jueves, mayo 29, 2008

Nostalgia del presente

La sentí sin saber cuál era su nombre exacto. Finalmente lo descubrí en un poema escandinavo de Borges, en una página de los diarios de Xuan Bello. Resultó ser: Nostalgia del Presente. Le puse mayúsculas a sus iniciales. Y arrastré la fonética de la g pronunciándola como se haría en italiano, acentuando a la vez la í, volviendo hiato lo que era en castellano diptongo [nostalyía del presente]. Se me antojó entonces que era el nombre de una gran dama florentina, que inválida tras caerse de su caballo miraba desde una de las estancias altas de su palacio la campiña toscana, apurando desde allí todo el paisaje como si se tratara del poso de un antídoto en el que le fuera la vida.

Obsesión

Para escribir un buen libro, una obra sólida, no sólo se necesita oficio, es imprescindible una obsesión.

martes, mayo 27, 2008

Ilusión

No debería echarse en olvido que toda ilusión esconde un temible prefijo "des-" que más temprano que tarde se reclama como tal. No debería fiarse todo a la esperanza de una palabra en número insular que termina siempre por desvelarse incompleta. Tal vez fuera conveniente recurrir al plural consecutivo, a las ilusiones tomadas de una en una, confiando en que el tiempo nos libre finalmente del último de los prefijos.

jueves, mayo 22, 2008

Campo de amapolas blancas

Tres días atrás recibí el correo de un amigo recomendándome la lectura de Campo de amapolas blancas, de Gonzalo Hidalgo Bayal. Ayer compré el libro a media mañana en Paradiso. Lo leí a la tarde. Novela de alrededor de noventa páginas. Historia que acontece en la imaginaria Murania. Habla de la vida de H. El narrador fue su amigo desde la escuela —ambos fueron alumnos de los hervacianos—, hasta el tránsito convulso de la juventud, cuando sus vidas comenzaron a distanciarse definitivamente. El primero de sus capítulos es una especie de prólogo que pone sobre aviso al lector del modo en que se afronta la escritura de lo contado. Habiendo comenzado todo veinticinco años atrás, se advierte que no puede entonces esperarse precisión y detalle, sino sólo apuntes de lo que en la memoria permanece al cabo del tiempo. Así es. Lo recordado son jirones. Episodios que dan noticia de cómo se forjó la amistad entre narrador y H en la infancia. La estancia de ambos en París el verano previo a su ingreso en la Universidad. Los días que compartieron en los estíos de Murania cuando ambos ya parecían enfocar sus gustos y su vida por derroteros diferentes. La lenta e imparable declinación hacia lo marginal de H. Fueron en el comienzo vidas paralelas, insegura formación de hombres que tantean, antes de serlo defintivamente, el suelo, el aire y la luz que a su paso encuentran. Que viven, como todos, en un lugar y en un tiempo precisos, el de los años sesenta y setenta en las provincias de “un viejo país ineficiente”, que decía Gil de Biedma. En ese ámbito se definen dos vidas. La del narrador enderezándose en la seguridad de lo convencional. La de H diluyéndose finalmente como esa lluvia sobre la que iba guardando cuantas citas encontraba en sus lecturas. Todo se narra con un tono premeditadamente distante. El capítulo inicial fija esa perspetiva. Y sin embargo, compensando esa aparentemente objetiva disección del pasado, la novela está veteada de una elegante sensibilidad poética. La parquedad expresiva tiene, cuando se usa con pericia, la virtud de la connotación, de la interpretación entusiasta. Esa amapola blanca a la que alude el título y que nunca creció en los campos murgaños es la metáfora de un paraíso que más que perdido se desvela ilusorio, o al menos tan frágil y fugaz como la nieve que es la flor de los almendros en la cita inicial de Camus. Un paraíso tras el que se desorienta una vida que como único vestigio de su confusión deja tras de sí la abstracción colorista de una lámina de Kandinsky colgada en la pared del piso de un brigada. Un rastro que se antoja demasiado inconcreto para el olfato de un guardia civil que sólo tiene la certeza, como el propio Camus, de que “los hombres mueren y no son felices”.
(Coda preventiva: No aspiran a ser estas impresiones reseña de suplemento literario en diario de prensa, sino sólo la nota pergeñada en un diario personal en el que a veces se escribe de literatura cuando a uno le conmueve lo que lee.)

miércoles, mayo 21, 2008

Chambi

Hemos vuelto al Antiguo Instituto Jovellanos a ver una nueva exposición fotográfica. La última había sido la de Inge Morath. Ahora es la de Martín Chambi. Aquella transcurría por los márgenes del Danubio. Apaciblemente. Sin contrastes bruscos. Ni en las tonalidades, ni en la vida retratada. La de Chambi es en cambio una obra de negros intensos, de rostros esculpidos, de construcciones sólidas y antiguas y, ocasionalmente, de tules níveos en las bodas de los blancos. Fotógrafo peruano nacido a finales del XIX, profesionamente tuvo como dedicaciones el trabajo por encargo de las celebraciones y retratos grupales de las familias burguesas cuzqueñas, y las imágenes que como reportero tomaba para la prensa. Sin embargo, su obra más personal fue la dignificación indígena, fotografiando sus tipos, sus fiestas, su marginación y su portentosa arquitectura.
Uno tenía en la memoria sin saberlo una foto de Chambi. Eso sí, muy en el fondo y con la pátina de niebla que sobre todo echa el tiempo, con el esfumato que le pone a los contornos. Una foto clásica del Machu Picchu. Fue tomada en los años veinte. Él fue el primero en llegar con su cámara hasta la ciudad olvidada y recién descubierta. El primero que la fotografió desde dentro y en la distancia. En esa foto que yo conocía sin saber de quién era, la ciudad inca reposa en el cuenco de una mano hercúlea. En la mano de un antiguo dios al que se supuso enterrado cuatrocientos años atrás. Chambi dio noticia de su su pulso firme. Sostenía aún el mundo de sus antepasados.

domingo, mayo 18, 2008

Verde agua

He leído una pequeña joya que lleva por título Verde agua. Hace unos días, paseando con mi amigo J., le hablé de la grata impresión que me estaba causando El infinito viajar de Claudio Magris. Su prólogo es casi un ensayo, breve pero intenso, sobre las distintas significaciones que puede tener el viaje. J. recordó entonces a la que fuera mujer del triestino, Marisa Madieri. Había leído de ella unos años atrás una obra a modo de diario que le había parecido magnífica. Tanto, supongo, que apenas un par de horas después de despedirnos me hizo llegar a la oficina un pequeño paquete envuelto en papel de regalo que contenía la delicada edición que Mínúscula publicó de Verde agua.
Madieri nació en Fiume en 1938. El libro relata el destierro de quienes como ella y su familia hubieron de abandonar la que era su ciudad, y que pertenecía a Italia, cuando les fue entregada a los yugoslavos después de la Segunda Guerra Mundial, convirtiéndose en la que sigue siendo hoy Rijeka. Hubo de asilarse varios años en un campo de refugiados en Trieste, lugar donde finalmente vivió hasta su muerte, por un cáncer, en 1996. Madieri fue profesora y, también, casi en secreto, escritora. Verde agua es una narración en forma de diario que desgrana recuerdos de infancia y juventud y sucesos de la vida que transcurre mientras se redacta el libro.
En el posfacio de Claudio Magris hay una cita de Nietzsche, que según parece le era muy querida a Umberto Saba; una cita que resume bien cómo están escritas las páginas de Verde agua: “Somos profundos, volvamos a ser claros”. Y lo explica así el propio Magris: “En numerosas ocasiones la crítica ha destacado su tersa y despiadada transparencia, que deja emerger íntegramente el oscuro fondo de la vida hasta la límpida superficie de las cosas, agua cristalina sobre cuyo espejo se dibuja la tortuosa geometría de las cavidades submarinas.” Ciertamente, todo lo dice Marisa Madieri con sencilla elegancia, con emoción profunda y contenida. Se habla con alegría de la vida, aun sabiendo que esa vida –ya estaba enferma por entonces la autora- siempre alberga la semilla de su propia destrucción. Y se hace también defensa de esa vida hasta en las más difíciles circunstancias, en la miseria y el extrañamiento, porque aún en tales trances se alcanza a adivinar en ella los indicios de aquello que la justifica sobre todo, el amor que se recibe y que se da. Un libro, en fin, que ya uno incluye entre esas lecturas que sobrecogen, alegran y consuelan, que nos ayudan a ser mejores.

sábado, mayo 17, 2008

lunes, mayo 12, 2008

Hubo un tiempo...

Se tragaba la madera de los muebles y del suelo la avara luz de las bombillas que iluminan el salón. El poso del café en el fondo de las tazas. El brillo de las copas y los ojos. Las palabras son más sinceras en la complicidad de la penumbra y del alcohol. Xuan cenó con nosotros en esta pequeña casa de su pueblo donde pasamos el fin de semana. Noto que habla más despacio y más suave. Que se viste con mayor descuido. Cuando se fue era noche cerrada. Caminaba sin prisa alguna. Se veía en la oscuridad la pavesa de su cigarrillo. Al irme a dormir, me rondaban algunas de sus confidencias. Aquellas palabras que hablaban de una ilusión antigua, de una desesperanza nueva, paradójicamente tranquilizadora.

Hubo un tiempo en que desee vivir en el Mediterráneo. Trasladarme definitivamente a una isla cálida. Vestir ropas amplias de lino. Brasear verduras y regarlas con aceite espeso. Acompañarlas de vino blanco en frasca transparente. Escribir despacio y leer hasta el fin de los días. Hubo un tiempo en que amé el sol y los cuerpos libres que su luz bendecía. Que busqué cobijo en los arenales y la pinaza. Que me hacía feliz la transparencia del océano y las pequeñas barcas levitando sobre ella. Hubo un tiempo en que nada me importaba más que asistir en el silencio de las colinas al incendio incruento de los ocasos. Que amparado en las sombras de las casas de Deià subí en un almediodía luminoso hasta la tumba de Graves.Hubo un tiempo en que fui joven y odié el invierno, la lluvia y las nieblas. En que hubiera jurado que el amor no se desgasta. En que me daba un miedo infinito remontar el curso de los ríos porque imaginaba que en su principio fluía el magma horrendo de un Kurtz oculto. En que eché al olvido la lengua de mis padres y di por ruinas la casa donde nacieran y por mala hierba el bosque que le daba sombra. Hubo un tiempo que ahora, cuando se me antoja escaso este otro tiempo que no es más que el resto de mis días, ya casi juraría no haberlo ni vivido.

lunes, mayo 05, 2008

El arca de Noé

Desde este altozano se alcanza casi todo el caserío del lugar. También un recodo del río. Tan lento en su curso, tan apacible y sin embargo extrañamente temible, como si uno no pudiera verlo sin recelar de ese lomo terso que deja al aire y que tal parece la agazapada amenaza de una sierpe enorme. Sólo quiebran el silencio los esquilones. Su ritmo atolondrado recuerda vagamente al de un desagüe. Los pájaros. El martilleo breve que mantienen un par de aldeanos que cercan un prado próximo. El sol se abre paso. Nos hemos hecho el próposito de visitar varios lugares a lo largo del día, pero cuesta abandonar la casa en esta mañana luminosa y calma. En Boal nos detenemos a reservar mesa para el almuerzo. Vamos despacio, gozando del paisaje, observando que los pequeños núcleos rurales dispersos en torno a la carretera se han ido acicalando en los últimos tiempos. En Doiras tomamos la desviación que indica la ruta hacia la Cova del Demo. Quinientos metros más allá aparcamos el coche y decidimos caminar. Hasta Froseira hay apenas un par de kilómetros. Se va bordeando la profunda hoz de Urubio, que corre rumoroso en el fondo, oculto a la vista. Baja generosa el agua de los riscos próximos. Descubrimos incluso una cascada de considerable altura que se precipita impetuosa varios metros por debajo de nuestros pies. El camino también desciende y pierde angostura el curso del río hasta abrirse en valle y descubrir por fin sus aguas, justo por donde se alcanza Froseira, que ya desde lejos da indicio de la sólida y amplia construcción que hubo en torno a la que dicen fue la más importante ferrería asturiana del XVIII. De aquí salían las barras de hierro que luego eran moldeadas en los mazos y fraguas de la comarca, hasta hacerlas clavos, herramientas de labranza y utensilios de cocina. La ferrería de Froseira permaneció abierta entre 1751 y 1886. Aprovechaba la abundancia de agua y de madera, sobre todo roble, raíz de brezo y castaño. El agua era represada y conducida por un canal que hacía girar los rodeznos de madera con los que se movían mazo y barquines. Se fundía el mineral de hierro procedente de Somorrostro, llegado hasta Navia, a los muelles de Porto, desde donde los carros lo cargaban hasta Froseira, cuarenta kilómetros hacia el interior. En torno a la casa, al puente y al arbolado frondoso andábamos cuando nos vino a saludar una anciana levemente renqueante, tocada de pañoleta y vestida con ropas de labor. Nos invitó a entrar, a ver la ruina de lo que fue aquella industria del hierro que ella nunca conoció pero de la que ha aprendido cómo funcionaba y por dónde se distribuían sus partes. Las carboneras que fueron finalmente los establos con los techos más altos que nadie recuerda en la zona. Esas otras paredes ya sin techumbre que circundan un improvisado claustro secular ganado por la mala hierba y donde antaño se ubicó el horno. El almacén umbrío y terrero donde soplaban los barquines. El banzao que remansa el agua en ese apartado rincón que más parece ahora un estanque de jardín descuidado que la presa de lo que hubo de ser una fábrica tumultuosa. Andamos al ritmo de Otilia, que deja el cayado en cualquier esquina y acomoda la cadera a escaleras y pendientes, que nos lleva hasta el molino que aún mantiene en uso. Lo pone en marcha para que veamos cómo los tragos atolondrados de agua mueven desde la garganta la musculatura de sus mandíbulas, la voracidad parsiominiosa de sus muelas de granito, que rumian hasta la harina el trigo, el maíz o la escanda. Y antes de despedirnos nos ofrece de beber. En una bodega caótica donde se agolpa de todo, abre la espita de un barril pequeño. Sirve un vino casero, ligero, fresco y algo ácido, que mantiene aún otro rato la conversación con la vieja. Vive sola sin miedo ni añoranzas. Entretenida con la labor de la casa, ayudándo al hijo que vive en Doiras pero tiene ganado por lo prados próximos y contándole estas y otras cosas a quien se cae por Froseira. Dejamos a Otilia y nos vamos contentos. No es mucho lo que se ve, a qué engañarnos. Es más lo que se presiente que hubo allí. Pero queda del lugar la amabilidad de la anciana, ese estar a bien con lo que la vida ofrece en un lugar remoto, descubriendo que no es tan poco puesto que puede compartirse. Algo más allá, el Navia se retuerce en un meandro musculoso, sobre cuyo cauce se refleja en sombra oscura un paisaje feraz, el intenso verde que remiendan los sembrados de patatas, que pespuntea la sutura del minifundio y motean los minúsculos muros blancos de las caserías dispersas. El agua siempre anda aquí remansada. Está cerca el dique de la presa. Allí bajamos. A un lado queda el estanque profundo a cuyas orillas unas cuantas barcas amarradas le dan un aire de postal. Al otro, el muro sobre cuya vertiginosa caída es difícil mantener la mirada sin sobrecoger el ánimo. Se precipita hacia el abismo por donde continúa el río. Hacemos un alto en San Luís. En las antiguas escuelas han abierto recientemente un centro de interpretación de la emigración boalesa. Pequeño y coqueto. Bien explicado por quien lo atiende. Documentos de lo que fue una próspera y benefactora sociedad de naturales del concejo, con sede en La Habana y que en los años veinte y treinta del pasado siglo financiaron un puñado de escuelas y lavaderos en estas aldeas. Aquella sociedad aún hoy pervive. La paradoja del tiempo ha hecho que los hijos de aquellos que contribuyeron con parte de su fortuna americana a la prosperidad del terruño que los viera nacer, reciban ahora la ayuda que se les envía ocasionalmente desde España para mitigar sus apreturas. Pregunté sobre la existencia de archivos. Me remitieron al Ayuntamiento. No estaría de más tener tiempo para echarles una ojeada, que mi abuelo paterno sé que viajó a Cuba y que de allí volvió antes de la guerra, con tiempo para casarse y tener seis hijos y ser muerto a la temprana edad de treinta y ocho años. Veo con un punto de emoción esas fotos antiguas de las escuelas graduadas de Boal. A esos pequeños asustados que retrata la máquina del fotógrafo y entre los que estuvieron, por tiempo demasiado escaso, mis propios padres. Aquellas aulas que limpió mi abuela. Allí cazaba palomas. Una caja de cartón levantada por uno de los lados con un palo atado a una cuerda. Unas migas bajo la caja. Las aves que comían confiadas. Se tiraba de la cuerda hasta vencer la verticalidad del palo. La trampa que se cerraba. El aleteo inútil en la sombra. La pericia de unas manos que retorcían los cuellos frágiles. El arroz con paloma de las fiestas. La miseria que se olvida del lugar por dónde la compasión nos habitó un día. En el Prado estaba la mesa puesta. Caldo de rabizas. Mi plato más querido. Del que más gozo. En esta casa de comidas lo hacen suave y a la vez sabroso. Ciertamente recomendable. Después del café decidimos pasear un poco por las calles del pueblo, por bajar la comida. Pero el día se había quedado tan soleado que a esa hora el calor reinante no invitaba a prolongar mucho la caminata. En Boal de abajo se mantienen algunas casas que fueron de indianos, que conservan su porte antiguo y unos cuidados respetuosos con su historia. Villa Damiana, El Zanco, Villa Anita. Habíamos aparcado el coche a la sombra. Tomamos rumbo a Rozadas. Se sube hasta Penouta, lo más alto del contorno. Allí he visto otras veces la nieve; muchas, la niebla desoladora de los atardeceres; siempre, la soledad de los caballos que pastan ariscos por aquellos montes y que son como una metáfora algo dolorosa de la libertad. Félix abrió a la hora el pequeño museo del hierro. Y nos explicó sus piezas. La historia de los mazos. La fábrica del clavo. Félix tiene en Rozadas cuatro apartamentos rurales. Cuida también de un pequeño rincón donde ha ido construyendo las estancias de lo que antaño era una humilde casa de la zona. El lar y los pocos útiles con los que se cocinaba, la vajilla escasa en la alacena, la masera donde se hacía el pan y se comía a diario, la cama con somier de cuerdas y colchón de hojas de maíz, el baúl que guardaba las pocas ropas y que tantas veces se echaba a las espaldas camino de otros lugares, de una vida mejor. Félix habla de ese mundo que conoció desde la infancia, que no fue fácil y que sin embargo ama. Atesora el rastro de lo que de él queda, hace acopio de lo que se desecha por antiguo y es memoria que explica de dónde se viene y por qué no se es de otro modo. Es un placer atender la charla de Félix, que todo lo mima con el mismo cuidado con el que ha dispuesto un mantelillo de lino, primorosamente bordado y planchado, sobre el altar de la vieja capilla de su casa. En Armal visitamos a la familia. La vieja casa familiar donde siempre es grato volver. El recuerdo de los veranos que allí se pasaron de crío. La tía hace café. Siempre espeso. El noble pastor alemán que cuida de los viejos se deja acariciar tendido al sol. Al atardecer, en la antojana sigue el día espléndido y cálido. Se charla allí, al aire libre, teniendo a la vista la mole de Penácaros, el monte pelado que luce un color amarillo e intenso por la flor de los tojos. Volvemos a nuestro alojamiento. Siento la felicidad de un día pleno, preñado de momentos deliciosos, que deja caer un telón de luz anaranjada, que trae una postrera brisa fresca, que posa sobre el pecho una suave melancolía. Apuro un vaso de vino blanco, cierro el periódico y escribo sobre el lecho del libro abierto en el que hace un rato subrayé estas palabras: “el viaje-escritura es una arqueología del paisaje, el viajero —el escritor— baja como un arqueólogo a los diferentes estratos de la realidad para leer incluso los signos escondidos debajo de otros signos, para recopilar el mayor número posible de existencias e historias y salvarlas del río del tiempo, de la ola disipadora del olvido, como si construyera una frágil arca de Noé de papel, aun siendo irónicamente consciente de su precariedad” (de El infinito viajar, Claudio Magris).

martes, abril 29, 2008

Un tal D´Hubert


Hay novelas en las que se aprecia el buen pulso de quien las escribió y se gozan con el placer con que se disfruta de lo hermoso. Y las hay que no sólo están bien escritas, sino que además consiguen leerse con la complicidad de la identificación. Nos vemos en alguno de sus personajes por razones sobre las que sólo la intuición pone en la pista, y que sólo la reflexión a veces llega a desvelar completamente. En ello ando, intentando saber qué me ha movido a verme en un teniente de húsares, a comprender tan bien a Armand D´Hubert. Porque, paradójicamente, he leído con la emoción de lo cercano una historia napoleónica, la de los duelos que a lo largo de quince años despacharon dos militares para dirimir una absurda cuestión de honor. Porque, aún a pesar de la distancia en el tiempo, en la condición y en las actitudes morales, me he sentido un tal D´Hubert a lo largo de El duelo, esa deliciosa nouvelle que Conrad incluyó en el libro de relatos A set of six. Y aunque no tengo resuelto el porqué, me da que algo tiene en ello esa tendencia a mantenerse digno aún en las circunstancias más absurdas, un rasgo de nobleza en el carácter que creo se debería procurar siempre y que constituye la más temible de las armas en el subyugante enfrentamiento que en esta obra -y en lo diario- se libra con la vergüenza de toda cobardía y contra la humillación de la violencia como razón última de una vida, la del enemigo Feraud, entendida permanentemente como agravio.

viernes, abril 25, 2008

La risa de mi hijo

Se arrastraban húmedas las horas de mi vida
como los caracoles en las tapias
después de las tormentas,
sin sospechar siquiera
que un buen día les habría de salir al paso
el exterminio dulce de tu risa.

(Alguien hoy me vino a recordar estos versos de hace tan sólo -¿tan sólo?- unos años.)

martes, abril 22, 2008

La petaca y el poeta

Travesías, de Martín López Vega, es un libro muy bello, tanto por dentro como por fuera; un poemario que comienza diciendo algo así –escribo de memoria– como que todos los días amanecen con la posibilidad de convertirse en paraísos, en infiernos o en purgatorios. Supongo que son más los últimos. Que de los primeros sabemos a ratos y de los segundos ocasional y definitivamente. No extraño entonces que ayer haya sido, como tantos otros, un día de purgatorio. Lamento que me lo haya parecido. Que lo fuera demasiado evidententemente. Que le advirtiera la incómoda indiscreción de todo lo que se hace notar en exceso.

Tienen mal cauterio estas horas abiertas en prisa y enojo. Uno les pone como puede remedio antes del sueño, porque no es conveniente hacerse a la noche en la tormenta, ni procurar la piel de quien se ama con el ánimo del que todavía anda maldiciendo contratiempos tiernos. No es mala ayuda entonces apañarse una cerveza fría o un lápiz afilado con que conjurar lo amargo. Son remedios aparentemente ligeros, pero con un acusado peso específico que, casi milagrosamente, inclinan el fiel de la balanza hacia la idea de que, como Borges decía, hemos tropezado al fin con el trocito de paraíso que la vida nos reserva cada día.
De todo eso, creo, hablan estos versos. Se escribieron disfrutando del silencio y la cerveza.

He escrito algunas veces,
al acabar el día,
por aliviarme de su áspero tránsito.
Me cura ese silencio
que sólo el lápiz burla
deslizándose por los papeles
como un esquivo gato sibilante.
Tiene por péndulo el tiempo entonces
el oleaje calmo de las sílabas,
golpeando como un pulso ya en bonanza
los muelles de la noche.


Dormirse después, o lo que se pretenda, resulta siempre mucho más agradable. Es el relajante efecto de la farmacopea de la petaca y del poeta.

jueves, abril 17, 2008

Cosas de ayer mismo

Ayer saqué un rato en la mañana para constestar el correo de un amigo. Al releer lo que le escribí, aun sin estar plenamente satisfecho ni con el fondo ni con la forma —quién lo está nunca—, pensé al menos que había en los renglones pergeñados sinceridad y contención, y que no era mala mezcla, pues aquélla se hace insorpotable sino se la embrida. Me pareció también que se hace agradable ensayar de vez en cuando el viejo género epistolar. Aunque se use para ello el formato del e-mail y no el antiguo recado de escribir donde siempre se desvelaba el pulso del remitente. Es bueno redactar cartas como quien camina solo y aun sin ser ajeno a lo que le rodea es capaz de mirarse los adentros, de conversar en silencio consigo mismo y con quienes decide en cada momento que lo acompañen mentalmente en el paseo.
Luego, al llegar a casa, me esperaba un paquete pesado y misterioso. Abierto resultó ser un libro bello, grande. Venía dedicado. Me emocionó ese presente inesperado, ese afecto que apenas se intuye y que de pronto se manifiesta de la más entrañable manera, a través de un regalo que no obedece sino al capricho generoso de quien sólo por gusto lo envía. Y uno se queda dichoso y sin palabras.
Justo hasta que mi hijo vino a sacarme de ese ensimismamiento. Deberes. Problemas de cálculo. Porcentajes. Proporciones. Y su duda porque los resultados no eran exactos. Y su queja porque es incapaz, más que de comprender, de tolerar que el maestro ponga problemas que una vez resueltos no den cifras exactas. Sin decimales. Porque, curiosamente, mi hijo odia los decimales. Ya hemos intentado explicarle que de aquí en adelante los ejercicios que tendrá que resolver la mayor parte de las veces darán resultados inexactos. Que en las operaciones de la vida diaria no siempre hay cifras exactas. Pero su insistencia sobre la incomodidad que misteriosamente ello le provoca me impacientó de repente tanto que me dio por decirle que la vida misma no era exacta. Así que a acostumbrarse.
Volviendo la mirada de nuevo al libro recién recibido y apaciguándome así el ánimo que el empecinamiento de mi hijo había revuelto, pensé que aún siendo verdad lo que por cerrar el asunto le había dicho —reconociendo, no obstante, que no era comparación ilusionante para un crío—, no es menos cierto que la vida a veces, para nuestra fortuna, deja los decimales por el camino.

miércoles, abril 16, 2008

Penouta


Así econtramos, semanas atrás, el pueblo de mis ancestros –más bien las nieves de sus alturas próximas-. Día luminoso y frío. Mi hijo distinguió sobre el manto blanco las huellas de un lobo. Yo, a su misma edad, confiaba en que aparecieran los hermanos de Bonanza cabalgando por entre estos riscos.

lunes, abril 14, 2008

Fernando Maura

Sigo con cierta asiduidad la bitácora de Fernando Maura. Un tipo valiente al que, además, da gusto leerle. Gusto literario que cuando se trató de contar lo que sentía acerca de su hija Pilar se tornó en una conmovedora angustia. Ella ha muerto hace muy poco. Tras veinte años encamada. Los mismos que tenía. Nació tetrapléjica. Las entradas que hablaban de los últimos días de su hija son una extraña muestra de literatura y de verdad. Tienen de aquélla un distanciamiento que parecería casi imposible —pero que no resulta nunca frío—; y de ésta todo el tránsito amargo del dolor por las cañerías del cuerpo. Quise entonces contar algo sobre ello en estos Diarios y me faltó tacto, medida. Si ahora lo refiero es porque acabo de leer un recomendable artículo sobre el asunto. Lo escribe Arcadi Espada. Él sí ha tenido tacto y medida. Y mucho talento para relatarlo.

jueves, abril 10, 2008

Estos invernales días

A Juanma, María, Adrián y Juan.

Días más invernales que en el invierno. Uno lo lamenta especialmente por los amigos que han venido de visita desde el sur en estas fechas y han de andar bajo techo. Paraguas, alero, café o museo. Se van a llevar una perspectiva parcial de estos lugares. La que da una mirada más pendiente de no pisar los charcos que de otear todo el paisaje que los días apacibles muestran. Cosas de esta tierra. O más bien de estos cielos. Otros vendrán que disfruten de los verdes en gama infinita que el agua de la recién estrenada primavera está trayendo a destiempo. Hago por un momento el difícil ejercicio de la empatía con el viajero que llega a mi ciudad en condiciones tales. Veo unas calles asoladas por luces mortecinas y lluvias airadas. Ciudad sin relieve y apenas sin color. Veo cómo llega el oleaje turbio desde la nada en que se ha vuelto la juntura con el cielo. Pero juro que esto puede ser distinto. Que puede ser mejor. Sobre todo en otros momentos. Bien pudieran ser los del final del verano. Cuando se desalojan ya los arenales, menguan los días y la luz tiene en su final esa inclinación puntillosa que repasa a lápiz el contorno de todo lo que antes de la noche adquiere el color tibio de las ascuas. Me parece que estoy justificando este mal carácter pasajero del lugar que habito con el mismo empeño que se pone en disculpar el capricho repentino y desacostumbrado de un hijo. Será que siento este rincón también como algo mío.

lunes, abril 07, 2008

Danubio

Primer piso del Antiguo Instituto Jovellanos. Exposición de fotografía en blanco y negro. De Inge Morath. Apenas media docena de visitantes que se inclinan con gesto curioso sobre las imágenes. Que buscan en ellas el detalle. Que se arriman al río. Al Danubio. Transcurre plácido. Y a sus orillas se detiene la vida. O la detiene la cámara por un instante. La fija y nos la cuenta tal y como era. Justo antes de la segunda guerra. Y ya después, a finales de los años cincuenta. Unos textos escuetos apuntan algunos datos sobre lo que se ve. El Danubio cruza Europa. Se pierde en el Mar Negro. Viaje, costumbres, miradas, naves que parecen dejarse ir muy despacio. Bodas y cafés. Cementerios. Estibadores. Muchachas que ríen. La vida aparentemente apacible de un río largo y sólido como las certezas. La de saberse vivo en algunas ocasiones. Cuando se siente la necesidad de contarlo con palabras o fotografías.

jueves, abril 03, 2008

Conradiana

Ayer, a la vuelta del trabajo, me encontré en el buzón la Conradiana de Jorge Ordaz. Muy hermosa compilación de algunas cosas que en la bitácora Obiter dicta se contaron a propósito de Joseph Conrad con ocasión del sesquicentenario de su nacimiento. Leí el libro después de comer. En mi orejero. Con los pies en alto. Sonando de fondo Madeleine Peyroux y con la casa entera en sosiego. Afuera el día se había ido quedando frío. Soplaba una brisa húmeda. La lectura y la música que la acompañó, que en nada perturbó a aquélla, sino que, muy al contrario, hizo que todo alrededor fluyera suave, me procuraron ese rato de dicha que uno persigue a diario. Ya había leído estos textos en la pantalla del ordenador a medida que el autor los iba oreando. Los imprimí incluso y pude por ello manosearlos en folios dispersos. Pero ahora en libro, siendo los mismos parecen muy distintos. Toman cuerpo y adquieren las formas de lo que en sazón se ofrece. Editados elegantemente, con primor y gusto antiguo, son diez textos cultos que aun tomando a Conrad como referencia última, ésta se constituye en la mayor parte de los episodios sólo en vaga noticia de su obra o de su vida sobre la que se articulan las coordenadas espaciales y temporales de otras más palpables alusiones a traductores, críticos o amigos del autor homenajeado. Es, por tanto, Conradiana una obra dedicada a quien la inspira, pero que no peca de ditirámbica ni se refocila en el detalle erudito propio del biógrafo pedante. Recrea lo que la lectura atenta y curiosa de Conrad ha suscitado en ocasiones. Supongo que en eso consiste leer con gozo: argumentar con lo mejor de los libros nuestras vidas. Y aun a pesar de que todo parece haberse escrito en estos textos con un premeditado distanciamiento, como de estudioso, finalmente el libro, en su cápitulo final, Addenda, revela la verdadera emoción que lo ha hecho posible. Se habla en él de la obra más apreciada por Ordaz de entre las de Conrad: Notes on my Books. Dice así: "Hacia el final de su vida el editor londinense William Heinemann le propuso reunir los prefacios que había ido escribiendo a sus principales obras, desde La locura de Almayer hasta Notas de vida y letras, en un volumen pensado para el público bibliófilo. Conrad, cuya economía nunca fue boyante, aceptó, y en 1921 se publicó el libro. Para Inglaterra se hizo una edición limitada de 250 ejemplares, numerados y firmados por el autor. Mi ejemplar es el número 155. Lo adquirí hace unos años, por un precio razonable, a un librero anticuario inglés. Naturalmente ocupa un lugar de honor en mi biblioteca. De vez en cuando lo saco del estante y lo hojeo; me detengo y leo un par de párrafos. Allí están sus ideas sobre la novela, la literatura, la vida y el oficio de escribir. Luego voy a la página donde se halla la firma de Josep Conrad, en tinta azul de grueso trazo, algo desvaída por el paso del tiempo. Entonces pienso que una vez aquel mismo ejemplar que tengo yo entre mis manos debió de estar en las suyas; y siento, disculpadme, una emoción muy especial." Si no fuera recurso retórico, hasta delito tendría ese “disculpadme”, querido Jorge.

miércoles, abril 02, 2008

Oricios

Reconozcámoslo: debo de ser un tipo algo envidioso. El domingo, sin ir más lejos, estaba cocinando y oyendo al tiempo la radio. Dos pescadores contaban en antena sus cosas con sano y contagioso entusiasmo. Que si ríos, que si mareas. Que si pozos, que si playas. Dónde los mejores pedreros. Dónde los oricios más suculentos. En su busca habían ido, días atrás, con una botella de buen champán y dos copas de cristal que dejaron a la sombra, en un charco de la orilla. Al volver del mar abrieron el champán y tres docenas de oricios. Confesaban que aquello había sido un manjar de dioses. Paganos. De Neptunos. Esa fue mi envidia mientras atendía el fuego de los potes para la semana. Añorando, me parece ahora, lo que nunca he tenido y siempre he deseado, esa rara comunión con el mar que no sólo se canta, sino que se padece y se disfruta desde dentro, con las cachas en salmuera y las yemas de los dedos tan arrugadas como pergaminos. Y feliz.

lunes, marzo 31, 2008

Jukebox

En todos estos años,
desde que volví del otro lado del mundo,
sólo una vez llamé a las puertas del infierno.
Fue una noche perra
que me condujo a un bar con la ansiedad de antaño.
Un segundo antes de llevarme
el primer trago a los labios,
una mujer con ojos de perdida,
un despojo de piel y huesos
con carmín hasta en los dientes,
me tocó en el hombro
con la misma fuerza que el ala de un ángel.
Bailamos cerca de la jukebox.
Era como abrazar a la muerte misma.
Cuando terminó la canción
dejé aquel tugurio
y dejé también mi vaso aún lleno sobre la barra.
Al volver a casa
encontré caliente mi lado de la cama.
Stephane Furber, Daphne.
Editorial Mondantordi, Argentina, 2007.
Traducción de Mariana Lotti.

miércoles, marzo 26, 2008

Por el Jerte

(Notas del sábado, 15 de marzo de 2008)

Después de desayunar tomamos rumbo al Jerte. Subimos el puerto de Honduras. No recordaba ya lo angosto de su calzada. No son más de las diez. Está fría aún la mañana. Y sin embargo, andan por las veredas de estas rampas iniciales muchos caminantes que gustan, parece, de la proximidad de la naturaleza, del aire limpio, hasta del frío. Los robles están desnudos, desvalidos. El suelo es una alfombra mullida de hojas ocres, sucias, húmedas, embarradas. Cuando tan sólo llevamos ascendidos unos pocos kilómetros se nos cruza una autocaravana que va camino de Hervás. Tan ancha que casi nos tira monte abajo. Los pocos claros que deja el bosque permiten ver el valle. Empieza a iluminarlo el sol. Brillan los muros blancos de las casas. Espejea el agua en el pantano de Baños. Esa misma luz empieza a serpentear entre los troncos afilados de Honduras. Tiene una solidez moldeable. Suficiente como para golpear en los ojos con el brillo de una joya y como para vadear el ramaje hasta ganar los cada vez más escasos rincones umbríos del lugar. Se hace largo llegar a la cima. Arriba todo está más desnudo, el paisaje ha perdido definitivamente la frondosidad que tuvo durante casi todo el trayecto de la ascensión. Bajando ya hacia el valle empezamos a pasar al lado de las terrazas cultivadas. De los primeros cerezos en los que aún no vemos flor ni brote alguno. Y sin embargo, unos instantes después, llegando ya casi a la carretera que transita el Jerte, descubrimos en un recodo que en la otra vertiente, donde ya calienta el sol, los cientos de árboles que de repente se nos vienen a la mirada sí que lucen flor y están blancos, como escarchados. Nos detemos, nos fotografíamos con ese fondo de postal japonesa.

Nos acercamos hasta el pueblo de Jerte. Lo paseamos largo rato. Junto al río. El día es espléndido. También lucen hermosos los naranjos, que son abundantes en los huertos del pueblo. Se vende licor de cerezas, aguardiente de cerezas, plantones de cerezo. Todo el valle vive de la cereza. En Cabezuela aparcamos antes del puente. Buscamos en el entramado del caserío el trazado de lo que fuera su judería. Hemos leído que la iglesia que se levanta en medio y en lo alto fue sinagoga. En ella hay hoy boda. Y viste la gente con una elegancia pueblerina, con un endomingamiento algo grotesco. En Navaconcejo compramos pan y nos llegamos hasta la calle a la que todas las guías remiten, la de los balcones de castaño superpuestos. Por allí también se levantó una fábrica textil que fue la más importante del contorno. Hoy es casa de cultura. Los niños juegan un rato en la orilla del río. Asoman entre sus aguas canchales pulidos, redondos. Desde ellos vimos cómo se tiraban los bañistas cuando por aquí anduvimos en nuestro viaje anterior. Antes de visitar Plasencia, buscamos dónde comer. Encontramos un comedor de grata presencia en la misma carretera. El Regino. Muchos comensales y sin embargo atento y rápido servicio. Compartimos migas, zorongollo y embutidos. Luego cada uno pide el plato que le place. El lechazo está sabroso. Lo regamos con vino de la Ribera del Duero. Bebemos prudentemente. Queda camino aún por recorrer.

Llegamos a primera hora de la tarde a Plasencia. Bromeo con mi mujer. Mira a ve si ves por algún lado letrero o anuncio de Gráficas Rozalén. Aparcamos cerca de sus murallas. Accedemos por la Puerta de Trujillo y caminamos hasta las Catedrales. Las visitamos. Hermoso claustro. En su patio dan sombra y aroma los limoneros. Es de transición del románico al gótico, con arcos apuntados y bóvedas de crucería, pero con columnas y capiteles de clara tradición románica. Una de las sorpresas más agradables del templo es su antigua sala capitular, convertida en capilla de San Pablo, cuya torre gallonada, llamada del Melón, tiene un abovedamiento bizantino similar al de la Torre del Gallo de la Catedral de Salamanca, al de la Catedral de Zamora o al de la Colegiata de Toro. Desde las arcadas del claustro se ve a las cigüeñas. Tienen nido sobre los tejados de la catedral. La sobrevuelan. Crotoran.

El paseo nos acerca después a la plaza mayor, que es alargada y levemente pendiente. En su parte superior se levanta el coqueto ayuntamiento de traza renacentista, con una torrecilla a la que se agarra de mala manera el abuelo Mayorga, que golpea desde su atalaya y a ritmo de campanadas las horas de la villa. Uno conoce poco el lugar, pero cree intuir que debe de ser aquí donde más vida tiene Plasencia, desde donde late. Terrazas soleadas, tránsito de gentes, callejuelas donde se mezclan las viejas tiendas provincianas y las franquicias de nuevo cuño. A los niños con la buena temperatura y el sol primaveral les entra el antojo de unos helados. Los comen con gusto mientras nos adentramos en el laberinto de rúas que las murallas envuelve, fijándonos en casonas y palacios, paseando lo que fuera judería, que anda próxima al actual Parador y antiguo convento dominico que patrocinaran los condes de Plasencia y donde cuentan se asentó la primera universidad extremeña.

Decía Álvaro Valverde, a propósito de su ciudad, que Plasencia es “una ciudad, conviene recordarlo, fundada en 1186 por el rey Alfonso VIII bajo el lema Ut placeat Deo et hominibus (para que agrade a Dios y a los hombres); dispuesta, por cierto, a la medida de un hombre, como querían los clásicos. Ni las megalópolis inabarcables en que se han convertido Tokio, Nueva York o Shangai, ni el pequeño pueblo o la aldea donde a uno, por lo reducido del espacio y de la convivencia, se le antoja la vida complicada. Una ciudad, en suma, para ser paseada (por el flâneur de Benjamin); donde las distancias no nos exceden, ni por defecto ni por exceso. Tal vez por eso escribió Musil que “a las ciudades se las conoce, como a las personas, por el andar”. Eso procuramos durante las horas que anduvimos por allí, andarla gustando de esa escala suya tan acogedoramente humana.

Antes de irnos, compramos una torta del casar. La cenamos después acompañada de un rioja Ostatu que J. se había traído desde casa. Qué buena compaña. La del queso y el vino, la del pan de Navaconcejo, la de nuestros amigos en la noche, conversando alegre y confiadamente durante largo rato.

lunes, marzo 24, 2008

Por Las Hurdes

(Notas del domingo, 16 de marzo de 2008)

Se ha ido cayendo la noche. Estoy tumbado sobre el sofá. Algo cansado. Ha sido un día soleado. Un hermoso día primaveral. Estas casitas de La Fuente del aliso donde nos alojamos en Hervás están rodeadas de jardín, de cerezos, de algún olivo, de algún granado. Se alcanza al sur el puerto de Honduras, al que desde que llegamos se le ha subido el sol al lomo en los almediodías. Supongo que en esta galbana que arrastro tenga que ver que nos fuimos temprano camino de Las Hurdes. Pasamos por Zarza de Granadilla, extendida sobre la llanura que linda con el embalse. Atravesamos sus aguas junto al caserío que dicen Poblado de Gabriel y Galán. Quizás se levantara al construirse la presa, ese enorme lago que abastece de agua a una vasta extensión de tierras, pueblos y gentes. Entramos en Las Hurdes por Casar de Palomero y nos detuvimos en Pinofranqueado. Es domingo de ramos y todo el mundo anda vestido para la ocasión, llevando en la mano laurel u olivo. Fácil es hacerse con una ramita en cualquier lado, que están por aquí los campos llenos de los troncos retorcidos de la aceituna y hasta hemos visto en la carretera que algunos cruces de caminos se adornan con almazaras. Muy hermoso paisaje, laderas en las que se ordenan armónicamente los cultivos y sobre los que el sol platea las hojas. Por Caminomorisco, que fue el lugar de paso de los sarracenos deportados desde Las Alpujarras granadinas camino de Las Batuecas, seguimos hacia Nuñomoral. Vamos a la vera del río Hurdano, que fluye entre guijarros blancos y choperas aún desnudas en las que empiezan, no obstante, a alumbrar en lo más alto los brotes verdes de la primavera entrante. De allí hasta Gasco.

Pasamos por Martilandrán y Fragosa siguiendo, desde el altozano por el que discurre la carretera, el sinuoso transcurso del río Malvellido, que escarba esta tierra a la que Miguel Unamuno definió como un vasto oleaje petrificado. En Martilandrán se encuentra la casa en que almorzó Alfonso XIII cuando visitó el pueblo. Cuentan que cuando el rey vino hasta aquí, sobrecogido ante tanto atraso y exhausto por el viaje, pidió para su maltrecho estado de ánimo un vaso de leche. Pero no había leche en Las Hurdes, ni cabras, ni vacas que se pudieran ordeñar para darle gusto al monarca. Así que le sirvieron un trago de leche de una mujer recién parida.

También en Martilandrán anduvo alojado algunos días Luis Buñuel cuando rodó Tierra sin Pan. El de Calanda cuenta en sus memorias, a las que tituló Mi último suspiro, que “había en Extremadura, entre Cáceres y Salamanca, una región montañosa desolada, en la que no había más que piedras y brezo: Las Hurdes. Tierras altas antaño pobladas por bandidos y judíos que huían de la Inquisición. Yo acababa de leer un estudio completo realizado sobre aquella región por Legendre, director del Instituto Francés de Madrid, que me interesó sobremanera. Un día, en Zaragoza, hablando de la posibilidad de hacer un documental sobre Las Hurdes, con mi amigo Sánchez Ventura y Ramón Acín, un anarquista, éste me dijo de pronto:
­-Mira, si me toca el gordo de la lotería, te pago esa película.
A los dos meses le tocó la lotería, no el gordo, pero sí una cantidad considerable. Y cumplió su palabra. Ramón Acín, anarquista convencido, daba clases nocturnas de dibujo a los obreros. En 1936, cuando estalló la guerra, un grupo armado de extrema derecha fue a buscarlo a su casa en Huesca. El consiguió escapar con gran habilidad. Los fascistas se llevaron entonces a su mujer y dijeron que la fusilarían si Acín no se presentaba. Él se presentó. Los fusilaron a los dos
.”

En El Gasco, en su plaza de construcciones desordenadas, poco respetuosas con la tradición, se acaba la carretera. Desde allí, en una caminata corta de quizás no más de media hora, se llega hasta el Chorro de la Miacera, la cascada que afirman es la más espectacular de Las Hurdes. Cae de la peña del llamado Pico del Volcán. Con la piedra porosa de este monte se fabrican curiosas pipas con boquilla de madera de nogal. Nos metemos en una tienda de artesano abierta a la entrada de la alquería. Es un local amplio donde cabe, para nuestra sorpresa, hasta un automóvil que comparte aparcamiento con un pequeño mostrador y las baldas en las que se distribuye el muestrario de cuanto allí se fabrica. Miniaturas de casas tradicionales de pizarra y piedra negra, de las que ya casi no quedan por estos pueblos. Pipas. Y tortuguitas de nuez y garbanzos. Los niños compran una para cada uno.

Al pasar por Fragosa reparamos en el blanco y bien cuidado edificio que se asoma al desfiladero. Es el cottolengo, balcón que mira los forzados meandros del río. Cuentan que allí resisten media docena de monjas atendiendo a casi cuarenta acogidos que dependen de ellas para todo. Los cottolengos nacieron para acoger a los más enfermos, a los abandonados, a los que no tenían cabida en ninguna otra institución. Eso quiso que fueran los cottolengos su inspirador, el jesuita P. Jacinto Alegre -aunque el primero, el de Barcelona, no fue realidad hasta 1932, dos años después de su muerte-. Y en ello perseveraron las Hermanas Servidoras de Jesús, comunidad nacida unos años más tarde para servir a los acogidos en estas casas. Los cottolengos se sostienen de limosnas. Ya hace más de cincuenta años que estas monjitas llegaron a las Hurdes, al valle en el que se asentaban tres de los lugares más míseros de la comarca hurdana: Martilandrán, Fragosa y el Gasco. Cuando ni carretera había. Allí siguen y se las quiere.

De vuelta comemos en Nuñomoral. Nos acoge el pequeño y familiar comedor de El Hurdano. Nos dan patatas con arroz y bacalao. Huevos con jamón. Desde allí vamos hacia Ríomalo. Tomamos un café al sol. En una terraza próxima al puente sobre el Alagón. Los niños juegan cerca del río. Emprendemos luego camino hacia Sotoserrano. De allí a Aldeacipreste y a Montemayor del Río. Paisaje cimero y bello como pocos. Enormes canchales graníticos que tal parecen el lomo de animales hibernados, semienterrados. Se ve al fondo la sierra de Béjar levemente nevada. Montemayor del Río tiene castillo. Se le dice de San Vicente. Fluye a sus pies el río Cuerpo de Hombre. Extraña denominación pues uno piensa que en nada se asemeja nuestra sombra a ese cauce serpenteante del que no se alcanza el fin. Tal vez se reparase en lo enjuto cuando el nombre se le dio, o en la metáfora de sus aguas, en las que siempre se ha visto espejo de la vida. Quién sabe. Todo tiene aquí un aire cuidado, de caserío atento y respetuoso con su pasado. Se hace agradable pasear por las calles. Se oye sólo el agua de la fuente en la plaza mayor. El frío ha ido recogiendo a las gentes. Volvemos a Hervás.

jueves, marzo 13, 2008

Hervás












Tan sólo un par de años atrás,
una noche tibia de julio,
justo al otro lado del río.

Sonaba quejumbrosa
una música sefardí
y llegaba de la sierra,
por la espalda,
una brisa sombría de castaños.
Se habían recogido ya
los vencejos en los aleros,
olía el mundo a leña en ascua
y era grato saberse dueño
de la paz entera de una aldea
que caminaba lenta a conciliar el sueño.

Ocurre a veces,
sólo a veces,
que estás lejos de casa y de tu gente,
y que sin embargo das por cierto
que esa tierra extraña donde te sabes de paso
podría ser también y para siempre
tu recogida patria.

(Por allí andaremos. Hasta la vuelta.)

miércoles, marzo 12, 2008

Marejada

A Conde-Duque y Pasmada (ellos lo pidieron).

Nos cantaba mi padre de pequeños “a la mar fui por naranjas, / cosa que la mar no tiene; / vine todo mojadito, / de olas que van y vienen”. Hace mucho tiempo ya que mi padre no canta. Que apenas habla. Que no se acerca siquiera a la playa. Le tomó definitivamente distancia al verse ridículamente desvalido cuando hace un par de años una pequeña ola le llevó el bastón en la orilla sin que pudiera hacer nada más que verlo flotar mar adentro. Si se hubiera acercado estos días hasta el Muro, tal vez se hubiese sentido hipnotizado por la marejada, quién sabe si hasta se hubiera olvidado de su débil condición de anciano enfermo. Una fuerza así, tan desproporcionadamente indómita, convierte en iguales a tullidos y sanos. Incluso nos devuelve al principio de los tiempos, cuando los dioses no eran sino los despóticos desmanes de una naturaleza vasta, violenta e ingobernable. El lunes, una ecuatoriana mantenía firme frente al océano la silla de ruedas sobre la que se acurrucaba una vieja algo asustada. Nos vamos a mojar, acertó a decir la inválida desde el cobijo de su manta. Su cuidadora sonrió condescendiente. Hasta aquí no llegará, no se preocupe. Y de repente, con la consistencia de la lava pero tan ligera como ráfaga de viento, una ola espesa se arrastró desde la playa hasta el paseo y empapó enteros a los paseantes curiosos. Nos reímos como colegiales. Era el nervioso alivio con que una penitencia leve absuelve el atrevimiento sin malicia. Si hubiera estado allí mi padre, en otro tiempo, hace años, seguro que al volver a casa le hubiera cantado a mi madre “vengo todo mojadito / de olas que van y vienen”. Antes, lo doy por cierto, se hubiera tomado un vermú. O dos. Y se hubiera reído abiertamente del mar. Pues nunca fue partidario del miedo ni de los dioses. Ni del de ahora ni de los de antaño.

lunes, marzo 10, 2008

Max


Domingo de elecciones. Nos levantamos tarde. Ha estado lloviendo. A eso de las doce nos vamos a votar. Mucha gente. Sobre todo personas de edad avanzada. Apoyados en el mostrador de las papeletas, extendemos la naranja del senado y marcamos tres cruces. Doblarla después e introducirla en el sobre es una labor complicada. Preside la mesa la vecina del segundo. Una rubia alta algo equina que deja siempre en el ascensor un persistente rastro de perfume dulzón. Dice mi nombre en voz alta. Como queriendo memorizarlo. Yo tampoco sé cómo se llama. Nadie me pregunta a la salida sobre mi voto. Compramos el pan y el periódico. Tomamos el vermú. Están televisando el partido del Sporting. Finalmente empata. Me temo que tampoco será este año el del ascenso. Después de comer le echo una mano a mi hijo con los deberes. Se levanta un momento a afilar el lápiz. Lo oigo sollozar en la cocina. Está quieto frente a la jaula del hámster. Max está tendido sobre el serrín. Las patitas estiradas. Tiembla casi imperceptiblemente. No responde a las caricias. Al final de la tarde forro una caja de jarabe con papel de envolver. Escribo el nombre del ratón. Se lo lleva mi mujer a un parque cercano. Lo medio entierra bajo un laurel. Llamo a un amigo de mi hijo. Viene pronto. Les pongo una película y hago palomitas. A la noche seguimos los resultados electorales. Creíamos ya dormido al niño y sin embargo le oímos levantarse al baño. Bajamos el volumen de la televisión. Se le oye llorar de nuevo. Me acuesto a su lado e intento intuir qué sentimiento le arranca el llanto. Quizás el miedo.