viernes, marzo 23, 2007
Um poema de Xuan Serandinas
Sin todas estas palabras,
sin el trazo impreciso de lo que cuentan,
temo que de nuevo
se hundiría el suelo de los días,
que a través de las ventanas
que nunca cierran del todo
volaría vigoroso un viento
sobre el castillo de naipes,
que ni yo ni nada haría ya pie
y que muy por encima de mi cabeza,
a una altura casi cruel,
romperían las olas en espuma leve,
tan leve como la tierra que se desea para los muertos.
(Traído del asturiano en versión de JCD)
miércoles, marzo 21, 2007
Sobre conciencias
Elogio de la mala conciencia de uno mismo
El ratonero no tiene nada que reprocharse.
Los escrúpulos le son ajenos a la pantera negra.
No dudan de lo apropiado de sus actos las pirañas.
El crótalo se acepta sin complejos a sí mismo.
No existe un chacal autocrítico.
El tábano, la langosta, la tenia y el caimán
viven como viven y así están satisfechos.
Cien kilos pesa el corazón de la orca,
pero en otro sentido es ligero.
No hay nada más bestial
que una conciencia limpia
en el tercer planeta del sol.
Wislawa Szymborska
( Traducción de Abel Murcia)
Sobremesa
martes, marzo 20, 2007
Urueña
Leo en EL PAÍS del sábado una pequeña noticia sobre Urueña. La titulan Pasión por los libros y en ella se cuenta que este pequeño municipio vallisoletano ha entrado a formar parte desde hace sólo unos días de las denominadas book-towns, una pequeña red de localidades europeas enfocadas al turismo de la lectura y el sector editorial. Se le han abierto de repente diez librerías gracias a este proyecto institucional. Algo sabía de todo ello porque el año pasado, por estas fechas, visité Urueña y se estaban acondicionando algunas de sus casas para tal fin. El pueblo es muy hermoso. Está en Tierra de Campos, conserva su muralla y es lugar idóneo desde donde emprender la llamada ruta de los Montes Torozos. Apenas lo habitan doscientos vecinos. Eso sí, algunos tan ilustres como el folklorista Joaquín Díaz, el músico Luís Delgado o el cantante Amancio Prada. Tiene un museo etnográfico, otro de instrumentos musicales y una de las más bellas jugueterías que uno pueda imaginarse. De aquel viaje me he puesto a leer, por recordar, algunos párrafos que entonces escribí sobre el lugar:Al final de la tarde y en un alcor coronado de cielos azules e hilachas de nubes, vimos a lo lejos una muralla bien conservada, apenas sobrepasada por las construcciones de su interior y a cuyos pies se desplegaba una alfombra verde por la que serpenteaba la carretera que nos la iba acercando. Así descubrimos Urueña, con la apariencia de un cofre de piedra. La paseamos a esa hora en que ya no quedaba mucha gente por sus angostas calles de casas bajas y muros de mampostería, ladrillo o adobe. Esas rúas tienen nombres que se explican en los azulejos de sus esquinas. Del Oro, donde se hallaban los cambistas. Marbana, que parece era apellido gallego asentado en Villalpando. Corro Bolinche, por ser allí donde se reunían los vecinos para jugar a los bolos. Lagares, porque cuando las bodegas no estaban en las casas, se hacía un barrio de lagares en una zona alejada del centro. Corro de Santo Domingo, y es que Tomás López, famoso cartógrafo, menciona un monasterio de dominicos en Urueña, lo cual podría explicar esta advocación. Catahuevos, por ser el sitio donde los recoveros solían catar los huevos que estaban frescos poniéndoselos en el hueco del ojo y mirando la luz del sol. Real, o también llamada Principal por cruzar la villa de Sur a Norte enlazando las dos puertas de su muralla. Corro de San Andrés, al hallarse en este lugar la iglesia de San Andrés hasta que en el siglo XIV sobrevino su derrumbe. Del Azogue, que era el nombre del mercado diario, que solía estar cerca de la parroquia más importante, siendo el centro de la vida social de la villa. De las Cuatro Esquinas, las de la Parra, la Real, la del Corro de San Andrés y la del Oro. Plaza Mayor o de las carnicerías. El paseo nos llevó hasta la muralla de poniente. Desde allí vimos como el sol se licuaba en mercurio espeso sobre los campos. Se hizo de noche y enfrió repentinamente. Cenamos en el pequeño comedor de la casa rural donde habíamos reservado alojamiento. Hubo ensalada de canónigos, queso y nueces, albóndigas de arroz y merluza, codornices escabechadas y cuajada de oveja. El vino de la casa era espeso, pero untoso y de buen paso en boca.
jueves, marzo 15, 2007
La puerta del año
Junto al mar, que les dará a Emilio Prados y a Manuel Altolaguirre la palabra con la que nombrar su revista y el color azul oscuro para su portada, se abre la imprenta Sur. Esta es la imprenta con forma de barco, con sus barandas, salvavidas, faroles, vigas de azul y blanco, cartas marinas, cajas de galletas y vino para los naufragios, como nos la mostraba Manuel Altolaguirre en sus memorias. Esta es la imprenta Sur, después Dardo, ahora Antigua Imprenta Sur, en la que, por obra de un grupo de poetas malagueños (Prados, Altolaguirre, Hinojosa), se produjo el encuentro de la máquina con la poesía, el encuentro de Málaga con la modernidad, con la vanguardia artística, con el surrealismo. Esta es la imprenta de la Generación del 27, la imprenta que le dio alas a la poesía y creó una escuela de maestros impresores, de editores artesanales, de tipógrafos llenos de ilusión, paciencia y sabiduría, alguno de ellos nombrado impresor del Paraíso.
Heredera de todo aquello es la que hoy llaman Antigua Imprenta Sur, que viene publicando muy cuidadas ediciones en la colección El Castillo del Inglés. Su número quince –que me ha llegado dedicado y que leo ávidamente-, es La puerta del año, integrado por unos cuantos apuntes del diario que Jordi Doce viene escribiendo desde 1997. Debe de ser un placer publicar en máquinas con tanto pedigrí, ver que las palabras de uno se vierten a tan buen papel, se imprimen con aquellos viejos caracteres elzevirianos que se usaron ya en algunos incunables del XVI. Y no ha de ser menor el gusto de la Sur cuando edita tan hermosos textos como los de La puerta del año. A pesar de sus pocas páginas, no se hace difícil vislumbrar en estos jirones de dietario aquello de lo que va nutriéndose el proceso creador de su autor. Hay reflexiones sobre la escritura, relato de lo afectivo, memoria y hasta hormigas blancas. No en vano ya dejó escrito en otro lugar Jordi que “el diarista tiene algo de coche escoba”. Me han parecido particularmente hermosos tanto los párrafos iniciales en los que Doce describe un paseo por el Muro de Gijón, como las referencias a su pequeña hija Paula. Supongo que ello ha sido así porque suele unir mucho el compartir sensaciones similares ante experiencias parecidas; en este caso, la luz de una ciudad que es la del autor y también la mía, y el disfrute de unos hijos que se llevan pocos años y que tan a menudo nos hacen pensar sobre cuanto dicen o les pasa.
“Yo volvía a casa con mi hija en un estado de perfecta felicidad, envueltos los dos en nuestra propia estación de alivios y complicidades. En una mano sostenía una mandarina, y con la otra iba dándole gajos que ella comía con avidez. El olor de la fruta nos acompañaba como una suerte de aura olfativa, el breve filamento de bombilla que ambos habíamos encendido sin darnos cuenta.”
Sobre ese filamento, como un funambulista dichoso y sin prisa, llega el lector hasta el final de las páginas de La puerta del año.
lunes, marzo 12, 2007
Villaverde
Banderías
jueves, marzo 08, 2007
La clac
miércoles, marzo 07, 2007
Ex malo, carmina
El temblor, Juan Carlos Gea. Ediciones Trea, 2005.Lisboa es lo que resta
después de que su suelo
se haya quebrantado con temblor nunca sentido,
y las llamas de decenas
de incendios reducido
las ruinas y los cuerpos a cal viva,
y el océano baldeado por tres veces la ceniza
y los muertos y el escombro
apagando los incendios y la cal.
Este poemario de Juan Carlos Gea surge, según parece, tras viajar el autor a Portugal en 1994. Allí visita el Monasterio del Carmo, un lugar que se conserva tal como quedó después del fatal seísmo. El contraste entre la belleza de esas ruinas y el hecho de que constituyeran la huella misma de tan terrible suceso es el germen de El temblor.
No hay memento ni réquiem que consigan mejorar
la elocuencia de los arcos vaciados
por de dentro y por fuera, perfilados con pulso,
en su ritmo, perfectos,
sin cesuras y sin mellas, sucesivos
como versos bien medidos:
una serie dispuesta
con tan obvia y delicada voluntad de decir algo…
Al libro se le van añadiendo versos a lo largo de diez años, un tiempo suficiente para que en él se albergue no sólo la memoria de un hecho acaecido más de dos siglos atrás, sino también, por alegoría, el estupor que los cataclismos sucesivos debidos a la naturaleza o a la crueldad humana fueron generando mientras la obra crecía (onces de septiembre y de marzo, tsunamis maléficos).
¿Qué batalla de los cielos justifica
una leva tan brutal? ¿Y qué debemos
leer en estas ruinas?
¿Qué debemos descifrar bajo el escombro?
¿Algún tipo de consuelo?
¿Hay alguna admonición, algún aviso
de la Próxima Venida,
del ocaso de los tiempos?
¿Una culpa abismal que equilibre el castigo?
¿Alguna misteriosa
manera de lo bello? ¿Una pauta deducible?
¿Una forma depravada de armonía?
¿La podrida raíz de algún sistema?
El libro es un gran mosaico de treinta y cuatro teselas, la mayor parte historiadas, que no sólo narran lo que sucedió en la Lisboa arrasada, sino que se preguntan por qué y buscan un casi imposible consuelo. El Libro de Job es su referencia literaria más antigua. Aquel poema moral escrito en prosa y perteneciente al Antiguo Testamento que planteaba ya entonces la pregunta de por qué hay buenos que sufren.
Algo así también se interpelaron los teólogos y filósofos europeos después de la destrucción de la capital portuguesa: si la voluntad de Dios se reflejaba en aquel terremoto. Porque tamaño desastre estremeció la posible fe en la teodicea, un término que acuñara Leibniz en 1710, para quien este mundo era el mejor de los posibles, a pesar del mal en él presente, dado que a su través se expresaba la armonía universal; y porque de otro modo Dios no lo hubiera creado. Mientras Kant (aquel pietista con los huesos calados por la bruma del Báltico, que llegó a publicar tres pequeños opúsculos sobre el suceso) rechazaba tanto las interpretaciones teológicas como metafísicas del desastre, recogiendo toda la información disponible entonces y conforme a ella formulando incluso una teoría sobre las posibles causas de los terremotos.
Pero puede
que algo
se haya roto sin remedio
en el orden de este mundo
(en particular el vuestro)
o que esté a punto de hacerlo.
Y algo frágil, ciertamente delicado.
Perdonad que os sobresalte,
que perturbe vuestro idilio
con el mundo y quien lo hizo. Perdonadme
si reclamo vuestro docto peritaje,
pero es también el tiempo
para vos, amigo mío.
Mucho temo que tengáis que despertar.
De todo ello se habla en estas páginas y todo encaja en un discurso narrativo que se vuelve poesía no sólo porque recurre a los versos para contar, sino porque tienen éstos una precisión rítmica hipnótica y un tan rico tratamiento de los recursos literarios, una retórica antigua de tal virtuosismo, que podría afirmarse que el libro es tanto rareza como lujo, pero sobre todo una apabullante pieza de bella literatura.
Una rara elocuencia, que parece exigiros
unos ojos que no existen
todavía. Una música
nonata.
Palabras sin forjar. Un arte nuevo.
Es también un tratado de pesimismo, una descripción de la impotencia de los hombres, de su abandono a la suerte natural y al mal de los otros. Y sin embargo, se escribe todo ello. Hay en esa contradicción el escaso resquicio por donde se filtra el consuelo de la poesía y el del amor. Escasos pero suficientes para levantar las obras de arte y vivir los momentos que de algún modo nos redimen.
Redimirnos con las mañas
que sepamos, ya que nadie nos redime.
O intentarlo, y mañana,
bien entrada la mañana
con la mala
conciencia, las vendijas de niebla,
lo que quede de aguardiente en el regato
de la sangre, más las ruinas
de anoche,
las recetas de la amnesia y la analgesia
y los ruidos normales
después de las catástrofes
buscar en algún sitio aparejo de escribir.
A lo largo del poemario, se exprime el valor polisémico de la palabra “temblor”, que le da título. Es seísmo, pero es también estremecimiento que da vida, que nos mata de placer (la petite morte) y nos sacude de dicha.
Lo adivinas
justo a tiempo, que allí viene nuestro taxi,
que ahora pienso renunciar a las palabras
por lo menos mientras dure este temblor
que da vida, que nos mata y nos sacude.
Por eso, en el último capítulo o tesela de El temblor reside el ápice de consuelo que se levanta desde la desolación. Por eso también se exclama que Ex malo, carmina.
lunes, marzo 05, 2007
Antes del eclipse
viernes, marzo 02, 2007
De perfil
Ascuas
Hoy he recibido noticia del nuevo número de la revista Poesía Digital y en ella se publican dos muy hermosos poemas inéditos de Jordi Doce. En el titulado Doble fondo, se juega también -aunque mejor, me temo, y de otro modo- con la idea de las ascuas (Ya sé que muchos días fueron ascuas / dudosa llama, lengua que se arrastra…). Al hilo de su lectura, he pensado que este tratar de avivar las ascuas, quizás no sea sino la voluntad de no extinguirse nunca del todo.
miércoles, febrero 28, 2007
Trincheras
martes, febrero 27, 2007
La Laboral
lunes, febrero 26, 2007
Céline

Stephane Furber (y 4)
Save the last dance for me
La primera vez
que le pedí a tu madre
que bailáramos juntos
sonaba Save the last dance for me
en el viejo salón de Duddy.
Llevaba tres meses sin beber
y me sentía un hombre nuevo,
incluso ya no me temblaba el pulso.
Y de repente,
en medio de la pista de baile,
mientras llevaba de la cintura a Daphne,
volví a temblar,
pero esta vez desde los pies a la cabeza.
Dirty blood
Viví un tiempo en que bajo cada día,
como bajo cada piedra de Sonora,
se escondía un maldito escorpión
agazapado en la sombra.
Llegó un momento
en que corría tanta sangre
como ponzoña por mis venas.
Cualquiera hubiera jurado entonces
que me quedaba de vida
lo que a un perro sarnoso.
Aún me sigo preguntando
de dónde diablos saqué fuerzas
para desangrarme el pasado.
viernes, febrero 23, 2007
Stephane Furber (3)
Daphne
Si alguien te recoge medio muerto
a la puerta de su casa en un día de tormenta
cuando ya no tienes más aliento
que el vapor del whisky.
Si alguien tiene el coraje
de acercarse a un manojo de harapos
empapados de orina y lluvia.
Si alguien te arrastra hasta su bañera,
te hace café
y se apiada de tu suerte.
Si alguien te sonríe después de años.
Ten por seguro que serás por fin
capaz de pelearte contra el tigre
que te come las entrañas.
Que amarás por siempre a Daphne.
Stephane Furber (2)

Fire
La noche que lo abandonó todo
anduvo sin rumbo hasta la madrugada.
Era como una pequeña mierda
en medio de los campos de petróleo,
bajo un montón de estrellas.
Tenía un agujero en los jeans
por donde se le perdían los centavos
y un rastro de memoria entre las cejas
que le hablaba de un incendio reciente,
de una casa en llamas.
jueves, febrero 22, 2007
Leyendo a Stephane Furber
miércoles, febrero 21, 2007
Cuatro telegramas de Charlie Parker
jueves, febrero 15, 2007
Sesión de noche
Al despertarse aún podía verle rostro. Se parecía mucho al de su padre hace tiempo. Justo antes de que un ictus lo envejeciera veinte años, antes de que le dejara una suerte de rasguños ásperos por palabras y lo condenara a un final de obra decididamente cruel.
miércoles, febrero 14, 2007
Literatoulet
Hace unos días, como hago siempre que puedo a media mañana, volvía de tomarme un café en el Gregorio. Tomé el paseo marítimo y luego emboqué por la Plaza de San Agustín. Pasé al lado de la librería Alborá. Iba echándole una ojeada de soslayo al escaparate cuando vi en sitio preferente un viejo libro que publiqué hace quince años. Ni que decir tiene que me detuve de inmediato. Pensé por un momento que la publicación volvía del pasado al modo en cómo lo hacen las viejas estatuas griegas: "de aquellos dioses esculpidos antaño / que algunas veces emergen invictos / de entre maleza, olvidos y ruinas". Sólo después de andar babeando feliz un rato, caí en la cuenta de que un cartel anunciaba “Liquidación de existencias”.
lunes, febrero 12, 2007
Cinco eran cinco
Después de tomarme en familia las uvas en la nochevieja de hace unos años, me quedé solo en el salón de mi casa bebiendo y llorando con París, Texas.
Conservo una foto de mi mujer tomada escasos días después de conocernos. Con tan poco es suficiente para revivirnos entonces, para justificarnos aún ahora, tanto tiempo después.
Uno de los placeres más dulces de los que puedo dar fe es el del sol clemente sobre los párpados.Cuando nació mi hijo y me lo mostraron todavía a medio limpiar, berreando y agitándose tembloroso, lloré de amor y de miedo.
Quizás la más sincera y sobrecogedora confesión que nunca nadie me haya hecho, me la susurró en una habitación de París un viejo amigo del que el tiempo tristemente me ha distanciado. Lo que él más temía del futuro no era sino la vejez de sus padres. Al cabo de los años he comprendido yo también aquella inquietud, esa impotencia.
viernes, febrero 09, 2007
De expresidentes
El Crisol de Jarrai
Una patria siempre cubre las vergüenzas existenciales. Encontrar un sentido a la vida y un cebadero al propio ego es, más o menos, lo que mueve a cualquier ser humano consciente. Esto no es fácil de lograr, pero una patria lo proporciona: actúa uno al servicio de una causa «grandiosa» y encima, por un poco más de precio, se asume un protagonismo. Luego está el asunto del calor humano que da la pertenencia a una masa, con el tejido de complicidades y la mística de la camaradería que son consustanciales. Y, para remate, el tema de los fantasmas, o sea, la legión de ancestros familiares y territoriales que nos echamos a la espalda, como una gloriosa mochila. Se sufre, sí, pero ése es el cemento del invento. Ahora bien, el sentido final de todo eso, el vector de salida, lo da la línea de disparo (aunque sea una piedra) contra un enemigo. Sin enemigo no hay patria que valga.
jueves, febrero 08, 2007
Tarde de viernes
de un invierno de luz violeta
y aire frío.
Oigo algunos discos
con viejas melodías de clubs nocturnos,
suenan como entre humo,
a blanco y negro.
Andan sobre la mesa
varios libros mal apilados en escalera;
y por el suelo,
deshojado y otoñal,
el periódico de la mañana.
Mi hijo juega con guerreros
y le percuten en los labios
salvas de disparos
y silbidos de flechas.
Se me han ido instalando
los días de la semana
encima de los párpados,
contra el sueño,
a la altura de las vértebras doloridas.
Han sido como cinco dedos
que me apretaran
hasta extraerme por las costuras
un zumo agrio y propio
que cae en lamparones
manchándome los pies y las alfombras.


