martes, febrero 26, 2008

De vate(s)

No, no hay error ortográfico. Y sí, sí va del debate. No quisiera yo que se quedaran con lo que en éste hubo de tenso, de desafecto, de trazos gruesos. También sucedió, no se olviden de ello, que ya en el final los contendientes se envainaron los floretes y aflojaron las mandíbulas. Tres minutos en que a ambos les dío por la poesía -o algo así-. Un pequeño debate de vates. Que si una niña -tal que Alicia- se pasearía por el país de las maravillas. Que si aquí está mi hombro para todo al que no le vaya bonito. En fin.
El ejercicio extemporáneo de la sentimentalidad, como de cualquier otra práctica deportiva, genera dolorosas inflamaciones musculares. La denominación médica con que se conoce a la producida por el abuso de aquélla, dado que afecta al músculo cardíaco, no es otra que cardiocursilitis. Como lo oyen (si leen en alto).

Contra corriente

Una intuición. El voto, a estas alturas de la película, ya lo tiene decidido la mayor parte del electorado. Creo, además, que no pocos ciudadanos votan repetidamente en las citas electorales, más que a favor de una opción política, en contra de alguna otra. Aceptada esta premisa, los debates como el de ayer influyen sobre todo en ese pequeño porcentaje de la población que aún no tiene certeza sobre cuál será el sentido de su voto. Los entendidos cifran en, aproximadamente, un tres por ciento a estos indecisos. Particularmente, creo en la efectiva relevancia que estas confrontaciones entre los cabezas de lista de las fuerzas mayoritarias tiene sobre quienes dudan su voto: les empujan a decantarse por el bipartidismo. Porque si bien en los días previos al inicio formal de la campaña quizás hubiera un número no desdeñable de electores que albergaban la intención de apoyar a partidos minoritarios en el panorama nacional -algunos tradicionales ya como Izquierda Unida, otros de reciente formación como Unión, Progreso y Democracia-, la apabullante presencia en los medios de la bipolaridad electiva, su puesta en escena con un enfrentamiento del que no otra cosa se deduce que para los electores donde no hay alternativas nacionalistas sólo queda el recurso del voto al PSOE o al PP, hace que en las reflexiones del votante indeciso pese mucho la corriente del voto útil. Por eso, y a medida que se acerca la fecha del nueve de marzo, intuyo que no votar en el sentido al que desde todos los ámbitos parece forzarse, el de la elección entre socialistas y populares, empieza a ser un encomiable pero fatigoso ejercicio de nado contra corriente.

domingo, febrero 24, 2008

El palacio oscuro de don Miguel

Don Miguel Indalecio Bances levantó una casa indiana que poco o nada se parecía al resto de palacetes que aquellos emigrantes que hicieran fortuna en América construyeron por estos parajes. No tenía palmera, ni grandes ventanales, ni paredes de vivos colores. Era un edificio sobrio, oscuro y con tejado de pizarra. Miraba al río, no al mediodía. Y sólo se adornaba por un blasón extraño. No era la glosa de sus apellidos. No había en él armas, yelmos o estrellas. Sólo un árbol desnudo, otoñal, y una esquemática lluvia menuda. Aquel apunte del natural en piedra se encerraba en una mandorla. En su base lucía un lema igualmente misterioso: dignidad y sosiego. De aquella construcción hoy sólo quedan las ruinas. Unas paredes sólidas que guardan el esqueleto desvencijado de techumbre y pisos, sobre las que se enreda la hiedra y a las que se abraza la maleza. Me dice Andrés, el anciano de Serandinas con quien me siento a contemplar toda esta hermosa devastación, que el escudo lució muchos años sobre la entrada. Que allí estuvo aun después de muerto el dueño y abandonada a su suerte la casa. Supone que alguien debió de llevárselo en la oscuridad de una noche. Queda sólo su huella sobre el muro y el recuerdo de su letanía en la memoria de los viejos del pueblo. Dignidad y sosiego. Dicen que decía don Miguel que aquellos cuartos que del otro mundo se trajera le habían costado demasiados apuros, penalidades varias y no pocas humillaciones. Que no era de bien nacido alardear de lo que se alcanzara con una vida tan poco recomendable. Honrada sí, pero nunca dichosa. Que no había vuelto sino para recuperar la paz gris y lluviosa de sus años mozos. Tal vez otros la hallaran triste, casi desoladora, pero en ella se sentía a gusto aquel indiano retornado. Aseguraba que allí tenía la certeza de que para la almendra dura del raro escudo que se había mandado hacer no tenía muelas bastantes su pasado americano. Y que igual que el árbol desnudo quería él vivir el resto de sus días. Se le había ido al ramaje el verde y la vida con el sol, como a él mismo en el luminoso trópico, pero ambos estaban en pie, dignos y ya por fin sosegados bajo el agua bendita de la aldea. Tábache un pouco tollo. Mira que deixar o Caribe e as mulatas por o Navia, me dice Andrés mientras enarca las cejas y deja que se le pierda la mirada entre las ruinas de lo que fuera el palacio oscuro de don Miguel.

Xuan Serandinas

miércoles, febrero 20, 2008

Agresiones


Así, a vuela pluma, según venía caminando hasta el trabajo. Sobre las palabras. Aquello tan estudiado de significado y significante. Saussure en el recuerdo. Fácil cuando de un objeto de trata. Identificable. Correspondencia univoca. Se complica en definiciones, categorías, conceptos abstractos. Si no hay seguridad sobre lo que uno cree que se esconde tras una calificación, mejor gritarla. Sobre todo si es ofensiva. Fascista, por ejemplo. En grupo, barbilla enhiesta, a voces, empujando, hasta agrediendo si llega el caso. Lo que era duda se transforma en verdad. La confortabilidad del rebaño, la fuerza argumental de la fuerza bruta. Qué quedaría de ello en el remanso de una mesa de café. Sin más compañía que la del vituperado. Los ojos a la misma altura. La voz también. Es posible que la barbilla se volviera blanda, se contrajera contra el pecho. La fragilidad de la duda. La más dura de las verdades, la incertidumbre de la razón. Tiene ámbito académico, el de la universidad. Y sin embargo… San Gil, Nadal, Díez. Que no se confundan esos muchachos de greñas rebeldes y gesto airado. A pesar del desaliño, son carne de guardia rojo.

lunes, febrero 18, 2008

Centro de Arte y Creación Industrial


El sábado reservamos una visita guiada a la Laboral. Luego recorrimos las salas del Centro de Arte y Creación Industrial. Fui a él receloso. La desconfianza, supongo, hacia ciertas manifestaciones artísticas. Los espacios del nuevo Centro de Arte son amplios, diáfanos. Transmiten una mezcla de sensaciones diversas: de libertad, de desnudez, de provisionalidad, de modernidad. Paseamos casi solos. Las salas parecían aún mayores. Se mantiene allí estos meses una muestra titulada Emergentes. Diez instalaciones de jóvenes artistas latinoamericanos, exponentes de las nuevas tendencias del arte electrónico. De entre ellas, tres me parecieron especialmente sugestivas. Recomputing Espace, del peruano Rodrigo Derteano sobre los sonidos urbanos. Un montón de pequeños altavoces distribuidos ordenadamente por el suelo reproducen los ruidos y voces de la ciudad. El sonido se traslada de un lado a otro, en forma análoga al movimiento de quienes realizaron la grabación. En medio de la oscuridad y soledad del espacio expositivo es inquietante cerrar los ojos y dejarse llevar por esa mezcla de conversaciones sorprendidas al azar, de motores que se ponen en marcha a nuestras espaldas. Ese murmullo cotidiano que de repente nos resulta totalmente nuevo en el aislamiento del contexto en que se materializa. Almacén de Corazonadas, del mexicano Rafael Lozano Hemmer, es la obra más poética. El visitante graba los latidos de su corazón en una bombilla. De modo que cada uno de los casi cien focos dispuestos que cuelgan aparentemente sin más vida que su luz intermitente desde lo alto de la gran sala, centellea a un ritmo distinto, transidos por el pulso de todos los que toman parte activa de la instalación. Por último, los peruanos José Carlos Martinat y Enrique Mayorga montan un recinto cúbico, Ambiente de Estereo Realidad 4, que oculta en lo alto de sus paredes tres impresoras que emergen a través de pequeñas ventanas, tanto hacia el interior como hacia el exterior. Desde ellas se precipitan papelillos con textos breves. Un sistema de algoritmos genera cadenas de búsquedas en la web para armar composiciones casi surrealistas. En la angosta intimidad del cubo, el visitante, como un Nabokov que hubiera olvidado su cazamariposas, manotea el aire tratando de atrapar el vuelo de esos poemas casuales que caen tan lentamente como copos de nieve.
De vuelta a casa pensaba en el enorme formato que a menudo precisan las nuevas piezas artísticas. La esquemática representación de cazadores y bestias en las grutas prehistóricas, la pedagogía románica, las tablas flamencas o la inquietante abstracción pictórica o escultórica de las vanguardias de principios del XX tenían la proporción del espectador. El nuevo arte precisa de enormes recintos. El artista jibariza al visitante, que debe adaptarse a la obra y tratar de entenderla. No es más, creo, que una inclinación vertiginosa del fiel de la balanza. El peso del arte, su protagonismo, reside, más que nunca, en el artista. Su tiranía –no se malinterprete el concepto- lo condiciona todo. Su prestigio social le permite crear mundos a la medida desproporcionada de la vanidad que el arte inocula. A veces el resultado es apasionante. A veces.

viernes, febrero 15, 2008

La nota

Tengo once años. Me gustan las matemáticas, el tenis y las novelas de leyendas. Odio la ortografía. Ayer me fue mal en clase. Le estaba pidiendo unas pinturas a Josu y la profe me riñó. Luego tuve que acercarle la agenda escolar. Escribió una nota que debía entregar en casa para que mis padres la leyesen y la firmasen. Decía en ella que cada vez me porto peor. Mentira. Es la primera vez que me mandan llevar una nota a casa. Margarita siempre está de mal humor. No me cae bien. No le cae bien a nadie. Y ayer la tomó conmigo. Mi padre es el primero que llega a comer. Siempre pregunta lo mismo. Qué tal por el cole, hijo. Pues mal. Hoy mal. No quería llorar, pero se me llenaron los ojos de lágrimas. Mi padre se pone muy burro con estas cosas. Ya sabía cómo se lo iba a tomar. Me levantó la voz. Que no se vuelva a repetir. Que le da igual que la profe sea rara o esté siempre enfadada, que es la que manda y a la que hay que respetar. Debería llegar primero a casa mi madre. Ella lo entiende todo mejor. Mi padre se pone muy burro. Luego se le pasa. Será que llega con hambre. Cuando estaba terminando de comer, me llamó. Ya estaba más calmado. Me besó en la frente. Olía a queso.

jueves, febrero 07, 2008

Blimp

Ya me advirtieron de que no buscara a Blimp en la película. De que no aparecía. Blimp es una categoría. Un paradigma. Se dice en The Oxford Dictionary que el Coronel Blimp es un character invented by the cartoonist David Low representing a pompous, obese, elderly figure popularly interpreted as a type of diehard or reactionary. Esto es, Blimp representaba al pomposo, al tradicionalista y al reaccionario. En efecto, el Coronel Blimp nació hace más de setenta años en las páginas del Evening Standard, de la mano del dibujante satírico David Low, quien perfiló un personaje que se convirtió en un icono de la Gran Bretaña de entreguerras.

Michael Powell y Emeric Pressburger constituyen una de las sociedades creativas más brillantes del cine británico. Juntos escribieron, produjeron y dirigieron conjuntamente las películas inglesas más arriesgadas y experimentales de los años de la II Guerra Mundial y la posguerra. Entre ellas, El espía negro (1939), Los invasores (1941), Coronel Blimp (1943), A vida o muerte (1946), Narciso negro (1947), Las zapatillas rojas (1948) y Corazón salvaje (1950). Según parece es difícil deslindar las contribuciones de ambos personajes a su obra colectiva. Se afirma que por lo general Pressburger armaba las películas y gestionaba su producción, y que Powell redactaba el guión inicial, dirigía en el plató e imaginaba las ideas visuales. Hasta que los nazis lo expulsaron de Alemania, Pressburger había trabajado en la UFA, la principal productora alemana. Powell, por su parte, se había ido curtiendo en películas de bajo presupuesto. Al encontrarse, se mezcla la artesanía visual de Powell con las preocupaciones filosóficas de Pressburger. Pues bien, en medio de la Segunda Guerra Mundial, Michael Powell y Emeric Pressburger ruedan una película memorable, Vida y muerte del Coronel Blimp. Se narra en ella la trayectoria vital de un hombre bueno y anticuado en el mejor sentido de la expresión, Clive Candy. Asistimos por medio de un largo flash back a su ejemplar historia de amistad durante medio siglo con un oficial alemán, Theo Kretschmar-Schuldorff, un relación casi fraterna pero paradójicamente nacida tras un duelo en el que ambos se hieren y a raíz del cual, además, se enamoran de la misma mujer, una Deborah Kerr rutilante que llega a interpretar tres personajes diferentes en el film. La amistad entre ambos militares permanecerá intacta a pesar de tener que enfrentarse durante la I Guerra Mundial. Y se fortalecerá aún más en los años posteriores a la toma del poder por el nazismo, al huir de su país Theo Kretschmar-Schuldorff, refugiándose, con la intercesión de Clive Candy, en el Reino Unido. La idea sobre Blimp expuesta por la película es mucho más benévola que la generalmente admitida para tal expresión. Se le aplica al protagonista por considerarlo un hombre anclado en convicciones militares demasiado caballerescas para las crueles prácticas bélicas impuestas por el enemigo en la II Guerra Mundial. Muestra, pues, esta deliciosa historia una firme manera de estar contra viento y marea, una manera noble que finalmente se desvela ingenua e inapropiada cuando el adversario no adopta modos tan versallescos de comportamiento. Asistimos por ello a una elegía melancólica de la esta edulcorada personalidad Blimp que Powell y Pressburger nos presentan en su obra. Esa melancolía de lo imposible tiene que ver con la pérdida de valores que de repente, y en el tráfago de los acontecimentos bélicos derivados del expansionismo nazi, se vuelven caducos. Hablamos, por el ejemplo, del valor o del honor. Y muy especialmente del respeto hacia el otro, aun incluso cuando circunstancialmente se halla en la trinchera de enfrente. Vida y muerte del Coronol Blimp es un película hecha en plena guerra, pero que no persigue la sensibilización patriótica a través de trampas melodramáticas o personajes hiperbólicos, sino que reflexiona elegante e inteligentemente sobre la inevitable manera en que la guerra y el tiempo transforman creencias y convicciones. Que habla, además y sobre todo, de la vida, del amor, de las esperanzas y de la amistad.

miércoles, febrero 06, 2008

UPyD

Intercambio pareceres con J. por correo electrónico. Nos vemos casi a diario. Tomamos café juntos a menudo. Y sin embargo, para este tipo de desacuerdos, siempre menores, usamos de la pulcra esgrima del e-mail. Permite un razonamiento reposado. Y en las segundas lecturas hasta cabe alguna suerte de arrepentimiento menor.
Nos escribimos esta vez a propósito de una conferencia de Arcadi Espada a la que yo le había puesto reparos. Se trataba en ella de fijar los rasgos que han de caracterizar al progresista del siglo XXI. Oponía J. a mis pormenorizadas objeciones una impresión más global y entusiasta: “La verdad es que me parece fascinante que en un acto mediante el que se intenta dar a conocer una nueva formación política se hable de cosas tales como la verdad, el conocimiento, la excelencia, la ciencia, los mitos… Me parece una auténtica revolución en la política española, aún teniendo en cuenta la modestia del intento”.
Oficialmente no son muchos los días que se llevan consumidos de la campaña electoral. Y sin embargo, hay dos sensaciones que ya dejan y que tienen que ver con el hartazgo. La sensación de haber asistido a una interminable persecución del voto desde hace meses y que sólo ahora se hace explícita. Y la sensación de que el apoyo electoral se recaba a través de unos mecanismos no sólo anacrónicos sino incluso las más de las veces ofensivos para la dignidad e inteligencia del votante. ¿Puede alguien decidir el sentido de su voto tras asistir a un mitin? O mejor, ¿asiste alguien a un mitin sin haber decidido antes su voto? En las últimas semanas, una organización política nueva ha organizado en mi ciudad un ciclo de conferencias con el título Pensar un país. La propuesta era tan inusual como atractiva. Una serie de personalidades de los ámbitos del derecho, la filosofía o el periodismo abordaron aspectos tales como la construcción de un estado viable, las razones para un nuevo partido político, la educación o el análisis del progresismo en el siglo XXI. Todas las disertaciones se cerraban con un coloquio en el que sin cortapisa alguna se planteaban dudas o se manifestaban opiniones sobre los asuntos tratados y la posición adoptada al respecto por el ponente. Asistí a todos estos actos sin advertir, para consuelo de quienes por entre el público andábamos, que en ninguno de ellos se solicitara desesperada o amenazadoramente el voto; sin que se recitaran consignas estereotipadas o imprecaciones desabridas; sin que se situaran sobre el estrado ninguna de esas tribunas de bobos obedientes que tan de moda se han puesto en todos los mítines, con esas filas de jovencitos aseados que aparecen tras los líderes y que aplauden o agitan banderas con la preocupante sincronía de una micromasa. Deduje, por tanto, de cuanto vi en esas citas que aun en plena campaña electoral es posible ofrecer algo más que rancios mensajes clónicos. Que es posible aprender, debatir, escuchar y proponer.
Supongo que esa interesante puesta en escena es la que mantenía fascinado a mi amigo. Uno, algo más receloso, agradece estas novedades, aunque tiende a temer que sólo sean posibles cuando ni se gobierna ni se aspira a gobernar. Aun incluso así, y aunque sólo se pretenda influir en quien gobierna, no es malo el camino. Y no me duelen prendas al reconocérselo a J. a través del correo electrónico.

domingo, febrero 03, 2008

Cendal

Las palabras cuyo significado
nos es desconocido
y que sin embargo nos son tan gratas al oído
como caricias,
logran en ocasiones enramarse
hasta dar sombra de poema.
Recuerdo que al leer por vez primera
la hermosa palabra cendal
la imaginé como un ungüento
capaz de dar alivio
a cualquier desengaño irremediable.

Match Point

Aquel que dijo más vale tener suerte que talento conocía la esencia de la vida. La gente tiene miedo a reconocer que gran parte de la vida depende de la suerte. Asusta pensar cuántas cosas escapan a nuestro control.
En un partido (de tenis) hay momentos en que la pelota golpea el borde de la red. Y durante una fracción de segundo puede seguir hacia delante o caer hacia atrás. Con un poco de suerte sigue hacia delante, y ganas. O no lo hace, y pierdes.

Woody Allen

lunes, enero 28, 2008

Tachia

Foto de Juan Garay

A Mati y Toni, que lo hicieron posible.

La mañana del domingo oí música sefardí en al radio. Era una canción triste. Supongo que por si misma suficientemente hermosa y conmovedora. Y aún así pensé que sólo se podría disfrutar del todo aquella música sabiendo cuál era la historia de esa lengua que el milagro de la nostalgia ha conservado como en el pasado, cuáles los motivos que inspiraron la pena de lo que se cantaba. El viernes a la noche el recital de Tachia en el Antiguo Instituto Jovellanos fue también un poco como esa música sefardí. Si alguien hubo allí que nada sabía de quién recitaba o de lo que se recitaba, seguro que al menos le pareció lo visto elegante, intenso y bello. Pero si algo se conocía antes sobre Blas de Otero, sobre Tachia, el gozo hubo de ser entonces mayor, mucho mayor. Tachia nació en Eibar y le pusieron María Concepción y la conocieron luego por Concha Quintanar. A los veinte años Blas de Otero la bautizó de otra manera, como Tachia. Con este nombre aparece en algunos poemas:

Larga es la noche, Tachia. Oscura y larga
como mis brazos hacia el cielo. Lenta
como la luna desde el mar. Amarga
como el amor: yo llevo bien la cuenta.


Tachia vive en la capital francesa desde 1958, allí ha impulsado la cultura y los versos de España, allí se ha hecho militante de la poesía –le gusta que así la consideren-. Lleva tiempo ahora empeñada en devolverle relevancia a la "figura injustamente olvidada" de Blas de Otero. Recitó el viernes una selección de veinticuatro de sus poemas. Paso a paso, verso a verso. Un espectáculo que cuenta con la dirección artística de Edwine Moatti, que se estrenó en 2006 con motivo del noventa aniversario del nacimiento del poeta vasco y que ha paseado ya por multitud de escenarios. "Hago todo lo que puedo para difundir su poesía. Es una gran injusticia que aún no se hayan publicado sus obras completas. Reducir su obra sólo a su etapa de poeta social es una idiotez como una casa. Blas ha sido silenciado por la derecha, a quien nunca le interesó un hombre que siempre defendió la justicia social y reducido por la izquierda a la mera categoría de un poeta de protesta».

Cuando Tachia llega a una ciudad con sus versos, a los cronistas del lugar les gusta presentarla como la novia joven de Blas de Otero, como el apasionado amor de Gabriel García Márquez, quien le dedicó la versión francesa de El amor en los tiempos del cólera. Pero no se habla sin embargo de quien fue su marido casi cuarenta años. Será quizás porque los ingenieros tienen escaso pedigrí literario. Pero nadie olvide que con él compartía aquella casa en París abierta siempre a los poetas, a los pintores, a los juglares.

Fue presentada y se apagaron las luces. Subió a oscuras al escenario. Una hermosa mesa de madera sobre la que había libros, discos y una lamparita de luz suave. Un sillón rústico con el asiento de paja en el centro de las tablas. Una vela roja encendida sobre una palmatoria al otro lado. Recitó durante una hora. Fue encadenando los versos de Blas de Otero como quien habla suave y convencidamente de la vida de un hombre al que se conoce bien, al que se respeta y se quiere. De su infancia en el Bilbao beato de los años veinte. De su juventud atormentada por la fe, por la muerte del padre y el hermano, por la guerra. De su amotinamiento contra la España gris e injusta que vino más tarde. De sus amores. De sus miedos. De la muerte. Lo hizo una mujer de porte esbelto, de pelo corto y cano, de palabra clara y de facciones bellas –cómo hubieron de serlo años atrás si aún hoy, a sus ochenta años, sigue seduciendo la puñetera-. Una mujer que lo dijo todo sin exceso alguno, con sosiego. Alegre en el verso dichoso, seria en el doliente, pero siempre con gesto preciso, sin arrebatos, sin gritos.

Y se oyó también, casi cerrando el acto, la voz del propio Blas de Otero recitando. Es verdad que resulta emotivo escuchar a quien se homenajea y está desde hace casi veinte años muerto. Pero me pareció que sus poemas sonaban mejor, parecían incluso más de todos, en la voz de Tachia. Nunca han dicho bien su propios versos los poetas.

Se la aplaudió larga y sinceramente.

Tuve la fortuna de compartir con ella mesa y mantel más tarde. Confesaré un secreto, en un pequeño y viejo restaurante próximo a la estación de tren, en el reservado de un comedor rancio pero entrañable, casi a las dos de la mañana, Tachia volvió a recitar. Para entonces sólo ocupábamos el lugar los que habíamos cenado a su lado y quienes en otra mesa próxima mantenían una charla animada y ruidosa. Esa mujer elegante se levantó e hizo el silencio con tan sólo echarse un foulard al cuello. Por un momento pensé en Isadora Duncan de pie, cogida apenas a la luneta frontal de un descapotable rojo, desafiando la velocidad y la noche, dejando tras de si la estela de un pañuelo al viento. Tachia extendió el brazo, la mano, los dedos largos y expresivos, y dijo los primeros versos del Romance de la pena negra.

Las piquetas de los gallos
cavan buscando la aurora,
cuando por el monte oscuro
baja Soledad Montoya.
Cobre amarillo, su carne,
Huele a caballo y a sombra.
Yunques ahumados sus pechos,
gimen canciones redondas

Buen viaje, Tachia.


miércoles, enero 23, 2008

The Straight Story

Ayer a la noche vi de nuevo Una historia verdadera. Una película sencilla y lenta. En medio de tanto cine desproporcionado, da gusto encontrarse con este remanso de diálogos serenos, de personajes humildes, de imágenes ciertas. Hay una tendencia a confundir morosidad y tedio. Aquí se desmiente. Se narra una anécdota real de la que se hizo en su día eco la prensa norteamericana. En 1994, Alvin Straight, un anciano de 73 años, recibe la noticia de que su hermano, compañero de juegos en la infancia, pero del que sin embargo la vida lo ha ido distanciando, sufre un infarto. Al hilo de esa circuntancia cree llegado el momento de olvidar viejos rencores y viajar a su lado. Pero tanto su edad, como su limitada visión y movilidad le impiden conducir un automóvil. Decide entonces hacer el camino en su cortacésped, un pequeño y viejo cacharro con el que sólo alcanza una velocidad casi rídicula para un viaje, desde Laurens, en Iowa, hasta Wisconsin, de varios cientos de kilómetros. Alvin tardó más de seis semanas en llegar. El trayecto se convierte así en una road movie que pone sobre la carretera a un viejo conduciendo un ridículo trasto lento y escasamente fiable, decidido a llegar a su destino sin renunciar a todo lo que el camino ofrece, una naturaleza amena, algunas conversaciones memorables y el contraste de la prisa sinsentido de los que le adelantan continuamente sobre camiones, coches y hasta bicicletas. Los espectadores asistimos, mientras, a todo ello con la sensación de que sólo él sabe bien a dónde va y cuándo detenerse a esperar, como en esa hermosa escena en que se refugia al abrigo de un desvencijado granero mientras aguarda a que la lluvia cese, disfrutando de un cigarro y de la propia tormenta.
Queda al final de todo ello no sólo el gusto por los viajes sin prisa, sino la reflexión de que en la vejez, además de volvernos ciegos y cojos, también es posible reconciliarse con el mundo, por muy duro que haya sido su tránsito.

The Straight story fue dirigida por David Lynch en 1999. La música de Angelo Badalamenti acompaña bien su desarrrollo. La protagoniza Richard Farnsworth, un viejo actor secundario que se quitó la vida poco después de estranarse este film al conocer que padecía un cáncer terminal. A él está dedicado el vídeo que se acompaña.

lunes, enero 21, 2008

Engañoso trajín

Esta cotidiana aplicación con que afronta el trabajo a esa edad rayana ya con el retiro. Esas ganas que aún le pone a todo cuanto hace. Ese afán con que todavía se esfuerza en aprender sobre cualquier cosa. Dicen quienes a diario asisten a ello que todo eso no sólo es una muy honrada manera de ganarse el pan, sino, sobre todo, una envidiable evidencia de que aún se siente joven y ágil. Por mi parte, tal vez porque me pueda una intuición maliciosa que me inclina a ver sin tanta generosidad ese torbellino laborioso, sospecho que con él no se persigue sino la fatiga, ese íntimo narcótico que nos insensibiliza hasta el recuerdo mismo de sabernos irremediablemente viejos.

sábado, enero 19, 2008

Amistad

Una precisa manera de saber que la amistad se ha vuelto sólida y antigua es reconocerse al lado del amigo sin miedo alguno a los silencios.

viernes, enero 18, 2008

Ángel (González) y los angelitos

Tomo el café con M. Me cuenta que, con motivo de su fallecimiento, les habló de Ángel González en clase a sus bachilleres. Y que les recitó el poema Eso era amor. ¿Te acuerdas? Claro. Decía: “Le comenté: / -Me entusiasman tus ojos. / Y ella dijo: / -¿Te gustan solos o con rímel?/ –Grandes, / respondí sin dudar. / Y también sin dudar, / me los dejó en un plato y se fue a tientas. ¡Qué asco!, profe –protestaron los angelitos-.

lunes, enero 14, 2008

Las imágenes precisas y las justas palabras

Al final de los días siempre debería de quedarnos de ellos un poso de dicha o de conocimiento. Es un viejo propósito que procuro hace años. Tiene que ver además con los diarios. Porque uno no puede enfrentarse a la escritura de su acontecer con las manos vacías. O se ha exprimido mínimamente el transcurso de las horas o se confía tanto en el estilo que hasta la misma derrota, el desánimo o el vacío pueden ser materia con la que tejer siquiera unos párrafos que justifiquen la anotación y el propio paso del tiempo. Pero aun teniendo esa pericia, mejor sería que se empleara no únicamente con la materia oscura, sino sobre todo con lo que alimenta las ganas de volver a despertar al día siguiente.

Del sábado uno se lleva una película. Una joya. La vida de los otros. Memorable film de Florian Henckel von Donnersmack. Corre el año 1984 en La Republica Democrática Alemana y Gerd Wiesler es un capitán rutilante de la Stasi, la policía secreta del régimen comunista.Wiesler recibe la orden de espiar a la pareja formada por el autor teatral Georg Dreyman y su novia, la actriz Christa-Maria Sieland. Para desgracia de Dreyman, el ministro de cultura desea a la novia del dramaturgo. Con estos mimbres, se teje una historia absorbente, bien desarrollada, triste pero esperanzadora. Al hurgar en la vida de los espiados, Wiesler sufre una lenta transformación de ideales y lealtades. Sobre ello gira la película, sobre la posibilidad no sólo de rebelarnos contra un régimen opresor, sino de liberarnos de la mezquindad de nuestras vidas, de las justificaciones con que las volvemos débiles y vergonzantes. Wiesler alcanza un final digno y la película se cierra sobria y magistralmente.

Supe también de la muerte de Ángel González. Tomé una antología de sus versos y lo leí como tantas veces, con la sensación de que nada resulta tan difícil de alcanzar como esa aparente facilidad de estilo. Y por esas extrañas razones que uno no llega a comprender completamente, me vi buscando sobre todo en las páginas de ese libro el retrato de aquella sociedad gris y asfixiante de la posguerra, tan fielmente plasmada, por ejemplo, en Otro tiempo vendrá distinto a éste…: “Es la luz del alba / como la espuma sucia / de un día anticipadamente inútil, / estoy aquí, / insomne, fatigado, velando / mis armas derrotadas…”. De algún modo, unía la experiencia de la película recién vista, ambientada en la mísera realidad de un país devastado por la ideología, y la lectura de un maestro recién fallecido, que había escrito como pocos sobre la desesperanza de un país asolado por la grisura de una terrible posguerra. Pocas veces se consigue explicar el mundo con imagenes precisas, con las justas palabras.

viernes, enero 11, 2008

Sondaleza

La fina sonda mojada silbó
como seda restregada
al correr entre los dedos del hombre.

Joseph Conrad (El cabo de la cuerda)

Comenzar a escribir
con la sola intuición
de que algo se agazapa
detrás de las palabras que se trenzan
es como acercarse a un puerto
en la noche y ciego,
sin más ayuda
que una sonda que insistente
mide las aguas menguantes.


(Mucho tiene que ver en esta conradiana Jorge Ordaz. Para él.)

lunes, enero 07, 2008

Bufones

Amaneció frío y despejó pronto. Se hizo el sol y el aire estaba tan limpio como la nada. Tuve que despertar a mi hijo. Bajó a desayunar soñoliento y ensimismado. Posó sobre la mesa, como siempre, un libro de Mortadelo y Filemón. Se tomó el zumo, el colacao y las galletas. Más pendiente del tebeo que de lo que se llevaba a la boca. Pero como cada mañana, esa bendita lectura lo despierta a la alegría. Es difícil después que algo lo despoje de ella a lo largo del día. Milagro de San Ibáñez. Tomamos a eso de las diez la carretera de Santander hasta Naves. Allí preguntamos por el camino a Gulpiyuri. Apenas cinco minutos después aparcábamos al borde de unos prados costeros. Un tractor abonaba con ocle los sembrados. Al lado brillaba al sol la osamenta de un pequeño maizal reseco. Y de repente, en medio del verde, vimos abierta la tierra como en un inesperado cráter. Arena, oleaje y ruido de mar sin horizonte. El milagro redondo de una playa en medio del campo unida al océano por un cordón umbilical escondido, subterráneo, sonoro. La pleamar convierte Gulpiyuri en un enorme pozo de brocal calizo. La bajamar lo vuelve envés de oasis, diminuto desierto cercado de vegetación.

Nos acercamos luego, apenas quince o veinte kilómetros al oeste, hasta Llames de Pría. Dejamos el auto cerca de su antigua bolera, de la pequeña ermita que abraza el caserío. Caminamos hasta el acantilado. En la distancia se oía batir al oleaje. Ya al borde del mar era como haberse apostado sobre el lomo húmedo de una ballena. Bajo nuestros pies se estremecía la tierra agujereada igual que el cuerpo desmesurado de un bicho varado en la costa. Bramaba como una fiera estabulada. Y cada vez que el batán de Neptuno golpeaba el Cantábrico, salían columnas vertiginosas de agua pulverizada por los respiraderos, cristales mínimos que descomponían el sol en arcoiris. Los llaman bufones y no hacen reír. Sobrecogen. A los que tenían por oficio divertir en las cortes se les decía así porque a veces llenaban la boca de aire, hinchaban los carrillos y aguardaban el manotazo que les obligaba a expulsarlo violentamente. Bufando. Pero éstos del mar no son la broma de un desdichado deforme, sino el pulso mismo de las entrañas del mundo, la amenaza de una ira que pudiera anegarlo todo. Te sitúas lejos y aun así te empapan. Como orballu. Te acercas y rugen tan fuerte que el miedo te aparta. Y sin embargo Plata andaba sin susto aparente en la proximidad. Es una maltés pequeñita y blanca. Silenciosa. Su dueña nos cuenta que sólo muy de vez en cuando se ve algo así, tan intenso y espectacular. Lo sabe bien. Vive al lado. No siempre la mar anda tan llena y bate con tanta fuerza; no siempre el viento la sopla así por las grietas de los acantilados; no siempre el sol se asoma a tiempo. Cuando celebró las bodas de plata, su hija le regaló la perrita. No sabía si alegrarse o maldecir la idea. Ahora, en la pequeña casa de Garaña donde pasa la mayor parte del tiempo, los mejores ratos de la reciente jubilación, nada sería lo mismo ya sin Plata, que parece frágil, pero que no teme a los bufones.

jueves, enero 03, 2008

La pica en la nariz

Desde el otro lado del hilo telefónico, alguien me pide que le hable de cómo he pasado las navidades. Para contar lo que no gusta o se vive sin interés se recurre a menudo a la ironía, que siempre es el reverso del entusiasmo -justo de lo que adolezco en estas fechas-. Pero hace tiempo que decidí recurrir lo menos posible a ella. La ironía cauteriza en falso nuestras heridas a la vez que las abre en los demás. El relato que mezcla en proporciones adecuadas la cronología de los hechos y la verdad literaria conforta mejor. Decir, quizás, que todo fue como alcanzar la modesta cima de un abeto. Recorrer el triángulo equilátero de su perfil. Escalar por el lado norte sus ramas, que son como la sucesión en cascada de unas cuantas narices menguantes. Y haber emprendido esa tarea con resignación. Llegar a la cima, donde cuando era pequeño en casa poníamos una pica de colores que era como el dedal del árbol, la protección que le evitaba el rasguño que las aristas del nuevo año desalmadamente guardaban. Arriba sólo hay dos vertientes. Los árboles en perfil son simples como el recorte de una sombra en papel. Queda a un lado lo vivido. Y toboganea la incertidumbre de lo nuevo por el lado del descenso. Hace mucho que decidí no perder tiempo en lo alto. No es que me pueda el frío, la niebla o los vientos fuertes. Es que siento cada vez más en estas ascensiones el hartazgo de lo mucho. Los codazos. El ruido. La obligación de hacer lo mismo que todos los que posan el trasero en la cima están convencidos que debe hacerse. Ese esfuerzo repentino por el balance de la vida. Como si no hubiera que ir cuadrando cuentas a cada paso. Me voy para abajo dando por cierto que no deberían tomarse los días sino como un permanente final de año, como un permanente final de todo. Poniéndoles la pica en la nariz.

miércoles, diciembre 19, 2007

Al río con la Navidad

Llega todos los años. Puntualmente. Desde Serandinas. Es su particular manera de ver la Navidad:

Un manera de sinécdoque es la parte por el todo. El espumillón por la Navidad. Es fácil decorar árboles. Montar belenes. Pero cómo se hace con todo un río. Bajé hasta la orilla. Deposité en la corriente perezosa, en el azogue de sus aguas, un espantoso trozo de espumillón plateado. Lo vi flotar lento. Irse despacio. Me pareció el lomo refulgente de una anguila. Y de pronto, en aquella quietud en la que nada sorprendente podía aventurarse, saltaron sobre la presa de color no menos de media docena de bocas voraces. Las truchas del río se llevaron muy al fondo el rastro luminoso de la Navidad.
X. Serandinas
(Feliz año nuevo a todos. Hasta la vuelta.)

domingo, diciembre 16, 2007

En la Casa del Chino


La noche era fría. Por las calles no había gente. Estaban en silencio. Y sin embargo la casa latía por dentro como un organismo vivo. Caliente. Salimos a la terraza. A la Plaza de la Soledad. Venía un olor a musgo del solar recién derribado donde hasta hace sólo unos días resistían las dos últimas bodegas del barrio. Brillaba muy sola la luna menguante. Gimi tocó el saxo asomándose por encima de la balaustrada. Tres o cuatro chavales apostados en un soportal próximo aplaudieron la música. Reímos. Adentro la gente iba llegando. Esther llenaba un montoncito de vasos con leche de pantera. Fría y espolvoreada de canela. Con pajita. Qué mejor cosa que estar en la Casa del Chino con una leche de pantera en la mano. Sólo faltaron los faroles. Hubiesen lucido hermosos colgando como antaño de las ventanas y las vigas del techo. Un montoncito de fanales de papel y vivos colores recibiéndonos. Se presentaba Cimavilla, de retornos, pasiones y canallas. Y se hacía en el corazón mismo del barrio al que se le han dedicado las fotografías y los textos de esas páginas. Habló primero Emilio. Conoce bien esto. Su abuela vivió aquí. Y él siempre se ha dejado caer por estas calles. Con la inercia que le dan a nuestros pasos los sitios que amamos. Leyó en alto una charla que mantuvo con Mati hace un tiempo y que se transcribe en el libro. Mati es uno de los pocos personajes auténticos que van quedando de la vieja Cimavilla. Debe de tener ya casi noventa años. Yo la veo a menudo por las mañana en el que fuera el bar del minero. Se sienta en una de sus mesas. Muy erguida y maquillada. Con cejas espúreas de lápiz, labios encarnados, pómulos grana y bien remarcada la línea de los ojos. El pelo recogido y unos pendientes largos de plata. Descarada como sólo pueden serlo las mujeres de mucha vida. “Ay fiu, a los tus años jodía yo más que meaba”. Nada más y nada menos. Así termina el diálogo. Ella ya tiene el libro. Mira satisfecha esa página que ocupa enteramente su foto. Lo lleva consigo como oro en paño. Habló luego Nacho. Se extendió más que Emilio. Tiene soltura, tablas. Glosó su larga vinculación con Cimavilla. Hasta jugó en el equipo de fútbol del barrio. Relató las noches de farra por sus bares de música andina y letras rebeldes, barras de absenta y gatas de escote generoso. Cantó incluso una estrofa de aquella canción que decía “yankee, acuérdate de Vietnam, que Angola ya no está sola y la libertad de Angola muy cara te va a costar”. Y pidió una calle para Rambal, el maricón del barrio, que a mucha honra así se presentaba y como tal ejercía. Hasta que lo mataron y se perdió a uno de los más insignes canallas que dio este rincón del mundo. Mi amigo se metió al público en el bolsillo con su evocación nostálgica y su tono cómplice y sentimental. Terminó leyendo dos de sus textos. Y qué bien los lee el jodido. Aplausos a rabiar. Para cuando llegó mi turno ya me había metido entre pecho y espalda dos vasos de leche de pantera. Ni rastro de temblor en la voz. De cualquier modo, y sabiendo que no hay que tentar la suerte, fui breve. Me limité a leer el texto que le hice al Chino hace unos meses. Y lo hice en su propia casa y estando él de fantasma presente. Compartiendo todos su afamada leche. Leí con respeto. Casi con miedo. Allí había gente que lo conoció, que conoció a Wei Hsiao Niu. Y uno, cuando escribe de quien se ha ido hace tanto tiempo, tiende a exagerar, a buscarle al muerto un hueco en la leyenda. Cerró el acto Juan. El fotógrafo. Siempre dice que cuando oye el clic del disparador se acaba la foto. Para qué hablar entonces de ellas. Pero termina animando a los amigos a que lo hagamos. Y le ponemos palabras a sus imágenes. No sé si las mejoran. Quizás las vuelven distintas. Las interpretan. En cualquier caso, éste es, un libro sobre todo suyo. Por eso siempre se puede olvidar cuanto ha quedado escrito en sus márgenes. Dejarse llevar tan sólo por lo que las fotos nos sugieran y convertir en paspartú la cháchara literaria. Lo mejor de todo fue el final. Gimi se arrancó de nuevo con la polca que es canción del barrio. Cimadevilla tu eres el barrio mejor. Las olas te bañan de babor a estribor. Y la cantamos todos tan contentos. Como si anduviéramos celebrando las fiestas de la Soledad, alegres de lecha pantera y mirando la fotos del libro como se miran los paisajes de un hermoso viaje del que recién hemos llegado.

O curruncho de Rayuela

Omemeciendo a Sir John y a Occam.

Una casa que sea como un árbol,
que aguante la tormenta, que aclare
la pedrisca, que espante lejos el viento gélido
del tiempo.

De Berta Piñán

jueves, diciembre 13, 2007

De educación

El Tribunal Superior de Justicia de Asturias ha suspendido de forma cautelar la obligatoriedad impuesta por la Comunidad Autónoma de acudir a las clases de Educación para la Ciudadanía a las familias que la habían recurrido y a las que no se les había permitido la objeción de conciencia.
Debe recordarse que las medidas cautelares suspenden la ejecutoriedad de un acto administrativo cuando existe petición del administrado al órgano judicial en tal sentido por atenderse la consideración de que las derivaciones de la aplicación de la medida recurrida pudieran ser de tal gravedad que si no hubiera suspensión serían difícilmente reparables. Permítanme que dude de que los efectos de una asignatura con tan escasa presencia en el horario escolar y cuyos contenidos, por muy adulterados que se presenten, presiento que no tienen relevancia tal como para dañar ni el sistema neuronal ni la sensibilidad ni las convicciones morales o religiosas de los educandos.
Me parece que la pretensión última y más noble que justificaría una asignatura como la que motiva la polémica sería la transmisión desde edades tempranas de los valores que impulsan una convivencia democrática. No sé si tal finalidad justifica la existencia de una materia aislada o requiere, por contra, el que desde todas las asignaturas impartidas, de modo transversal, se enseñe a los alumnos cuáles deben ser las pautas de comportamiento cívico en una sociedad libre, en un estado de derecho. De cualquier modo, al optarse por la primera de las soluciones no se debería haber soslayado la importancia que para el éxito de la medida hubiese tenido que se compartiera por los principales partidos políticos, por los únicos que pueden gobernar este país.
Nos hallamos de nuevo ante una de esas iniciativas que tomada por quien gobierna sin un acuerdo suficientemente amplio tiene el futuro condicionado por la alternancia que propician las soberanas decisiones del electorado. Y sucede ello en un asunto tan delicado como el de la educación, donde los cambios ministeriales generan, invariablemente, modificaciones sustanciales de su modelo. Esta inestabilidad ya grave por si misma, aun se agudiza más con el singular entramado territorial y competencial existente en España, que permite una enorme autonomía a los gobiernos autonómicos en asuntos como la enseñanza.
Desde una perspectiva de mero espectador atento a lo que sucede, esta inestabilidad de las estructuras educativas es uno de los grandes males que afectan a la escuela en España. A él deberían sumársele, al menos, otros dos: su debilidad y el escaso respeto por la labor docente.
Por debilidad entiendo eso que también se ha dado en llamar indulgencia en palabras de José Antonio Marina, y que no es sino el modo en como se ha ido bajando el listón de lo exigido a los estudiantes en contenidos y en comportamiento. Mentarle a un responsable administrativo o a un órgano de gobierno educativo la existencia de un alto grado de fracaso escolar en su área de responsabilidad es ponerlo en el disparadero. Dado que poco o nada se puede hacer para mejorar esas estadísticas en plazos breves y puesto que las legislaturas se caracterizan precisamente por eso, por su temporalidad y por la necesidad de ofrecer a su término resultados relevantes de la labor realizada, no se opta por la decisión valiente de comprometer en la tarea y a largo plazo a todas la fuerzas políticas que puedan gobernar, llegando a un pacto que garantice la estabilidad en el modelo, sino que se elige la peor de las soluciones, la modificación de los controles, de modo que al hacerlos más flexibles ofrezcan resultados más presentables cara a la opinión pública. Es, por hacer una comparación clarificadora, como si para obtener mejores resultados en las estadísticas sobre delincuencia, dejáramos de considerar como delitos los pequeños hurtos, las agresiones sin fracturas o las falsificaciones de moneda que se limitaran a clonar tan sólo billetes de cinco euros. Evidentemente, ello mejoraría las cifras registradas en el apartado sobre comisión de delitos recogidas en las memorias anuales de las delegaciones de gobierno, pero me temo que la situación real del problema habría experimentado un sensible empeoramiento.
La tercera de las dolencias que socavan la salud de nuestra educación es, a mi juicio, la paulatina desconsideración que se ha ido evidenciando hacia el trabajo de los docentes. Hay una escena en la película La lengua de las mariposas que, de algún modo, nos pone sobre la pista de las más graves sinrazones que han llevado a esta situación: el desprecio público hacia la labor de los profesores y, paradójicamente, la tendencia a convertirlos en únicos responsables de la educación de nuestros hijos. La escena es la de aquel rico ignorante y grosero que interrumpiendo la clase del entrañable enseñante republicano que interpretara Fernando Fernán Gómez, y portando sendos capones en sus manos, con la intención evidente de manifestar tanto su propio poderío como las penurias del maestro, le exige a éste con voz destemplada que le ponga más cuidado al aprendizaje de su hijo, un crío que resulta ser un pobre cenutrio con pocas luces y ningunas ganas de estudiar.

Excúsenseme estas elementales reflexiones de quien contempla con interés pero sin suficiente conocimiento de causa el estado actual de la educación en España. A vuela pluma. Habrán de ser los especialistas quienes afronten con más rigor y profundidad estas cuestiones. Si se les deja y si se toman en consideración sus recomendaciones. Pero creo que los ciudadanos de a pie tenemos la obligación de plantearnos de vez en cuando el pequeño reto de pensar sin corsés ideológicos o mediáticos, de manera sosegada y sensata, sobre estos asuntos que son los que finalmente hacen que nuestra sociedad sea un lugar más o menos habitable.

lunes, diciembre 10, 2007

Estos días

No hice puente. Y bien que lo sentí. Quién dijo que los atajos daban trabajo. A veces pienso que lo da mucho más el rigor mal entendido. La meticulosidad pejiguera. Le haremos caso a la Santa –tomaremos de la coplilla la chicha secular-: Nada te turbe; nada te espante; la pacïencia todo lo alcanza.

El sábado celebramos comida familiar. Hice patatas a la importancia en versión marinera. Me pareció que estaban exquisitas. Pero nadie alabó el plato. Asi que me temo que no debían de estarlo tanto. Fue un poco como esos posts que uno cuelga convencido de que esta vez sí, de que finalmente se ha dado en el clavo. Y luego resulta que pasan los días y no suscitan ni un maldito comentario. Te quedas un poco herido. Todos necesitamos algo de coba.

El domingo vimos en TCM una película muy entretenida, El próximo año a la misma hora. La película es la versión cinematográfica de la obra teatral del mismo título, Same Time, Next Year, que escribió Bernard Slade y que fue éxito en Broadway. George, un contable de veintipocos años, casado y con tres hijos, y Doris, de edad parecida, también casada y madre, se conocen por azar en 1951 y viven lo que bien pudiera haber sido sólo un esporádico escarceo pasional. Pero, aunque cada uno regresa con su familia, desde ese momento deciden citarse en el mismo lugar y fecha los años siguientes. Y durante veinte años se vuelven a encontrar siempre el mismo día, a la misma hora y en el mismo lugar. Esos encuentros son la perfecta excusa para que los protagonistas muestren no sólo cómo les trata la vida, sino también qué le va pasando al tiempo al propio país. El director, Robert Mulligan, hace que brillen las actuaciones de Alan Alda y Ellen Burstyn, que están espléndidos. Ciertamente, se pasó el rato en un santiamén. Y con una sonrisa en los labios, lo que tampoco es mala cosa.

Ah, y también anduvimos, de alguna manera, por Córdoba, por su Palacio de Viana. Concierto de Luis Eduardo Aute. Puesta en escena sencilla y elegante. Está viejo el tipo, pero nunca ha cantado igual. Nunca tan bien. Por allí estuvimos gracias al DVD que se incluye en su último disco. Una muy cuidada selección de temas de amor por los que -por ellos no- no pasan los años. Aunque en cada momento uno se quede con una canción distinta. Ayer encontré que la que más me gustaba era A día de hoy.

A día de hoy
podría decir
que no hallé ningún faro
en ningún puerto.
A día de hoy
podría decir
que el amor fue mi voz en el desierto.
A día de hoy
sólo puedo decir
que vivir fue otra forma de estar muerto.

También leí La línea de sombra, de Joseph Conrad. Me metieron en ganas las conradianas de Ordaz. Ha sido una auténtica delicia embarcarse en el Otago. Gavias, vergas, cabestrantes, bitácoras, cuartos de derrota, drizas y velas, mar en calma y tormenta, noches silenciosas y cólera a bordo, un destino al que el viento inexistente no lleva y un joven capitán que cruza la línea de sombra, justo aquella que nos vuelve definitivamente adultos, responsables únicos del destino de nuestras vidas y del acierto o desdicha de nuestros actos. Y todo ello en torno a una anécdota tan simple que resumida difícilmente justificaría que la lectura del libro sea así de hipnótica. Supongo que en eso consiste escribir condenamente bien. Así que me desdigo, si estuve de puente, en el del Otago al menos.

martes, diciembre 04, 2007

Metáforas

Ayer tuve que ir al pueblo. Otro funeral. Uno se adentra en aquellos lugares como en un sueño. La realidad pierde contundencia. Se deslíe. Se viaja al país de los viejos. Todo va más lento. Se viven recuerdos imprecisos y antiguos. El mundo es una amenaza; la vida, casi siempre amarga; la soledad, un invierno. Viajé con mi madre. Cada vez habla más. No era así de parlanchina antes. Tal parece que los años la hayan vuelto distinta. Salimos de casa a las nueve. El día amaneció frío pero despejado. Poco tráfico. Llegamos al tanatorio a las diez y cuarto. Entramos en la capilla. Abrazamos a la viuda. Vestía de negro. Me dio la impresión de que llevaba demasiada ropa. Como si bajo su abrigo hubiera varias capas de prendas gruesas. Así que la cabeza parecía desproporcionadamente pequeña. En los últimos años recuerdo a esta mujer siempre con un rostro encarnado y velludo. Un tono quejumbroso. Un apariencia casi menesterosa. De su esposo me acuerdo ligeramente. Lo veo mucho tiempo atrás, panzudo y bien humorado. Salió el cortejo fúnebre en dirección a la aldea, casi treinta kilómetros al norte. Añadí mi coche a la caravana. Un eslabón más. Un nuevo anillo para la serpiente lenta que se arrastraba sinuosa por la carretera detrás de la cabeza negra, de ojos grandes y retinas de flores. Daba tiempo a irse fijando en todo. En el paisaje otoñal. En el río encajonado y oscuro. Desde algún recodo, incluso en el mar, que se veía azotando la costa. Enérgico y airado. El cauce que fluía por debajo de la carretera iba, por el contrario, plácido y negro, tanto que bien pudiera ser que al llegar a la desembocadura aquellas aguas diferentes fueran rechazadas y quedaran embalsadas hasta que el océano se calmase. Contrastes. La marejada. El curso lento del río. El día luminoso. Los árboles todavía otoñales que mecían hojas de bronce. Me viene a la memoria –este ritmo demorado me lo permite- que circulé por aquí hace dios sabe cuántos años atrás y el bosque ardía. Se quemaba todo abandonado a su suerte, al final previsible de toneladas de leña barata camino de la papelera apostada justo en el tramo final del río, alentando un humo agrio con olor a repollo cocido. Conducía entonces mi padre. Siempre algo más rápido de lo prudente. Conduzco yo ahora y no queda otra que seguir esta procesión lenta. Da tiempo más que a mirar, a observar incluso. El bosque se ha repoblado. Ahoga los caseríos. Trae el jabalí hasta las puertas. Pongo la radio. María de Medeiros canta bosanova. A mi madre le vienen los recuerdos. Dice que mi padre era un golfo de chaval. Le divierte desvelármelo ahora. Al cabo del tiempo. Cuando no hay peligro. La vida ha pasado. Aquellos fueron pecados de juventud. Bien los purgó después con mucho trabajo y durante tantos años. No hay peligro porque aunque se lo cuenta al hijo, poco o nada pervivió en él de aquel muchacho canalla. No hay peligro porque, además, yo ya soy también casi un viejo. Y el muerto, como los salmones, cauce arriba. Hasta llegar al pozo, al terruño. Pasando por la casa en la que no entrará ya más. Un caserón grande al borde de la carretera. Abajo hubo siempre cantina. De las de suelo de madera, con ultramarinos y bar, con café de manga y piensos en el almacén, algo de ferretería, algo de droguería y hasta de artículos merceros. A última hora de la tarde se reunían allí unos cuantos. Vino o anís. Cartas a veces. Olor a sudor rancio, estiércol, pasto o leche agria. Nunca hubo televisión. Ni falta. Y ahora, al pasar el cortejo al lado, reduce la velocidad. Casi se detiene. Aunque la puerta está cerrada. Las ventatas también. Incluso casi todas las persianas bajas. Por qué se detiene. El coche siguiente es el de la viuda. El de los hijos. Este gesto debe de estar clavándoseles en las ijadas. Dan ganas de tocar el claxon y poner en marcha el tráfico. El pueblo es casi nada. La plaza tiene iglesia y tiene ayuntamiento. Como todas las plazas. Un antiguo casino. Lo que fuera el primer banco. Unos arces pelados. Hay mucha gente en los alrededores del templo. Dejan paso. Se abre el portón del coche funerario y sacan el ataúd de madera clara. Antes de meterlo adentro, le brilla el sol un momento sobre la gran cruz de la tapa. Aparco donde puedo. Entro por un lateral de la iglesia. Me tengo que arrimar a un hueco de la pared. Está todo lleno. El cura carraspea mucho. Cantan las viejas. Las siguen el resto. Hoy, Señor me has mirado a los ojos, sonriendo has dicho mi nombre. En la orilla he dejado mi barca, junto a ti buscaré otro mar. Y pienso que no le falta razón a la letra. Porque luego volverá el cadáver sobre su rastro, bajará el río de nuevo, hasta el crematorio, que está en la costa misma. Y la metáfora de siempre será la verdad de hoy. Mientras tanto noto que se me enfrían los pies. Busco entre la gente por ver si veo a algún rostro familiar. Cuánto anciano. Me dan la paz, la doy. Saco unas monedas cuando las niñas pasan la bandeja petitoria. Va terminando todo. El sacerdote recuerda a qué hora será la misa sabatina. Los funerales de la semana. Los oficios preceptivos. Casi parece un corte publicitario. Están a punto de despedir al cadáver del templo. Uno de esos últimos trances que tanto sobrecogen a los deudos. Y justo entonces hay un pequeño y preciso tablón de anuncios oral. Me pregunto si nadie repara en la inconveniencia del hecho. Cantan de nuevo. Tú nos dijiste que la muerte no era el final del camino, que aunque morimos no somos carne de un ciego destino. Aprietan las tuercas desde todos los lados. Hasta la banda sonora se aplica en la labor. Y rompen las costuras. Y salen las lágrimas. Qué remedio. Se hace el pasillo. Los voluntarios cargan con el féretro. Detrás salen los más próximos. Desde la sombra a la luz, entre la gente, con el estribillo del último himno escarbando la herida. No sigo. Que lo acompañen ellos al horno. Dos horas de fuego. Dos horas de enfriamiento. Eso dice alguien cerca de mí. Es casi la una. Me da por pensar en que los familiares del muerto tendrán que comer. Que quizás lo hagan mientras arde. Que lo harán con la mirada perdida. Que los más fuertes quizás detallen gestiones pendientes, trámites burocráticos, asuntos de intendencia. Entre bocado y bocado, se consolarán con la mecánica de la supervivencia. Recupero a mi madre. Conversaba con gentes que hace tiempo que no ve. No hay mejor sitio para recobrar la pista de amistades antiguas que un entierro. Reconociéndose entre las desfiguraciones del tiempo. Compadeciéndose de su paso en los achaques comunes, en las pérdidas compartidas. Emprendemos el regreso. La vuelta a casa. Río abajo. Mi madre guarda silencio. Pienso que a menudo se trata de explicar la vida a través de las metáforas, sin reparar siquiera que la vida se hace a sí misma en ellas.