jueves, marzo 13, 2008

Hervás












Tan sólo un par de años atrás,
una noche tibia de julio,
justo al otro lado del río.

Sonaba quejumbrosa
una música sefardí
y llegaba de la sierra,
por la espalda,
una brisa sombría de castaños.
Se habían recogido ya
los vencejos en los aleros,
olía el mundo a leña en ascua
y era grato saberse dueño
de la paz entera de una aldea
que caminaba lenta a conciliar el sueño.

Ocurre a veces,
sólo a veces,
que estás lejos de casa y de tu gente,
y que sin embargo das por cierto
que esa tierra extraña donde te sabes de paso
podría ser también y para siempre
tu recogida patria.

(Por allí andaremos. Hasta la vuelta.)

miércoles, marzo 12, 2008

Marejada

A Conde-Duque y Pasmada (ellos lo pidieron).

Nos cantaba mi padre de pequeños “a la mar fui por naranjas, / cosa que la mar no tiene; / vine todo mojadito, / de olas que van y vienen”. Hace mucho tiempo ya que mi padre no canta. Que apenas habla. Que no se acerca siquiera a la playa. Le tomó definitivamente distancia al verse ridículamente desvalido cuando hace un par de años una pequeña ola le llevó el bastón en la orilla sin que pudiera hacer nada más que verlo flotar mar adentro. Si se hubiera acercado estos días hasta el Muro, tal vez se hubiese sentido hipnotizado por la marejada, quién sabe si hasta se hubiera olvidado de su débil condición de anciano enfermo. Una fuerza así, tan desproporcionadamente indómita, convierte en iguales a tullidos y sanos. Incluso nos devuelve al principio de los tiempos, cuando los dioses no eran sino los despóticos desmanes de una naturaleza vasta, violenta e ingobernable. El lunes, una ecuatoriana mantenía firme frente al océano la silla de ruedas sobre la que se acurrucaba una vieja algo asustada. Nos vamos a mojar, acertó a decir la inválida desde el cobijo de su manta. Su cuidadora sonrió condescendiente. Hasta aquí no llegará, no se preocupe. Y de repente, con la consistencia de la lava pero tan ligera como ráfaga de viento, una ola espesa se arrastró desde la playa hasta el paseo y empapó enteros a los paseantes curiosos. Nos reímos como colegiales. Era el nervioso alivio con que una penitencia leve absuelve el atrevimiento sin malicia. Si hubiera estado allí mi padre, en otro tiempo, hace años, seguro que al volver a casa le hubiera cantado a mi madre “vengo todo mojadito / de olas que van y vienen”. Antes, lo doy por cierto, se hubiera tomado un vermú. O dos. Y se hubiera reído abiertamente del mar. Pues nunca fue partidario del miedo ni de los dioses. Ni del de ahora ni de los de antaño.

lunes, marzo 10, 2008

Max


Domingo de elecciones. Nos levantamos tarde. Ha estado lloviendo. A eso de las doce nos vamos a votar. Mucha gente. Sobre todo personas de edad avanzada. Apoyados en el mostrador de las papeletas, extendemos la naranja del senado y marcamos tres cruces. Doblarla después e introducirla en el sobre es una labor complicada. Preside la mesa la vecina del segundo. Una rubia alta algo equina que deja siempre en el ascensor un persistente rastro de perfume dulzón. Dice mi nombre en voz alta. Como queriendo memorizarlo. Yo tampoco sé cómo se llama. Nadie me pregunta a la salida sobre mi voto. Compramos el pan y el periódico. Tomamos el vermú. Están televisando el partido del Sporting. Finalmente empata. Me temo que tampoco será este año el del ascenso. Después de comer le echo una mano a mi hijo con los deberes. Se levanta un momento a afilar el lápiz. Lo oigo sollozar en la cocina. Está quieto frente a la jaula del hámster. Max está tendido sobre el serrín. Las patitas estiradas. Tiembla casi imperceptiblemente. No responde a las caricias. Al final de la tarde forro una caja de jarabe con papel de envolver. Escribo el nombre del ratón. Se lo lleva mi mujer a un parque cercano. Lo medio entierra bajo un laurel. Llamo a un amigo de mi hijo. Viene pronto. Les pongo una película y hago palomitas. A la noche seguimos los resultados electorales. Creíamos ya dormido al niño y sin embargo le oímos levantarse al baño. Bajamos el volumen de la televisión. Se le oye llorar de nuevo. Me acuesto a su lado e intento intuir qué sentimiento le arranca el llanto. Quizás el miedo.

miércoles, marzo 05, 2008

Añoranza del frío

Miguel Galano

Carta a Xuan Serandinas:

Ya sabes cómo aprecio cuanto me escribes. Me da noticias de una tierra que es también la mía. Hoy, después de haber vuelto de esos lugares donde ahora vives y habiéndome en ellos transido el frío de una añoranza inesperada, lo conté lo mejor que supe en las páginas de mis diarios. Me temo, no obstante, que no alcancé a ver en los renglones que finalmente pergeñé con algunas impresiones vagas todo lo que llegué a sentir por un momento. Fue ayer. Eran poco más de las siete de la tarde. Andaba por el pueblo acompañando a mis padres. Se había ido cayendo la niebla sobre las calles. También el frío. Empezaba a tener todo una imprecisión lenta y creciente que no era sino la amenaza de la noche en ciernes. Íbamos a emprender ya el viaje de vuelta, cuando me cogió por dentro una nostalgia extraña de esas horas desapacibles de las tardes que vivi por esos lugares siendo niño. Siempre que vuelvo allí todo termina recordándome algo. A menudo de manera borrosa, pero aún así, con la certeza de estar recuperando sensaciones que había dado por olvidadas y que sin embargo presiento que son pura yesca que prende fácil. Ayer recobré de pronto el calor que me aguardaba dentro del hogar donde antaño pasé algunas estaciones de mi infancia. Alenté de nuevo la esperanza de esa tibieza que sólo se alcanza bajo las mantas en el invierno cuando el mundo se sabe frío y sin embargo seguro; o en la cálida intimidad de una cocina de aldea mientras crepita la leña en llamas y alrededor charlan animadamente padres, abuelas y tíos. En el recuerdo los vuelvo a ver erguidos, sanos, fuertes. Era un tiempo que ahora añoro porque al cabo de los años lo sé definitivamente ido y porque, mientras lo habitaba, me sabía confortablemente amparado de cualquier inclemencia de la vida. Algo así fue, Xuan, lo que ayer me encontré en el frío.

JCD

martes, marzo 04, 2008

Eppur si muove

Si hubiera un tercer debate ya no lo vería. Fue uno al primero con curiosidad. Al segundo con resignada aplicación de ciudadano responsable. Pero ni uno más. Dicen que en EE.UU. los candidatos se enfrentan en tales citas con cierta asiduidad. Es de suponer que se utilice otro formato, porque de ser el elegido como el nuestro, me temo que la audiencia norteamericana de tales eventos no sea mayor que la de los documentales de la 2. Aquí la cosa consiste ni más ni menos en que cada candidato hable de lo que le parezca –independientemente de lo que el otro le pregunte o de qué le haya acusado-, en que se esgriman gráficos y cifras a discreción –¡qué fácil es dibujar un par de barritas de colores y darles el tamaño adecuado!- y en poner al rival de vuelta y media más o menos educadamente. Y en el fragor de la sinsustancia incluso en empecinarse en desmentir soplapolleces varias o abrir como en las romerías la tómbola de las gangas. Me pregunto, abstraído por un instante de los guiños compulsivos y las solemnidades vacuas, si ninguno de estos tipos tendrá la feliz idea de decirle a la gente que son de carne y hueso, mortales y falibles, que de vez en cuando se equivocan, que además son conscientes del momento en que ello ha sucedido y de que no consideran ningún baldón reconocer los errores puesto que ello les permitiría no volver a cometerlos. Porque lo que se echa en falta en todo esta discusión tediosa no son las promesas, sino las rectificaciones. Qué confianza puede albergarse en quienes permanecen encastillados en sus posiciones, por muy erradas que éstas se hayan demostrado. Miren, a riesgo de que me tomen por antiguo, uno se manifiesta galileano en estas cosas, y contra la visión partitocéntrica de la sociedad, según la cual todo gira en torno a los intereses de la formación política a la que se pertenece –cada vez más piramidales y acríticas-, quisiera creer que todo podría discurrir más armónicamente si las posiciones sobre los asuntos fundamentales se argumentaran desde el sentido común y no desde el prejuicio. Por ello debería exigirse un compromiso estable, sólido y sensato sobre asuntos tales como la educación, la sanidad, la política antiterrorista, el reparto de agua, las infraestructuras o el modelo de estado. Hay un empeño suicida en enfrentar huestes sin reparar que este país no se merece que al electorado se le convierta en la extensión clónica del entusiasmo religioso de la militancia de partido. Mientras el resto nos movemos alrededor del sol, ellos giran, como asnos en noria, en torno al cocido que les asegura la servil reverencia a la consigna de turno.

jueves, febrero 28, 2008

Historia de un haiku

Me acerco al Muro. Día cálido. Mar calma. Hace sólo unos días que escribía un correo a un amigo hablándole de esta placidez de la bahía, de estas pleamares que alcanzan la orilla con el ritmo lento de lo vivo en descanso, con igual palpitación que los organismos tibios sobre los que es agradable reposar la mano. Por el pedrero el agua tiene hoy, además, una transparencia azul casi mediterránea. Andan entre las rocas los vuelvepiedras. Lo picotean todo frenéticamente. Marisquean. Subo hacia la Providencia. No sopla el aire. El océano calla. Apenas si me cruzo a nadie en el camino. Es sorprendente el peso que adquiere lo que uno va pensando cuando pasea solo en medio de la naturaleza y casi en el más absoluto silencio. Las pequeñas reflexiones, que son casi siempre como trazos borrosos, toman entonces cuerpo, perfil. Un par de millas mar adentro, un pesquero parado se balancea mientras echa redes. Lo sobrevuela una pequeña turbulencia de gaviotas. Chillan. Huelen el cebo o presienten la captura. Al borde del sendero un pequeño azulejo marca la distancia que media hasta las termas romanas. Cuatro kilómetros y doscientos cincuenta metros. Sigo subiendo. Antes de Peñarrubia me desvío hacia el pequeño parque asomado sobre el acantilado. Media docena de bancos vacíos. Un enorme trozo de chatarra oxidada. Fue parte de la proa del Castillo de Salas. Un barco cargado de carbón que se hundió frente a la playa hace más de veinte años. Aún sigue desde entonces el Cantábrico arrojando hollín algunos días al arenal de San Lorenzo. Dice la canción que la mina de La Camocha va bajo el mar, que por eso los mineros oyen las olas bramar. Pero ese ocasional rastro negro que tizna la playa no es del pozo, sino del pecio. Sacaron a la superficie lo que pudieron del barco no hace mucho. Un trocito se lo llevó Rubio Camín a este paraje. Lo posó sobre una base de hormigón. Lo convirtió en una escultura herrumbrosa por cuyos ojales se columpia el horizonte. Llevo casi una hora caminando. Vuelvo ya sobre mis pasos. No luce el mismo sol. No tiene el día igual transparencia. Paso al lado de unos viejos que conversan sentados cara al mar. Un perro grande de lanas, sucio y añoso se despereza a sus pies. Empieza a enfríar, dice uno. Ye que ta bajando la neblina, dice el otro. Es cierto. Ya no se precisa allá lejos la juntura. Esa de la que se hablaba al comienzo de El corazón de las tinieblas: “en la lejanía, el mar y el cielo se soldaban sin juntura”. Tan impreciso se vuelve el horizonte, que tal parece que ese mercante que va camino del puerto navega como suspendido, más trazo impreciso de carboncillo que casco sólido de buque. Qué deprisa a veces se nos precipitan por dentro las palabras calladas cuando vamos solos y a gusto. Traía conmigo un libro. Tenía la intención de leer unas páginas más del El ruido y la furia en algún rincón del sendero. Pero elijo sin arrepentimiento este paisaje callado y en bonanza. El silencio me ha acompañado durante toda la caminata. Tengo la intución de que es como un aire ingrávido y sin embargo sólido que soplara hacia el interior de las gentes. Le doy a esa sensación la forma escasa de un haiku. Se hace el silencio, / un modo de brisa / que sopla hacia dentro. Tres kilómetros para las termas, dice un nuevo azulejo. El sendero se dobla y cuelga su codo sobre el mar.

Allí mismo, abandonados y enigmáticos, casi como en una acampada provisional de domingo, se asientan unos cubos y unas vasijas de mármol blanco. Adolfo Manzano, el autor, los llamó Cantu de los díes fuxíos. Así lo parece, pues la soledad de ese inamovible grupo de mesas y platos, tiene el aspecto de que se le ha volado el alma, de que ha huído el tiempo feliz en que fue posible compartir ese lugar y la pitanza a que convocaba. Queda por rastro de aquello el frío mármol. Sigo descendiendo. Más abajo, se abraza a uno de los postes de luz una extraña forma animal. Me divierte pensar por un momento que se tratara de un koala. De un peluche vivo. Y al acercarme veo que no es sino una bolsa de basura tapando un registro eléctrico, hinchada caprichosamente por un poco de viento litoral. Me sale al paso un pájaro hermoso, confiado. Picotea la hierba muy cerca. Es casi negro. De plumaje brillante y visos naranjas. No sé su nombre. Para mi vergüenza casi no conozco el nombre de los pájaros. Y me da por pensar que hoy daría a las olas incluso a Faulkner por conocer el nombre de ese pájaro.

martes, febrero 26, 2008

De vate(s)

No, no hay error ortográfico. Y sí, sí va del debate. No quisiera yo que se quedaran con lo que en éste hubo de tenso, de desafecto, de trazos gruesos. También sucedió, no se olviden de ello, que ya en el final los contendientes se envainaron los floretes y aflojaron las mandíbulas. Tres minutos en que a ambos les dío por la poesía -o algo así-. Un pequeño debate de vates. Que si una niña -tal que Alicia- se pasearía por el país de las maravillas. Que si aquí está mi hombro para todo al que no le vaya bonito. En fin.
El ejercicio extemporáneo de la sentimentalidad, como de cualquier otra práctica deportiva, genera dolorosas inflamaciones musculares. La denominación médica con que se conoce a la producida por el abuso de aquélla, dado que afecta al músculo cardíaco, no es otra que cardiocursilitis. Como lo oyen (si leen en alto).

Contra corriente

Una intuición. El voto, a estas alturas de la película, ya lo tiene decidido la mayor parte del electorado. Creo, además, que no pocos ciudadanos votan repetidamente en las citas electorales, más que a favor de una opción política, en contra de alguna otra. Aceptada esta premisa, los debates como el de ayer influyen sobre todo en ese pequeño porcentaje de la población que aún no tiene certeza sobre cuál será el sentido de su voto. Los entendidos cifran en, aproximadamente, un tres por ciento a estos indecisos. Particularmente, creo en la efectiva relevancia que estas confrontaciones entre los cabezas de lista de las fuerzas mayoritarias tiene sobre quienes dudan su voto: les empujan a decantarse por el bipartidismo. Porque si bien en los días previos al inicio formal de la campaña quizás hubiera un número no desdeñable de electores que albergaban la intención de apoyar a partidos minoritarios en el panorama nacional -algunos tradicionales ya como Izquierda Unida, otros de reciente formación como Unión, Progreso y Democracia-, la apabullante presencia en los medios de la bipolaridad electiva, su puesta en escena con un enfrentamiento del que no otra cosa se deduce que para los electores donde no hay alternativas nacionalistas sólo queda el recurso del voto al PSOE o al PP, hace que en las reflexiones del votante indeciso pese mucho la corriente del voto útil. Por eso, y a medida que se acerca la fecha del nueve de marzo, intuyo que no votar en el sentido al que desde todos los ámbitos parece forzarse, el de la elección entre socialistas y populares, empieza a ser un encomiable pero fatigoso ejercicio de nado contra corriente.

domingo, febrero 24, 2008

El palacio oscuro de don Miguel

Don Miguel Indalecio Bances levantó una casa indiana que poco o nada se parecía al resto de palacetes que aquellos emigrantes que hicieran fortuna en América construyeron por estos parajes. No tenía palmera, ni grandes ventanales, ni paredes de vivos colores. Era un edificio sobrio, oscuro y con tejado de pizarra. Miraba al río, no al mediodía. Y sólo se adornaba por un blasón extraño. No era la glosa de sus apellidos. No había en él armas, yelmos o estrellas. Sólo un árbol desnudo, otoñal, y una esquemática lluvia menuda. Aquel apunte del natural en piedra se encerraba en una mandorla. En su base lucía un lema igualmente misterioso: dignidad y sosiego. De aquella construcción hoy sólo quedan las ruinas. Unas paredes sólidas que guardan el esqueleto desvencijado de techumbre y pisos, sobre las que se enreda la hiedra y a las que se abraza la maleza. Me dice Andrés, el anciano de Serandinas con quien me siento a contemplar toda esta hermosa devastación, que el escudo lució muchos años sobre la entrada. Que allí estuvo aun después de muerto el dueño y abandonada a su suerte la casa. Supone que alguien debió de llevárselo en la oscuridad de una noche. Queda sólo su huella sobre el muro y el recuerdo de su letanía en la memoria de los viejos del pueblo. Dignidad y sosiego. Dicen que decía don Miguel que aquellos cuartos que del otro mundo se trajera le habían costado demasiados apuros, penalidades varias y no pocas humillaciones. Que no era de bien nacido alardear de lo que se alcanzara con una vida tan poco recomendable. Honrada sí, pero nunca dichosa. Que no había vuelto sino para recuperar la paz gris y lluviosa de sus años mozos. Tal vez otros la hallaran triste, casi desoladora, pero en ella se sentía a gusto aquel indiano retornado. Aseguraba que allí tenía la certeza de que para la almendra dura del raro escudo que se había mandado hacer no tenía muelas bastantes su pasado americano. Y que igual que el árbol desnudo quería él vivir el resto de sus días. Se le había ido al ramaje el verde y la vida con el sol, como a él mismo en el luminoso trópico, pero ambos estaban en pie, dignos y ya por fin sosegados bajo el agua bendita de la aldea. Tábache un pouco tollo. Mira que deixar o Caribe e as mulatas por o Navia, me dice Andrés mientras enarca las cejas y deja que se le pierda la mirada entre las ruinas de lo que fuera el palacio oscuro de don Miguel.

Xuan Serandinas

miércoles, febrero 20, 2008

Agresiones


Así, a vuela pluma, según venía caminando hasta el trabajo. Sobre las palabras. Aquello tan estudiado de significado y significante. Saussure en el recuerdo. Fácil cuando de un objeto de trata. Identificable. Correspondencia univoca. Se complica en definiciones, categorías, conceptos abstractos. Si no hay seguridad sobre lo que uno cree que se esconde tras una calificación, mejor gritarla. Sobre todo si es ofensiva. Fascista, por ejemplo. En grupo, barbilla enhiesta, a voces, empujando, hasta agrediendo si llega el caso. Lo que era duda se transforma en verdad. La confortabilidad del rebaño, la fuerza argumental de la fuerza bruta. Qué quedaría de ello en el remanso de una mesa de café. Sin más compañía que la del vituperado. Los ojos a la misma altura. La voz también. Es posible que la barbilla se volviera blanda, se contrajera contra el pecho. La fragilidad de la duda. La más dura de las verdades, la incertidumbre de la razón. Tiene ámbito académico, el de la universidad. Y sin embargo… San Gil, Nadal, Díez. Que no se confundan esos muchachos de greñas rebeldes y gesto airado. A pesar del desaliño, son carne de guardia rojo.

lunes, febrero 18, 2008

Centro de Arte y Creación Industrial


El sábado reservamos una visita guiada a la Laboral. Luego recorrimos las salas del Centro de Arte y Creación Industrial. Fui a él receloso. La desconfianza, supongo, hacia ciertas manifestaciones artísticas. Los espacios del nuevo Centro de Arte son amplios, diáfanos. Transmiten una mezcla de sensaciones diversas: de libertad, de desnudez, de provisionalidad, de modernidad. Paseamos casi solos. Las salas parecían aún mayores. Se mantiene allí estos meses una muestra titulada Emergentes. Diez instalaciones de jóvenes artistas latinoamericanos, exponentes de las nuevas tendencias del arte electrónico. De entre ellas, tres me parecieron especialmente sugestivas. Recomputing Espace, del peruano Rodrigo Derteano sobre los sonidos urbanos. Un montón de pequeños altavoces distribuidos ordenadamente por el suelo reproducen los ruidos y voces de la ciudad. El sonido se traslada de un lado a otro, en forma análoga al movimiento de quienes realizaron la grabación. En medio de la oscuridad y soledad del espacio expositivo es inquietante cerrar los ojos y dejarse llevar por esa mezcla de conversaciones sorprendidas al azar, de motores que se ponen en marcha a nuestras espaldas. Ese murmullo cotidiano que de repente nos resulta totalmente nuevo en el aislamiento del contexto en que se materializa. Almacén de Corazonadas, del mexicano Rafael Lozano Hemmer, es la obra más poética. El visitante graba los latidos de su corazón en una bombilla. De modo que cada uno de los casi cien focos dispuestos que cuelgan aparentemente sin más vida que su luz intermitente desde lo alto de la gran sala, centellea a un ritmo distinto, transidos por el pulso de todos los que toman parte activa de la instalación. Por último, los peruanos José Carlos Martinat y Enrique Mayorga montan un recinto cúbico, Ambiente de Estereo Realidad 4, que oculta en lo alto de sus paredes tres impresoras que emergen a través de pequeñas ventanas, tanto hacia el interior como hacia el exterior. Desde ellas se precipitan papelillos con textos breves. Un sistema de algoritmos genera cadenas de búsquedas en la web para armar composiciones casi surrealistas. En la angosta intimidad del cubo, el visitante, como un Nabokov que hubiera olvidado su cazamariposas, manotea el aire tratando de atrapar el vuelo de esos poemas casuales que caen tan lentamente como copos de nieve.
De vuelta a casa pensaba en el enorme formato que a menudo precisan las nuevas piezas artísticas. La esquemática representación de cazadores y bestias en las grutas prehistóricas, la pedagogía románica, las tablas flamencas o la inquietante abstracción pictórica o escultórica de las vanguardias de principios del XX tenían la proporción del espectador. El nuevo arte precisa de enormes recintos. El artista jibariza al visitante, que debe adaptarse a la obra y tratar de entenderla. No es más, creo, que una inclinación vertiginosa del fiel de la balanza. El peso del arte, su protagonismo, reside, más que nunca, en el artista. Su tiranía –no se malinterprete el concepto- lo condiciona todo. Su prestigio social le permite crear mundos a la medida desproporcionada de la vanidad que el arte inocula. A veces el resultado es apasionante. A veces.

viernes, febrero 15, 2008

La nota

Tengo once años. Me gustan las matemáticas, el tenis y las novelas de leyendas. Odio la ortografía. Ayer me fue mal en clase. Le estaba pidiendo unas pinturas a Josu y la profe me riñó. Luego tuve que acercarle la agenda escolar. Escribió una nota que debía entregar en casa para que mis padres la leyesen y la firmasen. Decía en ella que cada vez me porto peor. Mentira. Es la primera vez que me mandan llevar una nota a casa. Margarita siempre está de mal humor. No me cae bien. No le cae bien a nadie. Y ayer la tomó conmigo. Mi padre es el primero que llega a comer. Siempre pregunta lo mismo. Qué tal por el cole, hijo. Pues mal. Hoy mal. No quería llorar, pero se me llenaron los ojos de lágrimas. Mi padre se pone muy burro con estas cosas. Ya sabía cómo se lo iba a tomar. Me levantó la voz. Que no se vuelva a repetir. Que le da igual que la profe sea rara o esté siempre enfadada, que es la que manda y a la que hay que respetar. Debería llegar primero a casa mi madre. Ella lo entiende todo mejor. Mi padre se pone muy burro. Luego se le pasa. Será que llega con hambre. Cuando estaba terminando de comer, me llamó. Ya estaba más calmado. Me besó en la frente. Olía a queso.

jueves, febrero 07, 2008

Blimp

Ya me advirtieron de que no buscara a Blimp en la película. De que no aparecía. Blimp es una categoría. Un paradigma. Se dice en The Oxford Dictionary que el Coronel Blimp es un character invented by the cartoonist David Low representing a pompous, obese, elderly figure popularly interpreted as a type of diehard or reactionary. Esto es, Blimp representaba al pomposo, al tradicionalista y al reaccionario. En efecto, el Coronel Blimp nació hace más de setenta años en las páginas del Evening Standard, de la mano del dibujante satírico David Low, quien perfiló un personaje que se convirtió en un icono de la Gran Bretaña de entreguerras.

Michael Powell y Emeric Pressburger constituyen una de las sociedades creativas más brillantes del cine británico. Juntos escribieron, produjeron y dirigieron conjuntamente las películas inglesas más arriesgadas y experimentales de los años de la II Guerra Mundial y la posguerra. Entre ellas, El espía negro (1939), Los invasores (1941), Coronel Blimp (1943), A vida o muerte (1946), Narciso negro (1947), Las zapatillas rojas (1948) y Corazón salvaje (1950). Según parece es difícil deslindar las contribuciones de ambos personajes a su obra colectiva. Se afirma que por lo general Pressburger armaba las películas y gestionaba su producción, y que Powell redactaba el guión inicial, dirigía en el plató e imaginaba las ideas visuales. Hasta que los nazis lo expulsaron de Alemania, Pressburger había trabajado en la UFA, la principal productora alemana. Powell, por su parte, se había ido curtiendo en películas de bajo presupuesto. Al encontrarse, se mezcla la artesanía visual de Powell con las preocupaciones filosóficas de Pressburger. Pues bien, en medio de la Segunda Guerra Mundial, Michael Powell y Emeric Pressburger ruedan una película memorable, Vida y muerte del Coronel Blimp. Se narra en ella la trayectoria vital de un hombre bueno y anticuado en el mejor sentido de la expresión, Clive Candy. Asistimos por medio de un largo flash back a su ejemplar historia de amistad durante medio siglo con un oficial alemán, Theo Kretschmar-Schuldorff, un relación casi fraterna pero paradójicamente nacida tras un duelo en el que ambos se hieren y a raíz del cual, además, se enamoran de la misma mujer, una Deborah Kerr rutilante que llega a interpretar tres personajes diferentes en el film. La amistad entre ambos militares permanecerá intacta a pesar de tener que enfrentarse durante la I Guerra Mundial. Y se fortalecerá aún más en los años posteriores a la toma del poder por el nazismo, al huir de su país Theo Kretschmar-Schuldorff, refugiándose, con la intercesión de Clive Candy, en el Reino Unido. La idea sobre Blimp expuesta por la película es mucho más benévola que la generalmente admitida para tal expresión. Se le aplica al protagonista por considerarlo un hombre anclado en convicciones militares demasiado caballerescas para las crueles prácticas bélicas impuestas por el enemigo en la II Guerra Mundial. Muestra, pues, esta deliciosa historia una firme manera de estar contra viento y marea, una manera noble que finalmente se desvela ingenua e inapropiada cuando el adversario no adopta modos tan versallescos de comportamiento. Asistimos por ello a una elegía melancólica de la esta edulcorada personalidad Blimp que Powell y Pressburger nos presentan en su obra. Esa melancolía de lo imposible tiene que ver con la pérdida de valores que de repente, y en el tráfago de los acontecimentos bélicos derivados del expansionismo nazi, se vuelven caducos. Hablamos, por el ejemplo, del valor o del honor. Y muy especialmente del respeto hacia el otro, aun incluso cuando circunstancialmente se halla en la trinchera de enfrente. Vida y muerte del Coronol Blimp es un película hecha en plena guerra, pero que no persigue la sensibilización patriótica a través de trampas melodramáticas o personajes hiperbólicos, sino que reflexiona elegante e inteligentemente sobre la inevitable manera en que la guerra y el tiempo transforman creencias y convicciones. Que habla, además y sobre todo, de la vida, del amor, de las esperanzas y de la amistad.

miércoles, febrero 06, 2008

UPyD

Intercambio pareceres con J. por correo electrónico. Nos vemos casi a diario. Tomamos café juntos a menudo. Y sin embargo, para este tipo de desacuerdos, siempre menores, usamos de la pulcra esgrima del e-mail. Permite un razonamiento reposado. Y en las segundas lecturas hasta cabe alguna suerte de arrepentimiento menor.
Nos escribimos esta vez a propósito de una conferencia de Arcadi Espada a la que yo le había puesto reparos. Se trataba en ella de fijar los rasgos que han de caracterizar al progresista del siglo XXI. Oponía J. a mis pormenorizadas objeciones una impresión más global y entusiasta: “La verdad es que me parece fascinante que en un acto mediante el que se intenta dar a conocer una nueva formación política se hable de cosas tales como la verdad, el conocimiento, la excelencia, la ciencia, los mitos… Me parece una auténtica revolución en la política española, aún teniendo en cuenta la modestia del intento”.
Oficialmente no son muchos los días que se llevan consumidos de la campaña electoral. Y sin embargo, hay dos sensaciones que ya dejan y que tienen que ver con el hartazgo. La sensación de haber asistido a una interminable persecución del voto desde hace meses y que sólo ahora se hace explícita. Y la sensación de que el apoyo electoral se recaba a través de unos mecanismos no sólo anacrónicos sino incluso las más de las veces ofensivos para la dignidad e inteligencia del votante. ¿Puede alguien decidir el sentido de su voto tras asistir a un mitin? O mejor, ¿asiste alguien a un mitin sin haber decidido antes su voto? En las últimas semanas, una organización política nueva ha organizado en mi ciudad un ciclo de conferencias con el título Pensar un país. La propuesta era tan inusual como atractiva. Una serie de personalidades de los ámbitos del derecho, la filosofía o el periodismo abordaron aspectos tales como la construcción de un estado viable, las razones para un nuevo partido político, la educación o el análisis del progresismo en el siglo XXI. Todas las disertaciones se cerraban con un coloquio en el que sin cortapisa alguna se planteaban dudas o se manifestaban opiniones sobre los asuntos tratados y la posición adoptada al respecto por el ponente. Asistí a todos estos actos sin advertir, para consuelo de quienes por entre el público andábamos, que en ninguno de ellos se solicitara desesperada o amenazadoramente el voto; sin que se recitaran consignas estereotipadas o imprecaciones desabridas; sin que se situaran sobre el estrado ninguna de esas tribunas de bobos obedientes que tan de moda se han puesto en todos los mítines, con esas filas de jovencitos aseados que aparecen tras los líderes y que aplauden o agitan banderas con la preocupante sincronía de una micromasa. Deduje, por tanto, de cuanto vi en esas citas que aun en plena campaña electoral es posible ofrecer algo más que rancios mensajes clónicos. Que es posible aprender, debatir, escuchar y proponer.
Supongo que esa interesante puesta en escena es la que mantenía fascinado a mi amigo. Uno, algo más receloso, agradece estas novedades, aunque tiende a temer que sólo sean posibles cuando ni se gobierna ni se aspira a gobernar. Aun incluso así, y aunque sólo se pretenda influir en quien gobierna, no es malo el camino. Y no me duelen prendas al reconocérselo a J. a través del correo electrónico.

domingo, febrero 03, 2008

Cendal

Las palabras cuyo significado
nos es desconocido
y que sin embargo nos son tan gratas al oído
como caricias,
logran en ocasiones enramarse
hasta dar sombra de poema.
Recuerdo que al leer por vez primera
la hermosa palabra cendal
la imaginé como un ungüento
capaz de dar alivio
a cualquier desengaño irremediable.

Match Point

Aquel que dijo más vale tener suerte que talento conocía la esencia de la vida. La gente tiene miedo a reconocer que gran parte de la vida depende de la suerte. Asusta pensar cuántas cosas escapan a nuestro control.
En un partido (de tenis) hay momentos en que la pelota golpea el borde de la red. Y durante una fracción de segundo puede seguir hacia delante o caer hacia atrás. Con un poco de suerte sigue hacia delante, y ganas. O no lo hace, y pierdes.

Woody Allen

lunes, enero 28, 2008

Tachia

Foto de Juan Garay

A Mati y Toni, que lo hicieron posible.

La mañana del domingo oí música sefardí en al radio. Era una canción triste. Supongo que por si misma suficientemente hermosa y conmovedora. Y aún así pensé que sólo se podría disfrutar del todo aquella música sabiendo cuál era la historia de esa lengua que el milagro de la nostalgia ha conservado como en el pasado, cuáles los motivos que inspiraron la pena de lo que se cantaba. El viernes a la noche el recital de Tachia en el Antiguo Instituto Jovellanos fue también un poco como esa música sefardí. Si alguien hubo allí que nada sabía de quién recitaba o de lo que se recitaba, seguro que al menos le pareció lo visto elegante, intenso y bello. Pero si algo se conocía antes sobre Blas de Otero, sobre Tachia, el gozo hubo de ser entonces mayor, mucho mayor. Tachia nació en Eibar y le pusieron María Concepción y la conocieron luego por Concha Quintanar. A los veinte años Blas de Otero la bautizó de otra manera, como Tachia. Con este nombre aparece en algunos poemas:

Larga es la noche, Tachia. Oscura y larga
como mis brazos hacia el cielo. Lenta
como la luna desde el mar. Amarga
como el amor: yo llevo bien la cuenta.


Tachia vive en la capital francesa desde 1958, allí ha impulsado la cultura y los versos de España, allí se ha hecho militante de la poesía –le gusta que así la consideren-. Lleva tiempo ahora empeñada en devolverle relevancia a la "figura injustamente olvidada" de Blas de Otero. Recitó el viernes una selección de veinticuatro de sus poemas. Paso a paso, verso a verso. Un espectáculo que cuenta con la dirección artística de Edwine Moatti, que se estrenó en 2006 con motivo del noventa aniversario del nacimiento del poeta vasco y que ha paseado ya por multitud de escenarios. "Hago todo lo que puedo para difundir su poesía. Es una gran injusticia que aún no se hayan publicado sus obras completas. Reducir su obra sólo a su etapa de poeta social es una idiotez como una casa. Blas ha sido silenciado por la derecha, a quien nunca le interesó un hombre que siempre defendió la justicia social y reducido por la izquierda a la mera categoría de un poeta de protesta».

Cuando Tachia llega a una ciudad con sus versos, a los cronistas del lugar les gusta presentarla como la novia joven de Blas de Otero, como el apasionado amor de Gabriel García Márquez, quien le dedicó la versión francesa de El amor en los tiempos del cólera. Pero no se habla sin embargo de quien fue su marido casi cuarenta años. Será quizás porque los ingenieros tienen escaso pedigrí literario. Pero nadie olvide que con él compartía aquella casa en París abierta siempre a los poetas, a los pintores, a los juglares.

Fue presentada y se apagaron las luces. Subió a oscuras al escenario. Una hermosa mesa de madera sobre la que había libros, discos y una lamparita de luz suave. Un sillón rústico con el asiento de paja en el centro de las tablas. Una vela roja encendida sobre una palmatoria al otro lado. Recitó durante una hora. Fue encadenando los versos de Blas de Otero como quien habla suave y convencidamente de la vida de un hombre al que se conoce bien, al que se respeta y se quiere. De su infancia en el Bilbao beato de los años veinte. De su juventud atormentada por la fe, por la muerte del padre y el hermano, por la guerra. De su amotinamiento contra la España gris e injusta que vino más tarde. De sus amores. De sus miedos. De la muerte. Lo hizo una mujer de porte esbelto, de pelo corto y cano, de palabra clara y de facciones bellas –cómo hubieron de serlo años atrás si aún hoy, a sus ochenta años, sigue seduciendo la puñetera-. Una mujer que lo dijo todo sin exceso alguno, con sosiego. Alegre en el verso dichoso, seria en el doliente, pero siempre con gesto preciso, sin arrebatos, sin gritos.

Y se oyó también, casi cerrando el acto, la voz del propio Blas de Otero recitando. Es verdad que resulta emotivo escuchar a quien se homenajea y está desde hace casi veinte años muerto. Pero me pareció que sus poemas sonaban mejor, parecían incluso más de todos, en la voz de Tachia. Nunca han dicho bien su propios versos los poetas.

Se la aplaudió larga y sinceramente.

Tuve la fortuna de compartir con ella mesa y mantel más tarde. Confesaré un secreto, en un pequeño y viejo restaurante próximo a la estación de tren, en el reservado de un comedor rancio pero entrañable, casi a las dos de la mañana, Tachia volvió a recitar. Para entonces sólo ocupábamos el lugar los que habíamos cenado a su lado y quienes en otra mesa próxima mantenían una charla animada y ruidosa. Esa mujer elegante se levantó e hizo el silencio con tan sólo echarse un foulard al cuello. Por un momento pensé en Isadora Duncan de pie, cogida apenas a la luneta frontal de un descapotable rojo, desafiando la velocidad y la noche, dejando tras de si la estela de un pañuelo al viento. Tachia extendió el brazo, la mano, los dedos largos y expresivos, y dijo los primeros versos del Romance de la pena negra.

Las piquetas de los gallos
cavan buscando la aurora,
cuando por el monte oscuro
baja Soledad Montoya.
Cobre amarillo, su carne,
Huele a caballo y a sombra.
Yunques ahumados sus pechos,
gimen canciones redondas

Buen viaje, Tachia.


miércoles, enero 23, 2008

The Straight Story

Ayer a la noche vi de nuevo Una historia verdadera. Una película sencilla y lenta. En medio de tanto cine desproporcionado, da gusto encontrarse con este remanso de diálogos serenos, de personajes humildes, de imágenes ciertas. Hay una tendencia a confundir morosidad y tedio. Aquí se desmiente. Se narra una anécdota real de la que se hizo en su día eco la prensa norteamericana. En 1994, Alvin Straight, un anciano de 73 años, recibe la noticia de que su hermano, compañero de juegos en la infancia, pero del que sin embargo la vida lo ha ido distanciando, sufre un infarto. Al hilo de esa circuntancia cree llegado el momento de olvidar viejos rencores y viajar a su lado. Pero tanto su edad, como su limitada visión y movilidad le impiden conducir un automóvil. Decide entonces hacer el camino en su cortacésped, un pequeño y viejo cacharro con el que sólo alcanza una velocidad casi rídicula para un viaje, desde Laurens, en Iowa, hasta Wisconsin, de varios cientos de kilómetros. Alvin tardó más de seis semanas en llegar. El trayecto se convierte así en una road movie que pone sobre la carretera a un viejo conduciendo un ridículo trasto lento y escasamente fiable, decidido a llegar a su destino sin renunciar a todo lo que el camino ofrece, una naturaleza amena, algunas conversaciones memorables y el contraste de la prisa sinsentido de los que le adelantan continuamente sobre camiones, coches y hasta bicicletas. Los espectadores asistimos, mientras, a todo ello con la sensación de que sólo él sabe bien a dónde va y cuándo detenerse a esperar, como en esa hermosa escena en que se refugia al abrigo de un desvencijado granero mientras aguarda a que la lluvia cese, disfrutando de un cigarro y de la propia tormenta.
Queda al final de todo ello no sólo el gusto por los viajes sin prisa, sino la reflexión de que en la vejez, además de volvernos ciegos y cojos, también es posible reconciliarse con el mundo, por muy duro que haya sido su tránsito.

The Straight story fue dirigida por David Lynch en 1999. La música de Angelo Badalamenti acompaña bien su desarrrollo. La protagoniza Richard Farnsworth, un viejo actor secundario que se quitó la vida poco después de estranarse este film al conocer que padecía un cáncer terminal. A él está dedicado el vídeo que se acompaña.

lunes, enero 21, 2008

Engañoso trajín

Esta cotidiana aplicación con que afronta el trabajo a esa edad rayana ya con el retiro. Esas ganas que aún le pone a todo cuanto hace. Ese afán con que todavía se esfuerza en aprender sobre cualquier cosa. Dicen quienes a diario asisten a ello que todo eso no sólo es una muy honrada manera de ganarse el pan, sino, sobre todo, una envidiable evidencia de que aún se siente joven y ágil. Por mi parte, tal vez porque me pueda una intuición maliciosa que me inclina a ver sin tanta generosidad ese torbellino laborioso, sospecho que con él no se persigue sino la fatiga, ese íntimo narcótico que nos insensibiliza hasta el recuerdo mismo de sabernos irremediablemente viejos.

sábado, enero 19, 2008

Amistad

Una precisa manera de saber que la amistad se ha vuelto sólida y antigua es reconocerse al lado del amigo sin miedo alguno a los silencios.

viernes, enero 18, 2008

Ángel (González) y los angelitos

Tomo el café con M. Me cuenta que, con motivo de su fallecimiento, les habló de Ángel González en clase a sus bachilleres. Y que les recitó el poema Eso era amor. ¿Te acuerdas? Claro. Decía: “Le comenté: / -Me entusiasman tus ojos. / Y ella dijo: / -¿Te gustan solos o con rímel?/ –Grandes, / respondí sin dudar. / Y también sin dudar, / me los dejó en un plato y se fue a tientas. ¡Qué asco!, profe –protestaron los angelitos-.

lunes, enero 14, 2008

Las imágenes precisas y las justas palabras

Al final de los días siempre debería de quedarnos de ellos un poso de dicha o de conocimiento. Es un viejo propósito que procuro hace años. Tiene que ver además con los diarios. Porque uno no puede enfrentarse a la escritura de su acontecer con las manos vacías. O se ha exprimido mínimamente el transcurso de las horas o se confía tanto en el estilo que hasta la misma derrota, el desánimo o el vacío pueden ser materia con la que tejer siquiera unos párrafos que justifiquen la anotación y el propio paso del tiempo. Pero aun teniendo esa pericia, mejor sería que se empleara no únicamente con la materia oscura, sino sobre todo con lo que alimenta las ganas de volver a despertar al día siguiente.

Del sábado uno se lleva una película. Una joya. La vida de los otros. Memorable film de Florian Henckel von Donnersmack. Corre el año 1984 en La Republica Democrática Alemana y Gerd Wiesler es un capitán rutilante de la Stasi, la policía secreta del régimen comunista.Wiesler recibe la orden de espiar a la pareja formada por el autor teatral Georg Dreyman y su novia, la actriz Christa-Maria Sieland. Para desgracia de Dreyman, el ministro de cultura desea a la novia del dramaturgo. Con estos mimbres, se teje una historia absorbente, bien desarrollada, triste pero esperanzadora. Al hurgar en la vida de los espiados, Wiesler sufre una lenta transformación de ideales y lealtades. Sobre ello gira la película, sobre la posibilidad no sólo de rebelarnos contra un régimen opresor, sino de liberarnos de la mezquindad de nuestras vidas, de las justificaciones con que las volvemos débiles y vergonzantes. Wiesler alcanza un final digno y la película se cierra sobria y magistralmente.

Supe también de la muerte de Ángel González. Tomé una antología de sus versos y lo leí como tantas veces, con la sensación de que nada resulta tan difícil de alcanzar como esa aparente facilidad de estilo. Y por esas extrañas razones que uno no llega a comprender completamente, me vi buscando sobre todo en las páginas de ese libro el retrato de aquella sociedad gris y asfixiante de la posguerra, tan fielmente plasmada, por ejemplo, en Otro tiempo vendrá distinto a éste…: “Es la luz del alba / como la espuma sucia / de un día anticipadamente inútil, / estoy aquí, / insomne, fatigado, velando / mis armas derrotadas…”. De algún modo, unía la experiencia de la película recién vista, ambientada en la mísera realidad de un país devastado por la ideología, y la lectura de un maestro recién fallecido, que había escrito como pocos sobre la desesperanza de un país asolado por la grisura de una terrible posguerra. Pocas veces se consigue explicar el mundo con imagenes precisas, con las justas palabras.

viernes, enero 11, 2008

Sondaleza

La fina sonda mojada silbó
como seda restregada
al correr entre los dedos del hombre.

Joseph Conrad (El cabo de la cuerda)

Comenzar a escribir
con la sola intuición
de que algo se agazapa
detrás de las palabras que se trenzan
es como acercarse a un puerto
en la noche y ciego,
sin más ayuda
que una sonda que insistente
mide las aguas menguantes.


(Mucho tiene que ver en esta conradiana Jorge Ordaz. Para él.)

lunes, enero 07, 2008

Bufones

Amaneció frío y despejó pronto. Se hizo el sol y el aire estaba tan limpio como la nada. Tuve que despertar a mi hijo. Bajó a desayunar soñoliento y ensimismado. Posó sobre la mesa, como siempre, un libro de Mortadelo y Filemón. Se tomó el zumo, el colacao y las galletas. Más pendiente del tebeo que de lo que se llevaba a la boca. Pero como cada mañana, esa bendita lectura lo despierta a la alegría. Es difícil después que algo lo despoje de ella a lo largo del día. Milagro de San Ibáñez. Tomamos a eso de las diez la carretera de Santander hasta Naves. Allí preguntamos por el camino a Gulpiyuri. Apenas cinco minutos después aparcábamos al borde de unos prados costeros. Un tractor abonaba con ocle los sembrados. Al lado brillaba al sol la osamenta de un pequeño maizal reseco. Y de repente, en medio del verde, vimos abierta la tierra como en un inesperado cráter. Arena, oleaje y ruido de mar sin horizonte. El milagro redondo de una playa en medio del campo unida al océano por un cordón umbilical escondido, subterráneo, sonoro. La pleamar convierte Gulpiyuri en un enorme pozo de brocal calizo. La bajamar lo vuelve envés de oasis, diminuto desierto cercado de vegetación.

Nos acercamos luego, apenas quince o veinte kilómetros al oeste, hasta Llames de Pría. Dejamos el auto cerca de su antigua bolera, de la pequeña ermita que abraza el caserío. Caminamos hasta el acantilado. En la distancia se oía batir al oleaje. Ya al borde del mar era como haberse apostado sobre el lomo húmedo de una ballena. Bajo nuestros pies se estremecía la tierra agujereada igual que el cuerpo desmesurado de un bicho varado en la costa. Bramaba como una fiera estabulada. Y cada vez que el batán de Neptuno golpeaba el Cantábrico, salían columnas vertiginosas de agua pulverizada por los respiraderos, cristales mínimos que descomponían el sol en arcoiris. Los llaman bufones y no hacen reír. Sobrecogen. A los que tenían por oficio divertir en las cortes se les decía así porque a veces llenaban la boca de aire, hinchaban los carrillos y aguardaban el manotazo que les obligaba a expulsarlo violentamente. Bufando. Pero éstos del mar no son la broma de un desdichado deforme, sino el pulso mismo de las entrañas del mundo, la amenaza de una ira que pudiera anegarlo todo. Te sitúas lejos y aun así te empapan. Como orballu. Te acercas y rugen tan fuerte que el miedo te aparta. Y sin embargo Plata andaba sin susto aparente en la proximidad. Es una maltés pequeñita y blanca. Silenciosa. Su dueña nos cuenta que sólo muy de vez en cuando se ve algo así, tan intenso y espectacular. Lo sabe bien. Vive al lado. No siempre la mar anda tan llena y bate con tanta fuerza; no siempre el viento la sopla así por las grietas de los acantilados; no siempre el sol se asoma a tiempo. Cuando celebró las bodas de plata, su hija le regaló la perrita. No sabía si alegrarse o maldecir la idea. Ahora, en la pequeña casa de Garaña donde pasa la mayor parte del tiempo, los mejores ratos de la reciente jubilación, nada sería lo mismo ya sin Plata, que parece frágil, pero que no teme a los bufones.

jueves, enero 03, 2008

La pica en la nariz

Desde el otro lado del hilo telefónico, alguien me pide que le hable de cómo he pasado las navidades. Para contar lo que no gusta o se vive sin interés se recurre a menudo a la ironía, que siempre es el reverso del entusiasmo -justo de lo que adolezco en estas fechas-. Pero hace tiempo que decidí recurrir lo menos posible a ella. La ironía cauteriza en falso nuestras heridas a la vez que las abre en los demás. El relato que mezcla en proporciones adecuadas la cronología de los hechos y la verdad literaria conforta mejor. Decir, quizás, que todo fue como alcanzar la modesta cima de un abeto. Recorrer el triángulo equilátero de su perfil. Escalar por el lado norte sus ramas, que son como la sucesión en cascada de unas cuantas narices menguantes. Y haber emprendido esa tarea con resignación. Llegar a la cima, donde cuando era pequeño en casa poníamos una pica de colores que era como el dedal del árbol, la protección que le evitaba el rasguño que las aristas del nuevo año desalmadamente guardaban. Arriba sólo hay dos vertientes. Los árboles en perfil son simples como el recorte de una sombra en papel. Queda a un lado lo vivido. Y toboganea la incertidumbre de lo nuevo por el lado del descenso. Hace mucho que decidí no perder tiempo en lo alto. No es que me pueda el frío, la niebla o los vientos fuertes. Es que siento cada vez más en estas ascensiones el hartazgo de lo mucho. Los codazos. El ruido. La obligación de hacer lo mismo que todos los que posan el trasero en la cima están convencidos que debe hacerse. Ese esfuerzo repentino por el balance de la vida. Como si no hubiera que ir cuadrando cuentas a cada paso. Me voy para abajo dando por cierto que no deberían tomarse los días sino como un permanente final de año, como un permanente final de todo. Poniéndoles la pica en la nariz.