viernes, abril 26, 2019

BOAL


Publicado en El Cuaderno.
BOAL

AS ANDOLÍAS

Barbuxándome al ouguido / cuntóume que fóra / taba empezando a orbayar / qu’al principio era miudín / peró qu’as torbuadas avisan cedo. / Díxome, tamén, mollemente, / que marchase, qu’os outros xa lo fían, / qu’as andolías nun esperan al inverno / pr’aveirarse y nun esfrecer… peró, eu penso / que nunca chegaron a sentir el frío.

Miguel Rodríguez Monteavaro

Hay lugares que se eligen. Vivimos voluntariamente en ellos o los alcanzamos a través del deseo que es el viaje proyectado. Otros, sencillamente se imponen. Contra nuestra voluntad o sin que nuestra voluntad pueda o quiera oponerse. Ningún remedio, por ejemplo, obra efecto contra la señardá cuando le impone al alma sus propios lugares.

Que el ánimo extrañe territorios con tristeza sólo puede deberse a alguna suerte de pérdida. Irse obligado del terruño amado, perder su suelo y su paisaje, tizna de pena el corazón del que se va, pero amputa también muchas veces la identidad de su descendencia. De esa geografía del alejamiento nace mi propia señardá, la que albergo, como una sensibilidad congénita, hacia la pequeña patria de mis padres, de la que fueron expulsados por la miseria de la posguerra.

A vista de dron, en un día soleado, todo en ella tendría una apariencia arcádica. A los prados de verde desigual, a las casas de muros blancos, al argenta pulido por la luz en las pizarras, a ese conjunto de tierras fértiles salpicado de casas, bosque y unas pocas cabezas de ganado, extendido entre Penouta y Penácaros, una voz en off le añadiría quizás la antigua descripción que de todo ello hiciera Bernardo Acevedo y Huelves allá por 1898, en Boal y su concejo:

"Al abrigo de la sierra de Penouta y al comenzar la cañada del Navia, siéntase la villa de Boal, dividida en dos grupos de población: Boal de arriba y Boal de abajo. Arriba están las casas antiguas, los callejones angostos, las población labradora y pastoril; abajo la villa nueva, con plazas espaciosas, iglesia, consistoriales, con el edificio moderno, y el comercio y la industria. […] Ambos núcleos están rodados de caseríos y aldeítas, a modo de marcos que los abrazasen, y casi dentro del poblado hay sotos frondosísimos de abedules, robles y castaños que, en verano, son paseos excelentes."
Ese librillo, reeditado en 1984 en facsímil por Mases, es de la poca bibliografía que puede encontrarse sobre la historia, costumbres y geografía del concejo.

El narrador de ese ficticio documental aéreo quizás le añadiese entonces, a modo de guinda, unos versos en la fala de la tierra: «Vista más guapa nun hay/ desde Coruña hasta Oviedo:/ solo San Pedro las ten/ desde a súa porta nel cielo». El autor, Benjamín López, que fue talabartero y poeta, murió joven, en 1964, a los cuarenta y seis años, dejando una obra costumbrista recopilada póstumamente en un libro titulado Montañas verdes, en el que no pocos versos expresan una señardá agridulce hacia el tiempo de la infancia.

Esa manera casi paradójica de enfrentarse a la señardá, ese visión a la vez grata y doliente, tiene su correlato en dos novelas ambientadas en ese territorio, La memoria de los árboles, de Conchi Sanfiz, y Aunque Blanche no me acompañe, de quien esto escribe. Boal se vuelve Olba en la primera y Brocal en la segunda, conscientes los autores de que el escenario es evocación y de que toda evocación recrea más que retrata.

Concepción Sanfiz, la autora lucense de La memoria de los árboles, vivió con plenitud el ejercicio de su profesión de maestra en ese destino que llamó Olba. Su novela agradece lo que Olba le dio durante aquel tiempo: «En teoría iba a Olba para enseñar Literatura Española. En la práctica, eso procuré hacer lo más dignamente que supe, pero para mí fue más importante lo que aprendí que lo que enseñé». Olba se convierte, pues, en un relato urdido de historia recuperada, friso de sugestivos paisajes cambiantes al ritmo asumido de las estaciones, compromiso con el lugar y estrecha comunión con los olbenses. Una narración escrita ya desde la distancia espacial y temporal, con señardá agradecida, en evocación, por tanto grata, hacia un pueblo, Olba, fijado para siempre en un momento en el que todavía cabe la esperanza de que no lo alcance nunca del todo el despoblamiento y su ruina, amenaza que sí se cierne, desdichadamente, sobre el envés de su anagrama, Boal.

"Ante el más leve indicio de primavera, muchas de estas casas vuelven a convertirse en hogares. Algunas lo son de verdad durante los períodos vacacionales y eso confiere a su aspecto un tinte de expectación permanente, como si fueran enfermos de pronóstico incierto que confiaran en una pronta recuperación. También su recuperación es un espejismo: sus propietarios las habitan unas semanas al año; en el mejor de los casos, realizan en ellas unas mínimas tareas de mantenimiento y luego las condenan de nuevo al abandono hasta su regreso. Y sin embargo, en esos contados días en que el clima se vuelve benigno y casi nos convencemos de que existió la Arcadia, alguna vecina, encargada de cuidar de esas viviendas huérfanas, se apresura a ventilar sus dependencias, y se ve a las casas tan alegres de barruntar una próxima llegada de sus dueños, que da aún más pena contemplarlas de nuevo herméticamente encerradas en sí mismas, aparentando tan sólo una enternecedora dignidad tras la que se esconde el dolor de su vacío, la nostalgia irreprimible del tiempo en que fueron hogares."

Aunque Blanche no me acompañe habla de una señardá distinta: la de un hombre que viaja, cada semana y casi por inercia, desde la ciudad hasta el pueblo de sus padres, buscando una identidad perdida en un ámbito, que aun admitiéndolo agónico, sabe que le es indefectiblemente propio.

"En contra de lo que suele ser más habitual, avivar la marcha ante la proximidad del destino al que nos dirigimos, en esos veintiocho kilómetros últimos suelo conducir despacio. Si ralentizo mi recorrido es porque sabiendo que ese trayecto me transforma, me recreo en las sensaciones de la metamorfosis: un ligero desasosiego, una tristeza placentera, una identificación detallada y casi lujuriosa con los olores, con los sonidos y con el paisaje. Los topónimos del espacio geográfico al que tan ligado me siento, cuando más que pronunciados se recitan como versos bien medidos, son mi propio mantra de inmersión en el lugar. Mientras conducía, pensaba esa mañana en estos viajes como indagaciones meticulosas del interior de una matrioska. Yendo de la gran muñeca inicial que contiene la ciudad a la última y minúscula figura en la que sólo cabe la casa familiar; yendo del universo que es capaz de albergar una serie menguante de mundos, al reducto irrespirable que no sólo no puede abrirse sino al que en su pequeñez ni tan siquiera se le puede dar casi forma y rasgos precisos: muñequita sin cintura, hueso amargo. Todo el aire liberado del resto de las matrioskas gira por eso como polvo estelar en torno a la pieza indivisible, todo el contenido extraído a los cuerpos demediados flota sobre el vasto espacio que me acerca a Brocal. Cuántas veces nos han subyugado esos encuadres fotográficos, fílmicos o pictóricos, esas visiones de las que inesperada y ocasionalmente somos testigos, en que, por ejemplo, una hipnótica vela hinchada por el viento surca en la lejanía el inabarcable horizonte marino, o un hombre pesca en la más absoluta soledad de un acantilado al atardecer, o un correo del zar galopa en la vastedad de la tundra llevando en las alforjas un diálogo de grafías entre mundos distantes. Los territorios nos susurran a veces cosas sobre nosotros mismos de las que casi nada sabíamos, pero tras las que andábamos por una intuición que es tan redentora como autodestructiva. Así me siento yo. En eso me convierto en los regresos. Mancha en la nada, candil en la oscuridad, nave en el océano, última de las matrioskas, muñeca cerrada sobre el átomo que la constituye, expuesta a la naturaleza y, a la vez, al poso mismo en el que el alma decanta lo que poseemos, el bien y el mal que nos habita."

Esa señardá, mi señardá, se parece, por tanto a algunos cuadros de Galano. La pizarra negra rematando los muros blancos o de piedra vista. Las casas aisladas en medio de una vegetación más que cómplice, acechante. La lluvia y la niebla oscureciendo ese encuadre como un paspartú de tristeza propia. Se trata, me temo, de una hipérbole distópica que asume como inevitable la asolación que anuncia tanto abandono acumulado: casas, enseres, tierras, molinos, capillas, huertos, sendas, costumbres.

Pero para que se extrañe un espacio o duela su pérdida, por saberlo lejano o particularmente frágil a la erosión de los tiempos, esa ubicación, en los ojos indulgentes de la infancia o en los de quien idealiza el pueblo de sus ancestros, hubo de tener antes las proporciones ideales de la dicha.
Y Boal las tuvo en los veranos de cuando era niño, poblados de gente que ya no está, alrededor de la vieja casa de la abuela ahora en ruinas, en las eras donde ya no se planta, en los establos despojados para siempre del aliento cálido de los animales, en los lavaderos en que nadaban los renacuajos como una simiente de vida telúrica, en la noche donde los ruidos de la naturaleza eran un universo inquietante para un oído, como era el mío, acostumbrado a la sonoridad opaca de la ciudad.

Toca a menudo volver por allí cuando entierran a alguno de los nuestros. Boal no tiene tanatorio y a sus muertos se les vela en Jarrio. Luego vuelven camino del pueblo por la carretera que orilla el Navia. Los sigue lentamente un cortejo de vecinos que procesiona en sus coches durante casi treinta kilómetros. Da tiempo entonces a irse fijando en el paisaje, en el río encajonado. Incluso desde algún recodo se llega a ver el mar que dejamos a las espaldas; casi siempre brillante, casi siempre impetuoso. El cauce que fluye por debajo de la carretera es, por el contrario, plácido y oscuro. Hay tiempo en esos cortejos luctuosos para recordar, para observar. El bosque se ha repoblado desde hace años. Ahoga los caseríos. Trae el jabalí hasta las puertas. Pero me acuerdo de ver arder mucho tiempo atrás esta foresta a veces. Se quemaba abandonada al final previsible de toneladas de leña barata para la papelera que se levanta en el tramo final del río. Una industria que exhala día tras día un humo agrio con olor a repollo cocido. Por entonces, en el tiempo remoto de aquel fuego, conducía todavía mi padre cuando íbamos de visita al pueblo. Siempre llevaba el coche algo más rápido de lo prudente. Conduzco yo ahora y no queda otra que seguir esta lenta velocidad de entierro que al menos me permite volver a silabear, al paso, los nombres más hermosos que nadie le haya puesto jamás a unos lugares: Porto, Villacondide, Serandinas, Miñagón, Las Viñas, Los Mazos, Armal, Torrente. Todo ellos son la cartografía fonética de mi infancia. El muerto mientras, como los salmones, sigue ascendiendo cauce arriba hasta el pozo en el que se desovará la memoria troceada de su vida en el recuerdo de quienes lo acompañan. El cortejo reduce la velocidad a la altura de la casa que lo vio nacer. La puerta está cerrada a cal y canto. Se ve ya muy cerca el caserío entero de un pueblo que hace años que no crece. La plaza abierta entre la iglesia y el ayuntamiento. Aguarda la gente en los alrededores del templo. Dejan paso al ataúd. El cura carraspea de puro viejo. Lo llamaban don Vicente. También trataban de don al que mucho antes fue don Eusebio. Formalidad servil de los fieles y de los que no siéndolo reconocen que las campanas del templo marcan las horas de todos los vecinos. Cantan las viejas. «Hoy, Señor me has mirado a los ojos, sonriendo has dicho mi nombre. En la orilla he dejado mi barca, junto a ti buscaré otro mar». Cuánto anciano llena los bancos de la iglesia. Me dan la paz, la doy. Saco unas monedas cuando pasan la cesta. El sacerdote recuerda a qué hora será la misa sabatina. Los funerales de la semana. Los oficios preceptivos. A la salida, se forman corrillos. No hay mejor momento para recobrar la pista de amistades antiguas que un funeral. Reconociéndose entre las desfiguraciones del tiempo. Compadeciéndose de su paso en los achaques comunes, en las pérdidas compartidas.

En estos regresos, cuando vivimos tiempos de patrias arrojadizas, desafiantes y excluyentes, uno contrae aquí por un momento la suya en la intimidad de unas fronteras trazadas por el caño de una fuente, la fábrica sólida de unas escuelas graduadas, el tapiz de unos pétalos de camelia o la cancilla de un lavadero en desuso. Una patria imprecisa perimetrada en olores: el que impregna eléctricamente el aire después de la tormenta; el del jabón sobre la llousa de pizarra en que se restregaba la colada; el sólido aroma del café cargado y recién hecho; el tibio olor a bosta saliendo de los establos o esparcido como un rastro de abundancia por los caminos; el del ballico recién segado confortándonos el ánimo sin que nos expliquemos muy bien el porqué; o el de la leña que ardía en las cocinas al atardecer y dibujaba una constelación de refugios seguros. Pero sobre todo, una patria fundada en el afecto hacia las raíces hurtadas que por instinto añora la savia de nuestras venas.

No hace mucho se ha abierto en San Luis, una aldea a escasos dos kilómetros de la capital del concejo, concretamente en sus antiguas aulas escolares, un centro de interpretación de la emigración boalesa. Pequeño y coqueto. Bien explicado por quien lo atiende. Se custodian en su archivo documentos de lo que fue una próspera y benefactora sociedad de naturales del concejo, con sede en La Habana y que en los años veinte y treinta del pasado siglo financió un puñado de escuelas y lavaderos en estas aldeas. Aquella sociedad aún hoy pervive. La paradoja del tiempo ha hecho que los hijos de aquellos que contribuyeron con parte de su fortuna americana a la prosperidad de la tierra que los vio nacer, reciban ahora la ayuda que se les envía ocasionalmente desde aquí para mitigar sus apreturas. Me gustaría encontrar entre los legajos de este centro la historia de mi abuelo Marcelino, que vino sin un chavo con doce años de la Cuba donde nació y a la que habían emigrado sus padres, que fue minero, que se casó en Armal y tuvo seis hijos, y que murió, en el año 40, a la temprana edad de treinta y ocho años, frente a un pelotón de fusilamiento. Veo con emoción esas fotos antiguas de las escuelas graduadas de Boal. A esos pequeños asustados que retrata la máquina del fotógrafo y entre los que estuvieron, por tiempo demasiado escaso, mi madre y mi padre. A él le pusieron un nombre francés, René. Nunca supo la razón y nunca me habría entendido si en broma le hubiese llamado mon père. Llevaba, además, por segundo apellido el mismo que el de un célebre escritor nacido también allí, en su pueblo. Eran casi de la edad, pero nunca tuvieron trato. No todos los emigrantes volvían con una palmera debajo del brazo. Aquel escritor vivió su infancia en uno de los chalés indianos; mi padre, en una casa de piedra oscura y tejado de pizarra a cuyas habitaciones llegaba en el invierno como único calor el vaho del aliento y el estiércol que fermentaba abajo, en la cuadra en que siempre anidaron as andolías. Era, y aun lo son las ruinas de todo aquello, junto a las que reposan las cenizas de mi padre, una de esas casas que Galano pinta a menudo diluidas en la niebla. MI señardá.

José Carlos Díaz

jueves, marzo 21, 2019

Postales de New York, de Isabel Parreño


Postales de NewYork, Isabel Parreño 
(Ediciones del Viento)

Hay libros de los que salimos más ligeros. No porque no dejen en nosotros  poso, sino porque el que dejan tiene, como algunos bálsamos, una capacidad depurativa. La Nueva York que describe Isabel Parreño y pinta Eduardo Baamonde, con delicioso trazo de urban sketcher, es una ciudad de línea clara: delimita rincones, ilumina personajes, contagia entusiasmo y deja, al final de cada uno de los nueve capítulos, una sensación de puerto alcanzado en bonanza. Quizás por esa transparencia que desprende del libro, en su prosa, sus ilustraciones y en el cuidado con que se ha editado, al lector le quede al final de la lectura tan buen cuerpo.

Es y no es un libro de viajes. Isabel Parreño no habla tanto como una viajera en tránsito como una residente temporal de una ciudad en la que con tiempo y dedicación suficiente va reconociendo, por sí misma, los lugares que marcaron la existencia de algunos creadores que no sólo forman parte de su educación sentimental —que diría Flaubert—, sino también de la de los muchos lectores que a buen seguro acompañarán a la autora en su periplo neoyorkino.

Con Dorothy Parker entramos en el Hotel Algonquin. Siguiendo los pasos de E. E. Cummings y  Edna Saint Vicent nos paseamos por el Greenwich Village. En el Bronx, visitamos  esa casita conocida como el Cottage de Poe, donde el autor de The Raven acompañó los últimos días de Virginia, y donde él mismo vivió sus últimos y trágicos años. Con cierta prevención —una meca tan trágica impone restricciones—, escrutamos el Chelsea Hotel, en el que murió Dylan Thomas y en el que tantos otros alojaron sus excesos. En el Queens Louis Armstrong pone por banda sonora su What a wonderful world. Nuestra fidelidad a Woody Allen nos brinda un itinerario casi interminable, el puente de Queensboro que lleva a Mahattan, el atardecer desde Brooklyn, la serenidad del Upper East desde Queens, Central Park, el Carnegie Deli de Broadway Danny Rose, las playas de Rockaway en Días de radio o las calles del Soho en Hannah y sus hermanas, el P. G. Clarke´s, donde sigue la mesa en la que se sentaron Alvy y Annie cuando se volvieron a encontrar después de mucho tiempo y desde donde se ve la esquina de Columbus Circle donde se despidieron por última vez. En un viejo apartamento de Harlem, un tórrido domingo de agosto, asistimos a esos milagrosos conciertos casi íntimos con que Marjorie Elliot, la anciana pianista de jazz, señala el camino a los que se han ido para que sepan volver. Rastreamos Columbia University en busca de una bola de pórfido donde una vez se sentó Federico García Lorca. Un rayo la destrozó con la misma saña fatalista con la que la guerra se llevó la propia vida del poeta, que fue en Nueva York un escritor subyugado por el vértigo de una ciudad poseída por la crisis del 29. Por último, y en los salones decimonónicos de la Hispanic Society, uno de esos milagros provocados por el amor hacia el genio creativo español que ha llevado a tantos hispanistas y mecenas foráneos a cuidar mejor de lo nuestro que nosotros mismos, descubrimos un retrato de  Emilia Pardo Bazán pintado por Sorolla. Este capítulo quizás es el guiño más personal de Isabel Parreño hacia una querencia, la de la vida y obra de la autora coruñesa, sobre la que ya publicó, junto a Juanma Hernández, un libro imprescindible para conocer la relación entre Pérez Galdós y la Pardo Bazán, Miquiño mío (Turner, 2013). Curiosamente, o no tanto, ambos escritores permanecen juntos en las paredes de la Hispanic Society.

Son, por tanto, estas Postales de New York un sereno y, a la vez, emocionado recorrido por algunos de los emplazamientos donde evocar a quienes, con muchos otros, contribuyeron a moldear una manera de estar y ver el mundo, de apreciarlo con más intensidad y matices. Sin ellos, en los viajes sería difícil vivir esa sensación de la que habla en las primeras páginas se su libro Isabel Parreño: la nostalgia que a veces nos invade en los lugares antes incluso de abandonarlos.

José Carlos Díaz

lunes, enero 07, 2019

La edad de las piedras, de Luis T. Bonmati

A próposito del último libro de Luis T. Bonmatí, La edad de las piedras (Huerga y Fierro Editores, 2018), escribo una reseña del poemario y una semblanza del autor en El Cuaderno (se puede leer pulsando sobre la portada del libro).




viernes, noviembre 02, 2018

Azabache en El Cuaderno



Hoy se publica en El Cuaderno un cuento que escribí hace unos años.
Una humorada negra a la que puse por título Azabache.
Puede leerse en el siguiente enlace:

domingo, octubre 28, 2018

Pájaros de alambre


El viernes tuvimos el placer de presentar en la Biblioteca Pública Jovellanos, y con ocasión de los encuentros poéticos que anualmente organiza la Sociedad Cultural GESTO, el libro Pájaros de alambre (Cuadernos Cálamo/Gesto, Gijón, 2018), de Diana Aradas, coruñesa, profesora de literatura que antes de alzarse con el trigésimo segundo Premio Cálamo había dado a imprenta sólo otro libro, Silencio invernal (Torremozas, 2017).
Diana Aradas ha definido en su bitácora digital (http://dianaaradas.blogspot.com) cuál es su concepción de la poesía: “una hendidura en la solidez de la rutina, una fisura que deja paso a la claridad. Sólo ella (la poesía) rasga nuestra mirada, tan acostumbrada a la tiniebla del mundo”.
Se aviene bien esa definición con lo que en el poema titulado Felicidad (pág. 14 de Pájaros de alambre), se escribe:
LA FELICIDAD
Un jilguero que canta
sobre un alambre roto.
Esa línea quebrada del alambre no es otra que la fisura a la que alude Diana, la grieta en la gris cotidianidad a través de la que se abren paso los versos, la dicha sostenida por el canto del jilguero, la propia poesía al modo delicado en que la entiende Diana Aradas. Delicado y, podría añadirse, casi aforístico, puesto que no pocos poemas se resuelven asertiva y concisamente como podemos apreciar en los siguientes ejemplos:
          “El cielo no puede escapar del pájaro.”
“Somos las ramas en las que trina la vida apenas un instante.”
“El pájaro es al árbol lo que el instante a la felicidad.”
“La brisa es un mayoral que conduce hacia el invierno.”
“El espantapájaros aleja lo que quiere porque presiente la pérdida.”
“Son ruidosos los pájaros para que exista el silencio.”
“La muerte baja del cielo y hace una parada en el cuerpo del gorrión.”
“Estéril venda es el vivir.”
Esa concisión casi oriental caracteriza la expresión de Pájaros de alambre, que se constituye así como un poemario de composiciones breves y esenciales. Que no recurre a la anécdota para el arranque de los versos, sino a las iluminaciones suscitadas por los pájaros como símbolo, creando una alegoría sostenida en el vuelo de las aves, en su fragilidad, en su relación con las estaciones, en las sugerencias de su plumaje, un ámbito cerrado y cohesionado, una atmósfera sutil y subyugante.
Hay poemarios que se articulan engarzando lo que podrían considerarse materiales de  aluvión (se va escribiendo de temas diversos, incluso con ánimo y formas diferentes hasta cerrar un libro), y hay otros poemarios, sin embargo, que responden a una intención inicial sobre la que se va construyendo un conjunto homogéneo, planeado. Pájaros de alambre pertenece a este segundo tipo de libros, concebidos con voluntad de unidad, en torno a una idea, imagen u obsesión sobre la que gira todo el conjunto.

Estamos, pues, ante una manera de decir extremadamente depurada, sin más adjetivación que la precisa, alérgica a toda impostura y concentrada en el hilo simbólico con el que se urde en una voluntad de obra cerrada sobre sí misma. Esta austeridad de estilo queda advertida en su poética inicial:
El pájaro no exhibe el buche,
únicamente le sirve
para comer.
La belleza
reside en sus colores, ocultos
bajo el pico,
igual que un poema,
no siempre muestra lo bello
que contiene (…)

Ese es el estilo con el que se aplica Diana Aradas, pero la intención, el porqué de estas páginas, la razón última de la poesía también tiene su reflexión en el libro (en la composición A la poesía):

Dónde los pájaros
mientras cae la lluvia.
Cuál es su refugio,
de qué se alimentan si la nieve,
cuándo encuentran su lugar,
si no es el cielo,
cómo sobreviven
sin canciones.

La necesidad de esa luz o canto para la vida, la necesidad de ese consuelo, es el regalo que nos otorga la poesía, parece querer decirnos la autora.

Apuntadas, pues, las pautas sobre las que trabaja Diana Aradas, la forma y el sentido de su tarea, resta adentrarse en el muestrario tan diverso y sorprendente, tan admirable en hallazgos, que nos ofrecen sus Pájaros en el alambre. En ese recorrido, el paso del tiempo y la manera en cómo transcurre o debe transcurrir nuestra vida mientras tanto (con el aprovechamiento del instante, como los pájaros, es el asunto literario intemporal que se atisba como una marca de agua a lo largo del libro y que tiene un tratamiento, de algún modo paradigmático, en el poema que da título al conjunto:

PÁJAROS DE ALAMBRE
(para Julia Cavero, por su amistad)

A medio camino
entre la tierra y las alas,
como esos pájaros que se posan
en los cables de la luz,
y se hacen compañía
mientras esperan
para alzar el vuelo,
así nos queremos los humanos,
mientras tanto.

Somos, como acierta a decir Diana en otra estrofa: “(…) las ramas / en las que trina la vida, / apenas un instante”. Una vida, por otra parte, que resulta demasiado a menudo perpleja, acuciada de incertidumbres:

CONOCIMIENTO

Los pájaros
sobre los conductos
de la luz
no saben más que nosotros
del mundo que pisamos

Una vida acordonada de fronteras (y el término “fronteras”, deletreado en el poema El alambre de los pájaros tiene, como no podía ser de otro modo, una significación despreciativa):
En los alambres de Auswitchz,
en los alambres de Siria,
en los alambres del hambre,
en los alambres del mundo.

El mundo es un alambre
que nos degüella
mientras sostiene sus pájaros
Esas recurrencias constantes a pájaros y alambres tienen la virtud poética, como creo que se intuye fácilmente, de la connotación. Poseen la cualidad de transformarse y adoptar significaciones complementarias, otorgándole, paradójicamente, una riqueza espléndida a un libro tan desnudo, tan falto de fanfarria épica o  adjetival, como es éste. Ese alambre, por ejemplo, que nos degollaba, se transforma en otros versos en el rodrigón o guía que sostiene el talle de una rosa doblada por el viento; o es cable, en otra interpretación, que columpia la idéntica vida delgada de dos pájaros que comparten amor sobre ese frágil espacio.
A su vez, ese pájaro gorrión que es capaz de asomarse cada tarde en el poema La jarra de Leteo a una nueva vida como Dante —Vita Nuova— cuando bebe en los charcos de Leteo, tiene quizás por ave antagónica en el poema Pájaro en mano a todas aquellas criaturas que “cubrimos con pañuelos / para que sepan que llegó / la hora de dormir” y que no son sino “los pájaros del miedo, / encerrados siempre en las jaulas / de la indeterminación y la duda”.

Podría ahondarse más y seguramente mejor en un libro que, a pesar de su brevedad, de su concisión, es una fuente inagotable de sugerencias. El papel del lector, del lector de poesía en particular, es crucial a la hora de cerrar el círculo del proceso creador: enriquece con sentidos únicos, individualizados, el mensaje abierto a interpretaciones que es siempre, en mayor o menor grado, la poesía.

Permítaseme, por tanto, que arrogándome esa libertad interpretativa a la que acabo de aludir haga una referencia última a dos breves poemas del libro que llevan un mismo título sólo diferenciado por las interrogantes añadidas en el segundo de ellos: Y si, y ¿Y si? (págs. 48 y 58). Dos poemitas que uno ha leído añadiéndoles, mentalmente, un acento gallego a la declamación, porque tienen que ver con la sabiduría de la duda. Un ejercicio muy gallego, no al modo a veces desdeñoso con que se ironiza sobre tal manera de proceder, sino al bien argumentado por Cunqueiro, que creía que en el alma gallega pervive una suerte de defensa hacia el exterior propia de un pueblo que era el fin de la tierra, expuesto a los excesos del mar y del clima, invadido desde la costa y por los caminos interiores. Un pueblo por tanto receloso de las certezas absolutas (imposibles frente a la naturaleza, peligrosas ante el invasor) que ha adoptado como identidad la eventualidad del parecer, su condicionalidad. Esos títulos de los dos poemas de Diana aludidos, quizás tengan que ver con ello. Y con esa relación estrecha con la naturaleza, tiene que ver todo el libro, en el que pájaros y estaciones son metáforas extraídas de ese ámbito natural que sirven para hablar de la vida, su transcurso y circunstancias.

En  fin, y por darle conclusión a una lectura que pide volver una y otra vez sobre sus pasos, sobre la sombra de esos vuelos rasantes de pájaros ligeros y hermosos o sombríos y premonitorios, bajo el cobijo de esas ramas o alambres en que se posan, tan quebradizos como nuestra propia existencia, sólo queda desearle a este precioso libro, que despliegue unas alas vigorosas y por largo tiempo extendidas. Querrá ello decir que son muchos sus lectores. 

lunes, octubre 22, 2018

La buena tarde (que lo fue)

Ayer tuve la fortuna de compartir unos minutos de radio con Pedro Menéndez Alejandro Fonseca en el programa La Buena Tarde de la RPA. Gracias a ambos por hacerme tan grato ese pedacito de tiempo con la poesía. Y gracias sobre todo a Pedro Menéndez por su generosidad. Aquí os dejo el audiobolo.


jueves, octubre 18, 2018

Gran desconcierto

El indócil entusiasmo de José Luis Argüelles

/por José Carlos Díaz/
(reseña publicada en El Cuaderno)
Escribir es una forma de pararse y de observar la vida en perspectiva. Petrarca se paró a contemplar los años malgastados en pensamientos amorosos, y Garcilaso, por aquello de la imitatio, exploró la fórmula contemplando el estado al que lo habían llevado sus pasos. Fray Luissiguió el ejemplo de ambos y echó los ojos y su pensamiento al pasado, arrepintiéndose de sus tibiezas y confesando el desconcierto en el que había andado («Condeno de mi vida la tibieza / y el grande desconcierto en que he andado…»).
Escribir poesía es una forma de ser fiel a cuanto damos por cierto, pero sobre todo de desvelar nuestras incertidumbres, valiéndonos para ello de la palabra heredada, sabiendo qué quiso decir en boca de otros y qué nuevas acepciones podemos añadirle.
Aquel desconcierto de Fray Luis se amplifica en el título del nuevo poemario de José Luis Argüelles. La cita del agustino abre sus páginas y se refleja distorsionada en la portada de Gran desconcierto, editado por Trea, que lleva por motivo de cubierta la mirada, también contemplativa, de un hombre hacia una ciudad dormida en la noche (precioso óleo de Melquiades Álvarez).
Las palabras renovadas remiten a las antiguas palabras como «cerezas en el bodegón de la memoria», según escribe Argüelles en el primer de los poemas de su libro, New York movie, que constituye a su vez una de las cinco partes en que divide el conjunto: New York moviePequeños poemas robadosZagajewski en OviedoPoemas y canciones contra el dañoConvalecencia.
Y es en concreto en la segunda y tercera de estas divisiones en la que explícitamente el autor pone de manifiesto la deuda de su poesía con la tradición, más o menos reciente, en la que se inspiran sus asuntos poéticos o la manera en que se afrontan. Las referencias son mayormente literarias (GoetheBrechtBurkeBiedmaKafkaEurípidesHomeroBotasThoreauMelvilleNemirovsky o, con especial protagonismo, Zagajewki), pero también se aprovechan otras vetas musicales, cinematográficas, pictóricas o políticas. Los poemas robados se constituyen así, más que en versiones de otros, en chispazos de lucidez sugeridos al hilo de lecturas, cuadros, música o películas.
«¿Cómo soportar la vejez/ sin un poco de amor/ o algo de gloria?» es, por ejemplo, la pregunta aforística que resume la Elegía de Marienbad, escrita por un anciano enamorado llamado Goethe. Frente al desconcierto de un Thelonius Monk, al que en su vejez todo le pasaba todo el tiempo, nos eleva la alegoría interestelar de Christopher Nolan, en la que el destino de los viajeros no es otro que «el éxodo en la noche inacabable/  por la bóveda fría,/ en busca del buen lugar…». Desde un ángulo más social, De vita civili se constituye como la contraposición comprometida al De vita beata de Biedma. Ante la cómoda resignación del noble arruinado que se proponía en ésta, el «vivir sin dar tregua a tanto engaño» por el que se decanta aquélla. Y no puede ser de otro modo, porque «los malvados tan solo quieren/ que no hagas nada», recuerda Argüelles reinterpretando a Burke y también a Gramsci, que culpaba a los indiferentes de la claudicación, como los culpa igualmente el autor de Gran desconcierto, para quien lo que importa, como así se proclama en la Canción de la página 63, es «la búsqueda,/ el indócil entusiasmo y ese gesto insumiso/ como vuelo de pájaro».
Ese entusiasmo es fervor: el mismo que propone Zagajewski contra la futilidad desmemoriada o la ligereza posmoderna; el mismo que defiende para una poesía de ideas pero sin grandilocuencia. Un Zagajewski al que se le dedica un poema que es también epígrafe del libro, Zagajewski en Oviedo. En este texto, el periodista que es Argüelles ejerce su oficio dejando que hable el protagonista, contextualizando la entrevista, la conversación que tuvo lugar con motivo de la entrega del Premio Princesa de Asturias, y extractándola en unos pocos y reveladores versos: «Y hablamos del fervor, de la defensa del fervor»Ya en el precedente poemario de José Luis Argüelles, Las erosiones, se tenía muy presente al poeta polaco, del que se extraía como introducción la siguiente cita: «¿Por qué la vida aspira tan tenaz a la destrucción?».
La destrucción es daño. Contra el daño, distintos daños, se escriben los poemas de la cuarta parte del libro, variada en formas (desde el haiku al soneto blanco, pasando por la prosa poética) y en asuntos. Ese daño es dolor. Así se titula, El dolor, el segundo de los poemas agavillados en esta división. En él se justifica, entiendo, gran parte de lo que luego se cuenta en los siguientes: «Sólo el dolor nos hace dignos…/ Aún me llama el joven que vigila/ ese fuego y escribe unas palabras,/ escribe porque ve una sombra, porque/  no sabe darle nombre a su intemperie». El joven al que alude es aquél que en los primeros setenta leía en Mieres a Celaya, a Vallejo o a Neruda. Media vida después, cuantos como él vivieron el compromiso en primera persona, tal vez pueden sentir la amenaza sobre la que Argüelles recelaba en un libro anterior: «lo peor es cuando el joven que fuimos nos escupe en la cara/ cuando llora en silencio y no sabemos qué hacer,/ cuando su dedo acusador nos señala lúcido». Por no darle motivos para la ira a ese fantasma de lo que fuimos, pero también porque se sigue manteniendo un empeño ético (eso sí, ya sin banderas: «la heráldica turbia de sus telas / está hecha de ceniza / gotea sangre»), los poemas de Gran desconcierto contradicen al título cuando pisan fuerte sobre la memoria recobrada: las escombreras de un pueblo minero abandonado; la memoria del padre que, como tantos otros, «sufrió el lúcido dolor de quienes una y otra vez salvan el mundo»; la constancia del niño que descubrió el poder de la palabra en un diccionario azul y cuya mano, cuando han pasado ya tantos años, «escribe todavía este poema»; o el retorno al «valle de los días quebrados/ y a la ciudad de niebla que allí sigue/ como marca de hollín, junto al río ceniciento». Las raíces se afianzan como las pocas certidumbres que cauterizan el desconcierto incluso a pesar de la tesitura elegíaca desde la que se convocan, la misma que sutura algunas evocaciones como Collioure, urdido con unos versos sutiles, hermosos: «La eternidad es esto:/ no añorar nada, acaso/ la luz de un limonero», o Los muertos, que «nada saben de nosotros,/ olvidan cada nombre/ y nos dejan el suyo/ poco a poco gastándose».
Pero hay también, en estos Poemas y canciones contra el daño, motivos para la esperanza, propósitos de carpediems, muy discretos versos de amor o sutiles ironías. En Canción de febrero, después del daño invernal, se anuncia «la vida que aún ríe entre las sombras».  A su vez, la Canción del ahora y la Canción del propósito nos proponen concentrar nuestra vida en el día presente («la muerte nunca,/ si ahora es siempre»), sin ceder jamás «a la falsa felicidad,/ a la inútil desdicha». Con respecto al amor, se nos ofrece en distintas versiones: a través de una deprimente Escena conyugal («el árido beso, los restos de jornada y oficina en sus manos de niebla, palabras desamparadas»); como salvación en Canción de la búsqueda: «en ti he creído, amor que aún nos salvas/ de la noche más ciega de la nada»; o como ideal de pureza encarnado en una muchacha desconocida. Por su parte, cierta causticidad se atisba en la Canción del santo reincidente, un encubierto homenaje, piensa uno, al Joseph Roth que escribió de cómo el vino transforma el mundo y cambia sus leyes para hacerlo más habitable.
El libro se cierra con Convalecencia, un largo e intenso poema que se subdivide en tres apartados: La conversaciónUn sueño y Un borrador. En una versión previa se había publicado ya en las páginas de El Cuaderno. Conforme a su título, la escritura de esta parte de la obra parece enfebrecida, ya no está embridada por la métrica rigurosa del resto del poemario, sino acuciada por un paradójico deseo de decir y un temor al tiempo hacia la palabrería hueca. En La conversación el enfermo recibe a sus visitas afectado no sólo por sus dolencias físicas, sino por el nihilismo desde el que observa el vacío de cuanto dice y escucha, la desolación del hospital y la vida como tránsito hacia una muerte que «tiene demasiados nombres / y a todos nos acostumbramos». En El sueño se ahonda en el registro onírico que guía en este final de libro la dicción de Argüelles. Parece un atribulado regreso a la adolescencia, a esa aduana de dolor en que rompemos lazos con padres y dioses, en que nos encontramos, por vez primera, verdaderamente solos. Hay un verso para mí esplendido en este tramo: «los años como el trapo sucio de los mecánicos».  Finalmente, se cierra todo con media docena de párrafos en prosa intitulados Un borrador. Son reflexiones llevadas al papel justo después de amanecer del sueño; borradores quizás que pudieran haber dado a luz poemas pulidos, domeñados en su expresión y urdidos con la emoción y ritmo que siempre acompañan al verso de José Luis Argüellles. Sin embargo, esos esbozos alcanzaron por sí mismos una categoría de estilo diferente, apasionado, potente, hipnótico casi. Todo un hallazgo no exento de riesgo (hasta Convalecencia, el poeta era fiel a su historia y al hábito de sus lectores; en Convalecencia nos ofrece una versión muy diferente de sí mismo, que resulta, a mi juicio, perfectamente complementaria —cuando a uno se le acumulan los cuervos, como a Thelonius Monk, conviene conjurarlos, sólo así se puede luego recuperar la armonía de los acordes—), el riesgo de quien lucha «palabra a palabra, silencio a silencio», «por buscar la alegría, por abrazar la vida interminable, la nada interminable».
A veces no alcanzamos a comprender las circunstancias y motivaciones últimas que provocaron una manifestación artística que nos ha conmovido. La manera de expresarse, la emoción transmitida, la belleza de lo creado y, sobre todo, la identificación con la alegría, la angustia, la perplejidad o el dolor de que se hace eco esa obra es lo que nos hace apreciarla. Pero queda siempre, al mismo tiempo, un sentimiento de insatisfacción porque, en el fondo, sabemos demasiado poco de cuanto leemos, de la música que escuchamos, de las pinturas que observamos, por mucho detenimiento que les dediquemos. «Saber tan poco tiene sombras,/ una púa que toca nuestra fragilidad»; «Saber tan poco nos desasosiega»: así se sincera José Luis Argüelles en el primero de los poemas de su libro, New York movie, cuando contempla un cuadro en un museo y le busca sentido a la pintura, el mismo que hemos intentado buscarle a su Gran desconcierto, un libro lleno de poemas a releer y citar del que quisiéramos saber más, como de todo gran libro (qué cuadro era ese al que se refería al inicio, cuándo aconteció su convalecencia, cómo transcurrió, minuto a minuto, su charla con Zagajewski). Aun así, con todo lo que ya nos ha dado tenemos más que suficiente como para guardarle rendido agradecimiento.
José Luis Argüelles escribe con calma. Hasta ahora ha publicado los poemarios Cuelmo de sombrasPasaje y Las erosiones, dejando que transcurriese entre ellos un buen puñado de años y mucha relaboración de cuanto luego se daba a imprenta. Ha sido también el autor de una antología imprescindible de la poesía asturiana, Toma de tierra, y sus aforismos se incluyeron en la recopilación Pensar por lo breve: aforística española de entresiglos, de José Ramón González. La espera de este cuarto poemario, Gran desconcierto, como ha sucedido en las ocasiones precedentes, ha merecido de nuevo la pena.
Gran desconcierto, José Luis Argüelles (Gijón: Trea, 2018)

Zagajewski en Oviedo

/por José Luis Argüelles/
Dijo: «La poesía no está de moda.
Paciencia.
Los poetas no se conocen a sí mismos,
solo interrogan a las sombras de los vivos y los muertos.
Paciencia.
Escriben desde la inseguridad».
Y recordó
esa historia de Ovidio
en su exilio de Tomis,
cómo compuso sus mejores versos
al añorar un mar perdido.
Cuánta soledad
para entregar un poco de luz, esas epifanías
que alguien, tal vez, comparta
no sé dónde.
Paciencia.
La emoción del pensamiento.
Antes, en el vestíbulo del hotel,
junto a un silencioso piano y su penumbra,
le pregunté por la famosa frase de Keats.
¿Son lo mismo verdad y belleza?
Mientras, afuera,
una llovizna gris caía como en una recordada página polaca.
Respondió que el poema restaura siempre la tensión
de aquella equivalencia tan frágil, perdida,
aunque un gorrión se acerca, a veces, a nosotros
y vemos en sus alas frágiles el milagro del mundo.
Y hablamos del fervor, de la defensa del fervor.
También de Rilke, ajena su elegía
al cieno ensangrentado
de la Gran Guerra,
cuando Europa
cavaba tumbas o trincheras
y los banqueros amasaban su oro con el gas letal
de las ideas fijas, los nacionalismos…
El último poeta
en mirar a los ojos del ángel más puro.
¿Belleza
y verdad son lo mismo?
Los poetas no están de moda,
están solos en su soledad acompañada,
extienden sus palabras y tocan a alguien
no sé dónde.
Paciencia.
Después volvió la historia de la vieja mano de Caín,
piras de libros, urnas fracturadas,
la quijada acechante, los grandes carniceros,
los bosques de abedules cenicientos,
Auschwitz, un muro,
el temblor en los labios de Paul Celan
y aquella pesadumbre en el cadáver del insomne Sena.
Habló también de las asimetrías,
esas grietas que crecen en nosotros y en la noche,
en la inconclusa noche de los vivos y los muertos.
La gris llovizna afuera tecleaba
la melancólica canción de los otoños.
¿Rilke y Celan?
Verdad
y belleza no son lo mismo,
no son lo mismo.
Dijo: «La poesía no está de moda.
Paciencia».

José Luis Argüelles (Mieres, 1960) es redactor del diario asturiano La Nueva España, donde también ejerce la crítica de libros. Es autor, entre otras publicaciones, de los poemarios Cuelmo de sombras (Versus, 1988), Pasaje (Trea, 2008) y Las erosiones (Trea, 2013, Premio de la Crítica de la Asociación de Escritores de Asturias). Para esta misma colección, preparó y prologó la antología de poetas en lengua asturiana Toma de tierra(2010). Sus aforismos han sido incluidos en el volumen Pensar por lo breve: aforística española de entresiglos (Trea, 2013), de José Ramón González.

lunes, octubre 01, 2018

En el Páramo

El único vestigio de cómo fue el pueblo es una espadaña que se eleva sobre la tierra como el resto amputado de una iglesia abandonada o hundida bajo un pantano. A sus pies había un cementerio. Hoy queda el rastrojo que ha dejado la siega de sus huesos, que yacen ahora en un nuevo camposanto de muros blancos, ceñidos por el silencio de las eras. Desde el caserío sale un camino del polvo hacia el horizonte. La tierra del páramo respira quieta, nunca levanta la voz ni ensancha el pecho con el aire. Un viejo viene de entre los muros de adobe pedaleando esa planicie a lomos de su bicicleta. Se cubre del sol con un sombrero de paja. Toma la senda terrera. Lleva la vista clavada en el suelo. Evita así las piedras, pero también que no lo distraigan las tapias encaladas por encima de las que crecen los cipreses. Sabe bien que tropezar con unas u otras terminaría por echarle el pie a tierra.