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jueves, mayo 25, 2017

Obeso dixit

Así vio (leyó) Julio Obeso  Vísperas de nada:


"Cuando quiero reseñar un libro y la principal dificultad  es la  de saber que cualquier comentario destripa la trama, se eleva una segunda evidencia sobre la naturaleza de ese libro: es una obra redonda. 
José Carlos Díaz Pérez, ya nos tiene acostumbrados a ese acabado esférico de sus criaturas. En esta ocasión se trata de Vísperas de nada (ganadora del XXIII certamen de Novela Corta "J. L. Castillo-Puche"). Sólo con sustantivar y adjetivar su libro (novela corta) ya me parece estar jugándole una mala pasada al futuro lector, adelantando algo que quizá él mismo hubiese tenido el goce de descubrir. Apenas sesenta páginas por las cuales ese hilo, del que que habla Jorge Leónidas Escudero: "si usted toma la punta de un conocimiento y empieza a tirar el hilo va a sacar una sombra", se desovilla bajo el mandato de la imaginación y creatividad del autor. Es en la prosa de los días donde José Carlos encuentra los mejores guiones, las confabulaciones más perversas. Sus personajes están en nuestras listas de contactos, pueden cenar con nosotros un sábado o felicitarnos el cumpleaños en una red social; es al tirar de la punta del hilo, página tras página, cuando se apodera de nosotros la certeza de la sombra. 
Hay que tener pulso y contención para narrar el proceso de cuatro vidas, que coinciden alrededor de un nombre, sin que la densidad produzca tartamudez, ansiedad. Lo que ocurre en esas líneas no es consecuencia de las disposiciones planetarias, de elementos interpuestos por el azar, es algo pretérito, real porque ya ha ocurrido y por tanto no hay más que rendirse al desarrollo que nos propone el escritor. ¿Quién mejor conoce a Héctor, a su "delicada osamenta de Bohemia"? ¿No es el amor y su ausencia el pincel nuestro de nuestro mejor cuadro? ¿Hay una exigencia mayor que acomodar la vida y la muerte del amigo en el: todos los días?
Sólo resta aconsejar, con histeria, la lectura de esta enorme novela. No os dejéis engañar por tamaños ni grosores. Apenas una pista: el retrato de Alfons Maria Tränkler, existe. ¿No os lo decía? Imposible comentar algo sin desvelar el final."
Julio Obeso
¡Gracias!

domingo, abril 23, 2017

Calle Ventura de la Vega

En esta calla arranca el breve mundo contenido en una narración. Vísperas de nada. Allí volví hace unos días. Miré hacia el piso donde vivieron Alina y Héctor. Permanecía cerrado. El restaurante indio ya no estaba. El calor era agradable. Un sol primaveral que serpenteaba parsimonioso entre las sombras. Hubiese sido inútil preguntar por ellos. En las grandes ciudades todo transcurre, hasta la misma gente, con una caducidad cruel y sin memoria. Un artista. Una modelo. Un verano infernal. La ociosa curiosidad de un viajero que fuma en la ventana de un hotel céntrico. Que luego apunta en un cuaderno, a lápiz, con letra difícil, las impresiones de un día agotador, el argumento de una historia amor y dignidad. Antes de seguir mi paseo por el barrio de las Letras, en la esquina con la calle Prado vuelvo la vista hacia la casa del pintor. Se abre milagrosamente la ventana. Se acoda sobre la forja del balconcillo una mujer todavía joven. Cruzamos la mirada. Me sonríe. Siento apuro. Sigo mi camino hacia la plaza de Santa Ana.
"El verano había resultado muy largo. Un bochorno interminable, espeso y sin escapatoria, ante el que nada podían los balcones abiertos de par en par a la escasa brisa que aleteaba torpemente por las sombras como un pájaro herido. El sol lució tan alto en esas fechas estivales que se colaba incluso hasta las aceras de la angosta Ventura de la Vega. Héctor y Alina vivían en una vieja casa de alquiler de esa calle. Sobre el bullicio de la terraza de un restaurante indio. Por las ventanas les entraba siempre un aroma intenso de especias y un rumor de conversaciones que se animaban con el paso de las horas. Cuando más insoportable se hacía el calor, él se encerraba en su estudio. Ella, en cambio, se iba a leer a las sombras del Retiro o a sentarse en la plaza de Santa Ana, donde solía tomar una cerveza al final de la tarde con Eusebio, buen amigo de ambos. En todos lados se hacía agobiante el calor. Aquella temperatura insana bien podía convertirse en el caldo de cultivo de cualquier ira aletargada. La ciudad tenía a algunas horas un aspecto fantasmal, como si una amenaza incierta mantuviera refugiados a todos sus habitantes. En la reclusión de la sombra, el roce involuntario de las pieles generaba descargas eléctricas."
                                                                                         Vísperas de nada

sábado, marzo 11, 2017

Agradecimiento

Remitir una carta. Enviar un correo electrónico. Llamar por teléfono. Transmitir un whatsapp. Dirigirse a alguien. Son todas formas de comunicación emprendidas por un emisor que, para completarse, precisan de respuesta. Sólo después de producirse ésta, quien ha gestado el mensaje inicial puede dar por satisfecha su intención: llegar a otro a través de una comunicación. La literatura es una más de esas formas de expresión. Tiene por destinataria una colectividad: los lectores, de los que el escritor ansía una señal que de noticia de recepción, de interpretación y/o de juicio. Si ante el intento de comunicarnos a través de cualquiera de los canales referidos al principio nos sentimos profundamente decepcionados cuando no se recaba ninguna contestación, cómo no ha de ser colosal la frustración de quien cimienta durante muchas jornadas de trabajo una creación literaria que no obtiene respuesta alguna. Es por eso que se agradece tanto que quien lee los libros de uno tenga el gesto de darnos noticia de su lectura.

He ido dosificando la distribución no venal de mis Vísperas de nada. Amigos, allegados, algún crítico regional, media docena de escritores… Con ese mismo goteo que emprendieron los ejemplares de la novela su viaje hacia el lector, se ha ido recibiendo, intermitentemente, la confirmación de su lectura. Ante todos los correos, mensajes y reseñas, y no es, créanme, falsa cortesía, ante todos sin excepción me he sentido profundamente agradecido. Mucho más cuando las reacciones a la historia contada y al tono en cómo se ha contado, han sido todas muy generosas. Algunas además, y debo referirme singularmente a las de María Victoria Carpena, Mar Braña y Francisco García Pérez, se han manifestado a través de trabajados y sustanciosos comentarios críticos que han enriquecido la novela con sus interpretaciones. Se ha dejado aquí enlace de esas reseñas, y se añade ahora una más, la de Anabella Rodríguez, quien desde presupuestos psicoanalíticos, los de su profesión, ha elaborado un extenso y enjundioso comentario de mi pequeña novela. Dejo a continuación el vínculo desde el que se puede acceder a él. 

VÍSPERAS DE NADA, de José Carlos Díaz, una gran nouvelle, por Anabella Rodríguez



jueves, febrero 23, 2017

Ecos de sociedad

Hoy, en La Nueva España, por Francisco García Pérez.

Le escribía hace un par de días a Hilario Barrero que publicar se parece a conjugar el subjuntivo: proyectar una probabilidad sujeta a subordinantes (los lectores, la crítica...). Son pocos días los que tiene de andar rodando esta novelita —pocos y por pocas manos, que su distribución es casi como la del Mundo Obrero en la clandestinidad—, pero en esos pocos días, quienes han leído mis Vísperas de nada se han molestado en palmearme afectuosamente la espalda con sus palabras. Y bien que se lo agradezco. La reseña de don Francisco es hoy otro motivo de alegría y la confirmación de que la probabilidad subjuntiva tiene visos de aserción indicativa.
El estilo potente
Víspera de nada y el saber narrativo del asturiano José Carlos Díaz para exprimir un argumento mínimo 

Francisco García Pérez
No sé cuánto me arriesgo si digo que hay otra manera de contar historias entre los autores asturianos de ahora que va más allá de desarrollar una trama compleja o copiosa y que, por el contrario, se demora en una argumento mínimo al que no se deja escapar sin haberlo exprimido al máximo, mediante el párrafo largo (como este que estoy usando), los adjetivos en su sitio y una escritura que es fruto de la observación tan detenida como exhaustiva, consciente de que en ese poco está un mucho. Y pienso acaso en Moisés Mori Chus Fernández y en tantos más. Y en José Carlos Díaz (1962), quien prosigue su carrera literaria con la misma medida constancia pero firmeza que usa en sus narraciones o poemas. Nada me alegra más que convivan estas dos tendencias y alguna intermedia en nuestra literatura, pues ambas me hacen disfrutar como lector. Última precisión: el número de páginas no certifica la cortedad o largura de una novela; hay novelas larguísimas de muy pocas páginas, como la que hoy me ocupa; hay novelas que se leen en un pispás por su inanidad aunque mucho tocho parezcan.

Invoca Vísperas de nada a Coetzee en la cita inicial y no en vano: si le leyera más (como demuestras JCD haberlo hecho), mucho se elevaría el nivel. Y la portada es el espléndido (y desacompasado) retrato de Tränkler, pintado por Henrich. Buen nivel de comienzo. Luego, claro que nos interesa la historia del pintor Héctor, artista de éxito pronto y caída imparable, a quien su galerista Eusebio propone que se imite a sí mismo, que pinte como pintaba para retrasar la ruina económica, mientras en vano se aferra a su amor por la joven Alina, en competencia con el expeditivo Conrado. "Una novela de arte y decadencia", podría titular la solapa para ganar lectores acaso. Pero tengo para mí que el interés lector está en otra parte. Hay un narrador tan consciente de cómo narra que hasta asoma a las claras: "No es ajeno el narrador al riesgo de ciertas hipérboles: muchos asertos se columpian entre lo noble y lo grotesco" (página 44). Y el interés está, por ejemplo, en el modo en que cuenta esta reflexión de Alina ante Héctor: "Estos sedimentos se le habían convertido en una turbia mezcla de afectos menguados y de memoria melancólica. Era de las vísperas de la nada, de la conmiseración hacia lo que se supo esplendor y amenazaba ruina de donde arrancaba las briznas de un deseo triste con el que besar alguna noche los labios de su marido, con el que dejarse tomar por sus músculos desfallecidos, por el aliento ácido de las muchas copas y el resignado abandono", estupendo y medido remate de la página 23. O, casi al final, ese "mantenía esa porfía curiosamente en aquella senda por donde los vecinos del lugar vieron durante años caminar a Sara Meyer, quien creyó allí en la resurrección de la vida después del holocausto mientras miraba hacia el mar en los atardeceres cárdenos con ojos húmedos de alegría y de rabia, pues se sabía envejeciendo en el paraíso sin que el paso del tiempo la hubiera librado de la oscura memoria". Es decir: engarzar la historia, por muy breve que sea o gracias a que sea breve, con un mimo exquisito. Estupendo.

jueves, febrero 16, 2017

Una lectura de Vísperas de nada, por Mar Braña

Sobre Vísperas de nada, José Carlos Díaz
XXIII Premio certamen novela corta “J.L. Castillo-Puche” 
por MAR BRAÑA

Albert Henrich

Retrato del pintor A. M. Tränkler
Existe un gran número de escritores dispuestos a desentrañar los misterios de un cuadro. Tres premios Nobel como son José Saramago, Mario Vargas Llosa y Orhan Pamuk se vieron en su día atrapados por el entramado pictórico con sus tres respectivas obras Manual de pintura y caligrafía, El Paraíso en la otra esquina, y Me llamo Rojo. Otras tres novelas muy breves han abordado la mirada del pintor y de sus cuadros: El túnel, de Ernesto Sabato, Maestros antiguos,  de Thomas Bernhard y Arte, de Yasmina Reza. Tenemos también en este “subgénero  literario” Worpswede, el magnífico ensayo que Rilke dedicó a la colonia de pintores del mismo nombre; Los reconocimientos, de William Gaddis; La montaña blanca, de Jorge Semprún; Dejemos hablar al viento, de Juan Carlos Onetti, y la prosa inimitable e infecciosa de Pierre Michon,  que encripta el haz y el envés del ensueño pictórico en dos obras: Señores y sirvientes y Los Once. Podríamos ampliar la lista. Aún nos quedan unos cuantos títulos de más vendidos como La tabla de Flandes, de Arturo Pérez-Reverte, La cena secreta de Javier Sierra,  La joven de la perla de Tracy Chevalier o Riña de gatos, de Eduardo Mendoza. Aún citaré tres más: El palacio de la Luna, de Paul Auster,  sobre la desdichada vida de Ralph Albert Blakelock y de cómo la luna se convirtió en uno de los elementos obsesivos de sus pinturas, La pintura del monstruo, de  José Emilio Iniesta González,  protagonizada por un profesor de Historia del Arte apasionado por la pintura tenebrista de Caravaggio y, por último, El jilguero.
Mar Braña Gancedo

Me centraré  en esta novela  en la que Donna Tartt  utiliza el cuadro del pintor holandés Carel Fabritius para  la portada, el título y el símbolo de su narración. Casi sucede lo mismo con A.M. Tränkler, si bien en el caso de Vísperas de nada es un proverbial refrán el que propone el título a esta novela breve. Otro paralelismo es que Theo Decker, al igual que hace Héctor Bueres,  permanece encerrado durante días entre cuatro paredes, fumando sin parar, bebiendo vodka y masticando miedo. Una semejanza más es que los dos tienen una historia larga y ninguno sabe cómo ha llegado hasta el punto descentrado en un mundo con el eje torcido en que hallan como dos líneas paralelas, aquejados ambos por un realismo brutal y sobrevenido. Sin embargo, la gran diferencia entre ambos protagonistas es lo mucho vivido por uno y lo que le queda por vivir al otro. En Vísperas de nada, Héctor Bueres se queda mirando el cuadro de Albert Henrich, el Retrato de Tränkler, en El jilguero, es la madre de Theo la que contempla incansable el cuadro, símbolo de la fragilidad, el vuelo y el canto. Hemos añadido, pues un nuevo título, y un gran autor, José Carlos Díaz, a una literatura que nos viene que ni pintada.
Algo que me llama la atención sobre la trama escogida en esta ocasión por José Carlos, es la huella que las relaciones personales dejan en los escritores. A Galdós le atraían los artistas y solía colocarlos cuidadosamente entre los personajes de sus obras. Son conocidas las relaciones entre Galdós y algunos pintores de su tiempo  lo mismo que  la sólida relación que José Carlos mantiene con algunos miembros del grupo de artistas Extremófilos.
Asoma casi de puntillas, El retrato de Dorian Gray, pero en Vísperas de nada, en vez de ser el cuadro el que absorbe toda la podredumbre moral del protagonista, parece ser el protagonista el que busca la complicidad tenebrista de su alma gemela en el cuadro de Tränkler, igual que en la novela ya citada de Auster, es la luna la que parece dominar a Blakelock.
El preludio de las Vísperas es una cita de La edad de hierro de Coetze. Tampoco es ninguna casualidad,  existe una relación muy especial entre la dama protagonista y el vagabundo, basada en la desesperanza y el sufrimiento. Y existe también en esa narración, un texto dentro de otro texto, la carta que escribe la señora Curren a su hija que no puedo dejar de asociar con la carta que escribe Alina a Héctor explicando cuál es la situación a la que no cabe sino enfrentarse.
Como la protagonista de Vértigo ante el cuadro de Carlota Valdez, Héctor permanece mirando el que habrá de ser su retrato. Busca quizá las diferencias, las semejanzas, el fracaso invisible que los une. El lienzo engulle al espectador del mismo modo que toda composición de Edward Hopper integra al observador, pues pinta para quien se complace en mirar temiendo (o deseando, que a veces es lo mismo) la mirada del otro. Hay una estrecha relación entre imagen y observador. Los cuatro personajes principales se observan, unos posando, mostrándose desnudos a merced de cualquier deseo que rompa la inercia de su vida en permanente estado de reposo, de letargo sombrío. Alina busca esa fuerza capaz de modificar su hibernación de sofocante calor y la encuentra en Conrado, en sus cuadros llenos de luz y la temperatura clemente de su casa. Eusebio, el fiel amigo, no pierde detalle de la situación por la que atraviesa la pareja y pinta la ocasión de salir del patatal en que se entierra con una grúa improvisada de buenas intenciones que será el germen de la tragedia. Héctor, cada vez más oscuro y prisionero de su propia incertidumbre, ignora todavía si lucha por entrar dentro del marco con la mirada esquiva o es Tränkler quien mira hacia el suelo con el fin de saltar para poseerlo. “Días de mucho, vísperas de nada”, dice el sabio refrán, frase lapidaria donde las haya. La abundancia puede tornarse necesidad por el menor quiebro de la rutina. Los contrarios deben permanecer  siempre en equilibrio. Es tarea humana controlar el contrapeso. Héctor y Alina lo intentan, cada uno con su propia clandestinidad.
Destacan las descripciones psicológicas de los personajes, su estado de ánimo, como el balance negativo de una empresa con demasiadas pérdidas y la impecable factura de los párrafos, casi pinceladas en las hojas, uno las va pasando como los días, de una en una esperando el desenlace. Y destaca también la presencia de un narrador que no es ajeno al riesgo de ciertas hipérboles: “muchos asertos se columpian entre lo noble y lo grotesco”, leemos  en el capítulo XIV.
Me emociona especialmente el capítulo X de los XXI, el nudo que atenaza la trama,  y ese duelo constante entre las sombras y la luz. Héctor es la sombra, el peso implacable del calor perfeccionista hasta la asfixia, pero la sombra sólo existe si hay luz. Alina deviene la luz de las tinieblas de Héctor, el foco que va perdiendo intensidad, apagándose por las deudas, que, inexorables, van pasando factura mes a mes. Cuando Eusebio propone una pequeña trampa para volver a tener algo de claridad, se pierde por completo el equilibrio. La noche se hace perenne en la vida de pareja y la integridad moral del protagonista está cortada sin que pueda afrontar el cargo de un nuevo enganche. Conrado es, a su vez,  la luz al final del túnel que atraviesa Alina, debatiéndose en un continuo claroscuro introspectivo. Un objeto ardiente enciende todo lo que toca, pero un objeto tibio pierde su calor si se le acerca otro objeto frío, de ahí que la tibieza de Alina se decante por conservar su propia temperatura al lado de Sómbix.

Quién es quién. Al final no se sabe si sale Tränkler del cuadro o es Bueres quien entra. Ambos están jodidos, solos y bien jodidos. Después de todo, poco importa, Héctor había aceptado fingir seguir siendo quien ya no era, he ahí el germen de su pérdida de identidad moral. Si ya no puede seguir siendo él, buscará a aquel que más se le asemeja. El afamado pintor deja paso a la firma de Alina, ajena, casi como si esa alienación saliera de su propio nombre,  sentenciando su último cuadro. Ningún nombre de los personajes es casual. Conrado arrastra la honradez de trampantojo antepuesta  a su apellido con sonoridad de zombi; Eusebio, cuya traducción del griego sería piadoso, es quien ha dado origen a la vida artística del pintor y será el encargado de recoger su cuerpo sin vida, igual que la Virgen recoge el de Jesús en la obra de Miguel Ángel. Eusebio está situado justamente entre el éxito o el empeño, éste último en su acepción más piadosa de escalada. Queda, sustituyendo a la pluma del cuadro original,  el talón, el punto débil que hace vulnerable al héroe, Héctor, el antagonista de Aquiles. 

miércoles, febrero 08, 2017

Vísperas de nada, por María Victoria Carpena

Extracto en lo que sigue gran parte de la presentación que hizo de mi novela María Victoria Carpena, pintora y profesora de dibujo (hija del gran pintor yeclano Fernando Carpena), el jueves 26 de enero en el salón de actos del Instituto Castillo Puche de Yecla (gracias a ella por sus palabras y gracias a todos los que nos acompañaron allí ese día):

Quizás se sientan sorprendidos viéndome aquí para presentar este libro. Yo también lo estoy. No soy escritora ni filóloga. Trabajo desde hace años como profesora de dibujo, pero también soy pintora y pertenezco a una familia de artistas que inició mi padre, Fernando Carpena. Ha sido mi relación con el mundo del arte la que me ha traído a esta novela. Vísperas de nada nos narra una historia protagonizada por personajes que se mueven en el ámbito artístico.
Pero antes de entrar de lleno en el libro, me gustaría hablar de mi relación con el Premio Castillo Puche. Conocí a José Luis Castillo Puche de pequeña, cuando en alguno de sus viajes a Yecla venía a casa con mi padre. Subían a su estudio y le mostraba sus últimos trabajos, los innumerables dibujos preparatorios, los bocetos para la realización de nuevos cuadros. Tenían más o menos la misma edad, eran de la misma generación. José Luis vivía en Madrid y mi padre había pasado allí su juventud, en plena posguerra y antes de volver a Yecla, donde pasó el resto de su vida. No sé de qué hablaban pero tenían en común ser yeclanos y artistas. Al fin y al cabo mi padre pintaba la Yecla fría y dura de posguerra, la misma que José Luís Castillo Puche nos dejó plasmada en una parte importante de su obra. Desde aquí mi recuerdo y homenaje a ambos.  Mi relación con este premio de novela corta empezó cuando Martín Martí, que ha sido durante muchos años el coordinador de este certamen, me pidió que colaborase con la edición de las novelas realizando el diseño de la colección y de algunas portadas, como la otra novela relacionada con el mundo de la pintura, La piel que te hice en el aire, de Rafael Marín. Ahora me toca ir un paso más allá y presentar esta novela.
Vísperas de nada, que,  como ya hemos dicho, tiene como protagonista al mundo de la pintura. La novela comienza con el pintor Héctor Bueres, personaje principal de esta novela, en el museo Thyssen de Madrid,  mirando un cuadro, el mismo cuadro que ilustra la portada de este libro: Retrato del pintor A. M. Tränckler. Este retrato es un elemento clave en la historia, aparece en momentos cruciales de la trama y se convertirá casi en un personaje más de la narración. El retrato de A. M. Tränckle fue pintado por Albert Henrich en 1926. Ambos pintores se movieron en el ambiente artístico expresionista que apareció en la Alemania de entreguerras. Como su nombre indica, en el arte expresionista prima la expresión de los sentimientos frente a la fría descripción de la realidad. Qué sentimos, quiénes somos por dentro frente al relato de lo superficial. Albert Henrich formó parte de la corriente artística alemana denominada Nueva objetividad, pero a pesar de su intento de ser objetivo en la descripción física del modelo, acaba mostrándonos la tristeza del pintor retratado, A. M. Tränckler: “un tipo digno en un mal trance”. Esta frase que aparece en la primera página de la novela puede servirnos como resumen de la historia protagonizada por el pintor Héctor Bueres, quien también es un “tipo digno en un mal trance”. Pintor reconocido por el favor de la crítica y de los coleccionistas en sus primeras exposiciones, asiste a su derrumbe personal y profesional intentando no perder la dignidad. La evolución de su pintura  le ha llevado por caminos figurativos frente a una primera etapa abstracta. Este cambio no será bien aceptado por un mundo artístico que en el libro aparece definido como:  “…frívolo universo pictórico, que acoge igual a genios y a farsantes, a mercaderes sin escrúpulos y a críticos resentidos, a galeristas petimetres y a coleccionistas maleables”. A partir de ese momento su vida se encuentra abocada a una serie de pérdidas que, poco a poco, irán minando su ánimo: la falta de reconocimiento y de ingresos, la llegada inexorable de la vejez y la pérdida del cariño de su mujer, Alina. En estas circunstancias, solo el alcohol le ayuda a recuperar la confianza en sí mismo. Tanto Alina como los otros personajes que aparecen en la novela, pertenecen al mundo del arte. A su mujer la conocerá posando para él, como modelo. Su galerista, Eusebio,  y  un profesor de Bellas Artes, que también es pintor, completan el conjunto de personajes alrededor de los cuales gira la historia. El amor, el arte y la traición son los temas fundamentales de la obra. La traición del pintor a su estilo, se mueve en paralelo con la traición amorosa y ambas dejan una huella irreparable en sus protagonistas. 
María Victoria Carpena
José Carlos Díaz organiza su novela en capítulos cortos, utilizando una narrativa ágil y a la vez llena de poesía, que analiza en profundidad los sentimientos de los personajes. Nada sobra y nada falta en esta obra perfectamente estructurada.  Al final volveremos sobre el cuadro con el que comenzó la obra, cuando la identificación obsesiva de nuestro protagonista Héctor Bueres con el pintor A. M. Tránckler termine cerrando el círculo de esta emotiva novela. Tras la lectura del libro, nos quedan abiertos temas de reflexión muy interesantes. Personalmente destacaría el problema del estilo. El artista necesita libertad para realizar su obra  y así poder evolucionar a nivel creativo. Si le negamos su capacidad de cambiar,  acabará convirtiéndose en un artesano, que repite su obra una y otra vez.
Por último, destacaremos el dilema en el que se encuentra nuestro protagonista, y que todos vivimos alguna vez en nuestra vida: ¿Qué somos capaces de hacer por amor? ¿Hasta qué punto podemos llegar a traicionar nuestros ideales, de vendernos por un plato de cariño? En una primera lectura el libro me emocionó, pero en las lecturas siguientes realizadas desde un punto de vista más analítico, no dejó de emocionarme. Escrita en tercera persona, la voz del narrador se hace presente en algunos momentos de la obra, realizando profundas y acertadas reflexiones sobre el ser humano. José Carlos Díaz, en su condición de poeta, utiliza un lenguaje que aporta una gran riqueza de matices a la evolución íntima de sus personajes, enredados en una trama perfectamente construida. Por su gran calidad literaria y su preciso análisis del alma humana, les invito a que lean y disfruten esta magnífica novela.
María Victoria Carpena



Uno, por su parte, si se viera en el brete de resumir lo que la novela cuenta o pretende, creo que recurriría a unos versos de José Luis Argüelles, quien en un poema titulado Una lectura de Goehte escribía: ¿Cómo soportar la vejez / sin un poco de amor / o algo de gloria? 

jueves, enero 26, 2017

Estampas levantinas (IV)

Esta itinerancia no permite apurar lugares. Vemos resúmenes de los sitios. Quedará más huella fotográfica de ellos que vivencial. El turismo se parece a esto. El viaje es otra cosa. Pero con todo lo entrevisto y sospechado, con lo que uno leyó antes y leerá después para completar el diario de esos días, con las imágenes que se han atesorado, se vuelve el itinerario otra cosa, algo que deja de ser sólo un ir y venir ambulante y está más próximo a lo que se aspira: ser de algún modo y por un tiempo, por breve que este sea, del lugar donde se está de paso. Tomamos un buen desayuno en el hotel y salimos sin pérdida de Elche.
Paramos enseguida en Novelda. Muy cerca de su iglesia de San Pedro. Que es bonita por fuera, con sus cúpulas vidriadas y sus muros en tono cálido, tan propios para el lucimiento del sol mediterráneo. Tiene palmeras que la custodian y una plaza encantadora a sus pies. Por dentro está muy decorada y recargada de imágenes y suntuosidades barrocas. La capilla de la Aurora lucía iluminada y en ella rezaban con devoción varias ancianas y una monja. Novelda se declara modernista. Tiene esa inspiración por sello propio.  Esta tierra fue y es pródiga en mármol, azafrán y vides. Hubo aquí a principios del XX una burguesía terrateniente adinerada e influyente, que obtuvo pingües beneficios de la explotación agrícola, el comercio y las actividades financieras. Y ya se sabe que cuando el diablo no tiene que hacer… Las moscas fueron en este caso labrarse distinción a través de esa estética mundana, de ese lujo más que arquitectónico, mobiliario que es el modernismo. Y de ello se da muestra en un museo que merece visitarse y que permite recorrer las estancias de la casa que se hizo construir doña Antonia Navarro Mira. Una patricia que se casó y enviudó joven. Que pertenecía a una familia liberal moderada. Que viajó a París y Viena. Y que en 1899, siendo su padre alcalde, encargó el proyecto de su hogar al arquitecto murciano Pedro Cerdán, que había estudiado en Barcelona y construido edificios modernistas en Murcia. Si bien se la tiene por una empresaria que gestionó con tino la fortuna heredada, no se sabe a ciencia cierta el verdadero origen de esa cuantiosa hacienda. Un descendiente de la saga familiar apuntó hace unos años, en una entrevista concedida a un periódico, cómo podía haber crecido de pronto aquel patrimonio: “Luis y Francisco Navarro eran el padre y tío de Antonia Navarro. Ambos, antes de la construcción de la Casa Modernista, ya tenían dinero y cada uno vivía en su casa y demás con su familia, aunque en los asuntos de negocios eran como uña y carne. También a los dos les gustaba el juego, y mucho. El caso es que hubo un momento en que se organizó una súper timba en Crevillent, y hasta allí se desplazaron en una calesa muy majestuosa, desde Novelda. Las timbas por entonces estaban prohibidas, pero aquélla debió ser increíble, duró día y pico, y Luis y Francisco tuvieron que ir turnándose para jugarla y no desatender los negocios. El caso es que tuvieron mucha suerte, y ganaron. Las ganancias fueron enormes, por el dinero y las propiedades que se llevaron. Y fue tanto el dinero y propiedades que ganaron, que Luis y Francisco le pagaron 5.000 pesetas de la época a la Guardia Civil para que les custodiaran hasta su llegada a Novelda. Con las ganancias, Luis, el padre de Antonia, dijo de invertir en acciones en un banco, creo que en el Banco de España. Su hermano Francisco no estaba muy convencido, y aunque entró con algunas acciones, no fue tanto como lo hizo Luis, al que le advertían constantemente, porque lo podía perder todo. Sea como fuere, las acciones del banco se multiplicaron. Se hicieron millonarios.”  Cuando el padre murió, doña Antonia se hizo cargo de toda la fortuna heredada. Se casó con Luis Navarro Abad, y quedó viuda ocho años después. Tuvo tres hijos: Carmen, Antonio (que murió de tuberculosis) y Luisa. Daba limosnas, atendía las demandas laborales y gustaba de la vida tranquila, con largas estancias en sus propiedades de La Romana, antigua aldea noveldense cuyo progreso fue empeño suyo. Allí organizaba chocolatadas en las que invitaba a amigos y familiares para que sus tres nietas, que padecían una grave deficiencia mental, pudieran relacionarse socialmente. Así que recopilada la historia, uno cree que tiene una novela dentro. Una folletín de muchas páginas. Una saga con juego, amores, lujo, viajes y desgracias. Un friso histórico, que diría un crítico ortodoxo. En lo más alto del museo, vimos también una exposición sobre el legado de Jorge Juan, marino y científico nacido en estos pagos y del que uno, ha de confesarlo, nada sabía. Quizás por eso —no poco uno no supiera de él, sino porque tal desconocimiento debe de ser general—, se le conoce como el hijo pródigo de nuestra Ilustración. Sus trabajos lo convirtieron en miembro de la Royal Society de Londres y de la Real Academia de Ciencias Francesas, ejerció de espía en Londres y rediseñó el sistema de construcción de los barcos españoles. Participó en la expedición científica que en el XVIII determinó la forma del mundo. En 1734, es designado por la Corona junto con Antonio de Ulloa, como miembro de la expedición organizada por la Real Academia de Ciencias de París para medir un grado del arco del meridiano terrestre a la altura del Ecuador. La misión, dirigida por el astrónomo Louis Godin y el geógrafo Charles Marie de La Condamine, pretendía poner fin a una vieja discusión sobre la forma de la Tierra. De un lado, los que apoyaban a Cassini y Descartes, que defendían que el planeta tenía forma de melón, y de otro, los que seguía a Newton, que aseguraban que estaba achatada por los polos. Para comprobar quién tenía razón, la academia francesa envió una expedición a Laponia, para medir un grado del meridiano en los polos, y otra al Ecuador, en las posesiones españolas en las Américas. La expedición a Quito se prolongó más de 8 años (de 1736 a 1744), en los que Jorge Juan y sus compañeros se vieron en todo tipo de contratiempos. Los expedicionarios midieron el inhóspito terreno en mitad de una guerra y entre acusaciones de la Inquisición para alcanzar un resultado que llegó tarde, pues la expedición a Laponia alcanzó antes las esperadas conclusiones, favorables a la tesis  de Newton. Ya como capitán de navío, en 1748 recibió el encargo del marqués de la Ensenada de viajar a Inglaterra para conocer las nuevas técnicas navales inglesas con vistas a renovar la flota española. Un año después, y con el nombre falso de Mr. Josues, Jorge Juan se embarcó con destino a Londres con una misión de espionaje industrial. Durante 18 meses recogió una relevante información que ayudó a renovar la construcción naval española. Quizás a mi hijo, marino en ciernes, le hubiese interesado este pequeño homenaje que se le hace en el ático de un edificio modernista a alguien que vivió tan intensa y productivamente, y que tuvo siempre al mar por horizonte. Subimos luego hasta el Castillo de La Mola, situado en un pequeño cerro a tres kilómetros de la villa, que fue fortaleza musulmana y ahora es ruina que acompaña, muda de escándalo, al Santuario de Santa María Magdalena, un templo que es remedo torpe del modernismo catalán, en el que se combinan guijarros del Vinalopó, azulejos policromados, ladrillos rojizos y mamposterías varias. Auténtica joya kitsch engastada sobre un árido paisaje, tal y como si se prendiera del pecho de una silenciosa y discreta dama un broche centelleante de bisutería barata. Esa fue la impresión. 
De allí nos dirigimos a Sax. Un pueblo con mucha historia, levantado en torno a un cerro fortificado, donde se estableció, como repoblamiento, tropa musulmana licenciada por su califa allá en el XII. Hacía frío y el cielo estaba plomizo. Las calles lucían engalanadas porque estaba a punto la celebración de moros y cristianos. Todo lo preside el perfil cimero de su castillo roquero, ceñido a la cresta de la montaña y recortado con una altivez muy elegante contra el cielo (en nuestra visita, bajo un cielo amenazante, se resaltaba su inmortal perfil bélico; en un día de bonanza, seguro que le hubiésemos apreciado más aire de mirador que de baluarte). Comimos en un restaurante que por su nombre, Fuente del Cura, presagiaba buen yantar, que los párrocos de pueblo se arriman siempre a los mejores pucheros. Y no estuvo mal el menú ni su postre, un pan de calatrava delicioso. Por pega, la cháchara comercial que sufrimos desde una mesa próxima: un viejo y taimado industrial de telas negociaba con unos cachorros empresariales engreídos el precio, entrega y condiciones de un pedido para la fabricación de estores. Qué cansino resultaba aquel tira y afloja, aquel lucimiento de espolones por unos gallos que en el reto veía uno que iban dejando a medio probar el bocado de sus platos. Hay apetitos más voraces que el hambre. 
Las pequeñas alegrías  de los escritores sin editor. 
De vez en cuando, la sorpresa de un premio literario  la posibilidad de viajar a recogerlo. Esta vez Yecla, de la que uno, a fuer de ser sincero, poco sabía, pero sobre la que uno, por elemental cortesía, indaga. Por saber, entre otras cosas, qué se dijo de ella en literatura. Y vengo a conocer entonces que no sólo Castillo Puche (autor local que da nombre al galardón) tomó como escenario esta villa, sino que lo fue también de las memorias de Azorín, como recuerdo feliz de la infancia, y de algunos pasajes de Baroja, que la describe como villa pobre y rodeada de naturaleza ruinosa y estéril. No ha de extrañar por ello que a los dos institutos de la localidad se les hayan puesto los nombres del monovarense y del autor local —que fue finalmente profeta en su tierra, aun no siéndole fácil alcanzar tal reconocimiento—; y que sin embargo no haya memoria, buena al menos, del escritor navarro. Llegamos a Yecla a eso de las cuatro. Con la ciudad encogida de frío y las calles entristecidas. Encontramos bien el hotel Avenida. Un alojamiento antiguo, de pasillos largos, habitaciones espaciosas con muebles y mantas de abuela. La ventana daba a un patio de vecindad sobre el que se alza la cúpula semiesférica de la Iglesia de la Purísima, decorada en una espiral airosa con teja vidriada azul y blanca. 
Nos echamos pronto a la calle por hacernos idea del pueblo, y con la que nos quedamos no fue otra que de abatimiento por la soledad que se respiraba, que debían de andar las gentes en el trabajo y en sus casas, y los muchachos en la escuela o en sus quehaceres. Desde el teatro Concha Segura, un edificio bonito con una fachada como de casino, subimos hasta la plaza mayor, que nos pareció muy bella y que estaba también muy sola. No tiene gran tamaño, hay unos pocos soportales de arcada renacentista. Desde allí cobijados, vimos enfrente el edificio consistorial, también renacentista, con pórtico y balconada sobre la que luce el escudo de la ciudad, que como casi todas es “noble y leal y fiel”. Hay también una torre con reloj, que saca su frente por encima del resto de edificaciones, y un auditorio, que fuera antaño casa de contratación del trigo. Nos tomamos un té bien caliente en un café concurrido y poco iluminado. Al lado, cuatro parroquianos se echaban un dominó. A las ocho nos vino a buscar al hotel José Antonio Ortega, director del instituto Castillo Puche. A esa misma hora, bajó al vestíbulo también Chelo Sierra, la autora premiada este año. Aunque habíamos intercambiado un par de correos electrónicos, no nos conocíamos personalmente. Estaba acompañada de una hermana y del marido de ésta. Los tres personas discretas y encantadoras. El salón de actos del instituto estaba lleno. Antes de que diese comienzo el acto, nos entrevistaron en un aparte para una televisión local. En esos tragos siempre se acuerda uno de José Emilio Pacheco, que dijo una vez aquello de que: “Después de cada entrevista, me quedo pensando: ¿por qué no le dije esto...? Debería haberle dicho aquello otro... Estoy acostumbrado a escribir, a ver lo que pienso. Y si no veo lo que estoy diciendo, ¿cómo puedo pensar?”. A lo que uno añadiría este trabalenguas: que cuando la cita es televisiva, mejor después no ver lo que uno dijo de lo que no podía pensar por no estar viéndolo. Se hizo lectura del fallo del jurado, se entregó el galardón y la premiada dirigió unas palabras muy bien traídas a los presentes. Después, María Victoria Carpena, profesora de dibujo del centro, pintora ella, presentó mi novela glosándola con un elaborado, preciso y generoso discurso. Recogí el busto de Castillo Puche que no aún no tenía por no haber acudido un año antes a la entrega del premio, una talla dorada que es fiel a la imagen del escritor yeclano en su vejez, barbado y con melena, y que, como todo oropel, pesa demasiado. Hube luego de dirigir unas palabras a los asistentes. No llevaba nada escrito, pero sí al menos someramente pensado. Y ya que de la novela se había hablado tan bien por María Victoria y quedaba expuesto su argumento e intenciones, me pareció oportuno incidir en la conveniencia de que los centros públicos de enseñanza mantengan costumbres tan sanas como la de los premios literarios. Dije algo así como que uno viene de la poesía  y que como poeta tiene entre sus referencias de cabecera a Joan Margarit. Que el catalán dijo una vez, y cité grosso modo, que  “el ser humano vive en un universo cruel y brutal. Gracias a la Ciencia y la Técnica se defiende de la agresión de ese universo apretando un botón… Pero la intemperie moral nos alcanza a todos: pérdidas, errores, catástrofes personales. La muerte de un ser querido, sentirse abandonado por tu cónyuge… Entonces, ¿qué botón apretamos? Sólo nos quedan las letras, pero leer a Montaigne cuando nos ocurre una desgracia es demasiado tarde, hay que tenerlo leído antes. De ahí la importancia de las Humanidades en la educación.” Y de ahí que el apoyo a la creación sea tan meritorio en esos ámbitos educativos, porque no otra cosa han de ser las humanidades en la escuela que un escudo protector contra las inclemencias de la vida. Y en eso tan trascendente andaba cuando se puso a sonar, como si no hubiese mañana, un móvil en la primera fila, la de autoridades. Se me fue el santo al cielo y terminé como pude trayendo a colación otra cita, esta de Magris, que decía aquello de que “la literatura no salva la vida, pero ayuda a darle sentido”. 
Pues eso. Mientras, el propietario del móvil silenció finalmente y no sin esfuerzo y tiempo aquella inoportuna estridencia. Hubo luego algunas intervenciones más, que no se alargaron y resultaron muy digeribles. Rematándose todo con unas piezas musicales al piano interpretadas por un par de alumnos del centro. Había un ágape para todos en un salón anejo, pero a uno le tocó firmar libros, con dedicatorias que querían ser originales y daban por ello un trabajo al que no se está acostumbrado ni para el que, debe admitirse, se está especialmente dotado. Fue tan larga la cola a atender que al final sufría uno los estragos de una incipiente epicondilitis, que era en la ocasión más codo de best-seller que de tenista. Del pincheo ya no quedaban ni las sobras, y de haberlas habido tampoco las podría haber probado, que allí mismo hube de firmar más librillos. Fuimos, no obstante, enseguida a cenar, en el Aurora, un comedor vetusto donde compartimos mesa los premiados con alguna autoridad municipal, el hijo de Castillo Puche, la dirección del instituto y con mi querida María Victoria Carpena, que había salido con nota del, para ella, desacostumbrado paso de presentar una novela sólo unos momentos antes. La velada fue muy agradable y se mantuvo la llama de la conversación hasta casi las dos de la mañana, sin que en ningún momento fuese ese fuego pavesa. A la habitación llegó uno rendido, y un poco tal y como decía Víctor Botas en su poema Cástor y Pólux: “tan jodido / y feliz / como furcia de hotel en noche de congreso”.