ya se dijo, donde cada pieza obra a favor del relato autobiográfico que pretende transmitirse. Leemos: “Todo era distinto cuando en la casa había vida”. Y en “Abandono”: “La hierba ha ido borrando / el sendero que subía hasta la casa”.
En “Lavadero”, la ropa y las mujeres. Al frente, un verso de María Victoria Atencia: “Públicamente expongo al agua mis razones”. En “La noche”, el miedo. En “Lareira”: “Así era la brega de los días”. Cuánta penuria. Salvo “en los días dorados de luz”.

En “Nolugar” leemos: “En toda demolición se expía / un rastro edificado de soberbia”.

Road movie” habla de la imaginación. El precioso “Ciruelas amarillas”, de la vida de Andrés García Bermúdez, que prefería los árboles a las ruinas de la mina de wolframio.

 “Y leerás a la luz del sol entonces” dice en “Primavera”. “Esa perplejidad era el paisaje”, afirma en “Las manos”.

“El árbol” es un emotivo poema que habla de raíces y cenizas, y de un cedro que desafía a la intemperie. Como el que “crece y habla” en la página siguiente.

“René, mon père”, la cuarta parte de Aire de lugar y gente, es tan extensa como la anterior (las dos más sustanciosas del libro) y con varios poemas en prosa.

No vamos a descubrir ahora la importancia que el tema de la muerte del padre ha tenido y tiene en la literatura, aunque no todos los poetas que lo han abordado estuvieran a la altura del reto. Podría citar ejemplos cercanos, pero prefiero callarme.

Sí, el padre de Díaz tenía ese nombre “afrancesado”. En “Recuerdo” dice: “El olvido es una renuncia / que vuelve la vida fácil”.

Estamos ante un conjunto de gran transparencia, tanto en lo formal (esta es una poesía de “línea clara”) como, digamos, en su materia. Dan cuenta del baño de los sábados, de los mareantes viajes al pueblo por carreteras secundarias, del tráiler que conducía René, de las películas caseras, de las fiestas y las bodas… Y de las fotos antiguas: “Las fotos que nos tomaron cuando éramos dioses / y a pesar de que no lo sabíamos, / actuábamos como inmortales”. “Las fotos crueles que nos dan noticia / de que la vida fue posible también sin miedo”. También de la enfermedad, la “lenta despedida”, la incineración y las cenizas…

“Viviremos por un tiempo en la herida”, leemos, un verso que tiene relación con otro de Joan Margarit: “una herida es también un lugar donde vivir”.

Como buen gijonés, René siempre quiso “volver a Benidorm”, como relata en uno de los poemas más gratos del conjunto. Todo lo contrario que “Rendición”, donde se expresa una áspera verdad: “Y si no hay consuelo / a este trance indigno, / ¿por qué debe lucharse?”. “También su padecimiento fue dócil”. “Para qué luchar cuando de nada sirve”.

Es en estos poemas centrales donde encontramos nítidamente la sencillez y la humildad con la que este libro está concebido. Donde mejor alienta su pequeña verdad. Una verdad transferible que cualquier lector puede hacer suya. El dolor del que trata es, por desgracia, un sentimiento universal.

“Después”, la última sección, es una respuesta a la desolación, a esas preguntas retóricas que cada cual sabrá (o podrá) responder a su modo. Por la risa del hijo.

“Derrabe a cielo abierto” es otro poema clave: “La vida en marcha, / y la muerte inmóvil”.

“La luz juntos” un perfecto broche que afianzará en el lector el poso amargo de esta travesía hacia el pasado, río arriba, hacia la casa del padre, donde uno, como en la vieja canción de José Antonio Labordeta, también ha regresado. 

NOTA: Esta reseña se ha publicado en la revista EL CUADERNO. 

sábado, abril 24, 2021

Nunca se equivocan

"Nunca he votado al PP y me cuesta, pero esta vez será Díaz Ayuso."
Fernando Savater 

NUNCA SE EQUIVOCAN
 
En aquella hoy denostada transición, ellos eran los más reacios al tránsito reformista que se emprendió desde la autarquía a la democracia. Jóvenes persuadidos de su verdad defendían entonces sin pestañear el centralismo democrático, la lucha armada o la revolución cultural. A su lado, algunos andábamos entonces, más o menos como ahora, sólo seguros de nuestras dudas, pero convencidos, al menos, de que ni los pocos años que teníamos por aquellos finales de los setenta eran disculpa para militar en los grupúsculos prochinos, proalbaneses o utópicotrotskistas. Deseábamos, más bien y casi clandestinamente (no era lo que entonces se llevaba y éramos mal vistos por ello) lo mismo que proponían para sus ciudadanos las socialdemocracias del norte europeo. Desde entonces hasta hoy, muchos de aquellos íntegros militantes de la pureza leninista, maoísta o estalinista, fueron cayéndose con mayor o menor daño del caballo que los llevaba a Damasco. La convalecencia de esas costaladas les fue otorgando la gracia del arrepentimiento, que, como toda conversión magnifica la culpa de la que se viene (“pronto irás por ahí como el converso y el predicador: reprendiendo a la gente por los pecados de los que tú ya te has cansado”, decía Oscar Wilde) e idealiza la nueva religión que se abraza (“el entusiasmo de un converso hacia su nueva religión, es mayor que el de la persona que nació en esa fe”, Mahatma Gandhi). Pasaron entonces de puntillas por Amnistía Internacional o el ecologismo, advirtiendo que ni aquel compromiso mucho más cívico que político depuraba su mala conciencia (ya lo decía Szymborska, “Nada más animal / que una conciencia limpia…”).  Hay quien le puso entonces a su militancia, aún progresista, una etiqueta previa que conjuraba cualquier culpa por mantenerse aun en el internacionalismo laborista: ¿recuerdan aquello de Democracia Socialista? Pero finalmente les llegó el tiempo de la revelación, de la mano de quien había ejercido la conversión (sibilina, pero conversión) desde la izquierda vasca pactista con el nacionalismo al españolismo amagentado: Rosa Díez y su cohorte de nuevos convencidos/convertidos a la causa, quien de aspirante a la Secretaría General del PSOE, pasó a azote de todo lo que viniese del que fuera su partido durante muchos años. De socialdemócrata a pupila de la Escuela de Chicago. De obediente eurodiputada a intransigente lideresa de los suyos. Y con ella, aleccionándonos como cuando eran jóvenes abanderados de las revolucione pendientes, los intelectuales del nuevo centro político patrio (¿hace falta nombrarlos?), esgrimiendo siempre el argumento definitivo que entonces justificaba las purgas maoístas y ahora la inconsistencia intelectual de todo adversario. Y cuando a aquella aspirante a la Moncloa, empeñada en reñir más que en convencer (¡qué insoportables resultan los políticos que se consideran moralmente avalados para reprendernos desde sus púlpitos como sacerdotes de postguerra!) se le fue apagando el aura y vino a sustituirla, para otorgarle al proyecto apariencia joven —aunque sobradamente preparado—, discurso de hermandad universitaria y bendiciones del IBEX 35, un ambicioso Rivera, los mismos que habían formado prietas las filas de la Juana de Arco sodupetarra, bendijeron al Macron hispano, incluso cuando se fue a Colón de parranda con las nuevas hornadas de requetés. Para eso también hubo argumentos de peso, superioridad moral más que suficiente y andamiaje intelectual para dar y tomar, que quien tuvo, retuvo, y la razón no se pierde por más que nos hayamos teletransportado desde la cheka al tribunal de la Santa Inquisición. Pero qué razón tenía Rosa Díez cuando nos reñía, cuando era incapaz, por nuestra mala cabeza (que decía José Agustín Goytisolo), de sumar votos bastantes para adecentar España. Así le fue a su espídico sustituto.  Menos mal que para entonces había en la hornacina una nueva imagen, Santa Cayetana de Oxford, patrona de los Libres e Iguales, sin sangre contaminada en extraviada juventud, ni remordimiento por ello ninguno. Que, contra la perniciosa costumbre de humildad de la que suelen hacer gala los santificados cristianos, se nos muestra altiva e incorrupta, docta e implacable, señalando así el camino a los suyos: desde el pedestal de nuestro orgullo, os castigaremos, pobre populacho ignorante, con el látigo de nuestra indiferencia. Esta es la suerte de bondage a la que parece ahora haberse aficionado la intelectualidad conversa. La que siempre ha militado en la verdad, esa verdad líquida (Bauman dixit) en la que llevan navegando toda su vida, apostados en la proa con pose aristocrático y mando de elegido, por más que a veces timonee la nave una Ayuso cualquiera, a la que, aunque le canten el calado que mide la sondaleza, atracará donde y a quien quiera. Seguro que la desgracia será culpa de quien no dragó el puerto: un funcionario maniatado por el estado intervencionista social-comunista (¡ay aquellos pecados de juventud!).

JCD
 
 

sábado, abril 17, 2021

Aire de lugar y gente

 A punto de llegar a las librerías Aire de lugar y gente
Un poemario que en sus páginas finales lleva el siguiente:

Apunte al margen y agradecimiento

El despojo alentó este libro. No de otra manera se siente la muerte. Mi padre falleció en enero de 2018. Los poemas a él dedicados fueron una manera prolongada de duelo. Enterrar sus cenizas allí donde había nacido me ayudó a reflexionar sobre el desarraigo de una vida que quise reconstruir levantando de nuevo los muros derruidos de la casa que fue su infancia. Un lugar al que se llega remontando un río. Como siempre se llega a la memoria. Agradezco muy sinceramente que la generosa lectura que César Iglesias hizo del primer borrador de este libro me persuadiese de procurarle imprenta.

Un poemario que empieza a escribirse desde este poema inicial:

Aire de lugar y gente

Dibujar en la niebla,
como un niño,
con sus mismos trazos elementales,
la forma de una casa.
Y dibujar a su lado luego
la sombra de quien la habitó un día
y la reconstruye ahora
llenando los vacíos de ese esbozo
con muros sólidos que fueron,
con ventanas abiertas hacia el río
y bajo el humo de una leña que arde
y da noticia
de que la vida quizás ha vuelto.
Y dibujar además un aire
—si acaso el aire se dibuja—
que sea el del lugar y el de su gente.

lunes, diciembre 14, 2020

Protesta y alabanza, de José Luis Argüelles

La espléndida portada diseñada por Marina Lobo en la editorial Impronta para el nuevo libro de José Luis Argüelles (Mieres, 1960), Protesta y alabanza, se inspira en El hombre que camina, conocida escultura de Giacometti en la que una escueta figura avanza inclinándose hacia delante, revelando obstinación en medio del vacío y de la angustia que atenaza la existencia. Ese personaje se describe en el tercero de los poemas de libro, Soneto del hombre que camina, desde la admiración hacia quien demuestra arrojo en sus pasos, hacia quien sabe de la necesidad de apurar el instante. 

Pertenecen esos versos a la primera de las cuatro partes en las que se divide el libro, al que da comienzo una suerte de poética titulada Camarada gorrión, que toma al pardal como ejemplo de canto sin adorno, resistente a la noche, frágil, ubicuo y aplicado al instante —nuevamente el instante—, tan parecido a la luz que llega y pasa, que hace daño, pero es hermosa.  Ese reconocimiento de lo que brilla y debe gozarse quizás sea el que aliente los diversos homenajes que esa parte primera del poemario rinde a Chillida, al propio Giacometti, Cernuda, Ory, Antonio Machado, Omar Al-Jayyam, Walt Whitman, Lorca o Hierro. 

Viene luego un examen de conciencia laico. No otra cosa es la segunda parte del libro, donde son recurrentes: el desconcierto -que ya dio título a la anterior obra de Argüelles-; la noche inhóspita, que se bebe a solas; la amargura de la pérdida; las sombras, la niebla y la ceniza; la vejez impuesta. Nada resume mejor el tono de este capítulo que el Soneto del soy: “Esto soy, lo que nunca quise ser (…) / Y mis vidas interrumpidas llaman / como los ángeles abandonados”.  Hermosa y desolada composición que es como una elegía inversa, se canta la pérdida de lo que nunca se llegó a ser: el fruto perdido, la vida malograda, el hospedaje dado al “inquilino turbio” que habita los días del poeta -Canción del que siempre regresa-. Pero, aun siendo tan lacerante esa reflexión cursada cuando se tiene una edad en la que nos descubrimos una “manchada piel de viejo”, se mantiene, al menos, el propósito de, si llega la hora, despedirse de cuanto se amó y fue justificación de existencia, y despedirse además sin reproches ni torpeza de los días plenos y de su reverso ácimo. Y hasta se extiende, con el ultimo poema de la serie, Para mirar este día, un leve puente de ilusión sobre lo que aún puede contabilizar nuestro haber: amistad, literatura o paisaje cómplice. 

Llegamos así a una tercera estación donde el amor restaña las heridas de la pandemia. Porque de repente, en medio de los días mellados, de los días del daño, se canta el claro amor sin dudas o el gesto que ciñe la esperanza. Viene teniendo este asidero una continuidad en la obra de Argüelles, en Gran desconcierto se escribía: “¿Cómo soportar la vejez / sin un poco de amor / o algo de gloria?”.  A ese amor, y así se expresa en otro excelente poema: Preguntas, respuestas, se acude como al instante, sin interrogantes ni réplicas, convirtiendo cada encuentro en una epifanía que debe concluir siempre con una pequeña y dulce muerte. Los labios del amor se ofrecen frente a la insatisfacción y sus sombras, contra la infección de las noticias. Los labios nos salvan de esa pasada primavera de muertos recientes. El amor cierto se vuelve así tan tangible y hospitalario como un árbol o una casa. Qué memoria quedará de nosotros sino la ese amor desnudo, se llega a afirmar en Casi ahora. 

El Amanecer, que se describe como un “nuevo asombro” ante “Los seres y las cosas / que vuelven de la noche / y, en su respiración, / son materia de luz”, alumbra la serie última de poemas. La vida a la que nos despierta ese albor se nos presenta como una oportunidad de aventura, “siempre / asombro y lucha”. Se reincide así en el término “asombro”, que uno entiende en su acepción admirativa, como rastro de cuanto se aprehende y se celebra, igual que hace el malvís rescatando la sonoridad del día en el acecho de la sombra al anochecer. El propio título del libro, tomado de Sophia de Mello Breyner, Protesta y alabanza, resalta esa dicotomía que de alguna manera vertebra el discurso poético. Nos llega la queja educada en la mocedad mierense desde las galerías y en la solidaridad (aquí, el poema Granada-Mieres 1970 alude a una ciudad en la que se repite el crimen que en la guerra civil mató al poeta y en los años setenta a tres humildes obreros en lucha). También la queja con que se duele la propia vida resignada: “ama tu tristeza”, decía Machado y ello se recuerda en unos versos muy al principio. Y la melancolía ante la ceniza de ese paisaje que es la patria, muy al modo en que la describió José Emilio Pacheco, con una enumeración de los afectos que custodia la memoria, de la palabra y del suelo que nos guardó huella. Queja, sí, pero también alegría y gratitud por “la común propiedad / que los pájaros cantan / y la encina celebra”.  La proporción incluso del propio poemario, sus partes, tratan a duras penas de equilibrar la protesta más manifiesta (hacia el paso del tiempo, las oportunidades perdidas, las injusticias eternas) y el quizás menos firme asombro celebrativo de la obra ejemplar de algunos hombres, del amanecer sin mácula de los días, del amor, la luz y el instante.

Mención aparte merece el poema El odio a la poesía, penúltimo y el más extenso de todos los incluidos por José Luis Argüelles en esta obra.  Una declaración sin ambages de la utilidad del oficio a propósito del ensayo (que da título al poema citado) en el que Ben Lerner trata de comprender por qué la poesía ha sido a lo largo de los años un arte denunciado, maltratado; por qué confesarse poeta sugiere tan a menudo ante los demás anacronismo o sensibilidad malsana. En Gran desconcierto, se ofrecía también una reflexión sobre el género con ocasión de una entrevista a Zagajewski. Entonces el argumentario de la defensa tomaba prestado el fervor de Rilke, la pretensión por Keats de identificar verdad y belleza, y la conciencia atormentada de Celan. Razones demasiado graves para una sociedad líquida donde la “poesía no está de moda. Paciencia”, concluía el autor de En la belleza ajena. José Luis Argüelles entiende ahora, en su nuevo libro, que la verdad revelada por el verso, “todo aquello que importa de verdad, / llega de pronto y nos guarece / del sin sentido, / de sus grietas cotidianas”. Que las definiciones, tantas, son cosa de taxidermia preceptiva, y que “en realidad, / tan sólo cuenta la emoción, / esas ascuas del tiempo / cuando conceden un idioma / el vuelo y sus respiraciones”.  El poema es, por tanto, en el recuento que se intenta: sueño, música, asidero, recuerdo, emoción, aliento sobrevenido, conjuro contra el daño y el desconcierto, exacto nombre de las cosas, latido. Por eso, “la poesía no es un asunto urgente, / pero hace tanta falta”.  Y aunque recurrir a la reflexión sobre estos asuntos mientras se urde el verso ofrezca al lector claves interpretativas que arrojan luz sobre el resto de lo que el poeta incluye en la entrega, la mejor defensa de lo que se hace tiene que ver siempre con la honestidad de su ejercicio, con el conocimiento de las posibilidades que ofrece la poesía como canon literario irreconciliable con cualquier adanismo, con el rigor que se le debe a la forma y al fondo de cuanto se escribe. Protesta y alabanza cumple de sobra con esa pretensión de oficio y verdad.

 José Carlos Díaz

 

 

miércoles, septiembre 30, 2020

La pleamar de un poeta amigo

 


La pleamar de un poeta amigo

 

Los dioses tutelares cobran a veces forma humana. Y, si hay suerte, hasta habitan benéficamente pedazos de nuestras vidas. En la vida  de Juan Ignacio González, la empresa generosa de un hombre bueno (quizás una de esas deidades favorecedoras) ayudó pronto a que sus inquietudes literarias se encauzaran a través de un grupo poético y de una sociedad cultural. Juan Garay, que presidió Gesto durante más de treinta años, tuvo la feliz idea de reunir, allá por el año 1982, a las voces más jóvenes de la poesía gijonesa en unos recitales celebrados en la vieja Cátedra de Extensión Universitaria de la calle Begoña. Allí se reunieron unas cuantas trayectorias inaugurales y unos pocos escritores veteranos. Fruto de la iniciativa surgió el Grupo Literario Cálamo, la revista que con el mismo nombre se publicó durante unos pocos números, un premio de poesía erótica, los encuentros Cálamo/Gesto y la colección literaria que publicó fundamentalmente a los autores premiados con ese galardón, pero que también editó, al mismo tiempo, algunos otros poemarios.

 

Y fue precisamente el libro Otros labios acaso, de Juan Ignacio González, el primer cuaderno impreso por Cálamo/Gesto. Corría el año 1985 y era, también, la primera publicación de un autor nacido en Mieres en 1960, que había vivido la emigración con sus padres en Bruselas y que, una vez regresado a su tierra, residía en Gijón desde 1971. Un libro, así pues, de un joven de 25 años, que buscaba su propia voz y que, entretanto, se dejaba tentar por la belleza culturalista de autores como José María Álvarez, Luis Antonio de Villena o Antonio Colinas. Sus versos eran fundamentalmente sensoriales, de amor carnal y noches de exceso; pero ya en ellos, entre otros indicios de lo que iba a ser su poesía, Nacho González ensayaba el monólogo dramático, al que luego recurriría a menudo y con verdadera pericia en otros libros, siguiendo la estela de quienes la practicaron en España a partir sobre todo de la segunda mitad del siglo XX, y que, a su vez, lo habían descubierto en el posromanticismo inglés: se tomaba un personaje de la cultura o de la historia, para que asumiese y transmitiera en primera persona las emociones que el escritor deseaba expresar. En ese primer poemario de Juan Ignacio González los personajes elegidos fueron John Milton, Rimbaud, Leopardi, Gauguin, Casanova, Chopin, Boticcelli, Toulouse Lautrec o Lorca. Vendrían luego muchos más.

 

Aquella línea de poesía sobre todo suntuosa se mantuvo igualmente en Velar la arena, un libro colectivo del grupo Cálamo, editado también por Gesto, en el que Nacho González colaboró con una serie de poemas que nos ponían en la pista de otra de sus influencias creativas: el ascendiente grecolatino. En Instrucciones para una larga ausencia, su aportación a aquella obra colectiva, asumía la voz de un Desconocido muerto de la Ilíada, ponía voz a la Despedida de Ulises, letras a la carta de un orfebre que tenía su taller junto a Santa Sofía, apuntaba un episodio de la Crónica Troyana, describía cómo aguardaba Petronio la ira de Nerón o en qué entretenía sus últimos días Homero en Ios: “Ciertas tardes / acude el sol lejano hasta mi túnica / me calienta los miembros / y oigo risas de niños / por el puerto. Es todo lo que pido”.

 

Su tercera publicación consistió en la primorosa edición —compartida con quien esto escribe—, de dos plaquettes contenidas en una cajita de cartón lacrado a la que nombramos Contra las oscuridad.  La mitad de Juan Ignacio González llevaba a su vez por título El cuaderno de la ceniza, y en ella se anunciaban asuntos, sociales y de memoria personal, que luego, poco a poco, empezarían a cobrar mayor protagonismo en su discurso literario. La impresión de este volumen se incluyó en una colección denominada Cuadernos del Bandolero, auspìciada por la modesta pero muy generosa empresa editorial puesta en marcha en paralelo a su labor creativa por el propio autor.

Ya en Editorial Norte, y también en un libro escrito con la complicidad de otro amigo, en este caso Javier García Cellino, La vieja música,  publicó Nacho Cuaderno de aves para un príncipe. Era el año 2004, y desde hacía ocho había llegado a la vida del autor un príncipe heredero al que le dedicó entonces este poemario. Contenía también este volumen un bello homenaje a Cernuda, con dos poemas en los que encarnaba su voz desterrada. Y había igualmente en su contenido versos influenciados por otro de los mundos emocionales, el arábigo andalusí, que siempre ha cautivado al autor.

Desde entonces y casi durante una década, Nacho González dejó de publicar. Lo que no significaba que no siguiese escribiendo con letra menuda en los cuadernos de los que siempre se ha acompañado, sobre en todo en sus viajes de tren a Madrid, tan frecuentes  por la actividad política a la que en el ámbito de la izquierda ecologista le ha dedicado una infatigable brega en su vida. Ese ocasional pero largo silencio, de lecturas y ejercicio sin imprenta del oficio, le permitió apropiarse, definitivamente, de una voz personal, reconocible, ya constante en toda su obra posterior, que le ha permitido en los últimos años no sólo publicar con más constancia, sino también con mayor seguridad y el creciente favor de muchos lectores.

Llegó así en 2013 El cuaderno de la ceniza, incluido en una segunda época de la colección Heracles y Nosotros, que el propio Juan Ignacio González había puesto en marcha a finales de la década de los ochenta y en la que se publicaron, en su primera etapa, nueve plaquettes de autores como Jaime Priede, Aurelio González Ovies o Jordi Doce. El cuaderno de la ceniza era un libro de madurez, que mantenía la marca de la casa, ese ritmo preciso, musical, con que dice sus versos Nacho González. Persistían en él algunas de las referencias culturales que siempre lo han acompañado, como su devoción por la poesía neohelénica de postguerra, de Odiseas Elitis Yorgos Seferis o Yannis Ritsos, o la incursión en la metapoesía con unos versos que llevan por título Ella, maldita sea, y que abrieron la puerta a lo que vendría en sus libros siguientes, con los que se propuso “besar los sepulcros de los antepasados” —en su doble vertiente, familia y maestros— y ensalzar a los que vieron cómo se quemaban sus banderas y se arrasaban sus himnos —compromiso ético—.

Cuando enero fue pasto de las llamas  (Editorial La Cruz de Grado), de 2015, lo puso en contacto con César García, que le editaría posteriormente dos poemarios más ya en Bajamar, y con quien ahora inaugura, a través de esta recopilación que prologamos, un nuevo reto en el sello, dar a conocer la obra completa de algunos de los autores señeros del mismo. Es quizá Cuando enero fue pasto de las llamas  uno de los libros capitales en la trayectoria de Juan Ignacio González. Por la musculatura de su formato, por su tirada y por la repercusión del mismo, dado que sus presentaciones, lecturas y ventas lo acercaron a un público que ha ido creciendo desde entonces en número y fidelidad. Y es un libro, además, donde la propia biografía se convierte en argumento no sólo de memoria personal, sino de estigma de clase, la de los humildes que, a pesar de sus penurias, mantienen la dignidad de una conducta noble y combatiente: “amar, ser fiel al tiempo,/ hacer de la memoria la espuma de la vida./ no claudicar jamás a la barbarie,/ ser cauterio en la herida del dolor de los otros,/ recoger en las calles la semilla del duelo/ y sembrarla en los campos de honor,/ arriar cada mañana en la bandera del miedo,/ no temer, y ser libres”. Esa semilla del duelo, de la que hablan los versos extractados, prendió en uno de los poemas más leídos y difundido de Nacho González en estos años, Lampedusa o jamás, incluido también aquí y que ha servido decenas de veces para poner voz a la aventura suicida del mar a tantos refugiados e inmigrantes: “Algunas veces nos comemos los peces que alimentan”.

En 2016 apareció Los nombres de la herida (Editorial Playa de Ákaba), en el que se aplica el cauterio del verso a las pérdidas o los ultrajes. A la Sombra luminosa del amigo muerto —Juan Garay vuelve a este prólogo—, “que todo lo rodea con un halo de tristeza / cada vez que te nombro y no apareces”. A la búsqueda tenaz de las Madres de Mayo. A las Tarjetas Postales de su abuelo, el ferroviario, que ponía en los ojos del exilio infantil las praderas de la aldea perdida. A las Trece Rosas. A las Casas de acogida que fueron escuela de vida para el poeta. A Los niños perdidos de Lídice, que tantas preguntas desesperadas, sin respuesta, provocan en el poema y en la conciencia misma del mundo civilizado. Los nombres de la herida se fue forjando, por tanto, en la queja y la denuncia. Pero también, a cuentagotas, en la ironía. Con la paródica censura, por ejemplo, del Arte de la Guerra (de Sun Tzu): “Inútil distraernos con argucias / propias de tiempos de legiones sórdidas / que acatan la orden ciega de morir con honor / por exiguas soldadas y para gloria ajena. / Un guerrero que huye / siempre es un combatiente para futuras luchas”; o con la Mala sangre que destilan los poetas: “Los poetas tenemos mala sangre, / resistimos muy mal el paso de los años, / nos ahogamos en charcos pequeñísimos, / no sabemos remar contracorriente. /Llevamos las corbatas sin estilo, / meamos a dos manos sobre el crítico / que desguaza con saña nuestros libros”.

En 2017 llegó El cuaderno de la guerra y algunas notas sobre la paz  (Editorial Bajamar), quizás el libro con el que más repercusión y ventas ha obtenido la obra de Juan Ignacio González. Ejemplifica la particular y firme trayectoria personal de un autor que sigue escribiendo desde sus inicios hasta ahora con un pulso muy similar: su corazón bombea con ritmo épico un canto que, sobre cualquier otra cosa, honra a los desposeídos (por miseria, guerra o persecución), una elegía que evoca el destierro de la infancia y el esfuerzo de sus padres. El cuaderno de la guerra (y algunas notas sobre la paz) es, desde su título, un libro de urgencias. Está escrito desde el frente de batalla, que es un lugar donde más que reflexión, se ejerce la defensa de la vida, la propia y la de quienes elegimos por compañeros de destino. Hay un poema breve, Manifiesto en favor de la prohibición del ajedrez, que resume el espíritu de este ejercicio literario cimentado en el compromiso: “Sacudid el tablero, la partida / debiera terminarse / cuando se mueren todos los peones.” El autor se pone al lado de los peones y anima al lector, a través un  modo imperativo que configura un destinatario colectivo al que se interpela a defender su causa, la de los débiles, en una alegoría que equipara vida y ajedrez, rey y poder, peones y oprimidos. La intención queda expresada y también el ámbito de responsabilidad cívica desde el que se postula, que tiene el poder de provocar la creación, pero que no la justifica, porque como acertadamente afirmó John Ashbery, que había vivido en una era de turbulencias políticas sin por ello sentirse obligado a escribir himnos sociales. “Poesía es poesía. Protesta es protesta”. Los poemas de Juan Ignacio González parten mayormente del desgarro social, pero se construyen con propósito de belleza. La urgencia no les exime de la imprescindible exigencia formal, siguiendo la senda ejemplar que en tal sentido dejó abierta la obra de Yannis Ritsos, a quien se homenajea en dos composiciones que constituyen un oportunísimo epílogo al cuaderno de la guerra, de tal modo que cerrándolo así queda explicitada la inspiración no sólo de fondo, sino también de forma, que lo alumbró.

Los jardines en ruinas (Editorial Bajamar, 2019) toma su título de un verso de Kostas Sterýopulos, en un préstamo que aúna dos, al menos, de las características del libro: la influencia de lo griego (a la que debe añadirse también el tributo rendido en las composiciones de la segunda parte a la poesía arábigo-andalusí) y el propósito que alienta esta recopilación de poemas escritos desde 1987 y casi hasta el momento de la publicación: ser eslabón que enlace épocas separadas entre sí, al modo en que lo hacen las propias ruinas a las que alude el título, que no en vano son, ese vínculo que pone en contacto mundos aislados en el tiempo pero unidos en su condición fugaz y en su ansia de perduración. “Esto es el hombre”, decía Cernuda frente a las ruinas, recordando que estamos hechos de “materia fragmentaria / con que se nutre el tiempo”.  Hay por tanto, en esta visión de la poesía, una voluntad de que emerja trascendiéndonos al modo en como lo hacen las propias ruinas, renaciendo lo que un día fue para que la curiosidad de los que nos sucedan recupere una memoria que, en su trama sentimental, probablemente se les antoje muy parecida a la suya. En este poemario se apela a los sentidos, honrando, como dicen los versos de Homero en Ios: “las más hermosas costumbres de los griegos,/ que son, como tú sabes,/ la música y los cuerpos”. Esa música viene acompañándonos a lo largo de toda la obra poética de Nacho, que tiene para el ritmo poético una facilidad adiestrada en la lectura de muchos de los autores citados en esos jardines. Un ritmo que endurece casi hasta la épica en sus composiciones más sociales, que dulcifica en las más líricas y que prosifica en las estrictamente narrativas. En la que vuelve, una vez más, al monólogo dramático, un ejercicio de otredad que se mantiene a lo largo de todo el poemario, por lo que uno tiene la sensación de que participa de una prolongada confidencia que nos es susurrada al oído por los labios de un sinfín de personajes suplantados prodigiosamente por quien toma de cada uno aquello que mejor sirve a su causa: conmover, denunciar, seducir, consolar o consolarse. Hay que poseer un acendrado espíritu empático para encarnar tantas y tan variadas sensibilidades. Hay que haberse empapado durante años de lecturas para transitar con tanta seguridad los escenarios literarios e históricos evocados en el libro.

Y finalmente, tras los primeros meses de pandemia, y una vez finalizado el confinamiento, aprovechando la inmediatez que otorga un formato como el de Heracles y nosotros, Nacho ha dado a luz en 2020 el Cuaderno para un confinamiento, al que el crítico cántabro Carlos Alcorta se refirió así: “El sincero latido de su corazón no podía quedar expuesto de mejor manera”. Como tampoco, cree uno, podría exponerse mejor el inventario exacto de sus constantes expresivas y referenciales. Por un lado, el verso largo, medido, rítmico, que no escatima recursos ni distancias. Por otro, los “nadies” sin amparo, las persecuciones genocidas del siglo pasado, su infancia de niño de emigrantes, el amor ya sin artificio, la perspectiva de la vejez o las reflexiones sobre el oficio. Esta pleamar que parece cumplirse con esta última entrega poética, quizás se llene de más olas, pero estoy seguro de que todas romperán en los mismos diques: la belleza irrenunciable, la música que la hace posible, los asuntos que la vuelven trascendente.

La calidad literaria de una obra no se mide, es sabido, por la calidad humana de su autor. Hay canallas que escriben como ángeles y ángeles, en cambio, que le guardan vasallaje a los renglones más torcidos de Dios. Así  que no siempre nos encontramos con una obra como la de Juan Ignacio González, escrita por un tipo ejemplar en lo civil y admirable en lo creativo, que se ha ido granjeando como profesor de la Escuela de Trabajo Social el afecto sucesivo de unas cuantas promociones de alumnos; que antes, ejerció de educador durante varios años en casas de acogida, ofreciendo a muchos chavales sin suerte en su niñez algo más que un resquicio de esperanza (y sé bien que es ésa una de las tareas que le han reportado más satisfacciones a Nacho); que ha sido cofundador del Grupo Cálamo en los años ochenta y del premio de poesía que lleva ese mismo nombre; que como editor, ha dado a luz las colecciones Cuadernos del Bandolero y Heracles y nosotros; y que en el compromiso político ejerce como militante veterano y con galones de la izquierda ecologista. Un poeta, que eso se trata de reseñar aquí, que ha ido forjando una obra que no sólo ya es extensa, sino que además cuenta con la lealtad de muchos lectores y la admiración de muchos compañeros de oficio.

José Carlos Díaz