Cuando a media noche terminé de leer la última obra de Salmón me hallaba fascinado por el discurso final que el personaje Bocanegra, verdadero trasunto del autor, pronuncia al recoger el Nobel de Literatura en el año 2040. Las palabras del escritor hacen una mención especial a la que considera su mejor obra: La luz es más antigua que el amor. De ese parlamento extraje algunos párrafos, los escribí casi febrilmente y se los envié por correo electrónico a algunos amigos. Me pudo ese tipo de impulso que arranca de lo que nos conmueve: necesitamos compartirlo urgentemente. Hacerles partícipes del descubrimiento a la gente que sabemos que también lo apreciará.Esta última obra de Ricardo Menéndez Salmón anda a caballo entre lo ensayístico y lo narrativo. Trata de justificar la literatura, el arte, como camino de búsqueda hacia la belleza y el consuelo. Tras la trilogía del mal, tras su trato y atracción, llega ahora el cauterio. Un tránsito por la historia del arte comprometido. “De los demonios que acechan al creador a lo largo y ancho de su tarea, ninguno tan angustioso como la carencia de sentido”. Por eso los protagonistas son tres pintores a los que un escritor, Bocanegara, trata de situar en una misma línea sobrepuesta al tiempo y al espacio pero no a la inquietud obsesiva de todo gran creador. A De Robertis la muerte de su hijo por la peste negra de siglo XIV le hizo meditar sobre la posibilidad de pintar la vida “tal y como sucede”. Rothko no pudo dejar de representar nunca en sus lienzos la desolación de una línea en el horizonte que vio durante un viaje en tren que transformó su vida (y quizás, de una manera aún inconsciente, su manera de mirar el mundo). Y acaso, en el último escalón de la conciencia creadora, Vsévolod Semiasin se decide a engullir sus cuadros. En las recreaciones de los dos pintores ficticios se manifiesta no sólo un pulso memorable con la propia obra sino también con el poder, encarnado en el Quatroccento por la Iglesia y en el siglo XX por uno de sus detentadores absolutos, el padrecito Stalin. Finalmente, el arte resulta no sólo apasionante, sino también, siempre que ahonda en el misterio, proporcionalmente incómodo.
Terminé de leer la obra de Salmón muy tarde, solo bajo la luz de la biblioteca y con unas enormes ganas de contarle a alguien cuánto me había gustado. Escribí correos y me entretuve incluso ilustrando la propia novela al indagar en la red tras las imágenes sobre las que se levanta la narración y que uno o no había visto o no recordaba o quería volver a ver enseguida.
Emoción de una lectura. Ilustración que la recrea. Reflexión que la alarga. Correos urgentes. Tres vidas en raya. Un autor premiado que en la vejez medita sobre su obra, sobre la literatura, sobre la creación. Y por encima de todo, el gusto de un escritor por la palabra, por otorgarle una forma exquisita a lo que escribe y a lo que se plantea en lo que escribe, una apariencia hermosa, precisa en la descripción y tenaz en los interrogantes.
Apéndice ilustrado
"Sus ojos esquivos, ocultos bajo unos párpados dolientes e hinchados, párpados de fantasma o de resucitada, que anticipan los que un siglo más tarde cierto compatriota del cardenal diácono, de nombre Jean Fouquet, regalará a su Virgen del Díptico de Melun."
"La fotografía tomada en 1912, quizá para conmemorar un cumpleaños, una petición de mano o, sencillamente, el hecho de estar vivos. Los cinco retratados posan ante un falso tapiz que hubiera arrancado una sonrisa a Hans Memling, tan grande es la ingenuidad y probreza material de la estampa. Al fondo se insinúa una colina con árboles, probablemente hayas en una primavera toscana. El suave declive invita a la reflexión, el murmullo de lo vivo, el consuelo de la paz. El paisaje es contemplado desde un adarve ruinoso, abierto a la calma de semejante panorama: un balcón de privilegio, un tanto decadente, sobre una naturaleza sosegada. (...) ¿Y no es cierto que, en el ángulo de la cabeza de Markus, en la pureza blanca de su cutis, late algo femenino, una dejadez de ninfa, la liviandad de una carne que atesora el secreto de lo bello? ¿Y no es cierto también que sus manos, que se agarran al respaldo de la silla suavemente, con delicadeza, como temerosas de romper el equilibrio entre la madera y la geometría por ella sugerida, prometen contener un mundo de posibilidades?""The Houston Chapel, una obra que, no en vano, ha sido comparada por los historiadores del arte con la Capilla Sixtina. Rothko, que acababa de cumplir sesenta años, ha encontrado su Lascaux. (...) Resulta tentador pensar que la depresión que devoraba a Rohtko se encarna para la eternidad en esas catorce majestades, que combinan el raro prodigio de la tiniebla de que están hechas con la paz que su contemplación regala, como si el precipitado de toda la angustia que cabe en el corazón de un hombre diera como resultado la conquista de la dicha por parte de quienes la contemplan."

"En la fotografía de Van Vechten, Faulkner tiene el pelo blanco y su nariz destaca como esas narices de viejo que acaban invadiendo el rostro igual que un cáncer. Hay cierto hastío en su gesto, como si la comida le hubiera provocado acidez de estómago, lleva un traje que no le sienta del todo bien y un pañuelo nada primorosamente planchado asoma de su bolsillo izquierdo. Su mano izquierda está doblada en una postura sin duda incómoda y a su espalda, como en el resto de la sesión, hay una pared de ladrillo o que remeda el ladrillo, una especie de muro de las lamentaciones. Se advierte que el escritor no está a gusto en la pose, pero podemos dar fe de que esa nariz ha olido sabe dios qué fondos de vaso y que esas manos han mecanografiado algunas de las mejores páginas de la literatura de todos los tiempos. Porque ese hombre, el Verbo, William, es una de las encarnaciones más majestuosas del misterio que llamamos escritura, uno de sus demiurgos más poderosos, una de sus potestades."
"No creo que la belleza haya gozado nunca de muchos adeptos entre la élite de patronos y consejeros áulicos que dirige el mundo. La belleza no tiene bandera conocida, la belleza no cotiza en Bolsa, la belleza no es un combustible ni una materia prima. Su misterio radica en su inutilidad, en ser un camino que viene de ninguna parte y a ninguna parte conduce. Pero entonces, me pregunto humildemente, ¿para qué sirve la Crucifixión de Perugino de Santa Maria Maddalena dei Pazzi, que imagino sigue allí, treinta y cinco años después de mi visita, casi cinco siglos y medio después de haber sido concebida, arrojando su luz sobre quien la contempla? Y humildemente respondo que, como la literatura, como cada palabra que he escrito a lo largo de toda mi vida, la Crucifixión de Perugino de Santa Maria Maddalena dei Pazzi sirve para consolar, para librarnos de la aflicción de un mundo en el que la dignidad humana es crucificada todos y cada uno de los días."










En Ferreirela da Baxo está la que fuera casa donde nació Antonio Raimundo Ibáñez. Cerca andan Ferreira, A Ferrería o Mazonovo. Topónimos que eran dedicación. Nunca faltó el agua, ni los bosques de roble, ni los montes de brezo. Hubo también hierro. Así que surgieron ferrerías, mazos y fraguas. Estamos en los Oscos. Antes, a la altura de Castropol se nos abrieron bien temprano los cielos. Cruzamos luego el Suarón. Carretera arriba subimos La Garganta. El espectáculo en lo alto era hermoso. El día limpio permitía ver hasta la costa. Al este y un poco por encima se recortaba la sierra de la Bobia. Tomamos dirección a Santa Eulalia. Atravesamos el pueblo hacia la casa del marqués de Sargadelos. En Ferreirela da Baxo, como decía. El guía, José Luis Díaz, que es a la vez director de la casa-museo, echa un pitillo a la puerta. Nos muestra primero el hórreo, que en la zona tenía cubierta de paja de centeno, que se restauraba cada cuatro o cinco años, que se hacia con tejados muy pendientes y conseguía una temperatura constante para cosechas y carnes. El marqués nació en este ámbito modesto y recóndito. Estudio de pequeño en el monasterio de Villanueva. Se fue a trabajar de joven a Ribadeo. Y allí hizo fortuna. Hasta fletó pronto barcos propios. Vemos luego la fragua, que en la zona la había casi en cada casa. La bodega, reducida y para el autoconsumo. El vino se hacía con uvas de parras izadas que daban sombra al camino y conseguían en su altura recoger el poco sol del lugar y evitar la excesiva humedad de la tierra. Descubrimos luego una pieza extraordinaria, con aspecto de cabeza disecada de dragón, con tamaño de arca grande, cerrada con herrajes de forja en su testuz y hueca por dentro, porque allí se guardaba el grano. Se trata de una verruga de roble. De una verruga colosal de un roble que debía de ser centenario y que alguien tuvo la paciencia y el vigor de ahuecar. Las verrugas se forman en los troncos de los árboles cuando siendo jóvenes algún insecto los ataca. Es su forma de defenderse. Esas protuberancias crecen lentamente. Debió ésta de necesitar muchos años para hacerse así. Todo nos lo cuenta José Luis con una paciencia y una sabiduría prodigiosas. Desde su físico enjuto. Sus muy pocos kilos. Con su nariz y barbilla apuntadas, su barbita rala y su voz sobria. La cocina es amplia y oscura. Era la estancia más importante del hogar. Donde transcurría toda la vida en común de la familia, en la que podían convivir quince o más personas. Los de la casa: padre, madre, abuelos y hasta nueve hijos. Y los que permanecían por días encargados de los oficios: talabarteros, zoqueros, carpinteros, sastres. Se reunían en torno al llar. Al puchero en el que se hacía el caldo. Los escaños unían en torno a las llamas y al sustento, pero también estaban preparados para ser paritorio y hasta lecho final de difunto. Reparamos en el horno, donde se cocía el pan cada quince días. En los instrumentos para hacer el embutido tras la matanza. En la lavadora.Una pieza rudimentaria compuesta por un trobo, una base de granito y un receptáculo de madera con forma de duerno. Seis años cuenta que le llevó entender por qué la ropa quedaba blanca. Llevó dos líneas de investigación, nos desvela en un tono casi académico: la tradicional por vía oral y la científica, apoyándose en conocimientos químicos. Sobre el trobo un cendal y sobre él las cenizas. Siempre de roble o fresno. Porque según parece son las que más potasa contienen. Luego tres tipos de agua: tibia, caliente e hirviendo. Agua que se recogía y se reutilizaba porque al contacto con el sudor de las ropas se convertía en aguja jabonosa. Y por último la oxidación en el prado, donde se oreaba la ropa al sol y al aire. Y donde se iban las manchas rebeldes. Pasamos a las habitaciones. Dos. Próximo y casi escondido anda el cuarto de aseo de las mujeres. Abajo el establo, donde se cuenta ahora cómo evolucionó la empresa del marqués. Desde el hierro y los instrumentos estandarizados para el quehacer diario hasta la loza industrializada. José Luis vive en esa aldea. Al lado de la casa que muestra, que resulta fue su casa en la niñez, pues la última familia que la habitó fue la suya. Con él, en tan pequeño núcleo, ahora sólo vive un anciano de casi noventa años. Él dice, sin embargo, no sentirse sólo ni aislado. Está todo a un paso. Nos aconseja antes de irnos que probemos el caldo de Ca Rodil, en As Poceiras. Allí nos dirigimos. Allí lo comemos. Suave y delicioso. Lo acompañamos de vino blanco y turbio del país. Le preguntamos a la camarera por José Luis. Nos dice que anduvo de joven lejos de la tierra. Que estudió filosofía. Que volvió ya de hombre al pueblo donde nació. Que es culto y es sabio. Damos luego un paseo por los alrededores de Santaya, por Santaya mismo. El sol aprieta. El marqués fue un hombre de pueblo al que mató el pueblo. No el suyo, pequeño, caserío escaso en gentes y lugar pobre. Lo mató el pueblo vengador y genérico. Masa. Grabado de Solana. Cien años antes de que Solana grabase. Desgarro de ilustrado. España se ha deshilachado a menudo por los costurones abiertos a uñas sucias, a dientes sucios, a filos sucios. Gregorio Morán escribía hace unos años en La Vanguardia un artículo sobre el Marqués: "Antonio Raimundo Ibáñez, futuro marqués de Sargadelos, nació discreto, en familia de escribano y no estudió en la universidad por falta de medios. Llegó al monasterio de Villanueva de Oscos, regido entonces por la orden de San Bernardo, ya leído en su casa. Hay que conocer la zona asturiana de los Oscos para tener una vaga idea de lo que debía de ser aquello a mediados del siglo XVIII. Baste decir que la patata entra por entonces en la alimentación y que el sistema de vida, o de supervivencia, se mantenía prácticamente inmutable desde la Edad Media. Estudios recientes precisan que el mundo asturiano, y más en una zona como los Oscos, vivía con varios siglos de retraso con la España capitalina. El mérito de Antonio Raimundo Ibáñez va a ser desplazarse a Ribadeo y dedicarse al comercio primero y a la industria luego. Algo tan insólito como aprovechar sus buenas relaciones con la Corona y en concreto con el arma de Artillería para hacerse proveedor y fabricante. Creó una herrería, una fundición de hierro colado y una fábrica de loza, la más importante de España, que tras su asesinato se fue al demonio y que en tiempos modernos ha sido recuperada. Tenía pensada una industria del vidrio y otra textil, que no logró concluir. Se le consideró el primer importador de lino de Rusia, de hierro de Suecia, de ollas de Burdeos y de bacalao de Terranova. No hace falta decir que se casó bien, con doña Josefa López Acevedo, y que alcanzó la categoría de inspector general de Artillería, y que construyó su mansión en Ribadeo, pero que la Iglesia y la nobleza local le prepararon el terreno para que fuera acusado de todo. Gozaba de una notable cultura y no menos notable biblioteca. De poco le valió formar parte de la Junta de Defensa contra los invasores napoleónicos, porque hubo de firmar la paz cuando ocuparon la villa, y cuando se fueron, ay, cuando se fueron. La turba animada por los eclesiásticos lo consideró el principal afrancesado y coló la brillante idea de tesoros guardados en su casa. La asaltaron y a él le sacaron y le fueron dando mamporros y cuchilladas hasta que acabaron con su vida, ante su mujer y su hija. Luego vino la leyenda y se inventaron las mil historias del marqués de Sargadelos, pero lo cierto es que le mataron por moderno. El linchamiento del marqués de Sargadelos el 2 de febrero de 1809 es como un símbolo de la utilización del patriotismo para pagar las cuentas de la modernidad; matándole a él se eliminaban muchos males, entre otros, la civilización, la cultura y la libertad. Por eso lo lincharon; no por rico, sino por moderno. Porque los señores siguieron siendo exactamente los mismos después de incitar al linchamiento. Incluso me consta que, pasados muchos años, han sido sus más conspicuos festejadores".