martes, agosto 10, 2021

Una elegía por todos nosotros. Hilario Barrero lee Aire de lugar y gente.

Reproduzco agradecido la reseña que Hilario Barrero ha escrito de Aire de lugar y gente en su blog, Cuaderno de Humo.

Una elegía por todos nosotros.

El primer poema, “Lugar y gente” nos abre el camino. Lo que el poeta intenta hacer es “Dibujar en la niebla, / como un niño, / con sus mismos trazos elementales, / la forma de una casa. // Y dibujar a su lado luego / la sombra de quien la habitó un día / y la reconstruye ahora / llenando los vacíos de ese esbozo / con ventanas abiertas hacia el río / y bajo el humo de una leña que arde / y da noticia / de que la vida quizás ha vuelto. // Y dibujar además un aire / -si acaso el aire se dibuja- / que sea el del lugar y el de su gente”.

De entrada nos queda claro para lo que sirve la poesía: Para sentir lo imposible, para que veamos cómo el poeta puede dibujar el aire, un aire del lugar, el que respira su gente. Para reconstruir vidas, historias, luces y sombras.

Aire de lugar y gente es un libro sin trampa ni cartón. Nada de alardes en la cuerda floja de la metáfora, nada de malabarismos en la dinámica del ritmo, ni un asomo de magia, nada de “Señoras y señores: ahora lo ve y ahora no lo ve”. Ya desde el título, Aire de lugar y gente, es eso: un retablo de carne y hueso, de gente como nosotros que vive en un lugar donde hay ciruelas amarillas, días dorados, un árbol que crece y habla, un lavadero… Un libro que encierra un universo completo de emociones, esperanzas, recuerdos, sentimientos, vida y muerte. Lo que debe ser la poesía, la poesía que no engaña, que te ayuda a vivir, a ser mejor, a disfrutar de la vida.

Hay libros de poesía que uno deja a su lado por tiempo y los lee y los goza y tiene miedo de escribir algo sobre ellos porque a menudo uno no puede dejar escrito todo lo que siente. Este es uno de ellos. Y lo es porque es un libro escrito por necesidad, no por publicar o añadir un titulo más al curriculum de poeta. Por todo el libro fluye un rio sentimental que sabemos va a desembocar en el mar de la emoción. Un rio en cuyas orillas encontraremos rostros, nombres, tierra, sombras y luces. Junto a la emoción, a la evocación de un “pueblo” (y eso le da al aire un doble valor) encontramos “una biografía, -dice César Iglesias- no solo del autor y los suyos, también la de un tiempo de demoliciones y la de una tierra desolada”.

José Carlos Díaz (Gijón, 1962) es miembro fundador del Grupo Poético Cálamo, editor de la bitácora Los diarios de Rayuela. Ha publicado Velar la arena, La ciudad y las islas, Contra la oscuridad, Convalecencia en Remior y Cantata de los días tasados con el que obtuvo el Premio de Poesía Ramón de Campoamor en 2017.

El libro está dividido en cinco partes, cinco tablas de un retablo civil: “Hacia”, “Flashback”, “Lugar (y gente)”, “René, mon pére”, y “Después”. La parte dedicada al padre del poeta, compuesta de veintidós poemas, es, no solo la más intensa y, para uno, la parte más honda, sino también es una biografía sentimental, una “novela” en verso, una crónica de una época y de un modo de vida. Que sirva este poema, “Día de boda”, como muestra de la simple grandeza de este libro que uno piensa es imprescindible:
 
EL baile de una tarde de boda.
Las costuras alegres de unos trajes de fiesta.
La salud despreocupada de la risa.
Era mayo y lucía el sol.
El amor venia todavía
envuelto en papel de regalo.
Mi padre era feliz.
Brindaba con champán
y palmeaba la espaldas a sus amigos.
Juntos fumaban cohíbas de estraperlo
en la terraza del Bellavista.
Volvía luego él a donde la música,
con ganas de ceñir el talle de mi madre
el ritmo de pasodoble.
 
El baile de una noche de boda.
Como un collar bajo una lupa,
se encendían las luces del paseo.
La vida nos engañaba dulcemente
con aquel pasillo iluminado
por que hubiésemos jurado
que nunca nos alcanzaría lo oscuro.

Si el primer poema nos daba el guion para seguir la mecánica del libro, al final, en “Apunte al margen…” nos da noticia de que fue el despojo lo que alentó el libro. “No de otra manera se siente la muerte. Mi padre falleció en enero de 2018. Los poemas a él dedicados fueron una manera prolongada de duelo. Enterrar sus cenizas allí donde había nacido en ayudo a reflexionar sobre el desarraigo de una vida que quise reconstruir levantando de nuevo los muros derruidos de la casa que fue la de su infancia. Un lugar al que se llega remontando un rio…”

Aire de lugar y gente es, también, una elegía por todos nosotros los que tenemos que remontar un río que siempre llega al mar.


Hilario Barrero

viernes, julio 23, 2021

Tiempo de amor y mar, de Francisco Álvarez Velasco

 Las dos orillas

/ por José Carlos Díaz /

Publicado en El Cuaderno

«La palabra del hombre/ hacia la muerte/ comienza en aquel cuaderno de rayas y se tuerce en los versos/ con que abres/ la trocha entre las ramas de la página blanca», escribía Francisco Álvarez Velasco en Memoria de la sombra, de 2010. Ese recorrido al que hacía referencia une hoy, insoslayablemente, las orillas desde las que se escribe su nuevo poemario, Tiempo de amor y mar. Que Eolas, una editorial leonesa, haya publicado los últimos tres libros de Paco Velasco al tiempo que él, a sus ochentaiún años, lleve afincado en Asturias más de media vida ilustra una dualidad geográfica que, creo, ha gobernado su vivir y su decir. Ambos lugares, Asturias y León, se pueden arrogar el derecho a considerar suyo a un escritor que ha ido haciendo en su obra doble patria. La del recuerdo, la de la infancia, la de la fundación de su vida y de su obra, a orillas del Órbigo; y la del magisterio docente, la de la escritura, la de la vida en común con su compañera durante tantos años, la de las hijas, la del mar, a orillas del Cantábrico.

De nuevo, tras esa bella aliteración heptasílaba del título que es Tiempo de amor y mar, Francisco Álvarez Velasco resume los temas que le han venido obsesionando en toda su obra: la fugacidad de la existencia, la memoria de la raíz, el amor, las incertidumbres de la muerte y el diálogo con la naturaleza. A tales asuntos cabría añadirles esa rara habilidad para el cambio de registro poético que permite a Paco escribir con la esencialidad y ritmo que requiere la poesía que se recita para el oído infantil.



Este nuevo libro, antes de dar paso a las cuatro partes en que se divide, comienza con un pórtico de sesenta y ocho versos que, introducido por una cita de César Vallejo (¡siempre César Vallejo en la obra de Francisco Álvarez Velasco!), mantiene esa dualidad apuntada al principio. Una dualidad geográfica y vital que toma la forma de dos orillas: una, junta al mar, y otra, junto a la infancia. La primera acuciada por el recelo de una edad sin dioses que nos sitúa frente a una perspectiva de final de vida llena de tantos enigmas como el propio mar —del que sabemos poco, del que solo nos llegan «sucias señales»—. La segunda ubicada en «aquel buen territorio/ cuando empezó la vida», del que arrastra la memoria pecios que son siempre más limpios y entrañables que los acarreados por las mareas, porque aquellos dan señal de un tiempo feliz y de una naturaleza cómplice.

«A mi edad —me confiesa Paco— pretendía hacer un balance de mi existencia, con la intención de que fuese mi último libro. Sin embargo, después he escrito y estoy escribiendo tanto, para algo puede servir tal vez la pandemia, que hay suficientes poemas para otro libro más voluminoso. Y eso a pesar de que trato de reprimir ese impulso, porque si hay alguna cualidad en mi condición de poeta, es la de la duda y junto a ella, la de la reescritura».

Le hablo de esa intuición interpretativa a la que uno aludía antes, que tiene como referencia esas dos orillas, geográficas y vitales leonesas y asturianas. Parece él estar de acuerdo: «Sin duda alguna desde esas dos orillas se ha ido escribiendo mi obra. Pero habría de añadirse también la presencia de La Mancha: diez años de estancia entre Ocaña y Tarancón tienen que dejar a la fuerza muchos posos. Mi primer libro, Tiempo de maldición, le debe mucho a aquellas tierras. Pero también hay en el libro guiños a China, a donde viajé y que está presente en los poemas Domus clausa y En un santuario de Guan Yin».

Al margen de esas influencias geográficas, la poesía de Paco Velasco ha mantenido siempre, sobre todo, una impronta existencial, de compromiso, más que político, humanista. Quizás le haya influido para que así sea el contacto en su juventud con los autores de Claraboya, o la propia militancia política que vino luego, o la obra de poetas tan señeros y que siempre tiene presentes, como Vallejo, Machado o Gelman.  

«Todos los que señalas —explica— han estado y siguen estando siempre muy presentes en mi obra. César Vallejo me dio el primer empujón. Un concurso que en los años setenta llevó a cabo la prestigiosa revista Camp de l’Arpa, cuyo premio era la publicación mensual del mejor poema recibido entre los miles que solían llegar, me dio cierta seguridad y la decisión de ponerme a escribir con rigor. A partir de ahí, llegó el contacto con Juan Fernández Lera y otros poetas que publicaban la revista Nos queda la palabra, donde en cada número aparecía un poeta consagrado y un novato. Más tarde, desde ese grupo, se editaron libros dentro de una colección a la que le dieron el nombre de Taranto, título que se correspondía con el del primer número de la serie, que fue obra de Félix Grande, y que era un homenaje a César Vallejo.  Y ahí se publicó también mi primer libro: Tiempo de maldición. Cuando estaba en julio de 1979, después de una agotadora jornada de trabajo en la hierba, llegó un poeta asturiano a verme, Juan José Ordóñez, que pertenecía a aquel grupo, trayendo consigo mil ejemplares de mi libro —así de generosos eran los de Nos queda la palabra—. Respecto a Claraboya, la relación fue muy estrecha, especialmente con Agustín Delgado. Participé en la fundación de la revista, pero me fui pronto a Madrid. Desde allí envié para el primer número un poema firmado con el pseudónimo de Buchaca y para los dos siguientes sendos poemas del danés brigadista internacional Gustav Petersen, que murió en la batalla del Ebro. Yo, por supuesto, no sabía danés, pero compartía piso con un estudiante de Dinamarca, que me ayudó en la traducción».

Este Tiempo de amor y mar, le observo, llega después de una incursión en el aforismo, fue con Y, de pronto, un pájaro (Eolas, 2018), y tras una novela, Incursión y muerte del demonio Meridiano (Eolas, 2020). Supone uno que porque en esos dos libros anteriores, además, de un ejercicio de estilo, se trataba de abordar una propuesta creativa específica a la que el verso no daba respuesta. Y algo así parece sugerir también Paco cuando describe sus aforismos como «chispazos de pensamiento surgidos de una lectura, de palabras oídas en la calle, de la duermevela, galladuras a veces de un poema»; cuando recuerda que con su novela —El demonio Meridiano— «pretendía hacer un ajuste de cuentas con mi niñez y un homenaje a las gentes de mi pueblo en la posguerra. Y quien la haya leído podrá comprobar que muchos motivos del poema La violencia de las horas están presentes en la novela».

La primera de las cuatro partes que siguen al Pórtico de Tiempo de amor y mar, titulada Qué nos dices, ¡oh mar!, parafraseando a Vallejo, se abre con un poema puente que une «la seca soledad» y «el alto manantial». Son unos versos que no sólo rinden tributo a Carmina, la compañera de tanta vida, sino que entiendo refieren un tránsito de edad y de destino. Paco llegó a Asturias en los años setenta con plaza de profesor en el instituto Jovellanos; y ejerce hace muchos años de paisano asturiano desde su refugio en una aldea piloñesa; y de poeta de aquí, muy de aquí, con su pronta integración en los círculos literarios gijoneses. El recuerda así cómo fue su llegada a esta tierra:

«Mi arraigo en Asturias  empezó en 1974 a través de Carmina. Fuimos compañeros de filosofía en Madrid y pronto novios. En julio yo cumplía las milicias universitarias en La Granja. Después de la jura de bandera, daban cuatro o cinco días de permiso. Llegué a Asturias haciendo autostop. La inmersión fue de lleno en Fuentes de Anayo, donde vivían mis futuros suegros. Allí descubrí la niebla, el orbayu, los bosques, la hiedra, las fuentes…, un paisaje que me impactó tanto que dio lugar a El viejísimo jugo de la tierra. Y también descubrí ¡la mar!, en Colunga, una mar que veía por primera vez. El contacto con los poetas gijoneses empezó con Álvaro Díaz Huici, quien conocía mi primer libro por sus relaciones con los integrantes de Nos queda la palabra. Le presenté el manuscrito de Del viejísimo jugo de la tierra y la primera intención de Álvaro fue publicarlo en Noega, pero problemas editoriales frustraron el proyecto. El libro terminó entonces publicándose en la colección Deva del Ateneo Obrero, del que yo ya era socio. A través de Álvaro conocí a Fernando Menéndez, a Pedro Luis Menéndez y a Rosa Espada. En el Ateneo la relación con Xosé Bolado fue muy estrecha. Los jueves había tertulias literarias a las que acudían muchos poetas».

Abrimos la segunda parte del libro, Esta orilla, donde se convocan ausencias, se recorre el curso de las estaciones, se cita en un par de ocasiones a Eugénio de Andrade —quizás una referencia menos acostumbrada que la de Machado, le apunto, al que sobrescribes en un bello poema titulado Coplas del resignado—; hay algún leonesismo hermoso como la palabra adiles; un poema memorable como La violencia de las horas —al que el propio Paco ya se refirió antes— y que, muy posiblemente, le vaticino, muchos lectores señalarán como la auténtica cima creativa de esta obra; y hasta se convoca al fantasma de Lady Godiva. Por tanto, aun manteniendo un tono afín en el decir, se manifiesta diversidad en el asunto. Ello me lleva a plantearle dos cuestiones. La primera sobre la propia intención que alentó lo recogido en Esta orilla; y la segunda, sobre cuál es su proceder habitual en la estructuración de los poemarios. Paco me revela «esta parte se fue organizando en torno a la presencia de la muerte. El título viene del mito del Río Leteo y del verso de Quevedo incluido en el soneto Amor constante más allá de la muerte: “de esotra parte en la ribera”. Por lo tanto, conviven en Esta orilla Eros y Thánatos». Por lo que respecta a cómo ordena los poemas en sus libros, Paco relata que «nunca he tenido un proyecto previo. Cada poema, al principio, tiene su propia entidad y autonomía. Y cuando se van sumando para hacer un libro, viene el trabajo de arquitectura, que no es muy costoso porque mi poesía se mueve por los universales del sentimiento, la añoranza del paraíso de la infancia y la solidaridad con los desfavorecidos».

Hay también en este tramo del poemario, le hago notar, unas cuantas y diversas manos. La mano como depositaria de la voluntad, como puente de amor, de amistad o de fraternidad, como cartografía que despliega las líneas del futuro. La mano mendiga, suplicante. Las manos campesinas, o de poeta, o de amante, o de padre. La mano ofrecida para escapar de la oscuridad de los pozos. Las manos, alas de paloma. La mano de Valente (compartiendo la vida). La mano de Machado (compartiendo el camino). «Es un motivo redundante en mi poesía. Aparece, por ejemplo, en Gregor Samsa frente a la ventana con un tríptico titulado Manos. Y funciona en todos mis libros con abundante intertextualidad personal».

En el siguiente capítulo, Jardín de infancia, dedicado a Luna, su nieta, se escribe una poesía musical, aparentemente infantil, pero muy de oficio, que toma como base formas clásicas tanto de la poesía popular como de la poesía culta, y que tiene a veces un tono muy lorquiano. Está emparentada con tres libros anteriores: Tres tigres por un trigal, La luna tiene una liebre y El libro de las vocales. Paco ha dicho en alguna ocasión que fue niño allí en Cimanes del Tejar, su pueblo a las orillas del Órbigo, en «una casa sin libros, como la escuela a la que acudí, en la que apenas los había tampoco. Mis primeras lecturas literarias fueron los cuentos de Calleja que me regalaba mi madrina». Quizás venga de esa memoria ese afán por escribir también para los más chicos, aun aquí, en el corazón de un libro tan existencial como Tiempo de amor y mar:

«Por una parte, quería que este Jardin de Infancia sirviera para descargar la tensión existencial, algo así como un “allegro”. Pero también que se mantuviera, aun en esos versos, la presencia de la muerte a través de las pateras, de la crueldad infantil, del recuerdo, una vez más, de la perra Lola o del gallo de la veleta que “quiere quebrar albores” para salir de la noche (la muerte)».

Esas incursiones en la literatura infantil han tenido, además, versiones en asturiano. Ese largo afincamiento en estas tierras le ha procurado a Francisco Álvarez Velasco  una comprensión cómplice con la reivindicación de la lengua asturiana, que no sé si incluso le convierte en defensor también de su cooficialidad. «¿Reivindicación? —exclama Paco, con cierta sorpresa—. He demostrado mi compromiso con el asturiano con tres libros bilingües traducidos por mí, aunque con alguna ayuda. En cuanto a la cooficialidad, aparte de la estatutaria, sobre la que el tiempo dirá, creo que no será nada fácil en cuanto a la oralidad».

Al tramo final del libro se le da por título Durar como el adobe, y echa mano de la memoria y de la tierra: «Mejor morir como el adobe/ que el aire, el agua, el sol/ y el tiempo desordenan/ en barro,/ en limo,/ en paja». El poema que cierra el libro, Final, es una especie de sobrecogedor epitafio que me obliga a plantearle si ha merecido —si está mereciendo— la pena la vida por la poesía o si a poesía se escribe para proclamar que la vida merece la pena. Contundente, se apresura a responder afirmativamente a la segunda de las propuestas formuladas: «Mi poesía, como mínimo, afirma la vida ante todo, pero eso implica luchar contra la muerte con la única arma: prolongar la memoria de los que nos amaron en vida hasta que lleguen inevitablemente “los puñados de ceniza”».

Selección de poemas

Las dos orillas

Qué nos buscas, oh mar…
César Vallejo

Hoy he visto que el hombre
se encoge y curva un poco
por el costado izquierdo,
porque su cuerpo alberga
un corazón de piedra,
un buen lastre que ayuda
cuando el río lo empuja hasta la mar.

De la mar, sin embargo,
pocas cosas sabemos:
que se nutre del hombre
y de la tierra y sus arroyos
y de las deyecciones
de todas las ciudades
que a veces nos devuelve.

Desde la mar nos vienen las gaviotas,
que lanzan excrementos
sobre calles y plazas
y arrojan sus chillidos
salvajes en la noche
contra el dulce soñar de los que duermen.
Y en las mares remotas,
algún cadáver niño.

Son las sucias señales
de esa orilla.

La vida es como es
y no vienen al caso
los empeños del hombre.
(En cambio, de la muerte
nunca se sabe
porque nadie ha vuelto,
excepto el hermano de María y de Marta
y aquel de Nazaret, al cabo de tres días,
pero nada dijeron).

Y tú oyes los chillidos
de las sucias gaviotas
voraces en el ábrego
que muerde las esquinas.

En la fachada al norte
está la sombra fría,
la ansiedad insaciable de la mar
que hasta aquí llega.

¿Qué te ofrecen los años por venir,
el incierto futuro?

Y si acaso algún dios te queda, nada
vendrá a entregarte
(bien sabido es de todos
su silencio,
aguardando a los dados del azar).

Mejor, vuelve al principio
—aquel buen territorio
cuando empezó la vida—.
Vuelve a los álamos,
junto a la fuente fría;
al crepitar ardiente del centeno,
a los ojos aquellos que miraban
y miraban atentos
debajo de los puentes
cómo el agua corría,
limpia y clara,
en su eterno pasar.

Y escucha nuevamente
con aquellas orejas
de la infancia
sonar tu corazón
y el murmullo infinito
del río en su camino,
la risa de los sauces,
el sosegado son de las espigas.


La violencia de las horas

(Al modo de César Vallejo)

Murió el abuelo Manuel, que tenía un pozo de aguas vivas
con truchas, adonde yo tiraba las migas que caían de la hogaza.
Murió el mastín León, que me dejaba cabalgarlo.
Murió la abuela Magdalena, que, en los atardeceres,
buscaba huevos tibios para mi merienda.
Murió el maestro don Evelio,
que tosía mucho a pesar de su brasero.
Murió el abuelo Félix,
que me enseñó a seguir el rastro de las liebres por la nieve.
Murió abuela Josefa, que me pedía que le enhebrase las agujas.
Murió la perra Lola, que se echaba a mis pies cuando yo comía.
Murió mi burro, que nunca tuvo nombre.
Murió el mirlo aquel que robé de un nido y que comía lombrices en mi mano.
Murió la estraperlista
(no recuerdo su nombre)
que bajaba del monte con su mula y unas grandes alforjas
y una navaja ancha atada a la cintura
y me daba siempre una almendra garrapiñada.

Se secó la Fuente de la Seda, donde yo buscaba los cabellos verdes de una náyade.
Murió mi padre, solo, sin saber que moría.
Poco a poco, murió madre.
Murió Agustín porque decidió morir.
Murió, por san Juan, Cecilio, que pintaba desnudo
mientras sonaba la música de Juan Sebastián Bach.
Murió tío Manuel, que siempre fue muy fiel a sus ideas.

Murieron mis hermanos, así tan de repente o poco a poco.
Muere mi tiempo fugitivo y estoy velándolo.


Final

Bien sabes que al final de tanto afán,
la vida se termina en un silencio
como de pozo seco, como una piedra
que nunca ha movido nadie,
como un jirón de ola que se pierde en la espuma,
como una tarde gris y polvorienta.

Los que te conocían y te amaron
de sollozo a sollozo recordarán tu vida.
Después en negro tintarán sus ropas.
Luego serán de alivio.

Y en un atardecer de oro
se acordarán, tal vez, de que a tu lado
mirabais cómo el sol se hundía.

jueves, junio 17, 2021

Presentación de "Aire de lugar y gente"

Ayer miércoles, 16 de junio, a las 19:30, se presentó en la Antigua Escuela de Comercio de Gijón el poemario Aire de lugar y gente. Estuvieron a mi lado para la ocasión Nacho González y César Iglesias. Se completó el aforo restringido a que obligan aún las medidas pandémicas y fotografió lo ocurrido Alfredo Garay.

De lo que uno dijo, dejo ahora, un poco más abajo, transcripción. Pero antes quiero reiterar mi más sincera gratitud a cuantos nos disteis compañía y afecto.

"No puedo empezar de otra manera que dando las gracias por vuestra compañía a todos los que habéis venido; a Nacho y a César, por sus palabras; a TREA, por la oportunidad que me ha brindado de formar parte de tan reconocida colección de poesía; y a Gesto, por la organización de este encuentro, y muy especialmente a su presidenta, Arlé Corte, por la brega incansable y valiente que ha mantenido en estos tiempos de los que venimos.

Con Nacho ya sabéis que me une una amistad antigua, que, como él ha recordado, hemos estado juntos en muchas batallas, que me siento feliz cuando le va bien y que por eso deseo que le vaya bien muy a menudo.

A César le menciono expresamente en las páginas finales del libro, porque fue quien leyó el primer borrador del poemario, cuando lo escrito estaba muy por pulir; aun así, me animó a procurarle imprenta y esa confianza cuajó finalmente en libro. En su introducción de hoy, al modo en que acostumbra siempre en lo que reseña, no se ha limitado a parafrasear la lectura de mi libro, sino que ha trazado un discurso interpretativo y referencial, en el que no sólo me siento razonablemente identificado, sino muy generosamente mejorado.

Porque, en efecto, este libro podría enmarcarse en lo que se ha dado en llamar "literatura del sentimiento de la tierra". Y emparentarse con esa forma de decir que caracteriza, creo, a un grupo de poetas asturianos nacidos a finales de los años 50 y principios de los 60 del pasado siglo que reflejan en sus versos cierto desasosiego existencial y un compromiso más civil que político, conscientes de la fatiga poblacional y anímica que se respira en este ámbito geográfico y convencidos de que la poesía debe partir del oficio y trascender la anécdota. Que tienen, además, a mi juicio, cierta afinidad con esa sensibilidad que tan bien expresaron los autores del "segundu surdimientu", que dejaron constancia de la desposesión progresiva de una identidad aferrándose a una lengua que, de alguna manera, era la piedra angular sobre la que reconstruirse. Aire de lugar y gente, a su modo, también pretende una reconstrucción, pero de un espacio infinitamente más pequeño, casi íntimo. Una casa y una historia familiar. Con la diferencia de que no lo hace empleando la lengua de los que habitaron aquella casa, porque esa lengua se fue postergando durante el éxodo a la urbe de mi familia.

En todo caso, yo hoy, lo que quiero compartir con vosotros en esta presentación son algunas claves del proceso de escritura del poemario. Porque para quienes somos partidarios de apostillar con alguna aclaración la lectura de nuestros poemas, esa es la mejor forma de ratificar la utilidad final de lo que escribimos, ofreciendo orientaciones que ayuden al lector en la interpretación de lo que lee y logrando así, entiendo, una mejor comunicación final. 

Pues bien, este libro se comenzó a escribir tras el fallecimiento de mi padre, en enero de 2018. Reúno entonces una serie de pequeños textos y poemas que tienen que ver con su enfermedad y con el duelo que sigue a esa pérdida, y que se escriben muy contaminados emocionalmente, por lo que claramente pedían un periodo de reposo, una perspectiva temporal que permitiera su atemperamiento.  Ese paréntesis de reflexión me anima a proyectar un libro que vaya más allá de la elegía. Toda vez que las cenizas de mi padre fueron enterradas en el lugar de su nacimiento, de donde lo habían expulsado las penurias de la posguerra siendo un chaval, en el poemario que empieza a tomar forma intento reconstruir la historia de ese desarraigo, que, de alguna manera lo siento también propio, como un desarraigo legado.

Esa exploración del desarraigo, se convierte al mismo tiempo en la reconstrucción del lugar que al abandonarse lo provoca. Un lugar que está en la cuenca media del Navia, en la aldea de Armal. Allí estaba la casa familiar, hoy casi en ruinas. El poema inicial del libro, que es una suerte de poética específica para la ocasión, habla de reconstruir una casa, de encender el fuego de su hogar, de dotarla de una atmósfera que sea la que una vez la envolvió y de repoblarla con la memoria de quienes la habitaron. Ese es el aire de lugar y gente que da título al libro, y que refleja su propósito, remontar el río hasta recuperar la memoria de una familia que, como tantas otras, fue golpeada trágicamente por la guerra civil, desperdigada por la necesidad y que relegó en esa diáspora lengua y raíz.

         Aire de lugar y gente

Dibujar en la niebla,
como un niño,
con sus mismos trazos elementales,
        la forma de una casa.
        Y dibujar a su lado luego
la sombra de quien la habitó un día
        y la reconstruye ahora
llenando los vacíos de ese esbozo
con muros sólidos que fueron,
con ventanas abiertas hacia el río
y bajo el humo de una leña que arde 
y da noticia
de que la vida quizás ha vuelto.
        Y dibujar además un aire
        —si acaso el aire se dibuja—
        que sea el del lugar y el de su gente.

El libro se estructura en cinco partes o capítulos que trazan una trayectoria temporal e incluso espacial. Y digo capítulos porque hay una intención narrativa en su discurso. Hacia, la primera parte, es el viaje hacia el lugar donde nació y está enterrado mi padre, remontando el río Navia hasta su curso medio, hasta la casa de Torrente en la aldea de Armal, Boal. Un itinerario al que se le otorgan referencias topográficas y emocionales. Es una manera de darle la vuelta a la alegoría recurrente del río como vida que viaja hasta su final, hasta el mar. Aquí remontamos el río en busca del origen, de la vida inicial. 

Remontando el Navia

Siempre se cierran en falso las llagas 
que van dejando los días al paso,
siempre se cierran con una sutura tan frágil
que apenas vale de nada río arriba,
cuando me llevo de nuevo a la boca
los nombres quizás más hermosos
que nadie jamás le haya puesto
a las orillas de un mundo perdido:

Porto, Sabariz, Trelles y Sequeiro;
Vivedro, Serandinas y Las Viñas,
Los Mazos y en Armal, acantiladas,
la casa y la añoranza de Torrente.
Labial cartografía de mi infancia
en la que ahora duelo y voy nombrando
los puntos cardinales de una diáspora
obstinada en su saña de vacío. 

En esa reconstrucción del origen, hay una figura esencial: mi abuelo paterno. En la segunda parte, Flashback, persigo una doble intención: acercarme al contexto histórico en el que mi abuelo actúa, con más sombras que luces, como cabecilla republicano, siendo finalmente ajusticiado; e identificar en esa muerte el momento en que se gesta el desmembramiento familiar. Orfandad, miseria y estigmatización se ceban entonces con aquellos niños que se quedan sin el amparo de la figura paterna. No son sólo cuatro poemas, son cuatro poemas escritos después de rastrear en los Archivos de Salamanca la presumible verdad histórica de esa vida truncada por la guerra civil, que generó desarraigo y dejó en sus descendientes una mezcla de rabia contra los victimarios y de reproche hacia la propia víctima. Esos niños fueron también “niños de la guerra”, pero de un entorno rural, quizá más cainita que ninguno, en donde no recibieron el amparo que se les dio a aquellos otros “niños de la guerra” que sufrieron exilio y hubieron de recomponer su vida fuera de España, pero que tuvieron, al menos, acogidas que paliaron sus necesidades y facilitaron su formación. Por eso en este poema me refiero a estos otros “niños de la guerra” como a una especie de escoria celeste: tenían la inocencia de su edad y la mancha de una culpa heredada, lo que los llevó a sustituir la ayuda que no tuvieron, por el arrojo que se autoimpusieron.

Escoria celeste 

No los despidieron
con pañuelos en los muelles,
ni por tanto fueron nunca dioses expatriados
andando sobre el agua.
Nadie hubo en el andén cuando llegaron
para llevarlos de la mano
de nuevo a las escuelas.
Ni tan siquiera merecieron
el derecho en desliz de una añoranza
que les era en justicia también propia.

Como los restos errantes y escindidos
de un meteoro en el espacio;
como escoria celeste de una batalla cruenta,
ejercieron en el oficio humilde,
sirvieron en la casa del invicto y
guardaron dignidad 
aun en la penitencia 
de la culpa heredada.

Habían venido al mundo
para ser huérfanos de la derrota
en las aldeas más cainitas,
allí a donde ya no regresaron
sino para yacer,
al fin, sin desarraigo y muertos.

Llegados entonces al lugar, sabidas las circunstancias de esas infancias truncadas, se evocan recuerdos de cómo era cuando fui niño aquel pueblo campesino, de media montaña, donde vivían las abuelas y gran parte de la familia, donde pasábamos algunas semanas durante el año, principalmente en el verano, donde se ayudaba en la matanza, se asistía a las fiestas y donde uno intuía estaban sus verdaderas raíces. Estos textos conforman la parte titulada Lugar (y gente), y están, por tanto, impregnados de nostalgia o señardá, entendiendo por tal una sensación de hurto de las raíces ciertas, las que otorga la pertenencia a una cultura de costumbres atávicas y lengua propia, la de esa pequeña patria que fue la de mis ancestros, de donde mis padres, como tantos otros, impelidos por las penurias, hubieron de salir camino de la ciudad, de una ciudad de aluvión, de esas en las que se suele tener la impresión de vivir en un “no lugar”, sin raíces, porque las raíces son, sobre todo, un concepto telúrico, que precisa de un suelo nutricio, muy difícil de imaginar en el asfalto.

                    Raíces

Todo era distinto cuando en la casa había vida,
cuando los muros eran sólidos,
cuando sobre el tejado la pizarra brillaba
igual que un plumaje tupido.

El viento y la tormenta
no habían forzado entonces
ni puertas ni cristales,
no habían expoliado aún
aquel universo íntimo y aislado.

En sus cuencas vacías
que antes fueron ventanas,
en la cuadra sin bestias,
en la hierba sin siega,
en el árbol sin poda,
en las fuentes sin sed,
en la tierra sin fruto,
en el río sin puente,
en los perros sin amo,
en la senda sin huella,
en el silencio sin voces,
sin risas, ni quejas, ni lloros,
sin blasfemias ni rezos.

En ese ingrávido vacío
que amputó el aliento de lo que fue todo un mundo,
se mueven como larvas ciegas
las raíces de cuanto extraño en la distancia
por más que nunca hubiera sido mío.
 

Allí está la raíz, allí estaba la gente que nos dio a la vida. Como mi abuela materna, a la que se recuerda en dos poemas, Las palomas y Lareira. O como mi tío Andrés, al que recuerdo en Ciruelas amarillas. Allí estaba el descubrimiento por un niño de ciudad de las noches en la aldea, cuyo silencio estaba lleno de ruidos misteriosos, a veces casi sobrecogedores, ruidos y sensaciones que trato de detallar en Bajo el revés de la luz y Noche. Allí estaban los lavaderos o las verbenas de verano. Allí, ahora, en cambio, la ruina de muchos hogares, y la diáspora de demasiada gente.

El libro, que pudiera parecer  en primera instancia un libro elegiaco, que como muchos otros llora o reflexiona sobre la muerte del padre, no se ciñe a ese único propósito. Es cierto que esa pérdida lo inspira siguiendo el machadiano “se canta lo que se pierde”. Pero, sin embargo, es un libro que no plantea, como otros libros que recuerdan la figura del padre, un escenario de conflicto entre hijo y progenitor. No hablo de un padre con atributos literarios, y por tales entiendo fuertes rasgos de carácter o biografía singular que a su muerte provoquen resentimientos o ajustes de cuentas que se sustancien en un diario kafkiano de afrentas; o de un padre con una biografía ejemplar que dé pie a un panegírico al modo Faciolince. Hablo de un padre bastante corriente, como la mayoría de los padres, que deja al marchar un vacío y provoca ciertas interrogantes a poco que se medite sobre la vida que tuvo antes de nuestra propia existencia, pero que condicionó decisivamente lo que somos. En el caso de este padre “no literario”, su vida se vio afectada de modo determinante, igual que muchas otras, por la guerra civil y por el éxodo que la miseria sobrevenida trajo aquella. Y eso, por derivarse en un extrañamiento del origen y una hipersentimentalidad hacia la tierra hurtada, fragua un poemario que va más allá de la elegía personalizada.

De mi padre, de su vida, de su enfermedad y de su muerte, se habla en René, mon pére, cuarta parte, constituida por los primeros poemas que escribí para el libro, cuando aún no sabía que iba a ser un libro, y que luego acompañé de un contexto geográfico y de una historia familiar. De esta parte, por ser la más íntima y, por tanto, quizás la menos propicia para una lectura pública, siempre que uno se tenga por prudente, leeré, por ello, uno de los poemas más “neutrales”:

                    Congoja

Eso a lo que llaman congoja
y aviva los manantiales del alma,
y nos abotona el pecho entero
como una prenda escasa y en desuso.

Las fotos que nos tomaron cuando éramos dioses
y a pesar de que no lo sabíamos,
actuábamos como inmortales.

Las fotos crueles que nos dan noticia
de que la vida fue posible también sin miedo,
de que alguien nos sostuvo en sus brazos
cuando esos brazos eran fuertes.

Eso a lo que llaman congoja
y tiene la misma forma dentada
que los blancos paspartús
de las fotos antiguas.

El libro se cierra con un parte final algo más luminosa, Después, centrada en la figura del hijo, en la continuidad, por tanto, de la vida. Me preguntaban hace unos días si esa conclusión más celebrativa intentaba ofrecer una imagen de la literatura como proceso curativo. Quizás. Pero no de una manera chamánica, sino a través de un proceso indagador. Ahondamos en nuestras obsesiones, nos interrogamos por el dolor que generan ciertas pérdidas, por la conmoción ante circunstancias sociales o históricas; pero celebramos igualmente la alegría de la luz, de la amistad o del amor, y al celebrarla nos esforzamos también en identificar cómo y por qué reaccionamos a ese impulso con la necesidad de, por ejemplo, escribir unos versos. Por eso creo que la literatura no sana o consuela por sí misma, sino por el modo inquisitivo en que llegamos a ella. La parte final del libro cierra de modo esperanzado pero realista el trayecto que nos condujo desde nuestros orígenes, en un pequeño pueblo de media montaña en el occidente asturiano, hasta el hijo que continúa nuestra vida y que le da parte de su sentido. Un hijo, no obstante, que como tantos otros ha tenido que irse a trabajar lejos, poniéndole así punto y seguido al desarraigo y pasando a formar parte del despoblamiento que padecemos."

                   Teoría de la trascendencia

En los primeros días del verano, 
con el cielo limpio y la mar en calma,
vuela sobre la playa de Porcía
la estela interminable de un avión.
A una distancia de más de veinte años
y mil millas marinas,
quizás mi hijo siga con la mirada
la fuga de ese vuelo 
que atraviesa las barreras
del tiempo y del espacio.
Puede incluso que ese cometa 
haya proyectado también
el rastro fugaz de su sombra
sobre la hierba alimentada
con las cenizas de mi padre.
Luce el sol y me colma el pecho
la certidumbre de que en los ojos de los hombres
se custodia,
con el sigilo de los secretos,
la persistencia de la vida.