Mostrando entradas con la etiqueta Citas. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Citas. Mostrar todas las entradas

martes, abril 11, 2017

El Rastro

Tenía ganas de Rastro. Tantas veces acompañando a Trapiello en sus diarios por las cuestas de este mercadillo. Tantos tira y aflojas con traperos y gitanos, con libreros de viejo, con competidores en pecios. Iba cámara en ristre pendiente de todo, como un perdiguero. El día era espléndido. La gente desfilaba plaza de Cascorro abajo como en una manifestación sin prisa. Pero lo mejor se lo encontró uno a los lados y en paralelo a la Ribera de Curtidores: en Arniches, en Mellizo, en Río Baja… Las imágenes religiosas barnizadas, las muñecas con ojos de porcelana, la ropa militar vencida, las vajillas melladas, las cristalerías sucias, los libros de saldo, las enciclopias arrumbadas por el tiempo y las revoluciones, las fotografías de difuntos, los vinilos rayados y las postales rancias de La Cibeles y Neptuno.

Me pregunto cuánto tiempo se precisará para empadronar el alma en este zoco inmenso, para volver familiares los rincones que empezaríamos a dar por nuestros si, domingo tras domingo, hallásemos en ellos un motivo irrenunciable para volver sobre los pasos dados una semana antes; cuánto para trabar afecto mutuo con quien vende y no sólo ofrece género valioso, sino también palabra de ley. No llegaré a saberlo. Sólo soy un tipo de provincias de paso por Madrid. Sólo tengo unas horas para tomar el pulso a la circulación de estas arterías que en algunos tramos son más de trueque que de compra y venta, y es allí justo donde el celo por lo que el tiempo se empeña en proscribir tiene la recompensa de una querencia irrenunciable, la de quien en la placenta del pasado encuentra el calor de un sueño: la  modesta inmortalidad que quisiéramos también para todo lo que amamos.

"Hay rastros en París, en Lisboa, en Londres, en Roma. No hay ciudad desarrollada donde no haya un lugar que dé salida a esa clase de mercancías descabaladas, descatalogadas, difíciles de apreciar y a las que, por ello, es difícil poner un precio. De ahí que, en el Rastro, el regateo no sea algo caprichoso o accidental para pagar menos; el regateo es como una mayéutica, el modo de llegar a conocer la verdad, a saber, el verdadero valor de eso que en principio tenía un valor dudoso. En el Rastro lo importante no es el precio, sino el valor, y no confundir valor y precio.

Lo valioso... ¿qué entendemos por valioso? La mayor parte de las cosas que podamos encontrar en el Rastro no son en absoluto valiosas para la inmensa mayoría. La inmensa mayoría no querría tener en su casa algo que de una u otra manera se ha escapado a la muerte, que viene de un muerto, que vaya usted a saber de dónde viene. Lo valioso en el Rastro es a menudo algo a lo que le damos valor nosotros, que revalorizamos.

El Rastro está lleno de lugares comunes. El primero de ellos es creer que la mayor parte de lo que allí aparece es cochambre. El segundo, suponer que la gente que se dedica a vender son gitanos astutos, dispuestos a engañarte, pícaros, ladrones de guante sucio... Los dos son falsos, a mi modo de ver. Lo importante en el Rastro no es lo que compras (y a veces, en efecto, se encuentran cosas en verdad interesantes: yo, por ejemplo, no habría podido escribir Las armas y las letras, de no haber encontrado durante 20 años cientos de libros raros, inencontrables, ajenos al mundo universitario), sino lo que no se vende: las historias y cosas que oyes a unos y otros (las mejores frases del Rastro son tan buenas como las mejores del mejor moralista), y las cosas insólitas que ves. Y desde luego la gente, los que venden y los que compran. Entre los primeros hay personas tan serias, que algunos banqueros y políticos españoles harían bien dándose una vuelta por allí de vez en cuando para saber qué es eso de mantener la palabra que has dado.
El Rastro cambia, como cambiamos nosotros. El Rastro de hace 40 años no era el mismo de hoy, ni nosotros tampoco. Pero el impulso que lo lleva a uno domingo tras domingo al Rastro sigue siendo el mismo. En mi caso yo no voy a comprar, sino a encontrar una respuesta, que no he encontrado aún. Y desde luego yo no voy sólo a pasar el rato. Al Rastro no se va a pasar el rato, se va a salvar el mundo, incluso aquellos que no saben que lo están salvando. Todos los que van al Rastro participan de esa salvación. Y entiéndase: se trata de un mundo al que casi nadie da ningún valor, excepto los poetas y los traperos, que eran para Baudelaire, como sabe, la misma cosa. Cuando alguien por motejarme le ha llamado a uno alguna vez Andrés Trapero, no sabía que estaba diciéndome el mayor elogio.


Andrés Trapiello (entrevista concedida a El Mundo, 10/12/2015)

lunes, julio 04, 2016

George Steiner en Babelia


George Steiner en Babelia:


Estoy asqueado por la educación escolar de hoy, que es una fábrica de incultos y que no respeta la memoria. Y que no hace nada para que los niños aprendan las cosas de memoria. El poema que vive en nosotros vive con nosotros, cambia como nosotros, y tiene que ver con una función mucho más profunda que la del cerebro. Representa la sensibilidad, la personalidad.

Hay algo que me preocupa: los jóvenes ya no tienen tiempo… de tener tiempo. Nunca la aceleración casi mecánica de las rutinas vitales ha sido tan fuerte como hoy. Y hay que tener tiempo para buscar tiempo. Y otra cosa: no hay que tener miedo al silencio. El miedo de los niños al silencio me da miedo. Solo el silencio nos enseña a encontrar en nosotros lo esencial.

Muchos dicen que las utopías son idioteces. Pero en todo caso serán idioteces vitales. Un profesor que no deja a sus alumnos pensar en utopías y equivocarse es un muy mal profesor.

Hay una enorme abdicación de la política. La política pierde terreno en todo el mundo, la gente ya no cree en ella y eso es muy muy peligroso. Aristóteles nos dice: “Si no quieres estar en política, en el ágora pública, y prefieres quedarte en tu vida privada, luego no te quejes si los bandidos te gobiernan”.

Hice poesía, pero me di cuenta que lo que estaba haciendo eran versos, y el verso es el mayor enemigo de la poesía. Y he dicho también –y algunos no me lo han perdonado nunca- que el más grande de los críticos es minúsculo comparado con cualquier creador. Así que hablemos claro y no nos hagamos ilusiones. Yo soy tan solo un cartero, soy Il Postino. Y estoy muy orgulloso de eso, de haber llevado el correo bien a tantos y tantos alumnos. 

Un judío es un hombre que, cuando lee un libro, lo hace con un lápiz en la mano porque está seguro de que puede escribir otro mejor.

En todos los lugares y situaciones hay cosas que aprender. Ningún lugar es aburrido si me dan una mesa, buen café y unos libros. Eso es una patria.

jueves, marzo 17, 2016

No sólo malas maneras, sino también malas causas

Félix Ovejero en EL PAÍS escribe sobre Otegi:
de obligada lectura (creo).

"Los motivos no purifican los procedimientos. Después de todo, algunos matan por amor o por el reino de Dios. En realidad, en una sociedad democrática, invocar objetivos políticos para realizar crímenes debería considerarse un agravante, si estamos de acuerdo en que la primera exigencia de la política democrática es el respeto a la dignidad de los otros.

(...) Quizá es cosa de revisar ese confuso territorio de nadie en el que todos parecíamos sentirnos cómodos, entre otras cosas porque nos evitaba pensar en serio la naturaleza de la mercancía ideológica nacionalista: “Una buena causa defendida de mala maneras”. Y sí, estrictamente, no es imposible que una buena causa se defienda de mala manera. Pero no es el presente caso. Aquí no solo hay malas maneras: también hay malas causas, y, además, la relación entre unas cosas y otras no es casual."

miércoles, febrero 24, 2016

Fotogramías

En los rincones apartados, por donde los arroyos alimentan al río grande, todo sigue pareciéndose a como debió de ser muchos años atrás. La sombra del bosque, incluso la sombra del bosque invernal, conserva todo la apariencia de un mundo sin domesticar, un mundo que exige arrestos para atraversarlo en el silencio apabullante de su naturaleza. En Pozo Mouro, recordé un fragmento de Aunque Blanche no me acompañe (Aguaclara, 2014). Decía así:
"Hubo un tiempo en que en Brocal el agua aprisionada en los banzados movía los martinetes. Percutían rítmicamente como si se tratase de pájaros antediluvianos picoteando hierro fundido. Aquellas ferrerías fabricaban sencillos objetos domésticos, aperos agrícolas, herrajes de carros y clavazones. Había herreros entonces de obra mayor, dedicados a la fábrica de calderos y sartenes; y herreros de clavos tan apreciados que su suministro atendía incluso las necesidades de los arsenales de Mahón, de Cádiz, de Cartagena, de El Ferrol y de la Habana, donde se empleaban en grandes cantidades para la construcción de buques. Hubo un tiempo en que aquí ardía la fragua de Vulcano. Hoy ese pasado parece sencillamente una fábula (...) Veo al salir del pueblo las ruinas de uno de esos mazos. Se lo traga la maleza. Está justo al lado del torrente que lleva el agua de las laderas de Penouz al río grande, al viejo Nereya, al río al que Ptolomeo le decía Nerealubio. Estas punzadas que siento en las sienes son el mordisco de los vermes. Percuten sus dentelladas rítmicamente en mi cabeza como martinetes. Forjan clavos menudos. Alfileres. Me pinchan como si fueran el trenzado de una corona de espinas. No soporto esta industria de dolor." 




lunes, diciembre 21, 2015

Una historia para navidad



Me envía un correo mi amigo G. Acaba de leer el libro Arenas movedizas, que Henning Mankell escribió en sus últimos meses de vida. En él se encuentra con una detallada y reflexiva narración sobre el famoso cuadro La balsa de la Medusa de Gericault. El lienzo tiene tras de sí una historia real y trágica de la que el pintor intenta, desesperadamente, extraer una metáfora de la esperanza. Dice G. que el asunto de su correo es una “historia para navidad” (con rendidas minúsculas).

La balsa de la muerte

Finales de la primavera de 1816. Napoleón está definitivamente vencido y morirá envenenado con arsénico en la isla de Santa Elena, esa masa rocosa azotada por el viento del sur del Atlántico donde está prisionero.
En Francia domina un rey de la familia de los Borbones. Cuatro buques de la armada francesa tienen órdenes de zarpar rumbo al sur. Su objetivo es Senegal, en la costa occidental africana. Como consecuencia de la reorganización de Europa después del Congreso de Viena, los ingleses cederán a Francia la ciudad portuaria de San Luis.
El 17 de junio, la pequeña flota de cuatro navíos zarpa de Rochefort. Mantener unido un grupo de veleros resulta casi imposible, y pronto pierden el contacto entre sí. Aunque todos saben cuál es la meta hacia la que navegan.
Uno de los buques es la fragata Medusa. A bordo de la nave de tres palos viajan cerca de cuatrocientas personas. La mitad son marineros, la otra mitad, funcionarios que se adueñarán de la administración de la plaza africana donde pronto se izará la bandera tricolor.
El capitán es Hugues Duroy de Chaumareys.
No tiene experiencia, hasta el momento ha trabajado sobre todo para las autoridades aduaneras francesas. Además, ha sido contrario a Napoleón. Puesto que la mayoría de los marineros a bordo han sido partidarios suyos, no tarda en ganarse la animadversión y el desprecio de la tripulación.
Dos semanas después de que se hayan izado las velas en Rochefort, la Medusa encalla cerca de la costa africana. Allí hay bancos de arena que nunca se han cartografiado del todo. La Medusa encalla en uno que se llama Banc d’Arguin.
La nave está inmovilizada. Siguiendo las órdenes del capitán, arrojan por la borda todo lo que no es fijo, para que el barco se eleve y se aparte del banco deslizándose en la medida de lo posible. No lo consiguen. De Chaumareys da órdenes de abandonar el barco. Como los botes salvavidas son insuficientes en número, fabrican una balsa enorme. Derriban los tres mástiles para hacer con ellos la base cuadrada de la balsa. Los botes salvavidas la arrastrarán hacia la costa africana, que se esconde al este entre la neblina.
La operación de remolque fracasa. Cortan los cabos que unen la balsa a los botes salvavidas y la abandonan con sus ciento cincuenta pasajeros. El capitán De Chaumareys comete una de las acciones humanas más cobardes e ignominiosas que se puedan imaginar.
La situación en la balsa no tarda en pasar de un orden artificioso a un caos brutal. Los más fuertes arrojan por la borda a los heridos, más débiles. Se acaban el agua y los alimentos. Se impone el canibalismo. Con hachas, sacan tajos de los cadáveres y se comen la carne cruda. La balsa se convierte en un matadero humano.
Al cabo de quince días, la nave hermana Argus avista la balsa. Para entonces quedan quince supervivientes, pero varios de ellos mueren después a causa de las privaciones. Al final, sólo tres de los marineros se salvan y pueden regresar a Francia.

Uno de los supervivientes es el médico de a bordo, Henri Savigny. Cuando regresa a Francia, entrega al almirantazgo francés un informe de los acontecimientos. El asunto se difunde y se convierte en un gran escándalo.
Cuando se produce el accidente de la Medusa, el artista Théodore Géricault tiene veinticinco años. Se hizo famoso en el Salón de París en 1812, cuando presentó el óleo de un oficial de caballería a lomos de un caballo rampante, y ahora empieza a pintar un cuadro de la balsa, en el que la gente yace moribunda después del naufragio de la Medusa.
En un principio, se concentra en tratar de reproducir el horror que reinaba a bordo. El canibalismo; cómo arrojan por la borda a los débiles —aún vivos—; un mar donde no se avista ningún otro barco; la desesperanza que, al final, es el único sentimiento que les queda.
Se imagina una balsa que va a la deriva surcando un mar, una balsa donde no hay dios que se preocupe por el sufrimiento de los náufragos. Cuando no queda ninguna esperanza, tampoco queda ningún dios.
El cielo está tan vacío como el mar.
A poco más de seis kilómetros se extiende la costa africana, invisible por la niebla, pero para ellos no es ninguna salvación, allí bien puede esperarles el infierno. Los hombres de la balsa están condenados a muerte.
Géricault comienza a dudar. Hace un gran número de bocetos, pero, al final, empieza a atenuar cada vez más la catástrofe. Como si se hiciera la siguiente pregunta: ¿Qué ocurre con las personas que pierden la esperanza por completo? ¿Cuándo ya no queda nada?
El artista no da ninguna respuesta a la pregunta. Sencillamente, está mal formulada, o es imposible. No existe vida humana allí donde la esperanza desaparece por completo.
Siempre queda algo.
La pintura que por fin deja terminada representa la esperanza humana que, pese a todo, existe incluso cuando no debería quedar nada. Al fondo del cuadro se atisba Argus, aunque el espectador no puede estar seguro de que los hombres a bordo hayan descubierto la balsa.
El cuadro puede contemplarse en el Museo del Louvre, en París. Cuando me veo contemplándolo me digo que es un punto de encuentro entre lo viejo y lo nuevo. Géricault estudió tanto a Rubens como a Caravaggio mientras trabajaba con la balsa. Con la misma intensidad con que estudió cadáveres y hombres moribundos en el hospital Beaujon. Dicen que incluso se llevaba al taller partes de cadáveres para examinar más de cerca el proceso de descomposición.
La mayoría de las obras de arte tienen algo que uno mira o escucha con atención. En casos excepcionales hasta puedo sentir cierto agradable aroma que fluye hacia mí. En alguna ocasión he llegado a experimentar una sensación gustativa inesperada.
Géricault consiguió algo que a pocos artistas les es dado. Munch y Bacon también lo consiguieron.
Y, naturalmente, Caravaggio y Rembrandt.
Mientras contemplo el cuadro puedo adivinar el hedor de los moribundos.
Existe una extraña contradicción en el cuadro. A pesar de que aquellos que representa están pasando hambre y se encuentran medio muertos de sed, el artista los ha pintado con unos cuerpos casi atléticos. Es lo bastante audaz como para mezclar el realismo con los ideales del arte clásico. Al distanciarse y no atenerse sólo al realismo, consigue que nosotros, que contemplamos el cuadro, ocupemos un sitio a bordo de la balsa.
Lo que me sobrecoge es el intento de Géricault de plasmar una esperanza que no existe. No sé de ninguna otra obra de arte que haya logrado expresar de ese modo lo que no podemos sino llamar un reto filosófico.
Después de la visita al Louvre, me siento en un café de la zona. Es otoño, hace frío, sopla un viento del noroeste. He venido a París a hablar de mis libros.
Observo a las personas que hay en las otras mesas y pienso que todas ellas albergan algún tipo de esperanza. De que algo salga bien, de que algo pase pronto, de encontrar la explicación a algo, de que algo que les causaría dolor no sea cierto.
Tenemos que procurar siempre que la esperanza sea más fuerte que la desesperanza. Sin esperanza no hay, en el fondo, supervivencia. Y eso vale tanto para los enfermos de cáncer como para las demás personas.
Cuando me alejo del café, ha empezado a caer una fina lluvia. Me dirijo al cementerio Père-Lachaise.
Me lleva un rato encontrar el mausoleo de Géricault. Sólo llegó a vivir treinta y dos años. De vez en cuando se caía montando a caballo. En una ocasión, la caída fue tan brutal que la lesión que sufrió mermó su vida. Pero también tenía tuberculosis. Muy pronto supo que su existencia tenía los días más que contados.
Antoine Étex, un escultor hoy olvidado, levantó el monumento que orna la tumba. Es sentimental y horrendo. Representa a Géricault camino de la muerte, cómo va dejando caer muy despacio el pincel que tiene en la mano.
Géricault solía recurrir a sus amigos para que posaran como modelos de diversas figuras de sus cuadros. La balsa de la Medusa no es ninguna excepción. Uno de los moribundos tiene los rasgos de Eugène Delacroix.
La balsa de la Medusa habla, por tanto, de esa esperanza que sigue viva cuando toda otra esperanza se ha extinguido. La paradoja que, con más claridad que ninguna otra cosa, es testimonio de la voluntad de supervivencia que siempre albergamos los seres humanos.
Nos agarramos al bote salvavidas, aunque, en realidad, ya no tenemos fuerzas.
Pero la esperanza sigue existiendo. Puede que como una sombra y nada más. Pero ahí sigue.

Henning Mankell

miércoles, diciembre 16, 2015

David Trueba, en EL PAÍS

Una cita

En dos entregas desacostumbradas, la New York Review of Books ha reproducido fragmentos de la conversación del presidente Obama con la escritora Marilynne Robinson. No vamos a caer en la bajeza de comparar el diálogo fluido entre el presidente de la nación y una intelectual destacada con el escenario español, donde al presidente no se le conoce afición cultural, visita a museo ni teatro ni sala de conciertos y donde sus estímulos intelectuales provienen de los arreones de la prensa deportiva con su canción de éxito: yo soy español, español, español. No, no vamos a caer tan bajo. Pero sí conviene detenerse sobre unas palabras de Obama que quizá sirvan de estímulo a un país donde cada día se cierra una librería y se abre un gimnasio.
         La cita es larga, pero es pertinente ofrecerla entrecomillada: “Cuando reflexiono sobre mi papel de ciudadano, más allá del hecho de ser presidente, y sobre los conocimientos que puedo traer a esa posición de ciudadano, me doy cuenta de que las cosas más importantes que he aprendido en la vida provienen de las novelas. Tiene que ver con la empatía. Tiene que ver con la noción de que el mundo es complicado y está lleno de grises, pero que aún hay verdades que han de ser halladas, y que tenemos que esforzarnos en buscar. Y tiene que ver con la noción de que es posible conectar con algo o con alguien, por muy diferente que sea de nosotros”.
         Nadie duda a estas alturas que Obama es un presidente de ficción. Novelería es otra de esas expresiones que en el español certifican un desprestigio de todo lo inventado. Se une a la categoría de inmoralidad asociada a vivir del cuento, contar películas o hacer teatro, todas ellas formas expresivas que denotan valores negativos. Pues Obama es fruto de esa deformación y los españoles sabemos protegernos, porque somos expertos en detectar el buenismo y machacarlo en favor del malismo, la inquina y la maledicencia, que son rasgos de inteligencia entre nosotros. Pero nos olvidamos de que la representación del poder y el relato público necesitan de la potencia del ilusionismo y es ahí donde nuestra desconfianza y nuestra falta de cariño por la literatura y la creación nos condenan a gobernantes zafios, corruptos y crueles. ¿Queríais realidad y pragmatismo?, pues tomad dos cucharadas cada hora. La reivindicación de la ficción como un territorio en el que completar la sensibilidad y la mirada desprejuiciada, donde desbaratar el nacionalismo patriotero y la incapacidad física de sentir empatía por el distinto, suena hoy a transgresión, casi a disidencia.

David Trueba 

martes, noviembre 10, 2015

Vergüenza ajena

Breve y con tino, así dice hoy PEDRO DE SILVA en varios medios de comunicación:


Buen papel, moneda falsa

Cada uno tiene su sensibilidad: con ser muy grave que en Catalunya quieran romper de forma unilateral el contrato constitucional que habían votado, lo que más me molesta no es la secesión en sí; tampoco el oportunismo alevoso de aprovechar los momentos flacos del adversario para meter el estilete; ni siquiera la enorme insensatez de poner en grave riesgo una recuperación económica que aún esta en pañales. Lo que más me molesta es la pretenciosa gesticulación heroica de los líderes secesionistas, esos rostros contraídos por la emoción de vivir un momento histórico, las lágrimas, los abrazos entre compañeros del alma de una gesta que recordarán los tiempos. Me ofende porque todo ello toma la música de la mística de la liberación, cuando allí no hay opresión alguna de la que liberarse. O sea, me ofende por kitsch, como cualquier arte falso de toda falsedad, y me da vergüenza ajena.

Pedro De Silva 

martes, septiembre 22, 2015

Cita

"(Mi) partido político sería, si acaso, el de quienes no estuvieran seguros de tener razón."             
Albert Camus
(Diálogo a favor del diálogo, en «Crónicas (1944-1948)», dentro de Obras, 2. Madrid: Alianza, 1996)

miércoles, julio 29, 2015

Margarit dixit

El ser humano vive en un universo  cruel y brutal. Gracias a la Ciencia y a la Técnica se defiende de la agresión apretando un botón.  Pero la intemperie moral nos alcanza a todos: pérdidas,  errores, catástrofes personales. La muerte de un ser querido,  sentirse abandonado... Entonces, ¿qué botón apretamos?  Sólo nos quedan las Letras.  Pero leer a Montaigne cuando nos ocurre una desgracia es demasiado tarde,  hay que tenerlo leído antes.  De ahí la importancia de las Humanidades en la educación.

JOAN MARGARIT

lunes, abril 20, 2015

Somos una sociedad mercantil que necesita, para seguir existiendo, consumidores y no lectores. La lectura inteligente y detenida puede alentar la imaginación y fomentar la curiosidad y, por lo tanto, hacer que nos neguemos a consumir ciegamente. Es por eso que Christine Lagarde, ardiente defensora de las sociedades de consumo, cuando era ministra de finanzas durante el Gobierno de Sarkozy, dijo a sus conciudadanos que se quejaban de la crisis: “Trabajen más y piensen menos”. Madame Lagarde sabía muy bien que un pensador nunca sería un buen consumidor.
Alberto Manguel

miércoles, abril 15, 2015

Cita


EL GRAN ADVERSARIO del primer capitalismo, según Max Weber, era "el trabajador tradicional". Aquel hombre que no veía la razón de trabajar toda una semana si podía subsistir con lo que ganaba en un día.

El gran adversario del capitalismo actual, según Bauman, es "el consumidor tradicional". Aquel que compra sólo lo que necesita y no todo lo que le sugiere la vociferante publicidad.
Me identifico bastante con los dos adversarios del capitalismo.

IÑAKI URIARTE (Diarios)

martes, febrero 24, 2015

Leyendo a los clásicos

"A los que se sorprenden de lo que está sucediendo en nuestro país les recomiendo que lean a nuestros clásicos (a Cervantes y a Quevedo, pero también a Fernando de Rojas y al Padre Isla y, por supuesto, a Larra y a Valle-Inclán) y a los que no lo pueden hacer, les remito a la historia de la literatura: mientras que los alemanes daban a luz el romanticismo, los italianos el renacimiento, los franceses la ilustración y los ingleses la tragedia moderna, nosotros, los españoles, hemos aportado al mundo dos géneros literarios característicos: la picaresca y el esperpento. Digo yo que será por algo."

Los clásicos (El País), Julio Llamazares

lunes, noviembre 10, 2014

Ser leído, sin más


"La actividad del escritor busca que se le preste atención, no el halago (algunos habrá que necesiten el halago, pero no es así para otros). Para algunos escritores, entre los que me cuento, el increíble número de publicaciones literarias actuales, así como la diversidad de ofertas de ocio que tenemos incluso sin salir de la propia casa, hacen que consideremos un privilegio el hecho de ser leídos, en el sentido literal, puesto que el lector privilegia nuestro libro al leerlo, prefiriéndolo y jerarquizándolo frente a miles de posibilidades a su alcance, literarias y no literarias. Ese hecho de ser leído, que a la vista de la caída imparable de las ventas de libros ha pasado de ser algo habitual a ser algo cuasi milagroso, es suficiente agradecimiento en sí mismo. (...) En mi caso, el fin de la literatura, mi vocación, es ser leído. Cuando alguien me dice "estoy leyendo tu libro", sea comprado o sea sacado de una biblioteca pública, me doy por infinitamente agradecido. (...) Ser leído, sin más. Ahí, entiendo, está el pago justo y más que suficiente para compensar un trabajo solitario de años."
Vicente Luis Mora

miércoles, septiembre 10, 2014

Umbilicus


Ningún remolino más hipnótico que el que se forma en nuestro ombligo.
A. Trapiello

lunes, mayo 12, 2014

Un hermoso elogio a los libros, por Álvaro Valverde



Elogio de los libros, de Álvaro Valverde


Por la descripción del paraíso, y la ceguera de Tobías y por el viaje de Jonás alojado en el vientre de una ballena.

Por las aventuras de Ulises a través de un mar color de vino y por la explicación de sus hazañas hasta que pudo regresar a Ítaca.

Por las enseñanzas de Virgilio acerca del tiempo que nos huye, irremediable, y, cómo no, por las de Horacio, que nos animó a disfrutar del momento que pasa y a llevar una vida retirada y modesta.
Por los jardines y fuentes de los versos árabigos, porque evocan la pérdida del inmenso desierto.

Por la flor del cerezo y la luna y el río, y por los pabellones y por las batallas que cantan los poemas de los clásicos chinos.

Por el amor que ha abierto las murallas de todos los castillos de la historia y por los trovadores que inventaron el modo de asaltarlas.

Por las coplas escritas a la muerte del padre, y las noches oscuras y la senda escondida, y la hermosa locura que inventó Don Quijote.

Por el descenso a los infiernos donde habitan los monstruos y el ascenso a los cielos donde viven los ángeles.

Por la busca del tiempo que creímos perdido en la patria feliz de la infancia.

Por los cuentos de hadas y los cuentos de lobos, por su felicidad y por su miedo.

Por los cantos oscuros de las tribus remotas, tan acordes al ritmo con que suena la Tierra.

Por la tristeza y por el entusiasmo que se esconden detrás de las líneas escritas por cualquier ser humano.

Por los mares del mundo: los del norte y sus sagas, los del sur y sus islas; y los de la persecución de Moby Dick y los profundos del Nautilus.

Por los héroes de leyenda y los seres reales porque son las dos caras de la misma existencia.

Por las volteretas de todas las vanguardias y los sueños que inventan con sus saltos festivos.

Y por todos los libros, incontables, que admiten recordar lo olvidado y volver a lugares donde nunca estuvimos y vivir esas vidas que jamás viviremos. Porque el mundo es un libro que nos lee y que escribimos.

lunes, noviembre 18, 2013

Aviso para navegantes de impoluta conciencia

Elogio de la mala conciencia de uno mismo

El ratonero no tiene nada que reprocharse.
Los escrúpulos le son ajenos a la pantera negra.
No dudan de lo apropiado de sus actos las pirañas.
El crótalo se acepta sin complejos a sí mismo.

No existe un chacal autocrítico.
El tábano, la langosta, la tenia y el caimán
viven como viven y así están satisfechos.

Cien kilos pesa el corazón de la orca,
pero en otro sentido es ligero.

No hay nada más bestial
que una conciencia limpia
en el tercer planeta del sol.


                                   Wislawa Szymborska