viernes, agosto 31, 2007

Las Médulas (Only castaños)

Dice Saramago que "es necesario ver lo que no fue visto, ver otra vez lo que ya se vio, ver en la primavera lo que se vio en verano, ver de día lo que se vio de noche, con sol donde primeramente la lluvia caía, ver el trigal verde, el fruto maduro, la piedra que cambió de lugar, la sombra que aquí no estaba". Añadiéndole combinaciones a la recomendación, nos llevamos a nuestro hijo a Las Médulas, para ver con quien más queremos aquello que un día nos conmovió tanto: el atardecer prendiendo como si fuera yesca toda la tierra descarnada de las viejas minas de oro. Subimos a Orellán. Antes de llegar al mirador, se pasa por el pueblo. La carretera se estrecha entonces. Se agacha por debajo de los balcones de madera. Arriba estábamos casi solos. El sol caía despacio. Las ascuas se avivaban lentamente. Y aunque así descrito el momento pudiera tener cierta apariencia plácida, siendo sincero debería confesar que mi hijo andaba inquieto; y es que no pueden, supongo, compararse los ocasos demorados con el vértigo de efectos especiales que la vida les depara en cada momento a los críos a su edad. Así que lo que antaño nos resultara tan hermoso, entendimos que habría de disfrutarse al cabo del tiempo con ciertas dosis de estoicismo. Y a eso nos disponíamos, cuando llegó por la pista de tierra, derrapando, un aparatoso Mercedes descapotable. Se bajaron cuatro hombres. Tres parecían extranjeros. El otro resultó natural del lugar. Era quien les explicaba en un inglés sin verbos lo que desde allí se veía. Y lo que no se veía, pues les comentó que al otro lado de la montaña estaba su fábrica. Empresario entonces. Hablaba casi a gritos en una lengua rudimentaria de la que parecía, no obstante, muy orgulloso. Finalmente se cayó el sol. Hicimos algunas fotos. Volviendo hacia el coche repetíamos entre risas alguna de las frases del improvisado guía: “y alli abajo, only castaños”. De regreso a Villafranca se hizo de noche. Llegamos al hotel a las once. Mientras cenábamos, nuestro hijo recordaba divertido las explicaciones del Only castaños. El resto del atardecer ya se le había olvidado.

jueves, agosto 30, 2007

El Valle del Silencio

(...) Seguimos hasta alcanzar la carretera que lleva al Valle del Silencio. La recordábamos angosta. Sigue siéndolo. Y peligrosa. Va uno con el alma en vilo durante los veinte kilómetros que llevan a Peñalba. El pueblo está precioso. Cuidado. Las casas lucen arregladas, bien retejadas en pizarra, pintadas las maderas de sus balcones, limpio el empedrado, derechos los muros de piedra. La iglesia es una hermosura. Su puerta mozárabe es de un gusto espléndido. Quedan restos de policromado en el interior. La espadaña exenta se eleva por encima de todos los tejados del caserío. Tomamos una tentempié en la cantina próxima. Guarda el tipismo montañés. Queda cerca del sendero que conduce a la cueva de San Genadio, el obispo que tomó la senda de la oración en soledad por aquellos lugares que luego, puesto que otros muchos le siguieron y allí se hicieron eremitas, se llamaron la Tebaida berciana.

El camino que conduce desde Ponferrada a San Pedro de Montes está adornado de todas las bellezas y accidentes graves, terribles y risueños propios de un país montañoso. El Valdueza o valle de Oza, por cuyo fondo corre este río, presenta desde San Esteban una faja de frondosidad y frescura infinita, pero sumamente estrecha, flanqueada en ambas orillas por dos cordilleras que le aprisionan hasta su fin. Las huertas y prados, los frutales y árboles silvstres, los emparrados, que a veces extienden sobre el camino su rústico dosel, y los pueblecitos que a cada paso se encuentran a la margen de aquel río tan cristalino, donde se ven las truchas deslizarse sobre las guijas y ocultarse en las raíces de los árboles, entretienen agradablemente al viajero.

Enrique Gil y Carrasco, Bosquejo de un viaje a una provincia del interior.

martes, agosto 28, 2007

Todo me distrae

No hay manera. Acabo de tomarme el café de media mañana. He ido hasta La Botica. Sirven un descafeinado de máquina muy aceptable y tienen a menudo unos cuantos periódicos disponibles. Luego me acerqué al muelle. Paseé hasta el rompeolas. Está todavía desperdigada por allí –bien desperdigada, eso sí- la exposición de National Geographic. Y las fotos de Reza Deghati. Espléndidas. Y cada una de ellas cuenta una historia. Un pequeño texto que las vuelve aún más estremecedoras. No me canso de verlas. No me canso de leer lo que narran. Subí por el cerro. Atravesé Cimadevilla. Y no hay manera. Supongo que es preciso ejercitarse. Que es importante la insistencia. Lo intento. Me pongo a la faena. Pero cualquier cosa me despista. Casi llegando ya a la oficina fue una niña de quizás cuatro o cinco años la que llamó mi atención. En medio de una calle solitaria, de una acuarela sucia, en mitad del silencio, sin tráfico alguno sobre el empedrado y cayéndole al mundo entre la angostura de los aleros una luz gastada, de repente se abrió un portal y de él salió corriendo la pequeña. Ligera. Rubita y blanca. Se le movía con gracia la media melena. Giró por la primera esquina. Se me perdió a la vista. Sobre la nada, una nada triste, esa pincelada de color, tenue sí, pero tan vivaz al mismo tiempo, hizo, quién sabe por qué, que me pusiera a pensar que ya nunca más sería un niño. Nunca más. Tan simple que hasta da apuro transcribirlo. Y la puñetera calle volvió a quedarse sola. El barrio entero parecía un sudario y el resto de la vida un trayecto escaso. Ya no me quedaron ganas de intentarlo de nuevo. De ponerme a pensar con la metódica aplicación de quien se procura para si mismo un pequeño discurso ordenado. De quien está empeñado en hilarse por dentro una tela de araña meticulosa y resistente con que atrapar lo que es o lo que debería intentar ser. No hay manera. Todo me distrae.

lunes, agosto 27, 2007

Por Carracedo

El monasterio de Carracedo lo fundó Bermudo II de León hacia el año 990 para acoger a los monjes huidos de las razzias de Almanzor. Tuvo por tanto una larga historia hasta su desamortización en 1835. Comenzó entonces un progresivo deterioro que no se detuvo hasta que en 1988 se inició su restauración. Dicen las guías del lugar que aún se conservan partes relevantes del conjunto monástico medieval. En realidad lo que sí está en pie es la iglesia de finales del siglo XVIII, cuya construcción se hizo sobre el viejo templo románico monacal. Del resto, son más las ruinas y lo reconstruido. Al sur del templo se sitúa el claustro reglar, en torno al cual se distribuyen las distintas dependencias monacales: la sacristía, la sala capitular, el locutorio y el pasaje. Sobre el antiguo refectorio se construyó una biblioteca en el XVI. En la actualidad hace las funciones de museo. En una pequeña exposición se muestran algunos textos históricos sobre el monasterio. Llaman la atención los de Jovellanos y sobre todo los de Gil y Carrasco.
En la margen izquierda del río Cúa y en un sitio fértil, risueño y deleitoso tal vez en demasía para la austeridad y recogimiento de la vida monástica, está asentado el monasterio de Carracedo, el más sobresaliente de El Bierzo y que antes de la caída de las órdenes religiosas gozaba en la de San Bernardo de una consideración y riqueza de primer rango. Cércanle por todas partes praderas y huertas fertilísimas, frondosos arbolados y campos de pan y de maíz y de lino, surcados por arroyos puros y cristalinos que mantienen en ellos perpetua verdura. Es allí el cielo tan sereno y claro, tan benigno y templado el aire, tan fecunda la tierra y tan variada la armonía de los infinitos pájaros que cantan en sus sotos, que el buen rey Bermundo II el Gotoso que le fundó en 990, no puedo buscar marco menos a propósito para un cuadro grave y religioso.
Al salir compro un libro de este autor berciano: Bosquejo de un viaje a una provincia del interior. Qué bello título. Gil y Carrasco fue un romántico que vivió poco más de treinta años. Que escribió una novela histórica, El señor de Bembibre, y, a lo que parece, unos deliciosos cuadernos de viaje. En el recorrido por el monasterio nos cruzamos con una monja joven que también anda de visita y que va acompañada de familiares. Es casi una cría. Lleva unos hábitos color crema y una toca voluminosa. Va tan tapada que parece de otra época, casi de otro país. El señor que la acompaña debe de ser su padre. Tiene un rostro colorado como de campesino. Va alegre y diríase también que orgulloso de su hija. Desde una de las ventanas del que llaman mirador de la reina ví a la novicia hablar por un teléfono móvil. Estuve tentado de fotografiarla. No sé aún por qué no lo hice. Supongo que no acostumbro a tomar ese tipo de fotos. La vi y basta.

miércoles, agosto 22, 2007

Mareona

Ha llovido a mares esta noche. Y ha bajado la temperatura. En la cama me he tenido incluso que echar algo de ropa encima. Viniendo para el trabajo tenía el cielo un inequívoco color otoñal. Sí, son todos, efectivamente, síntomas de que el verano se va acabando. Pero ninguno de ellos lo es tanto como que en la radio, en la tele y en los periódicos se empieza, de nuevo, a hablar de política. Es aún un runrún como de marea cantábrica lejana que empezara a subir. Si anduviéramos por la playa, convendría ir buscándole acomodo a la toalla algo más lejos de la orilla. No vaya a ser que cuando llegue la marea nos moje por sorpresa una arcada oceánica. Dentro de nada ese rumor todavía distante se nos irá metiendo en el oído de tal modo que será como un sonajero estruendoso de guijarros. Y aún así e incluso sabiendo que las pleamares de septiembre –que por aquí llamamos mareonas- arrastran limos abisales, suele antojársenos entrar un ratito en el agua. Que no se nos olvide entonces el dicho –algunos, muy pocos y en contadas ocasiones, hasta son recomendables-, de que hay que nadar y guardar la ropa.

lunes, agosto 20, 2007

A propósito de Auden

Supe de la bitácora de Álvaro Valverde cuando murió Eugénio de Andrade. Andaba yo buscando en la red ecos del fallecimiento. Hallé en ella entonces una reseña emocionada y sucinta sobre el poeta portugués. Se añadía también el hermoso poema titulado Memoria de Andrade. He sido desde entonces fiel lector del blog de Valverde. Me siento a gusto leyéndolo. Encuentro en sus anotaciones una precisa mezcla de intimidad discreta y concisión expresiva. Una manera de decir y un formato claros. Reseñas interesantes. Y una lista de enlaces que me ha permitido saber de otros lugares a los que sería difícil ya renunciar una vez que en ellos se ha entrado, que en ellos nos hemos ido acomodando como si de la mesa de un café del que fuéramos asiduos se tratara: Santos Domínguez, Gonzalo Hidalgo Bayal o Ismael Rozalén.

La última entrada del blog de Álvaro Valverde reproduce un poema de Auden. El IX de Doce Canciones –¿recuerdan que se recitaba en Cuatro bodas y un funeral?-, en la versión que del mismo ha realizado Jordi Doce en la antología Los señores del límite. La comparé con la traducción que del mismo texto ha realizado Eduardo Iriarte, en la selección titulada Canción de cuna y otros poemas. Son realmente muy distintas. Entiendo los elogios de Valverde hacia la de Doce: resulta mucho más poética. No sé si más fiel. Tampoco importa. Ya decia Victor Botas que "la fidelidad, en ocasiones, lejos de ser una virtud, no es mas que una impotencia".

Releía hace sólo unos días un libro de José Luís García Martín, La biblioteca de Alejandría, en el que se reúnen traducciones -o reinvenciones- de textos de diversos autores -desde Li Po a Eugénio de Andrade-. En su prólogo se hacen unas consideraciones muy interesantes sobre la labor del traductor. Entresaco lo que sigue porque entiendo viene al caso: “Traducción: aproximación. Pero no es lo mismo quedarse a cien leguas del original que a unos pocos centímetros. También las traducciones pueden leerse, no como una reproducción más o menos fiel de un original, sino como poemas originales escritos a medias entre el traductor y el poeta traducido”.

Y también al hilo de Auden y de sus traducciones, recuerdo otra entrada que no hace mucho colgaba en su blog Jorge Ordaz –a él también le soy leal: empieza a ser difícil seguir a tantos cuando tantos son los que tan bien lo hacen-. Se titulaba aquella anotación Auden y la caliza y se refería al poema In praise of limestone: “Las versiones al castellano del mencionado poema suelen traducir limestone por piedra caliza. No es incorrecto, pero lo preferible sería decir caliza. Los geólogos hablamos simplemente de calizas, y en el campo no vemos piedras, sino rocas. Además, en la por otra parte excelente versión de Eduardo Iriarte, incluída en Canción de cuna y otros poemas (2006), la expresión weathered outcrop es traducida por erosionado afloramiento. Lo más apropiado hubiese sido poner meteorizado afloramiento. Es parecido, pero menos preciso. Seguro que estos matices los conocía Auden. Pero, en fin, tampoco importa mucho. Lo importante es el poema en sí. Lo demás son disquisiciones comineras para pasar el rato”. No sé si este remate es del todo sincero.

jueves, agosto 16, 2007

Traca en el río

Hacía ya algunas semanas que nada sabía de Xuan Serandinas. Recibí ayer noticias suyas.
En estos días largos y agradables del verano, mis paseos acaban llevándome hasta el río. Este año baja con mucha agua. Y oscuro como siempre, empeñado en reflejar el envés del mundo. Ayer asistí a un funeral. Por estos pagos, bien lo sabes, cada vez que alguien se muere el pueblo entero acompaña a los deudos. Tan pocos quedamos que si así no se hiciera se sentirían solos. Se nos ha ido un vecino muy anciano. Más de noventa años. Hasta el final tuvo buena salud. Se movía aún bien. Seguía orientado. Sus hijos siempre lo cuidaron. Al darles el pésame me contó el más pequeño que el día anterior su padre se había ido paseando hasta el chorro. Cuando volvió, tropezó. Se fue al suelo. Perdió las gafas. Ya no las necesitó más. En la iglesia me encontré con un viejo amigo de la infancia. Vive en la ciudad. Era sobrino del fallecido. "He traído a los viejos al entierro. Casi no pueden caminar, pero querían venir. Aquí, Xuan, ya no nos va quedando nadie. Mis primos cerrarán la casa. Mis otros tíos se han muerto también o están en el asilo. La vegetación ha crecido tanto que el jabalí llega a las puertas. Ni maíz se planta ya. Sólo quedan árboles, malas hierbas y turistas perdidos. Los putos turistas llegan a todos los lados. Cualquier día entrarán en el templo y harán fotos en los funerales hasta de la caja del muerto. Es el final, Xuan, el final." Al atardecer bajé hasta el Navia. Se estaba a gusto en el silencio de sus aguas remansadas. Hasta que se oyó bajando el río un alborozo de piragüistas. Sobre el cauce espeso y sombrío ardió de pronto una traca de color y ruido. Y no eran aún las fiestas de la aldea.

lunes, agosto 13, 2007

Sábado tarde en Viana

Es sábado a primera hora de la tarde.
Apenas si hay gente por las calles.
Los comedores están cerrando
y al sol, aun andando en lo más alto,
le cuesta alcanzar
los rincones más turbios
de la ciudad vieja.
El viento, sin embargo, dispersa
el agua de las fuentes
y pone en vuelo de repente
una gran sombrilla blanca
en la Plaza de la República.
Esta brisa atlántica
que llega encanallada desde el puerto
se ha vuelto más astuta que la luz.
Le levanta las faldas a las muchachas
y le busca las vengüenzas
a las sombras más perdidas.

viernes, agosto 10, 2007

Rio do esquecimiento

Hay muy hermosos parajes en las veredas del Lima. Y si aún hoy nos lo parecen, cómo no sería este valle hace siglos, cuando ni puentes había. Cuentan que cuando las legiones romanas llegaron aquí en el siglo I a.C. creyeron encontrarse ante el río del olvido. Aquellos rudos legionarios, acostumbrados al combate, a las largas marchas y al poco valor de sus vidas, se negaron a cruzar el Lima. El cónsul que les mandaba tomó con valentía el estandarse de Roma y atravesó el cauce hasta la otra orilla. Llegado allí, llamó a sus hombres uno por uno y por sus respectivos nombres. Eso les convenció de que aquel río que creyeron era puerta del paraíso no era el rio del olvido, o rio do esquecimiento. La memoria de quien les mandaba supo nombrarlos a todos. Mi memoria tampoco olvida los días junto a sus aguas lentas.

Receta de amigo

Llevo esta bitácora con cierta discreción. Algo tendrá que ver en ello, supongo, la desconfianza que me suele inspirar cuanto escribo. Así que sólo algunos amigos la conocen. De ella nada sabe J., que es uno de los más queridos. Sí le he hablado, no obstante, de algunos otros blogs que leo a menudo. Hace unos días fuimos a comer a su casa. Había cocinado patatas con langostinos. Deliciosas. Le pregunté por la receta. Y como quien habla de un amigo común, me dijo: es de Ismael Rozalén.

miércoles, agosto 08, 2007

Guimaraes

En la muralla que abraza
las más angostas calles de Guimaraes,
por encima de donde se asoman
el palacio de los Braganza
y la espada de Afonso Henriques,
una inscripción en grandes letras doradas
recuerda que "Aquí nasceu Portugal".
Entre las mesas del café
de la Plaza de Santiago,
en el corazón mismo de la ciudad
una vieja aseada y sonriente
mendiga una limosna.

En piedra

A. Lima es profesor en Oporto. Se casó hace ya casi cuarenta años en Viana. Su mujer es de Chafé. De Casa da Reina. Aún conservan la propiedad. Y los viñedos. Han levantado en el viejo solar familiar un hospedaje. Lo dirige su hijo, C., que estudió en las Azores ingeniería agrícola y que ha decidido quedarse a trabajar en el pueblo. Lleva la bodega y el hotel. Por el jardín de la casa rural hay algunas esculturas de su padre. Rostros. Rostros vendados. O ciegos. Rostros ovoides y sin cabello. Sonrientes o dolientes. Aparecen entre la hiedra o semiocultos entre los muros de la finca. C. dice con voz queda que el viejo, además de profesor, es poeta ocasional y escultor voluntarioso. Que el lugar se llama da Reina por su abuela. La señora de Chafé. Allí rigió durante mucho tiempo vidas, vendimias y hasta estaciones.
Es media tarde y juego solo al billar durante un rato. Pongo un disco de Dulce Pontes. La luz incide sólo sobre el fieltro verde de la mesa, suena suave la música y la puerta abierta deja pasar el olor de la tierra húmeda. Nos han invitado a conocer la bodega. Está muy cerca. A escasos cinco minutos de paseo. Vamos junto a nuestros vecinos de alojamiento. Hace una semana que compartimos la casa. C. nos guía. Charlamos bajo los paraguas. Los niños van riendo y mojándose. Nos franquea el portón de acceso una anciana de piel curtida, pañoleta, botas altas, bata de faena y dedos retorcidos como sarmientos. Sonríe. Se maneja en un portugués resbaladizo. C. nos aclara que es una empleada de la abuela. Lleva a su servicio desde los catorce años. Tiene setenta y cuatro. Ahora, además de las faenas de la finca, del cuidado de los animales, de las tareas de la limpieza, de la ayuda en la bodega, cuida también de la señora, de la reina, anciana y encamada a sus casi cien años. Fue la terrateniente del lugar. Carácter fuerte. Muchas propiedades. Y gran parte del pueblo trabajando para ella. Así era la reina. Por eso era la reina. Y sigue siendo la reina, según parece, que aún en su lecho quiere saber qué se hace en las tierras. Aún quiere reinar en su pequeño feudo. Lo cuenta su nieto y lo hace con cariño. Queda por conocer qué piensan de ello quienes estuvieron a su servicio. Qué hablarían de su reina las gentes de Chafé.

martes, agosto 07, 2007

Lluvia











Esta tarde, al volver a casa,
una persistente lluvia
había empapado el jardín.
El olor de la tierra
tenía la consistencia
de una niebla tenue.
Desde la ventana,
el desorden de todo
cuanto se había abandonado al aguacero
se parecía al rostro del verano
cuando se despide.

viernes, agosto 03, 2007

Ajedrez de verano

Al final de la tarde,
el último sol ya apenas relumbra
sobre el ajedrez del jardín.
Una sombra ligera de brasas
se alarga morosa y cruenta,
como si fuera el final de una guerra,
por el granito que tiene encastrados
azulejos de escaques blancos y añiles.
Esa postrera luz del verano
se hinca también de rodillas,
no elude tampoco
el jaque mortal de los días.

martes, julio 31, 2007

Café Central (Ponte de Lima)

En el café Central, no Largo do Camoes,
un cartel sobre su fachada de granito
advierte que los pagos se hagan en el acto,
que el servicio en la terraza lleva suplemento
y que se agradece la visita a los clientes.
Son algo más de las dos,
hemos paseado despacio rúas y jardines,
el puente mismo que mira sin fatiga
desde hace siglos el curso del río.
Finalmente nos hemos sentado
bajo los toldos de la plaza.
El chafariz suena a gloria,
la cerveza está bien fría
y el sol ilumina el mundo
más allá de la sombra que nos cobija.
En los viajes como en los ríos,
los remansos dejan que por un momento
la vida fluya tan despacio
que parece casi eterna.

lunes, julio 30, 2007

Amanece en Chafé

En ningún lugar de la casa se reciben con mayor alborozo las primeras luces de la mañana que en los aleros del tejado. Es como si el claror embriagara el despertar de los gorriones y les cegara de tal modo el juicio que de repente se creyeran gallos. Se lo toman tan en serio que consiguen con un canto atolondrado despertarnos a diario muy temprano. Amanece Chafé en la alegría si viene el sol franco y los pájaros lo celebran. No pesa abandonar el sueño así, prendiéndolo de los nidos donde bulle de nuevo la vida, tan cerca de nuestras ventanas.

De camino

Quizás nuestro verdadero camino es estar siempre en camino, mirando hacia atrás con tristeza y hacia delante con impaciencia, siempre anhelando descanso y siempre sin reposo.

El candelabro enterrado, Stefan Zweig

Vengo un momentito

Vengo y quiero irme. Estoy llegando y sólo marchar deseo. Y el descanso que le auguraba a este cuaderno, lo quiebro de repente aún sabiendo que lo que en él se cuelgue en los días venideros tendrá, me temo, escasa audiencia, pues anda la gente repartida por el mundo, al asueto, leyendo muchos libros y conociendo insólitos lugares. Eso dicen cuando huyen (¡cobardes!). Que sean hombres -y mujeres aguerridas-. Que afronten en la rutina los estíos. Que se mantengan atados a los mástiles como Ulises. Que no los tienten cantos de sirenas ni viajes placenteros. Esténse quietos, coño. Y mantengan los blogs como es debido. Válgame dios qué desparrame. El de ustedes, inconstantes, no vayan a creer que a la entrada me refiero.

viernes, julio 13, 2007

Viaje

Algo irreductible queda de lo nómada que nos habitó en el principio de los tiempos. Un atavismo que tiene como los relojes alarmas que nos agitan las ganas del viaje. Salimos al camino tras la caza. Otra caza. La de lugares que o bien ya forman parte de nuestra memoria o bien deseamos descubrir por vez primera. Lugares, en todo caso, donde mudar la piel y ventilarnos los adentros. No es sino eso Ítaca, más que un territorio, ganas nuevas que echarle a la vida.


Hasta la vuelta. Un abrazo a todos.
Era un lector voraz pero desmemoriado. Así que cuando necesitaba una cita con la que introducir algún escrito propio -siempre han resultado elegantes tales detalles de precisa erudición-, se la inventaba. Esa inocente impostura decía mucho de su modo de leer -¿de vivir quizás?-: aprovechamiento por precipitación de la sustancia y desinterés hacia todo lo demás.

jueves, julio 12, 2007

Sombrillas al amanecer

He visto ya en más de un informativo que en algunas playas del levante español se plantan sombrillas al amanecer para reservar un trocito de arena junto a la orilla. Sorprende el asunto no ya porque vista desde el Cantábrico tal prevención sería inútil -las pleamares se llevarían cualquier cosa que para asegurarse una buena ubicación se dejara cerca del oleaje-, sino porque la sola perspectiva visual, espacial y temporal que se le pasa a uno por la cabeza de lo que debe ser un día de asueto en tales condiciones aventura un espanto mayúsculo. En el imaginario colectivo está tan arraigada la identificación de las vacaciones con la playa y el sol, que se mide socialmente el disfrute estival por la intensidad del moreno alcanzado. Y no es menor la cuestión, esta vocación playera le ha ocasionado heridas incurables al litoral patrio. Supongo que todo tiene por origen la emulación. Los que se toman por modelos del buen vivir suelen pasear el palmito en los estíos al borde del mar. Y cada uno imita la referencia en la escala de sus posibilidades. Hay quien tiene por jardín un pedazo de mediterráneo y quien consigue un sitio en la orilla casi a dentelladas. Todo este afán por un reducido pespunte de tierra ha ido convirtiendo en cloaca al paraíso. Mientras tanto, la autoridad miraba hacia otro lado y los mercaderes se llenaban los bolsillos. Desde el cielo las sombrillas con que muchos acotan su pedazo de verano a primera hora de la mañana, son como las minúsculas unidades militares con que se conquistan los territorios del Risk, soldados que se juegan la piel a cambio de una medalla de bronce.


Todo esto, claro, se puede decir de mejor manera. En prosa y en verso. Félix de Azúa publicaba hace un par de días un artículo espléndido que llevaba por título Avaros y sin embargo suicidas. Berta Piñán escribía hace tiempo unos versos memorables que llevan por título Pa otros. Dicen así:
Pa otros
Pa otros l´aventura, los viaxes, l´anchor
del océano, Roma ardiendo y les pirámides,
les selves inomables, la lluz de los desiertos,
los templos y el rostro de la diosa. Pa ellos
rascacielos y ciudaes, palacios del suañu
contra´l tiempo, la sorrisa de Buda, les torres
de Babel, los acueductos, la industria incesante
del home y los sos afanes.
A mi dexáime la solombra difusa del carbayu,
la lluz de algunos díes de soronda, la música callada
de la nieve, el so cayer incesante na memoria,
dexáime les zreces na boca cuando nena, la voz
de los amigos, la voz del ríu y esta casa, dalgunos llibros,
pocos, la mio mano dibuxando, a modo, la curvatura
perfecta del to llombu.

Para otros (traducción al castellano)
Para otros la aventura, los viajes, el ancho
del océano, Roma ardiendo y las pirámides,
las selvas innombrables, la luz de los desiertos,
los templos y el rostro de la diosa. Para ellos
rascacielos y ciudades, palacios del sueño
contra el tiempo, la sonrisa de Buda, las torres
de Babel, los acueductos, la industria incesante
del hombre y sus afanes.
A mi dejadme la sombra del roble
la luz de algunos días de otoño, la música callada
de la nieve, su caer incesante en la memoria,
dejadme las cerezas en la boca cuando niña, la voz
de los amigos, la voz del río y esta casa, algunos libros,
pocos, mi mano dibujando, despacio, la curvatura
perfecta de tu espalda.

domingo, julio 08, 2007

Infierno y paraíso


Vivir aquí hubiera sido más fácil
si yo fuera tal vez otro hombre.
Si hubiera llegado aquí de repente
y no me uniera raíz alguna a la tierra,
si tuviera tan sólo con ella
esa suerte de amor no esperado
con que a veces nos ciñe muy fuerte
el corazón de algunos paisajes.
Quizás así no me hubieran dolido
esos lazos de cuna y de sangre
que en la piel como hiedra te crecen
y que terminan llevando por savia
todo el lodo de los pueblos pequeños.
Si así hubiera sido,
si sólo el azar me hubiera traído,
en la aldea me verían las gentes
como a un loco extranjero
que sin más motivo aparente
que el capricho de su brújula interna
se perdió por aquí ya hace tiempo
y aquí desea morirse de viejo.

Xuan Serandinas sabe que su mundo, por pequeño y familiar, contiene la paz de los claustros y los rumores de las contraventanas. Ha aprendido a apurar aquello que le procura dicha. Por contra, a lo que desde la sombra extiende el frío, trata de conjurarlo escribiendo. De eso van estos versos, que he intentado traducir sin que perdieran la música de su lengua original. En el correo que los contiene, mi amigo me recuerda el viejo adagio que yo también oí en casa algunas veces: pueblo pequeño, infierno grande (pero paraíso tamén, dou fe). Y lo que encierran los paréntesis es sólo de él, de Xuan, que no del desencantado dicho. La foto, de David Gorgojo.

viernes, julio 06, 2007

Insomnio

Insomnio y vértigo van de la mano. Hay un momento en el que tomamos plena consciencia de que la noche va venir larga. A partir de ahí comienzan a precipitársenos imágenes y palabras. Está todo a la altura de la frente, por encima de los ojos. Tiene la forma de un calidoscopio agitado en el que se hace imposible fijar alguna composición. De críos resulta más fácil hacerse con el mando. Basta fantasear un poco y el sueño acude dócil. Cabe pues pensar que los años nos van poblando la noche más de lo conveniente. O, visto desde otra perspectiva, que a medida que envejecemos nos procuran menos consuelo las fantasías.

martes, julio 03, 2007

Adriá


Lo de Adriá, supongo que no hace falta aclararlo, sólo es posible en la opulencia. Atendido el subsistir, se exploran alicientes que le repongan a la manduca el valor que le ha ido mermando su abundancia –al menos en las sociedades ricas-.
La privación de lo elemental genera urgencias. Falta total de elaboración. El acceso a lo básico convierte en artesano al cocinero. La copiosidad lo vuelve algo más. ¿Artista? Al menos se pretende autor, crea, no satisface ya lo perentorio, sino que halaga un gusto que proviene del refinamiento, por tanto, de la cultura.
Entre los rasgos que identifican esta manera de afrontar lo culinario, estaría el que no tenga vocación de permanencia lo que se crea desde los fogones. No le rebajaría mérito. La propia fugacidad del material de trabajo supone un desafío para la pericia del manipulador. Bien pudiéramos relacionar esta característica de la composición estética de los cocineros con la eventualidad de las instalaciones de muchos artistas de vanguardia. Otra de sus peculiaridades es que no se produce una obra única. Los platos que se cocinan son para una pluralidad de comensales. Se repite por tanto la creación. Aunque ello no debería impedir que el resultado fuera considerado un logro de valor artístico. La obra gráfica de muchos pintores se reproduce numerada. Cabe también adivinar en las propuestas de algunos de los más cualificados cocineros una sensibilidad estética contemporánea: sus elaboraciones no buscan saciar el hambre, adecuarse, por tanto, al ritmo de la naturaleza, sino superarla, generando por encima de las necesidades propias de la condición natural del hombre, una obra que satisface otro tipo de exigencias generadas por la educación del gusto y el aprecio por lo bello.
Y aun a pesar de todo lo argumentado, a uno le sigue pudiendo aquello que le decían de crío: “No se juega con las cosas de comer”. Al fin y al cabo, nos hemos criado en el regazo de unos padres que fueron antes niños de posguerra. Meterse entre pecho y espalda según qué cosas y a qué precio nos provoca aún una sana mala conciencia.

domingo, julio 01, 2007

Momentos

De pronto, leyendo, viendo u oyendo algo de lo que quizás no se esperaba inicialmente conmoción alguna, que tal vez en circunstancias distintas pasase casi inadvertido, de pronto, digo, se siente de dentro hacia fuera una especie de revelación que nos vuelve comprensible el mundo, que nos reconcilia con la vida, una suerte de verdad irrefutable que se expande desde la víscera a la epidermis volviéndonos las carnes tan transparentes como sentimos lo son por un instante todas las cosas que nos rodean. En esos momentos seríamos capaces incluso de soñar apacibles el resto de nuestros días. En fin, pasa de vez en cuando y dura poco. Vuelven pronto las dudas, que son el envés de las certezas. Pero aún así merecen la pena esos instantes. Y dejan poso. Por eso hay que volver a ciertos libros, a ciertas músicas, a ciertos paisajes. Por eso hay que cuidar de ciertos afectos. En todo ello andan las fugaces revelaciones de la dicha.