lunes, junio 11, 2007

Y van veintidós...

En esto andamos metidos desde hace ya más de veinte años. Algunas veces hasta merece la pena (que como dice Hidalgo Bayal es expresión que no engaña); pues aunque penoso es, por el trabajo que da leerse tantos originales y ciertas ocurrencias, se da por bueno todo cuando entre el montón aparece un buen libro. Y a fe que los ha habido en estos años. Armémonos, pues, de ánimo los convocantes y póngase manos a la obra -literaria- la concurrencia. Ahí van, resumidas, las bases.
La Sociedad cultural Gesto convoca el XXII Premio «Cálamo» de poesía erótica, al que pueden concurrir todos los escritores en lengua castellana que lo deseen con obras inéditas. Los poemarios, de metro libre y extensión mínima de trescientos versos y máxima de quinientos, versarán sobre temas eróticos. Se enviarán por triplicado y con plica al Aptdo. de Correos 88, 33200 Gijón (Asturias) hasta el 15 de septiembre. El premio, que conlleva la publicación de la obra ganadora. Está dotado con trescientos euros y cien ejemplares del poemario editado. El fallo se dará a conocer el 26 de octubre.

jueves, junio 07, 2007

Destregua

Llega de nuevo correo de Serandinas. Xuan comparte generoso lo que escribe. Le da la misma importancia a sus versos -la justa- que al saludo cordial que los acompaña. Son su manera de cartearse. Su manera de decir cómo se siente. A estos que ahora me envía les añade una breve introducción que dice así:

Llevo un par de días dándole vueltas a este poema. Podría titularse Destregua sino fuera porque no me gusta nada el palabro. De momento, y para recordar por qué se escribieron estos versos, queda apuntado ese feo título. Prometo buscarle alternativas -outros nomes-:

Esta amenaza tiene
el trazo exacto de una mala sombra.
Sentirla encima
es como envolverse en frío,
como perder de pronto
el ánimo por el combate
y hasta el gusto de sentirse alegre.

Lápiz

Escribo estos apuntes en la oficina, mientras hago un descanso en los quehaceres de la mañana. Lo hago, además, estrenando el almacén de un lápiz de memoria que recién he comprado. Será desde ahora mi nuevo moleskine virtual. El anterior, casi dos años conmigo, se me ha perdido. El lunes hube de andar con prisas de un lado a otro de la ciudad. Es muy posible que en esas carreras, que siempre son malas, se me haya extraviado. Creo que casi todo lo que contenía lo tengo a buen recaudo, grabado en otros archivos –con ese pensamiento me consuelo-. Lo que ahora me preocupa es en qué manos ande. Trozos de diario, poemas, algunas fotos… Qué pensará quien lea toda esta intimidad. Qué hará con ella. Ciertamente es como andar desnudo sin saber dónde ni cómo taparse.

lunes, junio 04, 2007

Las momias de Teverga

Salimos de casa pasadas ya las once. Apenas una hora más tarde estábamos en Teverga. Desde Trubia la carretera va próxima a la orilla del río y poco a poco se encajona entre montañas. El día estaba soleado y fresco. Lucían verdísimas las praderías y por cualquier torrentera bajaba el agua abundante y rápida. El Parque de la Prehistoria está camino de Puerto Ventana. Sus construcciones se hallan semienterradas, con tejado vegetal. En lo que llaman cueva de cuevas se pueden contemplar tres reproducciones o facsímiles de otras tantas grutas paleolíticas: Tito Bustillo y Candamo, ambas asturianas y enclavadas, respectivamente, en el oriente y centro de la región, y Niaux, del Pirineo francés. De la primera destaca su policromía. De la de Candamo se representa su afamado camerino, un auténtico altar a un dios equino con piel de óxido. En la francesa brilla el esquematismo de sus dibujos, su apariencia de apunte proteico al carboncillo. El espacio museístico destinado a la interpretación del arte rupestre es ameno, está bien documentado y se completa con algunos otros paños de pinturas que reproducen los dibujos más significativos de Santillana o Lascaux. Conviene, por tanto, hacer una visita demorada de esta aula educativa tan bien arropada por imágenes e información. En Teverga, comimos pote, cordero y arroz con leche. Nos acercamos luego a la Colegiata, que nació románica y fue creciendo con añadido de estilos y volúmenes a medida que transcurrían los siglos. Tiene unos hermosos capiteles en su interior y un Cristo románico restaurado recientemente y que al parecer guarda en su interior, a modo de relicario, un montoncito de arenas del desierto del Sinaí. El claustro de lo que fue monasterio se levanta sobre un humilde columnario de madera que amenaza ruina. En la sacristía se guardan dos momias del siglo XVII. Padre e hijo. Señor y abad inquisidor. Tienen por rastro de piel un pergamino terroso. Colocadas una sobre otra. Abajo se sitúa el padre que fue terrateniente del lugar y yace con ropas modestas y rostro como de incinerado pompeyano. Sobre él, el féretro acristalado con los restos de su hijo, vestido con harapos eclesiales. En su boca abierta, que tal parece que implora unas briznas de aliento, se conservan un par de dientes fosilizados. Al volver a casa, mi hijo me preguntaba qué hay después de la muerte, qué puede haber si no late el corazón, el cerebro no piensa y el tiempo nos deshace.

domingo, junio 03, 2007

Desgracia (o Deshonra)

Leí Desgracia, de J. M. Coetzee de un par de tirones. No me había acercado hasta ahora a este autor sudafricano, Nobel en el 2003. No tardaré, esa es mi intención, en conocer otros libros suyos. Escribe con precisión y cuenta, según lo que de esta novela se deduce, historias subyugantes, trágicas, veraces. Y lo hace hablando de variados asuntos que se entrelazan con exacto engranaje. Deseo, paternidad, violencia. Han traducido el original, Disgrace, por Desgracia. Quizás hubiera sido mejor hacerlo por Deshonra –hay varias en el libro, sobre ellas gira su historia-. En su primera mitad se reflexiona sobre la pulsión sexual de los hombres que envejecen. Sobre la deriva a que lleva esa caza cuando es indiscriminada, cuando no calibra sus consecuencias. Y luego, a mitad del libro, explota un cataclismo distinto. Un acontecimiento brutal que se ceba con la hija del protagonista, con él mismo. Desde ese momento el libro no es que no pueda seguir leyéndose en clave universal, que no deje de transitar por sensaciones o reflexiones que pudieran ser las de todos, pero no es menos cierto que se contextualiza, que requiere ser situado en la Sudáfrica del postapartheid, en la tierra que fue de unos pocos y que comienza a ser, no sin aires de revancha, de los más. Precisamente escrita, la novela va posando sobre sus páginas la historia que cuenta, la tensión que narra, los asuntos de los que habla, sin, quizás, más conclusión que la incertidumbre y el desasosiego de cuanto nos acecha desde nuestro interior, desde el amenazante exterior. No sé si habré sabido desentrañar en su densidad t0d0 cuanto lo que en ella se cuece: la resignación de la hija violada que ama una tierra de la que quiere ser digna; la expiación de un deseo irrenunciable por el padre a través de la piedad hacia los animales; la imprecisa justificación que se respira en la descripción de la violencia ejercida por quienes estuvieron oprimidos aún más violentamente; el trufado de una ópera escrita por el protagonista y que empieza casi de modo académico y termina convirtiéndose en una obra bufa, una ópera que canta los amores de una vieja querida italiana de Byron, Teresa –tal vez convertida a medida que se escribe en un trasunto del propio protagonista-; la engañosa desidia de una estudiante que se deja engatusar por su viejo profesor, quizás por interesada curiosidad, el consuelo religioso con que afrontan esa deshonra sus padres. Hoy por la mañana, paseando por la playa intentaba hilar todo ese entramado, buscarle sentido a cuanto había leído con entusiasmo las dos tardes anteriores. Era el retrogusto de una hermosa novela, breve e intensa.

domingo, mayo 27, 2007

El rigor de las arañas

Esa persistencia que mostraron una tras otra todas las arañas que se fueron descolgando de los cristales de la claraboya les otorgó un aura de animales metódicos, respetables. La primera que se precipitó sobre el mármol del salón quedó en evidencia por contraste: el suelo, pese a que el tiempo lo había amarfilado, seguía siendo blanco; sobre él, aquel bicho menudo era una mota móvil demasiado visible. Mi mujer me pidió que no la pisara. Que a la Naturaleza –así con mayúsculas sonó en su voz-, le había costado miles de años construir aquel prodigio. Nunca había visto como tal a una simple araña, pero hay veces que algo resulta tan evidente a los ojos de los otros que no podemos tenerlo por menos a los nuestros. La dejé que atravesara la diagonal de la estancia, que ascendiera el zócalo y se ocultara detrás del viejo mueble de nogal que contenía muchos de nuestros libros, la vajilla de recibir, las mantelerías, una cristalería de Bohemia, los álbumes con las fotos de todos nuestros viajes, muchos documentos, facturas y un buen surtido de licores. Durante los días siguientes, otras nuevas arañas siguieron planeando hasta la misma baldosa donde se había posado la primera. Dejamos también que hicieran senda según su voluntad, que no resultó ser otra que conducirse hasta los rincones oscuros e inaccesibles que estaban por detrás del mueble de nogal de nuestro salón. Llevaba allí más de veinte años. Nunca se había movido. El haz de sombra que proyectaba su dorso era un angosto misterio para todos, salvo para las arañas. Durante dos o tres meses estuvieron acomodándose allí detrás cientos de ellas. Como funambulistas, aprovechaban los haces de luz de la claraboya para acudir a la silenciosa llamada de sus congéneres. No le dimos importancia alguna a aquel tránsito que se nos volvió costumbre al cabo de los días. Sólo más tarde supimos de sus consecuencias. Uno tras otro, todos los miembros de nuestra familia fueron quedando atrapados por la inesperada y repentina pegajosidad del viejo mueble de nogal. Lo más chocante de aquella taxidermia en que nos volvimos fue nuestra desproporción respecto al resto de cachivaches que adornaban las baldas.

Xuan Serandinas (2)

Leo en EL CULTURAL una reseña de Francisco Díaz de Castro sobre el último libro de Joan Margarit, Casa de Misericordia. Según parece habla de la vejez, y lo hace, dice el crítico, “sin el sarcasmo de Gil de Biedma (“envejecer tiene su gracia”), sin concesiones a la sensiblería y desde una implacable lucidez”. Y se extraen algunos versos a modo de ejemplo: “Ser viejo es que la guerra ha terminado. / Es saber / dónde están los refugios, ahora inútiles”. Al leer estos apuntes, me viene al recuerdo un correo que hace un par de semanas me envío Xuan Serandinas. Ya traje aquí a este poeta amigo, aunque nada salvo su nombre y sus versos añadí sobre él. No dije, por ejemplo, que escribe en lo que se ha dado en llamar fala, el gallego en que hablan los asturianos de allende el río Navia. Que vive en la aldea que le da el apellido y que fue la de sus ancestros. Que allí se refugió hace años cuando la vida de la ciudad dejó de interesarle y convirtió una vieja posesión familiar en una casita de turismo rural. Que me manda sus poemas en ese habla de su gente y de su pueblo, un habla que me es a mí también familiar porque mis orígenes no están lejos de los suyos, pero que me pide que si doy a conocer esos versos en mi bitácora, lo haga en su traducción castellana, que no le gustaría granjearse lío alguno con quien defiende la pureza de un dialecto que el maneja con soltura pero, según confiesa, “de ougüido”. Y en este correo que me envía Xuan, incluye un poema que habla de la vejez y que, casualmente, lleva una referencia al verso de Biedma que queda citado más arriba. Se titula Final, lo encabeza con unas palabras de Coetzee y traído al castellano dice así:

Final

Envejecer no reviste ninguna elegancia.
Es mera cuestión de despejar la cubierta,
para que uno al menos pueda concentrarse
en hacer lo que han de hacer los viejos:
prepararse para morir.

J. M. Coetzee

De ningún modo creo
que se alcance gracia alguna en la vejez;
si acaso una cierta suerte de resignación plácida
cuando se achican a tiempo
las vías de agua abiertas
en los más oscuros pliegues de la piel.
Esa firme convicción negativa
me la alumbra el entusiasmo por la vida
que tengo y perderé
al ritmo deshojado de los años,
al paso entregado
con que amengua cualquier prisa
el final del todo. También el mío.

martes, mayo 22, 2007

Felicitas

Cuando sonó el teléfono, andábamos mirando mapas de Portugal. Un par de días antes había alquilado una casita cerca de Viana do Castelo para pasar una semana de vacaciones durante los primeros días del verano. Nos decidimos por un pueblecito colmado de viñedos y próximo al mar. Llamaba mi madre. Preguntaba si podría acercarla hasta la residencia de ancianos a ver a Felicitas. Quedamos para las cuatro y media. Hacía dos días que no paraba de llover. Era agua menuda, persistente, excéntrica. Como si se hubieran puesto en marcha por las alturas un montón de aspersores. Como si nadie supiera desconectarlos.

Aparqué junto al portón de acceso. Ayudé a mi madre a bajar del coche y me quedé a esperarla. Esta vez no quise entrar. Las últimas veces que la había acompañado en la visita, Felicitas me había confundido con mi padre. Llevé conmigo el periódico. Me puse a leer dentro el auto mientras esperaba. Seguía lloviendo.

Un cuarto de hora más tarde me sonó el móvil. Era mi madre desde el interior de la residencia. Me pedía que entrara. Felicitas quería verme Estaba sentada junto a la cristalera del jardín. Tenía envueltas las piernas por una manta gruesa. La besé. En la misma estancia había quizás diez o doce ancianos más. También algunos familiares de visita. Frente al televisor una vieja cantaba con voz clara y alta. Parecía un antiguo romance. Hablaba de una niña de cabellos largos. De una fuente de agua clara. De un galán que la cortejaba. Nadie le prestaba atención. Tan pronto se callaba un buen rato como volvía a retomar las estrofas de aquella historia de amores trágicos. Con Felicitas estaba también su hija mayor. Me quedé de pie. Estaba seguro de que tampoco esta vez me había reconocido. Dijo alegrarse de verme, pero no me llamó por el nombre. Ayudaba en casa cuando yo era un crío. Llegaba pronto. A primera hora de la mañana. Le echaba una mano a mi madre con la abuela, que se había quedado encamada por una embolia. Planchaba un rato y se iba luego a hacer algún recado. Nunca tuvo una vida fácil. Se vino del pueblo de niña. Asistió en mil casas. Se casó con un cantero. Parió seis o siete hijos y cuando iba nacer el que finalmente sería el último, su marido la abandonó. Se quejaba mucho de su suerte, pero siempre se mantuvo animosa en las labores. Ahora ya llevaba en la residencia un par de años. Había ido perdiendo vista y se había vuelto demasiado torpe para estar sola en casa.

Quería fijar la atención en lo que contaba Felicitas, pero me distraía la canción de su compañera de asilo. Más que la canción, la extraña situación de hallarse en una sala en la que todos los que la ocupaban eran capaces de seguir charlando, viendo la televisión o mirando la lluvia al otro lado de las ventanas sin ni tan siquiera prestarle atención al canto monocorde y algo desafiante de la anciana. Sólo yo desviaba la vista de vez en cuando hacia aquella música hipnótica. Terminaba tropezándome con la mirada fija de la vieja, como si supiera que sólo yo la escuchaba.

Noventa y cuatro años, dijo Felicitas. Tengo noventa y cuatro años. Y conservo la memoria. Mala vista, malas piernas, pero aún me acuerdo de las cosas. Fíjate Olga, le decía a su hija, aún te estoy viendo echar los primeros pasos. Fue un verano en que tu padre –mal descanso le de Dios- nos llevó a conocer el pueblo donde había nacido. Vivía su familia en una casa de buena piedra. Tenían animales y hacía un sol de justicia. Te echaste andar cerca el gallinero. Estabas cogida del alambre viendo a los pollos y de repente te soltaste y te pusiste a caminar. Al hilo del recuerdo, le pregunté a Felicitas de dónde era su marido. De cerca de Viana do Castelo. Por aquí siempre lo llamaron El Portugués.

Apenas si faltaban un par de semanas para las vacaciones. Teníamos alquilada una casa al norte de Portugal, en medio de viñedos, cerca de la playa y quién sabe si al lado del pueblo donde setenta años antes se echara a andar la hija de Felicitas. Quise conocer el nombre de la aldea, pero no le alcanzaba para tanto la memoria. Seguía lloviendo cuando nos fuimos.

lunes, mayo 21, 2007

Ciudad

Cuando se acercan estas fechas y se nos convoca a las urnas para elegir a nuestros representantes en los ayuntamientos, los candidatos se levantan de patas sobre las palestras blandiendo como promesas grandes y costosos proyectos constructivos, radicales transformaciones urbanas. Todo este muestrario de propósitos transfiguradores más que animarnos al voto, deberían sumirnos en la preocupación. La ciudad no ha de hacerse a golpe de ocurrencia, de megalomanías, a la ciudad debe ayudársela a crecer como a las plantas, con cuidados, riego suficiente, nutrientes adecuados, buena orientación y guías que la mantengan erguida sin desmayo. A las ciudades de tamaño habitable, como juzgo que aún es la mía, no deben hurgárseles permanentemente las entrañas, abrirlas en canal a todas horas, revolverles los terrones, levantarles singularidades arquitectónicas al menor descuido. Las ciudades necesitan de reposo y de atención hacia lo que tienen y han tenido largo tiempo, a los pequeños parques, a los minúsculos jardines, a las aceras, a las fachadas, a las farolas, a su música, a los olores que las vuelven únicas y a la gente que las pasea. A la ciudad en demasiadas ocasiones se le impone un espíritu depredador que la hace engullirse lo que tiene alrededor. Que le endurece la mirada. Que la vuelve agresiva, intratable. Que la mantiene alerta, como a la caza. A mi ciudad la quiero más dócil, mejor reposada. Para mi ciudad quiero cosas más sencillas. Que se conserve con cuidado exquisito su pasado: calles, casas, parques y gentes. Que se proyecte con tiento extremo su futuro: desde la austeridad y procurando que cuanto la crezca no se vuelva en contra ni de su identidad ni de su mayor bien, el de haber sido toda ella hasta no hace mucho, y aún por tramos desde que se nos ha expandido tanto, un lugar a la escala justa de quien aún quiera permitirse el lujo de la calma.
Y todo ello sin que se nos olvide que a la ciudad la hacen tanto quienes la diseñan y organizan desde los consistorios como quien la habita desde la dicha de hacerlo y el deseo de merecerla; pero también quien la ocupa, muy a pesar de lo que debería ser una convivencia responsable, esgrimiendo un perfil de aristas que la van arañando incluso más que el propio paso del tiempo. Será pues conveniente pedir sólo en este trance que quienes se ocupen desde la próxima semana de las cosas del municipio tengan a bien la práctica de la obra prudente y a conciencia -esto es, con buena hechura constructiva y moral-, la conservación de lo que se posee y el favor de quienes deberíamos hacer el resto, que no es sino procurar el esmero hacia lo que nos alberga.

viernes, mayo 18, 2007

Cabotaje

Ayer por la noche estuve navegando por la red –qué pretenciosa les resultará esta expresión a quienes de verdad navegan en mar abierto-. Lo hice durante un buen rato. De aquí para allá. Dando bandazos. Tantos que si además del piloto –ese nunca se marea-, alguien hubiera estado en cubierta, probablemente habría acabado echando un buen cebo biliar por la borda. Anda uno en esos periplos como de marino tangencial, tocando casi sin querer un montón de puertos, pero sin recalar de verdad en ninguno. Me da a mí que esta práctica es bastante corriente. Que hay por ahí mucho cabotaje. Que por eso los blogs recurren cada vez más al reclamo breve, al texto concentrado, al apunte a vuela pluma. Si la entrada ocupa más de lo que cabe en una pantalla provoca, por lo general, violentos virajes en el rumbo. La noche anterior, sin embargo, había estado leyendo. Sigo con la Historia de amor y oscuridad de Oz. Uno llega a esas y otras páginas como se llega a las playas vírgenes, con voluntad de permanencia, afirmando huella, haciéndose fuerte en la conquista, echando amarras. Son las diferencias entre el mundo entretenido de los grandes almacenes, por los que se anda paseando la vista y matando el tiempo, y de los que se sale, pese a los paquetes, mucho más vacío de lo que entró, y el recogido universo de la literatura, unas cuantas páginas, una bombilla de pocos vatios y las horas por delante. Y a pesar de tan poco, mientras dura la lectura, suele siempre crecerse por dentro. La navegación por las costas de la red, que tiene algo de recorrido por bulevares comerciales, se hace además, en demasiadas ocasiones, a lomos de planeadoras y con el dedo fácil en el gatillo del ratón. Con vértigo de velocidad. Sólo nos rescatan de vez en cuando de ese voraz zigzagueo algunas tabernas de muelle en las que hallamos un vago recuerdo del viejo Port Royal. Algunas bitácoras amigas.

Sugerencias

Una hermosa guía de viaje: la de Plasencia, su ciudad, por Álvaro Valverde.

Un buen cuento, El último, de Rosa Ribas.

Un muy interesante blog del que recién he sabido: El hilo invisible. Su autor, Sir John More.

Una entrevista, la de Maner Haro, en Anika entre libros, a Ricardo Menéndez Salmón.
Fin

miércoles, mayo 16, 2007

La pomarada

Aparecen todos y todas –como tan puntillosamente les gusta puntualizar siempre que se emplea el género- con una manzana en la mano. Bien lustrosa, colorada. La muestran a la altura del pecho y la acunan en el cuenco de la mano. Son los candidatos y candidatas de Izquierda Unida a los ayuntamientos y parlamento asturianos. Imagínense las instrucciones del retratista que así los/las inmortalizó: coja la manzana, acérquesela al corazón, ofrézcala generoso/a, como quien muestra modesta y alegremente su virtud, sonría. Uno y una, tras otro y otra, los candidatos/as de Izquierda Unida han ido pasándose la manzana como si de una antorcha olímpica se tratase. Se ha quedado el fruto tan pulido como el pomo de la puerta de un ministerio. Y así se ven en las vallas publicitarias: como madrastras de Blancanieves ofreciéndonos la manzana envenenada; como Evos y Evas dándonos a probar el pecado; como Párises que tuvieran en su mano el destino de Troya; pero mayormente como Newtons noqueados por un grave manzanazo.

lunes, mayo 14, 2007

Toró

En Toró el día estaba soleado y su arena blanca cegaba la vista. Buscamos acomodo entre las rocas, justo en la mitad de la pequeña concha que dibuja el arenal. Sobre él se elevan lo que bien pudieran ser picachos de alguna crestería de piedra enterrada. Igual que a veces sucede con las espadañas de las iglesias anegadas por los pantanos, tal parece que por debajo de esta playa se hubiera hundido una pequeña cordillera cuya cola terminara en las aguas. Empezaba a bajar la marea, que pese a lo recogido de la cala llegaba pujante. Desde la parte más oriental de Toró, un poco más allá de la espita por donde le entra el océano, se ve el espigón de Llanes y sus cubos desordenados y de dibujos infantiles. Como dados de gomaespuma en el suelo de una ludoteca, lo cubos de la memoria de Ibarrola amortiguan el embate de las olas, su caída. Alientan la memoria del estío en medio de la niebla y la risa del muelle en los días de luz. A pesar de que estaba fría la mar, los niños se bañaron largamente. Luego se rebozaron en la arena. Dan gusto estos primeros días de verano que van llegando. Nos quitan las telarañas de encima. Nos vuelven más ligeros.

jueves, mayo 10, 2007

Horarios

Las tardes en que ando por la oficina suele hacerme una visita la limpiadora cuando está acabando con su quehacer diario. Charla por los codos. Supongo que es consciente de ello, pero que no es capaz de ponerse freno una vez que arranca. Yo procuro acompañar sus monólogos con sonrisas y ocasionales concisos (que según alguien definió un día no son más que incisos breves). Y sigo al tiempo con la vista en la pantalla y los dedos en el teclado, oyéndola e incluso a veces hasta escuchándola. Ayer me hablaba de sus hijas. Dos. Que según dice a menudo con orgullo no disimulado “le han salido bien”. Cuando se hicieron jovencitas y empezaron a demorar su regreso por las noches, su padre no podía irse a la cama sin saberlas en casa. Así que se armaba de paciencia, y de un par de periódicos y la compañía de la radio, y las esperaba. Cuando regresaban no les reprochaba nada. Simplemente apagaba el transistor, plegaba la prensa y se iba a la cama. Y se ponía el pijama, porque hasta ese momento permanecía perfectamente vestido. Su marido, me dice la limpiadora, pensaba en si venían mal dadas y alguien les llamaba para comunicarles que a las niñas les había pasado algo. “Estoy seguro –confesó él en alguna ocasión- de que no sabría ni ponerme los pantalones”. Todo esto me lo cuenta ella mientras pasa una y otra vez la gamuza por el mismo trozo de mi mesa, mientras sigue embutida en su bata de faena, supongo que por si acaso, para que no digan y porque aún quedan unos minutos para que se complete su horario laboral.

martes, mayo 08, 2007

La vida vuelve


(Para Ismael Rozalén)

A principios de mayo el grillo sierra en lo verde el tallo de las mañanas; la lombriz enloquece buscando sus penúltimos agujeros de las noches; la cigüeña pasea los mediodías por las orillas fangosas del río haciendo melindres como una señorita. En los chopos altos se enredan vellones de nubes, y en el chaparral del monte bajo, el agua estancada se encoge miedosa cuando las urracas van a beberla. La vida vuelve.

Seguir de pobres, Ignacio Aldecoa.

lunes, mayo 07, 2007

Breve crónica del embrutecimiento

Han pasado casi tres semanas sin añadir nada nuevo a esta bitácora. Tiempo suficiente como para haber comprendido que durante los meses anteriores he ido alimentando una pequeña vida complementaria en ella. Una existencia paralela que hubo de suspenderse inesperadamente. Más de dos semanas ya sin poner en marcha el ordenador, sin abrir el correo electrónico, sin llevar nada a la Rayuela ni visitar los blogs amigos, sin deambular por esos caminos virtuales de afinidades que han ido alumbrando esa manera paralela y casi anónima de estar, de ser. Mientras tanto, al menos, mis diarios manuscritos han seguido creciendo, registrando como siempre lo menudo a través de renglones de cuadernos, de hojas sueltas, de apuntes en cualquier papel… Rescoldos de los fuegos que traen los días y que uno sopla para que el calor de los recuerdos no se enfríe. Me han parecido ciertamente estas jornadas de trabajo inusual demasiado largas. Siempre lo son cuando el efecto mariposa se agita a nuestro lado con la violencia de los tornados. Esta vez, el seísmo me pilló en un viejo palacio hasta hace nada desvencijado por el tiempo. Se ultimaba su rehabilitación. Y debía inaugurase en fecha prefijada. Los muchos especialistas acometían un montón de diversas cirugías. Empezaban a brillar las maderas nobles y el mármol de los suelos. Se remataba el estuco veneciano. Se ajustaban la forja y las celosías de las ventanas. Se fijaban mástiles y banderas. Se ocultaban huesos, músculos y nervios de los remozados muros. Se desembalaban muebles. Y todo parecía suspendido en el aire como si fuera tráfico espacial. Porque el caos tiene su propia coreografía. Confusa, irritante e interminable, pero propia. De ella participaban con desdén una turba de operarios que ayudaban a la levitación de los objetos. A ras de suelo, espectador hipnotizado, capataz imposible de cuanto ocurría, procuraba yo el orden, recordaba plazos y asistía con desánimo y fatiga al paso de las horas. Justo hasta la noche; entonces cerraba ese teatro de las pesadillas y volvía a casa tan desarmado, con las defensas tan arrumbadas, que me entregaba al televisor con la resignada voluntad de un yonqui. De todo ello, de estos trabajos sobrevenidos de improviso, me ha quedado la certeza de que la inercia adictiva de la acción merma progresivamente el pensamiento reflexivo, embrutece. De que si además genera cansancio físico, se resquebrajan incluso los diques de la vida sensible hasta que por sus grietas se alivia nuestro yo más canalla.

jueves, abril 19, 2007

Albert Jovell

Si recorté y guardé hace ya un año una entrevista publicada por El País Semanal con Albert Jovell fue, lo recuerdo bien, porque me conmovió lo que en ella se contaba. Suelo leer la prensa de los domingos al final del día, generalmente cuando a la noche me quedo solo en el salón. Así que aprovechando el silencio de la casa, leía los artículos que habían llamado mi atención por la mañana al comprar el periódico y su semanal. Al cabo de un rato, me sentí absolutamente turbado por las declaraciones de un médico de mi misma edad, padre de dos hijos y enfermo de cáncer. Hablaba con una serenidad y sensatez poco comunes y especialmente meritorias para quien, según confesaba, sabía del mal pronóstico de su dolencia. Subrayé entonces algunas de sus reflexiones y las apunté en mi diario por parecerme admirables y aleccionadoras. Creo que la admiración debería constituir un acicate primordial en la mejora de nuestras vidas. Porque si la envidia se convierte a menudo en un impulso negativo, la admiración reaviva, por el contrario, lo mejor de nosotros. Así que referentes modélicos como el de Albert Jovell nos enseñan, cuando menos, a otorgarle la importancia debida a lo que nos rodea, a restarle trascendencia a lo que no es sino paja, a distinguirla bien del grano. Y al hilo de ello apunté entonces algunas de sus reflexiones:

“La gente gasta mucha energía en odiarse, en crearse problemas perfectamente evitables, en cosas banales. Yo parto de la idea de que no tengo que tener problemas: ¡ya tengo un problema! Y por tanto, cuando alguien me viene con uno nuevo intento situarlo rápidamente en un contexto resolutivo: a ver, ¿tiene solución o no la tiene? Si no la tiene, no gasto más energía. Tengo las prioridades muy claras. Pienso: aquí hay dos niños, y cuanto más tiempo disfruten de su padre, mejor: por eso ahora lo que quiero es ganarle tiempo a la enfermedad para estar con ellos.”
“Paradójicamente, tengo mucho más tiempo para hacer lo que quiero porque mentalmente tengo muy despejado el cajón de los problemas. (…) He aceptado mi muerte. Mi muerte joven, quiero decir. Acepto que he tenido mala suerte, pero la enfermedad también me ha reforzado. Observo las cosas con más distanciamiento.”

Quizás no deba encararse de otra manera la vida, lo que nos queda de ella –que nunca se sabe cuánto es-. Calibrando adecuadamente, en cada momento, qué importancia real tiene lo que nos encontramos al paso. Disfrutando, a poder ser sin nostalgia del presente, los instantes de dicha. Relativizando, en cambio, muchos de nuestros problemas.

Desde aquella lectura, periódicamente y sin saber muy bien cómo, se activaba en mi memoria el resorte que me devolvía el recuerdo de Albert Jovell, me encontraba pensando, no sin fundado temor, en qué habría sido de él, cómo habría evolucionado su enfermedad. El pasado domingo la prensa me trajo de nuevo noticias suyas. En un suplemento médico del diario El País se publicaba una carta que Jovell les dirigía a sus hijos. Llevaba por título Papá cumple cinco años, en referencia al tiempo de su convivencia con la enfermedad. Entre otras cosas, les decía a los pequeños:

“Esperanza es poder preparar vuestro desayuno antes de que os vayáis al colegio...”

No se refería, pienso, sino a la desapercibida dicha que, sin darnos cuenta, nos proporcionan a diario las cosas menudas. Esa dicha que sólo la identificamos como tal cuando la sentimos amenazada.

lunes, abril 16, 2007

Fin de viaje

Decía Martín López Vega en un hermoso libro, Cartas portuguesas, que publicó a una edad insultantemente joven –el adverbio se justifica atendiendo a la calidad de los textos que en él se incluían, más propia de un autor que tuviera ya a sus espaldas una dilatada carrera literaria-, que "el diario tiene una ventaja sobre cualquier otro formato que podamos elegir para la escritura, y es que en él son utilizables todos los demás”. Mis diarios, los que escribo desde hace ya unos cuantos años se van nutriendo, al modo en que se describe en la cita apuntada, de un montón de pequeñas cosas: notas de los días, poemas, recortes de prensa, reseñas de lecturas, películas, miserias cotidianas, cartas y correos de amigos, ocurrencias de mi hijo, asuntos de familia, vida en fin. Lo que primero fue Rayuela y luego Diarios de Rayuela era, es, la sangría que uno le hace al canal por donde viaja lo que se escribe de continuo. Estos aliviaderos empezaron a publicarse ya hace ocho años en un revista trimestral que se edita por estos lares. Y hace ahora casi medio año en esta bitácora. Si se les dio ese título no fue por homenajear a Cortázar –nada vergonzante habría en ello; mucho he disfrutado en ocasiones de su literatura-, sino porque en el juego de la rayuela uno anda de casilla en casilla, saltando como puede, y siempre con la sana y pretenciosa intención de llegar al cielo. Así andan, pues, estos escritos, de escaque en escaque, ocupándose de lo que sale al paso mientras pasan los días. A veces, como ha ocurrido en los últimos apuntes, esta costumbre de convertir el papel en un negativo de lo que se observa se convierte en un remedo de cuaderno de viaje. Ciertamente disfruto mucho cuando ello sucede. Soy un viajero modesto, de pequeñas distancias, muy dado a las carreteras secundarias y los pequeños pueblos, que con el tiempo cree haber aprendido a apreciar especialmente ese tipo de paisajes que dan silencio cuando alguien los pinta y abrigo cuando se recuerdan. Supongo que ya es momento de que empiece a llevar a mi hijo a lugares como el Prado, de que cruce con él alguna frontera, de que viajemos juntos en metro y nos sintamos a la vez confundidos por los ruidos, las luces y el gentío de ciertas grandes ciudades. Pero sólo de pensar en ello me descubro penosamente transido por una invencible pereza. Así que en tanto llegan esos otros viajes inevitables, apuro las menudas cosas en las que uno piensa mientras anda por rincones menos concurridos y más acogedores.
El último de los días que amanecimos en Cordovilla de Aguilar, la mañana estaba nublada. Mientras desayunábamos parecía incluso que se columpiaba al otro lado de las ventanas una lluvia de aguanieve. Hay veces en que uno sale como de sí y es capaz de verse desde arriba, en una toma casi aérea. Sucede así en esas ocasiones en la que nos sentimos especialmente a gusto o, por el contrario, en las que estamos tan derrotados que hasta parece que ese desgraciado que queda abajo no tiene con nosotros más que un leve parecido físico. Estos días de vacaciones, mientras desayunaba lograba despegarme por unos segundos del suelo y me daba una dicha enorme pasearme por encima de la mesa donde compartía el desayuno al lado a mis amigos y sus hijas, al lado de mi mujer y de nuestro pequeño, juntos, descansados, bien avenidos y sin más obligaciones por delante que disfrutar del viaje. Contemplaba la escena imaginándome que así debe de ser la cara amable de las familias numerosas. Otra cosa, claro, sería que en realidad lo fuéramos. Por la noche, de vuelta ya en casa, me pareció que se nos hacía un poco raro cenar sin la misma compañía, sin el bendito bullicio de las mañanas.

sábado, abril 07, 2007

Vallespinoso de Aguilar

En poniente y a la sombra del risco que corona la ermita, hay un pequeño cementerio tapiado cuyas tumbas pueden verse desde el paño norte de Santa Cecilia. En su corazón, tan abiertas y oscuras que hacían cruzar los dedos, se veían dos fosas en pared de ladrillo que daban la impresión de recién terminadas. Mal oficio, pensé, el del albañil que hubo de hundirse hasta el pescuezo en tales simas para levantar una obra que nunca verá la luz. Cuando abandonábamos el lugar, en la parte exterior del muro del camposanto, los últimos rayos del sol, ya muy bajo, incidieron sobre un hueso blanco y mondo. De nuevo me imaginé al albañil abriéndose camino entre la tierra y echando fuera escombros y harapos de osamenta. Tiene este templo casi mil años. Sigue en pie. Muchos son los que lo visitan. Da gusto acariciar esas paredes viejas que a buen seguro nos sobrevivirán también a nosotros por largo tiempo. Fotografiar la labra que las vuelve hermosas. Saberlas por fin protegidas y respetadas. Y sin embargo, cómo desasosiega, tras descender el brevísimo y empinado sendero que lleva a ellas, encontrarse a los pies, abandonados a su suerte, los restos de alguien que fue vecino de estos pagos hasta hace no muchos años y que anda ahora troceado entre los hierbajos de un tapial, mientras sobre uno de los capiteles de la portada, las santas mujeres siguen rezando impasibles al sepulcro vacío de Cristo.

Villanueva de la Torre

A Villanueva de la Torre nos llevaron los comentarios que sobre la iglesia de esta aldea nos hizo Tino, el dueño de la casa rural donde nos alojamos. Os sorprenderá, dijo, su aspecto exterior tan parecido al prerrománico asturiano. Ciertamente lo tiene. Se levanta en un altozano a unos cuantos metros por encima de las casas del pueblo, un villorrio apagado que presentaba aún a media mañana un aspecto como impreciso, desvaído en la tristura neblinosa con que amaneciera el día. Subimos a la ermita en compañía de la anciana silenciosa que custodia las llaves y que nos invitó, además, a trepar por la oscura escalera de caracol que lleva al campanario. Desde él se veía el valle salpicado de cigüeñas. Daban ganas de atizar los badajos y arrancarles el vuelo a las zancudas, a ver si así le daban un poco de la luz blanca de sus alas a ese cielo que tan avaro de sol se mostraba. Descendimos pronto el camino prado abajo. Recogimos algo de tomillo. Ya cerca de los automóviles, se paró a charlar con nosotros otra mujer mayor del lugar. Saliendo hacia la carretera, un viejo con boina, al que seguía un perro pequeño y ladrador, nos saludó alzando la barbilla. Tantas cigüeñas por estos prados y ningún otro niño más que los nuestros, que ya quieren reemprender el camino en busca de algún entretenimiento más propio de sus pocos años.

viernes, abril 06, 2007

Belarmino

Belarmino llegó poco después de que aparcáramos cerca de la iglesia. Eran poco más de las diez. La mañana estaba fría, muy fría. Venía el viejo al trote desde su casa. Menudo, fibroso, vestido con ropas sucias de trabajo agrícola, embozado en un verdugo de lana verde que le dejaba visibles solo los ojillos, calzado con alpargatas y sin embargo llevando calcetines gruesos como de vellón. Se presentó no sin antes descubrirse el rostro arremangando el largo gorro hasta la frente. Nos abrió el templo ufanándose mientras lo hacía de la carrera que le habíamos visto. No está mal para un anciano de ochenta y dos años –afirmó sonriente-. En Revilla de Santullán, un pueblo pequeño y escondido un par de kilómetros al este de la carretera que lleva a Brañosera, se conserva una más de las joyas del románico palentino. Quizás se construyó como todas ellas empezando por el ábside, que una vez levantado se consagraba para que sirviera pronto de lugar de culto. Luego iban creciendo las naves que le daban cuerpo a aquella cabeza, los capiteles, la portada que la abriría al mundo, sus arquivoltas de encaje, la techumbre recia. Y mientras todo ello se iba haciendo a lo largo de los meses, quienes levantaban el milagro en aquel remoto lugar de la montaña fría del norte castellano, vivían nómadas a la vera de sus obras, montando allí las endebles tiendas, los rudimentarios talleres de canteros, carpinteros o herreros. Traían la piedra los bueyes en los carros y le daban forma los hombres en el lugar mismo donde, sin que quizás pudieran ni imaginarlo, iba a permanecer muchos siglos después su obra tan solo erosionada por el tiempo. Belarmino se plantó bajo la portada de la que es hoy la iglesia parroquial de San Cornelio y San Cipriano y nos hizo reparar en la segunda arquivolta, toda ella esculpida con la última cena. Y el viejo nos pidió que contáramos los comensales. Son quince, aclaró enseguida. Quince repitió enfatizando el número para picar la curiosidad de los oyentes. Los doce apóstoles, explicó, Jesús... y el mismísimo artista que talló la piedra, Michaelis, quien se añadió a la mesa, además de incluir también en la misma, para equilibrar figuras y dar simetría al arco, a uno de sus discípulos, situándose ambos en los extremos del medio círculo trazado. Y no sólo se autorretrató el escultor, sino que firmó y reivindicó su autoría escribiendo por encima de la cabeza la frase “Michaelis me fecit”. Cincel en mano, como Velázquez con su pincel en Las Meninas, y también desde uno de los ángulos de la composición, Michaelis, con ese gesto de vanidad, cruzó la frontera que separa al artesano del artista. Nos franqueó luego Belarmino el paso al interior y nos contó que estuvieron las paredes de esta iglesia cubiertas de hermosas pinturas que representaban escenas bíblicas y que un aciago día de mediados del siglo pasado, unos americanos listos y poco escrupulosos le ofrecieron al cura del lugar arreglar el tejado del templo a cambio de los frescos, y que se hizo el trueque, y que quedaron las paredes entonces desnudas y las misas, eso sí, sin goteras. Belarmino también nos subió al coro y nos invitó a ver el templo desde lo alto, a abarcarlo entero como él mismo confesó hace a diario sin jamás cansarse y tantas veces como visitas acompaña, hablándoles a su modo a todos cuantos llegan de estilos arquitectónicos, de arcos fajones, de capiteles historiados, de románico palentino. Belarmino nos contó también sobre su pueblo, donde ya sólo viven tres ancianos, los tres enemistados entre sí, hasta el punto, según relató, de que uno de sus dos vecinos enfermó y no queriendo, por orgullo de enojado, pedir auxilio a los otros, llegó a perder una de sus piernas. Y Belarmino lo llamó pobre imbécil y no dudó en afirmar que le hubiera prestado cuanta ayuda hubiera precisado, que las rencillas de los pueblos son malas, pero que él las soporta entretenido con los turistas, que cada vez vienen más, que lleva de ellos la cuenta y el verano pasado superaron los mil, que le viene bien esta obligacion porque ahora anda más solo, su mujer murió ya van cinco años, que tiene un hijo militar que ve de Pascuas a Ramos, que llevemos cuidado en el viaje, que ha oído en la radio que se han matado ya unos cuantos en la carretera esta Semana Santa, y que se va a mirar el puchero, que lo tiene al fuego. Y uno piensa que bien merecido tendría este Belarmino parlanchín y entrañable que lo tallasen a la vera de Michaelis, con el verdugo de lana arremangado hasta las sienes, para tener así la boca franca, por lo de la cháchara, que la cena la tendrían apóstoles y canteros siempre mucho más animada.

miércoles, abril 04, 2007

San Andrés del Arrollo

Ya era media tarde cuando llegamos a San Andrés del Arrollo, un monasterio que se fundó en el siglo XI por doña Mencía, bajo los auspicios de Alfonso VIII y que es ejemplo de un refinado románico. En el patio interior, que da la impresión de una avanzada restauración, se sitúan las casas donde vivieron los colonos y criados del lugar. Cuenta con una comunidad de monjas cistercienses. Relaja pasearse por su claustro de galerías de arcos apuntados, al que se abre, a través de portada y ventanales enmarcados por limpias arquivoltas, la sala capitular donde se conservan los restos de las primeras abadesas D.ª Mencía y D.ª María. Nos mostró el interior una monja culta y discreta que hablaba suave y explicaba bien cuanto veíamos. Curiosamente, reveló que el claustro de San Andrés del Arrollo se dice fue el favorito de don Manuel Azaña, y empleaba la sor el don y dignificaba al mentado, guardándole un respeto que bien pudiera parecer paradójico viniendo de quien venía, y que, particularmente, encontré elegante. En el centro del jardín nos hizo reparar también en una amplia fuente casi a ras de suelo, lobulada y de chorro escaso, que vino desde Granada y que fue lavatorio para abluciones a la entrada de alguna mezquita de la España musulmana. Por un momento convivieron sin estridencia alguna en sus explicaciones la memoria de un republicano culto, el ámbito recogido de un monasterio cristiano y la melodía de un surtidor islámico. Le pregunté a la hermana cuántas monjas vivían en el lugar. Me dijo que veinticuatro. Y apostilló que no era mal número para los tiempos que corren, que no son buenos, dijo, pero que habrán de ser mejores. Nada opuse a su predicción, aun pareciéndome para los adentros que poco propicios se antojan los años por venir para las vocaciones de retiro.

Olleros del Pisuerga

Nos acercamos luego a Olleros, situado en el camino que lleva desde Aguilar a Herrera de Pisuerga. Fuimos a ver su iglesia rupestre, que está más allá de las últimas casas del pueblo. La enseña una muy dispuesta lugareña que tiene un celo especial en situar a todo el que llega en cada uno de los ángulos del templo, de modo que se puedan apreciar así todas las perspectivas posibles. No cabe duda de que es una iglesia singular, un escondido oratorio del que poco puede saberse sin penetrarle las entrañas, pues al exterior sólo se anuncia por una leve espadaña que se eleva sobre la vertical de la puerta de acceso. Todo lo demás está hurgado en la roca. Se dice que es éste el mejor ejemplo de eremitismo rupestre de nuestro país. Que se comenzó a construir hacia los siglos X u XI, supuestamente por mozárabes que huyendo del Islam llegaron a la zona y se procuraron un lugar para la oración, justamente el hueco que hoy es la sacristía. Posteriormente, quizás a finales del XII, se fue arañando más espacio a la piedra, rebajándola hasta que se habilitaron dos naves y la cabecera de una tercera. Sobrecoge tanto el trabajo que se intuye requirió la empresa como la gélida temperatura del interior. Las naves simulan incluso cerrarse en bóveda apuntada, y ni tan siquiera falta el detalle del labrado de los arcos fajones. Fuera del templo, pero en la propia roca en que está excavado y alrededor de otras pequeñas celdas que quizás dieron también cobijo a otros ermitaños, pueden aún reconocerse unos cuantos sepulcros antropomorfos. Al salir nos acompañó la guía. Andaba alegre y dicharachera, y no casualmente, sino por lo que intuyo era su natural carácter. Nos confesó que era feliz cuidando del templo, enseñándolo a quien hasta allí llega, y aun cuando la visita no llegara en el horario reglamentado. Y como ejemplo, nos relató que unos días atrás, habiendo cerrado ya las puertas casi una hora antes y estando a punto de cenar con la familia, se acercaron a buscarla unos visitantes que habían ido hasta el pueblo desde lejos sólo por ver el templo. Quedó con ellos a los postres. Cuando se encontraron de nuevo, era ya noche cerrada. Hacía mucho frío pero estaba el cielo despejado y lleno de estrellas. Les situó, uno por uno, en cada esquina de la iglesia. Aguardó a que la vieran toda y sin prisa alguna. Y luego, encantados ellos de haberla por fin visitado y ella de haberles cumplido el deseo, se quedaron todos juntos en el atrio oyendo cantar a grillos y ranas y señalando las constelaciones. Eso al menos nos contó y era de suponer que fuera verdad pues disfrutaba del recuerdo casi tanto como debió de hacerlo de la noche y la compaña que en ella hubo.

martes, abril 03, 2007

Por Las Tuerces

Subimos a Las Tuerces. El día está despejado. El cielo azul. Pero, aún con todo, el frío sigue siendo intenso. Nos sopla en el rostro como invitándonos a permanecer atentos a cuanto nos sale al encuentro. Al paisaje de estas rocas calizas sobre las que la erosión ha ido enroscándose a su antojo. Al bosque de pinos por el que los críos quisieran ver de repente ciervos o lobos. A la nieve que va siendo más según subimos el empinado sendero y que está blanca, sin mácula, poniéndole una puntilla de hielo a todo. Y ya arriba, tras una hora larga de buena marcha, al barranco que a lo lejos hurga el curso del Pisuerga. Llaman a ese tramo La Horadada, y a fe que lo está la tierra allí abajo, en el surco profundo del cauce fluvial. Sobre el roquedal esponjoso que la escarcha ha ido agrietando nos hacemos una foto después de mirar a lo lejos los picachos blancos de la cordillera, los campos verdes, la tierra parda, los pueblos pequeños y maduros como frutas que se hubieran desprendido del cielo. Es Semana Santa. Al descender, nos encontramos una procesión. Lenta y concurrida: caídas del algún pino, unas cuantas orugas forman una cadena lenta que intenta volver al bosque.

domingo, abril 01, 2007

Cordovilla de Aguilar

Este pequeño pueblo se encuentra a siete kilómetros de Aguilar de Campoo. Tiene sólo tres habitantes. Tres mujeres. La más joven de setenta y tres años. Ayer, al poco de llegar, charlamos un rato con ella. Nos la encontramos cuando paseábamos. Nos dijo que hace tan sólo un par de semanas atrás, la nieve alcanzó casi un metro de altura. Aún quedan restos por las veredas y en los rincones umbríos. Parece duro vivir aquí en el invierno, pero ella no se queja de su suerte. Cuenta, sin perder la sonrisa y con ganas de conversación, que el médico las visita periódicamente, que la pala quitanieves limpia sin demora los caminos, que la primavera está a la vuelta de la esquina.