martes, octubre 23, 2007

El quitanieves

El quitanieves no es sólo una máquina. Es una actitud. Se despeja el camino arrastrando hacia las cunetas la nieve acumulada. Puesto que tengo la piadosa manía de preocuparme por lo que el retrovisor refleja, prefiero la sal. Y hasta diría que los veranos perpetuos. Carácter estacional. En concreto, estival.

domingo, octubre 21, 2007

Cimavilla

El viernes se presentó el libro Cimavilla de retornos, pasiones y canallas. Fotos de Juan Garay y textos de mis amigos Emilio Amor y Juan Ignacio González. Se proyectaron en el salón de actos del Centro Municipal de La Arena las imágenes. Se extractaron para la lectura algunos párrafos. Fue un acto breve y aseado. Se unen en la obra sensibilidades distintas. Convergen en ese rincón de la ciudad que se volvía isla cuando las mareonas convertían la rocosa península donde nació nuestra ciudad en un pedazo de tierra a la deriva. Conforme se sucedían en la pantalla los bellísimos encuadres que se incluyen en el libro, fueron hablando los autores de las partes de que el libro consta. De retornos, porque todo lugar que convoca regresos merece una elegía. De pasiones, porque allí donde la temperatura del corazón o de las ingles escala grados hay un montón de historias encarnizadas. Y de canallas, que si transita gente de mirada turbia, solapa enhiesta y tatuajes que ponen “amor de madre” suele haber un puerto cerca, mucho polizón sin amarras y un dédalo angosto de calles con peligro. De todo eso y mucho más se escribe y se fotografía en Cimavilla.

De los retornos

Soñé durante años con este regreso. Y si nunca volví hasta ahora no fue razón la pereza, sino el hondo temor con que a veces nos acobardan los presentimientos. El aventurar, por ejemplo, que esa cruel desposesión que es el tiempo habría convertido las calles, los rostros y los muelles que el formol de mi memoria conserva intactos, en lugares distintos y difícilmente reconocibles, donde ya nunca le hallaría acomodo cierto a los recuerdos: a las rederas oficiando su labor de penélopes en el puerto, al olor de amoníaco de la fábrica de hielo y a la plata rutilante de los bocartes cubiertos por la escarcha y los felechos. La añoranza es mucho más que un museo de cera. Tiene aromas, sonidos y hasta estaciones por donde transitan primaveras de dichas y otoños de desdichas. He vuelto porque, finalmente, me ha podido el deseo de alojar por unos días entre la carcoma de mis huesos el más pequeño resquicio que pudiera hallar de cuando aquí viví y era joven; aun sabiendo, como sabía, que todo aquello hoy yace en profundo bajo la arena de los días.

José Carlos Díaz

Una pasión

Al final de todo la luna llena sobre la noche fría
Como un
sombrero en una esquina oscura,
Como un espejo entre las sábanas

Tal vez me hables como un ángel, con palabras tendidas
Desde tu corazón en el extremo de un ancla,
Y esos ojos de risa, gatopardos

Tal vez me hables de un amor que no exige palabras

Emilio Amor

Un ambiente canalla

Hay bares que redimen del mal de la vida y bares que apuran el mal de la muerte, bares que amanecen contigo y resuelven las duras llamadas del lado del tiempo, bares con noches canallas y bares con tipos sanguíneos que tiran de faca. Bares que te buscan y bares que anuncian las últimas horas de la madrugada, bares que prometen robarte la vida y cumplen promesas y pagan la cuenta, y bares que buscas pero no hallas nunca, y bares que quieren que nunca los halles. Hay bares de esquina y bares de infancia y del último trago. Bares de ignominias y de escapularios, de putas y artistas y de confidentes. Bares de borrachos y de malos tragos que ronda la dura verdad del suicida. Hay bares que duermen con la luz prendida por si necesitas la ruina y la calma, bares de la noche y bares del día que clavan la duda y hurgan en la herida, bares con la música pegada a la barra, lánguida de noche y ávida de cama. Bares que se esconden y bares que acechan, bares con idus de marzo que aguardan a que te descuides pa matarte el alma. Hay bares de sombras y bares de luces que cierran persianas y abren madrugadas. Bares donde hallarte y donde dejarte, de escotes de gatas, de rubias de frasco, de tipos cretinos y tipos cetrinos. Bares de chaperos, de cuero y de napa, bares donde amarse, y bares de Chueca y de Malasaña. Bares sol y sombra de las madrugadas, llenos de albañiles con hembra en la barra. Hay bares que huyen conmigo y hay bares que acaban la noche con la mar en calma, y bares de sueños que anuncian el alba, y lloran contigo porque es medianoche y aún hay esperanza. Hay bares que alumbran criaturas de hambre, bares de muchachas con ojos de selva y sal en el vientre, de ritos y danzas, y bares que nunca sabrás que te aguardan. Bares que te duelen de tanta nostalgia y bares que te matan de muerte barata. Bares que no existen aunque hayas estado, bares que te acechan y bares que te espantan. Y hay bares de todos y bares de nadie, bares que prometen pero luego nada.
Juan Ignacio González

jueves, octubre 18, 2007

Lo siento de veras

Ismael Rozalén se despide con un "Adios, amigos" de cuantos -y eramos muchos- le leíamos siempre. Lo siento de veras. Y puesto que no tengo modo de decírselo personalmente, empleo esta entrada -pocas han tenido mayor utilidad- para lamentar ese cierre, espero que temporal, de uno de los más entrañables blogs que uno haya conocido. Un abrazo, Ismael. Espero que algún día podamos compartir esas carrilleras prometidas.

lunes, octubre 15, 2007

Tránsito de gentes

a D. G.
Comida de despedida en homenaje a un compañero que se traslada a otra localidad, a otro puesto de trabajo. Somos más de veinte alrededor de la mesa. Buscamos ubicación según afinidad. Al sol que mejor nos calienta. Me pregunto cuántos de los que hoy nos reunimos trabajamos en algo que tenga que ver con nuestras apetencias vocacionales, con aquello que quisimos ser en la juventud. Me temo que casi ninguno. Y sin embargo llevamos en esto la mayoría ya muchos años. Paga alimento, casa, vestido y ocio. Quién tendría arrestos después de tanto tiempo para echarle un pulso a esta servidumbre que nos vuelve fácil lo material aunque a cambio distancie lo que antaño creímos irrenunciable. El envejecimiento nos hace agrimensores. Cada vez precisamos mejor las distancias. Lo alejadas que se han vuelto tantas cosas. Unas horas más tarde, sin embargo, me veré con alguien que está al otro lado de este cordón de seguridad que nos protege, de esa cuarentena que nos vuelve casi inmunes. A alguien que renunció mucho tiempo atrás a la red bajo el trapecio. Intento hasta que ocurra el encuentro disfrutar del menú. De esa lista de pequeñas raciones servidas en vajillas desproporcionadas, esa ristra de alimentos tan mixturados y con títulos tan pretenciosos que incluso requieren la glosa de quien nos los presenta bajo la barbilla. Sinfonía de quesos. Mosaico de pulpo. Pixín encamado sobre rissoto. Extraño minimalismo éste que se ciñe sólo a la mácula del plato y que sin embargo adquiere manierismo en su nombre. En la profusión de todo cuanto danza después de cada entrega, de cada acto. Estoy citado a las siete con un auténtico poeta maldito. Un tipo duro. Que estuvo en el trullo. Que se quemó las cejas en una acería. Que vivió en los márgenes oscuros, en los barrios canallas, en las compañías perras. Que finalmente se dedica a lo que siempre deseó: escribir abriéndose en dos. A lo largo de la comida, se ha ido bebiendo mucho. Las risas pierden discreción. Se aguza la confidencia malévola. Se vuelven más gruesos los trazos de cuanto nos rodea, de lo que somos en conjunto a la vista de los otros. Óleo enmarcado por lo oscuro que brilla, sin embargo, con colores intensos en los rostros de quienes posamos. Son casi las seis cuando llega el café. Se le da el regalo al homenajeado. Pequeño discurso. Brindis. Parece todo de repente un déjà vu. Y hasta lo que se siente viene como encauzado. Fluye calmo, sin riesgo de que desborde los márgenes por donde transita. En realidad ya apenas si tenemos memoria de las riadas que algún día nos anegaron por dentro de amor u odio, de utopía o violencia. Los años construyen diques. Resignaciones. Lo creo sinceramente mientras vuelvo a pensar en que dentro de un hora tendré en frente a alguien que aunque tiene casi mi misma edad sigue dejándose las uñas a diario en el hormigón de esos muros de los días, en ellos araña grietas profundas por donde corre lo torrencial cuando acontece. Tras salir del restaurante nos tomamos un café junto al compañero al que estamos despidiendo. Ha llovido. Se ha puesto frío el día. Baja también la temperatura del encuentro. Se relaja. Dejamos que se consuman lentamente las brasas. Me despido. He quedado en el Parchís.

Lo vi enseguida. Sentado en la terraza del café Instituto. En la esquina más oscura. Resultó fácil entablar conversación. Empezar a conocernos. Eso al menos me pareció. Furber fue el puente. Lo transitamos durante un rato. Anduvimos sobre sus ojos, apoyados en su pretil. Hasta que finalmente cruzamos al otro lado. A ambos otros lados. Apenas unos días atrás había leído su último libro. Cuando alguien se desnuda de esa manera en sus versos resulta más sencillo saber con quién te juegas los cuartos. Libro abierto. Le pregunté por un viaje en barco del que habla en sus poemas. Un crucero. Nunca hubiera imaginado a un tipo así en un crucero. Pero a su modo también entonces se mantuvo entero. Lo sentaron siempre lejos de la mesa del capitán. Jugó timbas con la tripulación. Se perdió por todos los puertos donde el buque recalaba, persiguiendo la sombra que el sol, al ponerse, iba arrastrando. Y terminó abrazado al final del viaje a un marinero cubano del que se hizo casi hermano. “Sólo poseemos aquello que conservamos después de los naufragios”. Así resumió aquella despedida, como el pecio precioso de una deriva por el Mediterráneo.

Volví a casa de noche. Por las calles del centro había mucha gente. El tránsito de la vida. Los que pasan y apenas si dejan más huella que un rastro de sombra en la retina. Los que se te agarran a la piel como la tinta de un tatuaje.

Mala suerte

Con frecuencia se suele achacar a los caprichos de la fortuna no alcanzar algún logro que se nos escurre de repente entre las manos como si de agua se tratara. En la ofuscación que produce la proximidad de un éxito y lo inesperado de su esquivo comportamiento final, se nos olvida que sólo haciendo un buen cuenco con ambas manos o, mejor, recurriendo a un recipiente con cabida suficiente y sin agujeros, hubiéramos sido dueños del agua, habríamos saciado la sed. La mala suerte es muchas veces –no siempre, sólo muchas veces- el consuelo de quien no desea reconocer su falta de acierto, con el agravante, muy corriente, de que no reconociéndolo no se le da remedio y uno se expone, de nuevo, a ser pasto otra vez del maldito infortunio. Por mi parte, y mientras no encuentre dónde diantres estuvo el error, seguiré quejándome de mala suerte. Supongo que es una manera de orgullo menor. Y un peldaño en la escalera que lleva del amor propio a la soberbia. Falta por saber si estoy bajando o subiendo. No soy gallego, pero tengo sangre fronteriza.

martes, octubre 09, 2007

Un año

Esta bitácora cumple hoy un año. Bébanse algo a la salud de estos Diarios y a la de quien los escribe. Me gustaría convidarles personalmente. Y no descarto que haya ocasión para ello algún día. Entre tanto, les agradezco su presencia, sus comentarios, su amistad. Y les dedico un relato publicado aquí hace meses, una pequeña historia, real, a la que le tengo especial cariño y que recupero hoy para la ocasión.

El perro de Goya


El sábado asistimos resignados a la agonía del perro de Goya. Esa cabeza suplicante que emerge en un plano inclinado en medio de la oscura nada y en la que algunos teóricos del arte han creído ver el inicio de la modernidad pictórica.
Salimos temprano de La Isla. Tomamos en dirección oeste la senda costera que arranca justo en la misma playa. Estaban los prados empapados de rocío, los tojos salpicados de salitre, le daba contraste al verde el azafrán silvestre, el sol iba ganando lentamente altura y fuerza, iluminando las laderas orientales del Sueve, y la mar había amanecido en calma. Era una hermosa mañana de octubre que nos dejaba ver, desde el acantilado que íbamos bordeando, el abigarrado escalonamiento de las casas de Lastres hacia su puerto y la bruma, que como una amenaza aún remota, comenzaba a diluir el horizonte.
A la mitad del camino pasamos por Huerres, que es un pueblo de hórreos antiguos y pomares de sidra. Luego subimos a San Juan de Duz, que tiene una enorme iglesia de principios del XX en la base de cuyo campanario se arrodillan dos ángeles custodios que han perdido sus cabezas. Desde Duz se desciende a través de un sendero empedrado y umbrío sobre el que los castaños van arrojando su fruto. A su término aparece la ría de Colunga, empantanada en un meandro final entre las arenas de la playa de La Griega.
Mientras los niños corrían ya descalzos de un lado para otro, nos tumbamos a leer bajo el sol.
Fue ya después de comer cuando se nos acercó renqueante un viejo perro que arrastraba trabajosamente sus patas traseras y husmeaba sin apenas fuerzas la arena con un cansino movimiento de cabeza. Parecía un cazador abandonado por su olfato, un viejo rastreador que sólo distinguiera ya el propio olor de sus llagas. Así anduvo durante un buen rato observado con recelo y curiosidad por quienes disfrutaban de la playa, con lástima infinita por mi hijo, que había dejado de jugar y me preguntaba qué podíamos hacer por el pobre chucho.
Entretanto, la niebla había ido acercándose rápida, cayendo espesa sobre la bajamar y como un humo ralo y acuoso sobre nosotros.
El perro se fue caminando con un esfuerzo doloroso hacia la orilla. Por el camino quedó atrapado en un charco del que no parecía capaz de escapar. Hasta allí fuimos con alimento y agua para prestarle ayuda. Pero siguió empozado, sin prestar atención siquiera a nuestra presencia, empeñado en hundirse en aquel rastro de un océano que venía tenazmente a su encuentro.
Lo último que vi cuando nos íbamos fue un lunar oscuro y aún palpitante al que la niebla y el mar iban envolviendo.
Miento, lo último que vi en realidad antes de dejar la playa fueron las lágrimas desconsoladas de mi hijo. Lloraba, sin saberlo, por una vieja pintura de Goya.

domingo, octubre 07, 2007

A robra

Sobre esa palabra, robra, escrita en fala, giraba el texto de Serandinas. Llegó como siempre por correo. Sin aviso. No atiende mi amigo a periodicidad alguna. Me escribe como de repente. Intuyo que me elige como si fuera un transmisor. Sabe que ante sus confidencias nada puedo. Las desvelo de inmediato. Me lo aproximan y con él a todo un ámbito, el paraíso perdido de dónde un día el ángel caído de la miseria arrojó a mis padres. Buscaban en la ciudad el pan que la tierra curiosamente les negaba. Y allí ha vuelto ahora, al cabo de los años, mi amigo del alma, que me habla de cómo se vive y de cómo se muere en la patria de mi sangre, en su elegido retiro. Hace unos días me cuenta que conversó con un anciano animoso del pueblo. Andrés tiene casi ochenta años. Son muchos pero los lleva bien. Desde hace tiempo gasta caderas de porcelana. Hay muchos vecinos con el mismo añadido a la cintura. Tengo al respecto una teoría. Lo cierto es que no la he comentado con nadie, pero siempre me ha parecido que todo se debe a la siega. Esta gente se ha pasado media vida segando con guadaña. Con un ritmo como de metrónomo sibilante. Girando el tronco casi una circunferencia entera. Prado arriba, prado abajo. Y eso debe de pulir el hueso. A mí me lo parece. Así que tarde o temprano renquean tanto que hay que cambiarles los rodamientos. Es buena solución esa ortopedia. Vuelven a caminar pronto. Pero se acaba la siega. Algunos compran ovejas o cabras. Limpian bien los campos. Andrés no las quiere por los frutales. Por los manzanos, los perales, los limoneros, los kiwis. Así que cada cierto tiempo paga unos jornales para que le rebajen la hierba crecida y el flequillo a los senderos. Siempre es un placer charlar con Andrés. Bienhumorado, paciente. Hay quien dice que esa chispa con que cuenta viejas historias se la aprendió al padre, El Francés. Un tipo rubio de ojos transparentes que nadie supo nunca a ciencia cierta de dónde venía cuando llegó al pueblo. Por entonces se construía la iglesia del lugar.

La iglesia la hicieron los bueyes. Durante años arrastraron el granito y la pizarra. Nobles. Lentos. Y en el belfo un aliento cálido. Se alzó lentamente el templo en lo alto del pueblo. Desde su atrio aún cae hoy la pradería valle abajo hasta el curso mismo del río. El caserío entonces era escaso. Estaba disperso. Rematada la obra, se subió hasta lo alto del campanario un ramo de laurel. Y para la robla se despeñó a los bueyes. Hubo comida abundante.

Tuve que buscar en el diccionario el signficado de la palabra robla. "A robra" en la versión de Serandinas.

jueves, octubre 04, 2007

Respuesta

(Salgo del ámbito de los comentarios, porque a través de una entrada como ésta puedo darle un formato más adecuado a la respuesta que quisiera ofrecerle a la intervención del Señor de Portorosa a propósito de mi último post.)

Querido Porto, una vez leído tu comentario compruebo que ha sido un acierto colgar Le petit carnaval en los Diarios. Me explico. No hace muchos días, detallabas tres condiciones que debía reunir un buen blog para ser interesante. Cada uno sabe lo que quiere del suyo y lo que busca en los demás. Éste, en concreto, se va haciendo a impulsos. Y el de ayer era provocar la reflexión sobre el velo de una niña musulmana que asiste a clase en un colegio catalán. Pues bien, se ha conseguido: ahí está tu razonada argumentación, que se agradece en lo que vale y por lo que de esfuerzo intelectual conlleva, y sobre la que vas a permitirme que exponga yo algunas objeciones.

Si la niña perteneciese a una comunidad de, digamos, millones de personas que llevasen varios siglos vistiéndose de clarisas, probablemente la autoridad educativa competente lo toleraría, ya lo creo que sí. La comparación es falaz, DR, creo yo. Estás comparando un capricho personal con un hecho cultural-religioso completamente arraigado entre cientos de millones de personas.

No debe desubicarse el hecho. Acontece en el seno de la Europa occidental y en un país que felizmente se ha incorporado a ella. Probablemente la comparación no sea la mejor posible. Quizás hubiera sido más pertinente hacer una doble comparación. Qué pasaría con una niña cuyos padres se negaran a que su hija llevase velo en una escuela de un país musulmán. Probablemente, las consecuencias serían terribles, de lo que se deduce que nos enfrentamos a religiones ancladas en una fase de desarrollo por la que otras transitaron hace siglos, cuando los autos de fe las pretendían obligadas y únicas. Y qué debería pasar con una niña que se empeñara en llevar velo en una escuela de un país laico. Eso es lo que tratamos de dilucidar ahora.

No creo que el arraigo de una práctica de costumbre o religión, su seguimiento por un número grande de personas, le otorgue superioridad moral o racional. Que haya multitudes instaladas en el medievalismo religioso no debe inclinarnos a respetar esa enajenación colectiva. Sólo a razonar los motivos que la suscitan. Por tanto un capricho personal puede compararse con un capricho colectivo. Tomados aisladamente ambos pueden contener el mismo grado de insensatez, parecidos atavismos.

Creo que el tema es espinoso y no se puede despachar de un plumazo. Por supuesto que a mí me parece una machada que esa niña lleve velo, pero eso no me hace ver bien que nosotros, que hasta hace nada teníamos colegios femeninos y colegios masculinos, que hacíamos ir a las niñas con medias hasta en agosto (ya, ya sé que no hay clases; es una exageración), y teníamos un crucifijo en cada aula, les digamos a todos ellos: "ya que están todos ustedes equivocados, y eso es evidente que es una gilipollez, no pueden hacerlo más".

No pretendía despachar el tema a vuela pluma. Pretendía provocar la reflexión sobre él. Efectivamente, ya no tenemos una escuela religiosa, ni machista. Se han erradicado ya reglamentaciones y prácticas que hoy a nuestros hijos les suscitarían extrañeza o les arrancarían una risa incrédula. Es por ello que no deben darse pasos en la dirección contraria. La tolerancia debe ceñirse a lo que permite la legislación de las sociedades libres. No acomodarse a hábitos o creencias inadmisibles de quien procediendo de colectivos, países o culturas instaladas en lo mitológico, lo totalitario o lo discriminatorio se trasladan a aquéllas. ¿Admitiríamos que la tierra no es redonda y que ello se discutiera en las aulas si de repente tuviéramos que escolarizar a una avalancha de emigrantes de una secta de tal jaez? Siguiendo nuestro espíritu de comprensión y tolerancia, nuestro amparo a la enseñanza de las creencias religiosas en la escuela, ¿tendrán también sus horitas semanales los chamanes bolivianos si entre la comunidad de ese país existe un grupo suficientemente numeroso de personas que exige su equiparación en tal terreno? ¿Toleraremos igualmente que se discuta la igualdad entre hombres y mujeres en un colegio público ubicado en un barrio de mayoría musulmana? Hay quien pudiera argumentar que se tratan todas ellas de manifestaciones de la diferencia cultural y que, por tanto, su prohibición pudiera atentar contra la libertad de creencias y cultos.

No estamos hablando de que la niña organice una ablación de clítoris y reparta invitaciones entre sus amigas. Estamos hablando de algo mucho más tolerable.

El daño físico que describes es irreversible. Se trata de una práctica aberrante, de una mutilación que se nos antoja más propia de tiempos remotos que de gentes que no sólo viven en el siglo XXI sino incluso en países del ámbito occidental. Quienes aún defienden tales barbaridades, obligan a sus mujeres al ocultamiento. Y aunque sería, eso sí, falaz decir que todos los que defienden el velo son partidarios de la ablación, no lo sería menos olvidarse de la parte de ablación moral que supone para las mujeres la utilización de una prenda cuya única justificación tiene por argumento su sometimiento al varón.

Sé que es lento y que no garantiza el éxito, pero creo que ante este problema hay que insistir mucho más en convencer, en educar, que en prohibir.

Por un perverso influjo de la posmodernidad, hay una tendencia, creo que nefasta, a otorgarle connotaciones sólo peyorativas al verbo prohibir. La educación también consiste en prohibir. Se puede y se debe convencer por el razonamiento, a través del ejemplo, por la vía de la autoridad intelectual. Pero cualquier tipo de colectividad precisa de normas que aseguren la convivencia, de orden (otro término sobre el que se ha cebado la mala prensa). Y ello exige prohibiciones.

Por otra parte, esa niña quiere eso como los nuestros quieren hacer la Primera Comunión, supongo: no tienen ni idea de lo que es pero lo hacen todos sus amigos.

En esta historia, la opinión de la niña debería contar poco. No estamos hablando de una denuncia por malos tratos o por abusos sexuales en la que el testimonio de la víctima, a una edad como la de esta niña –ocho años-, sería ya relevante. Estamos hablando de un problema de discriminación, de costumbres poco edificantes, de religión. Y ahí, la edad de la niña es lo suficientemente escasa como para que a su opinión no se le de valor alguno. Respecto a lo de la primera comunión en España, el asunto daría para otra buena parrafada. La hipocresía social y las ganas de jarana de las que hacen gala muchas familias españolas con respecto a este sacramento son lamentables.

En cualquier caso, me parece mil veces más importante la escolarización de esa niña (que eso sí conseguirá que deje el velo, muy probablemente; y lo conseguirá bien, convenciendo) que el que vaya o no con velo. Y estoy de acuerdo, por tanto, con la decisión tomada. Los padres probablemente serán impermeables a cualquier razonamiento, en este tema. ¿Qué se hace, según vosotros? ¿Se les quita la custodia? ¿Por musulmanes ignorantes? Porque no van a consentir otra cosa, porque ellos no van a cambiar de parecer ni a la niña se le puede arrancar el velo al entrar al aula.

En efecto, la solución es difícil. Debe compaginar el respeto a la enseñanza pública y laica, la defensa de la no discriminación por razón de sexo, la necesidad de que todos los niños estén escolarizados y el menor daño posible a la niña. Pero que alguien no cambie de opinión, como apuntas, no debe condicionar la acción de la autoridad administrativa. No parece de una gravedad extrema el uso de velo por esta niña. No se deduce de lo que se sabe acerca del hecho en concreto que exista hasta ahora en la pequeña un acomplejamiento por la singularización a que la somete el uso de la prenda. Pero qué sucederá cuando ello se extienda. En Francia han sufrido el problema. La permisividad hacia quien hace uso de ella no en el ámbito de lo privado, sino como primer paso para el proselitismo y la posterior imposición es, a mi juicio, poco justificable.

Las autoridades competentes toleraron durante décadas (y sigue tolerándolo) que se separasen a niños y niñas, o que se rezase en clase, o se pusiesen ceniza en la frente un día al año, en la misma aula. Y ahora que somos "mayores" y europeos, ba-jo-nin-gún-con-cep-to vamos a consentir que alguien tenga un comportamiento en público condicionado por sus creencias.

Sobre esto, retomo lo ya apuntado. Ni un paso atrás en la defensa de las libertades. Que hayamos padecido una dictadura autárquica durante casi cuarenta años, no le quita validez a las críticas que pudiéramos hacer respecto de las dictaduras que aún hoy someten a sus pueblos en muchos lugares del mundo. Es más, nos carga de razones.

Algo hay que hacer, claro que sí. Pero no son clarisas, DR, no es un disfraz. No seamos tan prepotentes.

¿Dónde está la prepotencia, en quien, como tú bien dices no tiene intención alguna de evolucionar hacia la modernidad y prefiere mantenerse en el convencimiento de que a la mujer debe tapársela, o quien, por el contrario, respeta y defiende la libertad religiosa en el seno de una sociedad democrática y tolerante hasta donde lo permiten sus leyes, y que intenta reflexionar por la argucia de la comparación –más o menos afortunada- sobre qué razones le asisten a cada cual en este conflicto?

¿Relativismo? ¿Nos doblegamos ante una cultura más atrasada? No sé. Puede. Desde luego lo que tampoco podemos hacer es darle un guantazo a esa cultura, ahora que nos encontramos, y llamarla gilipollas. No es una niña. Son millones. Y varios cientos de miles van a venir. ¿Alguien se cree de verdad que la actitud adecuada ante la parte de sus costumbres que aquí no aceptamos es tolerancia cero? Pues perdonadme, pero a mí eso sí que me parece ser iluso y poco realista. Dadles trabajo. Que vivan bien y se eduquen (que se eduquen, coño, no que les echemos del colegio). Veréis qué pronto se olvidan del velo y de no comer jamón. Y habrá un caso de cada mil. Y ni que decir tiene que ese caso tendrá que ir a clase; antes que los demás, si me apuráis.

Pocas sociedades han hecho tanto por la integración, que no asimilación, de las comunidades musulmanas emigrantes como la holandesa. La tolerancia que se les prodigó se tuvo por ejemplar en los ámbitos más progresistas. Y sin embargo, y después del asesinato del cineasta Theo van Gogh, el 2 de noviembre de 2004, por un marroquí-holandés de 26 años, Mohammed Bouyeri, se empezaron a revisar esas políticas de consentimiento, de permisividad. El homicida había sido un holandés de origen musulmán que hablaba precariamente el árabe, integrado en un grupo islamista que tenía por diversión ver vídeos de ejecuciones de herejes y apóstatas. Se pudo comprobar entonces que era muy reducido el número de aquellos ciudadanos de ámbito musulman que se sintieran identificados con las instituciones y prácticas democráticas de la sociedad holandesa, que rechazaran la violencia, que no siguieran aferrados a esa suerte de limbo religioso de sus ancestros. La más verosímil explicación a ello es, a mi juicio, la que aportan gentes con la valentía de Ayaan Hirsi, para quien el meollo del problema no está tanto en los prejuicios y la discriminación, que no niega y que por supuesto combate, como en la naturaleza misma de una religión y de una tradición incompatibles con el género de coexistencia pacífica y amistosa que cree posible alcanzar el multiculturalismo.

Decía Vargas Llosa: Europa no puede renunciar a los valores de la libertad de crítica, de creencias, a la igualdad de derechos entre hombres y mujeres, al Estado laico, a todo aquello que costó tanto trabajo conseguir para librarse del oscurantismo religioso y del despotismo político, la mejor contribución del Occidente a la civilización. No es la cultura de la libertad la que debe acomodarse, recortándose, a sus nuevos ciudadanos, sino éstos a ella, aun cuando implique renunciar a creencias, prácticas y costumbres inveteradas, tal como debieron hacer los cristianos, justamente, a partir del siglo de las luces. Eso no es tener prejuicios, ni ser un racista. Eso es tener claro que ninguna creencia religiosa ni política es aceptable si está reñida con los derechos humanos, y que por lo tanto debe ser combatida sin el menor complejo de inferioridad.

(Por si alguien todavía lo duda, en cualquier caso no sé cuál es la solución)

Yo tampoco la tengo, querido Porto, pero no debe ser de ningún modo la tolerancia a cualquier precio.

miércoles, octubre 03, 2007

Le petit carnaval

Imaginemos que a una niña se la viste de clarisa por una promesa de sus piadosos padres. Y que a la niña –tan sólo ocho años-, le agrada esa forma bizarra de singularizarse, de convertirse en novedad respecto a todos sus compañeros de clase. Y ahora, permítaseme la pregunta, ¿toleraría la autoridad educativa competente ese petit carnaval? Otra más, ¿serían los tolerantes de turno, tolerantes también con el hábito de la pequeña?

Encuentro

A Juanma

Una bitácora. Un comentario. Respuesta afable. Se hace costumbre el sitio. Se vuelve a él como el asesino al lugar del crimen. Tenemos huellas por todas partes. Atrevimiento. Hay una dirección de correo en el perfil. Se manda un mensaje subterráneo. Atraviesa el trayecto oculto a la vista de los demás. Llega sin mácula al otro lado. Complicidad. Ciudades distantes. Y de repente un viaje que nos acerca. Y lo que era sólo el perfil impreciso de alguien de quien sólo conocemos sus palabras -no la voz, no su tacto, no su risa-, se convierte en una presencia hacia la que avanzamos desconfiantes. Siempre asusta lo desconocido. ¿Lo es también ahora? En parte, sí. Puerta del hotel. Hora de la cita. Llego con antelación. Rodeo la manzana. La muerdo con pasos indecisos. Dan las en punto. Lo reconozco. Avanzo con la mano tendida y la sonrisa franca. Todo resulta fácil. El paseo. La conversación. La risa. La confidencia. Se hace de noche en el muelle. Subimos al cerro. Abarcamos todo un paisaje oceánico en bonanza. Toda una ciudad de luces recién prendidas. Cenamos. Sidra y pescado. Muy lento. Entre bocado y bocado da tiempo para echarle argamasa a la amistad. Y hasta de balompié se habla. Él recuerda a Cardeñosa, aquel tipo enjuto y desgarbado del que no parecía nunca del todo creíble que pudiera jugar con tamaña elegancia. Y recuerdo yo de repente a otro jugador donairoso que formó en el mejor Sporting, Tati Valdés. Y un partido televisado de un sábado de los años setenta. El campo embarrado. Las gradas casi llenas. Encuentro trabado. Enfrente, la Real Sociedad. Y un tipo ancho, con el centro de gravedad bajo, de escaso recorrido y un tiralíneas preciso en el borceguí desatascando en el medio del campo aquel juego espeso. Hasta que alguien le entra con tan mala fortuna que a Valdés se le va al suelo el peluquín. Risas. Y las cámaras de la televisión retransmitiéndolo todo. Recupera el pelo como quien coge del suelo un tapín embarrado de hierba. Lo lleva a su sitio. Pero siempre lo peor está por venir. Al cabo de no más de cinco minutos, se vuelve al suelo aquella mata despeinada de cabello ajeno. Tati pide el cambio. El Molinón guarda un silencio respetuoso. No cabe duda, nos gustaban los peloteros. Al acompañarle de regreso al hotel la ciudad está casi callada, las calles solas. Es día laborable. Y un par de tipos que acaban, como quien dice, de conocerse rebañan la noche del mejor modo posible, paseando y conversando.
(Foto de Juan Garay)

martes, octubre 02, 2007

La carretera

Hay libros que son como el propio transcurso de la vida, pura angustia. Y sin embargo se te agarran a los ojos y ni parpadear te dejan. Acabo de terminar La carretera de Cormarc McCarthy. Es uno de esos libros. Algo terrible ha pasado en el mundo. Todo se ha vuelto ceniza. El aire insano. El clima invernal. El cielo opaco. El paisaje aparece arrasado como si hubiera sido el escenario de una batalla de proporciones bíblicas. Un hombre y su hijo viajan hacia el sur atravesando la destrucción. Buscando el mar y la esperanza de una tierra donde aún haya un resquicio de vida. Escondiéndose de los otros supervivientes que buscan alimento hasta en el magro pellejo del prójimo. Incluso la propia manera de contar la historia recurre a una prosa desolada, fría, desnuda. A unos diálogos lacónicos y sin embargo sobrecogedores entre padre e hijo que resumen mejor que nada el destino trágico que alienta la marcha y la inquebrantable voluntad de preservar, pese a todo, la dignidad humana en medio de la barbarie que alienta la ruina y el hambre. Dice Guelbenzu en una excelente crítica que explica el libro mucho mejor que esta breve reseña, que “a su término dan ganas de llorar”. No sólo dan ganas.

lunes, octubre 01, 2007

Que vuelva el verano

Ya avisaba yo algunas entradas atrás sobre lo que se nos venía encima. Que las largas vacaciones que disfrutan los hombres públicos los dejan tan descansados que su vuelta a la actividad es casi sísmica. Vean sino a Ibarreche, hecho un brazo de mar y dispuesto a preguntarles a los vascos y vascas sobre si quieren o no abrir no sé qué puerta Porque además de volver guerrero, vuelve metafórico. No, no dice, oigan, les voy a preguntar sobre si están o no de acuerdo con la independencia. No, dice algo así como que quiere que su pueblo decida sobre si siguen avanzando, sobre si abren una vía nueva hacia una situación distinta. Enarca las cejas, hirsuta el vello cerebral, se tensa cual estreñido en faena y hace de su discurso un cuadro de mueblería, una estampita de iglesia evangélica: sobre los verdes prados de la campiña vasca, el sol del amanecer ilumina el camino hacia la libertad.
El panorama es el que es. No invita desde luego a la alegría. En el País Vasco, un tipo como bajado de algún platillo volante ejerciendo de iluminado ante una audiencia arrobada que muy probablemente disfrutaría con igual entusiasmo de un concierto de la Pantoja si en lugar de por peteneras le diera por el euskera. Por Cataluña unos cuantos políticos de camisa negra –por qué coño les gustará tanto lo oscuro- abogando también por la insularidad y cargando los mecheros de sus mesnadas para que le den candela a los retratos de los reyes. Y en el resto del país, una tómbola gigante preelectoral que trueca votos por cheques, macarios y chochonas.
Que vuelva el verano, que les den vacaciones. Es mucho menos lesiva la inercia que este afán por buscarnos la ruina a golpe de ocurrencia.

viernes, septiembre 28, 2007

Esos benditos correos de las mañanas

Es un privilegio tener amigos inteligentes. Una suerte que compartan con uno cuanto juzgan interesante. Y que ello sea posible gracias a un adelanto técnico casi inimaginable hace años: el correo electrónico. Uno de esos amigos me escribe hace apenas un par de horas lo que sigue.

Hay pequeños párrafos que son una obra maestra de la claridad y de la razón. Echa una ojeada a estas líneas que te mando. No conozco al autor, era alguien (desconocido para mi) que hablaba del "sindrome posvacacional". Entre otras cosas decía esto: "Cualquier persona razonable sabe que no es nada fácil encontrar paliativos para sobrellevar todas las frustraciones. Y en aceptar este saber sin gesticulaciones consiste, en buena parte, eso que llamamos hacerse adulto. Un adulto sensato es aquel capaz de no lastrar sus frustraciones inevitables con el sobrepeso de lamentos evitables. Trabajar, inevitablemente, cansa, y no hay manera de cumplir siempre alegremente con nuestros deberes, porque no está nada claro que en el trabajo, en la vida familiar o en la escuela seamos los dueños de nuestros estados de ánimo. La primera obligación que tenemos con nosotros mismos es aprender a mirar a las cosas cara a cara sin convertir en pose estética la difusa sospecha de que la vida no nos trata como nos merecemos".
Casualmente sé que se trata de un magnífico artículo de Gregorio Luri. Se lo comento y le envío, además, otro artículo del mismo autor que me parece igualmente recomendable y que recordé al hilo del e-mail recibido y de los comentarios suscitados por la entrada en la que me refería a la película Hoy comienza todo. Enlazo aquí la reflexión de Luri y extraigo, por avanzar lo más jugoso de la misma, uno de sus párrafos:

Una escuela sana no sólo manifiesta su auctoritas sin complejos, sino que educa a sus alumnos en la conciencia de una deuda con respecto a la cultura que los acoge y que solamente se amortiza con esfuerzo, porque la excelencia, a diferencia de la cultura de masas, no se puede adquirir sin el sudor de la frente. Por otra parte, la única manera de garantizar que en una democracia todos los ciudadanos, independientemente de su origen, tengan acceso a los puestos dirigentes, es abriéndolos al talento educado en el esfuerzo. La educación debería invitar a la audacia de superar la vulgaridad, es decir, de ir más allá de lo inmediatamente comprensible de la mano de la auctoritas del maestro, pues una autonomía sin restricciones sólo produce desorientación.”

miércoles, septiembre 26, 2007

Ça commence aujourd'hui

He visto recientemente en TCM la película titulada originalmente Ça commence aujourd'hui, de Bertrand Tavernier. Estrenada en 1999, se llevó a las carteleras españolas como Hoy empieza todo. El guión es de Dominique Sampiero, quien se inspiró para el relato en su propia experiencia como educador durante veinticinco años. Su argumento gira en torno a Daniel Lefebvre, el director de una escuela infantil ubicada en Hernaing (Valenciennes), al norte de Francia, en una comarca especialmente castigada por la crisis de la minería. Frente a la rigidez del sistema educativo y a la burocracia de las administraciones, Daniel y las profesoras de su escuela se ven abocados a desarrollar una labor que irremediablemente es tanto social como educativa. Tiene la cinta un aire documental que le añade verosimilitud. Una fotografía apagada y gris que la vuelve objetiva y fría. Se desarrolla linealmente, a lo largo de un curso escolar. Y está trufada por pequeños historias paralelas que retratan y explican al protagonista, hijo de un minero de carácter violento y de una madre, sin embargo, sensible a la literatura. Daniel se apoya, para su brega diaria, en su compañera Valeria, escultora, camarera y madre de un hijo adolescente cuyo carácter y comportamiento generará también conflictos en la pareja. Es cierto que en ocasiones algunos personajes el film rayan lo arquetípico –el alcalde comunista, el inspector educativo, la asistenta social escasamente comprometida con su trabajo-, pero no lo es menos que reflejan la muy extendida actitud de quienes se resguardan en los trincheras burocráticas para salvar su conciencia de cualquier remordimiento.

Félix de Azúa, en una columna titulada Fracaso, publicada en El País hace ya unos años, resumía uno de los varios asuntos que en esta película se tratan, ninguno de ellos, por cierto, menor: Que la opulencia de las naciones no haga disminuir, sino que incluso aumente la crueldad, el egoísmo y la maldad que suelen atribuirse a la miseria, es el enigma más ominoso del siglo. Incidía así en la reflexión que en voz alta hace uno de los personajes, la maestra Mrs. Liénard, quien próxima a la jubilación se pregunta cómo puede explicarse que la dignidad con que antaño se afrontaba la pobreza por la gente obrera se haya convertido ahora en una miseria desesperada, pasiva y egoísta.

La pobreza en las sociedades desarrolladas. La deontología educativa. El compromiso social. Las relaciones familiares. Son varios y bien tejidos los asuntos que se tocan. Y de todos queda un poso que agita la reflexión, que evita la indiferencia, que prolonga la sombra de lo que se ha visto incluso después de su final.

Mezcla además esperanza y melancolía. A partes iguales. El entusiasmo nos salva y justifica nuestras vidas. Pero la impotencia de un entusiasmo noble y tantas veces improductivo nos sume en la resignación. El peor de los cánceres quizás, porque nos paraliza los sentidos. La escuela no cura por si sola los males de un sociedad enferma, pero arrojar la toalla desde las aulas es mucho más grave que desde cualquier otro escenario social. Daniel lo intuye y de ello habla, creo, lo que escribe:

"Hay cosas que nunca desparecerán. Están en la carne, hablan; están en la tierra. Montones de piedras apiladas, una a una, con las manos del padre, del abuelo. Toda su paciencia acumulada resistió a la lluvia, al horizonte, haciendo pequeños montoncitos ante la noche para retener la luz de la luna. Para estar erguidos, para inventarse montañas y jugar con el trineo y creer que tocamos las estrellas. Se lo contaremos a nuestros hijos. Les diremos que fue duro pero que nuestros padres fueron unos Señores y que heredamos eso de ellos: montones de piedras y el coraje para levantarlas".

lunes, septiembre 24, 2007

Hogueras

En los campamentos de verano los adolescentes se reunían a la noche en torno a una hoguera. Alrededor de aquel tembloroso círculo de luz encarnada y por el efecto distorsionador de las llamas y quizás también por la euforia que a todo ánimo transmite el calor, se solian celebrar los chascarrillos más burdos, las imitaciones lacerantes, las bromas más descarnadas. Todo lo propiciaba la noche, el fuego y el juicio aún desbocado de los pocos años. A la mañana siguiente de aquella suerte de ebriedad colectiva, se recordaba la risa y se procuraba olvidar, en un prudente atisbo de pudor, qué malas artes se habían empleado para prender la diversión.
Hace sólo unos días, en algunos lugares de Cataluña ha habido quien como en las acampadas de entonces ha echado mano del fuego para la chanza chusca. Somos muchos los que hemos idealizado a la República por convicción ideológica o en recuerdo a aquellos de los nuestros que yacen todavía en alguna fosa común. Pero la inequívoca voluntad democrática del Rey, resueltamente ejercida cuando fue menester -los que vamos cumpliendo años sabemos bien de qué hablamos-, nos ha enseñado que la defensa de cualquier forma de gobierno, legítima siempre y muy saludable, precisa, eso sí, de memoria y de elegancia.
Aquello que se defiende con el fuego, cuando no se circunscribe al carnaval desenfadado de una noche licenciosa y se prolonga al alba, tiene las hechuras mismas de la alucinación o el ansia iluminada de los inquisidores.

miércoles, septiembre 19, 2007

Un fascinante descubrimento

Me animó a conocerlo mi buen amigo J. Deberías de leer Una historia de amor y oscuridad. Creo que te gustará. La busqué, la tuve entre las manos y no me decidí a comprarla por sus muchas páginas. Pensé que quizás fuera mejor acercarme a Amos Oz a través de alguna obra más breve. Me llevé a casa No digas noche. Me fascinó. Contaba una bien urdida historia, pero sobre todo lo hacía con una aparentemente fácil sobriedad poética. Hablaba de Teo, un hombre pragmático, inteligente e irónico de casi sesenta años, un tipo, además, con mucha vida a las espaldas. En uno de sus viajes por Latinoamérica conoce a Noa, unos cuantos años años más joven que él. Ambos narran la misma historia desde perspectivas diferentes. Nada extraordinario hay en lo que se cuenta: una relación de pareja, su vida en una población de la Israel fronteriza con el desierto y el arranque de una iniciativa bien intencionada, la creación de un centro de atención a drogadictos. A propósito del desarrollo de ese proyecto se habla del entusiasmo y de la decepción. Nada o todo. Según cómo se cuente. Todo aquí.

Me sumergí después en Una historia de amor y oscuridad. Quizás uno de los más hermosos libros que haya leído nunca. Una novela autobiográfica que resume en su título los ejes sobre los que gira: el amor hacia su madre y la oscuridad en que lo sumió el suicidio de ésta cuando Oz tan sólo tenía doce años. Pero una novela que es mucho más. La diáspora judía. El nacimiento de Israel –siempre recordaré la sobrecogedora manera en cómo se narra la votación de la Sociedad de Naciones que da vía libre al nuevo estado-. El entusiasmo de una generación de pioneros. La reflexión sobre la tierra y su reparto. El amor por los libros. Una novela que habla de una extensa y culta familia procedente del este europeo que aparentaba normalidad, pero a la que le rondaba la tristeza y el desgarro. Hay un relato sobre el huerto del patio de los padres de Oz. No se logra en él planta alguna. Metáfora misma de la esterilidad de la vida de un bibliotecario culto hasta la excelencia y sin embargo incapaz de progresar en su trabajo, de las cuitas de una madre enferma de melancolía y de los remordimientos de un niño que se evade de la sordidez de todo aquello que le rodea con la lectura compulsiva de cuantos libros caen en sus manos.
Dos años después de la muerte de su madre, Amos se fue a vivir a un kibbutz. Deseaba convertirse en un joven bronceado, musculoso y comprometido con la construcción del nuevo estado. En ello estaban empeñadas las nuevas generaciones del pueblo de Israel. Creían necesario sustituir al judío sobreviviente del exterminio nazi, resignado, fatalista y pusilánime, por un nuevo hombre con voluntad de resistencia, con determinación para echar raíces, para labrar un hogar o morir en el empeño. Emerge entonces un conflicto político que llega hasta hoy. Amos Oz, reconocido pacifista que lucha desde hace años por la convivencia de los pueblos judío y palestino, nos los explica desapasionadamente en su novela.

Me parecen, en particular, memorables las evocaciones de la madre, una inteligente y seductora mujer que le contaba a su hijo mágicas e improvisadas historias a la noche. Sobrecogedora la profunda tristeza que la invadió en los últimos años. Su insomnio, su ansiedad. Amos Oz lo recuerda todo con una mezcla de compasión y rencor. Le guarda un amor profundo. Pero no olvida que su muerte lo dejó sólo cuando era todavía un niño.

Una historia de amor y oscuridad, como todas las grandes historias de cualquier tiempo, es un libro profundamente triste y a la vez increíblemente hermoso.

He leído después otros dos libros de Oz: Una pantera en el sótano y De repente en lo profundo del bosque. La primera es una narración ambientada en 1947, vísperas de la retirada británica de Jerusalén. Tiene por protagonista a Profi, trasunto en cierta manera del propio Oz cuando era adolescente. Habla de un niño de doce años que vive en las afueras de Jerusalén y al que se le acusa de traidor por los integrantes de la Organización LOM (Libertad o Muerte), una ingenua agrupación formada por el propio Profi y un par de amigos más al comienzo de las vacaciones de verano. La intención de aquellos pequeños era rebelarse contra el poder británico y expulsar al invasor. Su casual relación con el sargento Staphen Dunlop, policía inglés destacado en Jerusalén, le convierte por ello en traidor a los ojos de sus amigos. El propio Oz describía en una entrevista lo que cuenta esta novela:
En la novela Una Pantera en el sótano, Profi tiene más de un enemigo. Sus mejores amigos, sus socios en el grupo clandestino imaginario, también se convierten en sus enemigos. Su padre es un enemigo. Sus profesores... Él pasa por todo el ciclo de la traición, porque cuando entabla amistad con el sargento británico se convierte en un traidor para sus amigos chovinistas. Luego, cuando se enamora de la chica y le revela todo, traiciona a su amigo británico. Para después terminar traicionando a la chica cuando cuenta a sus padres la visita nocturna que recibe ésta cuando se queda a cuidarlo una noche. El chico pasa por todo el ciclo. Lo único que permanece inalterable es su amor hacia las palabras. Profi descubrirá que su patria es la lengua, y su razón de ser queda en las palabras con las que juega. El sentido del humor es una traición porque te ríes de cosas que otros toman muy en serio. Pero es una traición redentora porque el humor es un antídoto contra el fanatismo. A mí me llaman traidor, al igual que a mi personaje, Profi, porque yo cambio. No me quedo en el mismo lugar. La gente que nunca cambia piensa que si alguien lo hace es un traidor. Yo soy muy filosófico, pienso que el título de traidor es un tipo de condecoración.

De repente en lo profundo del bosque es lo que en hebreo se llama una aggadah, esto es, una parábola. Se trata, pues, de un texto simbólico. De una alegoría. Narra la historia de un pueblo sobre el que ha recaído una extraña maldición: la desaparición de todos los animales. La noche deja sumido al pueblo en el más absoluto silencio. Y por el día tampoco se advierte rastro de animal alguno. Hay, no obstante, entre los adultos quienes se niegan a olvidar que oyeron antaño el canto de los pájaros, que gozaron de la compañía de perros fieles, que cazaron jabalíes en los bosques o criaron ovejas en sus prados. La maestra Emmanuella aún dibuja animales para los niños, a quienes aquellas formas se les antojan extrañas invenciones. El viejo pescador Almón añora el tiempo en que llenaba de peces sus redes ahora siempre vacías. La panadera echa en vano migas a los pájaros que nunca volverán. Algo sucedió en el pasado. Hay niños que preguntan y adultos que se enfadan. Recordar resulta doloroso. Hasta que Maya y Mati, dos niños empecinados en encontrar la verdad, desobedecen a sus padres y parten en busca de los animales. Y los encuentran. Cuál es la enseñanza de todo ello. Todas las parábolas la tienen. Que es preciso ser valientes, estar dispuestos al riesgo, enfrentarse a las mayorías que piensan uniformemente. Se hace necesario vivir en comunidad. Ser aceptados. Pero no a cualquier precio. Hay otro mundo y a él puede llegar, según Oz, quien se revela a veces, aunque lo haga sólo por un instante, quien busca con los ojos del espíritu, quien sabe escuchar con los oídos del alma y tocar con los dedos de la mente.
Han sido, pues, unos meses de inmersiOz.
Y he vuelto a la superficie feliz con el descubrimiento.

martes, septiembre 18, 2007

A ras de suelo

Plaza Mayor. Media mañana. Llueve fina e insistentemente. Día otoñal. La Botica está llena de gente. A los que tomamos allí el café de las once, se nos une una excursión de turistas que se protegen del agua y colapsan los retretes. Afuera estalla una explosión rápida y potente. Un estruendo como de petardo enorme. Resuena en la cantina. Agita lámparas y golpea como una aldaba invisible todas las cajas torácicas de los presentes. Quedamos alertados. Los estallidos continúan. Salimos afuera. Un montón de mineros toma el empedrado. Miran desafiantes el balcón de la casa consistorial. Huele a pólvora. Sigue lloviendo. El humo se disipa rápido. Justo en la salida de la plaza hacia el muelle, posa una señora de edad. Con chubasquero de vivos colores. Sonriente. Al fondo, el Ayuntamiento, los soportales, el macetero gigante que cuelga de la farola central, las espaldas anchas de los mineros, el vuelo bajo de los barrenos. La cámara fotográfica toma la instantánea y dispara automáticamente el flash. Está oscuro el día y la tormenta anda a ras de suelo.
La rutina es un paraíso con mala prensa.

lunes, septiembre 17, 2007

Fever-Tree

Yo no los he probado mejores. Y alguno he probado. Mi amigo los hace en vaso largo. Hielo generoso. Cortezas varias y verdes de los limones de su jardín. Ginebra la justa. Y últimamente tónica Fever-Tree. Efectivamente, árbol de la fiebre. El mismo en el que los ingleses hallaron solución para la malaria y, mezclándolo convenientemente, también alivio a las tardes de tedio. Ahora se cultiva en Ruanda. De allí viene esta tónica elaborada como antaño. Sin añadidos artificiales. Encontré sobre ella un artículo hace unos días. Además de contar dónde y cómo se producía, daba una receta de gin-tonic. Con pepino. Sí, como lo oyen, y con pétalos de flores. Le pasé el recorte a mi amigo. En fin, igual tiene razón el articulista, pero no se me ocurrirá añadirle pepino ni pétalos de flores. Las ganas de ponerse gilipollas que hay por el mundo. Ni falta que le hacen añadidos nuevos a sus gin-tonics. Y el trabajo que debe de dar cultivar pepinos y tener a mano flores frescas siempre. El limonero es mucho más sufrido. No da qué hacer. Y siempre tiene frutos. Definitivamente coincido con mi amigo, las ganas de ponerse gilipollas que hay por el mundo.

miércoles, septiembre 12, 2007

Aprendices de brujo

Quedó dicho ya cómo son las pleamares de septiembre. Y que por estas tierras las llamamos mareonas. Se hincha tanto el océano que desborda muelles, que se alza por encima de los rompeolas, que se arrastra por el paseo marítimo. Era una metáfora de agua. Los recursos hídricos se quedan cortos cuando de dar riego se trata. Pero siempre socorren a los que escriben. El caso es que se recomendaba entonces que para prevenir lo que se venía encima era menester llevarse la toalla lejos de la orilla. Viendo la prensa estos últimos días, más vale, me temo, esconderla en casa. Y uno con ella. Debajo. Resulta, y que alguien me corrija si no era así, que en julio y agosto, los problemas de este país eran las víctimas del tráfico, la subida de tipos de interés, la violencia de algunas malas bestias sobre sus cónyuges y la llegada o naufragio de cayucos. Los titulares de los periódicos no se preocupaban de más cosas. Suficientes eran y de importancia real cada una en su ámbito. Y hete aquí que de repente, con la fuerza ya aludida de una mareona, y arrastrando toda la porquería imaginable de un oleaje revuelto, reaparecen en los medios los hombres públicos que andaban de vacaciones. Y lo hacen descansados y con el ánimo de abrirnos los ojos sobre los verdaderos males que asolan el suelo patrio. Que no eran los que pensábamos en el verano, sino que son tales como la urgente necesidad de independizar a las naciones oprimidas del estado español, lo feble o sólido que está el liderazgo de la derecha española, el supuesto adoctrinamiento ideológico que entraña la educación para la ciudadanía y los dimes y diretes que llenan de pelusilla el ombligo de las distintas formaciones políticas. Esos son ahora los titulares. De lo que pudiéramos concluir que una buena parte de los problemas sobre los que gravita la información diaria de los medios de comunicación se fecundan in vitro. Y debería ponernos en alerta esta génesis, porque el laboratorio está en manos de auténticos aprendices de brujo.

Furber de nuevo

Ya se contó aquí la historia de Stephane Furber. Me gustaría hoy añadir otro de sus poemas y dedicárselo a David González, quien también anduvo alguna vez por los infiernos.


Los oficios del domingo

Los domingos acompaño a Daphne hasta la iglesia.
El reverendo Moosley
le da la bienvenida en la puerta a los feligreses.
Conoce a cada uno por su nombre.
Lo veo todo en la distancia;
apoyado en la furgoneta
mientras enciendo un cigarrillo.
Cuando no queda nadie afuera,
Moosley sonríe y me saluda con su mano izquierda.
En la derecha aprieta la Biblia.
Quizás a Daphne le gustaría
que algún día entráramos juntos.
Pero prefiero oír la música del órgano mientras fumo.
Me hace recordar mi otra vida.
De qué me valdría la fe a estas alturas,
cuando me he escapado ya una vez de los infiernos.



Stephane Furber, Daphne.
Editorial Mondantordi, Argentina, 2007.
Traducción de Mariana Lotti.

domingo, septiembre 09, 2007

Hollywoodland

He visto hace sólo unos días la película Hollywoodland, una hermosa historia dirigida por Allen Coulter –realizador también de la serie televisiva Los Soprano-. Recrea la vida de dos pobres diablos, la de George Reeves, el actor que interpretó a Superman en la primera serie televisiva del personaje, y la de un detective desencantado y siempre a punto de irse por cualquier cuneta de la vida, un Adrien Brody que borda su papel.

Se cuenta en ella lo que se dió por un suicidio, el del ya aludido George Reeves, quien fue hallado muerto en su dormitorio una noche de junio de 1959. Ese es el punto de partida de la intriga de Hollywoodland y también de la leyenda sobre la "maldición de Superman" (cuyo último episodio ha sido lo sucedido con otro Reeves, con Christopher). El detective Louis Simo, al que da vida Brody, investiga el caso. A Ben Affleck, por su parte, le sienta como un guante el papel de George Reeves, un mal actor guapo, simpático y ambicioso.

Quizás la originalidad de la narración radique en que el detective Simo, al ir descubriendo que Reeves es un tipo al que, como a él mismo, lo ha maltratado la vida, decide investigar la verdad sobre su muerte, más que empleando los métodos deductivos propios de cualquier thriller, por mera empatía con el muerto. Y nunca es mala cosa ponerse en la piel del otro, aunque esté ya fría.

jueves, septiembre 06, 2007

Mis coches (In memoriam)

Foto de Ternua (tomada de Flickr)
Aquellos viejos autos,
nada sacramentales,
que conduje siendo un joven temerario
-bien lo sé ahora cuando ya casi soy
un temeroso fósil-,
guardan, allá dónde estén,
en el limbo-desguace de su muerte,
la dulce memoria de algunos viajes,
las cenizas de muchos cigarrillos
y los angostos rincones
en que el amor nos hizo contorsionistas.

martes, septiembre 04, 2007

Wei Hsiao Niu

Cuando no había chinos en la ciudad, ni siquiera en todo el país, aquí vivió Wei Hsiao Niu, un chino portuario. No tenía deseo alguno de quedarse más que el tiempo preciso para conseguir un billete de vuelta y algunas monedas para el viaje. Pero se le hizo de pronto acogedor el lugar. Las gentes. La vieja casa donde halló acomodo. Los brazos de cierta mujer. El cielo recortado en aristas por los aleros de tantas calles angostas. Y hasta el olor a víscera fresca del pescado en los amaneceres. Así que se puso a construir farolillos de papel. Llenó de color el barrio. La ciudad en los días de fiesta. Farolillos frágiles y combustibles como fósforos barrocos. Y hasta abrió años más tarde una cantina bajo su taller de fanales. Se volvió domador de barra. Ordeñó panteras que siempre mantuvo escondidas entre la papiroflexia. Alrededor de aquella leche recia se dejaban caer los mareantes cuando volvían al muelle de madrugada. De viejo le venció la nostalgia de China. Compró billete y baúles. Pero se murió antes de emprender el viaje de regreso. Su hijo tiene una tasca en el Tránsito de las Ballenas. Que así se llama la calle porque aquí hubo un tiempo en el que desde las campanas del cerro tocaban los atalayeros el avistamiento de aquellos grandes bichos. Un tiempo en el que había barcos hermosos de maderas calafateadas, velas untadas de grasa oceánica y hasta un náufrago de ojos rasgados que echó amarras en un noray del barrio.

domingo, septiembre 02, 2007

Sublimes sin interrupción

Ayer la prensa recogía una noticia sobre Arthur Miller, un autor teatral del que siempre se ha apreciado su intenso activismo político y social, su combate contra la deshumanización de la vida estadounidense; su activa oposición a la caza de brujas de McCarthy; su valiente denuncia de la intervención de Estados Unidos en Corea y Vietnam.
Pues bien, Miller tuvo un hijo con síndrome de Down en 1966, fruto de su matrimonio con la fotógrafa Inge Morath, a la que conoció durante el rodaje de Vidas rebeldes, cuando aún estaba casado con Marilyn Monroe. Morath tuvo primero una hija, Rebecca Miller, hoy una reconocida cineasta, y luego llegó Daniel, quien cuatro días después de nacer sería depositado en un orfanato y eliminado por completo de la vida pública y privada del escritor. Daniel ha llegado a participar en los Juegos Paralímpicos compitiendo como esquiador y ciclista. Ha crecido solo en diferentes instituciones de acogida y no conoció a su padre hasta 1995, cuando durante un acto público en el que el escritor iba a hablar en defensa de un discapacitado mental acusado de asesinato, Daniel subió al escenario y lo abrazó.
Hay quienes se toman al pie de la letra aquella máxima baudelairiana de procurar ser sublimes sin interrupción. Se ven tan artistas que si algo o alguien de su alrededor no les reconoce como tal, lo desprecian o lo ignoran. Que la simiente de un semidios germine en un ser menor es como si un maldito torpedo del destino les explotara justo en la línea de flotación. Y se van al fondo arrastrándolo todo. Hasta la dignidad.